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Arsenal

JOSÉ CARLOS LLOP

120 págs.

ISBN 84-89618-07-0

1500 pts. 9,01 Eur.

Arsenal (00009)


      
NOTA


      Cuando se es aficionado a escribir y leer libros de esta especie, uno duda de si la vida anotada es vida o acaba siendo un ejercicio de clasificación entomológica. Las palabras suelen denotar cierta capacidad malabarista en la articulación del pensamiento, pero no siempre corroboran la intensidad de la vida, sino la intensidad de la reflexión o de la observación sobre las cosas que pasan y las cosas que le pasan a uno. Es mejor saber vivir que saber escribir, pero la literatura es ya, a estas alturas, una manera de vivir. No sé si mejor o peor que cualquier otra; en cambio sí sé que, metidos en papeles, es la que se aprende. La vida en cuanto tal quedaría en una especie de vita umbratilis término que Strachey tomó para sí del cardenal Manning interrumpida por expediciones, más o menos frecuentes, por otros territorios más mundanos. Como si lo mundano fuera la vida. Pero ésa es otra.
      Un hombre de palabras es un hombre de aire, salvo si las escribe, que se convierte en un hombre de papel: en un nombre escrito, en un hombre de letras, tanto en el significado que le dieron los franceses, como en el suyo estricto: un hombre cuyo rostro lo forman las letras, las palabras, los libros; un hombre que corre el peligro, si éstos desaparecieran, de convertirse en un hombre sin rostro. El hombre de letras es una especie de Licenciado Vidriera, pero también alguien que construye su propia vida a través de la escritura, en un proceso similar al que tiene la memoria.
      El hombre de letras no me parece mal título para estos Diarios. Se me ocurrió mientras corregía Arsenal. Un título que abarcaría este último tomo y los dos anteriores La estación inmóvil y Champán y sapos, más los que vengan después, si vienen. Ya que uno de los vicios del hombre de letras es que no entiende la vida si no se la explica sobre el papel. Como si la vida fuera un teorema matemático, una ley física o algo que fuera preciso entender...
      J. C. Llop
      Palma de Mallorca, 1995
      
OTOÑO DE 1993


      Estas últimas semanas las he dedicado a cerrar el segundo tomo de mi dietario. Han sido días de felices hallazgos y tensiones imprevistas, ocultas en los pasajes que la dicha y su reverso construyen, para surgir de manera difusa en la rememoración. Días de permisión con lo vivido y de censura privada de todo aquello que a nadie interesa. Pero sobre todo de reencuentro con una vida que el tiempo ha ido enterrando y que nos proporciona la fuerza necesaria para vivir otras vidas, para escribir otras páginas, para mantenerse en la certeza tanto de las propias equivocaciones como de los pocos aciertos que fortifican los días de un hombre, cuando unas y otros son ya solamente literatura.
      A propósito de la gloria literaria, que Nina Berberova fallecida ayer no conoció hasta el final de su vida. Lo cuenta Gabriel Matzneff en su diario de 1965: "Almuerzo en un bistrot de La Croisette. Un aparato de radio emite las noticias. Ha muerto Roger Vailland. En la mesa contigua, una pareja, género burguesía opulenta, comenta: "Seguro que es el padre de Jacqueline Maillan". He aquí" acaba Matzneff, "la gloria literaria".
      Otras muertes. La de Anthony Burgess, de quien recojo ahora esta frase: "No se puede elegir entre el bien y el mal si no se ha sido educado, si no se ha escuchado antes la voz del pasado". Y esta fulgurante imagen que encuentro al traducir unos poemas de Walcott: "El cerebro se convierte en una biblioteca para gusanos".
      Han llegado a la ciudad los estorninos, esos acrobáticos mensajeros del otoño que emulan bajo el cielo azul las hazañas de la RAF y en el crepúsculo parecen un ejército de inquietos murciélagos que toma posesión de lo único verdaderamente natural de esa escuela de rarezas que es la ciudad contemporánea: los árboles.
      X nos dice que se comunica con los muertos mediante la escritura. "Tengo poderes de médium asegura, me concentro, entro en trance y empiezo a escribir sobre el papel en blanco; entonces aparece una firma: Ramón Gómez de La Serna. Es su letra, sin duda continúa;le pregunto si se divierte allí donde esté y me contesta que no: aquí no hay risas, ni juegos. ¿Entonces hay fuegos?", le digo. "Sí responde Ramón, aquí no hay juegos pero sí fuegos".
      X nos habla luego de sus contactos ultraterrenales con Papini "No lea la biografía del Papa Clemente; entonces creí que estaba inspirada por Dios; ahora sé que lo estaba por el diablo". También de sus charlas con Vintila Horia y con Borges "¿Qué es la eternidad?, le pregunté. Un laberinto, me respondió" en ese particular consulado del más allá (la expresión se la debo al poeta Aquilino Duque) que ha organizado en sus cuadernos. Pero lo más curioso es que todos han leído sus libros y lo consideran "un hombre de gran inteligencia". Maniobras de la soledad; vicios quijotescos de la lectura; manías del escritor misántropo, sí, pero también locuras a las que todos estamos abocados, pues toda literatura es, entre otras cosas, búsqueda de una genealogía propia: aquélla de la que carecimos en vida y que hallamos en la ficción, el pensamiento o la inteligencia de los otros. A la sombra de esos grandes árboles que son los viejos maestros. ¿Acaso no son los libros una prodigiosa conversación con los antepasados? Mi amigo Z, me dice al despedirnos: X está preparándose para cruzar la laguna y con esta necrófila grafología no hace más que elegir su panteón y los muertos ilustres que deben acompañarle.
      Tras más de ocho años de matrimonio, por fin compramos nuestra primera casa. Por delante mira al bosque; por detrás a distintos jardines. El jardín y el bosque, dos metáforas clásicas un cuarto volteriano, otro jüngeriano de la vida. Como el laurel que se alza junto a la puerta y que me hizo pensar, la primera vez que vi esta casa, en Plinio el Joven.
      Malentendidos. Los erróneos prejuicios que modifican cualquier relación la mayoría de prejuicios suelen ser equivocados al menos en su vocación de absoluto se achacan muchas veces a esos malentendidos, pero esta conclusión no es más que una farsa. No se malinterpreta aquello que no se quiere malinterpretar. Y no se entiende aquello que de antemano no se quiere entender. Comprenderlo todo escribió madame De Stäel es perdonarlo todo. Y el malentendido surge de la voluntad de incomprensión que provoca la orgullosa defensa de un territorio propio, de la construcción de la diferencia, caiga quien caiga, pues en esa diferencia no existe el perdón más que como acto de vanidosa magnanimidad. Todo malentendido es, en el fondo, una sutil declaración de guerra a nuestro interlocutor.
      A X ya no se le puede contar o explicar nada. El abandono que supone descubrir la pérdida de un confidente, la sensación de desvalimiento cuando alguien en quien siempre hemos confiado, demuestra un desinterés que no es tanto fruto del desafecto o del cansancio, como de una voluntad de instalarse cómodamente en el no saber, pues el saber le daña.
      La belleza del sosiego, que siempre es la mejor belleza.
      X me llama por teléfono para una consulta sobre la biografía de Ionesco. Detrás de sus palabras, la música de un clavicémbalo. Le pregunto de quién es esa música. "De Antoine Forqueray responde, un enemigo de Marin Marais que la escribió para viola de gamba y su hijo Jean Baptiste la transcribió para ser interpretada por un clavecín".
      ¿Qué hacemos todos los hijos sino interpretar la misma música que nuestros padres pero con un instrumento diferente?
      Ella guardaba los libros de su amante en el cajón de su ropa interior.
      Comida con X. Hablamos de su pariente Z, un personaje novelesco idéntico en su vejez al obeso y derrotado Oscar Wilde que esperó a la muerte en París. Rico y de buena familia, hijo único, dilapidador, aficionado a las antigüedades, al juego y a los muchachos, cuanto más atléticos mejor. En una ocasión, uno de sus amantes le propinó una cuchillada; él, después, lo visitaba en la cárcel todas las semanas. Alguien le pregunta a X si Z aún mantiene al ciclista y ella responde que ya no tiene dinero para eso, pero que en una ocasión encargó a un sastre catorce abrigos para los componentes de un equipo de fútbol. "Aunque a estas alturas de su vida dice X, ya sólo se lamenta por sus cien kilos de peso y de vez en cuando asegura que él no ha sido nada más que un crápula".
      Dos riquezas de la sensualidad mediterránea: la permisividad sexual y la vela latina.
      Estos versos de Aquilino Duque: "Llega el otoño abriendo las granadas / y encendiendo los caquis". Y llegan también, las sombras, la otra cara del otoño. Hace tiempo leí en un artículo de Bruce Chatwin que los aborígenes australianos tienen una palabra para la depresión. Esa palabra significa la temporada en que el cangrejo pierde su viejo caparazón y carece de uno nuevo que lo proteja.
      En lo que va de siglo aquí se ha considerado esnobismo admirar lo extranjero. Y son esnobs o lo han sido muchos de los fascinados en los años sesenta por la tecnología alemana, en los setenta por el hippismo norteamericano y, en los ochenta, la totalidad de aquéllos que se llenaban la boca de nouvelle cuisine y antes de atacar una copa de vino parecían posesos arqueando las cejas, moviendo las narices y volteando el cristal como si fuera una peonza. Después del porro y la new left, de la nata líquida y las porciones para pigmeos eso sí, con mucho y barroco ornamento vegetal se puso de moda Europa y en Europa nos pusimos de moda nosotros, henchidos e hinchados de ser europeos. Pero con nosotros llegó la crisis al viejo continente y muy pronto hemos dejado de ocupar el primer puesto en su ocioso hit-parade. Ahora el esnobismo consiste en mirarse el ombligo, en el gran negocio de la propia identidad, en echar a los otros las culpas de nuestras desgracias. Y da lo mismo que casi siempre sean los mismos sujetos quienes enarbolen con entusiasmo la bandera de turno. Para ellos seguiremos siendo esnobs todos los que admiramos la solidez de otros países donde no suceden los despropósitos del nuestro.
      Tal vez la voluntad de madurez consista en saber renunciar a lo que, aunque pueda gustarnos, nos aleja de la manera que hemos elegido para vivir. Con los años arrinconamos en los estantes más inaccesibles de la biblioteca aquellos libros que nos hicieron felices, regodeándonos en nuestra tóxica tristeza (probablemente no resistirían una segunda lectura), y cuando alguien los nombra, sonreímos por dentro como quien disculpa una falta conocida. Dejamos también de escuchar aquellos discos que fueron la música de nuestra primera juventud; están ahí, al alcance de la mano, pero parecen invisibles. O abandonamos a aquellos amigos que nos querían como no éramos, de tan incómodo que resultaba vestir un traje confeccionado a medida por otros (esos amigos, por cierto, que cuando las cosas se torcían eran los primeros en dejar de llamar por teléfono y en murmurar por ahí nuestras ausencias). Supongo que las renuncias configuran, como los dones, las carencias o las voluntades, la propia manera de ser literariamente, el estilo. Todo aquello a lo que renunciamos es un paso adelante hacia lo que queremos. Pero en el fondo de lo que queremos también late aquello a lo que renunciamos porque también eso fuimos alguna vez. Tal vez por esto, ser escritor es siempre un aprendizaje ser es siempre un aprendizaje y obtener lo que deseamos no produce más que vértigo y una única certeza: volver a empezar. Solos; para que nada nos aleje de la vida. Y menos que nada, nosotros mismos, aunque llamemos a ese nosotros sensibilidad de artista, manías del talento, o simplemente lo hagamos por su verdadero nombre: incapacidad. La misma que nos hace recrear el mundo en los límites cerrados del folio, porque el original no nos gusta ni poco ni mucho. O gustándonos demasiado, nos sobrepasa.
      Una hora de paseo matinal por el campo con mis hijos. Niebla cerrada, los pájaros en los árboles y víspera de Difuntos. El mayor va por delante en bicicleta. De vez en cuando detiene la marcha y nos espera, o desanda el camino hecho y nos rodea pedaleando, mientras pregunta sobre alguna planta o un insecto jamás he comprendido cómo puede ver los insectos del camino desde el sillín de la bicicleta. El pequeño, cogido a mi mano, me cuenta durante toda la hora del paseo un relato, a medias inventado, a medias onírico, donde bosques, animales y miembros de la familia entre los que "tú eras muy viejo" son los protagonistas. "Y después... y después" es la expresión con que separa los distintos fragmentos de su historia interminable. Al llegar a la verja de casa, se detiene y me dice: "Pero todo esto te lo enseño en el campo, ¿eh?, no te lo enseño aquí". Las jerarquías de la casa abandonadas en un territorio que le es desconocido.
      Día de Todos Los Santos. Sobre el alambre de una cerca, protegida por las ramas y el tronco centenario de un olivo, la mancha roja del primer petirrojo de este otoño.
      Esta mañana, mientras me afeito, tres gorriones en la ventana del cuarto de baño. Picotean el vidrio granuloso y opaco, pían, se mueven de un lado a otro. En más de cinco años que llevamos viviendo en la casa, jamás se habían posado sobre el vano de esta ventana. Saben que nos iremos pronto y han venido a despedirse.
      La aspereza de las relaciones humanas, las heridas que causa, sí, pero la lección moral que encierra, esa misma que se desfigura y desvirtúa hasta convertirnos en payasos, cuando nos entregamos a la vida solitaria por pura misantropía, es decir: por debilidad y amor propio.
      Desconfiad del altruista. Tarde o temprano os morderá con los contundentes colmillos de su camuflada vanidad.
      Veo una vieja película francesa, fresca y divertida, con su ronda de inevitables adulterios. El adulterio, en Francia, es como la mujer, el vino, la comida, los perfumes, la ropa de alta costura, o el arte: un exquisito producto nacional, madura y sabia herencia de las liaisons dieciochescas, carente de culpa y pleno de ese humor fruto tanto del conocimiento carnal como de un sentimiento arcádico. El adulterio español hablo de arquetipos o es pasional y trágico, ribeteado de malas conciencias, o es chabacano, burlón y cruel. El anglosajón, de tan alambicado por la raíz puritana del protestantismo, a veces acaba incluso en frío asesinato. Sin embargo, el adulterio francés es un civilizado triunfo del mundo adulto, ligero y fresco como el champán o las medias de seda, y de un limpio neoclasicismo emparentado con el estilo Imperio y las comedias de Goldoni y Moliére. Tal vez sea porque, en él, las riendas las lleva la mujer adúltera y no es el hombre quien la arrastra hasta el pecado como por ejemplo en el español sino su propio deseo. Hablo, repito, de arquetipos, que a la larga son los que mandan.

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