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Vivir y pensar como puercos |
| GILLES CHÂTELET | | 144
págs. | | Traducción: José
Luis Sánchez-Silva | | ISBN 84-89618-86-0
| | 13,52€ | |
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Quede claro de antemano que no tengo nada contra
el puerco ese
«animal singular» de hocico sutil, desde luego mucho más refinado
que nosotros en materia de tacto y olfato .
Pero quede claro también: odio la glotonería almibarada y el tartufismo
humanitario de eso que nuestros amigos anglosajones llaman «formal urban
middle class» de la era postindustrial. ¿Por
qué elegir el final de la década de los setenta para abrir este
esquema sociofilosófico de las democracias de mercado contemporáneas?
El progre del 68, ya maduro, no debe olvidar que, para el lector adolescente de
la era Mitterrand, aquella fecha queda tan lejana como podía estarlo la
guerra de Corea del Mayo del 68. Y que treinta y seis años separan al lector
contemporáneo de los primeros discos de Bob Dylan, es decir, tantos como
los transcurridos entre el final de la República de Weimar y los acontecimientos
de Mayo. La generosa agitación de los años
sesenta daba entonces sus últimos coletazos, un poco como los grandes macizos
montañosos se transforman suavemente en contrafuertes y colinas para dejar
sitio a un paisaje domesticado de pastos y viñedos. Lo que ya sólo
cabe llamar postizquierdismo languidecía plácidamente al
amparo de la Noche, que, con su gente guapa, sus bailes, sus vértigos y
sus comadreos, le permitía remolonear en un tránsito lúdico
prolongado hasta el infinito, e incluso hacerse pasar por árbitro de elegancias,
sin hundirse demasiado aprisa en las renegadas pestilencias de lo que, unos años
antes, había pretendido imponerse como «nueva filosofía».
El postizquierdismo intentaba aparentar no estar demasiado quemado y se presentaba
como festivo, «razonablemente» de izquierdas y atento al devenir de
los «universalismos». Aún no era momento de adornar sistemáticamente
los términos «imperialismo» y «trusts» con comillas,
de llamar «activistas» a los militantes, o de indignarse ante la manera
en que Jean-Paul Sartre, Michel Foucault y otros «pedófilos narcoizquierdistas»,
tiranizaban el diario Libération con la complicidad de ciertos presidiarios
evadidos. En aquel final de década, se produjo en efecto un milagro de
la Noche, que hizo que el Dinero, la Moda, la Calle, el Periódico e incluso
la Universidad se amodorrasen juntos y combinasen sus talentos para dar a luz
esta paradoja: un equilibrio festivo, antesala amable de la «sociedad terciaria
de servicios», que muy pronto iba a convertirse en la del aburrimiento,
el espíritu de imitación, la cobardía y, sobre todo, el jueguecito
de la envidia recíproca «el
primero que se despierte envidia al otro». Es
uno de los secretos a voces de la vida parisina: cualquier petarda de medio pelo,
incluso algo palurda, sabe que si la gente guapa baila a ritmo de swing, la «sociedad
civil» no tardará en empezar a menearse. Un sociólogo un poco
perspicaz habría observado con interés la lenta putrefacción
del optimismo libertario convertido en cinismo libertariano, que
se convertiría muy pronto en auxiliar de la Contrarreforma liberal que
seguiría, y el paso del «sí, en fin, quiero decir...»,
del quinceañero progre pero simpático, al «no nos engañemos»
del novato de Ciencias Políticas. La impostura
pseudolibertaria del «caos» y la «autoorganización»
merecía una atención particular. El lector que se sorprenda al descubrir
un análisis del caos tras la descripción de una velada en el Palace,
no debe olvidar que ciertos partidarios de la Contrarreforma liberal veían
en el «Gran Mercado» una manifestación de las virtudes «creativas»
del caos, y deseaban por tanto liquidar lo antes posible el Estado-providencia,
esa molesta «estructura disipativa» heredada de la segunda ola
industrial, para hacer sitio a la tercera ola postindustrial, ligera,
urbana y nómada. La Contrarreforma liberal
pretendía haber captado al vuelo el guiño de la Naturaleza el
orden socioeconómico surgió tan naturalmente como las especies mejor
dotadas para la supervivencia ,
pero no hacía más que reconciliarse con la tradición inglesa
de la Aritmética política y de un control social tan barato como
el hambre, capaz de domesticar al «hombre ordinario» y convertirlo
en una criatura estadística, el «Hombre medio» de los sociopolitólogos.
Hombre medio que aparece como producto de una potente ingeniería sociopolítica
que había conseguido transformar lo que Marx llamaba «campesino libre
de Inglaterra» en ciudadano-panelista, átomo productor-consumidor
de bienes y servicios sociopolíticos. Pasar
de carne de cañón a carne de consenso es desde luego un «progreso».
Pero estas carnes se corrompen enseguida: la materia prima consensual es esencialmente
putrescible y se transforma en una unanimidad populista de las mayorías
silenciosas, que nunca es inocente. A este populismo clásico parece sumarse
entonces un populismo yuppie un
tecnopopulismo
que no duda en alardear de su carnívora posmodernidad, listo para localizar
y digerir el best-of de los bienes y servicios del planeta. El punto de vista
tecnopopulista se exhibe ahora sin complejos y pretende reconciliar dos espiritualidades:
la del tendero de la esquina y el jefe de contabilidad «la
pela es la pela»
con la espiritualidad administrativa del inspector de Hacienda en
otro tiempo un poco más ambiciosa? Estas dos
espiritualidades caminan desde ahora cogidas de la mano, seguras de su legitimidad
y repartiendo ultimátums: «¿Para qué sirven ustedes?
Deberían avergonzarse de ser tan abstractos, tan elitistas», irritadas,
si no exasperadas, por toda actividad que no se deje acotar en el limitado horizonte
de un jefe de contabilidad y suponga, por consiguiente, un desafío insoportable
a la miseria del «pragmatismo» contemporáneo que tanto
le gusta invocar al tecnopopulista. Ahora tocamos un punto sensible de su tartufismo:
se siente insultado por todo lo que le supera y denuncia como «elitista»
toda iniciativa mínimamente alejada de las preocupaciones del «hombre
de la calle» de
lo que se ha dado en llamar «las cosas serias de la vida»
y de la simplonería de su «querer-comunicar». Por
eso, para nuestros «demócratas» tecnopopulistas, la enseñanza
es siempre demasiado cara, pues de todas maneras la cretinización a través
de la comunicación sustituye ventajosamente al autoritarismo de antaño.
Un conocimiento, aunque sea somero, de países como
Alemania, Inglaterra o Francia, muestra sin embargo que los periodos más
brillantes de su historia siempre han resultado de una capacidad para acondicionar
espacios al abrigo de las presiones de la demanda social inmediata, de las jerarquías
establecidas, y por tanto aptos para acoger nuevos talentos sin distinción
de clase, en resumen, para albergar a una aristocracia cultural no cooptada por
el nacimiento o el dinero. Es fácil adivinar
por qué el tecnopopulismo fomenta las bajezas y cobardías del hombre
medio, y sobre todo las de su vanguardia técnico-comercial, esos pequeños
truhanes portuarios iniciados en la econometría, todos esos prototipos
poco apetitosos que vuelven locos a los institutos de predicción, esos
«comedores de hombres» en 4 X 4, cuyo sentido crítico no es
muy superior al de la tenia, y que se pasan el día rumiando su «no
hay que soñar» y su «yo soy diferente». El
tecnopopulismo distingue cuidadosamente entre dos «radicalismos»,
uno que detesta sospechoso
de ser enemigo de la democracia, porque intenta sustraerse a la patanería
y la impaciencia contemporáneas y espera dar al traste con los escenarios
socioeconómicos del Banco Mundial
y otro cuyo fuerte olor a mayoría moral aprecia: el del Hombre del saco
y el de las picotas mediáticas. Si le pidiesen que definiese la new-age,
el tecnopopulista respondería: «Es la era de Internet, las asociaciones
de madres de familia videoadictas y la silla eléctrica». Por eso
le encanta transfigurar sus Agripinas, sus Thénardiers y sus Tartarines
en Gavroches de plató televisivo, fustigadores de «privilegios»
y rebosantes de Causas Justas. Pero aún hay
más: lo que vale para los individuos vale también para los pueblos;
toda protección social, toda noción de servicio público «mantenida
artificialmente fuera del mercado», esto es, toda conquista histórica,
debe ser borrada y denunciada como un «privilegio» que amenaza los
grandes equilibrios y dispara las señales de alarma socioeconómicas
de la Historia prometida por los tecnopopulistas del mundo entero. Pues sólo
calculando su peso «real» econométrico
y rechazando resueltamente todo patrón «utópico y marxistizante»,
cada país podrá pretender un puesto de preferencia en el cuadro
de honor de la prosperidad mundial. Los franceses
han tardado mucho tiempo en comprender que esto concierne a todo el mundo
y no sólo
a los «metecos» del Sur .
Por eso, desde 1974, el tecnopopulismo está inquieto: Francia «pesa
demasiado», sufre de obesidad simbólica, y la intolerable «singularidad
francesa» surgió, hace ya diez años, como un golpe de efecto
orquestado por los jóvenes pedantes del Instituto de estudios políticos.
Los contrarreformistas liberales y
con ellos muchos otros
pueden estar contentos: Francia se acerca simbólicamente a sus cuotas de
mercado, y muchos de sus intelectuales tienen algo que ver en el asunto. La República
ya no es tan orgullosa: por fin se ha resignado a un destino a la medida de sus
posibilidades el
de subprefectura «democrática» del Nuevo Orden Mundial que
sabe arrodillarse ante una opinión cuya fabricación se le escapa
cada vez más y abandona esa idea «jacobina» según la
cual el valor de la democracia se justifica exclusivamente por la excelencia de
los destinos que persigue idealmente para todos, sin plegarse a la media de los
egoísmos y vilezas de cada uno .
No es extraño por tanto que la peste nacionalracista vuelva a asomar a
la superficie... Casi han conseguido transformar un gran pueblo en un audímetro
servil y provinciano, y una parte de su elite intelectual en populacho compradore,
en cuarterón de subalternos editorialistas de esos formidables evacuatorios
mentales en que se han convertido las democracias de mercado ?siempre atareadas
en recortar sus agregados económicos poco favorables, producto de la fermentación
de cientos, y pronto miles de millones, de psicologías de consumidores-panelistas
devorados por la envidia y el deseo de acaparar al menor coste posible. «¡Positivizad
y maximizad igual que respiráis!», podría ser el eslogan de
esta clase media mundial convencida de estar viviendo el Fin de la Historia. Este
final de la Historia no sería, después de todo, más que el
descubrimiento de una forma óptima de termitero, o más bien de yogurtera
de clase media de
la que Singapur sería un siniestro modelo reducido ,
que administra las fermentaciones mentales y afectivas mínimas de protozoarios
sociales. «Intercambiaréis cinismo mercantil
permanente por lágrimas de cocodrilo de ocasión»: esta
es la divisa de la yogurtera, pues desde el caso Diana sabemos que ya ni siquiera
es necesario ser actor o cantante para convertirse en una estrella, y que basta
con divorciarse y respirar para hacer lloriquear a dos mil millones de hombres.
Para la Contrarreforma liberal ya no hay duda: el siglo
XXI verá el triunfo completo del individuo. Sin pretenderlo, por supuesto,
nos conduce al corazón del futuro combate político-filosófico:
hacerlo todo para que el hombre ordinario, ese singular que nunca se produce
ni termina, no se confunda nunca más con el Homo eco-comunicans
de las democracias de mercado. Vencer al tecnopopulismo,
desechar las yogurteras, es también vencer al nacionalracismo... Eso exige
una filosofía de combate. La intelligentsia francesa aún
está a tiempo de volver en sí, de dejar de lado a los Trissotin
y a las escritoras posmodernas y, sobre todo, de poner término a la cretinización
soft a la anglosajona a
su «rortyfication» ,
de reaccionar y rechazar, en suma, un destino de rebaño cognitivo suscitando
más polémica y prestando menos atención a las modas.
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