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Saga |
TONINO BENAQUISTA | 320
págs. | Traducción: María Teresa
Gallego Urrutia | ISBN 84-89618-54-2 |
| 2900 pts. 17,42 € | |  |
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¿Cuál de los cuatro estará más
intimidado? Yo, seguro, en vista de que acabo de pasarme la noche en blanco esperando
la hora de esta entrevista. Pero ninguno parece lo que se dice a gusto. Nos miramos
como pasmarotes, sentados en dos sofás que están uno enfrente de
otro, sin intentar siquiera trabar conocimiento. Mathilde
Pellerin parece estarse preguntando qué hace aquí. En una o dos
ocasiones, ha estado a punto de levantarse para irse, y ni ella sabe por qué
no lo ha hecho. Me parece que lo que le resulta molesto de esta situación
es de orden puramente material: estos tres cuerpos masculinos que imponen su presencia
sin pedirle permiso a nadie en esta oficina tan cutre. Tres miradas desconocidas.
Inquisitivas. Jérôme Durietz, en cambio, está
muy claro por qué no se mueve del sofá: necesita pelas. Los hay
capaces de mostrar un soberano desprecio en lo tocante a la propia indigencia,
pero Durietz no es de ésos y el menor ademán lo traiciona. Ocultó
los puños de la camisa al darnos la mano; hizo como que buscaba suelto
en los bolsillos delante de la máquina de café, y, cuando lo invité
a uno, se lo tomó a sorbitos, como si llevara una eternidad sin probarlo.
Me dieron ganas de hacerle un modesto adelanto, únicamente para que se
relajase un poco, porque esa forma suya de calcular cada segundo empezó
enseguida a ponerme de los nervios. Sólo Dios sabe de dónde habrá
salido. El que más me intriga es Louis Stanick,
el único que ha intentado poner a todo el mundo cómodo echándonos
un discursito de decano en primer día de curso. Ventajas de la edad, por
lo visto. Pasa un poco de los cincuenta, es alto y tieso como un palo; con ese
bigote y esas gafas de concha, tiene cierto parecido con Groucho Marx. Es el único
del que he encontrado algo en las guías de la profesión. El Diccionario
Larousse de cine le dedica cinco líneas, que dicen que trabajó
mucho en Italia en los años setenta, pero los títulos de su filmografía
no me han recordado nada. Tras regresar a Francia, escribió un largometraje
que nunca se estrenó, y, a continuación, poca cosa hasta llegar
a esta oficina tan rara. Tiene un currículum tan corto que cabría
en un papel de fumar. El mío no ha pasado aún de la primera línea,
pero me juro a mí mismo que no acabaré como Louis Stanick.
Nadie intenta romper el silencio. Me levanto para mirar
por la ventana. Estamos en un edificio pequeño de tres plantas de la Avenida
de Tourville, en el distrito VII. La habitación en la que esperamos está
de lo más vacío, si exceptuamos los dos sofás y la máquina
de café. Los últimos inquilinos debieron de largarse de tapadillo,
llevándose todo que lo que merecía la pena. Un tabique, que remata,
a media altura, un cristal grande, permite ver cuanto sucede en el pasillo. Y,
de momento, lo que sucede en el pasillo no hay quien lo entienda. Será
el cansancio, será la impaciencia, será el estrés, pero me
da la impresión de que se nos viene encima una oleada de cabelleras rubias.
A veces, se divisa una frente; otras, un par de ojos o una gorra; pero todo es
muy raro. El timbre del teléfono rompe un silencio penoso y relaja la tensión.
Stanick lo coge y cuelga enseguida, en cuanto una secretaria de producción
le comunica que la entrevista va a retrasarse dos horas. Y
ya llevamos aquí la tira tocándonos los huevos dice
Durietz. Stanick se encoge de hombros, como diciendo
que qué se le va a hacer. La paciencia es ya para él un currelo
de jornada completa. ¿A
ustedes no les parece que nos están tomando el pelo? pregunta
Mathilde Pellerin. Me entran ganas de contestarle
que tengo veinticinco años y toda una vida por delante para esperar una
entrevista como ésta. Ella prefiere levantarse y largarse sin ahorrarnos
su enojo del siglo pasado. Es
una pena, porque olía bien dice
Stanick. Jérôme Durietz se queda con el sofá
para él solo. ¿Les
parece mal si sobo un ratito? Estoy pasando una temporada de insomnio...
En
este oficio, puede ser casi una ventaja dice
Stanick . Póngase
cómodo; lo llamo dentro de hora y media. No
han pasado cinco minutos y Durietz duerme ya que da gloria verlo. Sólo
los críos duermen así. Los
críos y los chinos digo .
En Pekín, se ve dormir a tíos de cualquier manera, apoyados en el
manillar de una bicicleta, en restaurantes atiborrados de gente, entre dos paradas
de autobús. ¿Ha
estado allí muchas veces? Nunca.
Me lo han contado. Desde la esquina en la que estoy
sentado, consigo por fin darme cuenta de lo que sucede en el pasillo porque por
la puerta acristalada puede verse a la gente de cuerpo entero. Pero hay veces
en que ver la realidad la hacer parecer aún más confusa. Oiga,
señor Stanick, ¿a usted qué le parece? ¿A qué viene ese desfile
de enanos por el pasillo? ¿Eso?
Es Prima, la agencia de casting, que tiene las oficinas al final del pasillo.
Fui a dar una vuelta por allí hace un rato. A mí también
me tenían intrigado. Están cogiendo gente para una película
americana que ruedan en parte en París. Necesitan doscientos enanos adultos,
preferentemente rubios y bilingües. Y
¿de qué va la película? Pues
no me lo han sabido decir. De momento, se llama Pandemónium. Tienen
prevista una escena con los enanos y varias decenas de mujeres gigantescas en
plan opulencia materna. Qué
barroco... Cuando
se ponen simbólicos, los yanquis nunca se andan con sutilezas. Ésa
es una de las cosas que los hacen fuertes. Silencio.
Si tenemos que esperar todavía dos horas antes
de la entrevista con el director de producción, habrá que hablar
de algo. ¿No
le parece que esta entrevista tiene toda la pinta de una inocentada? A
ver si acierto, Marco. Usted no ha trabajado nunca en televisión, ni en
ninguna otra cosa, por cierto, y no entiende por qué lo han llamado para
esta serie misteriosa que se estrenará en otoño. Sí
que he trabajado ya para esta cadena. Escribí los diálogos en francés
de Los Señores de la Galaxia, unos dibujos animados japoneses. Y
presenté varias sinopsis para Dos polis en el infierno, pero no
se quedaron con ninguna. Me pregunta si cobré.
Me pagaron una miseria por los dibujos animados y nada por lo demás.
Pues
por eso lo han llamado. Saben que está usted dispuesto a coger lo que sea
por una cantidad de risa. Debe de tener razón.
Y yo soy completamente capaz de dejar que me engañen otra vez. Qué
más da. Yo, Marco, sí, yo, quiero llegar a guionista, es mi única
ambición en la vida y lo debo de llevar escrito en la jeta. Venderé
el alma a quien me abra una rendijita. Estoy dispuesto a tragar sapos y culebras,
a escribir las cosas más infames, a que me paguen tarde, mal y nunca, a
que no me paguen, me importa un bledo. Algún día, vendrán
a comer de mi mano, aunque todavía no lo sepan. Y
usted, ¿por qué se queda, Louis? Noto que
vacila entre una trivialidad de compromiso y un alud pequeño de sinceridad.
Porque
soy eso que suele llamarse un venido a menos. Presentarme para este empleo es
mi forma de pedir limosna. Hace mucho que pasó mi hora, y ahora acepto
lo que sea sin resentimiento. Soy como un caballo viejo de labranza: lo conservan
porque se sabe bien el camino y come poco. Y, además, sólo sé
hacer esto. ¿Hacer
qué? Fabricar
peripecias por metros. Durietz, sumido en su sueño
abismal, se da media vuelta en el sofá. Otra oleada de enanos rubios como
la cerveza cruza por el pasillo. Van la mar de serios, dispuestos a demostrar
de qué son capaces. Stanick mete dos francos en la máquina de café
y me da un vaso de cartón. Opina que estos locales son de la cadena de
televisión, que los comparte con Prima y con un taller de montaje que hay
en el último piso. Ayer, el productor me preguntó por teléfono
si estaba disponible de inmediato. No acabé de entender por qué
me necesitaban a mí para un caso urgente. Mire,
Marco, ¿para qué vamos a negar la evidencia? Si una cadena reúne
en la misma habitación a un guionista joven y animoso dispuesto a trabajar
gratis, a una escritora a caño libre de novelas rosa, a un hombre muerto
de cansancio que no tiene donde vivir y a un venido a menos viejo como yo, a la
fuerza tiene que haber algo jodido en el invento. Los
cínicos no suelen caerme simpáticos. Sobre todo si se ensañan
con ingenuos como yo. Pero la forma tan personal en que Stanick lleva la conversación,
como si patinase por una resbaladiza pista de sinceridad, resulta hasta cierto
punto atractiva. Es como si quisiera ya establecer un ritmo de trabajo y ahorrar
desde el primer momento a nuestras futuras relaciones los oropeles de la mentira.
Y enterrar de una vez por todas los del ego. Pese a todo, el ingenuo que llevo
dentro sintió la necesidad de intervenir. Con cierto tonillo de franqueza,
me atreví a decir que no era capaz de tomarme este trabajo a la ligera.
Respetar la historia que ideamos es respetar a quienes van a escucharla y respetarnos
a nosotros mismos. Poco importa la azarosa moralidad de quienes nos la encargan.
Durante la hora siguiente, me dio tiempo a contarle
que nací delante de un televisor. Y no es una figura retórica: la
primera imagen que realmente recuerdo no es el seno materno sino algo brillante
y cuadrado que me atraía de forma irresistible. La tele era mi canguro,
mis tardes sin colegio, mis atónitos ojos de niño descubriendo el
mundo en movimiento. La tele era el amigo con el que nunca te peleas, el que siempre
tiene una buena idea a punto desde por la mañana hasta por la noche. La
tele era toda una gavilla de héroes que me enseñaron en qué
consistía el entusiasmo. Las primeras emociones, pero también los
primeros ascos. Fui ese chaval que se hace adulto de golpe y porrazo al cambiar
de cadena. Recordé las imágenes prohibidas, vistas de noche por
la rendija de una puerta; de la misma forma, habría podido Louis hablarme
de sus noches de aventuras, con una linterna y un libro bajo las sábanas.
Terminé diciendo que, en nombre de todo aquello, si se me presentaba una
oportunidad de estar detrás de la carta de ajuste, haría todo lo
posible para no traicionar a aquel chiquillo abandonado a su propio albedrío
ante la pantalla de luz azulada. Louis Stanick me
miró, turbado. Podría haber dicho muchas cosas, pero prefirió
sonreír. La nostalgia del fervor perdido, pensé. Ya
era hora de despertar a Jérôme Durietz; lo invité a un café
a cambio de uno de sus sueños. Estaba
en lo alto de una montaña y se me aparecía una bola de fuego que
hablaba. Luego bajé, y había una pandilla de individuos, y yo estaba
furioso con ellos y les tiraba piedras que llevaban órdenes grabadas. Una
situación de lo más a tope. Pasaban muchas más cosas, pero
se me han olvidado. Volvió Mathilde Pellerin,
humilde y deliciosamente abochornada. La recibimos sin mostrar sorpresa alguna,
sin hacerle ni una sola pregunta acerca de los oscuros motivos que todos teníamos
para aceptar aquel currelo. Y menos mal, porque a
Alain Séguret, el director de la unidad de producción, nuestros
motivos lo traían al fresco.
Séguret no se anda con rodeos, tiene prisa y no
le apetece en absoluto meterse en perífrasis diplomáticas. Desde
que entró en la oficina, le habría dado tiempo más que de
sobra para explicarnos que su cadena anda buscando una serie marchosa, de coste
razonable y a la que nunca se le olvide que su principal cometido es gustar. En
vez de eso, nos dice: Escriban
lo que les dé la gana, lo que les dé la real gana, con tal de que
salga lo más barato posible. Al principio,
no me lo creía. E incluso entendí precisamente lo contrario.
Mathilde Pellerin y Jérôme Durietz no dicen ni
pío. El único capaz de reaccionar es Louis Stanick. ¿Qué
entiende usted exactamente por «lo que nos dé la gana»?
Pues
lo que les dé la gana, lo primero que se les ocurra. De todas formas, esta
serie no la va a ver nadie. Emitiremos un capítulo diario de cincuenta
y dos minutos entre cuatro y cinco de la mañana. ¿Cómo
dice? El director, agobiado, se pasa una mano por
la frente: Las
cuotas de pantalla... ¡Esa gilipollez de las cuotas obligatorias de creación
francesa! ¡Creación francesa! Sólo con decir juntas esas dos palabras
se me despelleja la lengua. Como no sea a ustedes, a los guionistas, que así
pueden sacarse unas perras, ¿a quién le va interesar la creación
francesa? No sabía yo que los altos ejecutivos
conocieran la palabra gilipollez. Acabamos
de comprar a precio de caviar una serie californiana cargada de premios y de chicas
pechugonas. El minuto de publicidad saldrá a 300 000 francos en el primer
corte; dentro de dos meses, pondremos a la venta camisetas y toda la pesca. Acabamos
de conseguir los derechos de emisión de la final de la Copa de Europa de
fútbol y estoy trabajándome al presentador estrella de una cadena
de la competencia. Así que ¿cómo me va a quedar tiempo para pensar
en la creación francesa? Con cara de estar
al cabo de la calle, Louis pregunta si hasta la fecha han respetado los porcentajes.
A Séguret, como les pasa a todos los altos ejecutivos, no le gustan las
preguntas directas, sobre todo las que no tienen más respuesta que un no.
Hemos
andado escurriendo el bulto; pero, hace nada, nos metió un puro el Consejo
Superior de Espectáculos Audiovisuales y no nos queda más remedio
que recuperar ochenta horas de creación francesa. Y encima hay que emitirlas
dentro de tres semanas, porque si no el gobierno no nos renueva la licencia de
la cadena. ¡Ochenta
horas! Por
eso hemos llamado a cuatro personas. ¿El
primer capítulo dentro de tres semanas? ¡Estará usted de guasa!
Tienen
que ponerse a trabajar hoy mismo sin falta. Ésta
era la inocentada. Cada cual manifiesta su consternación
como puede, menos Stanick, que no pierde el rumbo y dice que las prisas se pagan.
Un tanto asombrado, Séguret reprime una risa sarcástica. Les enseñan
esa técnica en las escuelas para directivos de alto copete. Atiendan
bien. Ha habido dos criterios para escogerlos a ustedes cuatro. Primero: que son
los únicos disponibles en el acto en París. Segundo: que no pueden
aspirar a más de 3 000 francos cada uno por capítulo. ¿Cómo?
Séguret alza los brazos al cielo y arremete:
¡Algo
así lo puede escribir cualquiera! ¡Hasta yo, si tuviera tiempo! Hasta mi
asistenta, si no hablase tan mal. Lo toman o lo dejan. En lo que a nosotros se
refiere, esta serie sólo tiene que destacar por una cosa: por ser la más
barata de toda la historia de la creación francesa. ¿Y
qué quiere usted que nos inventemos para dentro de tres semanas y que dure
ochenta horas por una cantidad que ni siquiera nos da para el café que
vamos a necesitar para aguantar el tirón? Vale
cualquier cosa. Cuenten la eterna historia de dos familias rivales que se enfrentan
en el descansillo de un bloque de viviendas de protección oficial. Eso
es algo que siempre gusta. Metan un par de historias de amor bien pegajosas, añadan
unos cuantos dramas humanos y ya hemos cumplido. No
se puede arrancar así... Necesitamos... un sitio para reunirnos...
Éste.
¿Éste?
No
nos cuesta el alquiler y hay lo imprescindible: dos sofás y una máquina
de café. Mañana les traerán material informático y
una impresora. Los capítulos los montaremos en el taller del último
piso. Los actores los buscará la agencia de casting Prima. ¿Qué
más quieren? Mathilde Pellerin, desbordada,
no se atreve ya ni a abrir la boca. Louis Stanick y yo no tenemos nada más
que añadir, no vaya a ser que se busquen a otros, más lanzados y
con menos escrúpulos. Durietz se arriesga a pedir un modesto anticipo,
pero Séguret no quiere oír ni hablar del asunto antes de que le
entreguemos los cuatro primeros capítulos. Tengo
un hermano enfermo... Necesito algo de dinero para medicinas... Conque
medicinas para un hermano enfermo. Ya sé que su oficio es inventar historias,
¿pero no le parece que se está pasando un poco? Por
primera vez, coincido con Séguret. Durietz está en su derecho al
intentarlo, pero sin desacreditar a toda la profesión. A mí se me
habría ocurrido algo mejor que eso de las medicinas. Séguret
mira la hora, da dos telefonazos y se dispone a despedirse. Por
cierto, última cosa. Para el título de la serie, se nos ha ocurrido
SAGA. Con un nombre así, da la impresión de que se trata de una
historia archiconocida y de que va a durar unos cuantos años. Exactamente
lo que necesitamos, ¿verdad? |