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Globalización y gobernanzas. ¿Una amenaza para la democracia?

JOSÉ MANUEL LECHADO

128 (XX + 108) págs.

Volumen doble. Número total de páginas: 416

ISBN 84-89618-10-2

15,00 €

Globalización y gobernanzas. ¿Una amenaza para la democracia? (00007)

 

Introducción

 

    Al tratar sobre la globalización es frecuente adoptar posturas extremas a favor o en contra. Este fenómeno se debe en gran medida a que es asunto muy comentado, pero en realidad poco conocido, que se afronta de manera intuitiva y conlleva un alineamiento emotivo, casi visceral, en torno a una de dos posiciones bien definidas y argumentadas: a favor (la globalización, con la supresión de barreras fronterizas y comerciales, supondrá una mejora indudable para la humanidad, con desaparición de guerras, reparto de la riqueza y mayor desarrollo tecnológico); o en contra (la globalización sólo beneficia a los países más ricos y a las grandes empresas; los efectos positivos de su aplicación no se dejarán ver en el tercer mundo, que será cada vez más extenso y pobre).
    Como suele ocurrir, estos puntos de vista son subjetivos. Más en un tema difuso como este, que parece afectar nada menos que a la totalidad del quehacer humano. Probablemente existe un punto medio que se podría establecer sopesando los pros y los contras de la globalización y que resultaría apropiado, si no para todos, sí para la mayoría. Sin embargo, la trayectoria histórica de la humanidad no ha sido precisamente un camino de rosas, y es lógico que surjan dudas ante un proceso novedoso y de tal envergadura. Las luchas localistas, el enfrentamiento entre comunidades, los grandes proyectos acogidos con entusiasmo luego frustrado, han hecho de la historia un reguero de batallas en las que todos los grandes cambios y grandes saltos (hacia delante y hacia atrás) suelen estar relacionados con un conflicto bélico, con el choque más o menos declarado entre pueblos o naciones. En este sentido, la globalización puede tal vez suponer importantes efectos positivos: la supresión de fronteras nacionales debería conllevar una disminución en la cantidad y calidad de las guerras (de hecho, así ha sido en la belicosa Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial); la desaparición de trabas aduaneras, aranceles y otros impedimentos comerciales debería fomentar el desarrollo económico, el empleo y un mejor reparto de la riqueza; y la libre transmisión de ideas tendría que ser acicate para un despegue cultural y científico sin precedentes, además de tender un puente entre culturas que, a medio plazo, sirviera para diluir por mero contacto las reticencias nacionalistas, racistas, etcétera. Sí, parece haber motivos para el optimismo.
    Sin embargo, resulta muy fácil argumentar en contra de este idílico panorama: las fronteras siguen siendo hoy tan fuertes como en el pasado. Ciertos experimentos transnacionales, como la Unión Europea, sólo sirven para construir Superestados o, más bien, asociaciones de Estados que actúan como nuevos imperios unidos por el interés común de sus miembros, pero que dejan fuera de sus beneficios a los que no pertenecen al club. Aplicando esta lógica se puede considerar que la globalización no supone (de hecho, por ahora no lo está suponiendo) una internacionalización: quizá se llegue a un punto en el que haya menos países, pero los que queden (que no serán países en el sentido actual del término, sino una especie de federaciones, más grandes en extensión y población) serán más cerrados e impermeables, celosos de sus éxitos. Además hay que tener en cuenta que una parte de la globalización se lleva a cabo por medio de alianzas militares. El extinto Pacto de Varsovia y la cada vez más indefinida OTAN son buenos ejemplos de ello, y resulta evidente que estas poderosísimas alianzas, en las que se junta de una sola vez más armamento y capacidad destructiva que entre todos los ejércitos de la historia, no son precisamente augures de un mundo futuro sin guerras. Pese al relajamiento de la guerra fría, la amenaza de aniquilación mundial sigue hoy no sólo vigente, sino más presente que nunca, ya que cada vez más países poseen armas de destrucción masiva. La política agresiva del gabinete de George W. Bush frente a países desarmados, pero vacilante ante presuntas potencias nucleares, parece sancionar una nefasta concepción futura de las relaciones internacionales como un patio de colegio: «Si poseo armas potentes, nadie se meterá conmigo».
    Otro tanto podría decirse del libre comercio. En primer lugar su aplicación práctica es más que dudosa: las grandes uniones aduaneras, como la Unión Europea (UE), el Tratado de Libre Comercio (TLC) o el Mercosur ponen mayor énfasis en las limitaciones a la producción y comercialización de artículos que en una verdadera liberalización del mercado, y en caso de crisis no se duda ni un instante en aplicar medidas proteccionistas y arancelarias. Por otra parte, las grandes economías mundiales tienden a establecer una forma muy peculiar de globalización económica que toma el aspecto, nada liberalizador, del clásico monopolio. Las macrofusiones de bancos, empresas multinacionales y sectores de producción son un ejemplo de este fenómeno que podemos observar cada día en las noticias. En algunos casos, como ocurre en el mundo de la informática, ni siquiera hacen falta fusiones, pues ciertas empresas consiguen posiciones de ventaja y se yerguen como dominantes, sin apenas competencia en los mercados.
    El resultado de la globalización económica, punto en el que ponen mayor entusiasmo los detractores del moderno proceso globalizador, es que la liberalización mercantil es falsa: sólo beneficia a los que ya poseen los capitales y medios de producción, distribución y comercialización, y deja fuera del reparto del pastel a los demás (de hecho, la mayor parte de la humanidad). Del mismo modo, el papel de la Organización Mundial del Comercio como marco de regulación de los intercambios mercantiles a nivel planetario está puesto en entredicho por su tendencia a favorecer un flujo desigual entre las potencias industriales del Norte y los países subdesarrollados del Sur. La globalización económica aplicada de este modo no supone, por lo tanto, ninguna mejora en la situación mundial, incluso agrava las diferencias entre ricos y pobres.
    Y por último, el libre intercambio de ideas también es discutible. Primero porque, y esto es un hecho, las grandes corrientes globalizadoras oficiales apenas realizan esfuerzos en este terreno. Las alianzas militares y las federaciones comerciales se ocupan de sus asuntos y apenas toman en consideración aspectos culturales, sociales o de otro tipo. La globalización social, de alcance reducido, está siendo obra de unos agentes distintos a los anteriormente descritos, pertenecientes al ámbito privado, y que se analizarán más adelante (ONG, fundaciones, ciertos partidos políticos y sindicatos y, en general, instituciones no públicas). Pero es que además existen otros peligros: si la globalización en este campo sigue el mismo camino que la económica y militar, el resultado sería el predominio de las formas culturales, sociales y, en definitiva, políticas de los que ya controlan las armadas y las finanzas. A través de la televisión, el cine y otros medios de comunicación copados por los países ricos está imponiéndose una concepción del mundo unilateral, particular, que desprecia o simplemente anula otros puntos de vista. Esta tendencia se hace evidente en el carácter de lucha intercultural («occidente cristiano, moderno y civilizado» contra «oriente islámico, atrasado y bárbaro») que ha tomado la respuesta bélica a los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington. Esta concepción casi de cruzada no es sólo una sensación intuitiva de la opinión pública: forma parte del discurso de los líderes (de los dos bandos) y favorece más la división que la unión intercultural.
    En suma, según los detractores de la globalización, el proceso de mundialización sociocultural tendría como resultado la imposición del modelo occidental y la consiguiente desaparición de otras expresiones culturales, de otras formas de sociedad, en un proceso de aculturación propio de lo que, en definitiva, es considerado por muchos como una nueva forma de imperialismo.
    Las diferencias entre las dos corrientes a favor y en contra de la globalización son importantes y de difícil conciliación, pero en realidad hay menos divergencia de la que parece, pues sin duda existe un punto de encuentro: la globalización, en cuanto superadora de diferencias, es positiva, y casi nadie, en principio, lo duda. Ahora bien, habría que diseñar un modelo equilibrado que tuviera como metas no sólo el intercambio comercial y financiero, sino la paz, la colaboración internacional, el reparto de la riqueza y la defensa compartida de lo mejor de cada cultura.
    Encontrar este diseño ideal, empero, no es el objetivo de este estudio, sino analizar un fenómeno asociado a la globalización y que, en general, no suele tenerse demasiado en cuenta: la proliferación de gobernanzas, su efecto sobre la sociedad mundial y sus posibles peligros, entre los que cabría destacar una eventual conculcación del sistema democrático (o si no conculcación, al menos sí conlleva el riesgo de convertir la democracia en una entidad formal, sin verdadero sentido político). Las gobernanzas y sus consecuencias sobre el sistema democrático será pues el tema a desarrollar en las próximas páginas.

 

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