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Las venganzas de los espíritus |
| YAN ZHITIU | | 192
(XXXII + 160) págs. | | Edición
y traducción: Gabriel García Noblejas Editor: José
Manuel de Prada Samper | | ISBN 84-89618-82-8
| | 15,60€ | |
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Jin Xuan fue un hombre fortísimo que,
cuando estaba a punto de ser ejecutado por orden del emperador Ming de la casa
de Jin, pidió al verdugo: Muchos
son los músculos que tengo por el cuello. Degüéllame de un
solo tajo, que luego te recompensaré. Pero
el verdugo no puso cuidado en cumplir con tales deseos y le dio varios cortes
antes de separarle por completo la cabeza. No habían
transcurrido más que unos instantes cuando vio el verdugo cómo Jin
Xuan, vistiendo túnica granate y tocado de sombrero carmesí, le
disparaba unas flechas color cinabrio con un arco colorado. Y apenas si tuvo tiempo
el verdugo de gritar: «¡Que me ataca Jin Xuan!», cuando ya caía
muerto. Hubo
en tiempos de la dinastía Song (exactamente en la Era Yongjia) un hombre
de nombre
Zhu Gefu
que se había incorporado a su destino como gobernador en la provincia de
Jiuzhang, dejando en la subprefectura de Yangdu a toda su familia excepto a su
hijo mayor, Yuan Zong, a quien se había llevado consigo. Cuando
a este gobernador le llegó la hora de la muerte, su hijo mayor, que por
aquel entonces aún no contaba diecinueve años, embarcó el
féretro de su padre rumbo a la subprefectura de donde eran, para que allá
le dieran sepultura, y decidió ir también él a reunirse con
el resto de su familia. Navegaba con aquel cortejo
fúnebre un viejo criado de la casa llamado He Fa, que, codicioso de las
riquezas que llevaban, tras haberse confabulado con el resto de los acompañantes,
arrojó al joven Yuan Zong al canal, en el cual murió ahogado, y
se repartió las pertenencias con los otros. La
madre del joven Yuan Zong cuyo
apellido era Cheng
soñó aquella misma noche que el chico volvía a casa, que
le narraba detalladamente el asunto del fallecimiento de su padre y en qué
anormales circunstancias había encontrado él mismo la muerte y cómo
su cadáver bajaba ahora flotando por el agua a la deriva. Y
aunque la amargura por tal injusticia no tenía par, ¿acaso podía
él expresar abiertamente aquella hiel que guardaba en su corazón,
aquella aflicción que contenía bajo la lengua? Muchos habían
sido los años durante los que no había podido ocuparse de su madre
debidamente, y larga la separación de ella aunque
ocurrida en un instante ,
de modo que Yuan Zong no pudo evitar ponerse a lanzar hondos suspiros y llorosos
lamentos en lugar de hablar. A continuación, alcanzó a decir a su
madre que estaba muy fatigado por el apresurado viaje, que quería ir a
acostarse a la cama que había bajo cierta ventana, haciendo almohada del
alféizar, y que así podría ella mirar al día siguiente
en tal lugar y saber por sí misma hasta qué punto era cierto todo
aquello que decía. La madre se levantó
tan espantada como afligida. Lámpara en mano, corrió hasta el lugar
donde debía estar durmiendo el hijo, y sí, algo alumbró allí,
algo con forma humana y completamente empapado. Los llantos y las lamentaciones
de la familia propagaron la noticia por todo el vecindario. Aprovechando
que acababan de nombrar general de la prefectura de Jiao a Xu Shenzhi, y notario
mayor bajo su mando a su familiar Xu Daoli, quien a su vez era sobrino de la madre,
fue a este último a quien relató ella su sueño y a quien
rogó que investigase el caso. Y, yendo el notario mayor camino del
lugar de los hechos, se topó con el junco fúnebre que transportaba
el cadáver del gobernador. Tuvo entonces el notario una buena oportunidad
para inquirir la fecha de la muerte tanto del padre como del hijo y, por estos
medios, de verificar que todo había ocurrido tal cual había dicho
la aparición del sueño. Así que
apresó a los hombres que habían cometido tan violento y malvado
acto. Pidieron estos clemencia y perdón: se los ejecutó según
la ley. El resto de los que formaban el cortejo fúnebre se volvió
a Yangdu. Durante
la dinastía Jin, vivió un hombre llamado Xiao Houxuan (su nombre
de cortesía era «Grande e Inigualable»), cuya vasta fama de
sabio fue causando en el monarca Sima Jing tanta envidia que acabó por
darle muerte. Estaban los familiares del fallecido
Xiao Houxuan llevando a cabo las ofrendas y los ritos funerarios en el larario
de sus antepasados, cuando vieron, de repente, cómo Xiao Houxuan se llegaba
hasta el asiento de su espíritu, cómo se quitaba la cabeza, la dejaba
a un lado, cogía las frutas y las viandas y los vinos ofrendados, y empezaba
a metérselo todo cuello adentro; a continuación de lo cual, se recolocó
la cabeza en su sitio y les dijo: Mi
apelación contra el monarca Sima Jing ha sido oída por el Señor
en lo Alto: el monarca morirá sin heredero. El
caso es que el monarca falleció sin haber tenido hijos varones, de suerte
que la única manera que se concibió para evitar la extinción
de su estirpe imperial fue la de que uno de sus hermanos, el príncipe Wen,
nombrase monarca (del estado de Qi en lugar de del que le correspondía)
a su propio hijo, llamado You, convirtiéndolo con ello en heredero y descendiente
directo del fallecido Sima Jing. Así es como lograron que se entronizase
a You. Pero You murió pocos años después. Lo sucedió
entonces su hijo Sima Jiong. Pero Sima Jiong cayó muy pronto asesinado.
Tiempo más tarde, durante los disturbios que estallaron
en la Era Yongjia, hacia el 309, hubo un chamán que afirmó que el
antiguo emperador Xuan, fundador de la dinastía, con los ojos cargados
de lágrimas, le había dicho en una visión lo siguiente:
Que
nuestra casa se haya extinguido hoy no se debe más que a esto: a que las
apelaciones contra nuestras malas obras que formularon Xia Houxuan y Cao Shuang
fueron oídas, y castigados los crímenes cometidos por mi propia
familia.
En tiempos de la dinastía Han, después
de haber invadido la comandancia de Huiyi, el gran general Sun Ce decidió
conducir sus tropas, que por aquel entonces contaban con la presencia de Yu Ji,
un maestro en artes, ante el emperador de la casa de Han en señal de adhesión.
A medio camino se toparon con una sequía tan atroz que no hallaron manera
de cruzar en janguas los ríos empantanados, de modo que el propio Sun Ce
solía acudir en persona a arengar a sus tropas. Pero como siempre se encontraba
tanto a sus generales como al resto de los oficiales en torno a Yu Ji, el maestro
en artes, acabó por encolerizarse: ¿Pero
es que es él más importante que mis órdenes? les
recriminó en una ocasión duramente. A
continuación, mandó que apresaran a Yu Ji, que lo maniataran y que
lo pusieran a pleno sol; le ordenó que trajera la lluvia, amenazándole
con que, de lo contrario, sería castigado con la muerte. El
hecho es que, en un breve lapso de tiempo, llegaron las nubes y rompió
a llover, hasta que quedaron los cauces llenos a rebosar. Y todos se abalanzaban
hacia Yu Ji para felicitarlo por haberse librado de la muerte, cuando la cólera
que en ese momento se apoderó de Sun Ce lo movió a incumplir su
palabra, y lo mató; atroces fueron sus remordimientos a partir de aquel
día, y a menudo le pareció ver al propio Yu Ji ante sí.
Tiempo después, en una ocasión en que había
salido de caza, ocurrió que un asesino hirió a este gran general;
sin haber llegado a curarse las heridas por completo, tomó un espejo para
mirárselas y en él vio a Yu Ji. Sun Ce se dio la vuelta: nadie;
no tenía a nadie detrás. Como lo mismo le volvió a suceder
otras tres veces, arrojó el espejo contra el suelo dando alaridos de pavor,
las heridas se le abrieron de golpe y al punto cayó muerto. El
señor del principado de Lu, Huan, tenía una esposa cuyo nombre era
Wen Jiang, hermana del conocido Xiang, señor del principado de Qi.
Pues bien, ocurrió en cierta ocasión que,
estando Huan con su esposa de visita en casa de Xiang, tuvo ella comunicación
sexual con su hermano. Su esposo le dio una paliza al descubrirlo, ella se lo
contó a su hermano y éste urdió un plan: invitó a
Huan a un banquete con gran cantidad de vino y luego mandó a Peng Sheng
(hijo del anterior señor del principado que ahora él gobernaba)
que acompañara a Huan de vuelta y que lo golpeara con todas sus fuerzas
cuando estuvieran a solas en el carruaje; y Huan, señor de Lu, arribó
a su principado ya cadáver. Enfurecidos, los
habitantes de dicho principado comunicaron estos hechos al príncipe Xiang,
explicándole que su señor, humilde ante el poder y la majestad del
principado de Qi, no osando declinar su invitación, había acudido
al banquete con la intención de mejorar las relaciones entre los principados;
que, una vez acabados los actos rituales de rigor satisfactoriamente, su señor
no había regresado vivo; que no se había castigado a nadie por tal
crimen, que estaban dispuestos a darlo a conocer a la Junta de Señores,
y que su petición consistía en que se borrara tan afrentosa desgracia
con el castigo de Peng Sheng. En consecuencia, los propios habitantes del principado
de Qi acusaron a Peng Sheng y lo ajusticiaron. Tiempo
después, en una ocasión en que Xiang había salido de montería
por los montes Bei, apareció un gran jabalí. Sus
servidores, señoría, ven a Peng Sheng en ese jabalí le
dijeron los caballeros que lo acompañaban. ¡Pero
cómo se atreve a aparecérseme vivo! No
había hecho más que acabar de hablar cuando estaba ya disparándole
un flechazo. El jabalí se irguió sobre dos patas cual persona y
le gritó de tal modo que el propio Xiang, que se hallaba en su carruaje,
se desplomó al suelo amilanado, hiriéndose en un pie. Lo llevaron
de regreso a su residencia y, no mucho después, moría a manos de
una rebelión instigada por dos de sus consejeros, Lian Cheng y Guan Zhifu.
En sus intentos por arrebatar el trono a la
casa de Liang, el que sería más tarde emperador Wu de la casa de
Chen el
primer y hegemónico monarca
atacó primeramente a Wang Sengbian, gran general en jefe de todos los ejércitos
de la casa de Liang. Vencido este, envió tropas de castigo contra ciertos
nobles. Uno de ellos, Wei Dai, a la sazón gobernador en Yixing y cuarto
hijo del que fuera gran guardián de las Puertas Amarillas de palacio, se
acuarteló en su prefectura y rechazó con tanto éxito los
ataques, y resistió con tal tesón el cerco a que lo sometieron las
tropas del emperador Wu, que no le dejó más remedio que lanzar una
ofensiva con todo el grueso de su ejército. Escuchadme,
general Wei Dai parlamentó
el asediador ,
la familia de Wang Sengbian en pleno y todos los que la apoyaban están
ahora bajo tierra. ¿Qué sentido tiene empeñarse en defender
esta ciudadela huérfana de todo, continuar con esta rebelión que
se os ha ido de las manos? Deponed las armas y no se os requisará ningún
bien de los que encierran estos muros. Vuestras
palabras, señor respondió
Wei Dai ,
encienden en mi pecho el respeto más sincero. Pero pensad que quien os
habla traicionó a vuestro ejército para adherirse a Wang Sengbian,
convirtiendo en enemigos a los que fueran camaradas. Ahora que habéis sofocado
por completo la rebelión en toda la parte oriental del río Azul,
bien cierto parece que a esta pequeña ciudadela no le queda ya esperanza.
Sin embargo, hemos cruzado tantas veces las espadas y hemos abatido a tantos hombres
en batalla que el odio que nos tiene vuestra tropa ha de ser extremo, y si mucho
temo que acabe con mi vida, más temo por la vida de mi madre, que aún
se encuentra en el Salón de esta fortaleza. Lucharé tanto mientras
se mantengan en el Cielo la Luna y las estrellas. Sólo a cambio de vuestra
palabra de honor detendríamos esta guerra que os desgasta. Y
así fue que el emperador Wu mandó que degollasen un caballo blanco
en señal de solemne promesa. Wei Dai abrió las puertas de la ciudad
y el emperador, según lo jurado, se retiró con sus tropas de regreso
a Yang, la capital. Transcurrió el tiempo y,
habiéndose coronado Wu emperador hegemónico de todos los principados,
en cierta ocasión mandó a Wei Dai que se uniese a sus tropas en
campaña. El encono en el pecho del emperador seguía vivo y, amparándose
en la excusa de que Wei Dai había ido rezagando su milicia paulatinamente,
lo castigó con la muerte. No mucho después,
se hallaba el emperador Wu en el Salón del Trono cuando oyó fragor
de batalla y, al punto, vio que Wei Dai entraba y se iba derecho hacia donde él
estaba, y apenas si tuvo tiempo de salir huyendo hacia sus aposentos privados.
El emperador trasladó el trono al Salón del Resplandor, pero en
una ocasión en que en él se encontraba, volvió a oír
fragor de armas y de lucha, y Wei Dai volvió a entrar; el emperador preguntó
rápidamente a sus ministros y guardianes si lo veían, y ellos le
respondieron unánimemente que no veían a nadie. Fue por entonces
cuando el emperador contrajo una enfermedad que lo llevó a la tumba.
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