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Malos
tiempos | JUAN MADRID | 264
págs. | ISBN 84-89618-01-1 | 2250
pts. 13,52 Eur. | |  |
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| MATANZA
EN PUERTO HURRACO |
AQUÍ
LA COMÍA es buena, pero no me dan calamares, bueno, el otro día
me dieron calamares y huevos fritos y ensalada y arroz con leche. Era el santo
de alguien o la fiesta de la patrona de aquí, de la cárcel, o algo
así. Yo les digo, ¿cuándo me vais a dar calamares?, y se ríen
y me dicen a ti sólo te gustan los calamares y yo no les digo nada, ¿para
qué? Luego no me hacen caso, ya sé que no me van a dar calamares
y por eso no les digo nada. También me gusta mucho el queso de oveja, ¿sabe
usted? Ese queso que está muy duro. Me gusta rasparlo con la navaja y comerme
las virutas. Una vez me comí un queso entero en una sentada, yo solito.
Me fui para los olivos, me senté en la sombra, abrí el zurrón
y empecé a comerme el queso, despacico, mirando para el cielo, sin tener
prisa. Cuando me cansaba, lo bajaba con una Fanta limón y luego vuelta
a empezar. Así estuve hasta que se me acabó el queso y vino la anochecida.
Me acuerdo mucho de eso, sí señor. Me acuerdo como si fuera ahora
mismo. Yo espatarrao bajo un olivo, venga a darle viajes al queso y a la botella
de Fanta, que era una de esas grandes de a dos litros, que me acuerdo que la compré
en el supermercado ese nuevo que abrieron en Castuera. ¿Ha visto usted el supermercado
ese? ¿Que no lo ha visto? Pues es de esos modernos... Bueno, a lo que iba, me
fui para el supermercado y compré la Fanta limón de dos litros,
que allí la venden tres durillos más barata que en la tienda del
Olegario. El queso se lo había comprado a un pastor que los hace él
mismo con mucha maña, un pastor de la parte de la Vera, que le llaman el
Chato. Lo menos pesaría sus dos kilos y medio, el jodío queso, y
se lo compré por nada, unas perrillas, y me lo tuve en el zurrón
tres días para que se me fuera curando, que todavía soltaba agüilla.
Y no le dije nada a la Luciana ni a la Antonia, porque a ellas también
les gusta mucho el queso y seguro que me lo quitan. Yo no me separaba del queso,
que hasta dormía con él, y la Luciana venga a decir, aquí
huele a queso, lo lista que es la Luciana que huele y siente como las mismas bestias
del campo, la jodía. Y yo le contestaba, vete a dormir, hermana, que son
los pies del Antonio. Pero ella como si nada, de manera que decidí aquella
misma noche que a la mañana siguiente me iba a comer yo solito todo el
queso. No dormí aquella noche, se lo juro, y un poco antes de que clareara
ya me estaba yendo para fuera. ¿Adónde vas, Emilio?, me dijo la Luciana.
A ver el campo, le digo yo, y arrampo con la botella de Fanta limón y me
quito de en medio. Ya le digo, me senté bajo un olivo y me tiré
todo el día bocao de queso viene, bocao de queso va, echando tragos de
Fanta limón, para tirarlo para abajo. De vez en cuando miraba para el cielo
y me parecía que estaba en la misma gloria de nuestro señor Jesucristo.
Hasta un águila vi, sí señor, que daba vueltas alrededor,
seguro que olfateando el queso, y yo que le decía, anda ven a por esto,
verás lo que te encuentras. Algunas veces me pongo a recordar esas cosas,
¿sabe usted?, los momentos felices, las cosas de gusto que uno ha tenido, ¿no?
que aquí pocas distracciones tiene uno, porque aunque hay su televisión
y todo, a colores, grande y su vídeo y arradios, que hay varias, no sé
si dos o tres, pues la distracción no es mucha. Algunas veces hasta echamos
unas partiditas y es como una alegría, verdad, como una fiesta, pero lo
que más echo de menos son los calamares, como ya le digo, y el queso, curado,
puro de oveja, ese que sólo saben hacer los pastores de esta parte. Yo,
antes, una vez a la semana, me acercaba para Castuera, que es como una ciudad
con sus bancos, sus cafeterías y todo eso y me iba a un bar que le llaman
el del catalán y me zampaba una o dos racioncitas de calamares yo solito
con buches de agua, porque los calamares están caros, muy caros, no se
crea. Si fueran baratos, no comería yo otra cosa. Aquí en la cárcel
como la comida es gratis, de balde, pues me hincho a comer, hasta que ya no puedo
más, que aquí no escatiman, pero calamares no hay, ya les digo,
hasta ahora, dos veces sólo los he catado y por ser fiesta de algo, digo
yo. ¿Qué? ¿Los ruidos? Sí señor, me siguen los ruidos en
la cabeza, esos ruidos que nunca paran, que están dentro y siempre sonando.
Ya casi me he acostumbrado, no se crea, pero siguen sonando los ruidos, no paran
nunca, no señor. Primero fue
el ruido. Un ruido sordo y persistente dentro de la cabeza. Un ruido que no dejaba
dormir, que acompañaba siempre, que no cesaba de sonar. Un ruido que duraba
ya desde que en 1984 muriera carbonizada, dando alaridos, la anciana de noventa
años Isabel Izquierdo, madre de la camada Izquierdo, allí en Puerto
Hurraco, una pequeña aldea extremeña acostada en la falda de un
monte desnudo. Aquel ruido acompañó
desde entonces a los cinco hermanos Izquierdo: a Luciana, apodada la Víbora,
a Ángela, Emilia, Antonio y Emilio. Los cinco con la cabeza llena de ruidos
y con la imagen de la madre abrasándose entre las llamas, gritando. Y seis
años después, el 26 de agosto de 1990, volvieron los gritos. Aunque
fueron otras gargantas las que los emitieron. La
mañana de aquel fatídico domingo de agosto Emilio y Antonio Izquierdo
sé vistieron con cuidado. Se colocaron los cartuchos en los bolsillos de
los chalecos, de las camisas y de los pantalones. Luego las cananas. En total
trescientos cartuchos del calibre 70, suficientes para acabar con una aldea de
doscientos habitantes. Durante un año, los dos hermanos Izquierdo habían
estado recargando cartuchos. La munición es cara y si se puede ahorrar,
pues se ahorra. Más tarde cogieron
las escopetas. Dos Franchi automáticas, de cinco tiros cada una. Armas
ilegales, porque la Guardia Civil y las autoridades no permiten escopetas de esa
repetición. El límite se encuentra en los tres tiros. Se
colgaron las escopetas y salieron de su casa de dos pisos de la calle Constitución,
antes avenida del Generalísimo, y se encaminaron despacio a Casa Soriano,
en la carretera de Puerto Hurraco. El
bar estaba vacío a esas horas de la mañana de aquel domingo. La
parroquia no acude al bar hasta la hora del aperitivo. Doña
Pilar, la dueña, se puso las gafas cuando escuchó la puerta y dejó
el desayuno del niño sobre la mesa. Fue a ver quién era a esas horas.
Los hermanos Izquierdo se apoyaron en
el mostrador. ¿Adónde
vais a estas horas? les
preguntó doña Pilar. Ya
ves contestó
Emilio. Antonio, su hermano de cincuenta
y tres años, habla menos. Si alguien tiene que decir algo, que lo diga
Emilio, el mayor. Para eso tiene cincuenta y ocho años. Bueno
doña Pilar
limpió el mostrador, para hacer algo, algún gesto .
¿Qué os pongo? Cafelitos
dijo de nuevo
Emilio. Y
piña colada añadió
Antonio. A Antonio le gustaban desde siempre
las cosas dulces. Cuanto más dulces mejor. Los botellines esos nuevos estaban
muy ricos, muy dulces y daba gusto tomarlos. Doña
Pilar se dio la vuelta para preparar los cafés. El marido, el Cosme, tuvo
que salir de amanecida a Don Benito, al hospital, para ver a ese amigo suyo que
es practicante, que le tiene que dar unos análisis. Por eso encendió
la cafetera. Por decir algo, volvió
a preguntar. ¿Vais
a Castuera? No
contestó
Emilio. Lo
decía porque si vais por allí, me podíais subir un vestido
que me está arreglando la Visitación. Es nada más acercarse
por su casa y recogerlo. Luego yo os invito a algo. ¿Hace? Vamos
a por tórtolas contestó
el Antonio y miró a su hermano que asintió. Sí,
a por tórtolas. Bueno,
qué le vamos a hacer. Le diré luego al Cosme que se acerque él.
Puso los dos cafelitos con leche delante
de los dos hermanos y, sin preguntar, dos bolsitas de azúcar complementarias
al lado del Antonio. Luego se dirigió a la nevera a por dos botellines
de piña colada. Estaban bien fríos,
daba satisfacción bebérselos. Cae bien al estómago por las
mañanas y es agradable sentirlo bajar por el gaznate. El Antonio se bebería
tres o cuatro botellines de piña colada. Hasta cinco de un golpe, los que
fueran. Pero los botellines esos nuevos cuestan sus cuartos y no hay que pasarse.
Entonces
vais a por tórtolas, ¿no? Sí,
eso contestó
Emilio. Pues
que tengáis suerte. Gracias.
¿Cuánto te debemos, Pilar? Parecían
contentos los dos hermanos, con el ánimo ligero y hasta saltarín.
Era temprano y ya apretaba el calor en el campo extremeño, pero ellos no
parecían sentirlo. Tenían el cuerpo forrado de cartuchos del 70,
pero ellos como si nada. Parecían haber engordado de repente, hinchados
con tanto cartucho alrededor del pecho y la barriga. Doña
Pilar, dueña del bar Casa Soriano, no se percató de un pequeño
detalle. No se va a por tórtolas con escopetas Franchi, automáticas,
ni con esa munición. Si se alcanza a una tórtola se la convierte
en papilla, en un amasijo de jirones de carne que no se puede aprovechar para
nada. Pues ya lo ve usted, aquí
nada. Dar vueltas y vueltas y luego al cuarto a dormir. La televisión no
la veo, no, algunas veces los ciclistas y esas cosas que me gustan, pero ya le
digo, poco. A mí la televisión me aburre, no me acuerdo mucho de
lo que he visto antes, me hago un poco de lío y luego salen unas mujeres
que... Je, je, je, cuando salen, uno que anda por aquí, el Paco se llama,
empieza a gritar, está en pelotas, está en pelotas, y entonces yo
me acerco a la sala y meto la cabeza. Casi siempre ya se han ido, no puedo ver
nada. Ese Paco es que es la... pero algunas veces sí que las he visto,
¿no?, y es un poco de distracción. Las ves, ahí, en pelotas canta
que te canta y se distrae uno un poco... ¿Eh? ¿Los médicos?... Sí,
sí que me ven, vienen y me miran, me preguntan cosas y aluego se van. Me
dan pastillas, inyecciones y me hacen mirar cosas raras, manchas que hay en unos
papeles, y yo tengo que decir lo que me viene por la cabeza. ¿Que qué les
digo? Pues eso, lo que me viene por la cabeza, no me acuerdo, casi siempre veo
escarabajos peloteros, de esos, yo de pequeño me entretenía arrancándoles
la cabeza y viéndoles las tripas, que parecían moco.. Je, je, je...
¿Mujeres?..., no, no señor, yo no veía guarrerías en esas
manchas, yo veía lo que le he dicho, lo que me pasaba por la cabeza, eso
era lo que me decían los doctores. Yo he tenido pretendientas, no se crea,
cuando era mozo y después también, pero no encontré a ninguna
buena, a ninguna decente, ¿sabe?, a ninguna que fuera cristiana y como Dios manda.
Ahora las cosas están más revueltas, las mujeres son hombres y los
hombres mujeres, que parecen... bueno, parecen eso, como si no se supiera quién
es varón como Dios manda y quién hembra. No digo que no haya mujeres
buenas, cristianas, decentes, pero yo no las he encontrado y por eso no me he
casado, así está uno más a gusto, ¿no cree? Si no se casa
uno como es debido, luego pasa lo que pasa. Mi hermanilla, la Emilia, es la única
de la familia que se ha casado, con un hombre formal y trabajador que le ha dado
coche y todo. Una vez nos vinieron a ver por las navidades y nos trajeron turrón
y esas cosas. Al Antonio le regalaron un cinturón, pero como aquí
en la cárcel no dejan llevar cinturones, pues se lo llevaron y dijeron
que iban a traer otra cosa, que lo iban a descambiar en la tienda y buscar otro
regalo. A mí me regalaron esta camisa, ya ve... No, no me preocupa eso
que dice usted, las mujeres a su aire y yo al mío. Además, a mí
nunca me han gustado las guarrerías, mirar a las mujeres y esas cosas.
Eso, lo que hacen los perros en medio del campo, que parece que se vuelven locos.
Una vez los vi a la salida de Monterrubio venga que te dale, venga que te dale,
delante de todo el mundo, ¿no?, de un montón de criaturitas, de niños
y me entró un no sé qué por la cabeza, como un arrebato,
y descargué la escopeta contra esos animales del demonio y los reventé
allí mismo. Luego se lo dije a la Luciana y me dijo que muy bien hecho,
los perros son el demonio, están endemoniados. ¿Qué dice de la Luciana?
Pues me parece que está bien, eso me han dicho, también está
bien mi otra hermana, la Ángela. Me lo dijo mi cuñado que es un
buen hombre, decente y trabajador, me dijo que la justicia las había molestado
y también los periodistas, esos embusteros me cago en... Un
día antes Emilia, su marido y sus hijos abandonaron Puerto Hurraco en su
coche, donde pasaban el verano. Casi al mismo tiempo, Luciana, la Víbora,
de sesenta y tres años, y Ángela, de cuarenta y nueve, ambas solteras,
ambas de negro, las dos siempre juntas, tomaron el tren de Madrid. En Monterrubio
dijeron que iban a Don Benito a que les miraran la vista y ponerse gafas, pero
desembarcaron en la estación de Atocha y se fueron derechitas a la pensión
Alegría, que está al ladito y les fue recomendada por alguien. Las
dos hermanas Izquierdo iban a ver al señor Presidente del Gobierno, a denunciar
un plan diabólico, fraguado contra ellos, contra la familia Izquierdo,
dirigido por todo el pueblo de Puerto Hurraco, la familia Cabanillas y la Guardia
Civil. Un complot que se cernía sobre todos ellos como una manta húmeda
y viscosa, desde treinta años atrás. Quizás
también para hablarle del ruido que todos ellos sentían en la cabeza.
Ese ruido que exigió que cortasen los cables de la luz que alimentaba la
casa de la calle Constitución, antes Generalísimo, en Monterrubio.
Creyeron que el zumbido de la luz era el causante de aquel rumor sordo dentro
del cerebro. Tuvieron que vivir con velas,
a oscuras, sin radio ni televisión, aguardando que cesaran aquellos zumbidos,
mascullando entre los cuatro hermanos la venganza que daría fin a aquel
tormento. El señor Presidente del
Gobierno, ese chico tan guapo, tendría que escuchar a Luciana, la Víbora,
y a Ángela. Para eso, Emilio y Antonio se habían afiliado al PSOE
en 1984, después de que su madre muriera carbonizada, y eso permitía
una audiencia. Se lo iban a explicar todo, con pelos y señales. Iban
a decirle al señor Presidente del Gobierno que muchos años atrás,
el 21 de enero de 1959, el Amadeo Cabanillas se pasó de sus lindes y aró
dos metros de las tierras de los Izquierdo con las pretensiones de que aquellas
lindes no eran justas. Iban a decirle, también, que era mentira que ella,
la Luciana, apodada por mal nombre la Víbora, se hubiera enamorado de moza
del Amadeo Cabanillas que, justo era decirlo, era entonces un mozo juncal y reidor.
La Luciana, ahora de sesenta y tres años, no fue despreciada por el Amadeo,
no señor, eso eran habladurías, chismes de Puerto Hurraco. Tenían
todo eso en la cabeza las dos hermanas. Y el señor Presidente del Gobierno
sabría, por fin, cómo el pueblo de Puerto Hurraco se había
confabulado contra la familia Izquierdo. Llegando, incluso, a meter fuego a su
propia casa, en 1984. Un fuego que quemó a la madre y que tuvo que ser
provocado por los Cabanillas. No cabía otra explicación. En
el momento en que los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo trasegaban piña
colada en el bar Casa Soriano de Monterrubio, la Luciana y la Ángela se
detenían junto a la puerta de entrada del Palacio de la Moncloa, en Madrid.
El cabo de la Guardia Civil Teodoro Ramírez
acababa de cumplir treinta años dos días antes y, sin embargo, ya
estaba acostumbrado a ver cosas raras con la gente que se acercaba a la mole de
granito de la residencia presidencial. Las
dos mujeres, vestidas enteramente de negro, con un extraño fulgor en los
ojos, parecían de otra época, aunque el cabo no sabía de
que época, como surgidas de un mal sueño. El
hombre no podía saber de los zumbidos y del ruido en la cabeza de las dos
hermanas, ni que se llevaban catorce años entre ellas. Ambas parecían
de la misma edad indefinida. Viejas desde siempre. Buenos
días, señoras. ¿Qué desean? Buenos
días contestó
Luciana, la única que hablaba .
Queremos ver al señor Presidente del Gobierno. ¿Al
presidente? ¿Tienen ustedes audiencia, señoras? ¿Audiencia?
las dos hermanas
se miraron. Luciana sacó de un
bolso negro con cierres dorados cuatro carnés nuevos, apenas sin tocar,
y se los tendió al guardia civil. Somos
del partido. Nos hemos apuntado manifestó
Luciana . Vea
usted. Sí,
sí señora. Ya lo veo. Son del partido. Pero yo no puedo dejar pasar
a nadie que no tenga cita previa con la Secretaría del presidente. ¿Comprenden?
El
señor Presidente nos tiene que hacer justicia dijo
Luciana Sí,
señoras. Claro. Pero yo no las puedo dejar pasar sin la autorización
de la secretaría del Presidente. Vamos, que si no tienen audiencia no pasan.
¿Por qué no le escriben ustedes una carta, señoras? ¿Una
carta? ¿Cómo se podría explicar todo su calvario en una carta? Eso
era imposible. Hay cosas que no se pueden escribir. Como por ejemplo, el principio
de esta historia de venganza y de sangre, de odio acumulado. Dos
años después de que el Amadeo Cabanillas siguiera arando aquellos
dos metros de las lindes de los Izquierdo, aquel año nefasto de 1959, el
Jerónimo Izquierdo, el mayor de la camada, le tuvo que reventar el hígado
de catorce puñaladas, para que aprendiera. La Guardia Civil, siempre la
Guardia Civil en el horizonte de la familia Izquierdo, condujo al Jerónimo
Izquierdo a la cárcel de Badajoz con condena de veintisiete años.
Pero el Jerónimo salió a los catorce años por buena conducta
y las cosas continuaron igual. Puerto Hurraco es nada más que una calle
larga y limpia y en cuesta y las casas de los Izquierdo y los Cabanillas están
una frente a la otra. La autoridad desterró
al Jerónimo fuera de la comarca y el Jerónimo se marchó a
Barcelona a trabajar en la construcción, destino inexorable de tantos y
tantos campesinos andaluces y extremeños. Pero el destino es el destino
y lo escrito escrito está. En el tórrido verano de 1984 una humareda
de fuego se alzó de la casa de los Izquierdo en Puerto Hurraco. El
Emilio y el Antonio andaban en las faenas del campo y en la casa sólo se
encontraban las mujeres: la madre, Isabel Izquierdo Caballero, de noventa años,
y la Luciana y la Ángela. Y las dos mujeres no pudieron hacer nada. La
madre se convirtió en yesca, en carbón retorcido, aquel aciago verano
de 1984. ¿De quién era la mano
que prendió el fuego? Todos los Izquierdo lo sabían. No hacía
falta juicios ni abogados ni autoridad alguna. La mano que prendió el fuego
era una mano de los Cabanillas, que así se vengaban de la muerte del guapo
Amadeo Cabanillas, uno de los suyos. ¿Para qué buscar más? El
Jerónimo Izquierdo, el hermano mayor, a quien correspondía la venganza
por derecho, bajó de Barcelona en secreto y se fue a buscar al Antonio
Cabanillas, hermano de aquel otro Cabanillas, el Amadeo, muerto a navaja mientras
araba lindes inconcretas. El Jerónimo
encontró al Antonio Cabanillas en la cooperativa de Monterrubio haciendo
las compras y le asestó cuatro puñaladas en la espalda sin mediar
palabra. El Jerónimo siempre fue muy bueno a la hora de manejar el cuchillo.
Nuevamente fue a la cárcel el Jerónimo.
En esta ocasión por intento de asesinato, porque el Antonio Cabanillas
no murió. Pero esta vez no salió de la cárcel de Badajoz.
En 1986 un infarto lo tiró al suelo y le explotó el corazón.
Luciana y Ángela Izquierdo iban
a contarle también eso al señor Presidente del Gobierno. Que su
hermano mayor, el Jerónimo, no murió de muerte natural en la prisión
de Bajadoz, sino con veneno suministrado por los Cabanillas. Las cosas estaban
tan claras que no cabía otra explicación. El complot contra los
Izquierdo se cumplía paso a paso. Por
todo eso, a nadie debería extrañarle que el Emilio y el Antonio
llevaran aquella mañana del 26 de agosto de 1990 las escopetas Franchi,
automáticas, y trescientos cartuchos del calibre 70. Iban a hacer lo que
tenían que hacer. ¿Es que acaso el señor Presidente del Gobierno
no lo entendería? Claro que lo
entendería. El señor Presidente del Gobierno lo entendería
perfectamente. Nada se puede hacer cuando hay un complot de esas dimensiones.
Un cerco en contra de la familia Izquierdo. Precisamente
fue a partir de 1984, del incendio pavoroso de la casa de los Izquierdo en Puerto
Hurraco, cuando comenzaron los ruidos en las cabezas de los cuatro hermanos supervivientes.
Antes había habido como un zumbido, una premonición de ruido. El
fragor en la cabeza vendría después, cuando los enemigos prendieron
fuego a la casa con la madre dentro. Pero
había más cosas que decirle al chico guapo ese, el señor
Presidente del Gobierno, cosas que no se le podían decir al guardia civil
de la puerta del Palacio de la Moncloa. Y era que la Guardia Civil era aliada
de los Cabanillas en el complot. Para eso los Cabanillas eran los caciques del
pueblo. ¿Es que no estaba claro? Los hermanos
Izquierdo sabían a ciencia cierta que la Guardia Civil había metido
material de guerra en la casa pasto de las llamas, para que explotara y el incendio
fuera más rápido y contundente. Los
vecinos de Puerto Hurraco aún recuerdan las llamas que salían de
las ventanas de la casa, los alaridos de la anciana y a las hermanas Luciana y
Ángela sacando a la calle la televisión, la cocina, la bombona de
gas butano y la nevera. Todas cosas de valor que no se podían dejar a merced
de las llamas. La madre se quedó dentro achicharrándose . Y
entonces se mudaron de Puerto Hurraco a Monterrubio, distante diez kilómetros
por carretera recta. Allí compraron casa en la calle Constitución,
antes Generalísimo Franco. Allí vivirían los cuatro: Luciana,
Emilio, Antonio y Ángela. Los cuatro solteros, viejos ya desde su niñez,
vestidos de negro, escuchando los terribles ruidos en la cabeza. ¿Eran
aquellos ruidos el eco desgarrador de los gritos de su madre quemándose
viva?, ¿o tenían otro origen? ¿Quién provocó aquel terrible
incendio? ¿Las manos asesinas de los enemigos de los Izquierdo o fueron las dos
hermanas? En el último caso se debería a un accidente, a una mala
planificación, un olvido quizás. ¿Quién lo sabe? Mi
madre era una santa, ¿sabe usted? le
dijeron al cabo Teodoro Ramírez .
Una santa que ahora está en el cielo. Por eso mis hermanos, ahora...
¡Cállate!
gritó
Luciana. ¡No,
lo tengo que decir! Que ustedes pasaban por la puerta de la casa sin hacer nada
y... el material de guerra... las cosas, que ustedes... ni el pueblo entero, nadie
ayudó y... ¡He
dicho que te calles, Ángela! La
Ángela tenía que haberle hecho caso a su hermana mayor, porque la
Guardia Civil es la Guardia Civil, esté donde esté. Por eso, ellas
mismas se fueron delante del cuartel de Monterrubio, días después
del fuego, y se pusieron a insultar a la Guardia Civil, llamándolos cabrones,
hijos de puta, sin hacer caso al sumario que abrió el señor Juez
por si lo del incendio fue intencionado o no, quedando claro y sobreseído
el juicio. No hubo mano criminal. Sin
embargo, a ellas (véase cómo continuaba el complot) las condenaron
a dos meses de arresto y a examen psiquiátrico. ¿Había derecho a
tanta ignominia contra los Izquierdo? Esperen
ustedes un momentito, señoras les
dijo el cabo Teodoro Ramírez, ese día de guardia en la puerta del
Palacio de la Moncloa. El cabo se dirigió
al telefonillo interior y llamó a la policía. Las dos mujeres vestidas
de negro, pálidas y con los rostros hinchados por la falta de luz y aire,
estaban escandalizando a los visitantes de La Moncloa que sí tenían
audiencia. La policía tardó
dos minutos en llevarse a las hermanas Izquierdo a la Pensión Alegría,
cercana a la estación de Atocha. De
ese modo se enteraron de la extraña misión que les había
llevado al Palacio de la Moncloa. Yo
siempre me he dedicado a lo mío, ¿sabe usted?, a las cosas del campo, a
recoger la aceituna, a arar para la siembra, la recogida del trigo... ya sabe,
esas cosas. Teníamos nuestras tierrillas, no se crea, no éramos
pobres, tampoco ricos, todo hay que decirlo, íbamos tirando con fatigas,
con mucho trabajo. Allí había que arrimar el hombro. Todos trabajábamos
desde que éramos niños, ya pequeños, ¿entiende? Un poco de
escuela y para el campo, que hacen falta brazos, muchos brazos para el campo.
No sé si usted entiende de estas cosas, pero en el campo, antes, no había
infancia, ya se estaba con las faenas del campo desde pequeño. Uno ya era
hombre cuando todavía no tenía edad para serlo. Ahora es un poco
diferente con eso de las cooperativas y los créditos agrarios y esas cosas.
Ahora la vida en el campo es un poco más regalada, digo un poco más,
no es que sea como en la capital, pongo por ejemplo, que ahora los jóvenes
no quieren saber nada del campo, van al servicio militar y se quedan en las capitales,
que no quieren ni asomarse al campo. Al campo no quieren ni verlo. Y las mozas...
bueno, las mozas jóvenes con esto de las discotecas y la televisión
y todas esas cosas, tampoco se quieren casar con un hombre del campo como no sea
rico, digo, como no tenga sus peonadas y sus tierras. Que si no, nanay, de criadas
a Mérida o a Cáceres o hasta en Barcelona y Madrid, que hay mozas
de este pueblo en las casas, sirviendo. Bueno, también en las fábricas,
de obreras, que eso les da más dinero y menos trabajo y más libertad
para el... bueno, para lo que sea, que las mozas se malean en cuanto salen del
pueblo, eso es verdad como que hay Dios, y el Gobierno tendría que hacer
algo. Bueno, adonde van más los de Puerto Hurraco y Monterrubio es al País
Vasco, a la parte de Zarauz, Amaya y esos sitios... también a Bilbao, a
las fábricas. Yo algunas veces me ponía a pensar que a lo mejor
algún día me iría para allá, a ver un poquillo de
mundo, ¿no? Bueno, eso es lo que se piensa de joven, pero me duró poco,
cuando murió mi padre, pues todos tuvimos que arrimar más el hombro,
todavía más. Y cuando murió el Jerónimo, que lo envenenaron
aquí mismo, en la cárcel de Badajoz, pues lo mismo. Más trabajo,
todavía más... Pero es que... o sea, ya antes, cuando el Jerónimo
tuvo que matar al Amadeo Cabanillas, se tiró catorce años en la
cárcel y yo tuve que ser el hombre de la casa, si el trabajo antes era
diez, pongo por ejemplo, pues entonces veinte, el doble. Así ha sido mi
vida, ya le digo. Yo lo que se dice infancia, no he tenido nunca, siempre que
echo la vista atrás me veo trabajando sin parar. Primero ayudando a mi
padre y a mi hermano mayor, el Jerónimo, y después yo solo con mi
hermano Antonio. Pero ya ve, salimos adelante, que otros tienen menos que nosotros.
Nosotros tenemos casa y coche y televisión, radio y esas cosas y comemos
todos los días. Ahora no tenemos tierras porque las vendimos cuando lo
del incendio, pero nos compramos la casa ahí en Monterrubio y todavía
nos sobró algo, un milloncejo o así, que lo tenemos en el banco
y que nos da nuestros dividendos, unas perrillas para ir tirando... No, trabajar
no. Desde hace seis años ya no trabajábamos, ya le digo, vendimos
las tierras. Yo ya no tenía salud, tenía una edad, y mi hermano
Antonio, aunque es más joven, es un poquillo más... no sé,
como más flojo, más dado al regalo. Bueno,
mire, yo estoy como más tranquilo, como si me hubiera quitado un peso de
encima. Aquí me dan de comer de balde, no tengo que trabajar y me tratan
bien. Casi estoy mejor que antes, qué quiere que le diga... ¿Eh? ¿Mi hermano,
el Antonio? Bueno... hablar no nos hablamos mucho, ésa es la verdad, él
está en su sitio y yo en el mío. El por su lado y yo por el mío...
a cada uno lo suyo... No, no se lo voy a decir, las cosas nuestras son nuestras,
usted no tiene por qué enterarse. Si yo me enfado con el Antonio es cosa
mía. La idea de la venganza
se convierte pronto en una charca de agua oscura que se va pudriendo lentamente,
donde bebe un pájaro carroñero. Y entonces ya no se puede disimular
el olor a podrido. Un olor nauseabundo y helado, triste, que invade el cuerpo,
llenándolo de razones para matar. Después
del zumo de piña colada y de los cafelitos, los dos hermanos Izquierdo,
llamados también "Los Pata Pelás", caminaron con dificultad, bamboleándose
por el peso de los cartuchos, hasta dirigirse a su furgoneta Citroën, blanca
y sucia, y enfilaron la carretera recta que conduce desde Monterrubio a Puerto
Hurraco. El calor ya apretaba y los dos hermanos, con los cartuchos cubriéndoles
el cuerpo como una coraza, sintieron cómo las nuevas oleadas de sudor cubrían
las viejas capas de sudor antiguo y retestinado. No
eran pobres. Vivían de los intereses de una cuenta de dos millones y medio
de pesetas y de los subsidios del paro por incapacidad laboral. Hay quien dice
que los hermanos Izquierdo tienen más dinero escondido, fruto del seguro
contra incendios. Pero eso son habladurías y ganas de liar las cosas. La
vida de los cuatro en la calle Constitución de Monterrubio, antes avenida
del Generalísimo Franco, era metódica e irreal, como la vida de
los sueños. Desde que cortaron los cables de la luz, pensando que ése
era el origen de los ruidos en sus cabezas, vivían sin televisión,
sin radio, a oscuras, apenas alimentados con unas cuantas velas que diseminaban
por entre los pobres muebles. Tampoco
se les conocían amigos, distracciones o alguna risa perdida. Parece que
ya nacieron adultos, reservados y desconfiados. Sólo algunos vecinos muy
próximos tenían un vago recuerdo de ellos dos jugando la partida
en el bar Casa Soriano, después de la siesta, sin que jamás probaran
el alcohol o visitaran el único puticlub de la zona que se encuentra en
el próximo pueblo de Zalamea y que cuenta con dos marroquíes, dos
negras, una portuguesa, una dominicana y una española, todas regentadas
por un vasco dicharachero con un pendiente en la oreja y el cuerpo tatuado. Los
dos hermanos conocían Puerto Hurraco como la palma de sus manos y sabían
que los domingos, con la fresca, no habría nadie en las casas. Todo el
pueblo, más los emigrantes que habían regresado a la aldea desde
las fábricas del País Vasco, se encontrarían en la calle,
sentados en sillas y a las puertas de sus casas. Había
una bala para cada uno de ellos. Trescientos cartuchos rellenados cuidadosamente
con perdigones aplastados, bolas de acero que salen al rojo vivo y destrozan aquello
que encuentran a su paso. Más de la mitad de aquellos cartuchos habían
sido rellenados con cuidado y paciencia por los dos hermanos Izquierdo para que
hicieran más daño y la posibilidad de error fuera mínima.
Esa munición para jabalíes
es ilegal, aunque se puede comprar en cualquier ferretería de la comarca.
Son cartuchos de siete centímetros de largo que destrozan a las bestias
del campo: zorras, lobos, jabalíes, águilas, y que ningún
cazador prudente usaría o pensaría usar. Los destrozos son tan grandes
que el animal queda inservible para la cocina. El
radio de acción y la capacidad de destrozo de aquel instrumento mortífero
desaconsejan su utilización excepto para matar por matar. Podría
herir a cualquiera en un radio de veinte metros. Si
mi hermano habla, yo no hablo. Que hable él, que le gusta mucho el chu-chu-chu,
pregúntele a él, le gusta mucho salir en los papeles... No, le he
dicho que no... ¿Esto es para mí? ¿Pasteles?.. Bueno, pues muchas gracias,
pero ya me manda mi hermana pasteles, la Emilia... Bueno, cojo uno, uno nada mas,
pero no pienso... ¿Son de Madrid? Se nota... como más finos, ¿no?... Oiga,
que no le voy a decir nada, ya se lo avisé... ¿Eh?... Nosotros hicimos
lo que teníamos que hacer y nada más. Eso no lo entiende nadie.
¿Y usted quién es? ¿Quién le ha enviado aquí? ¿Es usted de
los Cabanillas?... Ya, usted puede decir lo que quiera, a ver qué va a
decir. Desde la mañana temprano
hasta las diez y media de la noche, el Emilio y el Antonio Izquierdo, alias "Los
Pata Pelás" se quedaron a la vista de Puerto Hurraco, mirando el ir y venir
de la gente en silencio, sin necesidad de hablar más de lo que ya estaba
hablado y dicho, reconocido y claro. A
la sombra de un olivo vaciaron sus zurrones de cazadores de tórtolas y
comieron despacio lo que habían traído: dos hogazas de pan moreno,
cecina y un pedazo de queso como de un kilo. El Antonio añadió media
tableta de turrón de cacahuetes, tan frecuentes en Castuera, donde hay
cinco fábricas turroneras. Como
ninguno de los dos fumaba, después de comer sólo les cupo echarse
la siesta, viendo las calles desiertas de la aldea, quizás escuchando a
alguna madre llamar a su hija y el sonido tamizado de algún aparato de
televisión. Hacía cuarenta
y dos grados a la sombra. Y los dos hermanos Izquierdo esperaban. A
las diez y media de la noche rodearon la aldea y entraron por detrás, por
las casas apagadas que daban a los campos, cerca de los olivos. Había
ruido en la calle Carrera de Puerto Hurraco. Los vecinos, en las puertas de sus
casas, veían pasar, arriba y abajo, a los jóvenes y a los paseantes
y hablaban. Todo el mundo hablaba a la vez. El sonido de las voces broncas de
los hombres y los muchachos que bebían en los tres bares con que cuenta
la aldea se mezclaban con las risas de los niños. Debieron escuchar las
risas de los niños, apostados en el callejón que llega hasta la
única calle de la aldea. A las
diez y media de la noche de aquel 26 de agosto de 1990, los dos hermanos Izquierdo
avistaron al fin a Antonia y a Encarnita Cabanillas, de trece y catorce años,
sobrinas de aquel Amadeo Cabanillas, muerto a puñaladas treinta años
atrás por Jerónimo, el primer vengador de la familia. Las niñas
se tapaban la boca con las manos y se reían mientras paseaban. Entonces
asomaron las cabezas y empezaron a apretar los gatillos de sus escopetas Franchi,
automáticas. "Cohetes", pensó
el alcalde pedáneo del pueblo, Braulio Nogales. "¿Una
fiesta ahora?", pensó a su vez Ricardo Izquierdo, (nada que ver con la
familia) antiguo emigrante y ahora empleado del Ayuntamiento. Sin
embargo, hubo mucha gente que no pudo pensar nada. Las primeras en caer fueron
Antoñita y Encarnita Cabanillas, sobrinas del Amadeo e hijas de Antonio
Cabanillas, el que no pudo ser asesinado por Jerónimo. Carmen, de dieciséis
años, escapó con vida de la matanza por milagro. Araceli
Murillo, de sesenta y dos años, murió en el acto, alcanzada en la
cabeza, lo mismo que Manuel Cabanillas. Su hijo Manuel, de veinticinco años,
fue alcanzado de gravedad. El niño de ocho años Guillermo Ojeda
Sánchez cayó con el cráneo partido como una nuez. Su padre,
Andrés Ojeda, corrió en su auxilio desde el bar y le dieron en el
vientre, lo mismo le ocurrió a su abuela, Isabel Carrillo Dávila,
de setenta años, y a su tía Ángela Sánchez Murillo,
de cuarenta y dos años. Vicenta Izquierdo y Felícitas Benítez,
que estaban sentadas charla que te charla, también fueron alcanzadas por
los cartuchos de las Franchi. José
Penco recogió a dos heridos de la calle y se los pudo llevar en su coche
a Castuera, al centro asistencial. Luego volvió a seguir ayudando y en
la entrada del pueblo se encontró con los dos hermanos Izquierdo que parecían
esperar a los que iban saliendo. A José Penco no le dio tiempo de salir
del coche, dispararon contra él y murió en el acto, sobre el volante.
Igual le ocurrió a Manuel Benítez,
que intentó salir del pueblo llevando en el coche a su hermano Reinaldo,
de sesenta y dos años, y a Araceli Romero, de sesenta. Los hermanos Izquierdo
apretaron los gatillos y acribillaron el coche. Manuel Benítez tuvo el
reflejo de agacharse y por eso salvó la vida. Los demás ocupantes
del coche perecieron. "La calle se llenó
de sangre y de cuerpos tendidos. Los heridos gemían y lloraban cuenta
el alcalde pedáneo ,
la sangre corría como si fueran arroyos después de las lluvias.
Los heridos se arrastraban intentando salvarse y la gente se refugiaba en sus
casas, atrancando las puertas". Después
de disparar cada uno tres cargadores de cinco cartuchos, los dos furtivos abandonaron
el callejón y bajaron la calle, golpeando las puertas de las casas. "¡Salir,
cabrones, os vamos a matar!", dicen que gritaban los dos hermanos. De esa forma
se dirigieron hasta la entrada del pueblo sin que nadie les molestara o les hiciese
frente. En la entrada del pueblo se dedicaron
a disparar a los coches que llegaban o intentaban salir. No corrían, no
se precipitaban. Caminaban con esa sangre fría y determinación que
da la decisión, la práctica y una idea fija en la cabeza. Parecía
un plan metódicamente planeado y ejecutado con suma precisión. A
las once de la noche llegó el primer Land Rover de la Guardia Civil de
Monterrubio. Ni siquiera les dio tiempo de apearse del coche. Los hermanos Izquierdo
destrozaron el pecho del guardia civil Juan Antonio Fernández Trejo y la
rodilla del otro guardia, Manuel Calero Márquez. Los
hermanos Izquierdo, entonces, dieron de nuevo la vuelta al pueblo y se dirigieron
hacia los cerros del Jibe y los Castillejos. A las once treinta, llegaron catorce
guardias civiles que encontraron la calle Carrera desierta y cubierta de sangre
y de cuerpos que se movían, pidiendo ayuda. Hasta las doce no llegó
un contingente fuerte de guardias civiles. Alrededor de doscientos al mando de
un teniente coronel que ordenó registrar la zona. Ya
se había acabado todo: los treinta años de rumiar venganza, los
gritos, las maldiciones en silencio, el odio viejo. No hubo demasiado ruido, ni
demasiado estrépito, si se exceptúa el sonido de las escopetas repetidoras.
La venganza exige silencio y degustación. La alharaca sobra en estos casos.
En apenas hora y media la camada Izquierdo había cumplido el viejo rito
de que la sangre con la sangre se paga. Dejaron
en la calle Carrera de Puerto Hurraco un saldo nada despreciable: nueve muertos
y seis heridos y un sueño de espanto y de sangre que jamás se olvidaría.
Tardarían tres largos días en limpiar los regueros de sangre espesa
que jalonaban la calle en cuesta y, probablemente, mucho más tiempo en
limpiar la cabeza de tanto espanto. A
la mañana del otro día, justo cuando Luciana y Ángela mascullaban
imprecaciones por no haber sido recibidas por el señor Presidente del Gobierno,
fueron encontrados los hermanos Izquierdo. No
habían ido demasiado lejos, no pretendían esconderse. Emilio
fue encontrado durmiendo a las afueras del pueblo, a menos de un tiro de piedra
de las casas del pueblo. Antonio se desperezaba entre los olivos como si no hubiese
pasado nada, quizás hasta un poco asombrado de que tal contingente de guardias
civiles fuera a por él. Las imágenes de los fotógrafos de
prensa los muestran aún abotargados por el sueño, un poco confusos
y hambrientos. Nada más ser conducidos
a las dependencias carcelarias del Juzgado de Castuera, los hermanos Izquierdo
pidieron de comer. El estómago es el estómago y ahí sí
que no valen subterfugios. Del restaurante La Ideal les trajeron montados de lomo,
ración de calamares bien abundante y tarta de manzana. A
los guardias civiles que vigilaban la comida se les hizo un nudo en la boca del
estómago. Los dos hermanos Izquierdo comían como si tal cosa: degustaban
la comida y efectuaban esos ruiditos de satisfacción que produce un estómago
agradecido y bien tratado. El joven juez
Casiano Rojas estuvo con ellos más de tres horas, mientras los periodistas
y cámaras de televisión alborotaban el pueblo, instruyendo el sumario
más extraño e importante de su corta carrera en la Magistratura.
Dicen que el joven juez les preguntó:
¿Por
qué lo habéis hecho? Emilio,
que es el que habla siempre, se encogió de hombros. Los dos hermanos se
encontraban tranquilos y reposados, como si estuvieran viendo una película.
Al juez le pareció que aquello no tenía nada que ver con la sangre
fría. Era otra cosa. Algo impalpable y viscoso. Ya
nos hemos vengado contestó
al fin Emilio .
Ahora que sufra el pueblo. Y su hermano
Antonio asintió, cabeceando. Pero
habéis matado a nueve personas y... Emilio
le interrumpió.
Qué sufran. También sufrió mi madre. A
Luciana, apodada la Víbora, y su hermana Ángela, la policía
les hizo subir en un vagón de primera y las acompañó a Badajoz.
Allí estaba previsto que un coche de la Guardia Civil las acompañara
a Castuera, donde el juez Casiano Rojas las interrogaría. La
estación se encontraba llena de periodistas, curiosos y la Guardia Civil.
Entre los curiosos se encontraba Antonio Cabanillas, cuyo hermano Amadeo, el guapo,
requerido en amores inútilmente por Luciana, la Víbora, fue asesinado
a cuchilladas por Jerónimo Izquierdo en 1961. Ese mismo Antonio Cabanillas
fue también cosido a puñaladas por el mismo Jerónimo, el
mayor de la camada Izquierdo, en 1986. Y
ahora, en 1990, ese mismo Antonio Cabanillas había perdido a dos hijas,
Antoñita y Encarnita, bajo la metralla de otros Izquierdo. La
Guardia Civil le encontró entre sus ropas un cuchillo de monte. Contestó,
cuando le preguntaron por qué llevaba eso encima: Por
nada, siempre lo llevo. Emilio y Antonio
descansan ahora en la prisión de Badajoz y sus hermanas Luciana y Ángela
en el Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Mérida. No
se ven, ni se escriben, ni parecen echarse de menos los unos a los otros. Cada
uno debe seguir sintiendo los mismos zumbidos, los mismos ruidos en las cabezas.
Ese crepitar dentro del cerebro que no abandona a uno ni de día ni de noche
y que surgió en el mismo momento en que la anciana Isabel Izquierdo gritaba
achicharrándose en su casa de Puerto Hurraco, allá en 1984.
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