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La
asesina ilustrada | ENRIQUE VILA-MATAS |
96 págs. | ISBN 84-89618-03-8 |
1250 pts. 7,51 Eur. | |  |
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TAN MEZCLADAS Y ENTRELAZADAS SE encuentran
en mi vida las ocasiones de risa y de llanto que me es imposible recordar sin
buen humor el penoso incidente que me empujó a la publicación de
estas páginas. Fue el año
pasado, en un viejo hotel de Bremen, andando en busca de Vidal Escabia. Por un
laberinto de corredores había llegado hasta el 666, el número de
su habitación, y como fuera que la puerta estaba entreabierta y nadie respondía
a mis llamadas acabé empujándola para quedarme mirando en la oscuridad,
que estaba aliviada tan sólo por el brillo de unos ventanales. La esquina
de una mesa tenía un brillo tenue, y detrás podía verse un
bulto caído sobre la alfombra. Hallé el botón de la luz y
se encendió una lámpara de cristal que colgaba del techo. Vidal
Escabia estaba allí, al pie de la mesa, mirándome con los ojos abiertos.
Estaba muerto. Observé detenidamente
la escena y mi atención pronto se centró en la gruesa alfombra.
En ella, junto al cuerpo del escritor, entre manchas de sangre, a la altura de
sus impecables mocasines rojos, había una minúscula pistola y, a
su lado, el sobre sellado que dos días antes yo le había enviado
por correo. El sobre contenía el manuscrito original de La asesina ilustrada,
las notas escritas por Ana Cañizal y una carta de presentación firmada
por mí. Pensé en guardar los escritos en el amplio bolsillo de mi
abrigo, pero pronto reflexioné con calma y acabé obrando del modo
que suele ser más habitual en este tipo de situaciones: dejé todo
tal como estaba y di dos gritos, muy femeninos y francamente espeluznantes, que
pusieron en pie a todo el hotel. Eran las siete de la mañana. Al día
siguiente, el forense dictaminaba que Vidal Escabia se había suicidado.
Se me permitió recuperar los escritos que le había enviado, y así
concluyó el episodio de mi encuentro, el primero y el último, con
Vidal Escabia. Como es muy probable que
la obra de éste, y hasta su nombre, sean todavía desconocidos para
el lector, precisaré que Vidal Escabia es un escritor recientemente descubierto
por varias editoriales españolas que, al parecer, se proponen reeditar
el próximo invierno parte de su obra, editada hasta ahora en publicaciones
muy minoritarias. Vidal Escabia había
nacido en Elche en 1907, y los años de su juventud los pasó en su
ciudad natal. Se exilió en Argentina durante la guerra civil y, para entonces,
ya había publicado dos novelas cortas (la obra de Escabia, exceptuando
dos libros de viajes y tres de poemas, se compone únicamente de novelas
cortas): La vida en la corte y Pasiones de Eldorado (1934), que no conozco,
y hasta creo que son una rareza bibliográfica. Su siguiente obra, El
león del Zar (1942), apareció ocho años más tarde
y es una conmovedora biografía de León Tolstoi. Del 42 al 45 viajó
sin cesar, siempre en compañía de la bella Jenny López*.
En La Habana, encontró el ambiente ideal para su siguiente novela: Perfidia
(1945), un excelente melodrama, acaso su mejor obra. Terminada
la segunda guerra mundial, se instaló en Lima, donde se casó con
Gilda Luna, una bailarina valenciana. Siguió escribiendo relatos algunos
muy extravagantes, como The fantastic story of Eva Siva, redactada en inglés
con todos los diálogos en italiano
y vivió los años más felices de su vida. En 1951, Gilda Luna
pereció en accidente de automóvil, y Escabia, que quedó profundamente
abatido, medio enloqueció. Vendió su casa de Lima y regresó
a España. En Elche, se empleó
en la Biblioteca Municipal y ya no dejó este trabajo hasta el final de
sus días. Siguió escribiendo novelas cortas quizás
la más destacada sea Agridulces damas de Elche
hasta que, en la primavera del 75, decidió hacer un largo viaje al extranjero
tras veinticinco años de absoluto retiro en su ciudad natal. Algunos de
sus amigos trataron de convencerle de que no se marchara. Se habían enterado
de que se iba solo y juzgaban que a su edad debía viajar acompañado.
Él no les hizo el menor caso y, el 25 de mayo, tomó un tren con
dirección a Barcelona. Quería recorrer toda Europa, y de ahí
lo extraño de su suicidio. Porque él andaba muy ilusionado con su
viaje. En Barcelona, saludó a viejos amigos, rememoró escenas de
su juventud, posó para una fotografía como la que un día
Pablo Neruda se hizo en la Plaza Real, detrás de una inmensa jarra de cerveza,
y cogió un tren que en doce horas le dejó en París. Allí
encontró a unos amigos comunes que fueron quienes me informaron de su fugaz
paso por la ciudad y de su partida hacia el Gran Hotel de Viena en Bremen, primera
parada de un viaje por el Mar del Norte. De
su producción literaria, creo que son sus dos libros de viajes los que
menos merecen ser leídos y, sin embargo, los que, al parecer, han desempeñado
un papel más decisivo en la historia de su redescubrimiento. Porque, de
todos los autores que en los años 30 vieron publicadas sus primeras obras
y tras la guerra civil quedaron olvidados o postergados, él, sin duda,
es el caso más curioso, ya que va a ser rehabilitado gracias a los textos
más endebles y soporíferos de su producción. Parece ser que
el proceso de rehabilitación de Escabia se inició cuando, a mediados
del caluroso agosto del 73, llamó la atención de J. M. la aparición
simultánea de dos críticas muy elogiosas de Navegación
en mar peligrosa, pésimo relato en el que Escabia cuenta un viaje inventado.
Estaba J. M. tan aburrido en aquellos días que acabó entrando en
una librería de Benidorm e, interesándose por el libro, pese a que
nada sabía sobre su autor, e ignorando, por supuesto, que una de aquellas
elogiosas críticas había sido realizada por el propio Escabia que,
oculto tras el seudónimo de Escaviar, calificaba a su propia obra de "relato
maestro en su género". Picó J. M. en el anzuelo y acabó deslumbrado
por el estilo ampuloso y por la burda palabrería de la que Vidal Escabia
hace gala en este libro. Su entusiasmo fue tan notable que, inmediatamente, se
puso en contacto telefónico con Escabia para preguntarle si tenía
publicadas otras obras del mismo género. Éste inventó la
existencia de un libro inédito que sobre la marcha tituló y
ahí su imaginación no voló precisamente muy lejos
Por tierras lejanas, prometiendo a J. M. que se lo enviaría a su
casa en cuanto le fuera posible. En cuanto
colgó el teléfono, Escabia se puso a trabajar en la redacción
de un inventado viaje a la Patagonia. Escribió noche y día sin descanso
a lo largo de toda una semana y, cuando hubo terminado su relato, lo envió
inmediatamente a J. M. que, de nuevo fascinado por la cursilería y ramplonería
del estilo, se decidió a poner en marcha los mecanismos para iniciar el
proceso de rehabilitación de Vidal Escabia. Al mismo tiempo, mientras preparaba
la edición de Por tierras lejanas, le encargó a Escabia un
trabajo "prestigioso": el prólogo a la segunda edición de Burla
del destino, el libro de memorias de Juan Herrera. Llegados
a este punto, no quisiera retrasar ya por más tiempo mi opinión
sobre la obra en general de Vidal Escabia: me parece un revoltijo monótono,
aburrido, donde Escabia quisiera que, tan torpes como él, consintiéramos
en tomar su palabrería por elegancia, su estilo ampuloso por ingenio y
sus plagios por imaginación; al leerle, sólo se encuentran banalidades,
cuando son suyas, y cosas de mal gusto, cuando deliberadamente saquea a los demás.
Al saber que se dirigía al Gran
Hotel de Viena en Bremen no perdí el tiempo. Dejé París,
cuyo clima en aquellos días me era perjudicial, y marché a Worpswede,
cerca de Bremen, para instalarme en la casa de una antigua amiga. Desde allí
le envié a Escabia aquel voluminoso sobre sellado. Buscando que, desde
el primer momento, se interesara por mi envío utilicé un truco para
llamar con toda seguridad su atención. Imitando a la perfección
la caligrafía de Juan Herrera escribí este nombre como remitente
de aquel sobre. Siempre imaginé que Vidal Escabia encontró mi sobre
encima de la mesa de su habitación y que, dirigiéndose hacia la
cama con el sobre en la mano, comenzó a leer y releer, una y otra vez,
el nombre del remitente sin creer en lo que estaba viendo. ¿Cómo es posible,
debió preguntarse, que Juan, que hace ya un año que está
muerto, me escriba? Dejad que imagine que la escena se desarrolló de este
modo y que piense que Escabia, no sólo se aterró, sino que, excluyendo
la posibilidad de que se tratara simplemente de una broma, tropezó con
la colcha, cayó sobre la cama, se levantó enfurecido, volvió
a tropezar, esta vez con la cortina, se tambaleó de miedo. Tenía,
desde luego, sus razones para reaccionar de esta manera, pues, aunque en determinados
círculos se sabía que había sido amigo de Juan Herrera (y
por esto le habían encargado el prólogo al libro de memorias de
éste), se ignoraba la existencia de una abundante correspondencia entre
uno y otro escritor. Por esto, aquel nombre, escrito en la esquina de un sobre
sellado (tal como era costumbre en Herrera únicamente cuando se dirigía
a Escabia) tuvo forzosamente que inquietarle e inspirarle los más variados
temores. En breve, toda la correspondencia
entre Herrera y Escabia (guardada celosamente durante años en un cajón
de mi cómoda) será publicada, y el lector tendrá acceso a
una extraña serie de cartas cuyo tono general es más bien sorprendente.
Herrera detestaba a Escabia y, si se carteó durante tanto tiempo con él,
fue únicamente porque era muy aficionado a descubrir secretos y porque
tenía motivos muy fundados para sospechar que Escabia no había escrito
una sola línea de muchas de sus novelas. Esta sospecha, nunca confesada
de un modo explícito en las cartas que le enviaba, obligó a Herrera
a tratar los temas más absurdos, y a cual más delirantes, con el
fin de ir tendiendo lentamente una serie de trampas a Escabia y acabar obligando
a éste a confesar toda la verdad. Tardó más de diez años
en conseguirlo, pero al final acabó obteniendo la recompensa a tanta molestia,
paciencia y esfuerzo (por no hablar de tanta palabrería inútil)
cuando, en una breve carta, fechada en Elche el 30 de mayo de 1968, Vidal Escabia,
entre avergonzado y confuso, comprendiendo que Herrera le había conducido
a un callejón sin salida, confesó que, en efecto, las contradicciones
en las que había ido cayendo a lo largo de sus cartas habían puesto
al descubierto la gran verdad, es decir, que él no había escrito
ni una sola línea de muchas de las novelas de las que tanto alardeaba.
A continuación, citaba el nombre de los verdaderos autores (Jenny López
y Gilda Luna entre ellos) y cerraba la carta pidiendo, en un tono marcadamente
patético, el mayor silencio sobre aquella revelación que ponía
gravemente en juego su reputación. Quizás esperó siempre
una respuesta amable de Herrera en la que éste, restando gravedad al asunto,
valorara la sinceridad y valentía de Escabia, pero lo cierto es que Herrera,
al recibir la carta, respiró con profundo alivio y dio por terminada su
investigación archivando con gran alegría aquella carta que por
fin había premiado su esfuerzo de años y olvidándose para
siempre de Escabia. Pero Escabia no logró
nunca olvidarse de Herrera. Éste fue el final de una relación entre
dos hombres absolutamente opuestos tanto en su forma de ser como de pensar. Aparte
de ser un excelente escritor (lo que, desde luego, Escabia nunca fue), Juan Herrera
era, por ejemplo, un fanático del orden, todo lo contrario de Escabia,
que, al parecer, fue siempre la persona más desordenada del mundo. En su
escritorio (y en sus últimos veinte años tuvo el mismo en París,
Sete y Trouville) Juan Herrera colocaba, según un esquema invariable, plumas,
lápices, cenicero, lupa, abridor de cartas, diccionarios, folios, cuartillas,
vaso de agua mineral y cajita con aspirinas, calmantes y centraminas. Era extremadamente
ordenado y meticuloso y un tanto supersticioso: solía atribuir sus momentos
de escasa inspiración literaria a la inexacta colocación de alguno
de estos objetos sobre su mesa de trabajo. Y fue precisamente, sobre la arremetida
del desorden contra el orden sobre lo que escribió la mayor parte de las
veces en este escritorio. Vidal Escabia, al contrario, era la viva imagen del
desorden: nunca había tenido escritorio (ni le hacía falta, puesto
que otros le escribían la mayor parte de sus novelas), era muy despistado,
olvidaba en los taxis los manuscritos de sus novelas, escribía en las playas
o en los bares más concurridos, no le duraba una pluma más de quince
días, el único diccionario que tuvo fue uno de sinónimos
que le regalaron en Lima y que perdió en un prostíbulo (nunca se
supo con qué idea lo había llevado hasta allí), fue un apasionado
defensor de cualquier idea de caos y un entusiasta de su propio desorden. Sabiendo
que Vidal Escabia vivía en sus últimos tiempos atemorizado y que
veía fantasmas por todas partes, escribí de remitente el nombre
de su antiguo amigo. Estaba convencida de que iba a asustarle y no me es difícil
imaginar que así debió de ser. Sin duda, él cayó en
mi trampa y se azoró abriendo inmediatamente el sobre, quizás porque
creía que Juan Herrera, rompiendo aquel terrible silencio al que durante
años le había acostumbrado, reanudaba de pronto desde la tumba la
correspondencia de antaño. Aunque quizás no pensara nada de esto
y simplemente no pensara absolutamente nada (a esto era también muy aficionado),
abriendo tranquilamente el sobre y comenzando a leer aquella carta en la que yo
le presentaba La asesina ilustrada, mi breve relato, seguido de las notas
que sobre el mismo escribiera Ana Cañizal. *
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