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El buscador de oro | | ESCUELA
CONTEMPORÁNEA DE HUMANIDADES | | 256
págs. | | ISBN 84-89618-88-7 |
| 15,00 € | |  |
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La digitalización de la experiencia Juan
Manuel R. Parrondo |
Parte
del nuevo escenario social y económico puede interpretarse como un simple
reflejo de la tecnología digital. La flexibilidad, el cambio continuo,
la inestabilidad, la sensación de encontrarnos ante un mundo autónomo
que ofrece posibilidades infinitas pero a la vez carece de anclaje, que se mueve
a un ritmo demasiado rápido para proporcionar una experiencia vital mínimamente
densa; todos estos ingredientes están presentes en la tecnología
digital, una tecnología alejada de la materia, que crea y organiza un mundo
abstracto, libre de las escalas de tiempo propias de la materia. Por
ello es importante entender qué es la tecnología digital, conocer
en qué consiste realmente ese alejamiento y cuáles son los pasos
que han seguido para llevarlo a cabo. Me refiero a los pasos conceptuales, no
a los meramente técnicos. Veremos que estos pasos conceptuales no son más
que la realización material de una línea de pensamiento que en los
últimos cinco siglos se ha ido imponiendo de forma lenta pero implacable,
rodeada además de una aureola de inocencia y objetividad que parece ponerla
a salvo de cualquier crítica. Se trata de la línea de pensamiento
que consiste en cuantificar la realidad, en reducir cualquier descripción
del mundo a descripción matemática, en limitarse a esa descripción
matemática y considerar cualquier otra posibilidad de descripción
como subjetiva, inapropiada para el análisis e incluso carente de información
acerca de la realidad. En suma, la línea de pensamiento encarnada en la
Física moderna, modelo desde el siglo XXIII para el resto de las ciencias
y, por extensión, para cualquier clase de conocimiento, formulada por primera
vez de forma concreta en el lema de Galileo: el libro de la naturaleza está
escrito con caracteres matemáticos, con números y relaciones entre
números. La Física desde entonces ha aprendido a leer la naturaleza
en términos de números y lo que ha conseguido la tecnología
digital es la construcción de artefactos que realizan y hacen uso de esta
lectura. Algo que no es evidente para el usuario es que estos artefactos nos imponen
esa misma lectura, aunque no tengamos ni idea de matemáticas. Más
aún cuando se trata de artefactos capaces de crear estímulos, capaces
de configurar todo un ámbito de experiencia que se dilata constantemente.
Y esta lectura no es inocua. Es una lectura y por tanto una interpretación:
el resultado de un filtro y de una categorización del mundo. La
tecnología digital no es entonces un mero conjunto de artefactos, nacido
del ingenio de unos cuantos científicos e ingenieros que combinan circuitos
integrados. Es el último producto de una corriente de pensamiento muy poderosa,
que impone una cierta interpretación del mundo: la matematización
de la realidad, la reducción de todo al número, a lo cuantificable,
o, al menos, la consideración de que sólo lo cuantificable es relevante.
Pero ¿qué es «lo digital»?,
¿cuál es la característica común de toda esta tecnología
que cumple funciones tan diferentes? Un artefacto es digital cuando en alguna
de sus partes una propiedad del mundo físico una
imagen, un sonido
es traducida a números. El artefacto manipula estos números en lugar
de hacerlo con la propiedad material y con ello logra un poder inusitado porque
puede realizar cualquier transformación imaginable. El artefacto es completamente
versátil y está liberado de las escalas de tiempo propias de la
materia, sólo lo limita su capacidad y rapidez de cálculo con números.
Existen dos pasos diferenciados en el desarrollo
que ha dado lugar la tecnología digital, ambos resultado de la matematización
de la realidad. El primero consiste en una fragmentación de la experiencia
en estímulos sensoriales diferenciados. El segundo paso es la codificación
de estos estímulos en forma de números, la digitalización.
Cada uno de estos pasos nos arranca un poco de la realidad material y configuran
una realidad diferente y probablemente más pobre y más problemática.
Fragmentación sensorial
La
tecnología digital no ha sido revolucionaria en lo que refiere a la creación
de lenguajes. Se ha limitado a ofrecer un soporte más ligero y más
fácilmente manipulable a tecnologías que nacieron a finales del
XIX y que consisten en el almacenamiento y la transmisión de imagen y sonido.
La gramática de lo que ahora se llama «multimedia» estaba ya
en gran parte diseñada a través del uso del teléfono, el
fonógrafo, el cinematógrafo, la radio o la televisión.
En ellos está dado un importante paso, el aislamiento
de uno de los sentidos, filtrado del resto y elevado sobre los otros y sobre el
complejo entramado de la experiencia. Es curioso que Bell, inventor del teléfono,
y Edison, inventor del fonógrafo y desarrollador del cinematógrafo
y el teléfono, sufrían o estaban estrechamente relacionados con
personas que sufrían problemas auditivos. Edison era sordo y Bell era educador
de sordos. El primero tuvo dificultades profesionales en su juventud a causa de
su sordera y concibió sus primeros inventos para superar estas dificultades.
Bell comenzó a experimentar con el sonido para educar a la que luego fue
su mujer y terminó desarrollando el teléfono con el mecenazgo de
su suegro. Para ambos el sentido auditivo estaba dotado de una indudable singularidad.
Pero la fragmentación de la experiencia en compartimentos
sensoriales estancos, a pesar de dar lugar a estas tecnologías, puede considerarse
como una cierta mutilación. Por ejemplo, experimentos recientes han puesto
de manifiesto el grado de interconexión de las percepciones auditivas y
visuales. A un sujeto se le pide que cuente el número de fogonazos que
aparecen en una pantalla. La respuesta varía si los fogonazos son acompañados
por algunos sonidos (Shams y otros, pág. 788). Este experimento confirma
evidencias previas de la existencia de neuronas y mecanismos polisensoriales.
Todo esto en cierto modo es obvio. Es obvia la diferencia
entre una conversación telefónica y una conversación alrededor
de la mesa de un bar. Sin embargo, la fragmentación sensorial crea una
nueva esfera de experiencia y nuevas interpretaciones de la realidad que no se
detectan con tanta facilidad. Un caso interesante es el cambio que las grabaciones
han producido en la concepción moderna de la música. Sergiu
Celibidache fue uno de los directores de orquesta más reconocidos en la
segunda mitad del siglo XX. Sin embargo tuvo serios problemas para encontrar una
orquesta estable porque se negaba a grabar discos, una importante fuente de ingresos
para las orquestas de prestigio. Se cuenta que en alguna tienda rompió
violentamente los discos ilegales que circulaban con grabaciones de sus conciertos.
El rechazo de Celibidache a las grabaciones no es una mera anécdota, sino
una consecuencia directa de su concepción de la interpretación musical,
del concierto. Los directores de orquesta, cuando
tocan en un auditorio distinto al de sus ensayos habituales, realizan algo llamado
prueba acústica, un breve ensayo en donde adecuan la interpretación
a la acústica de la sala. Normalmente se limitan a ensayar algunos compases
que les sirven para ajustar el tempo y para comprobar cómo responde la
sala a las distintas densidades del sonido orquestal. En sus pruebas acústicas,
sin embargo, Celibidache ensayaba todas las obras prácticamente completas
porque para él el concierto era indisociable de la sala. La mayoría
de los directores en la prueba acústica tratan sólo de ajustar el
sonido, de corregir el balance de los distintos instrumentos para obtener el color
deseado, normalmente el más parecido a la interpretación en su auditorio
habitual, una especie de ideal sonoro situado al margen del espacio físico,
como lo es la sinfonía que se escucha en un equipo de música. Para
Celibidache el concierto era un fenómeno único, la música
no era separable del espacio físico en donde se produce, ni de la hora
del día o de si fuera llueve o hace sol y por ello la prueba se convertía
en la búsqueda del sonido y de la interpretación propios de esa
sala y de ese día. Por un lado esta concepción
nos parece natural, ineludible. Y sin embargo se ha visto completamente desplazada
por un ideal sonoro independiente del espacio físico. La existencia de
este ideal sonoro se debe a la proliferación de grabaciones, a que la experiencia
musical en las últimas décadas está más asociada a
la grabación, sea digital o no, que al concierto. El disco aísla
lo auditivo del resto de la experiencia y convierte la música en pura experiencia
auditiva. Y, más o menos inconscientemente, hemos terminado por aceptar
que este proceso es una especie de extracción del tuétano de la
experiencia musical. La música es sonido y sólo sonido y el disco
la disecciona, la arranca de toda impureza y nos la ofrece, quizá no con
toda la fidelidad que desearíamos, pero sí al menos desprovista
de todo estorbo e interferencia. Para Celibidache esto era una simple aberración.
Sin embargo, esta aberración se ha instalando definitivamente entre nosotros.
Otros músicos, al contrario que Celibidache, consideran la grabación
como el mejor medio de trabajo, y con ello evidentemente identifican la obra musical
exclusivamente con el sonido. El caso más conocido es el del pianista Glenn
Gould, que renunció por completo a dar conciertos y dedicó todos
sus esfuerzos --que no eran pocos por cierto-- a la grabación. Podríamos
decir que en Gould hay un platonismo musical, un reino de puras ideas musicales,
desprovistas de anclaje material, y del que está más cerca la grabación
que el concierto. Pero en realidad ese reino ideal no existe por sí sólo,
antes de la música material, del sonido. Más bien al contrario,
es precisamente la grabación la que hace posible que concibamos ese reino
de las ideas, al igual que la concepción de la teoría de las ideas
de Platón no habría sido posible sin otra importante tecnología
de la representación del mundo: la escritura alfabética (Havelock.,
pág. 1986). Estos ejemplos sólo tratan
de esbozar el efecto de la fragmentación sensorial sobre la experiencia.
Un intento de análisis más sistemático y exhaustivo puede
encontrarse en la obra de Merleau-Ponty o, más recientemente aunque con
menos profundidad, en la filosofía de la ecología de David Abram,
una hábil mezcla de fenomenología y análisis comparativo
de culturas orales y alfabetizadas. Lo analógico y lo digital
El
fonógrafo, el disco de vinilo o el teléfono, aún no siendo
digitales, utilizan la idea central de Galileo. El número es lo que hace
que un cesto con once manzanas tenga algo en común con un equipo de fútbol.
El número relaciona cosas y situaciones completamente dispares porque retiene
de ellas únicamente la cantidad. Las matemáticas van más
allá en esta capacidad de relación cuando se incluyen en ella aspectos
geométricos. Que el perfil de una cordillera recuerde al del cadáver
de una mujer es una relación matemática, una relación de
identidad entre dos curvas. La abstracción es aún mayor cuando lo
que relacionamos es una curva que dibuja algo en el tiempo con una curva que dibuja
algo en el espacio, como ocurre con los electrocardiógrafos, en donde un
lápiz dibuja una curva en el espacio reproduciendo el comportamiento temporal
de la actividad del corazón. La rugosidad del surco en un disco de vinilo
reproduce en el espacio la vibración del aire correspondiente a los sonidos
grabados, es decir, el comportamiento temporal de la presión del aire.
La metáfora de la montaña y la mujer muerta es ahora metáfora
entre sonido y perfil rugoso, pero ahora es bastante más útil porque
la traducción de un comportamiento temporal a uno espacial hace posible
el almacenamiento y el transporte. En realidad, en cualquier tecnología
capaz de almacenar y transportar información, se encuentra esta traducción
de un comportamiento temporal a uno espacial, como también ocurre en la
escritura. Pero el disco de vinilo sigue siendo materia.
Hemos hecho uso de las matemáticas sin salirnos de la materia, únicamente
utilizando su capacidad de relación o, si se quiere, de metáfora.
La trasposición del sonido a la superficie del disco nos permite algunas
manipulaciones, pero son bastante toscas: podemos rayar la superficie o menear
el disco como hace un moderno disjockey, y así crear nuevos sonidos.
Poco más. El disco es una materia más tratable que el propio sonido,
perdura, se puede transportar, pero su manipulación es ciertamente limitada.
Hay desde luego materias más fácilmente
manipulables, como la corriente eléctrica o un haz de electrones en un
tubo de vacío, pero la liberación completa de la materia no se ha
producido hasta la invención de los artefactos digitales. Un
CD de música no contiene el dibujo de las ondas sonoras sino solamente
números. Números que pueden considerarse instrucciones para que
el reproductor genere el sonido correspondiente. El programa de Galileo se ha
llevado hasta sus últimas consecuencias. El CD no es ya metáfora,
no reproduce en el espacio y con otro soporte material el comportamiento temporal
de la presión del aire. Es un registro numérico, una lista de números,
y su manipulación no consiste más que en hacer sumas, restas y multiplicaciones
con los números de la lista. Si, por ejemplo, queremos transformar el sonido
de modo que parezca escucharse dentro de una catedral, basta con acudir a la Física
para saber la transformación matemática que sufre una onda sonora
cuando rebota en paredes de piedra y aplicar esa transformación. (Básicamente
consiste en superponer a la onda original copias más tenues y retardadas,
es decir, en copiar varias veces la lista de números pero desplazándolos
y disminuyendo su valor, y sumar todas las copias a la lista original; con ello
conseguimos una nueva lista de números cuyo resultado es el sonido original
con la reverberación característica de la catedral). El dominio
ahora es absoluto. Podemos realizar incluso transformaciones que no imiten ningún
proceso físico. Nos movemos en un mundo de pura combinatoria y transformación
matemática, con unas posibilidades prácticamente ilimitadas.
Lo mismo cabe decir para la imagen. Los más espectaculares
efectos especiales en el cine de los últimos años son fruto de la
manipulación digital de imágenes. En este caso, la traducción
de imagen a números es sencilla: se ordenan los puntos de una pantalla
y a cada uno de ellos se le asignan tres números que son las intensidades
respectivas de los colores primarios. Pero la digitalización
tiene un precio: reduce ineludiblemente la información que está
presente en el substrato material, en la vibración del aire o en la imagen
de una escena. Esta reducción se debe a que los números almacenados
en un CD o en un DVD, por ejemplo, no pueden ser infinitos ni puede ser infinita
su precisión. De hecho, la capacidad de manipulación, la liberación
con respecto a las escalas de tiempo de la materia, es posible gracias a que se
trata de un número finito de números y cada uno de ellos con una
precisión finita, es decir, números decimales con unas pocas cifras.
En la traducción de la vibración del aire
a números que se lleva a cabo al grabar un CD, se registra sólo
la presión del aire 44.100 veces por segundo y con una precisión
de unas cinco cifras. Es decir, el contenido de un CD es una serie de números
decimales de cinco cifras, 44.100 números para cada segundo (88.200 si
es estéreo). Observe que se podrían haber tomado 96.000 en lugar
de 44.100 y registrar los números con precisión de diez cifras en
lugar de cinco. Con ello el registro sería mucho más completo y
más preciso. De hecho, en los estudios de grabación actuales, se
trabaja de esta forma y parece que un oído sensible es capaz de percibir
un considerable aumento de la calidad del sonido cuando se toman 96.000 datos
por segundo en lugar de los 41.100 de un CD. La cantidad
de datos que se registran por segundo y la precisión de los mismos podría
en principio crecer sin límite, porque un intervalo de tiempo siempre puede
dividirse, por muy pequeño que sea. La sombra de Zenón se proyecta
aquí, no para argumentar en contra de la existencia del movimiento, sino
para decirnos que cualquier traducción de propiedades materiales a una
serie finita de números es, inevitablemente, una reducción,
una aproximación, sólo un esbozo de la realidad. Esta
distancia entre lo digital y aquello que todavía es materia, y que por
tanto contiene información infinita, es percibida, por ejemplo, por profesionales
de la música. A los aparatos, amplificadores, sintetizadores de sonido,
etcétera, que no operan digitalmente sino con voltajes e intensidades de
corriente, se los denomina analógicos. En general, por analógica
se entiende cualquier información que retiene el carácter continuo
de la señal: el movimiento de la aguja de un tocadiscos, el voltaje que
existe en el enchufe de unos auriculares en un equipo de música, las ondas
de radio o la velocidad del viento a lo largo de un día. Tiempo o espacio
continuo, señal continua, es decir, señal material y por tanto de
infinita precisión. Por el contrario, lo digital presupone un tiempo o
espacio fragmentado, discretizado, y una señal expresada mediante
números con unas pocas cifras decimales, es decir, números con precisión
finita. Cualquier aparato digital tiene finalmente que traducir sus listas
de números, sus señales digitales, a un voltaje, un movimiento en
la membrana de un altavoz, o un punto de luz en una pantalla. Por tanto tiene
que convertir la señal digital en analógica. Tiene que volcar sus
contenidos a la realidad material, al menos, mientras no nos implanten lectores
digitales en el cerebro. En cualquier caso, un aparato digital es aquél
que opera con señales digitales y no analógicas, aunque finalmente
tenga que realizar la conversión. Un aparato analógico, sin embargo,
opera constantemente con señales analógicas. Pues bien, la mayor
parte de los profesionales de música electrónica perciben de modo
bastante claro la diferencia entre aparatos digitales y analógicos, incluso
en sintetizadores digitales que han sido diseñados para imitar un cierto
instrumento electrónico analógico. Cabe
pensar que la diferencia entre unos y otros se hará imperceptible si aumentamos
la precisión de la traducción del sonido a números y, en
principio, si sigue creciendo la potencia de cálculo de ordenadores y chips,
podremos alcanzar una precisión suficiente como para que la traducción
sea perfecta para nuestros sentidos. Por ejemplo, la cifra de 44.100 datos por
segundo se fijó porque el oído no puede detectar sonidos que vibren
a más velocidad que 20.000 ciclos por segundo. Cualquiera que haya seguido
la historia de las películas de animación realizadas con ordenadores,
probablemente tenga la sensación de que tarde o temprano se conseguirán
películas indistinguibles de las rodadas con actores y escenarios reales.
En otras palabras, es cierto que en toda conversión
de algo analógico o material a una señal digital, se pierde información
sin importar lo precisa que podamos realizar la conversión. Esto es así
porque la información analógica es infinita y la digital no lo es.
Sin embargo, nuestros sentidos no tienen tal sensibilidad: de toda la información
contenida en la señal analógica, sólo somos capaces de percibir
una parte finita. Por tanto, cuando la precisión alcance esa parte, la
traducción será, para nuestros sentidos, perfecta. La
propia Física, aún siendo fiel al programa fundacional galileano,
ha empezado a encontrar evidencias en contra de este argumento, evidencias de
que la información infinita contenida en lo analógico, en lo material,
poco a poco se despliega, se amplifica y acaba por tener consecuencias perceptibles.
Con ello quedaría establecida una cierta irreductibilidad de la materia,
el reconocimiento de que su riqueza no puede trasladarse de modo genuino al mundo
digital. En cierto modo se recuperaría el aspecto oscuro, el misterio de
nuestra relación con el mundo, o, al menos, la posibilidad de ese misterio.
El continuo y la teoría del caos
El
continuo es el modo matemático de describir un espacio sin fisuras.
Decimos que la recta es una sucesión continua de puntos porque entre dos
puntos cualesquiera, por muy cercanos que sean, siempre habrá otro punto.
Y entre uno de los dos primeros puntos, digamos el que está a la derecha,
y el nuevo punto insertado entre ellos habrá un cuarto punto. Y así
sucesivamente, podemos repetir esta inserción de puntos de forma ilimitada.
Por tanto, podemos decir que <i>hay infinitos puntos entre dos puntos cualesquiera
de una recta. Esta infinidad de puntos puede traducirse a números, pero
estos números tienen infinitas cifras decimales. La noción opuesta
a lo continuo, es lo que se llama en matemáticas discreto. Un señal
analógica es continua, mientras que una señal digital, es decir,
una lista de números de precisión finita, es discreta. La
cuestión fundamental es si es relevante o no la reducción de información
que supone convertir lo continuo, números con infinitas cifras, a lo discreto,
a números con unas cuantas cifras. Aparentemente la respuesta es no, puesto
que el comportamiento de la naturaleza, y nuestro propio comportamiento, son bastante
regulares: nuestro cerebro responde de forma similar ante la imagen de un amigo,
y esa respuesta no parece depender de detalles ínfimos, como una arruga
imperceptible en su camisa o las motas de polvo sobre su hombro. Si tuviéramos
una sensibilidad tan desproporcionada el mundo sería ininteligible, como
lo era el pasado para Funes, el personaje de Borges. Sin
embargo, la Física ha encontrado formas de compatibilidad entre una cierta
regularidad y robustez de comportamiento y una cierta sensibilidad a detalles
ínfimos. Se trata de los sistemas caóticos, es decir, sistemas
con una extremada sensibilidad a cualquier perturbación, algo que se conoce
popularmente como efecto mariposa. La expresión fue acuñada
por el meteorólogo Edward Lorentz, el descubridor de unos de los primeros
sistemas caóticos. Se topó con él al estudiar ecuaciones
que describen el tiempo atmosférico y explicó el comportamiento
de sus ecuaciones con el siguiente ejemplo: el batir de alas de una mariposa en
Pekín puede causar, dentro de un mes, un tornado en Florida. El tiempo
atmosférico exhibe una acusada sensibilidad a detalles mínimos,
es decir, la capacidad de amplificar esos detalles desde escalas casi microscópicas
a escalas de cientos o miles de kilómetros. Pero, al mismo tiempo, la meteorología
no es absolutamente irregular, admite un cierto nivel de predicción a corto
plazo e, incluso a largo plazo, puede predecirse el tiempo atmosférico
de modo aproximado y probabilístico. Hay
evidencia del carácter caótico de mecanismos fisiológicos
relativamente simples, como la regulación del ritmo cardiaco, y lo más
probable es que la mayoría de los sistemas biológicos sean caóticos,
en particular nuestra actividad neuronal y la relación entre el cerebro
y el cuerpo. Por ello, no es descabellado pensar que la actividad cerebral pueda
presentar, en algunas situaciones, una cierta sensibilidad a detalles aparentemente
imperceptibles. La noción de caos está
íntimamente ligada a lo que en Física se llaman sistemas no lineales:
sistemas en donde la suma de causas no conduce a la suma de efectos, sino a algo
diferente. El mecanismo de la audición, por ejemplo, es manifiestamente
no lineal y esta no-linealidad podría explicar el hecho de que, aunque
somos incapaces de oír el sonido correspondiente a una vibración
de cien mil ciclos por segundo, la presencia de esta vibración puede alterar
sonidos que sí sean perceptibles. En un sistema no lineal algo puede ser
inocuo o invisible por sí solo y sin embargo producir un efecto apreciable
cuando se añade a otra señal. De nuevo,
está ampliamente aceptado que la mayoría de los mecanismos de percepción
y de procesamiento de información en el cerebro son no lineales y, de hecho,
este carácter no lineal está ayudando a entender algunos fenómenos
cognitivos básicos. Por ello, podemos concluir que, aunque no seamos capaces
de percibir un determinado estímulo por ser excesivamente débil,
si éste se combina con otros más intensos, puede llegar a modificarlos
y a tener relevancia en nuestra experiencia de la realidad. En
el caos y en la física no lineal podría haber, por tanto, un argumento
en favor de la irreductibilidad de la materia, de la imposibilidad de realizar
una traducción fiel de la experiencia de la realidad material a números
de precisión finita, a estímulos digitales; una prueba de que el
mundo material contiene una infinitud que se despliega constantemente y que es
relevante en nuestra experiencia de ese mundo material. Aún más,
esta infinitud puede muy bien proporcionar el espacio necesario para que se despliegue
la dimensión de profundidad de la experiencia: para dar cabida a lo que
de misterioso e insondable posee nuestra experiencia inmediata del mundo.
Por el contrario, el inmenso poder de manipulación
que ostenta la tecnología digital es sólo poder de manipulación
de un mundo finito. Y no podría además ser de otra forma, puesto
que este poder no es otra cosa que una combinatoria de símbolos. Lo mismo
se puede decir del lenguaje escrito, sobre todo de la escritura alfabética.
La diferencia con respecto a la escritura es que la esfera creada por el mundo
digital tiene mayores pretensiones de sustituir a la esfera de estímulos
provenientes del mundo material. Seducidos por estas pretensiones, hay quienes
ven en la nueva cultura audiovisual una «segunda oralidad», una vuelta
a algunos de los modos de las culturas orales no alfabetizadas (McLuhan). A mi
modo de ver, la tecnología digital avanza en la dirección opuesta,
no es otra cosa que el logro más acabado del programa galileano, un paso
más en la abstracción, en la creación de un mundo separado
de la materia, del cual sólo podremos beneficiarnos si conocemos bien sus
limitaciones. |