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De pi a pa

ANTONIO VÉLEZ

238 págs.

ISBN 84-89618-99-2

15,00 €

De pi a pa (00004)

1. El lobo feroz


   El último tasmano murió en 1877: una desgraciada mujer que logró sobrevivir al pavor de la colonia penitenciaria establecida a principios del siglo XIX en la isla, por disposición del gobierno británico (arrojar la basura al predio del vecino, costumbre muy humana). Los ultrajes contra la población nativa duraron setenta y cinco años, hasta que al fin todo el pueblo tasmano fue exterminado por los presos ingleses. Gracias al hombre blanco, ya no quedan tasmanos en el reino de este mundo.
   Atrocidades como esta, muy comunes en la historia, permiten afirmar que el hombre, sin ninguna duda, es la especie más peligrosa del planeta. Mucho más que los grandes felinos. Supera también en peligrosidad, por el número de piezas cobradas, a los microorganismos patógenos. Y para el resto de objetos del mundo, el hombre es también su enemigo más peligroso: no respeta la edad venerable de los árboles; contamina los mares, los lagos y los ríos; atenta a fondo contra los minerales indefensos; destruye de forma sacrílega el ozono del cielo; extermina irresponsablemente las especies animales; experimenta con algunas de ellas sin mostrar piedad alguna; a otras, inocentes, las condena a cadena perpetua detrás de las rejas de los zoológicos.
   La historia escrita en los libros, sin excepción importante, es la historia de la agresión, la lucha armada, la violencia, la esclavitud, la discriminación, la tortura, el sadismo, el exterminio. Las épocas de paz han servido sólo para recuperar el aliento, elevar fortificaciones y preparar la guerra siguiente. La esclavitud, una de las formas más descaradas e inhumanas de violencia, ha existido desde muy antiguo, y existe todavía disfrazada de overol y ropa de trabajo. Se da silvestre en las fábricas, en el campo, en los socavones de las minas, en los hogares. La opresión de la mujer, agresión milenaria, lenta y refinada, se la encuentra por todos los lugares del mundo, y se destaca especialmente allí donde el fanatismo religioso es más severo. Justo en el sitio donde no debería existir, como si los hombres fuesen mal aconsejados por las divinidades.
   Lo más incomprensible de todo es que la agresión y la violencia han recibido, en muchísimas ocasiones de la historia humana, la bendición directa de los dioses. La Santa Inquisición asesinó y torturó a casi todos los herejes del momento, y los cruzados sembraron la religión de amor al prójimo con el filo de la espada. El papa Inocencio IV autorizó, con el fin de hacer confesar a los herejes, «torturas que no pongan en peligro la vida ni los miembros». A raíz del escabroso acto terrorista en las Torres Gemelas de Nueva York, José Saramago escribe: «Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana».
   Algunos antropólogos sostienen que este anormal comportamiento humano es un fenómeno de fecha reciente. El descubrimiento de la agricultura dicen ellos creó excedentes alimenticios y valorizó los territorios, bienes codiciables que invitaron a la rapiña, al asesinato y a la guerra. El buey manso de los sembrados se transformó en lobo feroz. No obstante, si le enseñáramos la paz y el amor al prójimo creen algunos pensadores bien pensados, el hermano lobo terminaría perdiendo sus colmillos. En este principio hay un poco de verdad y mucho de error. Como animal racional de altas capacidades de aprendizaje e imitación, el hombre se contagia fácilmente de la cordialidad, del respeto por sus congéneres y de otros atributos del grato convivir en sociedad (por idénticas razones, también se contagia de la intolerancia y la violencia). Pero en cada hombre, en su interior, seguirá escondido un agresor en potencia. Basta que las circunstancias lo propicien desencadenadores para que la cara oscura de su alma se revele y aparezca en escena el caín que siempre lo acompaña. No obstante, una educación pacifista en un medio pacífico, reconozcámoslo, puede al menos hacer que el lobo permanezca la mayor parte del tiempo con sus colmillos escondidos.
   Para revelar la existencia de esos genes de combate, es suficiente que un automovilista desconocido interfiera nuestro camino. Humillación grave, si se mide por la reacción provocada. El mamífero que llevamos dentro salta de su asiento en defensa del nivel jerárquico amenazado, con una agresividad que deja atónita a la razón. Un hombre cordial, padre de familia ejemplar, pacífico y buen vecino, se transforma de repente en un energúmeno. Saca la cabeza por la ventanilla y aúlla. Como respuesta, recibe también aullidos. En general, no se requiere gran cosa para activar la respuesta agresiva: una decisión dudosa de un árbitro, por ejemplo. La razón pura no se explica por qué una derrota en un partido de fútbol es capaz de generar tanta agresividad colectiva. Son numerosos los muertos por este motivo, y hasta se registra una guerra entre Honduras y El Salvador la guerra del fútbol, se la llamó a causa de una dudosa decisión arbitral en un partido por las eliminatorias del campeonato mundial celebrado en México, en 1970. El récord olímpico de la imbecilidad, pero que sirve para iluminar interiores vergonzosos de la naturaleza humana.
   La respuesta normal ante un suceso desencadenador es un brote instantáneo de agresividad, que se pone al comando de la acción, salvo si el sujeto es muy civilizado; esto es, cuando su razón es capaz de desautorizar los mandatos de su corazón (de su hipotálamo, para ser rigurosos). Pero, desautorizados o no, internamente se activa un complejo fisiológico que sirve de substrato al estado agresivo: secreción de adrenalina y noradrenalina (la hormona de la ira), encargadas de activar las funciones hepáticas y circulatorias («hormona» viene de una palabra que en griego significa excitar o mover), aceleración del ritmo respiratorio, elevación del nivel de glucosa en la sangre y aumento en la velocidad de coagulación. Estos cambios se traducen a su vez en un aumento apreciable de la fuerza física y de la resistencia a la fatiga y el dolor. Preparación perfecta para la lucha intensa y la acción extenuante. Los cambios fisiológicos derivan en modificaciones psicológicas que disponen a la agresión y que, de forma transitoria, desactivan los controles racionales y alteran por completo el sentido de las proporciones. En verdad, estamos bien programados para responder con energía y violencia a todo aquello que parezca ser amenazador para nuestros elementos vitales. Después de consumados los hechos, cuando todo se enfría, la conciencia del hombre lo cuestiona, pero la razón se inventa y el sujeto se las cree justificaciones falaces para anestesiar los remordimientos.
   Los cruzados, los conquistadores, los dictadores, los terratenientes inescrupulosos, los traficantes de esclavos y todos aquellos que han abusado de su poder para explotar al hombre han encontrado siempre razones «justas» para sus atropellos. Un artificio mental muy socorrido ha sido el de negar la afiliación, seguido por distanciamiento y devaluación: considerar a los otros como parte de un grupo inferior, sin mayores vínculos con el nuestro, casi de otra especie. De allí que se los describa con apodos peyorativos y distanciadores: bárbaros, impíos, herejes, salvajes, trogloditas. Disculpas inventadas por la mente en forma inconsciente para justificar la razón profunda implantada en nuestros genes. Esa mala semilla que nos invita a sacar ventajas ilícitas de las cosas y las gentes; en términos científicos, que orienta nuestros esfuerzos a incrementar lo que los evolucionistas llaman eficacia biológica. Digámoslo en voz baja porque puede haber gente de corazón puro a nuestro lado: los genes humanos no evolucionaron pensando en el prójimo, ni en el cielo.
   El cerebro del hombre es hábil para encontrar justificaciones mentirosas. Eufemismos mentales tranquilizadores. Los europeos provenientes del norte, para griegos y romanos en sus respectivas épocas de dominación, fueron sólo bárbaros atrasados (pero peligrosos por sus incursiones); para los musulmanes fundamentalistas, el escritor Salman Rushdie es un hereje sin derecho a la vida (y discordante con la doctrina de Mahoma); los indios americanos eran salvajes de poco valor humano para los españoles civilizados y cristianos (pero sus tierras y su oro sí eran de gran valor); los judíos, para Hitler, eran una raza inferior (y dueños de un gran poder económico); los negros de Sudáfrica han sido para los blancos mala calaña (y un incómodo poder opuesto a su dominación).
   Existen explicaciones, mas no justificaciones, para este comportamiento bárbaro del hombre. Su inteligencia es una. Aunque suene paradójico, la inteligencia lo habilita para la crueldad. Puede torturar con refinamiento, matar con alevosía, vengarse con perfidia, esclavizar sin conmiseración, actos vedados a los otros animales. Para tener acceso a la maldad, es necesario poseer un alto índice de cefalización. Los idiotas, por estas razones, han quedado automáticamente excluidos del infierno salvo del terrenal. Tal vez si el hombre perteneciera a una especie de cerebro más pequeño, el mundo sería paradisíaco. Un paraíso poco interesante, pero sin alimañas inteligentes.
   La historia de la especie proporciona otra explicación para la conducta de lobo para el hombre: llevamos cerca de cuatro mil millones de años en plena competencia. Contra el mundo exterior, contra las demás especies, contra la propia. Somos hijos de los vencedores de una cruenta batalla que se ha prolongado por espacio de más de cuarenta millones de siglos, sin contar con ningún día de descanso, ni siquiera las noches. Y es que la evolución de las especies es el resultado visible de las luchas por la supervivencia y la reproducción. Nosotros, descendientes de aquellos que ininterrumpidamente fueron vencedores, llevamos por dentro, enclavada en el interior de nuestras células, en el ADN, la impronta de esa cadena de victorias, que pudieron ser las cadenas de aquellos que no alcanzaron a llegar con sus linajes hasta nosotros. Quizás los de índole pacífica. Las cicatrices genéticas de todos los combates a muerte de nuestros ancestros. El pecado original más antiguo.
   Y así como respondemos a los llamados de nuestra razón, también lo hacemos, con prontitud e intensidad, a los malos consejos de nuestro material hereditario. De ahí que esos paleogenes, forjados en mil batallas, estén siempre alerta y salten en defensa nuestra en cada situación de peligro, listos para hacernos actuar con vigor cuando las circunstancias y los prójimos atenten contra lo que consideramos propio. Y esas instrucciones son de vieja data, más antiguas que el uso de razón (la etología habrá que tenerla en cuenta cuando se hable de sociología). Por eso sus comandos chocan a menudo con aquellos otros nacidos en la corteza cerebral, la estructura neuronal más joven, y en la mayoría de los seres humanos son los ganadores en esas situaciones de conflicto. No es de extrañar, entonces, el reclamo de algunos conocedores del alma humana: somos intrínsecamente anacrónicos.
   El mundo moderno, competido, desnivelado en oportunidades, superpoblado, próximos mas no prójimos, apretados entre cardúmenes de desconocidos y saturados de contactos irritantes, ha creado las condiciones ideales para que afloren los malos genes, los «duros» para épocas duras. En el mundo antiguo del prehombre y del hombre primitivo, la lucha principal era contra la naturaleza. La vida diaria era pobre en contactos cercanos, lejos de los extraños, sólo rodeados por rostros conocidos y familiares. Los genes primitivos de la agresión se quedaban en silencio, sin mayores oportunidades de expresarse. A ese mundo relativamente pacífico y descongestionado se acomodaron nuestros instintos y emociones. Y con esos mismos elementos agrestes tenemos que enfrentar un mundo de alta tecnología, transformado por completo. Incongruencia que conduce a la hipertrofia funcional de los segmentos genéticos menos virtuosos.
   Al cuadro anterior se suma un factor de gran importancia: la falta de un sistema innato y efectivo de apaciguamiento, como el que poseen todos los animales con capacidad de matar. Es probable que el hombre fuese un primate vegetariano en un pasado no muy remoto. Ahora es un omnívoro. Sus estructuras anatómicas concuerdan con ese pasado cercano: no posee colmillos, ni garras, ni cuernos, ni glándulas venenosas, ni fuerza devastadora, ni capacidad de huida. Si no fuera por su inteligencia superior, que lo capacita para fabricar armas y herramientas, y para utilizarlas con destreza, sería un ser inofensivo. Y por ese motivo nunca el hombre desarrolló conductas eficientes de apaciguamiento, ese conjunto implícito de códigos propios de cada especie que permite desarmar psicológicamente al enemigo y suspender al instante el acto agresivo, antes de que llegue a ser destructor.
   Con un agravante adicional: las armas modernas, contundentes, rápidas y de largo alcance, no le dan al hombre oportunidades para el arrepentimiento. Cuando explota la bomba, ya el autor del atentado está lejos de la acción. Basta apretar el gatillo para que el contrario desaparezca como tal. Estas armas no las conocieron sus antepasados en ningún momento durante la larga y lenta evolución. Salvo una piedra o un palo lanzados a corta distancia, sus actos agresivos fueron mano a mano; por tanto, es lógico que no se haya creado ninguna adaptación del comportamiento que inhiba la agresión a distancia. El jefe de estado que ordena lanzar la bomba atómica, el capo que contrata el carro bomba, aquel que paga al sicario y el militar que da la orden de disparar el cohete comparten la misma situación: distanciamiento temporal entre causa y efecto. El horror de los resultados llega tarde, cuando todo está consumado. Y el autor se ve eximido cómodamente de las escenas de pavor. Gracias a la tecnología moderna, los grandes hechos violentos han quedado despersonalizados. Alivio para las almas.
   El criminal se crece con el acto delictivo, y mucho más cuando existe impunidad. El primer acto violento premeditado encuentra alguna oposición en la conciencia del sujeto, y esta resistencia se va disolviendo y absolviendo con la acumulación de más y más agresiones, en una carrera desenfrenada que ya no permite ningún límite. Todo ello regido por la ley del endurecimiento: a mayor número de actos violentos, menos escrúpulos para cometer el siguiente. El primer acto agresivo es, por lo general, de categoría menor. Y de menor en menor el proceso se amplifica hasta volverse mayor y mayor, mientras que, al mismo tiempo, va inmunizando poco a poco al autor contra la comezón del pecado. Es autocatalítico y autotranquilizante. La habituación vuelve al violento indiferente al color y al calor de la sangre. Y a nosotros, espectadores pasivos, también. El mundo se descompone y nos acostumbramos a su mal olor. Y cuando la descomposición llega a su extremo máximo, aparece la agresión sin agresividad. Una nueva profesión. Agresividad asalariada, fría y descolorida, privada de todo sentimiento, deshumanizada por completo.
   ¿Tendrá remedio esta situación? ¿Podrán la razón y la educación controlar esos bajos instintos y producir hombres futuros ajenos a la violencia y a la criminalidad, dado que los genes parecen por el momento tan difíciles de modificar en las direcciones apropiadas? El camino de la educación, solo, no conduce a la paz. Y menos aún cuando las condiciones del entorno propician y hasta demandan la violencia. Es necesario modificar el medio labor casi tan difícil como alterar las instrucciones genéticas, hacerlo pacífico, esto es, equilibrado, justo y tal que las necesidades y deseos mínimos puedan ser satisfechos por todos.
   Y es que no bastan las plegarias, ni las marchas, ni los globos blancos, ni sirve para nada pintar palomas en las calles. La paz no se predica; se construye. Ante la injusticia social, la discriminación, la miseria, el desempleo, el maltrato en la niñez, la ostentación del vecino y la carencia de lo mínimo frente a la exhibición de lo máximo, la respuesta natural es la agresión. Una fuerza interna que tiene como finalidad principal mantener la homeóstasis social. El hombre está diseñado de esa manera, incómoda para los demás. La realidad descarnada es que no somos ángeles transmutados por la sociedad en lobos, como pensaba con la candidez del siglo XVIII Jean-Jacques Rousseau: al nacer ya somos pequeños lobeznos, y son las condiciones del medio social, si apropiadas, las que nos desvían y convierten en ovejas; o en lobos feroces, cuando no.


Bibliografía

DUBOS, René, Un dios interior, Barcelona, 1986.
CARTHY, J. D. y F. J. EBLING, Historia natural de la agresión, México, 1988.
LORENZ, Konrad, Sobre la agresión, México, 1974.
MACKAL, P. Karl, Teorías psicológicas de la agresión, Madrid, 1983.
MONTAGU, Ashley, La naturaleza de la agresividad humana, Madrid, 1978.
STORR, Anthony, La agresividad humana, Madrid, 1979.
TOYNBEE, Arnold J., Guerra y civilización, Madrid, 1976.


      

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