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La vara de zahorí

MICHAEL KNIGHT

208 págs.

Traducción: Flora Casas

ISBN 84-89618-75-5

2450 pts. 14,72 Eur.

La vara de zahorí (00009)


      
Cómo acabó


      Sam Holladay tenía sesenta y tres años cuando le espetó a Simon Bell un revólver corto del 38 en el pecho y apretó el gatillo, derribándolo cuan largo era, como si le hubieran dado un empujón., y lo mató. La bala le atravesó el corazón y le salió por el hombro izquierdo, dejando una estela de sangre y fibras como la cola de un cometa. Era un domingo de julio, a última hora de la mañana; en el suelo se dibujaban las sombras alargadas de los pinos. El día anterior, Bell había pasado el cortacésped, y el aire olía a hierba cortada, y las briznas se le pegaban al hombre en los zapatos y colgaban del pelo de Bell, en el lugar donde yacía. Sam Holladay se quedó junto a él uno momento; después entró en casa de Bell y llamó a la policía.
      Pensaba que ocurriría algo inmediatamente, pero la casa estaba vacía y tranquila. Ya había estado allí antes, hacía años, y no le pareció que hubiera cambiado nada. Todos los muebles exactamente como los recordaba, las mismas fotografías en la repisa de la chimenea. Volvió lentamente al dormitorio y se sentó en el borde de la cama, apoyando los brazos en las rodillas. Después de telefonear entró en la cocina a por un vaso de agua. El fregadero estaba atestado de platos con restos de comida pegados, al menos de una semana, inclinados precariamente hacia el borde. Cuando acercó la cara para mojarse los dedos y los párpados con agua fría, percibió un intenso olor a putrefacción. Unas cuantas botellas de cerveza vacías en la encimera, como los rascacielos de cristal de la maqueta de una ciudad. Una cafetera quemada, carbonizada. Intentó pensar en su mujer, cerró los ojos y se la imaginó en otra cocina, la cocina de ellos dos, a menos de veinte metros de allí, descolgando cacharros de cobre de los ganchos de la pared y poniéndolos en el fogón. Como bien sabía, estaba preparando el desayuno. Pensó si habría oído el disparo ella ponía la radio a todo volumen mientras cocinaba, si se habría apartado del fogón un momento para mirar hacia el lugar donde se había producido la detonación. No sabía qué iba a ocurrir, qué le sobrevendría, pero estaba preocupado por ella. Por la ventana que había sobre el fregadero, Holladay distinguió el cuerpo de Simon Bell, una silueta sobre la hierba, no más amenazante o aterradora que un maniquí en un escaparate.
      
Simon Bell


      Mi padre compró la casa de Speaking Pines Road y todos los muebles movido por un impulso ridículo e irrefrenable al día siguiente de declararse a mi madre. Estaba tan emocionado porque ella le hubiera dado el sí que buscó a un corredor de fincas, firmó un cheque para la entrada y a continuación recorrió como loco el sur de Alabama comprando sofás y mesitas, armarios y canapés, sin tener en cuenta el espacio ni preocuparse por un diseño coherente. Por último, mientras hacía cola para comprar un sillón de plástico blando en una tienda llena de chismes para fumar hachís que llevaba un tipo con greñas y una perilla de papanatas a quien, en otras circunstancias, a mi padre le habría dado por insultar, le rechazaron la tarjeta de crédito y de repente recobró el juicio.
      Siendo como era un hombre tozudo y pragmático en cuanto a lo económico, mi padre jamás habría admitido que la casa era absurda ni se habría desprendido fácilmente de dinero para reemplazar los muebles. Yo podía imaginarme la primera vez que mis padres vieron juntos la casa, los dos en el cuarto de estar, dando vueltas, lentamente, aturdidos, mientras mi madre pensaba en qué demonios se había metido y cómo podría plantear con tacto hacer algunos cambios, y mi padre se consumía de humillación pero se mantenía sereno, negándose a reconocer su error. No era hombre que admitiera sus equivocaciones así como así.
      Con la casa propiamente dicha se lo montó bien: estilo georgiano, de ladrillo rojo, cuatro dormitorios, dos cuartos de baño y aseo, frente a un campo de golf, índice de delincuencia cero. Mi padre tenía cuarenta y nueve años cuando se casó con mi madre, y cincuenta y dos cuando me tuvieron a mí. Llevaba tanto tiempo de soltero que nunca llegó a cogerle el tranquillo a lo casero. Y mi madre se lo trabajó muy bien hasta el día de su muerte, a la chita callando. En el transcurso de los años pilló muebles nuevos, los metió uno a uno, de modo que mi padre casi no se dio cuenta de que la casa parecía menos delirante.
      Mi padre murió cuando yo estaba en casa, durante las vacaciones de verano. Era justo después de las cinco y las golondrinas revoloteaban entre los árboles. Estaba remojándose en la piscina, detrás de la casa, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, los codos apoyados en el borde, y mi madre ponía dentro discos para él: la música se colaba por las ventanas abiertas. Yo estaba sentado en el portal, entre los dos. Resultaba agradable pasar un rato en casa, mientras la luz del día iba desdibujándose y los pájaros cantaban con su críptico lenguaje. Sonó el teléfono y entré a cogerlo, para no molestar a ninguno de los dos, y cuando volví, mi padre estaba muerto. Había salido de la piscina, tal vez para decirle a alguien que le dolía el pecho, y me lo encontré de costado, con las rodillas dobladas, la boca abierta como un niño dormido.
      Me quedé perplejo al descubrir que no era capaz de albergar tristeza. Deseaba estar afligido, como mi madre, destrozado e impotente, sentir su ausencia en mi cuerpo como una herida, pero, más que nada, su muerte me dejó aturdido y vacío. Presidí el funeral en medio de una neblina de desconcierto. El oficio religioso se celebró junto a la tumba, mientras los asistentes languidecían bajo la calorina de finales de agosto. Colocaron sillas plegables de metal bajo una carpa de rayas. Después, no era capaz de recordar nada del discurso que pronuncié ni las manos cálidas, de consuelo, de los asistentes al duelo, ni siquiera a mi madre, en la primera fila, paralizada por la pena. Lo que recordaba con mayor claridad era la imagen de las secretarias de mi padre, las seis sentadas en la misma fila, pasándose pañuelos, estremecidas con los sollozos, como desconsoladas viudas de un rey polígamo.
      Mi padre, el primer Simon Bell, fundador, propietario y operario de Tractores y Maquinaria Bell. Tenía un grupo de secretarias, a cual más fea, que convertía su despacho en un escaparate de eficacia cincuentona y sin gracia, con mujeres que daban la impresión de no hacer nada. Un despliegue de cinturas descontroladas y traseros aterradoramente grandes, toneladas de maquillaje y pelos de bruja, como si con la falta de atractivo de aquellas mujeres mi padre quisiera dar a entender que su actividad era estrictamente laboral.
      Cuando era niño, yo estaba convencido de que mi padre era quien lo hacía todo en la empresa. Sus manos ásperas, resbaladizas de grasa, apretaban cada tuerca y tornillo de todos los tractores. Lo veía preparando el salón de exposición y ventas, lo imaginaba conduciendo los camiones transportadores con la joroba de las cosechadoras, apisonadoras y excavadoras para los distribuidores de Bell en otras ciudades. Lo que más me gustaba eran las excavadoras. Madre y yo pasábamos a veces junto a un grupo de obreros en la autopista cuando me llevaba al colegio: la excavadora recogía asfalto como si fuera helado, y yo me giraba en el asiento, pensando que mi padre estaba en la cabina. Ella nunca me dijo que no fuera así.
      Una noche, ya tarde, mi padre me llevó a la nave industrial de Tractores Bell para irrumpir en una reunión ilegal. Sus empleados intentaban formar un sindicato. Mi padre se subió al capó de uno de sus tractores, uno que él había inventado con los conocimientos de maquinaria que había adquirido como mecánico de tanques en el ejército. Yo tenía nueve años. Me levantó y me colocó delante de él, sujetándome con firmeza por los hombros, de modo que tuviera que estar frente a la multitud de trabajadores. Les dijo que me mirasen, que me mirasen con atención. Si oigo más chorradas sobre un sindicato, vendo hasta la última pieza de maquinaria, dijo, hasta el último metro cuadrado de tierra donde está la maquinaria, y entrego lo que saque a este chico, que es mi hijo. Él y su familia tendrán más que suficiente durante generaciones, y ustedes, caballeros, se quedarán sin trabajo.
      Así quedó la cosa, o al menos así lo recuerdo yo. Todos aquellos ojos clavados en mí. Mi padre se marchó con aire ofendido, empujándome delante de él, mientras la multitud se deshacía a su alrededor como si estuviera rodeado por un campo de fuerza. Así imaginaba yo su vida, cuando acababa de tomarse el café y nos dejaba a mi madre y a mí en el porche. Incluso más adelante, cuando ya tenía suficiente edad como para conocerlo mejor. Cuantos lo rodeaban parecían innecesarios. Era imposible que estuviese muerto. Durante los días que siguieron al funeral, yo no dejaba de pensar que al bajar lo encontraría sentado a la mesa de la cocina leyendo el periódico mientras esperaba el desayuno, con una taza de café humeante en la mano.
      Pasé el resto del verano simulando una enorme tristeza. Deambulaba por la casa soltando suspiros enormes, desgarradores. Me apoyaba en la puerta, mirando con nostalgia por encima del hombro, y anunciaba que me iba a dar una vuelta con el coche, como si un paseo solitario fuera lo único que podía animarme. Me aterrorizaba que alguien se diera cuenta de que en realidad no estaba hecho polvo por la pérdida de mi padre.
      Por el día, me dedicaba a dar golpes a una pelota por el campo de golf del barrio, treinta y seis hoyos de una vez. Por la noche, bebía cerveza e iba detrás de chicas desconocidas. No aguantaba estar en casa, no soportaba ver a mi madre, con los ojos cansados y guapísima por la pena. A mis amigos les decía que no iba a salir para controlar un poco a mi pobre madre, y a mi madre le decía que salía con mis amigos. Tuve una historia secreta, durante una semana, con una portorriqueña llamada Pilar, que me compraba las cervezas porque yo era menor de edad. Cuando pronunciaba mi nombre, le salía alargado y quejumbroso, y me gustaba cómo sonaba en su voz. Como si yo no fuera yo.
      Saaimón decía. Béesame, Saaimón.
      Me quedaba un rato dormido sobre su hombro antes de irme a casa. Ella decía:
      Tu papá está muerto, Saaimón . ¿Cómo puedes estar aquí conmigo y no con tu madre?
      Te quiero decía yo.
      Eso le parecía gracioso. Se reía, me acariciaba la cabeza y decía:
      Deberías estar en casa. No aquí, enamorado de mí.
      Cuando por fin llegó el otoño, volví al colegio, y mi madre empezó a ver a una adivina. Se recorría media ciudad para consultar a una mujer que daba consejos místicos sentada a la mesa de la cocina, con la bola de cristal junto a una jarra de vino peleón. Mi madre decía que no quería que nada volviera a cogerla desprevenida. Me enviaba largas cartas llenas de absurdas profecías. No te subas a un coche grande y blanco, Simon. Hagas lo que hagas, evita a las mujeres pelirrojas que beben ginebra. Me imaginaba que se despabilaría al cabo de poco tiempo. En aquellos días, cada luna estaba llena de portentos para ella, y cada gavilán que pasaba era portador de presagios.
      Había una fotografía fantástica suya en la repisa de la chimenea. Mi padre la hizo con su primera cámara a color: la imagen era granulada, los tonos sepia y borrosos. Ella estaba sentada en el capó del coche, un descapotable De Soto Firesweep de 1959, alargado y elegante, con alerones formando ángulo. Tenía veintiocho años, mi edad, acababa de casarse con un hombre que le llevaba más de veinte años, y estaba guapísima, sin alharacas, con el pelo recogido con un pañuelo amarillo, un rizo oscuro asomando sobre la frente, los ojos ocultos tras unas gafas de ojo de gato. Tenía los brazos extendidos en un gesto de abrazo, los pies apoyados en el parachoques, con los dedos hacia abajo. Una joven esposa en un coche nuevo, una sonrisa congelada en el tiempo con una cámara recién comprada.
      A mi madre le encantaban las películas de terror, cuanto más sangrientas mejor. Se pasaba semanas enteras estudiando la guía de televisión, buscando la mejor película, y después obligaba a mi padre a verla con ella, los dos sentados en el sofá: mi madre chillaba, encantada; mi padre se ponía rígido, muerto de aburrimiento. Decía que no tenía la menor intención de creer lo inverosímil con esa clase de películas para retrasados mentales. Pero poco a poco, a medida que mi madre iba asustándose, mi padre deslizaba una mano por el respaldo del sofá hasta que la aferraba firmemente bajo el brazo.
      A ella le gustaba esconderse en los armarios o detrás de las puertas y salir de un salto cuando mi padre o yo menos lo esperábamos. Es bueno para la sangre, decía. Viene bien llevarse un susto de vez en cuando. Mi padre siempre mantenía la compostura, fingía no haberse asustado, pero una vez, al volver del trabajo, tras un día supongo que especialmente agotador, mi madre saltó desde detrás de las cortinas del cuarto de estar y lo agarró por los hombros. Él se volvió instintivamente y la dejó tiesa, despatarrada contra la mesita como una codorniz asustada, con las revistas desparramadas, y una lámpara de porcelana que le encantaba acabó rota. Yo oí el alboroto y salí a todo correr de mi habitación. Lo primero que vi fue la lámpara, los trozos como huesos astillados. Mi padre estaba abrazando a mi madre, que tenía la cabeza apoyada en su hombro, con un reguero de sangre que le salía de la nariz. Los dos lloraban. Nunca había visto llorar a mi padre. No sabía qué había ocurrido, pero comprendí que tenía que haber sido algo terrible, de modo que me metí entre los dos y les dejé que dieran rienda suelta al llanto. Así nos quedamos, llorando, de una forma rara, casi de felicidad, como un agricultor arruinado que hubiera ganado la lotería demasiado tarde para salvar las tierras de la familia.
      Exactamente seis meses después de la muerte de mi padre, mi madre se ahogó en el golfo de México. La marea arrastró su cuerpo, pálido e hinchado, hasta unos ochocientos metros de la playa, cerca de la casa que tenía alquilada. Y yo volví otra vez a casa, para entregar su cadáver a la tierra. Se rumoreaba que se había suicidado, que se había metido en el agua hasta que se le llenaron los pulmones, pero yo no me lo creí. Ya nadie se moría de soledad ni de pena. Eso lo sabía. Unos días después del funeral, llené la bañera un vestigio con patas del ataque consumista de mi padre de agua caliente, me bebí diecisiete cervezas y mantuve la cabeza bajo el agua todo el tiempo que pude. A pesar de mi tristeza, sólo aguanté un minuto y medio.
      La primera vez que la vi, Delia Holladay me ayudó a descargar el coche. Me estaba mudando a casa de mis padres. Era a finales de abril, siete años después de la muerte de mi madre, con el aire ya colmado de verano. Delia cruzó el sendero desde la otra casa y se presentó. Tenía una cara ancha, limpia, como de campesina, amplias caderas y ojos verdes. Cuando me estrechó la mano, se miró los pies descalzos y clavó los dedos en la hierba. Yo dije:
      No sabía que Sam tuviera hijos.
      Me miró unos segundos, entrecerrando los ojos para protegerse del sol. Llevaba un mechón de pelo del color del maíz enganchado en la comisura de los labios. Mi coche seguía vibrando por el calor. Sacó un petate del maletero, con unos brazos delgados y bronceados, y dijo:
      Soy su mujer. Hace ya casi un año.
      Joder dije. Perdona.
      Se echó a reír, soltó el petate y se cruzó de brazos.
      No te preocupes dijo. Todo el mundo piensa lo mismo.
      Sólo nos llevó tres viajes transportar mis cosas hasta casa. No tenía mucho que pudiera considerar mío: unas cuantas maletas, una bolsa de golf y una lámpara que me había regalado una chica de la que quería conservar un recuerdo, los escasos acopios de toda una vida. Antes de salir de la casa, Delia me preguntó qué había hecho mientras estaba fuera. Dijo que siempre había tenido una sensación rara al vivir junto a una casa vacía. No supe qué responder. Ante la puerta abierta, con la brisa del aire acondicionado secándome el sudor de la espalda, durante unos segundos no fui capaz de recordar qué vida había llevado. Era como si me hubiera dado un ataque de amnesia. Traté de sonreír. Dije:
      Bueno, pues nada especial.
      Cuando se marchó, me tendí en el sofá, con una vaga inquietud flotando sobre mí, y compuse mentalmente una lista de las cosas que había hecho. Volví al instituto después de que muriera mi madre, a continuación entré en la facultad de Derecho, porque en aquella época todo el mundo iba a la facultad de Derecho, y después estuve un año en el departamento fiduciario de un banco de Mobile. Dormía, cenaba, y veía la televisión, como todo el mundo. Me hacía una limpieza de dientes de vez en cuando e iba a fiestas. Debió de haber algunas fiestas. Recordaba haber leído un libro, de misterio, haber comprado un regalo de Navidad para la secretaria del bufete, un revistero de mimbre. Había un sitio adonde iba a tomar copas después del trabajo, donde el camerero me reconocía pero nunca supo mi nombre. Me compré varios trajes. Una vez, le preparé el desayuno a una testigo de Jehová. Se presentó en mi apartamento, toda ella piel limpia y buenas intenciones. Debía de tener unos dieciocho años, así que la dejé entrar. Yo estaba leyendo informes financieros en la mesa de la cocina y los retiré para dejar sitio a sus folletos. Puse unas tiras de panceta en el microondas, unas rebanadas de pan en la tostadora. Tenía unos dientes tan blancos como alféizares de ventana.
      Mi testigo de Jehová me cubrió una mano con las suyas y, en tono sincero, me habló del Reino de los Cielos: campos verdeantes, hombre y bestia en armónica convivencia, a todo color. Cada dos por tres guardaba silencio y me miraba, parpadeando como si le sorprendiera que aún no la hubiera echado. Fue la conversación más larga y agradable que mantenía yo desde hacía meses. La luz entraba a raudales por las ventanas y se entremezclaba con su pelo. Cuando me pidió que me entragase al Señor, cerré los ojos, me incliné sobre la mesa y la besé en la boca. Noté cómo sus labios se ponían rígidos bajo los míos. Al abrir los ojos, ella me estaba mirando con una expresión de decepción tan cándida y pesarosa, con unos ojos como el ámbar acuoso de los cantos del lecho de un río, que yo habría dado cualquier cosa por ser mejor persona.
      Pasé mi infancia en Alabama, en Sherwood. La ciudad se extiende a orillas del río Arrowhead, rodeada de pinares y riscos de arcilla roja. Había una fábrica de papel, la empresa de tractores Bell y un instituto: suficiente trabajo para seis mil hombres y mujeres. Como era cabeza de partido, tenía juzgado, una de esas maravillas enjalbegadas que ya no se ven. Al día siguiente de la catástrofe con la testigo de Jehová, envié cartas a los tres bufetes de abogados de Sherwood y, curiosamente, uno de ellos aceptó mi solicitud.
      La casa estaba tranquila cuando volví, llena de resonancias y fantasmas, pero limpié la piscina y puse todos los aparatos en funcionamiento. La empresa me obligaba a trabajar como un negro casi todos los días: tenía que ir de acá para allá y hacer investigaciones para los abogados con más experiencia, pero algunas tardes me escapaba del despacho y me tendía en una tumbona junto a la piscina. Me gustaba oír las voces de las señoras golfistas que se filtraban por la valla. Me parecía algo profundo, maravilloso: la brisa rizando la superficie del agua, las grandiosas sombras vespertinas y aquellas frases secretas en el aire. A veces, mi vecino, Bob Robinson, jugaba con sus hijos al otro lado de la valla. Siempre había algún perro ladrando en la calle. Era ese tipo de barrio. Todo el mundo tenía sus metros cuadrados de sencillos placeres. Y las señoras que jugaban al golf... sus voces eran como reminiscencias del habla real, débiles y fáciles, no más complicadas que las últimas luces del día tamizadas entre las ramas de los árboles.
      El verano era la época más ajetreada para los abogados. El aire se ponía denso y húmedo y el sonido parecía llegar más lejos, como ocurre bajo el agua; el incesante repiquetear de los insectos, el retumbar del tráfico y las obras, la tierra misma que volvía a la vida, la vegetación que invadía las carreteras, el césped que no quería quedarse quieto. Los días se prolongaban demasiado para poder llenarlos. En Alabama se notaba el sabor del verano, como cuando se entra en una habitación llena de humo de pipa, vaho y la proximidad de los cuerpos. O te ponía de los nervios o te dejaba lánguido y perezoso, de una forma que yo entendía muy bien.
      Mi trabajo se centraba sobre todo en el derecho civil, conflictos entre demandantes, que solían resolverse con un acuerdo económico, pero la época del año también repercutía en los tribunales de lo social. En verano se presentaban más demandas de divorcio, por ejemplo, porque el calor agotaba a las parejas, y más litigios por herencias. Se producía incluso un incremento de quejas por el volumen de la música y los ladridos de los perros a altas horas de la noche también los animales experimentaban el cambio, cosas sencillas que solían resolverse entre personas razonables.
      La segunda vez que hablé con Delia Holladay fue cuando vino a preguntarme si podía bañarse en la piscina. Llevaba un bañador negro y una toalla atada a la cintura. Lo que yo quería eran mis tardes tranquilas sin hacer nada, con mis señoras del golf, pero no fui capaz de negarme. Llevaba el pelo recogido sobre la cabeza, como por arte de magia, sin nada que lo sujetara, al menos que yo pudiera ver. La invité a entrar en casa, le dije que tenía cosas que hacer, fui al piso de arriba y me puse a observarla desde la habitación de mis padres: sus andares, con los dedos de los pies extendidos, sobre las losas, su vacilación al borde de la piscina, mientras se quitaba la toalla como una capa, aleteando. Empezó a venir casi todas las tardes, y yo me acercaba cada vez más; un día salía a ver si quería algo de beber, al día siguiente me quedaba en el patio unos minutos bromeando con ella, su pelo pegado al cráneo, sus brazos y pechos soliviantados en la zona donde no cubría. Y por último, en mi tumbona, mientras ella hacía largos, trazando un sendero en el agua clara.
      Un día, la vi subir por la escalerilla, con el agua deslizándosele por las caderas y las piernas, la vi sacudiéndose el agua del pelo con los dedos. No me di cuenta de que ella advertía que la miraba hasta que me saludó con la mano y mi mirada se cruzó con la suya. Dijo:
      ¿Es que nunca habías visto a una mujer en bañador?
      Mi padre murió justo ahí, donde estás ahora contesté.
      Se quedó mirándome unos segundos, mientras sus ojos se dulcificaban; después atravesó el patio y posó una mano en mi cabeza un instante antes de irse a su casa. Yo no tenía intención de hablarle sobre mi padre, ni siquiera sabía que lo tuviera en la cabeza, hasta que pronuncié aquellas palabras. Delia no apareció durante tres días. Me sentaba a solas junto a la piscina, tonteando con una copa. Las señoras del golf charlaban animadamente. Y un viernes, cuando volvía corriendo a casa, por si acaso, me la encontré subiendo por la calle con una bolsa de golf colgada de un hombro, con el pelo recogido en una cola de caballo. Paré el coche y bajé la ventanilla para decirle hola. Ella me saludó con la mano y vaciló; después cruzó los brazos en el marco de la puerta y apoyó la barbilla en el dorso de las manos.
      No has venido a nadar dije.
      Estoy aprendiendo a jugar al golf yo sola contestó. No puede ser muy difícil. Fíjate en todas esas señoras mayores...
      Yo antes jugaba aquí todo el tiempo.
      Pues ya podrías darme una clase un día de estos dijo. Sam me había prometido enseñarme, pero siempre se le olvida.
      Sonrió, se colocó la correa acolchada sobre el hombro y se dirigió hacia el primer tee: los clavos de sus zapatillas resonaban sobre el asfalto, la bolsa le golpeaba la cadera. Me quedé allí unos minutos, mirando la larga hilera de casas. De repente, todo me resultó desconocido. Estaba en mi calle. Estaba en mi coche. El cielo estaba perezoso con la luz del sol. Me habían hecho la revisión del coche el día anterior y notaba el olor del producto químico del limpiador y un levísimo resto del perfume de Delia, del champú y de lo que quiera que sea que hace oler a las mujeres como huelen. Experimentaba una sensación clara pero como de ensueño, de movimiento persistente, como si mi sangre hubiera empezado a circular al revés. Sin darme cuenta de lo que hacía, aparqué y me precipité hacia el campo de golf para observarla.
      La forma de jugar de Delia era digna de verse. Metía la barbilla, giraba los hombros suavemente, se cubría los ojos con una mano. A pesar de todo, no era capaz de dar un golpe decente ni aunque la mataran. Tocaba la bola con el driver y la enviaba zigzagueando unos metros desde el tee. Lograba un slice y un hook desde la calle, lanzando la bola en una dirección tan impredecible como quien tira unos dados. Los chips eran invariablemente demasiado largos, el putting abismal. De vez en cuando, se levantaba el borde la camisa, con aire ausente, para limpiarse la cara, dejando al descubierto el ombligo y la impresionante curva del tórax.
      Jugaba todos los lunes, miércoles y viernes, siempre sola, siempre al caer el crepúsculo, cuando la noche empezaba a desprenderse del ribete del calor. Yo me quedaba por allí cerca para el primer hoyo, escondido entre los carros que no usaba nadie, y seguía hasta el dieciocho, cuando anotaba la puntuación, con sus zapatillas y calcetines blancos. Me refugiaba en el rough, agachado entre los pinos jóvenes, rebosantes de savia, y los fragantes cornejos. Lanzaba confiadamente docenas de pelotas entre los árboles, y yo me ponía a salvo como podía. Me apretaba contra el suelo cuando venía a buscarlas y rezaba para que no me descubriese.
      Venga, pelotita decía suavemente, como si estuviera llamando a un perro. Venga, guapa. Te lo prometo: la próxima vez te trato mejor.
      Me pilló en el green 16, casi un mes antes del día en que yo cumplía veintiocho años. Eestaba escondido tras una arboleda, observando su putt, empapado hasta las rodillas tras haberme desviado por un obstáculo de agua. Era un disparo fácil, veinte centímetros por el exterior, pero lo falló: la bola salió danzando y se quedó a treinta centímetros del hoyo. Delia soltó un taco encantador y se dio con golpecito con el palo sobre la zapatilla. Dijo:
      ¿Por qué no sale? No me puedo concentrar si está ahí metido.
      Se enjugó la frente y miró hacia donde yo estaba. Me agaché, intentando encogerme. No acababa de creerme que me hablara a mí. Oí un aspersor a lo lejos, noté que se me ponían los pelos de punta en el cuello. El corazón no paraba de darme botes. Delia blandió el palo por encima de la cabeza con las dos manos y dijo:
      Vale. Si no sale, entraré yo.
      Y atravesó el green a grandes zancadas, con las rodillas destellando bajo los pantalones cortos. Pensé en salir pitando, pero no se me ocurrió cómo alejarme del rough sin que se diera cuenta de quién era yo, de modo que salí todo avergonzado desde detrás de los árboles y levanté las manos, en un gesto de rendición.
      Soy yo dije. Simon Bell.
      ¿Simon? bajó el palo y me miró. ¿Cuánto tiempo llevas detrás de mí? Te he oído caerte en el once.
      Unas semanas dije.
      ¿Unas semanas? repitió, arqueando las cejas. Quiero decir hoy.
      Ladeó la cabeza y me miró entrecerrando los ojos como si contemplara una fotografía borrosa. Una de esas lunas tempranas se apretaba contra el cielo, y a nuestro alrededor se oían los grillos en la hierba, mientras la noche hacía su entrada.
      Unas semanas repitió, con suavidad, divertida como si fuera lo más encantador que oía desde hacía tiempo.

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