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Sangre a borbotones | | RAFAEL
REIG | | 192 págs. | |
ISBN 84-89618-84-4 | | 2350 pts.
14,12 Eur. | |  |
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PARA PONER FIN a sus muchos sufrimientos, no sabía
si abrazarle o descerrajarle un tiro, como al caballo que se rompe una pata. Era
viudo, su hija había desaparecido, tenía los cristales de las gafas
empañados y su traje, nuevo, valía menos que llevarlo a la tintorería.
Por si no fuera suficiente, al cruzar las piernas, Leonardo Leontieff dejaba
al descubierto una franja de pantorrilla lechosa, entre el calcetín y el
pantalón. Aquello era repulsivo, pero una poderosa atracción
gravitatoria me impedía apartar la mirada. -¿Es una adicta?
-pregunté por fin. -¡No, no, qué va! No es ninguna yonqui.
Lo está dejando -mintió. -Le creo, le creo -mentí a mi
vez. Quise hacerle una pregunta: ¿Para qué quiere encontrarla,
señor Leontieff? Los dos sabíamos que, fuera de un Precinto, las
autoridades no tardarían en localizarla y entonces la neutralizarían
genéticamente en los laboratorios de Chopeitia. Es la ley. Él
habría querido hacerme también una pregunta: ¿Tiene usted
hijos, señor Clot? Sí, pero..., en fin, era complicado: dieciocho
años y nunca había oído la voz de mi hija. Como ninguno
teníamos a mano una buena respuesta, nos miramos en silencio. Mis
honorarios (cien al día más gastos y quinientos por adelantado)
no le impresionaron. Me entregó un fajo de billetes unidos por una goma
ancha y nos despedimos con un apretón de manos. Le dije lo que se
dice siempre en estos casos, que encontraríamos a su hija, amigo Leontieff,
que no se preocupara. Conté el dinero: mil pavos. Saqué la botella
de Loch Lomond del archivador. La guardaba en el cajón rotulado H-P, en
la letra I. De «Imprescindible». Solía serlo. Me eché
un buen trago y fue como sacar la cabeza de debajo del agua. Era lunes, las
once de la mañana y no estaba sobrio ni bien vestido, pero no me importaba
que nadie lo supiera. Llevábamos una temporada volando bajito. En
aquella época aún compartía oficina y secretaria con Dixie
Dickens-Lozano: tres habitaciones en la planta 13 de las Torres Colón y
una morena casi sin tetas que siempre estaba enderezándose las costuras
de las medias. Respondían a los nombres, respectivamente, de: Dickens &
Clot Ltd. Investigaciones y Suzanne Koebnick. En general, Dix hacía adulterios
y yo me encargaba de las desapariciones. Suzie-Kay preparaba café, pasaba
informes a máquina y de vez en cuando una escoba, y atendía el teléfono
y a las visitas. A veces nos relevaba en seguimientos complicados, realizaba vigilancias
y obtenía información utilizando identidades ficticias. Frente
a mi ventana se alzaba la siniestra pirámide de Chopeitia Genomics, el
edificio más alto de Europa y el mejor protegido del hemisferio. Acodado
en el alféizar, veía los veleros amarrados en el puerto y el transbordador
de bicicletas que unía Génova con Goya. El Canal Castellana atravesaba
la ciudad de norte a sur y ya se había convertido en la principal vía
de comunicación entre el centro y el resto de la península. También
era un lugar apropiado para depositar a los sabihondos, los entrometidos, los
deudores y los bocazas, todos con sus correspondientes zapatos de cemento. La
policía lo dragaba cada pocos meses, lo que resolvía aproximadamente
la mitad de los casos de desapariciones que teníamos pendientes. Aguas
arriba se encontraban los puertos deportivos de los chalets de los Recintos; Aravaca,
Pozuelo, Puerta de Hierro: viviendas blindadas y jardines con estanque, como la
de Cristina y el vil valenciano, donde estaba mi hija. Hacia el sur la ciudad
latía como una herida infectada. Casi podía sentir la inflamación,
la fiebre y el olor a pus, dulce y deletéreo, brutal y embriagador como
el de las orquídeas o el de la carne que se descompone. Los días
claros columbraba el muelle de carga de Puerto Atocha, las esqueléticas
grúas y la sombra de la alambrada del primer Precinto, donde los adictos
esperaban la muerte y trataban de entrar en calor quemando neumáticos.
Daban verdaderas ganas de beber: no digo más. AQUEL
AÑO HABÍA empezado con prodigios que vaticinaban acontecimientos
decisivos. En enero el agua del Canal se tiñó de rojo, en la bóveda
de San Francisco el Grande se asentó un enjambre de abejas, Chopeitia Genomics
patentó las nuevas técnicas de modificación genética,
hubo desbordamientos que anegaron Legazpi y Vallecas, además de una disminución
en el número total de magistrados. Se registraron también prodigios
abundantes, pero inútiles: en febrero una mujer dio a luz un niño
con uñas de gavilán, aparecieron interferencias a la misma hora
en todos los canales de la tele y cayeron rayos de tiniebla sobre los catorce
distritos de la ciudad. Después, como siempre, no pasó nada
extraordinario, pero a mí me cambió la vida. En marzo, al principio
de la primavera, las chicas llevaban pantalones vaqueros muy anchos y muy cortos,
por encima de los tobillos, calcetines de colores brillantes (rojos y azules),
a veces con estampados (dibujos de Snoopy sobre fondo rosa o corazones rojos sobre
blanco) y mocasines con los que intentaban adquirir una apariencia navegable.
Los jerseys todavía se anudaban a la cintura o sobre los hombros y se veían
algunos cinturones decorados con motivos geométricos. La principal actividad
a la que se entregaban, a las siete y media de la tarde, cuando empezaba a soplar
algo de viento, era la de permanecer agavilladas, en grupos bastante ruidosos,
apoyadas contra el respaldo de los bancos. Gasté el día en pesquisas
inútiles recorriendo los circuitos, distribuí su foto entre crupieres
y confidentes, dejé recado en mis puntos fijos y al caer la tarde aparecí
por el María Auxiliadora Junior High, en la calle López de Hoyos,
cuando sonaba el timbre para salir de clase. Me puse a hacer preguntas. Lovaina
no debía de ser una chica muy popular, porque no me costó gran esfuerzo
localizar a sus únicas dos-mejores-amigas, Tiffany y Stephie, dos niñas
espigadas que se dirigían solas hacia la tapia de un descampado. Iban dando
tumbos, cabizbajas, y se tapaban las manos con los puños del jersey de
lana, como si tuvieran frío. Debían de ser adictas. Las dos-mejores-amigas
me abordaron. -Dame cinco pavos y te la meneo a través del bolsillo
-propuso Tiffany con una sonrisa que tal vez pretendiera ser lasciva. A mí
me daba lástima. -Enséñame los brazos. -Qué
mal rollo, tío. Paso. -Por diez yo te la chupo de rodillas -sugirió
Stephie, sacándome una lengua sucia y estropajosa. -Os doy veinte
a cada una si me contáis cosas de Lovaina Leontieff. Aquí se
volvieron recelosas y hurañas. No sabían nada de Lovy, hacía
más de seis meses que no aparecía por allí. No tenía
ningún novio. Sí, se picaba. Ellas no, qué va, nunca jamás,
me lo podían jurar, ellas sólo tomaban pastillas, inhalaban pegamento
y masticaban hongos azules en las fiestas, igual que todo el mundo, ¿no?
Ellas no hacían nada malo, lo juraban, lo tenían todo bajo control.
No sabían quién era el crupier de Lovy, pero sí que muchas
veces ella tenía que irse de repente, sin dar explicaciones, cogía
el metro o un electrobús, no sabían hacia dónde, siempre
iba sola. Eso era todo. Venga la pasta. Extendieron las manos. -A ver
esos brazos -reclamé. -Pasando -respondieron al unísono-. O
sea: pasando. Qué iba a hacer, les di el dinero y pedaleé de
vuelta a la oficina. En el vestíbulo, Suzie-Kay bebía de bruces
en alguna de sus arcanas fuentes de management, administración de empresas
o fusiones y adquisiciones. -¿Le tomo al dictado, señor Clot?
-parecía impaciente. -No, hija, déjalo. Otro rato. El hormiguero
artificial era el centro de gravedad del despacho de Dix, que estaba absorto frente
al espejo, con una corbata a rayas verdes y rojas. -Granaderos Reales.
-Mola. Como de costumbre, intercalaba interminables carraspeos en su conversación.
-¿Que mola? ¿Mola? ¿Eso es todo lo que se te ocurre? Hhhhmmmm.
¿Tú no te das cuenta de las implicaciones éticas, verdad?
Ejem, ejem. ¿Hasta qué punto es lícito llevar la corbata
de un regimiento al que no se ha pertenecido nunca? -Sólo en caso de
extrema necesidad, me refería. -¡Ahí te voy, Charles,
ahí te voy! A pesar de su altura, Dix era de una elegancia tan refinada
que solía pasar inadvertido. Tenía la sonrisa triste, nariz aquilina
y un flequillo que le tapaba los ojos. Algunas veces soplaba hacia arriba para
apartarlo y entonces miraba perplejo la realidad, de la que parecía haber
abdicado, como si ya sólo le interesaran tres o cuatro cosas contadas:
los buenos modales, la vida de las hormigas y el Glenlivet. Cuando se dejó
caer sobre el sillón temí que fuera a descuajeringarse. Sentado,
las rodillas le llegaban a la altura del pecho. -Mmmmhhh..., ejem, ejem...
Carlos, uuuhm..., perdona, pero..., ¡ese cinturón! -¿Qué
cinturón? -dirigí la vista hacia mi abultada barriga-. Lo siento,
Dix. Comprobé las llamadas, me terminé el Loch Lomond y cogí
el Fedora del perchero. Llevaba el traje azul mil rayas de poliéster,
camisa verde de manga corta, corbata color yema de huevo y zapatos marrones de
rejilla, pero con suela de goma, lo mejor para recorrer largas distancias. En
la chaqueta tenía un par de lamparones y el acrílico de la corbata
brillaba como el barniz de esas láminas de calendario enmarcadas.
Era verdad: otra vez me había olvidado de ponerme el cinturón.
En realidad, a mí me daba lo mismo. Lo hacía por Dix. Era mi amigo.
Al menos mi Fedora todavía era un sombrero potable. En las aceras,
las escolares se tocaban unas a otras. Estas se cogían de las manos; aquellas
se quitaban la mochila igual que los tirantes del sujetador; la mayoría
llevaba carpetas apretadas contra el pecho y todas parecían nerviosas,
como los pájaros que echan a volar cuando se hace de noche. Mi hija
tenía su edad. Pensé que iba siendo hora de volver a casa.
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