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«Edmond
Ganglion e Hijo» | JOËL EGLOFF |
160 págs. | Traducción:
José Luis Sánchez-Silva | ISBN 84-89618-66-6 |
1790 pts. 10,75 Eur. | |  |
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Saint-Jean era uno de esos pueblos donde
los perros se llaman Rex y los gatos Minino, donde la iglesia se encuentra en
la «Plaza de la Iglesia» y el ayuntamiento en la «Plaza del
Ayuntamiento». No había mucho más, ni tampoco muchos habitantes.
En la calle Principal antiguamente
calle Central ,
unos bancos esperaban delante de las casas a que hiciese menos calor, a que hiciese
menos frío, a que les diesen una mano de pintura o a que los quemasen,
pero sobre todo a que se acabase la espera de una vez. Los dos últimos
comercios agonizaban lentamente: el «Café del Sol» y sus tres
jugadores de cartas somnolientos y, justo enfrente, una pequeña tienda
de sombrío escaparate, «Edmond Ganglion e hijo - Pompas Fúnebres».
La empresa había conocido sus años
dorados en la época en que Saint-Jean era todavía un pueblo floreciente
en el corazón de una comarca olvidada por los sepultureros. En toda la
región, cuando se trataba de funerales, Ganglion y sus «inhumaciones
sin dolor», como rezaba la propaganda, eran insoslayables. Desbordado por
el trabajo, alguna vez incluso había rezado al cielo para que Dios salvase
a algunos. En aquellos benditos tiempos, en «Ganglion e hijo», hasta
el último aprendiz comía solomillo todos los días de la semana,
incluso entre horas. Era la época próspera. Año
tras año, la situación se había ido degradando. No era la
competencia quien había matado el mercado, sino los muertos. Los muertos
estaban muertos y Ganglion los echaba amargamente de menos. Saint-Jean y las aldeas
vecinas habían quedado despobladas, las casas vacías ya sólo
albergaban las almas enmohecidas de sus antiguos clientes, y aquí nadie
moría antes de que le llegase la hora, era un favor divino, como una compensación,
un microclima o, simplemente, el aire libre. El
último cliente, el entonces decano del pueblo, se había extinguido
el día de Año Nuevo durante el baile de la tercera edad, y hacía
ya meses que nadie cruzaba el umbral de la tienda con lágrimas en los ojos.
Cada día con más certeza, Ganglion notaba que se acercaba el fin
de su comercio. La costumbre que había adquirido en cuarenta años
de oficio de intervenir sólo «después», le hacía
aún más inepto para afrontar esta lenta decadencia. Era un hombre
de epílogo, jamás le había asustado ninguna situación
desesperada, las que temía por encima de todo eran las que sólo
eran graves. A pesar de tal marasmo, guardaba
una excelente opinión de su profesión. «Hay dos personas absolutamente
indispensables en este valle de lágrimas -decía-: la comadrona y
el sepulturero. La una recibe, el otro despide. Entre una y otro, la gente hace
lo que puede». Durante los últimos
años, se había visto obligado a soltar lastre. Había abandonado
la marmolería, vendido dos vehículos y licenciado a la mayor parte
del personal. Sólo había podido conservar dos empleados: Georges,
el más veterano, un hombre de confianza y de experiencia, y Molo, el último
contratado, un jovenzuelo servicial que, en esos tiempos difíciles, no
se dejaba asustar por un poco de voluntariado. Tres personas en total, las justas
para soportar el peso de un cliente flacucho dentro de un ataúd barato.
Uno delante y dos detrás, equilibrio precario. Era en aquellos momentos
cuando más sufría Ganglion por no haber tenido un hijo. Si cuando
se instaló, pintó en la vitrina «Edmon Ganglion e hijo»
en letras blancas, fue por impaciencia, para esperarlo mejor. Lo había
previsto todo, y soñaba para los dos con montones de entierros, funerales
nacionales, cortejos hasta el fin del mundo. Lo había esperado día
tras día, lo había esperado durante mucho tiempo, pero el hijo nebuloso,
asustado por un destino escrito en una vitrina un tanto triste, nunca nació.
Su esposa tenía el vientre tímido, ni siquiera tuvieron una hija.
Sin embargo, todo acabó arreglándose para ella. El médico
de la ciudad, al que iba a ver a menudo, la había curado tan bien que,
un buen día, éste le anunció que había quedado encinta
de él. Poco después, ella abandonó el pueblo en autocar y
a su esposo en lágrimas, para unirse al cuerpo médico que le había
dado la vida. Ganglion nunca se sobrepuso del todo. Cuando
alguien le preguntaba a Molo qué hacía en la vida, él respondía:
«Estoy en la industria paramédica», y uno debía contentarse
con eso. Georges había solucionado sus problemas de identidad mucho tiempo
atrás y, cuando le hacían la misma pregunta, respondía sin
rodeos: «No hago nada en la vida, sino en la muerte». De todas formas,
era raro que se vieran obligados a responder a una pregunta tal. En el pueblo
no había curiosos, ya no quedaban, todo el mundo sabía quién
era quién y qué hacía cada uno. Para
matar el tiempo en la tienda, Molo se levantaba temprano. Cada mañana,
un poco antes de las ocho, llegaba al volante del coche fúnebre que Ganglion,
graciosamente, le había permitido considerar como coche de empresa. Aquella
mañana llegaba pronto y encontró la puerta cerrada. Hacía
mucho tiempo que ya no tenía llaves, desde que las perdió en el
cementerio mientras cavaba una fosa para el tonto del pueblo, que sucumbió
víctima de una división con decimales. Nadie había llorado
nunca sobre la tumba familiar de los tontos del pueblo, y la arcilla, virgen de
lágrimas, estaba más seca y compacta que una lápida. Con
sus frenéticos golpes de pico, Molo había pulverizado la tierra
centímetro a centímetro, pero, interrumpido por algunas lombrices
de paso, no consiguió tocar fondo hasta el atardecer, con las manos ensangrentadas
y sin las llaves que había perdido en la lucha y no había vuelto
a encontrar. Ganglion no le volvió a confiar otro juego. Molo
pegó la nariz a la puerta de cristal. Ganglion todavía no había
bajado. Vivía encima, en un apartamento que comunicaba directamente con
la tienda. Como los días precedentes, se había quedado haciendo
cuentas hasta muy tarde. Molo retrocedió algunos pasos y levantó
los ojos hacia las ventanas; los postigos aún estaban cerrados. Miró
su reloj, después recordó que hoy Georges no llegaría tampoco
hasta bien entrada la mañana, y cruzó la calle para entrar en el
«Sol». ¿Qué
va a ser, Molo? ¿Un aguardiente? Esbozó
un gesto de indecisión, como quien piensa que un aguardiente a esas horas
no es razonable, y que de buena gana tomaría un chocolate o un café
con leche, un zumo de naranja o cualquier otra cosa, pero no un aguardiente. Hizo
ademán de reflexionar un poco más, pero no tenía elección.
Todo el mundo sabía que, en el «Sol», sólo había
eso: aguardiente de ciruela de la casa, destilado por el patrón, del mejor
y al precio de un café, de acuerdo, pero no había nada más
desde que la cafetera entregó su alma al Señor y Jules sirvió
los últimos botellines de líquidos incoloros que antes se exponían
sobre la barra. Sin embargo, había que seguir el juego, vacilar un poco,
como antes, para que Jules conservase su dignidad. Había
transcurrido el tiempo. Venga
pues... un aguardiente -dijo Molo. Jules
sonrió y le sirvió un vasito, que llenó hasta el borde. Prueba
esto. Es del año pasado. Molo se
llevó el vaso a la boca apretando los labios. Jules le miraba con los ojos
muy abiertos y atentos. Es
cierto que está bueno, se siente la fruta. Era
pura cortesía, pues el aguardiente tenía tanto sabor como color.
Pero Jules no pedía más. Satisfecho, pasó la bayeta por la
barra con un gesto nervioso. La clientela
era poco numerosa, pero regular. Los habituales conocían su papel y daban
prueba de su comprensión. En alguna ocasión, la gente de paso soñaba
con granizados de limón, batidos de fresa o cervezas frías, mientras
que Jules les ofrecía amablemente el aguardiente de la casa. Pero, de una
forma u otra, siempre conseguía convencerlos. Sólo una vez dio con
unos obstinados. Una pareja en pantalón corto, con enormes pantorrillas
y dos niños, llegó en una inmensa caravana blanca y desembarcó
en el café como Colón en América. Como de costumbre, Jules
se anticipó: «¿Cuatro aguardientes?». Declinaron su invitación
con un extraño acento y pidieron cuatro naranjadas. Hasta entonces, siempre
había sabido ser persuasivo. Por lo general, insistía una primera
vez: «Es de ciruela, lo hago yo». Si los clientes no comprendían,
volvía a insistir: «Es realmente suave, lo destilo yo mismo, es todo
fruta». Cuanto más insistía, más iba cubriendo su rostro
un rictus de contrariedad, y la gente acababa cediendo. Pero éstos eran
especialmente cabezotas. «Cuatro naranjadas». Jules perdió
su sangre fría y les quitó la sed a su manera. Los sedientos acabaron
en el agua gélida del estanque vecino con caravana y todo. Era una tarde
sin clientes, sin testigos. Sin embargo, Ganglion asistió a la escena desde
la tienda, pero, sin duda por deformación profesional, no intervino y nunca
dijo nada. No hubo remolinos ni olas, tan sólo algunos círculos
en el agua. Aún hoy, Ganglion piensa
a menudo en aquella pobre gente y lo lamenta amargamente. Lamenta la precariedad
de su fluida sepultura y sus coronas de sencillos nenúfares. Lamenta las
cañas y el cieno, las carpas y las libélulas. En estos tiempos difíciles,
él hubiese deseado otro destino para ellos, más terrestre, un destino
de mármol y roble. ¿Y
por lo demás, Molo? Nada
nuevo... Al echar una mirada a través
de la vitrina, Molo vio que Ganglion acababa de abrir la tienda. Para evitar el
menor reproche, se apresuró a pagar y salió. Se detuvo en el umbral
de la puerta y observó el cielo azul con cara de preocupación. Como
ayer y los días anteriores, hoy también estaba allí. Ahora
Molo lo temía menos. La semana anterior, Georges le había puesto
en guardia: «Los anticiclones producen cáncer, chaval, lo han dicho».
Al décimo día canicular de aquel mes de mayo, él seguía
en espléndida forma y empezaba a dudarlo. De todas formas, por si acaso,
atravesó la calle a la carrera. Unas
pequeñas cifras ligeramente rojas se imprimieron en el rollo de papel de
la calculadora. A Ganglion le dio un sofocón. Casi no quedaba tinta, pero,
guiñando los ojos, consiguió descifrar el total. Repitió
sus cálculos por tercera vez. Con
los ojos fijos en el gran fluorescente que agonizaba parpadeando/con un incesante
parpadeo, Molo esperaba a que le dijesen qué tenía que hacer. No
había visto a su jefe en toda la mañana, pues éste se había
encerrado en su despacho antes de que él llegase y aún no había
salido. Desde que la empresa iba a la deriva, el ritmo de trabajo era más
llevadero para Molo, que prefería mil veces el aburrimiento a la conversación
de los muertos. Había llegado a la empresa poco antes de su declive, pero
aun así había conocido la época en que los negocios iban
bien y guardaba de ella un recuerdo bastante ingrato. Su gran emotividad, que
le costaba contener, a menudo le había dificultado la tarea. Más
de una vez, en el cementerio, había expresado sus lacrimógenas condolencias
a toda la familia, y había llegado a abrazar a viudas desconocidas, cuyos
ojos velados estaban menos rojos que los suyos. Incluso había llegado,
agotado por las horas extraordinarias, a perder el conocimiento y derrumbarse
sobre la tumba ante toda una asamblea aterrada. Hoy, ni por todo el oro del mundo
querría revivir la época dorada que había conocido. Por despreocupación
o por optimismo, nunca se había inquietado realmente; si la empresa iba
a la quiebra, ya encontraría otra cosa que hacer. Cada día que pasaba
sin que ocurriese nada, volvía a casa más sereno que la víspera
y se dormía feliz, persuadido de desempeñar, ahora, el oficio más
hermoso del mundo, el de esperar durante todo el día que la gente no muriese.
Era casi mediodía cuando Georges
llegó. Aconsejado por Ganglion, había ido al médico para
que le viese un afta y, de paso, preguntar por la salud de los vecinos. Molo lo
recibió con una sonrisa: ¿Cómo
va eso, Georges? Tirando.
¿Ha venido alguien? No,
nadie... De pronto, se vieron interrumpidos
por un gran ruido sordo procedente del despacho del fondo. Ganglion apareció.
La puerta solía atascarse y se había abalanzado contra ella para
abrirla. Se acercó a sus empleados sin ni siquiera pensar en saludarles
y preguntó a Georges: Bueno,
¿qué? No
es nada. Tengo que hacer baños bucales, eso es todo. No
me refiero a eso. ¿Cómo está Chervolin? Estacionario.
Lo
sabía. No saldremos de ésta, seguro, no pasaremos del verano...
Y salió de la tienda para respirar
un poco. Ya
había dicho que no pasaríamos del invierno -dijo Molo con desenvoltura.
Georges se encogió de hombros.
Tan cerca de la jubilación, no tenía por qué preocuparse,
pero si la empresa se declaraba en quiebra después de tantos años
de trabajo, sentiría ver acabar así su carrera. Ganglion entró
y volvió directamente a su despacho. Iba a encerrarse, cuando vio el fluorescente,
que intentaba encenderse desesperadamente. ¡Apaga
eso, Molo, si no quieres que deduzca la factura de la luz de tu paga! Después,
dio un portazo tirando del pomo con todas sus fuerzas. Georges y Molo se miraron.
La puerta volvió a abrirse con el mismo estrépito y Ganglion apareció
de nuevo. Y
la vitrina, ¿tengo que limpiarla yo, o qué? Volvió
a cerrar la puerta. La calculadora obsoleta chisporroteaba de nuevo. Había
vuelto a sumergirse en sus obesas carpetas, que le escupían a la cara todas
las facturas impagadas. Molo ya había limpiado el polvo ayer, anteayer
y todos los días precedentes. Lo hacía cada día desde algún
tiempo atrás. No había otra cosa que hacer. Se levantó sacudiendo
la cabeza y fue a buscar sus utensilios de limpieza. Las
campanas de la iglesia no sonaban ya. Se habían callado un viernes santo,
como era costumbre, pero el día de Pascua habían seguido mudas y
no habían vuelto a sonar más. Cada día con menos paciencia,
el cura esperaba en vano al especialista de Roma que habían prometido enviarle.
En la misa del domingo, a pesar de su
formidable talento de orador y de todos sus esfuerzos para hacer atractivas las
celebraciones, los fieles se aburrían a ojos vistas. Los sones apocalípticos
del viejo organista sordo les despertaban al final y volvían a sus casas,
hastiados de una consagración tan poco espectacular como siempre. El cura
perdía su amor por el sacerdocio. En
el atrio, un perro se mordisqueaba las tetillas. Debía de ser una perra.
Un trozo de teja puntiagudo vino a darle en los riñones. Huyó velozmente
gañendo.
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