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La
traductora | LEILA ABOULELA |
224 págs. | Traducción:
Flora Casas | ISBN 84-89618-68-2 |
2590 pts. 15,56 Eur. | |  |
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Euphorbia
Herimentiana, Cereus Peruvianus, Hoya Carnosa Rae
leyó en voz alta los nombres de los cactus. Nombres que Sammar no sabía
pronunciar . Cleistocactus
Reae, plantado por Silvana Suárez, Miss Mundo 1979. ¿De verdad? Hizo
una mueca y Sammar sonrió. Era la segunda vez que estaba con él
fuera del trabajo, y tenía una sensación rara. Nueva y dichosa,
como cuando se mira a un niño que empieza a andar. La
primera vez era sábado, el día que fue a la biblioteca pública
con Yasmín. Yasmín era la secretaria de Rae. Una puerta de cristal
comunicaba su despacho con el de Rae, de modo que cuando Sammar entraba a verlo,
la veía a ella mientras hablaban, mecanografiando frenéticamente,
con el pelo negro y liso ocultándole la cara. Sus padres eran de Paquistán,
pero ella había nacido y había pasado toda su vida en distintas
partes de Gran Bretaña. Tenía la costumbre de generalizar, de hablar
comenzando con un "nosotros": ese "nosotros" se refería a todo el Tercer
Mundo y sus gentes. De modo que decía: "Nosotros no somos como ellos",
o "Nosotros tenemos estrechos vínculos familiares, no como ellos". Había
otras dos secretarias del departamento que trabajaban en la misma habitación
que Yasmín: señoras risueñas, con olor a café, de
pelo gris y falda plisada. Cuando una de ellas se daba unas palmaditas en la curva
del estómago y se lamentaba de no poder seguir una dieta durante mucho
tiempo, Yasmín espetaba: "¡Nuestros hijos muriéndose de hambre y
los ricos contando las calorías!". El
marido de Yasmín, Nazim, trabajaba a temporadas en las instalaciones petrolíferas
frente a la costa. Cuando él estaba fuera, ella solía ver a Sammar
los fines de semana. Tenía coche, y a Sammar le gustaba dar una vuelta,
oyendo la radio, ver partes de la ciudad que no conocía. Quería
tener coche y escapar del mal tiempo. Aquel
sábado fueron a la biblioteca porque Yasmín, embarazada de diez
semanas, quería ver libros sobre recién nacidos. Había estanterías
enteras de libros sobre el embarazo, el parto, la lactancia. La biblioteca era
cálida y estaba llena de gente, llena de libros. Había libros sobre
la cesárea, el aborto provocado, la infertilidad y el aborto espontáneo.
Sammar había tenido un aborto espontáneo, un año después
de que naciera su hijo. Recordó la noche, fatídica y crítica,
tras días de angustia, días de saber que su embarazo no iba bien,
que algo andaba mal. Recordó a Tarig tranquilo, cariñoso y seguro
de lo que había que hacer. Lo recordó limpiando de rodillas el suelo
del cuarto de baño, sus entrañas desgarradas. Había
gratitud entre los dos. La gratitud amortiguaba las peleas, las nimias y las serias.
Allanaba los desniveles del afecto. A veces, aquella gratitud volvía a
ella en trances y sueños. Sueños sin escenario ni hilazón,
sencillamente con las sensaciones que destilaban. Sólo
puedo llevarme seis libros decía
Yasmín .
Si tú tuvieras carnet podría pedir más. Vamos a hacerte el
carnet. No,
otro día a
Sammar no le gustaba hacer las cosas impulsivamente, sin más ni más.
Miró las colas que se extendían frente al mostrador, mientras los
bibliotecarios pasaban una pluma por los códigos de barras. La ponían
nerviosa. Intentó resultar convincente .
No puedes leer más de seis en un mes. Con seis tienes suficiente. Pero
Yasmín insistió, y le dio un sermón sobre el derecho que
tenía a un carnet de la biblioteca. Pagas
impuestos, ¿no? dijo,
y le contó que una nigeriana con tres hijos había vivido en Aberdeen
siete años sin enterarse de que tenía derecho al subsidio familiar .
No se lo había dicho nadie concluyó
Yasmín en un susurro que sonó como un chirrido. Al
mostrador llegaron doce libros sobre el embarazo. Yasmín se encargó
de hablar. Sammar se sintió como una inmigrante impotente que no supiera
inglés. Imaginó las palabras inglesas ascendiendo de su cerebro,
evaporándose, formando una leve bruma. Era una de las cosas que le dijo
Mahasen la noche que se pelearon, casi temblando de ira, con la elocuencia de
quien se cree en posesión de la verdad. La noche en que Sammar le pidió
permiso para casarse con Ahmad Alí Yasín. "Una chica culta como
tú, que sabe inglés... puedes mantenerte a ti misma y a tu hijo,
no necesitas casarte. ¿Para qué lo necesitas? Empezó a hablarme
sobre eso y lo hice callar. Puse en ridículo a ese viejo imbécil".
"Es religioso a
Sammar se le atragantaron las palabras ,
siente un deber para con las viudas...". "Que coja su religiosidad y construya
una mezquita, pero lejos de nosotras. Antes, las viudas necesitaban protección,
pero la vida ahora es diferente". Sammar quiso replicar, pero las palabras se
le pegaron a la garganta como una masa. El
libro de Rae dijo
Yasmín, en el momento en que salían .
¿Lo has visto? Seguro que está aquí. Nadie lee esas cosas. Con
sus doce libros volvieron a la sección de Historia y buscaron; finalmente
encontraron El espejismo de una amenaza islámica en el piso de arriba,
clasificado en Política. En la contraportada, en cursiva, Sammar leyó
lo que decían otros sobre él: "Proporciona una nueva visión
de la turbulenta situación de Oriente Medio...", The Independent on
Sunday. "Isles trata de demostrar que la amenaza de una toma de poder por
parte del Islam en Oriente Medio es exagerada... sus argumentos son atrevidos,
sus opiniones provocadoras...", The Scotsman. Hablaron
de él cuando salieron de la biblioteca, sus voces elevándose por
encima del ruido del tráfico y del viento frío. Sammar quería
saber algo sobre sus ex esposas. La primera, dijo Yasmín, se había
vuelto a casar y vivía en Gales. Formaba parte del pasado lejano; ella
no la había conocido. La segunda, la madre de la chica que estudiaba en
un internado de Edimburgo, trabajaba en la Organización Mundial de la Salud,
en Ginebra. Antes vivían en Cults, en una casa grande y bonita. Después
se mudaron a un piso en la ciudad. Yasmin
conducía con brusquedad, y los libros se escurrían y se abrían
en el asiento trasero. Aparcó en una calle bordeada de árboles,
en una zona de la ciudad que a Sammar le resultaba desconocida. Aquí
vive dijo Yasmín .
He venido varias veces con Nazim. Qué bien que estés conmigo, porque
así puedo darle estos faxes que le llegaron ayer después de que
se marchara. Está esperando noticias en cualquier momento del programa
antiterrorista. Van a contar con él como asesor. No
podemos hacer eso, no estaría bien replicó
Sammar . Dáselos
el lunes... Pero Yasmín ya estaba
desabrochándose el cinturón de seguridad. Desconectó la calefacción,
echó el freno de mano. Estamos
juntas, no es como si una de nosotras viniera sola replicó.
A
lo mejor ni siquiera está en casa añadió
Sammar. Yasmin había salido del
coche; Sammar aún seguía con el cinturón de seguridad abrochado.
Estaba oscureciendo, las nubes pegadas, purpúreas, al cielo, el sol muy
lejos. Cuando Rae abrió la puerta,
algo peludo rozó las rodillas de Sammar. Era una gran gata negra, que entró
con ellas. Cuando Sammar era más joven, los gatos callejeros se colaban
en su casa y la asustaban al saltar de los armarios o de debajo de las escaleras.
Eran gatos salvajes, con las costillas visibles bajo el pelo enmarañado,
sucio. Algunos tenían un agujero negro por ojo, otros las patas como muñones,
la cola amputada. Mientras ella gritaba, los animales corrían de un lado
a otro de la habitación, buscando desesperadamente una salida. A Sammar
le parecía que trepaban por las paredes, que arañaban la pintura,
que gritaban frenéticamente como gritaba ella, para salir de la trampa
en las que se habían metido por su propia voluntad y volver a la vida que
conocían, la de la calle. Tarig
contaba una historia sobre gatos callejeros, los que vivían alrededor del
hospital. "Su comida favorita llega cuando nace un niño decía .
Esperan rondando los cubos de basura, y si les cae una placenta jugosita, ¡no
veas cómo se pelean por ella!". Le gustaba tomarle el pelo a Sammar con
historias truculentas de los hospitales. Reírse de la expresión
que ponía Sammar. La gata de Rae
era tranquila y estaba bien alimentada. Mientras Rae saludaba a Yasmín
y a Sammar y las invitaba a entrar, se paseó por la habitación,
lustrosa y serena. ¡Pero
qué te has hecho en el pelo! fue
lo primero que dijo Yasmín. Rae
llevaba el pelo tan corto que parecía un montón de pinchos. Se echó
a reír y se dio unos golpecitos en la cabeza, diciendo: Supongo
que el peluquero se entusiasmó demasiado esta vez. Parecía
distinto a cuando estaba en el trabajo. No llevaba corbata y no se había
afeitado. A Sammar le dio la impresión de que el piso no era muy grande.
La habitación en la que se sentaron lindaba con la cocina. Unas grandes
ventanas saledizas daban a la calle, y al otro lado de la habitación, encima
del fregadero, había otra ventana con persianas amarillas. Había
libros colocados bajo la ventana, y el suplemento dominical estaba tirado en el
suelo. La gata dio un brinco y se sentó
en las rodillas de Sammar. Ella no supo qué hacer; nunca había visto
un gato tan de cerca, ni había visto las láminas amarillas del iris,
el brillo del pelaje negro, perfecto. La acarició torpemente y prestó
oídos a la conversación de Yasmín y Rae sobre los faxes,
el mal tiempo que hacía, los titulares del periódico que Rae cogió
del suelo y después dobló. Es
que detesto todas estas pamplinas de la realeza decía
Yasmín. "Detestar": ésa era otra de las palabras que Yasmín
utilizaba con frecuencia. "Detesto esta mierda de tiempo británico". Rae
fue a preparar té. La gata saltó de las rodillas de Sammar y ella
se puso a curiosear los tapices de las paredes, las macetas de cobre del suelo.
Había una fotografía de la hija de Rae sobre una estantería
de libros. Parecía tener unos diez u once años e iba montada a caballo.
Llevaba botas y una gorra con una correa alrededor de la barbilla. Sammar se imaginó
a la madre de la niña con el mismo pelo castaño y largo, también
valiente, trabajando para la OMS, un puesto importante, haciendo el bien, ayudando
a la gente. Mientras se tomaba el té
pensó que se encontraba en un verdadero hogar. Hacía mucho tiempo
que no estaba en un verdadero hogar. Vivía en una habitación sin
nada en las paredes, nada personal, sin fotografías ni libros: como una
habitación de hospital. Se había deshecho de todo aquella semana
antes de llevarse a casa a Tarig. Lo había desmontado todo y se había
deshecho de ello, sin imaginarse que volvería, sin imaginarse la pelea
con Mahasen. Y cuando volvió no tenía ni ánimos ni dinero
para comprar cosas. Pagar el alquiler de la habitación y se acabó.
Un plato, una cuchara, un abrelatas, dos sartenes, un hervidor, una taza. No le
preocupaba, no le importaba. Había sido cosa suya, pasar cuatro años
enferma en un hospital. Mala, enferma de pasividad, una época en la que
se quedaba todo el día sentada sin hacer nada. El torbellino del pesar
engullía el tiempo. Las horas volaban como minutos. Días en los
que lo único que conseguía hacer era rezar las cinco oraciones.
Eran el único reto, el último contacto con la normalidad; sin ellas,
se habría desplomado, habría perdido la conciencia del paso del
día a la noche. Dio un sorbo al
té que había preparado Rae y escuchó a las únicas
dos personas que realmente conocía en aquella ciudad. Yasmín, con
la cara un poco pálida en las primeras semanas de embarazo, sombras oscuras
bajo los ojos somnolientos. Pero era natural; estaría grandona y sana al
cabo de unos meses, redonda con la ropa premamá. Y Rae... Resultaba extraño
ver en sus casas a la gente que sólo conocía del trabajo. Rae no
se afeitaba los fines de semana. Una de
las revistas que estaban abiertas en el suelo tenía varios mapamundis.
Era un artículo sobre los mapas tradicionales y su tendencia a mostrar
los continentes con una proporción incorrecta: Europa aparecía más
extensa que América del Sur, América del Norte más extensa
que África, Groenlandia mayor que China, cuando resulta que es al contrario.
En el mapa más reciente, de proyección equivalente, África
aparecía como una masa alargada y amarilla, Gran Bretaña como una
insignificancia rosada. En algún lugar de aquel inmenso amarillo, cerca
del azul que señalaba la corriente del Nilo, estaba la vida de la que la
habían exiliado. Se arrodilló
y se sentó sobre los talones para verlo más de cerca. Los nombres
que conocía, de ciudades, en negrita, contrastando sobre el amarillo, la
emocionaron. Kasala, Darfur, Senar. Kadugli, Karima, Wau. Sammar llevaba en su
interior aquella escasez y aquel polvo extremos. Sol y pobreza. Las voces de quienes
lo soportaban porque pedían tan poco a la vida. En la siguiente página
de la revista había un anuncio sobre material didáctico. Colegialas
de Somalia, sonrientes, del brazo. Blusas de manga corta bajo un delantal azul
marino, cinturones blancos. Sammar había llevado esa ropa, había
tenido aquella misma cara. El pelo esmeradamente cepillado, calcetines blancos
y el cinturón blanco. Recordaba los paseos con las amigas, con los dedos
entrelazados en los cinturones. Tirando unas de las otras. "Venga, que se va a
acabar el Bezianous en el bar". Las botellas tenían bultitos, unos bultos
muy bonitos, curvados. El Bezianous era rosa y dulce, y nunca estaba lo suficientemente
frío. Remover la arena con un pie, aplastarla bien aplastada. Sujetar la
botella vacía, sin hacer trampas, doblar las rodillas, dejarla caer. Si
se queda de pie, ¿qué pasa? Tu deseo se hará realidad, o "él"
también te quiere. Cuando Sammar
levantó la mirada, Rae estaba observándola, con una expresión
como de bondad en los ojos. Alentada, dijo: Yo
llevaba un uniforme así en el instituto. A
nosotros nos obligaban a llevar pantalones cortos incluso en invierno dijo
Rae . Era espantoso,
ir andando al colegio con el frío. Me alegré de que me expulsaran.
¿Te
expulsaron del colegio? preguntó
Yasmín .
¿Qué barbaridad hiciste? Escribir
una composición lo
dijo riéndose, de modo que Sammar no comprendió si estaba de broma
o no . Hice una
composición titulada "El Islam es mejor que el cristianismo". Yasmin
se echó a reír. Eres
un mentiroso. No me lo creo. Te lo acabas de inventar. Que
no, es verdad. Era en los años cincuenta. Seguramente querían expulsarme,
así que eso fue la gota que colmó el vaso. ¿Por
qué escribiste una cosa así? Un
tío mío se fue a Egipto con el ejército en la segunda guerra
mundial. Cuando llegó allí, empezó a interesarse por el sufismo,
se convirtió al Islam y abandonó el ejército. Te lo puedes
imaginar: lo consideraban traidor, un desertor. Mi abuela contó que había
desaparecido en combate. Siguió contándolo hasta que llegó
a creérselo, y también el resto de la familia. El tío David
le escribió, y a mi madre, para explicarles por qué había
hecho lo que había hecho. Sammar
cerró la revista. Rae se arrellanó en la silla. Tosió y se
sonó la nariz con un pañuelo grande, azul. Daba la impresión
de haber contado aquella historia en numerosas ocasiones y de querer repetirla.
Yo
leí esa carta. Creo que fue la primera vez que me topé con la palabra
"Islam" y comprendí qué significaba. Por supuesto, sabía
que mi tío había montado un escándalo, y sentía curiosidad.
Además, tenía que hacer la composición para el colegio. Ojalá
tuviera la carta de David, o la composición. Porque e
hizo una pausa ,
plagié párrafos enteros. Pero el título se lo puse yo. Por
supuesto que a David no se le ocurrió decir que el Islam es "mejor" que
el cristianismo. No utilizó ese término, pero decía cosas
como que suponía un paso adelante, del mismo modo que el cristianismo siguió
al judaísmo. Decía que Mahoma era el último en la línea
de profetas que se remonta a Adán, Abraham, pasando por Moisés y
Jesús. Todos eran musulmanes, Jesús era musulmán, en el sentido
de que se sometió a Dios. Eso no quedaba muy bien, ni en la carta ni en
la composición. Rae estaba riéndose
otra vez. ¿Y
qué pasó con tu tío? preguntó
Sammar . ¿Volvió?
No
podía volver, incluso si hubiera querido. Le habrían arrestado.
Deserción, traición, cargos graves. Siguió escribiendo a
mi madre durante varios años. Se cambió de nombre, se casó
con una egipcia y tuvo hijos. Yo tenía primos egipcios, familiares en África.
Me encantaba. Me parecía muy romántico. Pero mi madre nunca contestó
a sus cartas, o a lo mejor le envió cartas horribles, así que dejó
de escribir. Estuve buscándolo cinco años, entre el 76 y 81, cuando
daba clases en la UAC de El Cairo, pero no lo encontré. No me importaría
volver para buscarlo. Se quedaron en silencio
cuando Rae dejó de hablar. Sammar tuvo la sensación de que Yasmín
y ella llevaban mucho tiempo en su casa. La tarde en la biblioteca se le antojaba
algo lejano, de otro día. Las últimas gotas de té de su taza
parecían miel. Entonces Yasmín se puso a hablar sobre la intolerancia
de la gente, y Sammar se levantó para fregar las tazas en la cocina. Si
es sólo un minuto le
dijo a Rae cuando él le pidió que lo dejara, que no se molestara.
Pero se entretuvo un buen rato y echó
un vistazo. En el mostrador de la cocina había una botella de aceite de
oliva de Safeway, un paquete abierto de aspirinas solubles; pegadas a la puerta
de la nevera, más fotografías de la hija, más pequeña
y sonriente. En la pared había un grabado de la mezquita de Uleg-Beg de
Samarkanda, el exterior con los intrincados motivos del arte islámico.
Fue construida en 1418, según decía el pie, y era al tiempo masyid
y escuela, en la que no sólo se enseñaban ciencias religiosas, sino
también astronomía, matemáticas y filosofía. Sammar
subió la persiana de la ventana de la cocina y en la oscuridad vio un cobertizo,
luces en los otros edificios, el ambiente de la vida de las gentes. Agua caliente,
espuma con olor a limón, la voz de Rae. ...A
veces los tribunales de aquí demuestran sensibilidad cultural decía ,
y cada caso sienta precedente para los siguientes. En uno, un juez del Tribunal
Supremo concedió daños y perjuicios a una mujer asiática
divorciada por valor de miles de libras contra su marido. Él la había
calumniado al dar a entender que no era virgen cuando se casaron. El pleito se
basó en que el insulto era muy grave en su comunidad. Sí,
nosotros valoramos la virginidad dijo
Yasmín ,
y la castidad. Cuesta trabajo creer que un juez y un jurado británicos
pudieran comprenderlo, y mucho más que lo aceptaran. La
gente lo entiende, pero en el contexto de su entorno, de su parte del mundo. Sin
embargo, aquí es otra historia. Yo diría que el consenso es "a donde
fueres, haz lo que vieres". Típicas
ideas imperialistas. Tienes
razón replicó
Rae , pero estas
cosas tardan tiempo en cambiar. No creo que cambien mientras nosotros vivamos.
Será
mientras tú vivas dijo
Yasmín .
Nosotras somos jóvenes, ¿verdad, Sammar? Sammar
se dio la vuelta. Tenía las manos llenas de jabón, encima del fregadero.
Tú
eres más joven que yo le
contestó a Yasmín. Yo
cumplo treinta la próxima semana dijo
Yasmín .
Mi cumpleaños, y Nazim no estará, para variar. ¿Sigue
en la plataforma? preguntó
Rae. En
la costa de las Shetland, muerto de frío, el pobre. Pero qué tranquilidad
sin él... Lo
dices por decir, Yasmín replicó
Sammar. Cerró los grifos y limpió
el fregadero con la bayeta. Había manchas alrededor del tapón y
entre los grifos. Según
Chejov, una mujer se siente abatida cuando le falta la compañía
de un hombre, y cuando a un hombre la falta la compañía de una mujer,
se vuelve imbécil dijo
Rae. Qué
tontería replicó
Yasmín .
Yo nunca me siento abatida. Sammar echó
una ojeada en busca de un paño para secarse las manos. El que encontró
en el respaldo de una silla tenía el dibujo de un delfín. No se
veía a la gata por ningún lado. Había salido, y también
era hora de que ellas se marcharan. Deberíamos
irnos, ¿no? le
dijo a Yasmín cuando volvió junto a ellos .
Es tarde. Estoy
tan cansada que no puedo ni moverme contestó
Yasmín, y Sammar tuvo que cogerla de las manos para ayudarla a levantarse.
¿Cómo
vas a estar dentro de unos meses? le
dijo Sammar en broma, y se reían cuando Rae abrió la puerta y bajaba
con ellas las escaleras. Fuera, Sammar
se internó en una alucinación en la que el mundo daba vueltas. Su
país había llegado allí. Las calles débilmente iluminadas,
el cielo y la sensación de hogar habían llegado allí y se
habían equilibrado sólo para ella. Vio el cielo sin nubes con demasiadas
estrellas, imaginó la noche cálida, más cálida que
dentro de las casas. Olió el polvo y oyó los ladridos de los perros
callejeros entre los escombros y los baches de la calle. Tintineó el timbre
de una bicicleta, las ranas croaron, el almuédano tosió en el micrófono
y empezó el azan para la oración de la Ischa. Pero
aquello era Escocia y la realidad la dejó aturdida, insegura. Ya le había
ocurrido antes, pero no durante tanto tiempo, no con tanta intensidad. A veces,
las sombras en una habitación oscura le recordaban los cortes de electricidad
en su país, o confundía los gorgoteos de las cañerías
de la calefacción central con un azan lejano. Pero nunca se había
internado en una visión, nunca había llegado su país hasta
allí. Tardó en advertir la pulcritud de los edificios y los destellos
de la carretera. También tardó la calefacción del coche de
Yasmín en disipar la neblina que había formado en las ventanillas
el aliento de ambas. Pasaron por calles
brillantes a la luz de las farolas, llenas de coches. Los jóvenes paseaban
por Union Street como si no notaran el frío. Noche de sábado, otro
mundo. Rae
es distinto dijo
Sammar. Por su tono de voz, pareció una pregunta. ¿En
qué sentido? Me
resulta familiar, como la gente de mi país. Es
orientalista. Un riesgo laboral. A Sammar
no le gustaba el término "orientalista". Los orientalistas eran malas personas
que deformaban la imagen de los árabes y del Islam. Algo de la historia
o la literatura que había aprendido en el colegio, no se acordaba. Quizá
los orientalistas modernos fueran distintos. Se le empezó a nublar la vista.
Se sentía cansada, desinflada. Los faros de los coches eran demasiado brillantes,
círculos redondos, salvajes, cruzados por espadas. ¿Crees
que podría convertirse? Sobre el
asfalto rielaban espejismos. Yasmin respondió
con una especie de gruñido: Eso
sería suicidio profesional. ¿Por
qué? Porque
entonces nadie se lo tomaría en serio. ¿Qué sería? Un hippy
más que sigue un culto extraño. Algo peor que un culto raro: la
religión de los terroristas y los fanáticos. Así lo verían.
Tal y como va la cosa, ya tiene suficientes críticos: los que piensan que
es demasiado liberal, los que incluso le acusan de ser un traidor simplemente
por decir la verdad sobre otra cultura. ¿Un
traidor a qué? A
Occidente. Ya sabes, Occidente es lo mejor. Pero
nunca se sabe con la gente dijo
Sammar . Fíjate
en su tío... ¿Es
que esperas que se convierta para poder casarte con él? No
seas boba. Es por curiosidad aspiró
una bocanada de aire y lo expulsó casi con esfuerzo. Le dolían los
ojos, le dolía la nariz .
Lo digo porque sabe tanto sobre el Islam... Eso
le molesta. ¿Qué
le molesta? Que
los musulmanes piensen que se va a convertir porque sabe mucho del Islam. Ya
habían llegado a casa de Sammar. Apenas podía abrir los ojos para
meter la llave en la cerradura; la luz la destrozaba. Y un dolor de cabeza, un
dolor peor que el del parto. Dentro, sintió deseos de darse cabezazos contra
algo para desalojar lo que había en su interior. El sueño, que llegaba
tan fácilmente en aquella habitación de hospital, por estratos y
horas, no llegaba ahora. No llegaban el silencio, la ausencia de dolor. Ya
Alá, Ya Arham El-Rahimin. Cuando por fin llegó el sueño,
fue una inconsciencia desesperada. Se despertó despejada, ligera, en paz.
Pensó que debía de haber sufrido algo a medio camino entre una migraña
y un ataque.
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