Inicio
Inicio
Atrás
Siguiente

Tierra y cenizas

ATIQ RAHIMI

96 págs.

Traducción: Masoud Sabouri

ISBN 84-89618-63-1

1495 pts. 8,98 Eur.

Tierra y cenizas (00004)


      -¡Tengo hambre!
      Sacas una manzana del hatillo de tela roja bordada con flores de manzano y la frotas contra el polvoriento faldón de tu camisa. La manzana se ensucia aún más. La devuelves al hatillo y sacas otra más limpia. Se la tiendes a tu nieto Yasín, que está sentado junto a ti, la cabeza apoyada sobre tu brazo cansado. El niño coge la manzana con sus manitas manchadas de tierra y se la lleva a la boca. Todavía no le han salido los dientes de leche. Intenta morder la manzana con las muelas. Un escalofrío recorre sus delgadas y agrietadas mejillas. Sus ojos almendrados se cierran aún más. La manzana está ácida. Arruga la naricita y se sorbe los mocos.
      Estás sentado de espaldas al sol otoñal, recostado contra la barandilla metálica del puente que, al norte de la ciudad de Polejomri, une las dos orillas de un río seco. La carretera que comunica el norte de Afganistán con Kabul pasa por aquí. Girando a la izquierda a la entrada del puente, por una pista de tierra que serpentea entre cerros cubiertos de zarzas, se llega a la mina de carbón de Karkar.
      Los gemidos de Yasín desvían tus pensamientos del camino que va a la mina. Mira, tu nieto no consigue morder la manzana. ¿Dónde has metido la navaja? Hurgas en tus bolsillos y la encuentras. Le pides la manzana y la cortas en dos, luego en dos más y le devuelves los trozos de fruta. Te guardas la navaja en un bolsillo y entrelazas las manos sobre el pecho.
      Hace ya un buen rato que no has mascado buyo. ¿Dónde estará la cajita? Vuelves a rebuscar en tus bolsillos hasta dar con ella. Preparas una toma y te la metes en la boca. Antes de guardar la cajita, te miras en el espejo que adorna la tapa. Tus ojos almendrados están hundidos en sus órbitas. El paso del tiempo ha dejado su huella en tus ojos, una huella formada por líneas sinuosas, como gusanos entrelazados alrededor de dos orificios, gusanos hambrientos al acecho... Tu gran turbante está deshecho. Bajo su peso, tu cabeza se hunde entre tus hombros. Está cubierto de polvo. Tal vez por eso sea tan pesado. Su color original, desgastado por el sol y el polvo, se ha vuelto gris.
      ¡Guárdate esa cajita! Piensa en otra cosa, mira hacia otro sitio.
      Metes la cajita en un bolsillo. Te acaricias la barba canosa, abrazas tus rodillas con los brazos y fijas la mirada en tu sombra fatigada, que se amolda a la sombra ordenada de los barrotes del puente.
      Un camión militar con una estrella roja en la puerta cruza el puente interrumpiendo el pesado sueño de la tierra. El polvo se levanta e invade el puente. Después, suavemente, vuelve a posarse. Se deposita por todas partes: sobre la manzana, sobre el turbante, sobre tus pestañas... Con tus manos intentas proteger la manzana de Yasín.
      -¡Quita!
      Tu nieto ha gritado. Claro, tu mano lo molesta para comerse la manzana.
      -¿Acaso prefieres tragar polvo?
      -¡Quita ya!
      ¡Déjalo tranquilo, ocúpate de ti mismo! El polvo penetra en tu boca y en tu nariz. Escupes el buyo lejos de ti, junto a otras cinco manchas verdosas. Con el borde del turbante te tapas la boca y la nariz. Echas una ojeada a la caseta negra del guardabarrera situada a la entrada del puente, justo donde empieza el sendero que conduce a la mina. Sale humo por una ventanita. Tras unos segundos de incertidumbre, te agarras con una mano a las barras oxidadas del puente y con la otra recoges tu hatillo rojo. Te incorporas con dificultad y te diriges cojeando en dirección a la caseta. Llamas a Yasín. El niño también se pone de pie y, colgándose de tu chaqueta, echa a andar a tu lado. Al llegar a la caseta, acercas la cabeza al ventanuco sin cristal. Del interior lleno de humo se escapa un olor a carbón y un aire caliente y húmedo. El guarda está en la misma postura que hace un rato, con la espalda apoyada contra la pared de madera. Aún está adormilado. Su gorra está quizás un poco más caída. Nada más. El resto sigue como antes, hasta el cigarrillo a medio consumir entre sus labios secos...
      ¡Tose!
      Ni siquiera tú has oído tu propia tos, ¿cómo podría, entonces, oírla el guarda? Tose un poco más fuerte. Sigue sin oírte. ¿No será que se ha asfixiado con los gases del carbón? Lo llamas.
      -¡Hermano!
      -¿Qué quieres ahora, anciano?
      ¡Alabado sea el Señor, habla! Está vivo, pero sigue sin moverse, tiene los ojos cerrados bajo la sombra de la visera... Tu lengua se mueve, se dispone a decir algo. ¡No le quites la palabra!
      -¡Terminarás volviéndome loco! Te lo he dicho cien veces: me arrojaré a las ruedas del primer coche que pase, le suplicaré al conductor que te lleve a la mina. ¿Qué más quieres? ¿Has visto pasar alguno hasta ahora? ¿Entonces? ¿Necesitas un testigo?
      -No, venerable hermano. Sé muy bien que no ha pasado ningún coche. Pero no quiera Dios que nos olvides...
      -¿Por qué os voy a olvidar, anciano? Si quieres, te repito la historia de tu vida. Me la has contado cien veces, me la sé de memoria. Tu hijo trabaja en la mina y has venido con su hijo para hacerle una visita.
      -¡Dios mío, te acuerdas de todo! Soy yo quien ha perdido la cabeza, tengo la sensación de que no te he contado nada. A veces pienso que los demás olvidan tanto como yo. Te pido perdón. Te he importunado...
      
      La verdad es que tienes el corazón oprimido. Hace mucho que un amigo, o incluso un desconocido, no escucha tu corazón. Hace tiempo que nadie te dirige una palabra cálida. Tienes ganas de decir algo, de oír a alguien. ¡Habla! Pero es poco probable que obtengas una respuesta. El guarda no quiere escucharte. Está absorto en sus pensamientos. Está recluido en su soledad. ¡Déjalo tranquilo!
      Te quedas parado ante la caseta. Silencioso. Tu mirada se aleja. Camina entre las ondulaciones del valle. El valle está cubierto de zarzas, es árido y apacible... Al final del valle está Murad, tu hijo.
      Tu mirada se aparta del valle. Vuelves a dirigirla hacia el interior de la caseta. Te gustaría decirle al guarda que si estás aquí, esperando al coche, es únicamente por tu nieto Yasín. Si estuvieras solo, haría tiempo que te habrías puesto en camino. Cuatro o cinco horas de marcha no te amedrentan. Te gustaría decirle que todos los días trabajas la tierra de sol a sol, que eres un hombre voluntarioso. ¿Y qué más? ¿Es realmente necesario contarle todo eso al guarda? ¿A él qué le importa? ¡Nada! Pues déjalo tranquilo. Descansa apaciblemente, hermano. Nos vamos. No te molestaremos más.
      Pero sigues sin moverte. Te quedas ahí plantado, sin decir una palabra.
      Un ruido de piedras entrechocando a tus pies atrae tu atención hacia Yasín, que está acurrucado mientras machaca un pedazo de manzana entre dos piedras.
      -¿Qué haces? ¡Por el amor de Dios, es una manzana! ¡Cómetela!
      Agarras a Yasín por los hombros y lo levantas.
      El niño grita:
      -¡Quita! ¡Déjame! ¿Por qué ya no hace ruido esta piedra?
      El olor a carbón que despide la caseta se mezcla ahora con los gruñidos del guarda.
      -¡Estáis agotando mi paciencia! ¿No puedes hacer que tu nieto se calle un minuto?
      No te molestas en disculparte, mejor dicho, no tienes coraje para hacerlo. Arrastras precipitadamente a Yasín hacia el puente. Furioso, te dejas caer en el sitio de antes; dejas a tu lado el hatillo y, sujetando a tu nieto, lo regañas:
      -¡Estate tranquilo un rato!
      ¿Con quién hablas? ¿Con Yasín? Ni siquiera oye el ruido de las piedras al chocar. ¿Cómo va a oír tu voz débil y temblorosa? Ahora el mundo de Yasín es otro mundo. Un mundo silencioso. No era sordo. Se ha quedado sordo. Él no se da cuenta. Se asombra de que ya nada haga ruido, cuando hace sólo unos días todo era distinto. Imagínate que eres un niño como Yasín, un niño que hasta hace poco oía y ni siquiera sabía lo que era ser sordo. Y un buen día ya no oyes nada. ¿Por qué? Sería absurdo decirte que te has quedado sordo. No oyes. No comprendes. No te imaginas que eres tú quien no oye. Crees que los demás se han quedado mudos. Que la voz ha abandonado a los hombres. Que las piedras no hacen ruido. El mundo se ha quedado callado... Entonces, ¿por qué los hombres mueven los labios inútilmente?
      Yasín esconde su cabecita llena de interrogantes debajo de tu chaqueta.

PrepublicacionesLista de CorreoPremios Búsqueda
NovedadesColección RescatadosColección Nueva BibliotecaColección Otras Lenguas