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Zezé

ÁNGELES VICENTE

Edición y prólogo: Ángela Ena Bordonada

168 págs.

ISBN 84-96080-62-5

15,95 €

Zezé (00010)

VIII


Repentinamente, desde la miseria me encontraba elevada a la vida opulenta de un palacio lujoso.
Luis, el marido de Leonor, era muy atento conmigo, y se preocupaba demasiado de que a mi madre se le hiciera cuanto fuera necesario para salvarla.
Leonor se desvivía en satisfacer hasta mi más pequeño deseo, y pronto hizo volver los ratos aquellos de lujuria desenfrenada.
Todas las mañanas nos bañábamos juntas en una gran pila de mármol rosa, y el agua caliente y perfumada nos daba tal vértigo que procedíamos como bestias, sin tener conciencia ni del tiempo que duraba nuestra locura. Casi siempre volvíamos a la realidad al avisarnos la doncella que Luis esperaba para almorzar.
Durante el almuerzo decidíamos nuestros paseos y diversiones del día.
En sociedad nos admiraban, y un ejército de pretendientes nos perseguía, asediando nuestra virtud.
Me encontraba precisamente en el mundo que Leonor me hizo soñar en el colegio.
Todo el atractivo de la vida brillante me envolvía, lanzándome con exagerada ilusión en busca de todos los placeres imaginables. Asistía a las corridas, al tiro, al campo, a la caza, a cualquier parte donde pudiera encontrar una sensación nueva para mi sed de vivir, donde creyera dar una nueva faz a mi exaltación morbosa de demi-vierge*.
Algunas veces visitaba a mi madre. La pobre no volvía a su razón; todo era inútil.
El corto rato que estaba a su lado me resultaba muy amargo porque, al contemplarla en aquel estado, no podía evitar que por mi imaginación cruzara su vida pasada, haciendo consideraciones sobre la mía. Y aquel lugar me producía tan desagradable impresión que siempre salía tragando lágrimas; subía precipitadamente al carruaje, y, tratando de distraerme, miraba a los transeúntes que iban y venían como atacados de una fiebre de movimiento.
Las calles, rápidas, se sucedían, y al llegar a casa encontraba a Leonor esperándome impaciente. Ella sabía que el día que iba a ver a mi madre me poseía el yo sentimental; que estaba triste, harta y asqueada de todo.
Por largo rato, dos sentimientos opuestos luchaban en mí. Ambos a su vez me atraían y me rechazaban, hasta que, envuelta por un torbellino de gratas sensaciones y abrasada por el fuego de Leonor, mi yo de lujuria vencía siempre, y un deseo desenfrenado de hacer toda clase de locuras me dominaba.
Leonor sonreía feliz al verme otra vez gozando la depravación que filtraba en mi sangre, envenenándola.
Aquella vida me devoraba. Nada era bastante a satisfacerme porque en todo aquello encontraba un vacío, algo que no sabía explicarme.
Pasado algún tiempo me di cuenta de que Luis me cortejaba de manera muy discreta, y de que sus miradas producían en mí una sensación de bienestar y simpatía. En sus grandes ojos negros de arabesca raza, adivinábanse los ardores de la pasión, tenaz en su calor como el sol africano, y de savia pujante como plantas meridionales.
Yo preveía que no sabría resistirle, y me preguntaba con insistencia si no sentiría remordimiento al quitarle a mi amiga el amor de su marido.
El tiempo pasaba, y continuaban sin interrupción los ratos de locura con Leonor. Cada vez, después de nuestras orgías, era mayor mi desencanto, mi cansancio de aquella novela vivida donde se destacaba mi imagen más impura de lo que era, y más culpable que desgraciada.
El día de mi santo, Leonor quiso celebrarlo con un baile dado en su casa, y yo quise romper la alegría con una nota triste, yendo al cementerio a visitar la tumba de mi padre y esparcirle flores. Allí estuve largo rato gozando de una tranquilidad de espíritu ya mucho tiempo no sentida. Al regreso visité a mi madre; seguía peor, y, como siempre, abandoné aquel lugar con el corazón oprimido.
Al llegar a casa, sintiendo angustia y necesidad de llorar, me encerré en mi habitación, de donde me sacó Leonor disgustada por verme llorando.
Comimos más temprano que de costumbre, y durante la comida me entregaron los obsequios que habían enviado para mí. Leonor, dándome bromas, tratando de alegrarme, me puso un magnífico collar de perlas, regalo suyo, y una sortija con brillantes, regalo de Luis.
Daba los últimos retoques a mi tocado cuando me hicieron estremecer los primeros compases de música al pensar en un vals voluptuoso; pero una idea loca que cruzó por mi imaginación, hizo que nuevamente el deseo de llorar se apoderara de mí. Quería dominarme; no podía, y las lágrimas descendían una tras otra con molesta insistencia. Hacía mucho tiempo que no lloraba, y terminé por dar rienda suelta a mi sentimentalismo.
Ya tranquila, me sequé los ojos con rabia, arrepentida de mi debilidad; arreglé el ramo de violetas que llevaba en el escote, y me dispuse a entrar en el salón. Al salir de mi gabinete, tropecé con Leonor, que venía en mi busca. Estaba más hermosa y radiante que otros días; sobre sus cabellos lucía una diadema con brillantes que oscilaban como gotas enormes de rocío; sus ojos tenían una languidez de placer.
Me besó, y me dijo:
-Yo creía que ya estabas bailando; ¿qué hacías?
-Nada.
-¿De veras?
-Sí.
-Pero ¿has vuelto a llorar?
Los ojos colorados me traicionaban, y tuve que confesar.
-Sí, he llorado.
-¿Por qué?
-No lo sé.
Me lavó los ojos, me empolvó la cara, y me llevó a la sala donde el baile había empezado.
Los invitados me saludaban sonrientes y me llenaban de felicitaciones y galanterías. Un enjambre de adoradores me hicieron círculo, y al no ver a Luis entre ellos, no pude reprimir un gesto de desagrado.
La música atacaba mis nervios, y los petimetres, asediándome para comprometerme los números de baile, me sofocaban. Necesitaba respirar, y cuando pude desasirme de ellos me retiré a la sala más apartada, abrí un balcón y aspiré con ansiedad el aire húmedo de la noche.
Estaba sola, distraída, contemplando las estrellas, cuando sentí que unos labios se posaron en mi nuca; un escalofrío corrió por mis espaldas desnudas, y me volví bruscamente:
-¡Ah! ¿Es usted? -exclamé al reconocer a Luis.
Las convenciones le obligan a una a ser hipócrita, y tuve que manifestarle un gran resentimiento por el beso que me había dado, y condenar enérgicamente su audacia. Él se disculpó cortésmente, y yo insistí, más amable, amenazándole con contárselo a Leonor si repetía su atrevimiento.
-Permítame que le arregle las flores del escote, que se le van a caer -me dijo inclinándose para acomodarlas, y me besó en el pecho con suavidad.
-¡Esto es aprovecharse demasiado! -exclamé-. Mire que se lo cuen...
No pude terminar la frase; nuestros labios se encontraron... Fue el primer beso de un hombre.
Alguien pasó por aquella habitación, y Luis, disimulando, me cogió del brazo y me llevó a la sala más concurrida. Leonor paseaba con un viejo banquero que me pretendía tenazmente; me sonrió, y yo le hice un gesto amistoso de saludo.
El grupo de petimetres se aproximó con las mismas galanterías y bromas de siempre. Correspondí a todas las tonterías con sonrisas y miradas significativas, como quien da gran importancia maliciosa a lo que oye.
Seguí paseando, cogida del brazo de Luis, sin poder hablar porque a cada momento nos interrumpían.
-Permítame, señorita, vuestro carné, si no le desagrada -era un teniente de caballería que sufría la obsesión de la aristocracia, de las grandezas, y se derretía por ser amable con todo el mundo, especialmente con las señoras a las que había concluido por parecerse en su porte y modales; hizo su anotación, y me lo devolvió, inclinándose exageradamente. Enseguida otro caballero hizo lo mismo, luego otro... Por fin, un vals sonó con un ritmo fascinador y cada cual fue en busca de su pareja, dejándonos tranquilos por un momento.
Nos fuimos a bailar a la sala que estaba menos concurrida. Yo sentía un vértigo, mis pies se movían nerviosamente, y al contacto del pecho de Luis contra el mío me transportaba en una embriaguez de placer.
Luis murmuró al oído:
-Hace mucho tiempo que te amo.
-Yo también -le contesté inconsciente.
-No me había apercibido.
-¿Posible?
-Por eso no me atrevía a decirte nada.
La música dejó de tocar, y yo sentí una sensación brusca. Luis me dijo:
-Es necesario disimular -y me acompañó a sentarme.
A poco, el banquero que estaba con Leonor me ofreció el brazo. Dimos unas vueltas por las salas; señoras y señoritas nos miraban sonrientes. Yo me fijaba con insistencia en los escotes, y aquellas desnudeces marmóreas me tentaban extraordinariamente.
Con el viejo banquero teníamos siempre el mismo diálogo:
-¡Ah! Emilia, ¡si usted quisiera...!
-¿Qué?
-Hacerme feliz.
-¿A usted?
Y me reía descaradamente. No se daba por entendido y continuaba:
-Y ¿por qué no? ¿Qué podría faltarle? Tendría usted cuanto quisiera, coches, trajes, alhajas... Tengo un nido que parece un paraíso...
-¿Con serpiente y todo?
-¡Ah! Emilia, qué felices podríamos ser...
-Pero ¿dónde?, ¿en el paraíso?
-No se burle usted, no sea mala.
-No, es que no lo he entendido bien.
Y volvía a repetirlo con su gruesa voz de bajo profundo. Yo ponía fin al diálogo diciéndole:
-Bueno, está bien, no se canse más: le prometo que el día que no sepa dónde ir, iré a su casa.
Sabía que me consideraban como la amante de Leonor, y no me forjaba grandes ilusiones. Presumía lo que, en un porvenir más o menos lejano, podría sucederme, aunque entonces vivía confiada, sin preocuparme mayormente del mañana.
Cuando el viejo me dejó, seguí bailando por turno cumpliendo con los compromisos y escuchando las frases ya conocidas antes de pronunciadas.
Esa noche estaba nerviosa y displicente, lo comprendían, y, al preguntarme la causa, contestaba que no me sentía bien. Realmente era cierto. El pensamiento de lo ocurrido con Luis me asediaba tenaz, haciéndome estar mal. Mis miembros, cansados por la vehemencia del baile, languidecían, y mi pecho, sobresaltado, se agitaba febrilmente.
A la hora de cenar, adelantose Luis y me ofreció el brazo para ir al comedor, los invitados nos siguieron en parejas. El sitio preeminente de la mesa estaba reservado para mí, y allí me dejó Luis con fina galantería. A mi izquierda tomó asiento el banquero, y a mi derecha, el teniente almibarado. Comprendí que aquel reparto de sitios era broma de Leonor y la busqué con la mirada para darle a entender que comprendía su mala intención, pues ella sabía que de mis pretendientes, me eran los más antipáticos.
Durante la cena fui asaeteada por el teniente con las más vulgares tonterías sociales, y cansada con su abrumadora manía de elogios y pormenores. El banquero se contentaba con recordarme de vez en cuando lo del paraíso. Luis me miraba, y parecía decirme que tuviese paciencia.
Terminada la cena, volvimos al salón...
Cuando se retiraban los invitados, el alba, a través de las vidrieras, filtraba su luz inerte e indefinida...
Me acosté sin sueño, pensando en que amaba a Luis seriamente. De súbito, me estremecí, asustada; la puerta de mi cuarto se abría despacio; azorada, no atinaba con el botón de la luz eléctrica; por fin pude encender y vi a Luis entre las pesadas cortinas.
-¡Qué susto me ha dado! -exclamé.
En la calle, los rumores se iban acentuando, los tranvías se sucedían con más frecuencia, los vendedores pregonaban sus mercancías a voz desplegada, y Luis hubo de abandonar mi habitación.
Quedé pensando en el nuevo período de mi vida que acababa de empezar, y tuve un ímpetu de lágrimas.
Desde ese día, Luis no me abandonaba, me perseguía con su cariño, y yo le retribuía con loca pasión.
Leonor no se apercibía de nada, pasaba por un período de frialdad sensual, pero usaba conmigo las mismas atenciones de siempre.
Para mí, aquellos eran días de verdadera felicidad porque el amor de Luis me llenaba el alma. Aquel era otro placer, menos intenso tal vez, pero más completo.
Seguía visitando a mi madre, que empeoraba rápidamente, y los médicos decían que duraría poco.
La veía consumirse día a día, y ante la impotencia de poder hacer algo por ella, sentía compasión, cariño, algo nuevo; mis sentimientos habían cambiado favorablemente sin explicarme la causa.
Luis se fue a Barcelona, por unos días, y yo quedé contando las horas y los minutos hasta su regreso.
La indiferencia de Leonor continuaba. Muchas tardes salía ella sola, y yo quedaba en mi habitación leyendo las novedades que me mandaba el librero, o en la sala tocando el piano; mis favoritas eran La cabalgata de la Walkyria, una rapsodia de Listz, un nocturno y una polonesa de Chopin.
Un día me encontraba yo muy triste cuando volvió Leonor; creyó que era por su culpa, y, cogiéndome la cabeza entre sus manos, me besó, y en el tono más amable me dijo:
-Tonta, ¿crees que ya no te quiero? Mira, para que veas que me acuerdo de ti, te traigo un regalo.
-Gracias. Es magnífica -exclamé mientras ella me colocaba una sortija.
-La había encargado especialmente para ti.
-Gracias de nuevo -le dije abrazándola.
-¿Estás contenta?
-Sí.
-Siempre dices lo mismo, y yo te vengo notando algo particular.
-Te aseguro que te engañas.
-Si te sucede o deseas algo, debes de decírmelo, yo soy la misma de siempre y no quiero verte triste.
Quedamos en silencio. Luego, acariciándome, prosiguió:
-Yo no veo razón para que estés nunca de mal humor. Comprendo que tu madre está muy grave y que se espera muy pronto el fatal desenlace; pero por lo mismo que es cosa sabida y no se puede evitar, hay que conformarse. Por lo demás no debes preocuparte, no te falta nada, eres querida por todos... ¡Calla, que me han dicho que está el teniente de caballería enamorado perdidamente de ti!
-No me hagas reír, ese no es capaz de enamorarse más que de sí propio. ¡Es inofensivo!
-No lo creo. Es muy guapo y muy simpático.
-Sí, si no fuera tan meloso...
-¿Te gustaría?
-Puede ser, ¿te molestaría?
-Si me robaba tu cariño, sí, sabes que soy celosa; que tú gustes a los otros me place, pero que los otros te gusten a ti es otra cosa. Sé que no es sólo el teniente el que está enamorado de ti, hay varios, aunque ninguno tanto como el banquero, y no me importa.
-No hables de ese adefesio.
Volvimos a guardar silencio, y a poco le interrogué:
-¿Y Luis?
-Está en el círculo.
-Dime, ¿tú quieres mucho a tu marido?
-Mucho.
-Y ¿eres celosa?
-También.
-¿Más que de mí?
-Tal vez.
-Y ¿si una dama cualquiera te robara su amor?
-No sé lo que haría...
-¿Eres muy feroz?
-¡Quién sabe!
Seguimos hablando como buenas amigas, de cosas diferentes hasta la hora de comer.
En la mesa, Luis nos dijo que tenía un palco para el Real*.
Abreviamos la sobremesa y nos fuimos a vestir juntas al gabinete de Leonor, encerrándonos con llave.
La luz eléctrica iluminaba toda la habitación con una claridad viva. Los grandes espejos reflejaban aquel resplandor como ráfagas de sol.
-Desnúdate -me dijo Leonor, dándome el ejemplo.
Los vestidos le cayeron a los pies y quedó envuelta en una onda de perfume, rígida, como una estatua sobre un pedestal de granito. Yo hice lo mismo, y una gran excitación se apoderó de nosotras. Nos abrazamos como dos luchadores del tiempo griego en la palestra, rodamos al suelo como fieras heridas, revolcándonos felinamente sobre la alfombra de Esmirna, y haciendo caer una mesita que contenía frascos de esencia y un vaso con flores. Todo se esparció por el suelo, y, temblando de risa, nos tirábamos las flores y la esencia encima. Después de un momento de tregua, vimos nuestros cuerpos reflejarse en los espejos, y con mayor furia nos precipitamos la una en los brazos de la otra. Los ojos nos relampagueaban. Los cabellos sueltos en la lucha lujuriosa nos envolvían; los senos erectos daban esa sensación de saciedad como si quisieran derramar el néctar que no poseían, y, en frenética convulsión, las bocas buscaron ávidamente el fruto del placer.
La camarera llamó a la puerta y nos miramos avergonzadas, rendidas, abatidas, sin valor ni aliento para contestar. Apenas pude reaccionar, recogí mi ropa y huí para el cuarto de baño.
Me vestí sola en un momento y vine al encuentro de Leonor.
Cuando llegamos al teatro ya había empezado la función. Entramos en el palco tratando de hacer el menor ruido posible. Me despojé del abrigo y me abandoné en la silla, sin mirar a ninguna parte. Al fuego anterior había sucedido una languidez mortal.
No tenia ánimos para hablar y contestaba de mala gana a los que venían a saludarnos en los entreactos.
Esa noche Luis no fue a mi habitación, y me alegré.
Al día siguiente me levanté nerviosa y con malos presentimientos. Me fui a ver a mi madre. Al entrar en su habitación encontré al médico, que en aquel momento daba órdenes para que me mandaran llamar. Sentí un estremecimiento de miedo; mi madre yacía pálida, cadavérica... La llamé y no me respondió.
Aquella habitación casi vacía, con sus paredes blancas, desnudas, la cama y toda la ropa blanquísima, me daba sensación de frío.
Presencié los últimos momentos de mi madre sin poder llorar ni articular palabra, y cuando la vi rígida, salí huyendo como loca.
Luis se ocupó de su entierro, y Leonor de mi luto.
Estuve unos días enferma. La muerte de mi madre me impresionó más de lo que esperaba.


   
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