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| Memorias de la insigne Academia Asnal
| | PRIMO FELICIANO MARTÍNEZ DE BALLESTEROS
| | 192 (LXII+130) pp | | ISBN
84-96080-45-5 | | 16,95 € |
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Asinus mathematicus sedens in cathedra [Asno matemático
sentándose en cátedra]
Preliminar Discurso preliminar
o entrada de la Academia Asnal
Para todos está abierta de este palacio la puerta...
Pequeño, o descomunal, entra por este portal...
Todos saben que apenas hay ciudad, villa o lugar en donde no haya su sociedad
o academia literaria. Los nombres y apellidos de los individuos que las componen
llenan los diarios y gacetas, lo que hace que el artículo de literatura
es uno de los más curiosos e interesantes. La útil copilación
del mundo literario aumenta y viene cada día más voluminosa, por
la honra de hacerse conocer por primera vez, al renovar esta profunda y cuasi
necesaria obra. La sola Academia Asnal estaba desconocida, aunque existente
desde 3192 años y más: ¡qué vacío horrible!,
¡qué pérdida para el mundo literario si no se publicasen las
bellas producciones de unos ingenios tan nuevos y sublimes que han compuesto y
componen actualmente esta célebre academia! Fue el señor Karnofius,
sabio armeno, el que puso los primeros fundamentos. Este hombre extraordinario,
después de haber aprendido todas las lenguas, estudiado todas las ciencias,
profesado todas las artes, corrido todos los climas de las cuatro y más
partes del mundo, escogió por su habitación y domicilio el lugar
de Asnos: aquí empezamos todos a gozar de su ciencia profunda y de sus
vastos conocimientos. Su enorme ingenio era solo él capaz de pensar a hacer
una enciclopedia; pero, habiendo sabido que un montón de sabios trabajaban
en ella, despreció inmediatamente este colosal proyecto que, vista la concurrencia,
miró poco digno de emplearse en él. Por fin, era mortal; la
parca cortó el hilo de sus días laboriosos, y se encontraron a la
muerte de este hombre inmortal muchas disertaciones, tratados físicos,
metafísicos, críticos, filosóficos, teológicos, anfibológicos:
nuevo Salomón, conocía desde el hisopo hasta el cedro del monte
del Líbano. Estos preciosos manuscritos son capaces de formar 150 volúmenes
in folio de pequeño carácter que, publicados una vez, aturdirán
todas las sociedades y academias. Las primeras juntas de este museum
se tuvieron en Atenas, en una choza que nuestros antiguos sabios llamaron Liceo:
allí fue donde nuestra ínclita gurrullada de académicos desplegó
por la primera vez las velas de aquellos entendimientos, engolfándose en
un inmenso mar de asuntos muy necesarios y útiles, a su modo de entender,
animando con premios, aunque no muy crecidos (según su costumbre), a los
que mejor tratasen las materias que se proponían, como se verá en
estas memorias. Fue tan grande el número de académicos que de
todas partes concurrían a las primeras theses, que, no bastando
el Liceo para contener ni la octava parte de ellos, un dómine de Atenas
y, por su empleo, sin disputárselo, miembro de nuestra ilustre academia,
ofreció un cuarto bajo de su casa, con una arenga latina, como suia.
Sí, como suya digo, como de un dómine que él era, que si
hubiera sido Cicerón el que la hizo, dijera lo mismo, como suya, como de
Cicerón. Desde este afortunado momento, admitieron, agregaron y asociaron
muchos ilustres extranjeros: cada día venían a porfía de
los lugares vecinos muchos graves e importantes personajes a conferir en la academia
y leer en ella sus doctas producciones. Algunos entes de vestido conocido fueron
el primer adorno de esta célebre tropa; después se recibieron muchos
sujetos de conocida habilidad, como panaderos, peluqueros, pasteleros, molineros
y hasta algunos hermanos de modistas, de sastres y de esgrimidores, no menos eruditos
y sabios que aquellos. El primer estatuto de nuestra ínclita academia
se reduce a la sola expresión de libertas, y así se admitían
sabios de toda especie, de todo color, de todo rango, de toda edad, de todo país
y de toda religión. En las asambleas públicas se veía sentado
un orador al lado de un médico, un poeta enfrente de un geómetra,
un cirujano hombro con hombro con un político, un quimista con un relojero,
un polvorista con un peripatético, un comediante con un fontanero. Un viejo
disputaba con un joven, un suizo con un mamaluco, un italiano con un batueco,
un chino con un andaluz, un inglés con un armeno; un dómine argüía
con un hidráulico, un portugués con un babilonio, etcétera,
de manera que cada uno echaba su sentencia y leían en alta voz cuanto habían
podido pensar o soñar en muchos días. No se conocía preferencia,
o, por mejor decir, no se hacía distinción entre las grandes o pequeñas
descubiertas de aquellos sublimes ingenios: todo se leía, todo se aprobaba,
sin enredos ni rivalidad. Llega un hombre (permítaseme la expresión)
de gordo o de flaco mérito; luego se asienta su nombre en el Álbum
de Karnofius. Este Álbum es un tomo..., ¿qué digo?,
es un tomarrón de 7189 páginas en que están escritos los
nombres de una tropa de autores de diversos países. Como el carácter
es muy pequeño y menudo, la primera lista no llena sino 310 páginas
de dos columnas; pero el catálogo solo de nuestros académicos actuales,
1597. Es tradición muy recibida que el Álbum tiene una virtud
oculta, y es de hacerse invisible a la vista de los personajes de alto rumbo que
vienen a hacerse poner en la lista, de suerte que hay millones de millones de
gentes de todo país, de toda clase, de toda edad, de todo oficio, que son
miembros de la insigne Academia Asnal aun sin saberlo ellos. Por lo que toca
a los discursos académicos, obras literarias, elogios históricos,
son innumerables, y estas bagatelas solas forman cerca de 160 volúmenes
in cuarto, de que el secretario perpetuo de ella ofrece gustoso el comunicarlos
y hacer pasar las notas más remarcables a los compositores modernos de
diccionarios históricos, políticos, filosóficos, anecdóticos,
dramáticos, críticos y aun a los químicos, inventores de
carros volantes, a los reformadores de cirujía, de cambios, de nuevos proyectos,
etcétera. En una asamblea general, que se tuvo en la sala de la Grande
Borrica, se determinó y estableció que para enriquecer la república
literaria mejor diremos que para ilustrar al mundo sabio la compañía
de académicos escogidos publicase cinco o seis volúmenes de sus
Memorias, pero un prudente y reflexionado comité que se tuvo en
la pequeña sala del Asnillo juzgó a propósito de ensayar
con esta primera parte, y probar el gusto del público, muchas veces disgustado
de las más bellas cosas. En consecuencia me dieron este encargo, como a
individuo miembro antiguo y de mérito que soy de esta academia.
Antiqua
Academiae Asinorum Monumenta [Antiguos documentos de la Academia Asnal]
Memoria primera
Elogio de la raza asnal Pronunciado
por el doctor Naranjo, y mereció el premio
correspondiente ¡Qué pasmo! ¡Qué
admiración la mía! Lo mismo ha sido subir a esta cátedra
que apercibir con dolor que se han introducido, que se han introducido, digo,
muchos profanos, muchos socios falsos, en una palabra, muchos borricos, señores,
que no tienen sino el exterior y la piel. Los veo en este momento con mis dos
ojos, los veo sacudir sus orejas al oír sólo el título del
discurso que voy a pronunciar: Elogio de la raza asnal. Su indiscreción
merece ser castigada, y su audacia confundida. Vamos a ello, manos a la obra,
y haldas en cinta. Parece, orgullosos Mentecatos, que os escandalizáis
al oír alabar la raza asnal, asínica o borrical, y
que miráis al burro como al ente el más vil y despreciable.
¿Cuál será vuestro pasmo, y cuál vuestra confusión,
cuando os habré representado y hecho ver las raras virtudes y singulares
prerrogativas acordadas por el cielo a esta clase de mortales de cuatro pies?
Sí, quiero que vuestras mercedes sean jueces y partes, señores,
y convenceros que sus méritos exceden con ventaja a mis elogios. Es
notorio que el asno gozaba en la antigüedad de la más alta estima
y consideración. Axius, senador romano, compró uno por quinientas
piezas de oro. Nerón deseaba lo enterrasen dentro de un cuerpo de un burro,
y aun dio a entender en varias ocasiones que el género de muerte por que
se sentía más inclinado era el que lo devorasen vivo los burros,
señores. El amigo de Augusto, el protector de Horacio y, por otro
nombre, Mecenas, estimaba con particularidad la carne de los asnos, y la buscaba
con anhelo. Heliogábaloo, para mostrar su magnificencia a los romanos,
les hizo distribuir unos burros, sí, unos burros, señores
incrédulos, pretendiendo que este presente era verdaderamente un don
de un emperador, y si no era un don propio de un emperador, era a lo menos un
presente digno de un Heliogábalo, haciéndose a su turno dignos de
él los romanos, por la estima que de ellos hicieron. La naturaleza
ha dotado al asno de la mayor parte de buenas calidades de que carecen los otros
animales, y parece no haber puesto en él nada de inútil, nada de
superfluo. Es tan fecundo que no se contenta con ser sólo padre de los
mulos, señores, mientras vive, sino que también lo es, después
de muerto, de los caracoles. Considere vuestra merced atentamente todas
las partes de este animal, señor presidente que presidís
en esta asamblea extraordinaria, y vuestra merced no encontrará ni una
sola que no sea un tesoro para el hombre. De los riñones del burro se hace
un remedio admirable para el mal de vejiga; el hígado asado y comido en
ayunas cura el mal de corazón; las cenizas de su pezuña tienen el
mismo efecto; la hiel y su orina dan vigor a los temperamentos endebles y delicados,
y quitan las manchas de color encendido de la cara; su manteca fue antiguamente
remedio contra la lepra; su cabeza disecada y hecha polvos mitiga las fiebres
llamadas amplimerines; su pulmón quemado es un contraveneno. La
Historia de los viajes hace mención de un hombre en quien el rebuznar
del burro producía el mismo efecto y virtud que la de una purga;
la sangre sacada de sus orejas tiene admirables propiedades, de suerte que los
humanos vivirían siglos enteros si supiesen hacer uso de ella; por ejemplo,
la leche de burra ha estado en todos tiempos en boga: era la receta diaria
de la emperatriz Popea, que con sólo este remedio mantuvo mucho tiempo
su hermosura. Nuestras bellas, las que lo son en efecto, o las que tienen
pretensión de serlo a su imitación, aguardan con impaciencia el
mes de mayo para adoptar este remedio, que prefieren a todos los secretos de nuestro
académico Esculapio. Tenía el asno una fiesta marcada
en el calendario de la antigua Roma. Aquel día los cónsules mismos
le hacían honra, adornando su cabeza con una corona de flores, y su cuerpo
con guirnaldas. Los lampsacienos lo consagraban a Príapo, y los egipcios
a Tifóno. Los judíos le hicieron cultos muy distinguidos, adorando
la cabeza de un burro, señor decano, cuya copia y semejanza tienen vuestras
mercedes, señores, delante de los ojos... Los dacienses, nación
invencible, pintaban en sus estandartes la cabeza de un burro..., sí, la
cabeza de un burro, señor bedel... Homero compara indistintamente
el valiente Áyax al asno o al león, como queriendo dar a
entender que la valentía desproveída de prudencia degenera en ferocidad.
No, ilustres académicos, no temo el afirmar que la agilidad del caballo
sea un mérito muy equívoco: favorece igualmente al soldado que vuela
al combate y al que huye para evitarlo. El asno camina siempre de un paso
igual, mira con gran tranquilidad aun el mayor peligro, jamás se le
ve con ganas de correr, y, si no se precipita en medio de los enemigos, a lo menos
los mira con indiferencia de un peligro que desprecia. ¿Concibe el asno
algún designio en su cabeza? Todo obstáculo desaparece, se mantiene
firme contra los golpes que llueven sobre él, y nada le hace mudar de la
idea que ha formado. Ejemplo verdadero de aquellos que quieren vencer o morir...
Un príncipe de la Asia recibió por cosa particular en aquel
tiempo un burro que le habían traído de la extremidad del
mundo: esta maravilla tiró un número de curiosos, yendo a su encuentro
los ciudadanos de las ciudades por donde pasaba; debían en aquel tiempo
ser muy raros los asnos. Nosotros no hacemos alto ni nos llevan ya
la atención, pues son tan comunes que en todas partes y puestos los encontramos,
¡tanto se ha propagado esta utilísima especie en nuestros tiempos!
El orador Antísteneso aconsejaba a los atenienses que, a fin de economizar
la especie de bueyes y caballos, se sirviesen de los burros para el trabajo
de las tierras; le dijeron que estos animales no eran aptos para semejante trabajo.
«Empleadlos siempre replicó el filósofo; ¿no
os sucede muchas veces, y lo estamos viendo cada día, que confiáis
a vuestros ciudadanos los más incapaces y menos instruidos, el mando de
vuestras flotas, de vuestras armadas, la administración de la Hacienda
y de lo político? ¿Y no vemos también que una vez que ellos
están cargados del peso de los negocios hacen su carrera, y van como los
otros?...». No hay agüero menos infalible que el del burro.
Alejandro y Mariuso le dieron fe y crédito, y no se arrepintieron de ello:
al primero le predijo la conquista de la Asia, y al segundo las desgracias que
le amenazaban, y por este medio evitó gran parte de ellas. César
Augusto vio cerca de su tienda de campaña un hombre que conducía
a un burro, le preguntó quién era. «Me llamo Feliz
respondió el hombre, y a mi asno le llamo Vencedor».
De esta respuesta conjeturó Octavio sería vencedor de Antonio, como
en efecto sucedió. Inmediatamente que se vio dueño del campo de
batalla, hizo erigir un soberbio monumento de bronce representando el hombre y
el asno de que acabo de hablar. Jerónimo Cardáno mira
la cabeza del burro, señor presidente, como un repertorio infalible
de conocimientos. Acortaré el término, como una librería
viva y digna de parangonarse a la cabeza de Júpiter cuando parió
a Minerva. Infinidad de títulos científicos vienen por sí
mismos a ofrecerse en tropa... No insistiré en probar los grandes provechos
que resultarían del proyecto de sustituir los burros a las remontas
de caballos. ¿Habría acaso más dificultad en sujetar los
asnos a las evoluciones que en hacerles correr las postas de Montereau, de Melun
y de Montpelier en Francia? No cerremos las orejas, célebres académicos,
a los consejos de la economía. Nada más costoso que un caballo,
señor decano, y nada más barato que un burro, señor
bedel. No necesita de mantilla ni mosquitera para guarecerlo de las picaduras
de las moscas... ¡Qué orejas! ¡Qué ojos! Los que los
tienen tan grandes como ellos pueden hablar. Pero ¿quién ganará
a vuestras mercedes, ilustres socios? El más noble sentido nace de la facultad
de ver: los ojos son los que envían al entendimiento la materia de sus
operaciones, son las causas ocasionales de los juicios y la silla de manos, por
decirlo así, del espíritu observador. El asno fija constante
un solo objeto, y lo fija de manera que hace ver su grande aplicación,
dándola todo el valor, aplicando a ella el movimiento de sus orejas, que
nos parecen largas porque las nuestras son cortas. Quiero tomar aquí su
defensa y acabar mi discurso oratorio por no exceder los límites prescritos
por nuestros sabios reglamentos. ¿Qué tienen pues de risible
las orejas del asno, señor presidente? Son largas, es cierto; son
largas, lo repito, porque las nuestras son cortas. Con todo eso, no son nada en
comparación de las de los fanefrenos y las de los enococitas, que las tienen
tan largas que les arrastran por el suelo y se cubren con ellas cuando la necesidad
lo pide: Plinio, libro IV, capítulo 13, y Strabono, 16 lo aseguran.
¿Qué vemos pues de indecente en las largas orejas del burro, señor
decano? Una antigua preocupación pone las orejas largas por insignia de
tonto, por penacho de la ignorancia y por espantajo de niños; prohíben
a estos sus pueriles enredos contándoles la aventura de Apuleoo, que de
hombre de mucho juicio transformado en burro, señor bedel, daba gracias
a los dioses de haberle puesto en estado de oír de lejos las locuras de
otros sin tener él parte. Midas, el rey Midas, fue un príncipe a
cuya vigilancia nada se ocultaba, por cuyo motivo sus criados decían que
tenía orejas de un burro, señor censor, haciendo alusión
a la delicadeza en el oír, que no cede a la del ratón. Pero ¿de
dónde nace y cuál será la causa porque el burro menea sin
cesar las orejas? ¿Será acaso por ganar a nuestros famosos académicos
con la importante descubierta del movimiento perpetuo? El elocuente Columelao
piensa que las orejas del asno, señor secretario, servían de barómetro
antes que la ociosidad de los físicos hubiese inventado un arte sólo
para estudiar las variaciones del tiempo... Me aplaudo en este instante de tener
una guía y de no estar obligado a abrir el camino. No son solos los antiguos
que han adoptado la opinión del orador Columela. Descubro muchos vestigios
en los nobles archivos de nuestra academia, su testimonio es infalible para nosotros.
Y a él me atengo. Dixi. [He dicho].
Asinus saltator [Asno danzante]
Estas piernas que aquí veis limpias de carne, otras fueron: ¡Ah,
qué cabriolas hicieron! ¿Y de esto qué sacaréis?
No hay bien que por mal no venga; Sin duda se derritieron...
Ex fragmentis Academia Asinorum Liber 1175 De danzantibus
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