| Desde que se puso de moda eso de que el tamaño
no importa, es políticamente incorrecto decir que uno prefiere las novelas
a los cuentos. Suena más bien chabacano. Te miran por encima del hombro:
tú tienes un paladar muy rudimentario, chavalote, como el que no sabe comer
en un restaurante sin pedir de inmediato langostinos bien gordos y luego la fatal,
la irremediable tarta al whisky. No estás a la altura de esos sitios selectos
donde te ofrecen "su" pastel de cabracho y "su" sorbete templado
de muselina confitada con arándanos silvestres, mira que eres zafio. Tu
gusto literario debe de tener como cimiento las lecturas realizadas en trayectos
de metro, se nota, igual que quien tiene por paradigma de refinamiento gastronómico
aquel banquete de Primera Comunión de unos parientes ricos. Por
si fuera poco, los cuentos tienen a su favor que apenas se venden y gozan de la
malevolencia de los editores: ¡miel sobre hojuelas! He aquí, señores,
un artefacto literario realmente distinguido, a años luz de esas adocenadas
novelas que gustan a cualquiera; un producto refractario al mercado, el auténtico
favorito de los verdaderos gourmets. Vaya por delante que
a mí no me gusta escribir cuentos sin duda por falta de capacidad. "Están
verdes", digo, como la zorra ante las uvas inaccesibles. Pero
es que tampoco me gusta demasiado leerlos y, como lector, me siento más
libre para opinar. Veamos, exagerando para favorecer la
contundencia, intentaré responder a dos preguntas. Una: por qué
no me gustan demasiado los cuentos. Dos: por qué prefiero las novelas.
Detesto con todas mis fuerzas los cuentos cuya gracia está
toda en el final. Esa clase de cuentos que llevan incorporada una tecla de "auto-reverse",
que te obliga a rebobinar: ¡Oh, ah, pero si todo está contado desde
el punto de vista de un calcetín guardado en el cajón! ¡Cáspita,
si resulta que ya estaba muerta desde el principio! ¡Carambolas, pero si
la víctima del crimen es el propio narrador! Todo esto me parece francamente
pueril, habilidades manuales, prestidigitación, un truco que no deja de
serlo por muy bien hecho que esté. No menor repelencia
me inspiran esos cuentos tan emocionantes en los que, a través de una escena
de apariencia banal, se hace visible la sustancia interior de una existencia o
algo así de profundo, supongo. Esos cuentos en los que el personaje sufre
una especie de "epifanía" mientras está hirviendo el agua
para los macarrones y oye el chorro del pis de su mujer a través de la
puerta del baño que ella se ha dejado abierta. La realidad abisal de su
vida sale a la superficie y patatín patatán. Me aburre tanta intensidad
emocional sólo porque un tipo vaya a un perchero y se ponga confundida
la chaqueta de otro, la verdad, y suele recordarme los monólogos de algún
bebedor a altas horas de madrugada: ¡Parecerá una tontería,
pero, ojo, compañeros, que esto tiene mucha, pero que mucha miga, eh! En
fin, esa clase de cosas que igual te conmueven con diez whiskies, aunque al recordarlas
a la mañana siguiente te obligan a preguntarte: ¿de verdad estaba
tan borracho? Peor todavía son los cuentos que se
basan en un juego de palabras, un malentendido, un malabarismo conceptual y otros
recursos tan fáciles como vistosos. El tipo de cuento en el que se relata
una historia de amor contada a través de un atestado policial o un caso
policiaco a través de un intercambio de e-mails. ¡Qué ocurrencia
tan pistonuda, oiga, de verdad que sí! Me provocan
una gran incomodidad aquellos cuentos que adoptan un aire muy misterioso, sugerente
o de gran intensidad dramática, todo ello por el sencillo expediente de
escamotearnos algún elemento. El autor nos cuenta la consecuencia de una
causa que el muy cuco se guarda en el último cajón de su escritorio.
Hay una conversación telefónica, por ejemplo, pero como en realidad
no sabemos a qué narices se refiere ni qué rayos ha podido pasar,
todo suena rimbombante, lírico, ominoso, lo que le dé la gana al
trapacero escritor o al lector papanatas. ¿Y qué
decir de las visitas a los clásicos, vueltas de tuerca y otras lindezas?
Esos cuentos que le dan la vuelta a una historia de Kafka como si fuera un calcetín
o en los que aparece el mito clásico contado desde otro punto de vista
o en otro tiempo, pongamos por caso, el viaje de Ulises narrado por Penélope,
sólo que Ulises es representante de productos farmacéuticos. Muy
hábil, sí; de hecho es la clase de ejercicio que les solía
poner a mis estudiantes de bachillerato. Al leerlo, uno siente el codazo del autor
en las costillas, con el inevitable: ¿Qué, lo has pescado, eh, lo
has pescado? Como con los chistosos, hay que reírse sólo para evitar
que te lo cuente otra vez con más entusiasmo. ¿Para
qué seguir? Mi reacción ante la mayoría de los cuentos suele
ser del tipo: Qué ocurrente, hijo mío, anda, pídete lo que
quieras en la barra. Vistos estos ejemplos, creo que el
problema viene de que los cuentos se proponen ser brillantes o ingeniosos. Brillo
literario o ingeniosidad conceptual. Sin embargo, tengo
para mí que la brillantez y la ingeniosidad son precisamente las dos pinzas
del canceroso cangrejo que devora a los escritores. Como lector, admiro tanto
lo que el autor ha sabido renunciar a escribir como lo que ha escrito. Que no
me cuente chistes, hombre, le suplico, que no se haga el listo, que no quiera
emocionarme. Es más: ¡que desaparezca!, ¡que se esfume!, ¡que
ponga pies en polvorosa! El problema con los cuentos, me parece, es que son casi
siempre una expresión de la personalidad de su autor. Los cuentos los protagoniza
siempre su autor, que nos impone su ingenio y su brillantez. Por eso, en mi opinión,
nada más parecido a un cuento de Chejov que cualquier otro cuento de Chejov.
O Borges y otro cuento de Borges. O Quiroga o Carver o Cortázar o Monterroso
o el sursuncorda. La primera obligación de un novelista, en cambio, es
desaparecer. Como suelo repetir: toda obra es póstuma. La hace posible
la muerte del autor, su transparencia; para que hable a través de él
la escritura. Creo que la poética del cuento es exactamente la contraria
y, en ese sentido, lo considero un género expresivo (que expresa a su autor),
y por tanto, para mí, menos interesante. Digámoslo así: me
importa un rábano Dostoyevsky o lo bien que escriba o su ingenio: lo que
yo quiero es el punto de vista de los hermanos Karamazov. El
cuento, me parece, funciona en general por alusiones. Alude a algo (que está
fuera del relato) y cuenta con la complicidad del lector, que debe encontrarle
la gracia por su cuenta. Parodia, apostilla, subraya, vuelve del revés,
ilumina, etc. una realidad que el lector comparte con el autor y que no forma
parte del cuento. La ambición de la novela es distinta, totalizadora: no
quiere aludir a la realidad, qué va, sino directamente suplantarla por
completo, construir una realidad autónoma que ocupe su lugar. La novela
no tiene exterior, como decía Althusser de la ideología. Por eso
la tarea del novelista depende, como la fisión nuclear, de la "masa
crítica": sí es una cuestión de tamaño, ya que
una novela no es más que una acumulación de detalles insignificantes
por sí mismos, pero en tal cantidad y unidos entre sí de tal suerte
que el conjunto adquiere un significado nuevo y autónomo, que no alude
a la realidad, sino que se propone remplazarla con ambición totalizadora.
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