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Paradojas de la no-globalización. Derechos sin fronteras y otros desafíos de la humanidad

LUIS PERAL

192 págs.

Volumen doble. Número total de páginas: 416

ISBN 84-89618-10-2

15,00 €

Paradojas de la no-globalización. Derechos sin fronteras y otros desafíos de la humanidad (00008)

 

 

Confusión personal y tesis


Obertura


    El mundo es una aldea global desde que el mundo es mundo. La glaciación por ejemplo debería contemplarse desde una perspectiva actual y por tanto retrospectiva como una catástrofe natural de consecuencias no ya trasfronterizas puesto que entonces no había fronteras, sino de consecuencias mundiales en general. Dos paradojas se suscitan ya desde el comienzo, sin haber siquiera comenzado a desarrollar un hilo argumental. La primera paradoja versa sobre las catástrofes naturales. Hoy afirman los estudios especializados que teniendo en cuenta su impacto no hay tal diferencia entre catástrofes naturales, como la glaciación o los terremotos, y catástrofes causadas por el hombre, como las guerras. Tal vez a través de esta primera paradoja se aprecie la importancia de la idea de progreso. Si un terremoto en Japón convierte a los edificios inteligentes en cimbreantes juncos y el mismo terremoto devasta el hogar unifamiliar de cientos de miles de personas en Centroamérica, será que el hombre es la causa de todas las catástrofes. En el segundo caso, por no haber prevenido el impacto que la naturaleza enfurecida puede tener en la supervivencia de la población más vulnerable.
    Esta primera paradoja enseña que la especie humana ha de tomar conciencia de la responsabilidad que pesa sobre la especie humana, y cada individuo de su propia responsabilidad. La catástrofe desde esta perspectiva no es tanto la catástrofe en sí cuanto la falta de mitigación de su impacto. Pero el disaster preparedness tiene el principal problema de ser muy caro, y ello apunta a la acumulación de la riqueza como verdadera causa de las catástrofes. Ahora bien, esa acumulación está en el origen remoto de la globalización, y es a la postre causa de la irreversibilidad de la globalización, de su virulencia. De modo que si no cambian mucho las cosas algunas catástrofes no van a tener nunca remedio.
    La segunda paradoja se refiere a las fronteras. Se supone que la globalización está derribando o derribará en el futuro todas las fronteras. Cuánto esfuerzo para levantarlas y tener que desmantelarlas ahora para volver a la prehistoria, aquel tiempo sin fronteras ni relojes en que todo el monte era orégano para el antepasado común. Algunas cosas eran entonces mucho más sencillas. La disaster preparedness contra el frío básicamente consistía en tener a mano la piel de un bisonte. Tal vez los bisontes sean de los pocos animales prehistóricos que no se han extinguido, pero retrospectivamente se observa que ninguna de las especies hoy extinguidas fue nunca declarada especie protegida por los homínidos, que eran por cierto animales no del todo humanos y bastante tenían con protegerse ellos mismos. Otras cosas no han cambiado tanto. Y se observa por ejemplo que seguimos siendo crueles con los animales que no sean de compañía, aunque tampoco hayamos dejado de ser crueles con los animales de compañía.
    La naturaleza hubiera desconocido en todo caso las leyes humanas o protohumanas para la preservación de especies animales, y más aún aquellas leyes que una vez que la cosa no tenía remedio hubiesen pretendido ser retroactivas. Hoy en cambio la ingeniería genética, que es puntal del progreso, aspira a remediar retroactivamente la extinción de las especies, y mediante la clonación acabaremos remediando nuestra propia extinción individual. Pero ahora el problema es haber perdido el hilo argumental antes de haber comenzado a desarrollarlo, como si no fuera posible escapar de la primera paradoja. Con el universo pasa lo mismo que con la globalización: que no se puede salir. Alguien afirmó lógicamente que del universo no se puede salir aunque te vayas muy lejos, puesto que quien consigue salir lo que pasa es que sin darse cuenta está creando más universo. A mí me pasa exactamente lo mismo con la primera paradoja. En cuanto a la no-globalización vaya por delante que mediante esta expresión no se pretende negar la globalización, como se verá, sino que se trata de escapar al menos metodológicamente de la doctrina neoliberal sin crear de paso más doctrina neoliberal. No basta con estar convencidos de la necesidad de emprender la huida. Si cada cual ha de tomar conciencia de su propia responsabilidad, hay que evitar por todos los medios crear más neoliberalismo mientras crees que te alejas de un neoliberalismo que te convierte sin que te des cuenta en su agente secreto.
    La segunda paradoja se refiere, decíamos, a las fronteras que están siendo o serán sin remedio abatidas por la globalización. Los Homo erectus y Homo habilis realizaron sorprendentes migraciones siempre hacia el norte desde su África natal, y retrospectivamente sorprende que no encontrasen un solo puesto fronterizo ni tuviesen que pagar aduanas. Claro que ni ellos se enteraban muy bien todavía, porque no había nacido el Homo sapiens, ni cuando llegaron había nadie en aquella terra nullius. Los primeros homínidos tardaron mucho tiempo en decidirse a emprender un viaje sin retorno hacia el progreso. Cuando llegaron a Eurasia, hace tal vez dos millones de años, habían trascurrido si no me fallan las cuentas unos cinco millones de años desde que el antepasado común había comenzado a dejar de ser un primate. Y andando el tiempo los seres cada vez más humanos llegaron a Norteamérica, imponiéndose finalmente sobre los primeros migrantes indios los hombres blancos llegados desde Europa en oleadas mucho más recientes. Se trataba de hombres y mujeres de muy baja extracción social y de la peor ralea, que una vez convertidos en colonos fundadores del actual imperio económico, geopolítico y militar nos dieron algunas lecciones imperecederas de libertad. Los ideales norteamericanos del siglo xviii son antecedente inmediato de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, que es primera piedra del edificio de derechos humanos de la ONU y del derecho internacional contemporáneo. Pero la vida da muchas vueltas. Ahora los descendientes de aquellos colonos necesitan con urgencia un curso intensivo sobre respeto a los derechos humanos por encima de los intereses nacionales, y sobre la prohibición de la amenaza o uso de la fuerza armada, incluida la prohibición de la legítima defensa preventiva.
    La aclimatación al nuevo hemisferio fue sin duda satisfactoria, sobre todo para algunos migrantes primitivos, y tanto es así que, dejando a salvo conquistadores, esclavistas y antropólogos, casi nadie ha querido volver a su remoto lugar de origen. Con el éxodo urbano pasa lo mismo: la gente no quiere volver al pueblo que les vio nacer aunque prediquemos todos las virtudes de la vida ecológica. A partir de esa aclimatación, el hombre blanco migrante se dedicó más bien a colocarse en un lugar superior desde donde sea posible hacer la vida imposible al antepasado africano. En una primera etapa de restablecimiento de relaciones, que podemos denominar versión temprana de la migración forzosa, el africano emigrado se trajo al autóctono como esclavo en contra de su voluntad, y ahora que el autóctono quiere por voluntad propia ejercer la migración en su forma primigenia de derecho, pues cerramos las fronteras por miedo y con la arrogancia de quien defiende lo que es suyo. El Norte está al Norte o por encima del Sur lo veas como lo veas, y si le das la vuelta al mapa todo el mundo sabe que le has dado la vuelta. No puedes leer los nombres de las ciudades y los ríos con la misma facilidad que si el mapa está como debe estar. En cuanto a la explotación del Caribe y el Centro y el Sur de América, incluido el tráfico de esclavos procedentes de África hacia zonas en que los indígenas habían sido exterminados de modo directo o indirecto, la falta de serenidad aconseja no oscurecer aún más los quinientos años de leyenda negra. Al fin y al cabo España fue el primer imperio global o mundial durante un par de siglos, con posesiones también en Asia, y si no vamos a estar ahora a la altura de nuestras responsabilidades históricas, mejor que las cosas se queden como están.
    Han pasado muchos, muchos años desde la época de las primeras migraciones, pero no deja de ser una doble paradoja de la evolución humana haber inventado primero fronteras donde no existían para tener que desmantelarlas después como consecuencia de una globalización galopante, y en realidad no haber desmantelado las fronteras ni tener intención los países ricos sino de hacerlas impenetrables según para quien. Del dicho al hecho hay un abismo debido a que el lenguaje es cada vez más engañoso. Puede que se trate de dos paradojas, o de una paradoja encabalgada que en realidad sea una versión nueva de la primera paradoja. La no-globalización genera en cualquier caso una gran confusión, y a veces genera angustia y claustrofobia, porque no te puedes escapar de una especie de paradoja circular que con el tiempo se hace insoportable. Algunos conceptos bien establecidos se han vuelto incomprensibles y han dejado de ser unívocos para mejor servir a una sola finalidad. Las fronteras por ejemplo ya no son esa línea de separación de territorios estatales ni se delimitan mediante la técnica del amojonamiento, sino que han pasado a ser no una sino varias fronteras generalmente virtuales y siempre difusas además de muy selectivas. El capital ha logrado así, paradójicamente, realizar la utopía humanista de campear a sus anchas por un mundo sin fronteras, igual que en la prehistoria campeaban los homínidos.


Tesis inicial y propósitos generales

    La exposición de una tesis general arrojará tal vez un pequeño rayo de luz entre tanta confusión. En lo que no ofrezca ventajas a la expansión mundial de la economía de mercado para lograr en realidad la concentración financiera, la llamada globalización es todavía sólo un lenguaje y algún gesto destinado a lograr la mayor conformidad de todos con las ventajas conferidas a la puesta en práctica de esa aparente contradicción entre expansión y concentración. Una vez expuesta esta tesis general como punto de partida, llámese por tanto no-globalización a todo aquello que nace en beneficio de la humanidad es decir, a lo que en general no nace y con vocación de desbordar fronteras nacionales para establecer vínculos trasfronterizos, siempre y cuando no se trate de las consabidas expansión y acumulación económico-financieras, que de algunas intenciones conviene no fiarse. El concepto es ciertamente ambiguo, puesto que designar lo que no existe pese a las apariencias en este caso revela la aspiración humana a una globalización inversa. Y sin embargo el propósito de no caer en la utopía es firme. La no-globalización por lo demás ha de incluir, para no quedarse en nada, aquellos gestos y medidas de acompañamiento destinados a enmascarar, paliar o justificar consecuencias de la globalización vigente que puedan considerarse perjudiciales para la humanidad en su conjunto. El perjuicio se mediría aplicando a la contra el viejo argumento utilitarista de que lo bueno es lo útil, un argumento basado en la obtención del mayor placer y la mayor felicidad para todos en la medida de lo posible.
    Para no caer en la utopía, y teniendo en cuenta las limitaciones de espacio y las limitaciones ideológicas así como las limitaciones de la intuición, aquí se aborda principalmente la no-globalización tal y como se presenta en el ámbito de la realidad internacional. No hay al respecto, contra lo que más o menos ingenuamente suele decirse, muchas novedades, aunque novedoso tal vez sea poner de manifiesto esa ingenuidad respecto de algunas novedades aparentes. Mientras no estalle la revolución de los excluidos, la no-globalización seguirá siendo apenas una dimensión muy atrofiada de la globalización, pero necesaria como apuntalamiento, y la globalización queda por tanto casi reducida en la práctica a una única dimensión económica omnipresente, llamada «globalismo» por Ulrich Beck. Desde luego que sobre esta dimensión económica de la globalización cabe opinar, cómo no, y se seguirá opinando siempre, pero no es menos cierto que ya está casi todo dicho. El análisis teórico del globalismo entendido como expansión de una economía de mercado que devora lo que encuentra a su paso puede a mi entender y en buena medida considerarse consumado y resuelto. Alea jacta est.
    La no-globalización está sin embargo mucho menos estudiada, pese a la amplitud del concepto. A grandes rasgos, la no-globalización abarca el lenguaje utilizado para legitimar la globalización y otras medidas paliativas y de acompañamiento en las dimensiones cultural y social, jurídica y de los derechos humanos, y orgánica o institucional, que en particular comprende las instituciones y los órganos creados para defender los derechos humanos por encima de las fronteras y de ciertas rémoras culturales. Pero cualquier propósito de analizar una realidad inabarcable está abocado al fracaso, a menos que el enfoque sea cauce o lecho del recorrido. En este caso, el arranque personal del análisis deja progresivamente paso al predominio de lo político y lo jurídico-internacional, y huelga decir que se elige siempre la perspectiva que mejor conviene a quien la elige, así como el utilitarismo empieza por uno mismo. El recorrido propuesto se desarrolla por tanto desde lo particular y lo concreto a lo general pero no abstracto, desde lo individual y más frágil a lo colectivo y más duradero, y culmina en el principal logro de la no-globalización en su vertiente institucional, que consiste en el surgimiento de administraciones internacionales que desempeñan en un territorio y durante un tiempo determinado la acción de proteger directamente los derechos humanos. Las administraciones civiles de las Naciones Unidas en Kosovo y en Timor Oriental han logrado, en efecto, poner fin a dos formas igualmente graves de opresión y persecución generalizadas, y han contribuido a devolver a los pueblos oprimidos el timón de su destino histórico. Tal vez sea un poco ingenua y retórica esta visión de la evolución del panorama internacional como proceso de avance hacia la autodeterminación de los hombres y de los pueblos, pero la envergadura de ciertas empresas humanas justifica sin duda el exceso.
    El problema es cómo conjugar la experiencia personal, que siempre es el punto de partida, con el intento de comparar y valorar fenómenos y procesos de no-globalización. Para entendernos cada uno y entender el mundo que nos rodea hace falta, desde luego, una buena dosis de esa inteligencia denominada «ultramoderna», inteligencia que se ocupa de lo personal y de lo universal, del hecho y del sentimiento, de la ciencia y de la poesía, del conocimiento y de la acción (J. A. Marina, Hablemos de la vida). Así, el enfoque del recorrido propuesto puede ser una metáfora del mundo y de la no-globalización tal y como se perciben ambos desde el individualismo en el que nos pertrechamos para sobrevivir a este lado del mundo, que es el lado desde el cual se expande triunfalmente la globalización. Se trata, en definitiva, de ir soltando lastre para obtener una bonita vista de pájaro, pero procurando no caer en la ingenuidad ni en la retórica más allá de un límite que cada cual establece donde le place. En cuanto a la utopía, ya se ha dicho que no ha lugar. El mundo que panorámicamente se contempla aquí está en este mundo y ha de ser por tanto posible.
    Por mi parte el narrador de momento no disimula su protagonismo, no me siento personalmente ni más ni menos globalizado que antes. Quiero decir con ello que por más que lo intento no veo la globalización como proceso. La globalización es la expansión de un esquema predeterminado y simple, un esquema que confiere absoluta preferencia a los capitales deslocalizados que se agrupan en un mercado mundial donde la información no conoce límites espacio-temporales al servicio del sistema económico-financiero. Pero no hay evolución y por tanto no hay proceso, sino que siempre es un poco más de lo mismo que se repite, como si bajo el influjo de una sustancia sicotrópica padeciésemos todos el síndrome de abstinencia y nunca tuviésemos bastante. Toda protesta, así como también el pensamiento, es además muy débil y puede desactivarse bajo el efecto de los alucinógenos. Por eso se expande la globalización sin ofrecer, en cuanto al fondo, novedades, pero adoptando formas y argumentos cada vez más convincentes en ámbitos que son ajenos a las finanzas, para convencer a los indecisos. En el peligroso grado de pureza en que hoy se nos ofrece, la globalización con su falsa estela de no-globalización es el opio del pueblo.
    El método expeditivo para facilitar la expansión de la globalización como síndrome endémico de dependencia es comprar no la conciencia, que no tiene precio, sino el acto de la protesta. Algunos grandes almacenes aumentan el precio de los productos vendidos en un tanto por ciento que exactamente cubre el precio de venta de los productos robados. Si el capitalismo ha triunfado como sistema se debe a que toda disidencia es preventivamente contemplada como parte integrante del sistema, de modo que se desactiva la disidencia. La globalización del capitalismo no presenta por tanto gran dificultad, sobre todo cuando se tiene dinero, y asimismo es bastante simple el análisis abstracto de la fórmula empleada para su expansión. La dificultad reside en calcular las probabilidades de que prospere el proceso de abolición de fronteras en los ámbitos de la no-globalización. En este caso sí parece tratarse de un proceso, un proceso que no es la disidencia o la contracorriente de la globalización, sino que paradójicamente puede actuar como lubricante
o lubrificante de un esquema globalizador que se autorreplica. Por eso no me siento personalmente ni más ni menos globalizado que antes, limitándome a contemplar cómo la globalización se expande desde el lugar donde vivo y donde a veces me dejan vivir. Tal y como se han puesto las cosas, uno se limita a contemplar cómo la globalización mantiene su voracidad tratando de evitar que la globalización le devore a uno. De modo que y me dirijo a un posible lector argentino no eres actor mal que te pese sino testigo nomás, y como mucho te limitás a contemplar los estragos, porque sólo si sobrevivís podés contar lo que viste. Y no es que yo no crea en la posibilidad, en la necesidad de salir de esta envolvente anorexia democrática. Sólo constato que la expansión implacable de la globalización nos aboca a la vida contemplativa pese a la vorágine. Aquellos que intentan parar el mundo son arrollados.


Albania virtual de los pequeños accionistas

    El hecho incontrovertible es que la globalización hace estragos por donde pasa en beneficio de quienes habitamos en el lugar de origen y aledaños de su expansión como testigos o espectadores. A los cómplices no me dirijo. En esa medida, y a menos que el avance de la no-globalización nos salve, la globalización es la última y más generalizada forma de explotación de todos los recursos mundiales. Una forma de explotación última porque apenas vuelve a crecer la hierba por donde pasa. Toda operación que favorece a un grupo perjudica a otro grupo para cuadrar el balance, donde el grupo favorecido por razón de la globalización no suele superar el 10% de los individuos globalizados, que somos ya casi todos. Digamos que se trata de la misma explotación de siempre, pero que se ha perfeccionado y se ha hecho casi invisible y por ello mucho más refinada y voraz, aunque presenta asimismo otras novedades. La primera novedad es la propia mundialización muy consumada de un capitalismo democrático en sus formas, capitalismo que para disimular se ha llamado democracia económica en algún documento restringidamente distribuido por la Comisión Europea. Del comunismo no ha quedado ciertamente ni la imaginería ni la nomenclatura, y a Fidel Castro hace años que le quedan cuatro días además de que aporta mientras viva una nota de revolución trasnochada, como recordatorio de lo que no puede ser.
    La segunda y principal novedad es que la explotación masiva de los seres humanos se realiza ahora directamente y sin intermediarios por poderes económicos cuyo rostro es muy poco visible. Durante siglos otros poderes encarnaron visiblemente el liderazgo del gobierno y la explotación, poderes llamados fácticos que con frecuencia actuaban como encubridores y cooperadores necesarios de los mismos poderes económicos. Pero de repente los poderes económicos se han hecho invisibles y ya pueden hacer el trabajo solos, de modo que no piden apoyo ni cobijo sino desregulación total y ellos se las apañan. Otra palabra mágica sobre la que cada cual puede tener su opinión pero decirse ya se ha dicho casi todo es desregulación. La imaginación en esta nueva era sin muro ha sido desbancada del poder siquiera como consigna, y se impone la simplicidad desde que el capitalismo ha perdido el miedo. En 1989, después de un largo siglo xx conviviendo con el fantasma de las propias limitaciones y el temor a la posibilidad de que prosperase un sistema político alternativo, el capitalismo y la riqueza dejaron de tener miedo (E. Hobsbawn, El día después del fin del siglo). Desde que el Estado la mayúscula es mayestática se dedica a desregular la realidad, o más bien desde que el Estado repito que la mayúscula es mayestática se dedica a regular la desregulación, la verdad es que nadie escapa, como si la globalización se hubiera confundido con el universo, de la ley del mejor postor en este juego desigual de poder y dominación mediante intercambios puramente financieros. La disyuntiva que resume la ley universal vigente es si hay o no hay quien dé más.
    El río está revuelto desde que se hundieron los colosos Enron y WorldCom, aunque no se remueven los fangos del capitalismo porque la disidencia ha sido desactivada. Sólo había un paso entre la desregulación y la contabilidad creativa adviértase adónde ha ido a parar el talento artístico, y ese paso ya se ha dado de un modo tal vez irreversible. Ahora no sólo tenemos certeza de que todos mienten aunque se trate de sólidas corporaciones multinacionales norteamericanas o francesas, sino que hemos comprobado que aquellas mentiras bendecidas por el Estado que buen desregulador será han traído hundimientos colosales que favorecen nuevos y escandalosos hundimientos. Millones de pequeños accionistas, ejemplares ciudadanos y votantes responsables que no dudaron en depositar su confianza en la democracia económica, se han quedado con lo puesto. La democracia económica como su propio nombre indica otorga derechos sobre todo a los capitales, incluido el derecho a practicar su religión o ley del mejor postor y a descansar eternamente en un paraíso fiscal. Y desgraciadamente se ha comprobado que la suma de muchas cantidades muy pequeñas ofrece como resultado el milagro económico de una suculenta cantidad.
    Todos los pequeños accionistas del mundo conforman hoy una especie de Albania virtual de los desarrapados. Los ciudadanos de la Albania real que habían malvendido sus tierras y aperos perdieron lo poco que tenían en 1996, cuando se desvaneció como el humo el entramado piramidal de empresas financieras que les había ofrecido beneficios fulgurantes a cambio de una sencilla muestra de confianza. El capitalismo se hizo invisible para no ser responsable del hundimiento de Albania, y el mundo entero se ha convertido en una Albania virtual para todos los débiles mentales que dedican alegremente su vida al trabajo. En las cúpulas del poder económico, algunos representantes y apoderados de las grandes corporaciones se llevan las manos a la cabeza y se rasgan las vestiduras, como si no hubieran sido conscientes de lo que se les venía encima. Al poder económico no le duelen prendas cuando tiene que deshacerse limpiamente de algunos de sus representantes en la tierra, de modo que a muchos delincuentes de cuello blanco no les llega la camisa al cuerpo, y no porque vayan a ir a la cárcel, que además enseguida salen, sino porque saben que han sido desterrados del paraíso virtual donde retoza en forma de activos financieros el patrimonio de los pequeños accionistas albaneses. Otros delincuentes esperan su turno para ocupar los puestos vacantes, y tendrán sin duda mejor suerte.
    Al parecer la mano invisible no era como pretendía Adam Smith una metáfora del triunfo del mercado y de paso una metáfora del ser humano que saca lo mejor de sí mismo cuando compite libre y egoístamente con otros, sino que la invisibilidad de la mano es un modo muy claro pero nada trasparente de llevarse el dinero y salir corriendo. La creatividad contable ofrece una realidad nítidamente opaca: se sabe qué ha pasado cuando ya es tarde y nunca se sabe cómo ha podido pasar. Siempre puede producirse un periodo breve de preocupación, como si a mitad del vuelo te avisan de que hay turbulencias, hasta que se invente algún subterfugio realmente creativo. Francis Fukuyama dice por ejemplo que para evitar que los reguladores gubernamentales desarrollen un interés personal en promover su propio poder y posición, aunque afirmen hablar en nombre del interés público, y como alternativa a la fallida desregulación, procede ahora emprender la autorregulación corporativa (El fin del hombre). Aunque parezca que la intención subyacente es que no se detenga el consabido fin de la historia, hay que tener mucho cuidado. Toda precaución es poca. Tal vez se trate de otra mandanga no para dejarnos con lo puesto, que así estamos, sino para dejarnos también sin lo puesto.
    El panorama es un poco angustioso y claustrofóbico pese a la infinitud del universo y a la enormidad del poder económico. Por mi parte, antes que globalizado y además de confundido y angustiado a veces me siento más bien englobado, aunque todo venga luego a ser lo mismo por mucho que no te bañes nunca en el mismo río según Heráclito. Siempre he pensado que en realidad se renuevan sus aguas pero el río es el mismo, y actualmente en la mayoría de los ríos no te puedes bañar a causa de la contaminación. Del mar y los peces mejor no hablar, pero me acuerdo por ejemplo de una propuesta hecha a principios de la pasada década de los noventa por un equipo de economistas de la Escuela de Chicago sobre el mejor modo de atajar la extinción de las especies de ballenas en peligro de extinción. Los economistas proponían que, llegada la especie a un número mínimo de ejemplares, se privaticen las ballenas que queden vivas para que toda escasez sea rentable. Por lo demás, y entre las consecuencias ya citadas de la globalización si la contemplas desde el lugar en que se expande, cualquiera puede ejercer su individualismo a ultranza durante todo el día, aunque el esfuerzo llegue a ser agotador, pudiendo así convertirse cada quien en «ombligo del mundo / centro de todo lo creado» (C. J. Cela, Oficio de tinieblas 5). Esta misma introducción constituye prueba irrefutable de lo que acabo de decir.

    

 

 

Al tratar sobre la globalización es frecuente adoptar posturas extremas a favor o en contra. Este fenómeno se debe en gran medida a que es asunto muy comentado, pero en realidad poco conocido, que se afronta de manera intuitiva y conlleva un alineamiento emotivo, casi visceral, en torno a una de dos posiciones bien definidas y argumentadas: a favor (la globalización, con la supresión de barreras fronterizas y comerciales, supondrá una mejora indudable para la humanidad, con desaparición de guerras, reparto de la riqueza y mayor desarrollo tecnológico); o en contra (la globalización sólo beneficia a los países más ricos y a las grandes empresas; los efectos positivos de su aplicación no se dejarán ver en el tercer mundo, que será cada vez más extenso y pobre).
    Como suele ocurrir, estos puntos de vista son subjetivos. Más en un tema difuso como este, que parece afectar nada menos que a la totalidad del quehacer humano. Probablemente existe un punto medio que se podría establecer sopesando los pros y los contras de la globalización y que resultaría apropiado, si no para todos, sí para la mayoría. Sin embargo, la trayectoria histórica de la humanidad no ha sido precisamente un camino de rosas, y es lógico que surjan dudas ante un proceso novedoso y de tal envergadura. Las luchas localistas, el enfrentamiento entre comunidades, los grandes proyectos acogidos con entusiasmo luego frustrado, han hecho de la historia un reguero de batallas en las que todos los grandes cambios y grandes saltos (hacia delante y hacia atrás) suelen estar relacionados con un conflicto bélico, con el choque más o menos declarado entre pueblos o naciones. En este sentido, la globalización puede tal vez suponer importantes efectos positivos: la supresión de fronteras nacionales debería conllevar una disminución en la cantidad y calidad de las guerras (de hecho, así ha sido en la belicosa Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial); la desaparición de trabas aduaneras, aranceles y otros impedimentos comerciales debería fomentar el desarrollo económico, el empleo y un mejor reparto de la riqueza; y la libre transmisión de ideas tendría que ser acicate para un despegue cultural y científico sin precedentes, además de tender un puente entre culturas que, a medio plazo, sirviera para diluir por mero contacto las reticencias nacionalistas, racistas, etcétera. Sí, parece haber motivos para el optimismo.
    Sin embargo, resulta muy fácil argumentar en contra de este idílico panorama: las fronteras siguen siendo hoy tan fuertes como en el pasado. Ciertos experimentos transnacionales, como la Unión Europea, sólo sirven para construir Superestados o, más bien, asociaciones de Estados que actúan como nuevos imperios unidos por el interés común de sus miembros, pero que dejan fuera de sus beneficios a los que no pertenecen al club. Aplicando esta lógica se puede considerar que la globalización no supone (de hecho, por ahora no lo está suponiendo) una internacionalización: quizá se llegue a un punto en el que haya menos países, pero los que queden (que no serán países en el sentido actual del término, sino una especie de federaciones, más grandes en extensión y población) serán más cerrados e impermeables, celosos de sus éxitos. Además hay que tener en cuenta que una parte de la globalización se lleva a cabo por medio de alianzas militares. El extinto Pacto de Varsovia y la cada vez más indefinida OTAN son buenos ejemplos de ello, y resulta evidente que estas poderosísimas alianzas, en las que se junta de una sola vez más armamento y capacidad destructiva que entre todos los ejércitos de la historia, no son precisamente augures de un mundo futuro sin guerras. Pese al relajamiento de la guerra fría, la amenaza de aniquilación mundial sigue hoy no sólo vigente, sino más presente que nunca, ya que cada vez más países poseen armas de destrucción masiva. La política agresiva del gabinete de George W. Bush frente a países desarmados, pero vacilante ante presuntas potencias nucleares, parece sancionar una nefasta concepción futura de las relaciones internacionales como un patio de colegio: «Si poseo armas potentes, nadie se meterá conmigo».
    Otro tanto podría decirse del libre comercio. En primer lugar su aplicación práctica es más que dudosa: las grandes uniones aduaneras, como la Unión Europea (UE), el Tratado de Libre Comercio (TLC) o el Mercosur ponen mayor énfasis en las limitaciones a la producción y comercialización de artículos que en una verdadera liberalización del mercado, y en caso de crisis no se duda ni un instante en aplicar medidas proteccionistas y arancelarias. Por otra parte, las grandes economías mundiales tienden a establecer una forma muy peculiar de globalización económica que toma el aspecto, nada liberalizador, del clásico monopolio. Las macrofusiones de bancos, empresas multinacionales y sectores de producción son un ejemplo de este fenómeno que podemos observar cada día en las noticias. En algunos casos, como ocurre en el mundo de la informática, ni siquiera hacen falta fusiones, pues ciertas empresas consiguen posiciones de ventaja y se yerguen como dominantes, sin apenas competencia en los mercados.
    El resultado de la globalización económica, punto en el que ponen mayor entusiasmo los detractores del moderno proceso globalizador, es que la liberalización mercantil es falsa: sólo beneficia a los que ya poseen los capitales y medios de producción, distribución y comercialización, y deja fuera del reparto del pastel a los demás (de hecho, la mayor parte de la humanidad). Del mismo modo, el papel de la Organización Mundial del Comercio como marco de regulación de los intercambios mercantiles a nivel planetario está puesto en entredicho por su tendencia a favorecer un flujo desigual entre las potencias industriales del Norte y los países subdesarrollados del Sur. La globalización económica aplicada de este modo no supone, por lo tanto, ninguna mejora en la situación mundial, incluso agrava las diferencias entre ricos y pobres.
    Y por último, el libre intercambio de ideas también es discutible. Primero porque, y esto es un hecho, las grandes corrientes globalizadoras oficiales apenas realizan esfuerzos en este terreno. Las alianzas militares y las federaciones comerciales se ocupan de sus asuntos y apenas toman en consideración aspectos culturales, sociales o de otro tipo. La globalización social, de alcance reducido, está siendo obra de unos agentes distintos a los anteriormente descritos, pertenecientes al ámbito privado, y que se analizarán más adelante (ONG, fundaciones, ciertos partidos políticos y sindicatos y, en general, instituciones no públicas). Pero es que además existen otros peligros: si la globalización en este campo sigue el mismo camino que la económica y militar, el resultado sería el predominio de las formas culturales, sociales y, en definitiva, políticas de los que ya controlan las armadas y las finanzas. A través de la televisión, el cine y otros medios de comunicación copados por los países ricos está imponiéndose una concepción del mundo unilateral, particular, que desprecia o simplemente anula otros puntos de vista. Esta tendencia se hace evidente en el carácter de lucha intercultural («occidente cristiano, moderno y civilizado» contra «oriente islámico, atrasado y bárbaro») que ha tomado la respuesta bélica a los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington. Esta concepción casi de cruzada no es sólo una sensación intuitiva de la opinión pública: forma parte del discurso de los líderes (de los dos bandos) y favorece más la división que la unión intercultural.
    En suma, según los detractores de la globalización, el proceso de mundialización sociocultural tendría como resultado la imposición del modelo occidental y la consiguiente desaparición de otras expresiones culturales, de otras formas de sociedad, en un proceso de aculturación propio de lo que, en definitiva, es considerado por muchos como una nueva forma de imperialismo.
    Las diferencias entre las dos corrientes a favor y en contra de la globalización son importantes y de difícil conciliación, pero en realidad hay menos divergencia de la que parece, pues sin duda existe un punto de encuentro: la globalización, en cuanto superadora de diferencias, es positiva, y casi nadie, en principio, lo duda. Ahora bien, habría que diseñar un modelo equilibrado que tuviera como metas no sólo el intercambio comercial y financiero, sino la paz, la colaboración internacional, el reparto de la riqueza y la defensa compartida de lo mejor de cada cultura.
    Encontrar este diseño ideal, empero, no es el objetivo de este estudio, sino analizar un fenómeno asociado a la globalización y que, en general, no suele tenerse demasiado en cuenta: la proliferación de gobernanzas, su efecto sobre la sociedad mundial y sus posibles peligros, entre los que cabría destacar una eventual conculcación del sistema democrático (o si no conculcación, al menos sí conlleva el riesgo de convertir la democracia en una entidad formal, sin verdadero sentido político). Las gobernanzas y sus consecuencias sobre el sistema democrático será pues el tema a desarrollar en las próximas páginas.

 

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