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La
noche del tramoyista | PEDRO ZARRALUKI |
240 págs. | ISBN
84-89618-05-4 | 2100 pts. 12,62 Eur. |
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ADVERTENCIA PRELIMINAR Durante
un tiempo creí que la isla de Ibiza sería mi residencia definitiva.
No fue así, y el curso de la vida me ha apartado de sus costas. Han pasado
más de dos décadas, y si la rememoro en estas líneas es para
rendir desagravio a una idea. Hace un año pensé que era posible
revivir unos hechos que, por su interés, consideré que merecían
conocer la luz. Yo no fui partícipe, pero sabía quién podía
relatarlos. Tras una búsqueda algo complicada, localicé a los tres
personajes que me iban a servir de testigos. Durante este año he mantenido
una intensa correspondencia con ellos, y este volumen no es sino la exposición
ordenada de sus cartas. Se me sabrá perdonar el haberlas sometido a una
mínima manipulación. He suprimido en ellas toda referencia a mi
persona, a la que los autores se ceñían con una constancia que no
merecía mi relación con los sucesos que se narran. He hecho esto
sólo por no dispersar la atención en la historia. Debo reconocer,
también, que he ordenado las cartas según mi criterio. No podía
ser de otra manera, y creo que al que las lea no le costará reconocer en
cada una de ellas a su autor. Si las misivas de Murdoch padecen de algún
error de estilo, éste es de mi entera responsabilidad, pues las he traducido
personalmente del inglés. Murdoch llegó a hablar con bastante corrección
en castellano, pero nunca aprendió a escribirlo. Otro tema son los apodos
con que Rocío, aun hoy en día, designa a sus amantes. Tras algunas
dudas, y aun a riesgo de embrollar más las cosas, he decidido respetarlos.
Murdoch y Mumy son la misma persona, y Ricardo responde también al nombre
de Rick. Lo que no he respetado, en aras de una mayor agilidad del texto, son
los encabezamientos y despedidas, que tanto hemos padecido en la literatura epistolar.
A fin de cuentas, y aun siéndolo, esto no es literatura. Los títulos
de los capítulos son mi pequeña aportación al relato. He
de confesar que siempre quise ser escritor. Una
última advertencia. Todos sabemos, y esta historia contribuirá a
constatarlo, que la memoria es un arma traicionera. Aunque yo no soy más
que el compilador, en cierta manera me siento responsable de cuanto aquí
se relata. Quiero apuntar que los personajes que pueblan estas páginas
son reales, y que los sucesos aquí descritos no son sino una crónica
de lo que sucedió en la isla de Ibiza a finales de la década de
los cincuenta. Sin embargo, los autores han interpretado en exceso los hechos
y se han permitido la licencia de no reprimir su imaginación. En consecuencia,
a pesar de ser este relato una aproximación bastante fiel a un momento
y a un lugar determinados, debe considerarse en su totalidad como una obra de
ficción. Los resultados no han sido, como sabrá apreciar el lector,
de una veracidad histórica irrefutable. LAS
PUPILAS DEL ALBATROS Daba la impresión,
en el último momento, de que el viejo Bristol iba a aletear para compensar
la velocidad de la caída. La isla había aparecido entre las brumas,
sobre el mar en apariencia inmóvil, insinuando ya la paradoja que nunca
llegaría a resolver. Desde aquella altura, con la primera visión
imperfecta y maravillosa, podía pensarse que se trataba de un peñasco
enorme o de un continente diminuto. Era ambas cosas, pues no en vano parecía
estar a punto de ser deglutida por el mar, ese mismo mar que le había entregado,
benévolo y cruel, el paso de la historia. Rocío diría una
vez que llegar a la isla por el aire tenía algo de profanación.
Seguramente estaba en lo cierto, pues también volar es patrimonio de los
dioses, como lo fue la llama de Vulcano. Me entretuve escuchando el crujido de
las planchas, que no parecían capaces de resistir la presión del
viento. Se perfilaron las costas, como en esas fotografías cartográficas,
que siempre tienen algo de ensueño. El viejo avión parecía
un águila entorpecida por la edad, casi ciega. Daba bandazos en los giros
y descendía a trompicones manchando la elegancia del vuelo con el crujir
de sus hierros. Poco a poco se hicieron visibles los edificios blancos, de formas
suaves. Sobrevolábamos la costa, y se podían ver también
las olas pacíficas de aquel mar pequeño y cálido. El avión
parecía buscar la pista con sus últimas fuerzas, y sus motores se
consumían a intervalos en la angustia del silencio. Aun así, me
encontraba hechizado por el paisaje, que tenía algo de fantasmagórico.
El sol implacable, la muda efervescencia de la arena, todo aquello fue mucho después,
y se hacía difícil intuirlo en la primera vista aérea, brumosa
y gélida. Las costas parecían entregadas al saqueo húmedo
de las olas, y el interior de la isla, o lo que se podía ver de él
por entre las nubes, se hubiera dicho era tierra de lluvias perpetuas o extensa
región de pantanos y de charcas. Nada predecía el imperio del sol,
que abrasaba las piedras hasta la orilla misma del mar. Ibiza se presentaba enmascarada
por la bruma, y sólo el que ya la conociera podía saber que, tras
aquel velo de vapores, se ocultaba un rostro de árida belleza. Durante
aquella primera visión no me hubiera sorprendido que se tratara de una
terra incognita, aunque debo reconocer que durante el trayecto había concluido
la lectura de Gordom Pym, y que era muy probable que me hallara bajo su influjo
poético. La azafata anunció que nos disponíamos a tomar tierra.
Tomar tierra. De inmediato iba a saber lo que esto significaba. Comprobé
la solidez del cinturón y me encomendé a la triste Proserpina. Pronto
comprendería que aquel reino pertenecía a otra diosa. El
relato podría comenzar con este apunte. Cuenta con mi oficio para dar cohesión
a un material tan deslavazado. CONRAD
CONTRIBUYE Rick y Mumy llegaron a la isla
por avión, pero a mí me parecía una falta de respeto hacia
el mar, y por eso hice el viaje en barco. Recuerdo a Murdoch, inmerso hasta la
cintura en el agua, vuelto hacia nosotros: "¡Allá se pudran con su Maelström
y sus tonos grises! ¡Éste es el mar de la Medusa! Tiene la extraña
belleza del agua estancada." Pero él era americano, de Boston, y se enfrentó
al mar desde la orilla. No había pasado el frío que pasé
yo al amanecer, apoyada en la baranda del barco, con los dedos entumecidos. El
sol, naciente, parecía las brasas de un incendio sofocado. ¡Todo era tan
terriblemente húmedo! Creí que el barco iba a encallar en las algas,
y que el sol sería incapaz de despegarse del agua. No se veía el
disco, y parecía que hubiera reventado, esparciendo su luz sobre las estrías
de las nubes. Nunca he visto una hecatombe tan real y tan falsa al mismo tiempo.
Sólo sé que sentí mucho miedo. Tiempo después encontré
la explicación a aquel temor en un libro que Rick me había pedido
que leyera. Era una obra de Conrad, y recuerdo la cita como si la acabara de leer:
"Ya que no hay nada misterioso para un marino como no sea la mar misma, que es
la dueña de su existencia y tan inescrutable como el destino." Se lo expliqué
a Rick, pero no entendió nada. Él también había llegado
por avión, y del mar sólo le interesaba lo que ocurría en
la superficie. Estuvo muy obsesionado estudiando los diferentes tipos de barcos,
pues quería escribir una novela sobre los corsarios. Además, Ricardo
pensaba que yo tenía un problema mitológico, o algo parecido. Mumy
siempre lo decía. DE CÓMO
PERDER LAS ALAS Descubrí la isla
en un viaje de inspiración, anticipándome en una década a
los desertores de Vietnam. Quieres saber algo acerca de mi llegada. Han pasado
tantos años que creía haberlo olvidado, pero tu extraña petición,
tan inesperada, ha avivado mis recuerdos con una intensidad que nunca hubiera
podido sospechar. Viajé a España en busca de ese fatalismo exaltado
que sólo conocía por Goya, y me encontré con el sol. Ricardo
decía de mí que parecía un personaje de Lawrence. Pero ya
conoces a Ricardo. Para él todo ha ocurrido antes en los libros. Mi primera
sorpresa fue volar en un Bristol. Creía que esos aviones ya no existían.
Sólo te diré que se veía el cielo por entre las planchas.
Quizá por eso, y a pesar de la insistencia de Rocío, no hice nunca
el viaje en barco hasta que me obligó la policía. Era mucho más
emocionante elevarse en aquellos cacharros. Mi primer vuelo fue asombroso. No
había ni una sola nube, y la isla apareció a lo lejos, perdida en
el mar. Tuve un presentimiento profético. Pensé que el piloto iba
a necesitar toda su pericia para aterrizar en un lugar tan pequeño. A medida
que nos acercábamos pude ver las montañas, los pueblos, la isla
entera. Era algo por sí sólo impresionante, pero el piloto se encargó
de hacerlo aterrador. Los aviadores españoles eran veteranos de la guerra
y no estaban acostumbrados a la disciplina del pilotaje civil. Descendían
en picado sobre las playas para observar a las pocas bañistas de aquella
época. Los veraneantes, al observar su descenso, saltaban al agua o se
tiraban sobre la arena, cubriéndose la cabeza con los brazos. Los pasajeros
del avión estábamos demasiado aterrados para sospechar que aquello
no era más que un pasatiempo. Ricardo aseguraba que su primer viaje en
el Bristol fue inolvidable, pero él no disfrutó del tiovivo de las
playas, ni de aquel aterrizaje que fue mi primer contacto físico con la
isla. El avión se quedó sin frenos, y sólo se detuvo en los
campos que circundaban el aeropuerto, con las alas hechas pedazos. Cuando logré
salir del Bristol no pude contener la risa. El piloto, indignado, maldecía
a los mecánicos que habían revisado el aparato. Me sentí
tan cautivado que no podía moverme, y fui el último en huir de la
densa nube de polvo. Creo que la isla me saludaba a su manera. PRIMERAS
METÁFORAS TEATRALES Rocío
aún no existía. Llegó a Ibiza poco antes que yo, y lo hizo
por mar, con sus libros de astrología y un vago deseo siempre insatisfecho.
Meses después, ya en la alquería, me hablaría de la bruma
impenetrable, hija indeseada del sol. Ella también había sido víctima
de su hechizo. Apoyada en la baranda del barco, con los dedos enrojecidos por
el frío, había llegado a creer que la isla era un lugar vencido
por las tinieblas. No así Murdoch. Un paisaje puede tener múltiples
rostros, y a él se le apareció con la claridad de los días
más limpios. Ahora, con la perspectiva
que me ha dado el tiempo, revivo el pasado con la extraña sensación
de haber seguido unas pautas ignoradas. Por las mañanas, al mirarme en
el espejo, me veo a veces en la habitación del hotel Noray, desdoblando
las camisas, como un figurante de segunda incapaz de aprender su papel. ¿Hubo,
en efecto, un guión? Los actores llegamos a la isla en un breve periodo
de tiempo, sin aún conocernos, sin tan siquiera saber que debíamos
conocernos. Todos nos creíamos libres, pero nuestras actuaciones se impusieron
de forma implacable. Su- pongo que, vencidos por el hechizo de la diosa, carecimos
de la libertad necesaria para modificar los acontecimientos. Rocío lo entendió
así en aquella inolvidable reunión en casa de Erwin, cuando apareció
coronada por el kálathos, borracha y soberbia, tristemente orgullosa por
haber descubierto el mito. ALGUIEN ENTRA
En el puerto me esperaba Patrick. No nos
conocíamos, pero una de sus perversiones era la de hacer suyos a los que
llegaban a la isla sin protección. La entrada en el puerto y la lentitud
del amarre habían aplacado mis temores. Ya era casi de día, y el
sol, aún débil, se multiplicaba en las paredes encaladas de la ciudad.
Era como observarse en un espejo múltiple y opaco, en el que fuera imposible
encontrar tu imagen. Eso era Ibiza. Parecía una prolongación natural
del mar, y conservaba de él ese anonimato de las tierras que, aunque se
las profane con insistencia, nunca llegan a ser conocidas. De todas maneras, aquel
primer día no me entretuve con estos pensamientos. Me limité a disfrutar
de aquella panorámica tan lenta y a preparar mi desembarco. Me había
puesto un vestido muy amplio de tul, el de las ocasiones en que me sentía
aventurera, pues consideraba que la mujer más activa había de ser
también la más ricamente ataviada. Al descender del barco, la falda,
agitada por el viento, se me enredaba en los barrotes de la escalerilla, y un
hombre que esperaba en el muelle no dudó en ascender hasta mí para
hacerse cargo de mis bultos. Ya en tierra, los depositó en el suelo y me
tendió una mano. Era Patrick. Bueno, la verdad es que no sé cómo
describirlo. Rick tenía miedo a la gente. Cuando conocía a alguien
parecía siempre temer que le quitara algo de suma importancia, algo íntimo.
Eso nos pasa un poco a todos. A fin de cuentas, un rostro nuevo es un nuevo punto
de vista, y es fácil suponer que eso nos va a obligar a cuestionarlo todo.
Pero Patrick era distinto. Para Patrick un rostro nuevo sólo era un nuevo
objeto de deseo, y no esperaba de él otra cosa que la satisfacción
de sus apetitos. ¿Cómo iba a temer a algo que sólo existía
para darle placer? Era incapaz de admirar otra cosa que no fuera la belleza, y
de la belleza sólo esperaba que demostrara su estupidez antes de fundirse
entre sus manos. Si el mundo hubiera sido como él lo deseaba, me habría
parecido el hombre ideal. -¿Viaja sola?
-preguntó mientras estrechaba mi mano. Respondí
con un gesto afirmativo. -Ha tenido usted
suerte de que casualmente estuviera esperándola.
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