 |
 |
La
última lágrima | STEFANO BENNI |
224 págs. | Traducción:
Sofía González Calvo | ISBN 84-89618-67-4 |
2340 pts. 14,06 Eur. | |  |
|
|  |
 |
 |
 |
|  |
Todo
está dispuesto en casa de los Minardi. La señora Lea ha limpiado
con alcohol la pantalla del televisor, ha puesto encima la foto de la boda y le
ha quitado la funda al sofá, que ahora resplandece con un torbellino de
girasoles. Ha preparado una bandeja de aperitivos, un panettone fuera de temporada,
el whisky de la pérfida Albión y naranjada para los niños.
Le ha sacado brillo a las hojas del ficus, ha puesto sobre la mesita de cristal
la planta más bonita. Los tres hijos la miran mientras controla que todo
esté en orden, se manosea los rizos de la permanente y taconea sobre el
parqué encerado. Nunca la habían visto en casa sin zapatillas. También
los tres hijos están preparados. Patrizio,
doce años, está en el sofá con su chándal preferido,
rojo fuego, y una gorra de los Destripacastores de Minneapolis. Lucilla,
siete años, tiene un pijama con dibujos de triceratopitos y lleva en brazos
a una Barbie embarazada. Pringosillo,
dos años, se ha quedado atrapado entre su sillita y un mono superacolchado
que sólo le permite mover tres dedos y una cuchara-prótesis. Le
han drogado con jarabe de codeína para que no dé la plasta. Llaman
a la puerta. Es la vecina, Mariella, con su marido Mario; han traído bombones
y un helado que va rápidamente al congelador para que no se derrita. Mario,
de chaqueta y corbata para la ocasión, saluda a los niños y le aprieta
con energía la mano a Patrizio. ¿Qué
pasa, campeón? ¿Estás orgulloso de tu papá? Pues…
dice Patricio.
Qué
peinado más bonito le
dice Mariella a Lea .
Nos hemos puesto guapas hoy, ¿Eh? Claro, no es un día cualquiera. En
cierto sentido… dice
Lea. ¿A
qué hora es la conexión televisiva? En
cinco minutos, más o menos. Entonces
podemos encenderla. Me
pido el mando dice
Lucilla. Lucilla,
no seas mandona. ¡Jo!,
papá siempre me lo deja… En ese
mismo instante también el señor Augusto Minardi está emocionado.
Ha terminado una cena excelente a base de risotto a la trufa, e intenta relajarse
recostado en un catre. Espero
hacer un buen papel piensa.
En
cinco minutos le toca dice
una voz fuera de la habitación. Maldita
sea piensa el
señor Minardi ,
se me ha olvidado lavarme los dientes. Quién sabe si en la televisión
se nota. No
he invitado a la portera dice
la señora Lea, masticando un bombón ,
pero no por una cuestión de clase social, para nada; es porque es una cotilla,
y a lo mejor luego se dedica a contar por ahí todo lo que pase esta tarde.
Hay momentos en los que una sólo se puede fiar de los amigos más
íntimos. Mariella le coge la mano
afectuosamente. Has
hecho bien le
dice , además
a Augusto tampoco le cae bien. ¿Tú
te habrías imaginado, ¿eh?, campeón, que algún día
ibas a ver a tu padre por la tele? dice
Mario, sentándose en el sofá junto a Patrizio. La
verdad es que no… Pero
papá ya salió una vez dice
Lucilla , estaba
en una manifestación, pero sólo se le vio un momento, y además
llovía y el paraguas lo tapaba casi todo. Sí,
sí, me acuerdo dice
Mario . Yo también
estaba en la manifestación. ¿Tú
has salido alguna vez por la tele? pregunta
Patrizio. Yo
no, pero mi hermano sí. Le grabaron con la cámara de seguridad,
en una pelea en el estadio, se le vio más de dos minutos con la bandera
en la mano, lástima que le cayó una buena, el muy gilipollas… El
hilipoha se ríe
Pringosillo dando golpecitos con la cuchara. ¡Mario,
por favor, cuida tu lenguaje! Sobre todo hoy dice
severamente su mujer. El señor
Augusto recorre el largo pasillo, hacia la sala con la luz roja. Justo al fondo,
ve una cámara que lo está enfocando. ¿Ya
estamos en antena? pregunta.
No
dice su acompañante .
Son tomas que quizá monten después. Anda.
Como en los vestuarios antes del partido. Más
o menos sonríe
el otro . Venga,
ahora ya estamos en directo. La aparición
de Augusto en la pantalla ha provocado un gran aplauso y también alguna
lagrimita en casa de los Minardi. Patrizio
no es capaz de quedarse quieto y está saltando en el sofá. Lucilla
mordisquea la Barbie. La señora Lea tiene los ojos húmedos. Mira
qué tranquilo está dice
Mariella , como
si no hubiera hecho otra cosa en su vida. Incluso parece guapo. Sí.
Se ha peinado hacia atrás, como le dije. Seguro
que recibe un montón de cartas de admiradoras dice
Mario. Su mujer le mira con desaprobación. Mira,
se sienta. Qué bonito primer plano. ¡Augusto,
tío! dice
Mario un poco enternecido .
¿Quién lo hubiera pensado? ¡Oh,
no! dice Mariella ,
los anuncios justo ahora. ¿Estoy
en onda? pregunta
Augusto. En
este momento no dice
el técnico ,
ahora hay treinta segundos de publicidad. Después hablará el locutor
para presentarnos, después necesitamos tres minutos para prepararlo todo,
y luego empezamos. ¿Nervioso? Bueno,
claro. ¿Usted no? No
mucho. Es mi trabajo sonríe
el técnico. Se ha acabado la publicidad.
Aparece en pantalla el rostro compungido del presentador. Queridos
telespectadores, estamos transmitiendo en directo desde la cárcel de San
Vittore el primer procedimiento jurídico terminal de nuestro país.
Es una ocasión quizá triste para algunos, pero de mucha importancia
para nuestro crecimiento democrático. En este momento, están viendo
al condenado, Augusto Minardi, sentado en lo que puede definirse como la antesala
de la cámara terminal. Aquí le administrarán una inyección
sedante, antes de proceder. Dios
mío dice
Lea. ¿Qué
pasa? Augusto
le tiene pánico a los pinchazos. ¿De
verdad es necesario? le
pregunta Augusto al médico. Es
mejor. Le aturdirá un poco, así no se dará cuenta de nada…
Prefiero
que no. ¿Puedo negarme? No
puedo obligarle dice
el médico encogiéndose de hombros .
Pero tenga en cuenta que si dentro se pone a chillar y pierde el control, quien
hace el ridículo es usted… No
insiste Augusto ,
la inyección no. Y
ya debería estar disponible el reportaje preparado por nuestro Capacci,
sobre las etapas que han conducido a este fatídico día dice
el locutor. «Augusto Minardi, 50
años, obrero textil en paro desde hace tres años, sin antecedentes;
irrumpe la mañana del tres de julio del año pasado en un supermercado
de las afueras de M. armado con una pistola. Quiere llevarse la caja. Pero la
cajera acciona la señal de alarma. Irrumpe el guardia de seguridad. Hay
un breve tiroteo al final del cual quedan tres personas en el suelo: el guardia
jurado Fabio Trivella, 43 años, la cajera Elena Petusio, 47 años,
y el jubilado Roberto Aldini de 76 años. No
vale dice Lea ,
ése se murió de infarto. Sí
dice Patrizio ,
pero también está el mensajero… «El
agente y la cajera fallecieron por las heridas sufridas, el jubilado de un infarto.
Minardi intenta huir, pero le cierra el paso el mensajero Nevio Neghelli, de veintitrés
años, que quedó herido sin gravedad». Ahora
sí que estamos dice
Patrizio. «Minardi fue capturado
poco después en una sala de videojuegos. El juicio sumarísimo se
celebró dos meses después, y Minardi es condenado a cadena perpetua.
Pero como consecuencia del nuevo decreto ley del 16 de octubre, la pena fue conmutada
por un cumplimiento definitivo mediante silla eléctrica». Esta
ha sido la exposición del delito explica
el locutor , y
ahora les presento a los invitados que animarán nuestro debate durante
y después del procedimiento. Contamos, en primer lugar, con el padre Cebolla,
jesuita y sociólogo. Buenas
tardes. El
tertuliano televisivo Sempronio Bosquejo. Buenas
tardes. ¡Eh!
salta Patrizio ,
pero si es Bosquejo, en persona. No
me gusta nada, es tan vulgar dice
Lea. Pero
es uno de los más populares comenta
Mario. Después
tenemos al senador Carrete, de la oposición, que ha presentado numerosas
enmiendas a este decreto ley, y a su lado al escritor y director de cine de terror
P. Loos Depunta y a la actriz Maria Viudal… Buenas
tardes, buenas tardes, buenas tardes… Y
para terminar, el ministro que ha firmado el decreto ley, el honorable Sanguín.
Buenas
tardes. Qué
cara de capullo comenta
Mario. Mamá,
¿por qué no sacan ya a Papá? Lucilla,
calladita y deja de comerte todos esos bombones. Hara
he hapullo dice
Pringosillo. ¿Está
demasiado apretada? pregunta
el técnico. No,
no, está muy bien responde
Augusto. Si
quiere un consejo, cuando sea la descarga, ponga la cabeza hacia abajo. Así
no se le verán las contracciones del rostro. ¿Las
qué? Las
contracciones. Pero
a mí me gustaría que en casa me vieran bien… Yo
dice el senador
quisiera decir en primer lugar que estoy absolutamente en contra de este uso del
directo. Entonces,
¿Qué hace aquí, hipócrita fariseo? chilla
Bosquejo . Para
variar, usted y esos cerdos parásitos de su partido se apuntan a cualquier
acontecimiento, pero sin pagar coste alguno. Cálmese
y respete la gravedad del momento, zángano. Zángano
lo será usted, pedazo de mierda… Por
favor, por favor interviene
el padre Cebolla. Quisiera
reconducirles a la solemnidad del evento dice
el presentador ,
y con tal intención quisiera hacer una pregunta al director Depunta. Bosquejo
y Carrete, por favor, un poco de silencio. Usted, Depunta, ¿Habría podido
imaginar un guión como este? Quiero decir, si por ejemplo, tuviese que
elegir un actor para el papel de Minardi, en quién pensaría? Pues
no sé…quizá, ya que es un tipo tan temperamental…no estaría
mal Depardieu. ¿Lo
has oído? dice
Mariella, excitada .
¡Lo ha comparado con Depardieu! ¿No estás contenta? Bueno,
sí, es guapo… pero la verdad es que no se parecen… dice
Lea, tímida. Suena el teléfono.
Mamá
dice Lucilla ,
es un periodista que pregunta qué estamos sintiendo en estos momentos…
¡Calla!
Están enfocando a papá dice
Lea sin escucharla. ¿Y
para el papel femenino? sigue
el presentador .
Usted, señorita Viudal, haría el papel de la esposa? Pues
es un buen papel, muy dramático…pero claro, haría falta envejecerme
mucho con el maquillaje. «Mucho»
porque tú lo digas, zorra dice
Mariella. Déjalo,
no pasa nada dice
Lea conciliadora. ¿Y
de mí no hablan? dice
Patrizio . Mi
papel lo podría hacer Johnny Deep. Sí,
y el mío Gary Cooper se
ríe Mario. Úper
dice Pringosillo.
En
este momento, estamos delante de la televisión y comemos bombones y después
también hay helado está
diciendo Lucilla por teléfono .
¿Qué sabores? No sé. ¿Quiere que vaya a la nevera a ver? Y
hemos llegado al momento que todos ustedes esperan dice
el presentador .
Miren la silla, el mismo modelo que se usa en las penitenciarías americanas.
Ahora enfocamos al técnico, el señor Grossmann, que ha realizado
ya doce ejecuciones capitales en Texas y Alabama. Pero
si usted habla perfectamente italiano dice
Augusto asombrado. Mi
madre es italiana responde
Grossmann. Vean
que está hablando con el condenado. Por cierto, habla estupendamente italiano
porque su madre es de Matera. No sé si en este momento es posible hacerlo
venir al micrófono, creo que no, porque lo veo muy ocupado. Ahora pasamos
al último corte publicitario y después se llevará a cabo
el procedimiento terminal. ¡Llámenla
por su nombre: ejecución! dice
Carrete. ¿Y
a él lo llamamos asesino, sí o no? grita
Bosquejo . ¿Quiere
dejar ya esas lágrimas de cocodrilo, holgazán oportunista? Miserable
sanguinario… ¡Moralista
de opereta! Publicidad.
Lo
ha llamado asesino llora
Lea. Bueno,
sabes, se calientan con el directo la
consuela Mariella. Hombre,
disparar, disparó, la verdad dice
Patrizio , y también
ganó. ¿Ganó
en qué sentido? dice
Mario. Pues
en sentido western… Me
parece que limón, chocolate y vainilla. Y luego algo que no sé si
es yogur o nata dice
Lucilla por teléfono. Ya
estamos. dice
el técnico .
Mire que ahora le vamos a grabar en primer plano. Mantenga la cabeza un poco inclinada
y respire lentamente. Ya verá, no sentirá nada. Como un pequeño
pinchazo. ¡Oh,
Dios, no! palidece
Augusto. No,
no; será como volar desde un sexto piso. Eso
está mejor dice
Augusto , estoy
preparado. Este
es un momento importante de la democracia televisiva dice
el presentador .
Hubiéramos querido informarles de los datos de audiencia después
del procedimiento, pero son tan espectaculares que los comunicamos ahora. En este
momento, dieciséis millones de personas están viendo esta transmisión.
Madre
mía dice
Mario , como el
Italia-Alemania. Mira
qué tranquilo está dice
Mariella , parece
que esté en el cine. No,
no, yo sé cómo es, parece tranquilo, pero la procesión va
por dentro. Yo
tengo cinco años, y papá siempre ha sido bueno conmigo…¿Cómo
dice? Bueno, una o dos veces…con el cinturón, en el culo, pero flojito…
dice Lucilla
por teléfono. Ya
estamos en el momento tan esperado. Bosquejo y Carrete, silencio, ¡por favor,
que alguien los separe! Vean el rostro
del condenado. Un rostro mediterráneo. La cara de uno como nosotros. Se
ha afeitado. Ha cenado por última vez: risotto a la trufa y vino blanco.
Y ahora está aquí, frente a su conciencia, y frente a las nuestras
también. El técnico está comenzando la cuenta atrás.
Pueden ver los segundos correr en la parte superior de sus pantallas. Menos quince
segundos. Les recordamos que, quien lo desee, está aún a tiempo
de apagar el televisor. Es su propia decisión asistir o no: esto es la
democracia. Ocho segundos…Observen bien las luces sobre la silla. Cuando se enciendan
las tres querrá decir que la descarga se ha producido. Menos tres segundos…dos…uno…
Señor
Grossmann, ahora que nos estamos relajando y que todo ha salido bien, cómo
definiría esta ejecución? Bueno,
yo diría…que normal…el condenado se ha mantenido con una cierta tranquilidad…
Bravo,
papá grita
Patrizio. Bavo
dice Pringosillo
sacudiendo la cuchara. Augusto,
tío dice
conmovido Mario, tragándose un sorbo de whisky .
¿Quién lo iba a decir? …qué fuerza…me acuerdo de una vez, pescando,
se le clavó el anzuelo en un brazo… Mario,
por favor dice
Mariella, que sostiene la cabeza de Lea entre sus brazos. Mi
hermano está saltando en el sofá, el señor Mario está
bebiendo whisky, mamá llora con la cabeza en las rodillas de la señora
Mariella. ¿Mucho? Sí, me parece que llora mucho. ¿Yo? ¿Yo estoy al teléfono
con usted, no? Sí, me llamo Lucilla, pero tenga cuidado de escribirlo con
dos eles, no Lucía, que en el colegio se equivocan siempre…
|