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«Y, porque [el cristiano] desespere, dice el demonio
de esta manera: "¡Oh malaventurado de ti!, mira aquí con tus
ojos cuántos pecados grandes y enormes que has hecho contra Dios. Y son
tantos y tan abominables que no te cumple ya tener esperanza de alcanzar perdón
de ellos; y bien puedes decir, como dijo Caín, que mayor es tu culpa que
la misericordia de Dios"» (Anónimo del siglo XV). La conciencia
individual del doloroso trance de la muerte, o, como dijera Garcilaso de la Vega,
del acceso a «los reinos del espanto», originó, en la Europa
de finales de la Edad Media, el nacimiento del género de las llamadas ars
moriendi, tratados que prescribían cómo debía prepararse
el buen cristiano para morir. Una muerte perfecta, atenida a estas artes
de bien morir, sería, por poner un ejemplo ilustre, la de don Quijote,
que cuando se encuentra por fin en su casa, enfermo y viejo, tras haber recibido
la visita del médico, recupera la cordura y, ya en su juicio, llama al
sacerdote y al escribano, hace testamento, confiesa sus pecados, recibe la comunión
y la extremaunción, y, rodeado de sus familiares y amigos, en su cama,
da el alma a quien se la dio. Una muerte parecida, seguramente, a la que deseaba
el gitano contrabandista del bellísimo Romance sonámbulo de Federico
García Lorca, cuando solicitaba a su compadre «cambiar / mi caballo
por su casa, / mi montura por su espejo, / mi cuchillo por su manta»; esto
es, cuando le pedía muy a las claras: «compadre, quiero morir / decentemente
en mi cama». Los ejemplos más representativos de este género
-que prolifera a lo largo de los siglos XVI y XVII-, en su versión íntegra,
junto con una selección de fragmentos en el caso de las obras más
prolijas y con algunos textos afines que ayudarán a una lectura contextualizada,
conforman la presente antología. «Corremos, y llevamos la
muerte revuelta entre los pies, y aun en todo el cuerpo» (Erasmo de Rotterdam).
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