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Acné
festival | IEGOR GRAN | 160
págs. | Traducción: María Teresa
Gallego Urrutia | ISBN 84-89618-59-3 |
2190 pts. 13,16 Eur. | |  |
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Cuando doblas el cabo de los sesenta,
el cerebro se te embala de pronto. Empiezan a lloverle ideas a presión,
que acuden de todas partes, igual que si acabara de romperse un canalón;
no se te echarían así encima ni los hunos, al ataque se lanzan las
ideas; como las has tenido amordazadas tanto tiempo, ahora andan buscando la revancha,
llenan la bañera a tope y se salen fuera. Un poco más y se te llevan
por delante. Entonces caes en la cuenta de que se acerca el fin, entre la neblina
del porvenir divisas sus perfiles de Leviatán: la jubilación y después
la muerte, es decir, la nada. Lo de la
nada no me importa demasiado, es lo mismo que le pasa a uno antes de nacer. Haces
¡clic! y la luz del pasillo se apaga para siempre, oliendo a plástico achicharrado.
La nada resulta de lo más fácil; en cambio, la jubilación
es una espera infernal, ahí, haciendo cola, muerto de asco, años
y más años, hasta que te den el visado; y, con esto del progreso,
ahora la vida es espantosamente larga; a los sesenta, todavía quedan otros
veinte años para ir tirando, y a veces más, y tiene uno que andar
rodando por la jaula de un cuerpo gangrenoso igual que un tití en el zoo,
mientras la incontinencia aprovecha la coyuntura para regarte con litros de orines.
Dentro de nada, la jubilación.
¿Qué va a ser de mi vida? Me temo que nada bueno me espera, pobre de mí.
Me mascará entre sus muslos la soledad, que abrirá su antro pegajoso
para recibir en él a Guiness, que soy yo, y ¡hala!, allá que te
vas como un chicle resignado, y encima contento de que me quieran en algún
sitio. Soledad, estás esperando que me eche la carga a cuestas y nos instalemos
en una residencia, soledad, como una parejita bien avenida, me sonríes,
soledad, con tus dientes postizos verde esmeralda; no le des más vueltas,
Guinness querido, me dices, suéltales de una vez el equipaje a los chavales,
que son jóvenes y tienen la vida por delante. El jarro del agua, la alacena
de los platos, la silla de orinal. Lega el ajuar microscópico de tu existencia
microscópica, igual que legaste tus genes, venga, muévete y haz
sitio, un cursillo de iniciación al cementerio es precisamente lo que estás
necesitando, ya me quedo yo contigo, vamos a estar tan ricamente los dos juntos.
Mi siglo concluye en medio de la indiferencia,
dentro de seis meses traspaso la galería, a los artistas les devolveré
las creaciones que no me haya dado tiempo a vender rebajadas, venid a recogerlas,
les diré, ahí tenéis la puerta, ya os estáis buscando
otro circuito de distribución, yo ya he cumplido; después pagaré
los impuestos por última vez y será como si nunca hubiera vivido,
cuarenta años de trabajo que se esfuman de golpe y porrazo, y ni una mujer
para darme su apoyo en esta difícil circunstancia, ni un alma. ¿Quién
va a querer a un divorciado viejo y sesentón? No
voy a pretender que soy un Apolo, porque sería mentira, pero en cambio
sí soy de piel elástica y suave, sobre todo la del cutis, tengo
menos arrugas que los tíos de mi misma edad y las mejillas como un yogur
de fresa, tan lisitas y tan rebosantes de salud. No consigo entender por qué
no me hacen caso las mujeres. Debe de ser porque soy tímido, como buen
capricornio, y las mujeres prefieren a los atrevidos que no se andan con rodeos,
algo así como Colón, mientras que yo soy más bien del estilo
de La Pérouse, doy bordadas en vez de ir directo al grano, y no caen en
la cuenta las mujeres de que yo busco algo más que un estuche donde meter
el aparato, mi perorata del alma gemela para envejecer en tándem con ella
en la residencia no les interesa lo que se dice nada, este sistema mío
tan romántico las supera. Supongo que notan que las respeto demasiado.
Ese es mi error. Fuera pesadumbres, me
digo, que no eres un caso aislado, están las residencias llenas de infelices
muertos de aburrimiento, es cosa de estos tiempos en que la gente se divorcia
como quien estornuda, es lobo solitario el hombre. Una calamidad en el amor, y
hasta la coronilla del trabajo. A ti, Guiness, te concedió una justicia
superior el don de un oficio poco corriente: al servicio del Arte has estado.
¿Puede haber algo más arrebatador? Una vida como la tuya vale más
que tres vidas de boticario. Bien mirado,
lo tuyo ha sido para nota. Haber reconducido la botica que te dejó tu padre
tiene mucho mérito. Cuando pienso que podrías haberte pasado la
vida como él, vendiendo comprimidos, me entran ganas de vomitar. ¡Anda
y que no resulta mucho más fino el arte que la pomada contra las almorranas!
El arte está en el polo opuesto de la aspirina, que no pasa de ser una
fórmula: es un trampolín para el pensamiento. Cuando de la faz de
la Tierra desaparezca el hombre y haya que hacer balance de su paso por ella,
las obras de arte que realizó contarán más que los eméticos
de todas las boticas del mundo juntas. Cuando
me digo estas cosas, durante un rato noto cierto alivio y me da tiempo a tomarme
un somnífero. Debajo de la lengua dejo que se me deshaga, mientras espero
a que el sueño pueda conmigo, pero no hay vez que no se niegue a obedecerme
(¿será por solidaridad con las medicinas, de las que digo tantas pestes?);
noto que sigo en el punto de mira, los pensamientos me apuntan, mi soberbia los
ha encrespado, tiran a matar. ¿Tú
estás seguro de eso que dices?, preguntan, echando leña al fuego.
Te ciegas con argumentos pueriles. Esto del arte es tu línea Maginot particular.
¿A cuánto dices que asciende tu futura pensión de jubilado? En
vez de contestarles que se metan en sus asuntos, como habría hecho si tuviera
veinte años por delante, dejo el tema en el aire un momento; y es un momento
de más, ese es el error. Otro de esos achaques de sesentón que me
debilitan los reflejos. La duda ve una oportunidad de colarse de rondón
y le falta tiempo para aprovecharse del punto flaco. Me atacan por la espalda.
Es la quinta columna. Porque la verdad
es que de vivir de las rentas, nada. Si me comparo con Zippo o Fast Food, estoy
algo así como en el punto más bajo de la escala social, el arte
no es que sea un pozo de petróleo; mis chicos y yo siempre hemos salido
adelante, pero pasando apuros, así que me ronda por dentro una pregunta
muy molesta: ¿hiciste algo de provecho en la vida, Guiness, muchacho? ¿"Arte",
dices? ¿"Arte", con mucho énfasis repites? Y te quedas tan a gusto porque
te codeas con el arte, pero ¿no será eso un espejismo? ¿Por qué
va a ser más importante el arte que los mejillones con patatas fritas?
¿Qué diferencia hay entre vender chop suey o vender creaciones? El bolsillo
sale perdiendo. ¿No será que has errado tu trayectoria con eso del arte,
mientras que dándole a fondo al antibiótico habrías podido
forrarte? A la hora de hacer cuentas, no cabe duda que el último de la
clase eres tú; si te comparas con tus amigos, eres tú el que no
tiene una perra; ni de una estrella va a ser tu residencia, sino igual que un
cuartel: catre de campaña y letrinas apestando a lejía. A la hora
de comer, te encontrarás en la escudilla con unas zanahorias ralladas que
te estreñirán. ¡Con el arte, al que tanto encomias, eso es lo que
has conseguido! A veces me digo que, bien
pensado, ha sido la familia lo que mejor me ha salido. Mis hijos me dan la compañía
que me negó la furcia de su madre. Verlos haciendo los deberes en el salón
es beber el elixir de la juventud, basta para que me sienta como nuevo. Alka (es
la mayor) va un año adelantada y ya está con la tesina de sociología,
y a Rex le da por hurgar en el sintonizador de la cadena, lo suyo es más
una ingeniería, y esa es, por cierto, la opción que para la selectividad
ha escogido. Y pensar que un día tuve yo esa edad, es que no me lo puedo
creer; son tan guapos que tengo que pellizcarme para cerciorarme que estoy despierto,
tienen el cutis de Blancanieves y musculitos de cordero lechal. ¡La
familia! No queda más remedio que reconocerlo, en lo que hay que creer
es en la familia. Olvídate de las mujeres, olvídate del arte, lo
que cuenta es la familia, a pesar de ese abismo generacional que nos amarga la
vida, de los conflictos de entendimiento y respeto mutuo. A veces las broncas
se nos instalan en casa tan a gusto, me desespero y me entran ganas de cargarme
un piano de cola. En esas ocasiones, me pregunto si seremos de la misma especie,
de tan ofidios como los veo. ¡Pero no tiene mayor importancia la cosa! Las peleas
pasan, tras la tormenta nuestras coincidencias vuelven por sus fueros: vamos,
Alka, Rex, venid aquí. ¡Un beso, venga! Creo en ti, familia. A ver qué
remedio. Ni más mujeres, ni más arte. ¡A paseo!
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