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Picatostes y otros testos:El
sacrificio de la lechuza | | BORJA
DELCLAUX | | 168 págs. | |
ISBN 84-605-4316-1 | | 10,81€
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GATO VENGATOR
Había gato encerrado tratando de escapar para llevarse a la
gata sobre el tejado de zinc; la cual, a su vez, quería llevarse el gato
al agua (algo incomprensible, aunque fuera verano e hiciese muchísimo calor).
Pero de noche todos los gatos son pardos y la gata, desde el tejado, vio pasar
a un gato negro bajo una escalera de incendios y, no siendo supersticiosa, se
puso a maullar de gozo pensando que era el gatopardo que venía a su encuentro.
El gato negro comprendió en seguida que le estaba confundiendo con otro,
pero había olido a la gata en celo y la sangre hervía en sus venas.
Se hizo una rápida composición mental de la situación: una
hembra en celo, sola, esperando con impaciencia al macho, tan impaciente que le
confunde con el primero que pasa. No podía desperdiciar una coyuntura tan
favorable. Cosas así no suceden todos los días. No era su estilo
abandonar la partida en mitad de una jugada tan buena. Tenía que hacer
su apuesta; tentar la suerte. Decidió ir al encuentro de la hembra. No
sabía dónde estaba exactamente, pero tenía buen olfato. Por
la escalera de incendios subió a la azotea de un edificio colindante. No
quería acercarse a ella de frente; su intención era cogerla desprevenida.
Dio un largo rodeo por terrazas, tejados y azoteas, evitando las zonas de luz,
alerta ante la posible llegada del macho. No le fue difícil alcanzar, sin
ser visto, el tejado de zinc, que era de dos aguas (ahora comprendemos que el
gatopardo y la gata caliente estaban pensando en el mismo lugar de encuentro,
sólo que él hablaba en sentido literal: en el tejado, y ella en
sentido figurado: en el agua). Cuando la gata descubrió el engaño,
ya era tarde: el impostor la había cogido por detrás (por un momento
pensó que era una broma del gatopardo, para darle un susto) y la tenía
bien sujeta entre sus patas delanteras, embistiéndola con violencia. Ella
pensaba en el gatopardo e intentaba zafarse, tirando zarpazos que buscaban los
ojos y los testículos, pero el gato negro los esquivaba con facilidad.
Era un experto. Ella resistió hasta el límite de sus fuerzas, pero
empezó a ponerse caliente y acabó rindiéndose y pidiendo
más, como si el gatopardo no existiera. El riesgo era alto, no tanto porque
podían resbalar y caer al vacío (al fin y al cabo caerían
de pie), como porque el gatopardo podía aparecer en cualquier momento.
Pero eso, lejos de intimidarles, les daba morbo. Podían haber buscado un
sitio mejor, más cómodo y seguro, pero ellos se estaban poniendo
las botas y no atendían a razones. Los maullidos de placer eran tan intensos
que más bien parecía que se estaban matando. Por el calor, estaban
abiertas las ventanas de todos los pisos del edificio, y nadie pegaba ojo con
el escándalo en lo alto del tejado. Con la violencia de las embestidas
perdieron una bota, con cordones y todo. Estaban tan entusiasmados que no se enteraron.
La bota resbaló por el tejado y fue a caer encima del gatopardo, que acababa
de llegar, atraído por los maullidos de placer y el olor de la gata en
celo. El primero fue un golpe físico: la bota le golpeó en la cabeza,
dejándole sin sentido unos minutos. El segundo fue un golpe moral: al volver
en sí, reconoció la bota que le había golpeado (tantas veces
se la había calzado) y sintió una punzada de dolor en el estómago.
Sus ojos se llenaron de sangre. Con un rápido vistazo a la fachada del
edificio eligió el recorrido más corto hasta el lugar del gatuperio.
Era un edificio de ocho pisos, sin escalera de incendios, con una doble fila de
ventanas. Era todo lo que necesitaba. De un brinco se encaramó al alféizar
de una ventana del primer piso, desde allí saltó en diagonal hasta
el siguiente, y así sucesivamente, en zig zag, de alféizar en alféizar,
desafiando la ley de gravedad, elevándose sobre sí mismo con movimientos
felinos, exactos, sigilosos, su color pardo diluyéndose en las sombras
de la noche. Le faltaba poco para alcanzar su objetivo cuando, al darse impulso
en un alféizar, tropezó con una maceta y estuvo a punto de perder
el equilibrio, pero sus garras se aferraban ya al borde del tejado y nada podía
detenerle. La maceta se estrelló contra el asfalto. En lo alto del tejado
la reacción fue instantánea: en una fracción de segundo el
macho y la hembra se separaron y pusieron tierra por medio, visto y no visto,
cada uno por su lado. El gatopardo tuvo tiempo de ver al impostor (le reconocería
entre mil en una noche sin luna), pero no intentó darle alcance. Estaba
demasiado furioso, y sabía por experiencia que la furia es mala consejera.
Por la misma razón no fue detrás de ella. Nunca había hecho
daño a una hembra, y en su estado hubiese podido cometer una locura. La
seguía queriendo, a pesar de todo. No le iba a ser fácil olvidarla.
En el mismo lugar del gatuperio se hizo un juramento: encontraría
y daría muerte al engatusador aunque fuese lo último que hiciera
en la vida; dedicaría sus siete vidas si fuera preciso a seguir las huellas
de los tres pies del gato que le había robado las botas y la honra.
La venganza se convirtió en su razón de ser, en el único
sentido de su vida. Para vivir en paz, tenía que enfrentarse al gato negro.
Hizo correr la voz, retándole a un duelo justo, en igualdad de condiciones.
Su rival no dio acuse de recibo. Sencillamente desapareció del barrio.
Antes que dar la cara, prefirió cambiar de territorio. Si el gato
negro quería jugar, no había inconveniente. Desde cachorro, al gatopardo
siempre le gustó el juego del gato y el ratón. Su madre solía
decir que es un ejercicio estupendo para el desarrollo de los huesos y los músculos
y un magnífico aprendizaje para la vida adulta. Cazar ratones no es sólo
un medio de conseguir alimento; es también un deporte. El juego consiste
en lo siguiente: el gato persigue al ratón como si se lo quisiera comer,
muy de cerca, pisándole la cola, desequilibrándole con leves empujones,
con las uñas recogidas para no lesionarle (como en todos los deportes,
si el contrario se lesiona se acaba el juego). Cuando se harta de olerle el culo
al ratón lo acorrala, tensa un poco el lomo, eriza el pelo, le enseña
las uñas, representando sin demasiada convicción no vaya a matarle
del susto el papel de gato hambriento de carne de ratón, dejándole
un hueco por donde escapar, pero haciéndole creer que el mérito
es sólo suyo (así le da moral para seguir jugando), y entonces vuelve
a perseguirle y acorralarle y así sucesivamente. El desenlace depende más
bien del ratón. Si es noble y juega sus cartas con inteligencia, tiene
posibilidades de sobrevivir. Aunque también depende del gato que le toque
en suerte. Si es de mala sangre, el ratón puede darse por muerto.
El gatopardo se iba haciendo mayor: ya sólo jugaba de vez en cuando, casi
como una obligación, para mantenerse en forma. Si al gato negro no le importaba
hacer de ratón, él no tenía inconveniente en ser el gato.
No tenía nada mejor que hacer. Disponía de todo el tiempo del mundo
para seguirle aunque fuera hasta el mismo infierno. Así comenzó
una persecución que daría mucho que hablar en tejados, callejones
y gateras de la ciudad subterránea. Con el paso del tiempo la historia
de los dos gatos se convertiría en una leyenda. El gatopardo era un
gran cazador. Estaba tan seguro de sí mismo que se lo tomó con calma,
sin apretar demasiado a su rival, cediendo terreno, dando ventaja, recreándose
en el juego, recordando tácticas casi olvidadas. Demasiadas facilidades
para el gato negro. Aunque hacía de ratón, seguía siendo
un felino y conocía todas las estratagemas. Era una presa escurridiza:
no se quedaba mucho tiempo en ningún lugar; cambiaba constantemente de
barrio. Demostró ser un jugador astuto que se anticipaba a los movimientos
del rival, borraba las huellas, confundía el rastro, dejaba pistas falsas,
ponía trampas. Al cabo de unas semanas de persecución el cazador
tuvo que reconocer que se había equivocado al pensar que iba a ser un juego
de cachorros. Había menospreciado a su enemigo. No se le podían
dar facilidades. El perseguidor empezó a jugar en serio. Estaba mejor
que al principio, pues conocía las costumbres y ardides del enemigo, pero
el verano dio paso al otoño y él estaba cada día más
sediento de venganza. El pensamiento del gato con botas calentando a la gata sobre
el tejado de zinc le perseguía día y noche, pero le estimulaba y
le daba fuerzas para continuar la caza. En las gateras se cruzaban apuestas
sobre el éxito o el fracaso de la persecución. Las apuestas estaban
tres a uno a favor del cazador, pero cada día que pasaba el fugitivo ganaba
adeptos. A esas alturas todo el mundo conocía la historia. La escena del
gatuperio era la comidilla de la ciudad. Con ánimo de provocar y poner
nervioso al rival, el gato negro se había ocupado de propagarla a los cuatro
vientos. En presencia del gatopardo todos guardaban un silencio culpable, un silencio
ensordecedor; él sabía que ellos sabían, que murmuraban a
sus espaldas. Estaba furioso, pero trataba de mantener la calma; perderla hubiera
sido seguirle el juego al contrario. En cierta ocasión, sin embargo, sus
ansias de vengatarse le cegataron y equivocó la presa, matando a un inocente
gato con botas cuyo único delito fue haber perdido una bota en una trifulca.
Cuando cayó en la cuenta de su error ya era demasiado tarde. El último
zarpazo había sido mortal. Trató de reanimarle, pero fue en vano.
Lloró de rabia e impotencia, y ni siquiera tuvo el consuelo de calzarse
las tres botas de su víctima; no es que fuera remilgado, pero no le valían.
Fue una pena, era justo lo que necesitaba hasta recuperar las suyas. Por nada
en el mundo renunciaría a sus botas. Por algo seguía calzando en
su pata delantera izquierda la cuarta bota, la que le había golpeado física
y sentimentalmente; le traía malos recuerdos, pero era el único
resto del naufragio. El crimen fue objeto de comentarios en todos los lugares
de reunión de los felinos. Hasta ese momento habían vivido los detalles
de la persecución como un acontecimiento deportivo. Pero ahora había
muerto un gato, y algunos decían que más de uno. El rumor se propagó
formando una bola de nieve que crecía día a día. Se empezaron
a contar cosas terribles del gatopardo. Cada vez que un gato negro moría
en una pelea, le apuntaban el tanto. Se llegó a decir que los celos le
habían vuelto loco, que mataba a todos los gatos negros, con botas y sin
botas. Las apuestas subieron hasta cuatro a uno. Empezaron a llamarle Vengator.
Los gatos con botas y pelo negro vivían aterrorizados; no querían
ni oír hablar del Vengator. Les entraba el pánico con sólo
pensar en la posibilidad de cruzarse con él habiendo perdido una bota,
y muchos por si las moscas no salían de sus madrigueras salvo en caso de
extrema necesidad. Empezaba a ser una leyenda viva, pero eso al gatopardo
le traía sin cuidado, concentrado como estaba en la caza y captura del
enemigo. Día y noche seguía el rastro. Cazaba ratones para alimentarse,
y en sus ratos libres buscaba la compañía de una hembra. Llegó
el invierno. Una capa de varios centímetros de nieve alfombraba las calles
de la ciudad y en los tejados el humo de las chimeneas componía figuras
que se contoneaban como si bailaran unas con otras. La nieve perjudicaba al perseguidor:
borraba las huellas; era imposible seguir un rastro. El gatopardo era consciente
de que mientras durase el invierno no tenía ninguna posibilidad, pero tenía
que seguir, no podía interrumpir la caza. No podía esperar hasta
la primavera. Las ganas de vengatarse le corroerían las entrañas.
Anduvo perdido y sin rumbo, buscando huellas donde no había, siguiendo
rastros imposibles, alimentándose de basuras (los roedores se quedaban
en sus madrigueras, y había que emplear toda clase de artimañas
para hacerles salir), muerto de frío y cansancio, con el pelo siempre húmedo.
Su único consuelo era que el otro tampoco debía estar pasándolo
bien. Necesitaba un golpe de suerte. Una fría noche de luna llena,
el cazador y la presa, persiguiendo a la misma hembra, se encontraron frente a
frente en un callejón sin salida, rodeados de cubos de basura. La historia
volvía a repetirse. Por una gata empezó todo; por una gata tenía
que terminar. El gatopardo acorraló a su rival, cerrándole
todas las salidas. No estaba dispuesto a dejarle escapar. El juego se había
alargado demasiado, y ya no estaba para esos trotes. De todos modos no necesitaba
tomar tantas precauciones, porque el gato negro no pensaba escapar. También
él estaba cansado de ser la presa. Aunque no pensaba rendirse. Si tenía
que morir, moriría luchando. El tiempo se detuvo. Durante varios minutos
permanecieron inmóviles, mirándose con ojos inyectados de sangre,
enseñándose los dientes, el lomo curvado, los músculos en
máxima tensión, el pelo erizado, cargados de electricidad, profiriendo
salvajes maullidos que anticipaban la tragedia. Imposible saber quién atacó
primero. Fue como un relámpago. El choque de los cuerpos produjo una descarga
eléctrica que por un instante inundó de luz el oscuro callejón.
Formaron un remolino de alto voltaje, con tal cantidad de energía en su
interior que podían mantenerse en el aire sin apenas tocar el suelo. Los
movimientos eran demasiado rápidos para la vista humana. Todo ocurría
en centésimas, en milésimas de segundo. Los zarpazos echaban chispas
y dejaban regueros de sangre en la nieve. Era un combate sin reglas. No se
trataba únicamente de vencer. Era mucho más que una cuestión
de vida o muerte. Cuando salieron del remolino, la suerte estaba echada. La pelea
continuó, pero ya había un claro vencedor. El gato negro se defendía
panza arriba, herido de muerte, el pelo pastoso y sanguinolento. El gatopardo,
con apenas unos rasguños superficiales, no tenía prisa. Quería
hacerle pagar cada segundo que pasó con la gata sobre el tejado de zinc.
Engatillaba zarpazos no necesariamente mortales. Clavaba las uñas sin alcanzar
los puntos vitales. Su rival ya no se defendía, pero aún respiraba.
Primero le quitó las botas, tirando con fuerza de los cordones, y cuando
acabó con las botas empezó con las vidas, una por una, sin precipitarse,
tomándose su tiempo, recreándose en la suerte. Cuando acabó
con él, se sintió triste y cansado. Hubo trofeo para el campeón.
La gata que había provocado el encuentro no sabía de qué
iba la cosa, y creyó ser la causa de la disputa. Asistió a la escena
aterrorizada, a un tiempo que gratamente sorprendida. Era una hermosa hembra y
estaba acostumbrada a que los gatos peleasen por ella, pero no hasta el extremo
de morir y matar. Acabada la pelea, entregó su cuerpo y su corazón
al vengator. |