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Fabulosas
narraciones por historias | ANTONIO OREJUDO
UTRILLA | 400 págs. | ISBN
84-89618-08-9 | 2500 pts. 15,02 Eur. |
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El comedor era grande y señorial.
De día, la luz entraba generosa a través de los ventanales y se
reflejaba en el lustroso suelo de madera. Por la noche el salón se iluminaba
con la enorme lámpara de araña que colgaba del techo. Las mesas,
de dos, cuatro, seis y ocho personas, repartidas por toda la planta, estaban cubiertas
con manteles de hilo blanco, porcelanas y plata de ley. Aunque la asistencia sólo
subía un punto, el refectorio se llenó; tal era el cariño
que todos los residentes sin excepción sentían por el exquisito
poeta y refinado prosista Juan Ramón Jiménez. La primera vez que
le alojaron habían calificado la cena y el recital de "oportunidad histórica",
es decir, la ausencia bajaba dos puntos la nota final. Hubo entonces tantas protestas,
que esta vez habían pensado que era mejor considerarla tan sólo
"recomendable para la convivencia pacífica". En
su mesa de siempre, al fondo del salón, en el punto más alejado
de la presidencia, los residentes Republicanos comían con asco manifiesto
un revuelto de acelgas y gambas. En un momento de la cena, Luis Araquistáin
le guiñó un ojo a Kletto, y éste sacó el tema como
si se le hubiera ocurrido en ese momento. "Temario:
me han dicho que el Cantos y su gente tienen automáticas". "¡Vaya
novedad! ¿Me puedes decir quién no tiene pistolas aquí?", preguntó
el Temario sin levantar los ojos del plato, masticando el amasijo de vegetales
sin manifestar gusto ni disgusto. "Nosotros.
Nosotros somos los únicos que no tenemos pistolas; pero si tú quisieras,
Temario, yo podría conseguir armas; conozco a un tipo que nos haría
un buen precio", propuso Luis Araquistáin. El
Temario dejó de comer, levantó la cabeza y le fulminó con
la mirada: "Te lo he dicho mil veces,
Luis: mientras yo sea el presidente de los Republicanos, jamás tendremos
armas. ¿Está claro? Si no os gusta el tema, os hacéis del Sindicato".
"Eso lo piensas ahora, Temario. Espera
a que te pongan una pistola en la oreja, verás cómo cambias de opinión",
le aseguró Gregorio Fresno. "A
mí no me van a poner una pistola en la oreja en la puta vida". "Bueno,
a lo mejor a ti no; pero ¿has pensado en los demás?" "A
los demás tampoco". "Porque lo
digas tú. Mira, Temario, yo me niego a llevar a cabo el plan sabiendo que
cualquiera de ellos me puede vaciar un cargador". "Pero
¿tú eres imbécil? ¿Tú crees que te van a disparar en plena
Residencia de Estudiantes, delante de Unamuno y Ortega? Tú lees muchas
fábulas, me parece a mí. Y además, ¿qué crees?, ¿que
si te quisieran pasar por la piedra no lo iban a hacer porque tuvieras una pistolita
debajo del terno? ¿O es que piensas hablar pegando tiros?". "Te
digo que, desarmado, yo no hago nada". El
Temario fue expeditivo: "No te preocupes.
Si eres un burgués cobarde y maricón, yo lo haré". Muy
cerca de la mesa de los Republicanos estaba la de la Oposición, que no
era, como se suele creer, una asociación política, sino un grupo
maldecidor, alegre y estudioso, que preparaba desde hacía años la
oposición a notarías. Los de la Oposición estaban muy bien
organizados: estudiaban desde las doce de la mañana hasta las ocho de la
tarde sin parar. Si alguno se desconcentraba, los demás tenían que
recriminarle su molicie y ayudarle a seguir memorizando. Por la noche siempre
tenían una celebración, una cena-homenaje, el pago de una apuesta,
un cumpleaños, una victoria del Atlétic Madrileño que festejar
o la inauguración de algún restaurante. "Dicen
que el Cantos y don José Moreno han llegado a un acuerdo", anunció
el Guanchi. "No sólo han llegado
a un acuerdo, sino que me parece que están saliendo", respondió
sin inmutarse el Amancio. "¿Qué
me dices? ¿Saliendo? ¿Pero no estaba don José tan quedado con el Migue?"
"Han roto este verano. Al Migue, por más
que lo intente, no le gustan los tíos. Además, él tenía
una novia en Belchite, creo. Lo que pasa es que le han metido tantas palizas que
el pobre se come lo que se tenga que comer. Lo cierto es que don José sí
estaba muy quedado con él, dicen; por eso es tan extraño que le
haya olvidado tan pronto". "No es tan
raro. El Cantos será un hijo de puta y todo lo que tú quieras, pero
está muy bueno", se rió el Siscu. "Estará
muy bueno, no te digo que no; pero que le gusten los tíos es una novedad",
dijo el Poli. "No te creas. Al Cantos
le gusta todo y no le gusta nada. Realmente, a él lo único que le
va de verdad, de verdad, es el dinero", sentenció el Amancio. "¿No es verdad,
Ciruelo?" Pero el Ciruelo no escuchaba;
contemplaba sin mover un músculo su revuelto de acelgas y gambas. "¡Ciruelo,
qué te pasa, que estás alelado!", le gritaron. "¿A
vosotros no os inquietan los vegetales?", musitó. "Siempre tan silenciosos,
tan dóciles y sin embargo tan nutritivos, como si tramaran algo". En
el otro extremo del salón, cerca de la presidencia, estaba la mesa de los
Ultraístas, el grupo predilecto de la Dirección, una pandilla de
muchachos con aptitudes artísticas, destinados a constituir en un plazo
de cuatro o cinco años una generación vanguardista. Aunque entre
ellos se trataban con camaradería, los Ultras eran grandes hipócritas
y no formaban, como aprendices de intelectuales y artistas que eran, un grupo
unido, sino que había entre ellos envidias, celos y rivalidades. "¿Sabes
lo que me ha dicho don José Moreno, Federico? Que en cuanto Patricio se
ha enterado de que ibas a leer tú esta noche, se ha ido a cenar a casa
de su tía". "No soporta que tú
seas un genio y él no". "Federico,
debes de estar histérico: tener que someterte al juicio de tanto varón
ilustre como habrá hoy escuchándote en el Salón de Té".
"Mañana seguro que tienes una reseña
en El Sol". "¡Huy; eso seguro, Federico!"
"Yo, de verdad, no podría ponerme
a leer mis poesías delante de Juan Ramón Jiménez. Claro que
las tuyas son diferentes. Lo tuyo sí que es buena poesía". "Federico,
¿cómo puedes captar tan bien el alma de Andalucía?". "Don
José Ortega me dijo que estaba leyendo muy cuidadosamente tus poemas para
escribir un ensayo de los suyos sobre el arte nuevo ultraísta". "¡Qué
suerte! ¡Desde luego, Federico...! Quéjate. No me digas que no es maravilloso
que don José Ortega estudie tu poesía". "¿Por
qué no nos deleitas esta noche con tu Perlimplín? La he leído
y me ha parecido una obra maestra, llena de magia, ingenuidad y fascinación
por ese mundo maravilloso que es el mundo de la infancia". "Lo
que tienes que hacer, Federico, es tocar algo al piano. ¡Tocas tan bien!". "Eso,
eso, Federico; tócanos unas habaneras y unos pasodobles con tu innato talento
artístico, tu gracia y tu salero singular". "¡Y
que no se te olviden las imitaciones! ¡Hay que ver qué gracia que tiene
el jodío para imitar a célebres personalidades!". "Oye,
Federico, ¿has probado estas acelgas? ¡Están deliciosas!". Un
poco más allá, cerca de los Ultras, en la mesa del Sindicato, el
Cantos comía en silencio, sin placer ni repugnancia. Le acompañaban
los hermanos López Paradero; Fidel, el Olivitas; Buñuel; Pedrito
Rico; Alburquerque y los Saharauis, que se frotaban las manos por el gran número
de ovejos que entraba ese año. "Son
veinticinco, a duro cada uno, ciento veinticinco pesetas al mes", multiplicó
Alburquerque. "Cantos: tendríamos
que subir la cuota. Con eso ya no tenemos ni para pipas", se quejó Eduardo
López Paradero. "La avaricia rompe
el saco, Edu; métete eso en la cabezota. Un duro está bien", se
limitó a decir el Cantos. Y añadió: "Esta
noche hay que tener los ojos muy abiertos. Estoy seguro de que el Temario va a
intentar montarla. Si no, no tiene ningún sentido que se haya quedado".
"A lo mejor es que necesita un punto en
la nota final", sugirió Pedrito Rico. "El
Temario se pasa por los cojones los puntos de la Residencia", repuso el Cantos.
"Se ha quedado aquí para montarla, ya lo veréis". "Ahora
no va a montar nada. Si tiene pensado hacer algo, lo hará después,
en el recital de Federico", aseguró Alburquerque. "Pues
te pones cerquita de él; y si hace algo, le machacas", ordenó el
Cantos. "¿Eso te ha dicho don José?",
preguntó risueño el Olivitas. "Don
José no tiene que decirme nada. Yo sé perfectamente lo que tengo
que hacer", cortó seco el Cantos. "Anda, come y calla". Además
de estas mesas, había otras ocupadas por profesores, residentes sin grupo
fijo o por ovejos, que era como se llamaba a los novatos. La mesa de los profesores
se conocía como la Mesa del Cuadrado, porque en ella se sentaba siempre
el catedrático de Matemática Teórica, don Expósito
Cuadrado. Aquella noche compartían mesa con él los profesores Blas
Cabrera, Negrín, Cosme Pelayo, Vizcaíno Cifuentes, Homero Mur y
un ovejo despistado que, en el colmo de la desfachatez, se había sentado
con todos ellos. Los presentes habían reparado en él mucho antes
a causa de un parche que, como a los piratas de Emilio Salgari, le tapaba el ojo
izquierdo. Frente a los residentes, a
lo largo de una mesa rectangular, estaba la presidencia, la flor y la nata de
la intelectualidad española. En un extremo se encontraba don Alberto Jiménez,
el director de la Residencia; hombre de gesto serio y adusto, pero de trato agradable
aunque distante. Don Alberto Jiménez era un trabajador incansable, y se
decía de él que no dormía, que velaba toda la noche por el
buen funcionamiento de La Casa. Aunque era el director, más bien parecía
el cerebro gris, porque don José Moreno, el jefe de estudios, le había
arrebatado con su consentimiento las pompas y las vanidades, aunque no el trabajo,
que acarreaba el cargo de director. Moreno tenía ánimo y presencia
para ello: era de cuerpo atlético, alto y delgado; tenía los ojos
pequeños, pero muy vivos, rapaces; fina nariz y fino bigotillo sobre una
boca de labios delicados que acostumbraban a sonreír siempre. Moreno era
dueño de una estampa chulesca que provocaba adhesión o rechazo inmediatos,
pero nunca indiferencia. Había residentes que imitaban su forma de vestir
y caminar. A otros les repugnaba su aspecto pulcro y elegante, su acento andaluz
y el suave cinismo que destilaban todas sus cosas. Aquel primer día de
curso vestía un traje de lino crudo, un canotier, como se ha dicho, que
colgaba graciosamente del respaldo de su silla, y zapatos italianos de dos colores.
Hablaba animadamente con el incansable luchador por la europeización cultural
de España; con el ilustre neurólogo de fama mundial; con la más
fuerte personalidad de la generación del 98; con el ovetense; con el ingenioso
escritor; con el ingente científico e historiador; y, un poquito más
allá, con el célebre Xenius. En el otro extremo de la mesa, tan
silencioso y reconcentrado como don Alberto Jiménez, escondido tras un
bigote y una barba, agazapado en el fondo de unas negras cuencas oculares, estaba
Juan Ramón Jiménez, que, más que poeta, parecía un
hipnotizador. Algunos decían que su aspecto era siniestro; pero sería
más acertado decir que en su cara representábase diáfanamente
el cenaoscuras que estaba hecho. A los
postres, don Alberto Jiménez tomó la palabra para darles las gracias
por su presencia. Les recordó que el proyecto pedagógico, moderno
y europeizante en el que estaban embarcados tenía muchos enemigos. Enemigos
poderosos que trabajaban sin prisa, pero sin pausa, para hundirlo. Recordó
las enormes dificultades económicas por las que atravesaban. Recordó
que sobrevivían sin apenas subvención oficial, gracias a la generosidad
de quienes confiaban en La Casa. Advirtió que los peligros de zozobrar
eran en aquel momento mayores que en cualquier otro en la historia de la Residencia.
Confesó que la posibilidad de tener que abandonar el barco en medio de
la mar océana no era desgraciadamente una hipótesis lejana; los
enemigos de La Casa sabían que ésta atravesaba un momento crítico,
y estaban dispuestos a realizar un último esfuerzo para hundir el más
audaz intento de renovación pedagógica y espiritual que había
conocido ese país. Les pidió que se mantuviesen alerta y que hicieran
oídos sordos a la campaña de mentiras y difamación orquestada
por los sectores más siniestros de la sociedad española y por la
prensa más reaccionaria. Les exhortó a cerrar filas y a defender
como un solo hombre el buen nombre de La Residencia. Luego dijo que, en medio
del temporal, era un honor y una tabla de salvación recibir a una figura
de la talla de Juan Ramón Jiménez, quien públicamente había
expresado cientos de veces su apoyo al Proyecto. Quiero brindar, dijo el director
para concluir, por su buena disposición (la de los residentes) para hacer
agradable la vida de quien un año más nos la está dando.
Ojo al juego de palabras. Dos años
atrás, la última vez que Juan Ramón Jiménez se había
alojado gratis en la Residencia, ésta debía de estar atravesando
también un momento de crisis, porque el director acababa de repetir el
mismo discurso de entonces. Aquella vez, cuando don Alberto concluyó con
esa bonita frase, Vacunin, el anterior presidente de los Republicanos, gritó
que Juancho, el fino, no les daba la vida, sino la lata. Primero los Republicanos
y después los demás residentes, excepto los Ultras y los del Sindicato,
empezaron a patear el suelo y a gritar que se fuera, que se fuera. Fue una explosión
espontánea y memorable. Don Alberto y don José Moreno tuvieron que
llevarse en volandas a Juan Ramón Jiménez, que presentaba síntomas
de asfixia, y convencerle para que se quedara, diciéndole que los residentes
habían sido manipulados y que la mayoría de ellos se sentía
honrada con su presencia allí. Le prometieron el oro y el moro, y al final
se quedó. Al día siguiente el Vacunin fue invitado a que tomara
un esquife y a que abandonara el buque insignia de la Residencia porque su actitud
decadente no casaba con la flotilla de proyectos pedagógicos, modernos
y europeizantes dirigidos por ella. El Vacunin declinó la invitación,
y entonces no tuvieron más remedio que tirarle por la borda. Luego, tuvieron
que admitirle porque casi todos los residentes estaban de su parte y habían
amenazado con amotinarse. Pero cuando volvió a la tripulación ya
estaba paralítico a causa de la tunda que unos desconocidos le habían
metido en el Campo Campana. Todos sabían que los desconocidos eran del
Sindicato, pero la Dirección y la Guardia Civil mantuvieron siempre que
habían sido los tiburones. Esta
vez, sin embargo, después de que el director pronunciara la célebre
frase, todos habían aplaudido a una seña de Moreno. Juan Ramón
Jiménez se levantó a saludar y dio las gracias por el recibimiento
tan cálido del que había sido objeto; dijo que era un honor para
él poder vivir desde dentro la gran renovación cultural, artística
y científica que estaba llevando a cabo La Casa, y que brindaba por ella.
Brindaron todos excepto los Republicanos, que se mantuvieron sentados en señal
de protesta. Después algunos grupos se demoraron en la sobremesa, mientras
que otros se disolvieron con rapidez para ocupar un buen sitio en el Salón
de Té, donde iba a celebrarse el recital. Poco a poco, los asistentes se
fueron acomodando frente a una pequeña tarima sobre la cual había
un piano. Una vez que la sala estuvo llena, tras unos instantes de espera, el
Moreno subió a las tablas, pasó lista y dijo que quería presentar
a un poeta de incontenible vitalidad que, sin embargo, parecía obsesionado
por la idea de la muerte, una muerte rodeada de angustia, de violencia y de crueldad.
Podría decirse, dijo, que su poesía era la celebración de
un rito de culto a la muerte; y que en cada uno de sus versos latía el
malestar y la frustración; y que en toda su creación la vida y la
muerte se retorcían enlazadas. Además, lo popular y lo culto, la
vida y las canciones del pueblo, vivificaban su arte sabio y exigente. En una
palabra: él había sido capaz de reflejar como nadie el secreto del
alma de Andalucía. Moreno tenía el honor de presentar ante todos
ellos a Federico García Lorca, y pedía un aplauso, por favor. Se
aplaudió, como estaba mandado. Los
tíos de Santos vivían en el número once de la Plaza del Ángel,
un lujoso edificio con ascensor, agua corriente y gas en cada piso, situado frente
al Victoria, el hotel de los toreros. Les abrió la puerta Marc, a quien
siguieron a través del larguísimo y oscuro pasillo en el que se
iban abriendo a derecha e izquierda las puertas de las demás estancias.
Sentados en el saloncito les esperaban la tía Carmen y el tío Marcelino.
Éste se puso en pie al verlos entrar. "¡Hola,
Santitos, hijo! Otra vez de vuelta, ¿eh?", le saludó, tendiéndole
una mano blanda. Santos notó a su tío más apagado que hacía
tres meses: esos minúsculos y brillantes ojos, que, junto a su bigotillo
recto y blanco, casi albino y transparente, le daban aspecto de ratón inteligente,
habían perdido fulgor. Intercambiaron un par de frases sobre la familia
y otras dos sobre el verano mientras Patricio presentaba sus respetos a la tía
Carmen. Luego, Santos se acercó a besarla, y le hizo entrega solemne de
unos cuantos chorizos, lomos y salchichones. Mientras el tío Marcelino
les preparaba un Dry-Martini para abrir el apetito, la tía Carmen se interesó
por la familia: "¿Cómo están
tus padres y tus hermanas?". "Pues allí
andan, con los cerdos, que dan mucha faena". "¿Cómo
es que no coge tu padre cuatro o cinco mozos". "Eso
le digo, pero ya sabe usted cómo es mi padre: los mozos cuestan perras".
"Perras, perras... ¡Tu padre tiene más
perras de las que puede gastar!", exclamó la tía Carmen, y Santos
se rió. El inminente viaje de Marc
a Londres ocupó gran parte de la cena. El tío Marcelino era practicante,
y su máxima ambición era que su hijo estudiara medicina y que se
especializara en histología, pero Marc pensaba que ésa era una especialidad
muy poco creativa. La palabra "creatividad" le sacaba de quicio al tío
Marcelino, que, en tono sarcástico y sin dejar de mirar a su creativo hijo,
se expresó en los siguientes términos: "Afortunadamente,
la creatividad no existe en las disciplinas serias. Los literatos creativos debéis
tener en cuenta que, lamentablemente, el tejido epitelial se llamará siempre
así, y no puede ser utilizado metafóricamente para expresar "tejido
adiposo", aunque tengáis una enorme capacidad creadora. Por más
desbordante que sea vuestra imaginación, los tejidos tienen células,
protoplasmas, parénquimas y otros muchos elementos, cuyos nombres se deben
aprender de memoria. Si no lo hacéis o los denomináis de otros modos
más imaginativos, seréis suspendidos. Ni la histología ni
nada que da dinero es poesía". Patricio
se rió: "Tiene usted toda la razón,
don Marcelino. Lo que sucede es que sus puntos de vista, que yo comparto totalmente,
no sintonizan con los tiempos que corren". "¡A
mis años, hijo mío, como te puedes imaginar, me importa bien poco!
Ya sé que allá arriba, en la Residencia, les animan a ustedes a
ser poetas". "¡Y no sabe usted hasta qué
punto! En estos momentos, por cierto, se está celebrando un recital de
poesía en homenaje a Juan Ramón, cuya asistencia ha sido calificada
como "recomendable para la convivencia pacífica"". "¿Cómo
es eso de la calificación?, ¿cómo es eso?", preguntó don
Marcelino, asombrado. "La Dirección
clasifica los actos según su importancia. Éste lo han juzgado "recomendable
para la convivencia pacífica", lo cual significa que todos los que asisten
tienen un punto más en la nota final". Ahí
empezó todo: mientras el tío Marcelino se mostraba incrédulo
y se rasgaba las vestiduras por la hipocresía y el fariseísmo innatos
a esa versión intelectual del protestantismo que era el krausismo español,
Santos se había sorprendido con los ojos clavados en el pecho de la tía
Carmen. La encontraba atractiva por primera vez en su vida, y eso le confundió.
No era que la tía Carmen fuera guapa o fuera fea, era que nunca la había
mirado con esos ojos libidinosos que ahora se habían quedado obstinadamente
fijos en la casi imperceptible protuberancia de sus pezones. Después
de cenar pasaron al salón, y mientras esperaban el café, Santos
se puso a hojear, para serenarse, el último número de Mujer de Hoy.
La tía Carmen coleccionaba aquella revista ilustrada y enviaba los números
atrasados a Fuentelmonge para que su familia se pusiera al día. En sus
páginas había contemplado él, antes de pisar Madrid por primera
vez, a Sus Majestades acompañados del Presidente del Consejo de Ministros
así como del incansable luchador por la europeización cultural de
España, y se había embelesado ante las litografías de las
muchas fiestas benéficas que María Luisa Elbosch ofrecía
anualmente al todo Madrid en su palacete de Santa Bárbara. Pero
la tía Carmen se sentó a su lado y quiso que pasaran juntos las
páginas de aquel número, que ella aún no había visto.
Mientras Pátric y Marc escuchaban al tío Marcelino disertar sobre
la conveniencia del golpe de estado que acababa de dar Primo de Rivera, Santos
y la tía Carmen contemplaban a María Luisa Elbosch de Babenberg,
que, junto al mencionado e incansable luchador por la europeización cultural
de España, lucía un vestido firmado por Liberty Charpe, de talle
bajo y escote cuadrado, con bullones y largos flecos muy divertidos; a la derecha,
su marido, el Barón Leopold Klaus Babenberg, con un atuendo informal de
calle para caballero, compuesto de terno y trinchera de Monsúriz. Los botines
de fieltro eran una creación de Inchausti a medida. En otra litografía
posaba el ilustre Patronato de la Residencia de Estudiantes junto al incansable
y antedicho luchador, que también aparecía en una recepción
ofrecida por Josefina Caturla, Condesa de Montealegre, a los intelectuales españoles.
"El Ortega y Gasset está en todos
los sitios", exclamó Santos, algo acalorado por la proximidad de su tía.
"¿Quién es Ortega y Gasset? ¿Este
carcamal que sale en todas las fotos al lado de la Babenberg?". "Éste,
éste, el de la cabeza grande". "Pues
dicen que es su querido, ya ves tú. Yo no sé lo que verá
esta chica tan mona en un viejales como ése". "Pues
usted se da un aire a la Babenberg", le hizo saber el galán de Santos,
que, después de decir eso, sintió una gran flojera. "¡Qué
cosas tienes", repuso la tía Carmen, que no pudo evitar pavonearse. "De
todos modos, no me parezco en los gustos, hijo mío, porque yo, puesta a
echarme un querido, me lo echaba de tus años y no de los suyos". Y
en ese momento la mirada de Santos tropezó con el escote de su tía,
levemente descompuesto por un descuido tonto que le permitió ver efímero,
durante el breve tiempo de una inspiración, el nacimiento brutal y pecosillo
de su busto y sentir el inmenso ritmo pausado de su respiración maternal.
No sabe todavía cómo reprimió aquel violento deseo de besar
su canalillo transpirante y abrirse paso entre las dos enormes y apretadas tetas
de su tía. ¿Acaso ella no había tenido pechos antes? ¡Pues claro
que sí! Entonces, ¿por qué reparaba en ellos ahora y no la primera
vez que llegó a Madrid o cuando ella regresó al pueblo, después
de casarse, hacía ya muchos años? ¡Cualquiera sabía! ¿Y por
qué no los besaba? ¿Por qué no acercaba su morrillo al busto de
la tía Carmen? Santos no se atrevió
a levantar la cabeza. Se quedó mudo y notó calor, y advirtió
también que se le venían todos los síntomas encima. Su tía
sí le miró a él, y le vio tan encarnado que no pudo reprimir
una carcajada diáfana y voluptuosa. Intentó amortiguarla con el
pañuelo de seda blanca que escondía en el pecho; se echó
hacia atrás; y, al hacerlo, el zapato, que estaba desprendido del talón,
cayó al suelo. Santos, que, como ya se ha dicho, presentaba todos los síntomas,
vio el pie descalzo de su tía y se desmayó. Federico
era moreno, de ojos oscuros y piel aceitunada. No muy alto, tenía las espaldas
caídas, el culo gordo y las piernas quizá un poco cortas respecto
al tronco. Había escuchado de pie, frente al piano, la definición
de su carácter y de su poesía; y sonreía, complacido, al
aplauso general. Para empezar tocó dos canciones de cuna y una sonata,
compuestas por él; a continuación leyó cinco piezas inspiradas
en el romancero popular, cantó tres murgas, entonó dos habaneras
y leyó completo el libreto de una función para títeres que
acababa de terminar, utilizando una voz distinta para cada uno de los veinte personajes
que aparecían. Tras el intermedio, imitó a Primo de Rivera y al
Rey Alfonso XIII; jugó a las adivinanzas; recordó anécdotas
sucedidas en los cuatro años que llevaba viviendo en la Residencia de Estudiantes,
intercalando entre ellas los célebres pasodobles En er mundo, Suspiros
de España, España cañí, El gato montés e Islas
Canarias; recitó su último poema, Romance sonámbulo, inspirado
en una tragedia rural; y se disfrazó de enemigo de la Residencia y de Benito
Pérez Galdós. Para terminar, como otros años, se tumbó
en el escenario y simuló estar muerto durante unos minutos. Fue en ese
momento, aprovechando el silencio de la muerte y el aburrimiento de los presentes,
cuando el Temario se subió a su silla y empezó a gritar: "¡Juanito
Giménez, la mayoría de nosotros queremos que te vayas; óyelo
de una vez; no queremos que te quedes; tu presencia altera nuestro ritmo de vida;
aquí sólo cuentas con la simpatía de los cuatro escritorzuelos
y poetuchos que quieren publicar; los demás queremos que te vayas, queremos
que te largues, óyelo de una vez!". Pero
Juan Ramón Jiménez no oía porque los Ultras habían
empezado a aplaudir, siguiendo el ejemplo de don José Moreno, para ensordecer
con su estruendo las palabras del Temario. El director le hizo salir rápidamente
del Salón de Té; les siguió la plana mayor de los ilustres
invitados; y Moreno corrió tras ellos para que nadie pudiera decir que
no había hecho nada cuando vio que Alburquerque callaba al Temario de una
patada en el pecho, y que no había impedido que el Cantos le pusiera un
pie en el cuello y le dijera al oído con amor infinito: "Cristóbal
Heado, alias Temario, escúchame bien porque no voy a volver a repetírtelo:
no seas tonto y no te comprometas. Deja que el tipo este, Giménez o como
se llame, viva aquí o haga lo que le salga de los cojones. Ni a ti ni a
mí nos importa un carajo. Es una cuestión de dinero, de mucho dinero,
y hay gente gorda metida por medio. Me han dicho que te pegue un tiro si sigues
jugando al rebelde, así de claro. Hemos sido muy amigos, y tú sabes,
Cristóbal, que me jodería que te cagas el matarte". Dicho
lo cual, le machacó la boca de tres taconazos.
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