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| El pájaro que canta el bien y
el mal. La vida y los cuentos de Azcaria Prieto (1883-1970) |
| JOSÉ MANUEL DE PRADA SAMPER |
| 352 págs. | | ISBN
84-96080-37-4 | | 26.90 € |
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7. El sapo y la rana El
sapo se casó con la rana. Y después de casaos trataron de irse a
vivir a Madrid. Y andando por el camino la rana brincaba más que el
sapo y se recataba a decirle: Manolito, ¿vienes? Y el sapo
contestaba: Poquito a poco. Y así a brinquitos llegaron a
Madrid. Y la rana iba preñada. Y dio un suspiro muy grande, y dice:
¡Ay, qué será de mí preñadita y en tierra
ajena! Y dice el sapo: ¡Pero de buen mozo!
20. El pájaro que canta el bien y el
mal Esta era una villa donde habitaban tres jóvenes
güérfanas, y la más pequeña era muy guapa y muy buena.
Y las otras dos hermanas mayores eran envidiosas y malas. Había en el pueblo
un joven muy bueno que llevaba la carrera de militar. Y llegó a ser capitán.
Y este joven se enamoró de la hermana más joven, y se casaron. Las
otras dos hermanas se pusieron coléricas, sin dar a conocer a su hermana
el rencor que le habían cogido. Sucedió que sólo un año
vivieron felices los recién casados. Estalló una guerra muy grande,
y el joven, como capitán que era, tuvo que marcharse al frente de las tropas.
A la esposa la dejó encinta y encargó mucho a las hermanas que la
cuidasen muy bien y que tuviesen con ella mucho esmero. Y les dijo que cuando
su esposa diese a luz, que se lo comunicasen en seguida. Y llegó la
hora de dar a luz, y trajo al mundo un niño y una niña, dos melgos.
Las hermanas, tan pronto como la madre dio a luz y se repuso un poco, la emparedaron,
y a los niños les cogieron un ama para que les criase. Les tuvieron en
su compañía hasta la edad de siete años, escribiéndole
siempre al padre que estaban muy bien, lo mismo la madre que los niños,
que se criaban muy hermosos. Sucedió que la guerra duró muchos
años. Las hermanas, queriendo ya desembarazarse de los chicos, porque querían
cuando viniese el cuñao que se casaría con una de ellas, les echaron
de casa. Los niños se fueron mendigando hasta llegar a un puerto de mar.
Allí se encontraron con una señora extranjera, y de que los vio
tan guapos, les dijo que si querían irse con ella. Como no tenían
hijos el matrimonio ese, pues nada más llegar a su país, a América,
les doztó por hijos. Allí estuvieron hasta que tuvieron dieciocho
años. Y al morir los señores, les dejaron el inmenso capital que
tenían. Y entonces los chicos trataban de volverse para España.
Y por fin fueron a vivir a la misma aldea donde habían nacido, sin pensar
ni en parientes ni en padres, porque como les habían dicho sus tías
que no tenían ni padre ni madre, pues vivían los dos muy tranquilos.
Se construyeron un hermoso palacio enfrente de la casa de sus tías, tomando
al poco tiempo relaciones con sus mismas tías, sin ellas saber que eran
sus sobrinos. Pero había una vieja que la tenían por hechicera,
y ella también tomó mucha amistaz con los chicos. Hablando con ella,
los niños le dijeron cómo se llamaban. Y un día, al irse
a bañar en el jardín, conoció la hechicera a la chica por
un lunar que había nacido la chica con él en el pecho. Se asustó
la bruja y fue corriendo a decir a las tías que aquellos jóvenes
iban a ser sus sobrinos. Las tías se sobresaltaron y empezaron a ponerse
intranquilas, porque a su cuñao, o sea el padre de los niños, no
le faltaba más que medio año para venir a casa. Entonces le dijeron
a la bruja: ¡Ay, a ver, tía fulana! ¡Ay, por Dios!
¡A ver cómo ustez hace que desaparezcan! Porque si viene su padre
y se entera de lo que hemos hecho, nos manda quemar. Sí, hijas
mías, sí dice la bruja. No tengáis miedo, que
de eso ya me encargaré yo. Se fue para el palacio donde estaban los
niños y los encontró muy alegres, pensando en las cosas que tendrían
que hacer en el palacio. La vieja les dice: ¡Miraz! ¡Qué
palacio más precioso heis hecho! ¡Qué jardín más
precioso! ¡Qué albergue tan bonito! Aquí no sos hace falta
nada más que tres cosas: el pájaro que canta el bien y el mal; un
ramo de flores de la Huerta de Irás y No Volverás, y un par de peces
de colores, que con dos peces de colores se poblará la alberca. Y lo mismo
el jardín con el ramo de flores. El hermano se puso muy contento al
oír contar aquello a la bruja, que la tenían por una mujer muy buena,
y le dijo a su hermana: Hermana, yo me voy a la Huerta de Irás
y No Volverás por el ramo de flores. ¡Ay, por Dios, no
te vayas, que está muy lejísimos! ¡A lo mejor te matan y no
te vuelvo a ver! Y entonces, ¿qué va a ser de mí? ¿Qué
voy a hacer yo tan sola en el mundo? No te apures, hermana contestó
el hermano. Yo no tengo miedo a nadie. Y, además, si me ocurriese
algo, te voy a dejar una botella llena de agua de la alberca. La miras continuamente,
y si ves que el agua está clara, no temas por mí, que no me pasa
nada. Si ves que el agua se revuelve, entonces ten paciencia y no te desesperes;
pero yo no volveré a verte. Y se puso en camino el muchacho. Y después
de andar muchas leguas, muchas, muchas, se encontró con un anciano con
unas barbas tan largas que le daban en la cintura, y le dice: Hermoso
joven, ¿dónde vas? ¿Quién te quiere tan mal que por
estos caminos te manda? Mire ustez, señor, me voy a la Huerta
de Irás y No Volverás por un ramo de flores para poblar un jardín
que tengo, que con ese ramo me han dicho que tendré flores de todas las
que haya en el mundo. Mucho peligro corres, pobre muchacho. Pero mira:
yo soy Nuestro Señor, que velo por ti y por tu hermana. Mira: anda listo.
A las dos se abren las puertas, y a las tres se cierran. Si no sales, allá
te quedas para siempre. No andes escogiendo árboles. No hagas nada más
que entrar, y del primero que veas coges un ramito y te vuelves a casa. No te
entretengas, que las puertas, si se cierran, no se vuelven a abrir. Todos los
seres que han entrao aquí, ahí les tienes todos hechos árboles,
peces y pájaros. Entró el muchacho, seguido por los consejos
del anciano, cogió una ramita de un árbol, y se salió corriendo.
Volvía muy alegre a casa con el ramo de flores en la mano. Su hermana de
día y de noche no se desprendía de la botella de agua, que permanecía
siempre cristalina. Al cabo de un mes, llegó el hermano a casa, teniendo
los dos una alegría inmensa. La bruja, de que lo supo que había
vuelto el muchacho, fue corriendo a verles y les dijo: Veis, veis, si
yo sos quiero mucho. Sos he de hacer entavía más felices de lo que
sois. Bajaron al jardín acompañaos de la hechicera, y les dice:
Plantaz el ramo donde vosotros queráis, que aunque le plantéis
encima de una peña, el árbol lo mismo ha de prevalecer. Los
niños, que creían en ella como en su madre, pusieron el ramito de
flores encima de una peña, como la hechicera les había dicho. Azto
continuo se formó un bosque de todos los árboles que pudiera haber
en el mejor jardín del mundo, de todos los colores, y rosas de todas las
clases. La hechicera entonces les dice: ¡Lo veis! ¡Lo veis
cuánto sos quiero yo! ¡Cuánto! No tenéis que conformaros
con este ramo de flores. Ahora tenéis que ir por los peces de colores.
Hermana, yo me voy por los peces de colores dice el muchacho.
¡No, no, hermano, no! dice la muchacha. No quiero más
que te separes de mí. Yo ya soy contenta con el jardín que tenemos,
y no nos hace falta más. ¡Qué miedosa eres, chica!
la dice el hermano. Yo me voy. Ya te dejaré la botella de agua
para que veas si me pasa alguna desgracia. Y se despidió de la hechicera
y de su hermana. La hermana se quedó muy triste, mientras la hechicera
se fue a contárselo todo a las tías de los chicos. ¡Ay,
por Dios, tía fulana! ¡Mire ustez! dicen las tías.
¡Sólo dos meses le faltan al cuñao para venir! ¡Ay,
si se llega a enterar, qué será de nosotras! No tengáis
miedo, bobinas dice la bruja, que si de la segunda vuelve, de la última
yo os prometo que no ha de volver. El muchacho seguía su camino, y
después de andar muchas leguas, como en el viaje anterior, se encontró
en el mismo sitio con el anciano. Y le dice: ¿Dónde vas,
pobre joven? ¿Quién te quiere tan mal que por estos caminos te manda?
Voy a la Huerta de Irás y No Volverás por un par de peces
de colores para poblar un estanque que tengo. Mira le dice el
anciano: yo velo por ti. A las dos se abren las puertas, y a las tres se
cierran. Si no sales, allá te quedas. Tantos peces como veas, son jóvenes
que no creyendo mis consejos se han quedao allí en castigo de su desobediencia.
El muchacho dio las gracias al anciano y siguió su camino. Llegó
a la huerta, y se abrieron las puertas. Y a la misma puerta, nada más abrir,
había un hermoso estanque con peces de todos los colores. Se agachó
y cogió dos peces y salió corriendo. Se tomó inmediatamente
el camino de su casa, y al cabo de un mes de jornada, llegó a la villa.
Su hermana estaba muy contenta, porque la botella con el agua había permanecido
siempre como un cristal de clara. La bruja, que no dejaba a la hermana en ninguna
hora del día, se salió con ella al balcón a ver si veía
venir a su hermano. Ya le vieron venir, y su hermana se volvía loca
de alegría, mientras la tía bruja estaba echando maldiciones por
lo bajo. Y las tías de los chicos, como tenían tanto miedo de que
el chico volviese, también estaban al balcón esperando a ver si
iba la vieja a darlas la noticia de que el muchacho no había vuelto. Pero
¡qué sorpresa tan grande cuando, al mirar para el balcón del
palacio que daba frente por frente del suyo, vieron a los tres: a la tía
hechicera con los dos hermanos! ¡Ay, Dios mío! decían
las tías. ¡Esa tía bruja nos está engañando!
¡Ya se ha hecho amiga de ellos! ¡La habrán dao mucho dinero,
y nos ha vendido! No ocurría así. La hechicera se dirigió
a la casa de ellas, y, de que las vio tan furiosas, las dijo: No temáis,
muchachas, no temáis, que de este y de la hermana yo me encargo. ¡Ay,
por Dios, tía fulana! ¡Ay, por Dios! Ayer recibimos carta de nuestro
cuñao, y dice que para primeros del mes viene. Si no podemos que desaparezcan
de una manera, tienen que desaparecer de otra. No tengáis miedo,
hijas mías, no tengáis miedo dice la hechicera, que
yo sos aseguro que de otro viaje no vuelve. ¡Ay, cuánto
se lo agradeceremos, tía fulana! ¡Por Dios! La tendremos siempre
con nosotros. No le faltará nada. Y volviose la tía bruja a
engañar a los ignorantes de los chicos. Miraz les dice:
¿no sabéis que esas señoras de enfrente, que están
siempre al balcón, están locas, locas, por haceros una visita?
Bueno, bueno. Que vengan cuando quieran dice la chica. No,
no, no, tan pronto no, hija mía dice la hechicera. Tan pronto
que no vengan. Hasta que no tengáis el jardín completo, no debéis
de admitir visitas. Tiene razón la vieja dice el hermano.
Sí, hijo, sí, tengo razón. Porque ya no sos falta nada
más que el pájaro que canta el bien y el mal. Déjame,
déjame de pájaros, hermano, que ya tenemos bastante contesta
la hermana. No sea que por el pájaro te vayas y no vuelvas. No,
hermana; no tengas miedo. Además, que te voy a decir que siempre que voy
me encuentro con un anciano que le llegan las barbas hasta la cintura; y él
me pone al corriente de lo que pasa en la huerta. Y me ha dicho que es Nuestro
Señor Jesucristo. ¡Ay, hermano, por Dios, que yo parece
que voy desconfiando de esa vieja! dice la hermana. No, no; no
seas sospechosa, mujer contesta el hermano. ¿No ves que es
una infeliz? No tengas miedo. Te dejaré la botella de agua, como las otras
dos veces, y yo me voy. Se despidió de su hermana y se marchó.
Después de haber andado muchísimas leguas, se encontró en
el mismo sitio con el anciano de las barbas hasta la cintura, y le dice, como
las veces anteriores: ¿Dónde vas, pobre joven? ¿Quién
te quiere tan mal que por estos caminos te manda? Me voy a la Huerta
de Irás y No Volverás por un pájaro que nos canta el bien
y el mal. Mira le dice el anciano, a las dos se abren las
puertas, y a las tres se cierran. Si no sales, allá te quedas. Entras y
coges cualquier pájaro que veas, al primero que puedas echar mano, y te
sales corriendo. Llegó el muchacho a la huerta; las puertas se abrieron
como siempre y entró. Pero, ¡oh, milagro!, que al entrar el chico
se formó un concierto de pájaros que le dejaron embelesao. Tantos
había, tan preciosos eran y tan bien cantaban, que el chico no sabía
cuál coger. Cogió uno y echó a correr. Pero se le había
pasao la hora, y, al llegar a las puertas, ya se habían cerrao, y allí
se quedó hecho un tronco, un árbol. La hermana, que vio que
el agua de la botella se había revuelto, empezó a gritar: ¡Ay,
Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío, tía
fulana! ¡Ay, Dios mío, que mi hermano ya no vuelve! La tía
bruja, que siempre estaba escuchando, subió corriendo, y la dice: No
llores, bobina; no llores. No te fíes de patrañas, que esa botella
es un cuento. Deja la botella, y márchate a buscar a tu hermano. De seguro
que le encontrarás en el camino, con el pájaro en la mano, y verás,
verás, qué contento viene. La hermana se marchó a buscar
a su hermano, y mientras tanto la tía bruja se fue donde estaban las tías
de los chicos, y las dice: ¿No sos lo había dicho yo?
Él ya quedó allá, y a ella tampoco la volveremos a ver.
¡Ay, por Dios, tía fulana! ¡Ay, por Dios! Si llegarían
a volver, nuestra perdición es segura. Mañana mismo llega nuestro
cuñao. Ha terminao la guerra, y se viene él a casa. ¡Ay, si
se llega a enterar! No tengáis miedo, no, que ya no vuelven les
dice la hechicera. La pobre hermana seguía su camino, loca y llorando
amargamente. Después de haber recorrido muchas leguas se encontró
en el mismo sitio con el anciano que encontraba siempre su hermano. Y le dijo
lo mismo: ¿Dónde vas, muchacha? ¿Dónde vas?
¿Quién te quiere tan mal que por estos caminos te manda? Y la
muchacha le contesta: ¡Ay, buen viejo, buen viejo, que me voy
a la Huerta de Irás y No Volverás a buscar a mi hermano! Ha ido
a buscar el pájaro que canta el bien y el mal, y no ha vuelto. Voy a buscarle
aunque perezcamos allá los dos. Mira le dice el anciano,
a las dos se abren las puertas, y a las tres se cierran. Si no sales, allá
te quedas. Entras en la huerta, y nada más entrar hay un tronco; vas y
le das un golpe con la mano y le dices: «Sal, hermano», y entonces
tu hermano volverá a recobrar su figura, y sos marcháis a vuestra
aldea. Así lo hizo la chica. Se abrieron las puertas, dio un golpe
al árbol, y se presentó el hermano con el pájaro en la mano.
Y el pájaro les decía: Estáis poseídos de
una mala mujer que os quiere engañar. La hermana dice entonces:
¡Ah, quita, quita, hermano! Suelta ese pájaro, porque nosotros
no tenemos quien nos quiera mal. No hablamos con nadie más que con esa
vieja, y aunque he llegao a sospechar de ella, no creo que nos quiera hacer tanto
mal. ¡Ay, no, no, no! dice el hermano. Yo el pájaro
no le dejo. Sea lo que quiera, el pájaro no le dejo, ni me separaré
de él mientras él viva y vivamos nosotros. Siguieron su camino,
y después de muchos días de cansancio llegaron a su casa. Entraron
en el palacio y fueron derechos al jardín a soltar el pajarito. El pajarito,
en lugar de subirse a los árboles, se volvió a la mesa donde iban
a comer los chicos. La tía bruja y las tías, que vieron que
habían vuelto los chicos, empezaron a ponerse desazonadas, pero siempre
disimulando, porque ya estaba en casa su cuñao, o sea el padre de los chicos.
¡Ay, Dios mío, tía fulana! Ya está nuestro cuñao
en casa. Si llega a coger amistaz con ellos y llegaría a sospechar de nosotras,
estamos perdidas. ¡Estamos perdidas! No desconfiéis, muchachas,
que sos he dicho que de ellos yo me encargo. El capitán, o sea el padre
de los niños, se ponía todas las mañanas al balcón
que daba enfrente del balcón de los chicos. Así que les vio la primera
vez, le llamaron la atención mucho, y las dice a las cuñadas:
¿Qué jóvenes son esos que viven enfrente de nosotros?
Debe ser un palacio precioso el que tienen. Me gustaría tener relaciones
con ellos, porque en esta aldea no hay personas de mi clase para tratarme con
ellas. No te se ocurra nunca jamás hablar con esos muchachos
dijo una de las tías. Son personas extranjeras. No se relacionan
con nadie en el pueblo. No sabemos qué educación tendrán,
y lo mejor es que no tengas trato con ellos. Llegó el día siguiente,
y el capitán, no conforme con lo que las cuñadas le decían,
se salió a dar un paseo de su casa a la de los chicos. Los chicos se bajaron
a la calle a pasearse también, y al encontrarse con ese señor le
saludaron muy atentos, y empezaron a hablar con él. Tanta gracia encontró
el capitán en los dos chicos que se quedó admirao de ver la buena
educación que tenían. Se fue a casa y las dice a las cuñadas:
He estao con esos chicos, y me han invitao a ver un jardín que tienen
muy precioso. Y yo, en agradecimiento, deseo invitarles a cenar en nuestra compañía
esta misma noche. ¡Ay, que nosotras no los metemos en casa! exclamaron
las cuñadas. En el pueblo se dice que son unos sinvergüenzas.
Pregunta, pregunta a la tía fulana, que habla con ellos, y verás
cómo te dice que son unos jóvenes muy mal educados. Bueno
dice el capitán; sean lo que quieran que sean. Yo quiero que
me acompañen esta noche a cenar. Ya no les quedó más
remedio a las cuñadas que decir que sí, que irían a cenar.
Pero llamaron a la tía bruja, y la dicen: ¡Ay, Dios mío,
tía fulana! ¡Ay, Dios mío, tía fulana, que nuestro
cuñao ha mandao venir a cenar a esos chicos! ¡Si se les ocurre traer
el pájaro, estamos perdidas! No sos apuréis, no sos apuréis,
mujeres dice la bruja, que no traerán el pájaro, no.
Y se fue la tía bruja para la casa de los chicos. La recibieron con mucha
alegría los chicos, y la dijeron: ¿No sabe, tía
fulana, no sabe que nos ha convidao a cenar ese señor que vive enfrente?
¡Bueno, hijos míos, bueno! Pero miraz lo que sos voy a decir:
que no llevéis el pájaro, porque si lleváis el pájaro
vais a disgustar a esas señoras, porque son muy limpias y, a lo mejor,
al pájaro le dan ganas de cagar. No, no, señora dicen
los chicos. Nosotros, si vamos, tenemos que llevar el pájaro, y de
lo contrario, si no nos dejan llevar el pájaro, pues no vamos a cenar.
Fue la infame mujer y les dice a las tías: No he podido convencerles
de que dejen el pájaro. Pues entonces, ¿qué vamos
a hacer? Pues miraz: vais a hacer dos tortillas, una envenenada y la
otra sin veneno. Como las tortillas las vais a poner a un tiempo en la mesa, pues
ponéis la envenenada para el lao de los muchachos, y la otra para vosotras
y para el cuñao. Así lo hicieron. Fue el capitán a la
casa de los chicos para llevarles con él a cenar. Los muchachos se cogieron
el pájaro y se marcharon con su padre, onque no sabían que era su
padre de ellos. Las tías les recibieron muy contentas y les acompañaron
a sentarse a la mesa. La criada sirvió las tortillas, poniendo la envenenada
para los chicos. Pero al tiempo de ir a comerla, después que la habían
partido, el pájaro empezó a cantar, y decía: ¡No
comáis, que tiene veneno! ¡No comáis, que tiene veneno! ¡Y
vuestra madre está emparedada! ¡Y vuestra madre está emparedada!
Y con el pico se volvía y picaba en la parez, donde estaba emparedada la
madre de los chicos. Los chicos no comían; pero el capitán no
había comprendido al pájaro y les decía: Pero ¿cómo
no comen ustedes? No, señor, no. Nosotros no comemos. Pues
¿por qué no comen ustedes? Porque este pájaro que
tenemos aquí nos cuenta el bien y el mal, y no comemos porque dice que
la tortilla está envenenada y que nuestra madre está emparedada
aquí en esta parez. El capitán se quedó pasmao al oír
eso a los chicos. Y entonces se recordó de su mujer y cogió un cacho
de tortilla y se lo tiró a un perro que tenían. El perro nada más
comer la tortilla quedó muerto de repente. Y entonces el capitán
se levantó furioso y las dice a las cuñadas: ¿Qué
es esto? ¿Qué es esto? Heis envenenao a estos chicos. Esto está
probao, que les heis querido envenenar. Ahora vamos a ver si lo demás que
dice el pájaro es cierto. Fue él mismo y coge un azadón,
y, picando en la parez, oyó un lamento que salía de dentro de la
parez. Ya sospechando una traición de las tías, derribó un
cacho de la parez, y se encontró con una mujer viva, como un esqueleto
de seca y que no podía hablar, porque las tías por un escondite
que tenían la daban sólo agua y rebojos de pan. Entonces, al
sacar a aquella mujer, el capitán no la reconoció; pero sí
que le vino la idea de mirar a los niños, a los chicos, porque su madre
tenía un lunar en el pecho. Y al mirar a los chicos vio que los chicos
tenían el mismo lunar que tenía su madre. Entonces creyó
ya de fijo que aquellas mujeres le habían hecho aquella traición.
Mandó el capitán amontonar muchos carros de leña y encenderlos.
Y después de estar encendida la hoguera, mandó arrojar en ella a
la bruja y a las cuñadas, y las quemaron. Y él se quedó
con los hijos y la mujer.
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