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Breve historia de la inmortalidad

ANTONIO ÁLAMO

224 págs.

ISBN 84-89618-09-7

2000 pts. 12,02 Eur.

Breve historia de la inmortalidad (00011)


      
CAPÍTULO UNO


       Londres, Navidad de 1991
       ESTABA TAN SOLO QUE DECIDÍ comprarme unos peces. Siempre he pensado que los eces deberían cantar, o al menos emitir una especie de sonido, algo suave y constante como un murmullo o un gorjeo; pero los peces que yo compré no cantaban, no eran pájaros metidos en el agua de una pecera yo no compré eso, eran peces, auténticos peces, y más que nadar de un lado para otro se quedaban tranquilamente suspendidos en el agua como de un hilo, y parecía que en efecto no tuvieran nada que hacer, ninguna urgencia, excepto estar ahí, y ni siquiera cantaban. Estar ahí y esperar mi gesto magnánimo: acostumbrados a la hora en que abría el primer cajón de la cómoda y sacaba su botecito de comida. Un día me senté frente a ellos con los brazos cruzados y una expresión desafiante, diciéndoles: «Tenéis que cantar si es que realmente queréis vuestra comida; a partir de ahora no os queda otra alternativa que ganaros el sustento como todo el mundo, como asalariados». Así que por primera vez en mi vida me convertí en un verdadero capitalista. Esperé durante dos horas, al cabo de las cuales los peces persistieron en no cantar. «¿No cantáis?» Me levanté y abracé la pecera con las dos manos. Después de tirar de la cadena del váter me fui a preparar mi propia cena. Yo también tenía hambre.
      Una lata de sardinas, extraña pecera metálica. Abrías la lata y ahí estaban esos peces. Cuatro o cinco peces. Tumbados unos junto a los otros como si durmieran. Su sueño eterno. Muy tranquilos. Buenos hermanos de infortunio. Ahí estaban esos peces descabezados como pollos, aceitosos fantasmas en su ataúd metálico. Qué manera de trataros, hermanitos.
      Pero lo que yo necesitaba no eran sardinas sino una mujer. Una mujer a la que amar y una mujer que me amase, y esas dos mujeres debían confluir en una sola imagen, un solo cuerpo, un solo soporte. Llegar a casa y encontrar a alguien que te está esperando y te abraza. Ir en tu viaje de metro pensando: «Y ahora ella estará allí esperándome y me abrazará».
      Si uno persiste más de tres horas abrazado a su almohada, es síntoma, creo, de que está solo. Hablo de repentinos y pasionales abrazos, cuando en la casa donde vives no escuchas ni siquiera un alma. Tal vez se escuche la sirena del carricoche de los perritos calientes o la furgoneta del tinte anunciando triunfalmente su paso por las calles. O tal vez el lejano eco del big-bang abriéndose camino en el desierto caótico de Londres.
      Privilegiados momentos estos de soledad en que se te ocurren cosas muy idiotas. Puedes por ejemplo hacer una lista de todas las personas con quienes te has acostado. Es algo muy idiota de hacer, pero al menos te ayuda a recordar caras que de otra manera es improbable que recuerdes. Lo cual, y aunque parezca mentira, te nutre en esa especial sabiduria que consiste en no espantarse de nada.
      También es posible hacer listas de cosas diversas: listas de casas donde has vivido o listas de personas que ya han muerto o listas de zapatos que has gastado, pero no todo el mundo le ve la gracia al asunto de las listas. Acaba siendo un fastidio cuando se hace con cierto rigor.
      Yo ya empezaba a morirme de ganas por abrir los ojos cada mañana al lado de otros ojos que se abren.
      Y como estaba bastante solo, me animé y escribí a la sección de «Lonely Hearts» de la revista Time Out. «Lonely Hearts» significa «Corazones Solitarios», y Time Out significa «Tiempo Libre». Yo tenía un corazón libre y algunas horas de tiempo solitario. La gente escribe a esa sección de anuncios diciendo Soy Tal y deseo a Alguien que sea Cual pero no de Ninguna Otra Manera, y quiero que juntos hagamos Tal Cosa pero no Tal Otra. Y en definitiva eso es «Lonely Hearts»; muy curioso, se mire por donde se mire.
      Lo principal a la hora de redactar el anuncio, me parecía a mí, era que no te confundieran con un maniaco sexual, un psicópata sexual, un degenerado, un pervertido, y al mismo tiempo, que nadie pudiera identificarte como un busca-esposa. Aunque probablemente yo era una mezcla de ambos extremos: digamos un cuarenta y cinco por ciento de aquí y un cincuenta y cinco por ciento de allá. Así que era una cuestión espinosa, un difícil equilibrio lo de redactar ese anuncio; pero yo estaba muy solo y muy decidido a no estarlo. Me tomé mi tiempo, lo hice cuidadosamente, empleando mis cinco buenas tardes en decidir los términos más convenientes para mi presenta-ción en la sociedad de «Lonely Hearts». Y redacté ese anuncio conforme a las dos premisas que ya he mencionado anteriormente: no parecer ni un psicópata sexual ni tampoco un busca-esposa. Lo curioso es que sólo me escribieron maníacas sexuales y busca-maridos. O sea que las fronteras entre un extremo y otro eran aún más difusas de lo que yo había pensado en un principio. Aquellas cartas (tuve cierto éxito, media docena de cartas, lo que no está mal en una ciudad de más de seis millones de habitantes) me desagradaron, sin excepción alguna, y por eso deduje que la sección de «Corazones Solitarios» del Tiempo Libre no era la solución a mi problema. Mi fracaso se debió, al menos en parte, a la men-ción de los peces. Creo que no hice bien en mencionar el asunto de los peces.
      Y sin embargo, pese a todo, no me consideré totalmente acabado. Aún más: tan pronto como dejé de buscar, cuando con una inverosímil confianza en mi destino me dije a mí mismo «bah», entonces, encontré a Laure y vi cómo el universo se abría delante de mis ojos. O tal vez fuera al contrario: el universo se abrió y luego encontré a Laure, que desde luego tampoco era la solución a mi problema, o no lo era al cien por cien, nadie lo es. Mi consejo es que prueben a decir «bah» cuando las cosas se pongan feas, pero háganlo sin fanatismo... Yo encontré a Laure.
      La primera vez que la vi pensé que podría ser «Ella», y sin embargo no lo era o no lo era del todo. O mejor decir que lo era a medias, o que lo era completamente pero de un modo inesperado.
      Conocí a Laure la misma noche que conocí a Dog, y la noche que conocí a Dog y a Laure fue la noche en que empecé a conocer cómo eran las cosas en verdad. Eran complicadas.
      El dueño de la casa un marroquí, Mokhtar, había encendido una fogata en el jardín y echaba maderas y muebles viejos para alimentarla; una especie de mutante de pelos verdes tocaba la guitarra, pero los acordes eran ahogados por los tambores; otra tía muy atractiva y muy colgada bailaba una danza sioux y parecía un pájaro, y en total un grupo de unos quince o veinte individuos nos reuníamos alrededor del fuego. Celebrábamos el decimonoveno cumpleaños de Mokhtar.
      Vi a Laure detrás de las llamas y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Me quedé mirándola la cortina de fuego entre ella y yo y mientras la miraba algo me ardió por dentro. Fue una sensación extraña, desconocida. Sentí vértigo. ¿Por qué? Como si estuviera cayendo de un noveno piso. Esa imagen me invadió: yo cayendo de un piso alto.
      Por un lado creía conocerla y por otro su presencia parecía resplandecer en mis ojos por primera vez. La vi y empecé a estrujarme la cabeza. Yo conocía a esa chica, o tal vez era mi deseo de conocerla lo que me hacía pensar que la conocía. ¿Dónde la había visto?
      Reparé en Mokhtar, a quien vi al fondo del jardín desarmando un viejo armario. Me acerqué.
      Bonito cumpleaños le dije en español.
      Mokhtar era mi amigo más antiguo en Londres. Le había conocido en un gimnasio de King's Cross hacía unos nueve meses, recién llegado de España. Aunque últimamente no nos veíamos con demasiada frecuencia le guardaba especial aprecio: sin apenas conocernos había salido en mi ayuda cuando dos de sus compatriotas me amenazaron con partirme las piernas. Le gustaba hablar español y siempre decía que los españoles y los marroquíes éramos hermanos.
      Mokhtar, ¿quién es esa tía?
      ¿Quién?
      Ésa, la del abrigo amarillo.
      No sé. Me parece que venía con Dog.
      Yo no sabía quién era Dog.
      ¿Por qué? ¿Te gusta?
      No. Pero tengo la sensación de que la conozco.
      Toma, amigo Mokhtar me pasó el porro y le ayudé a desbaratar el armario.
      Después de apilar las piezas de madera volví a acercarme al fuego. Rodeé la fogata y me senté al lado de Laure, sobre un piedra.
      Hola.
      Ella ni siquiera me miró.
      Hola volví a decir.
      Pero no me miraba, estaba absorta en las llamas ascendentes del fuego.
      Hola le dije por tercera vez al tiempo que le tiraba levemente de la manga del abrigo, un abrigo amarillo de segunda o tercera mano con pintajas negras que pretendían imitar la piel de un leopardo.
      ¿Perdón? me dijo con una mueca que no supe interpretar, tal vez era de desagrado, tal vez no, no sé. Tragué saliva y repuse:
      Nada.
      En este instante, mientras ella me miraba y yo rehuía su mirada, decidí marcharme de la fiesta.
      Sin embargo no lo hice.
      Poco después, irreflexivamente, volví a tirar de la manga de su abrigo. Ella se volvió y se quedó mirándome: sus ojos eran dos paisajes azules.
      Fui incapaz de decirle nada, y ella, ante mi desconcertante mutismo, se echó a reír con ganas. Yo la secundé, pero en mi caso era una risa de origen nervioso.
      Creo que te conozco le dije al cabo del rato.
      ¿Sí?
      Bueno, no estoy seguro.
      Volví a concentrarme en el fuego y volví a sentirme idiota.
      ¿Fumas?
      Asintió y cogió uno de mis cigarrillos; entonces se quedó mirándome sin ninguna expresión en la cara. Parecía una estatua muerta, excepto por sus ojos. Sus ojos eran azules y al mismo tiempo no lo eran.
      Yo te conozco le dije, creo que sí.
      ¿De qué me conoces?
      No estoy seguro. ¿Tus padres viven aquí?
      Mis padres no viven. Bueno, tal vez mi padre sí, no lo sé.
      ¿No lo sabes? ¿Cómo que no lo sabes?
      Lo único que sé de mi padre es que fue el hijo de puta que violó a mi madre.
      Tenía un sentido del humor bastante particular.
      Sus ojos eran azules y al mismo tiempo no lo eran. Sus ojos eran azules y de pronto dejaban de serlo. Amarillos, rojos, grises, verdes y otra vez azules. El azul permanecía unos pocos instantes y luego se borraba.
      Tienes un acento bastante extraño.
      Mi madre no era de aquí me dijo, y yo tampoco soy de aquí.
      Ya..., ¿y de dónde eres?
      De ningún sitio en especial.
      ¿Y dónde está eso?
      Bastante lejos... Tú tampoco tienes un acento muy inglés.
      Soy polaco, como el Papa.
      ¿Llevas mucho tiempo en Londres?
      Un par de siglos le dije. ¿Y tú?
      ¿Yo?
      ¿Llevas mucho tiempo en Londres?
      El suficiente para estar bien harta, pero aún tengo algunas cosas que hacer por aquí.
      ¿Trabajas?
      Tengo dos trabajos me dijo: trabajo en una tienda de pescado y también soy pasea-perros.
      No sabía que existieran pasea-perros profesionales.
      Pues existen.
      Suena muy bien. Seguro que tener a un perro de jefe es mucho mejor que cualquier otra cosa.
      Ella asintió.
      Mokhtar había cogido una botella de gasolina y varias antorchas y escupía fuego por la boca. Se escuchaban aplausos en cada bocanada.
      Has dicho que eres polaco.
      Sí, pero no vengo de Polonia. Suelo decir que soy polaco, pero no soy polaco, ¿sabes? Soy español, pero no me siento muy español, ¿sabes?
      Entonces te sientes polaco.
      Tampoco... Qué más da, ¿no? La mayor parte de las veces ni siquiera me siento humano.
      ...
      Nadie sabe polaco, así que si dices que no sabes hablar inglés y que eres polaco, nadie habla contigo y te dejan en paz. Puedes estar callado y a nadie le importa, porque eres un pobre polaco. ¿Entiendes? En ciertos casos es una ventaja ser un pobre polaco, al menos si eres de esos a los que no les gusta andar de palique todo el santo día hablando de nada y de lo primero que te sale por la boca, ¿lo entiendes?, la mayoría de los días los pasaría sin hablar si no fuera porque la gente espera de ti que digas algo, aunque no tengas nada en particular que decir sobre nada. ¿Lo entiendes?
      Creo que sí.
      Me alegro, porque no todo el mundo puede entender eso. ¿Cuántos años tienes?
      Yo no cumplo años me dijo.
      ¿No? Y eso, ¿cómo puede ser?
      Ella se encogió de hombros.
      ¿Tú cuántos años tienes?
      Veintiuno ella silbó apreciativamente. Sí, pero cuando llegue a los treinta me suicido. Joder, no soportaría tener más de treinta años. Ya me siento bastante cascado con veintiuno, pero treinta..., ¿te imaginas?
      Imposible, no puedo imaginarlo.
      Debe de ser un infierno.
      ¿Tú conoces a alguien que tenga más de treinta años?
      Mis padres.
      ¿Y qué tal están? ¿Están bien?
      No lo sé.
      ¿Tienen dientes?
      Media docena.
      ...
      Media docena entre los dos.
      Joder, está lloviendo.
      Sólo unas chispas. Oye, ya sé de qué te conozco.
      ¿De qué?
      No estoy seguro.
      ¿Lo sabes o no lo sabes?
      Creo que en Madrid, te vi en Madrid. Hace..., ¿dos años? Me parece que sí, dos años más o menos. Fui a casa de uno al que llamaban Fran, ¿puede ser?, y tú estabas con él viendo películas porno en un proyector de esos para niños. Era una película muda y la visión era bastante mala, me acuerdo.
      No era yo.
      ¿Seguro?
      No, no era yo.
      ¿No te gusta el porno?
      Bah me dijo.
      ¿Has estado alguna vez en España?
      ¿España? No estoy segura. ¿Dónde está España?
      Es esa cosa que está debajo de Francia. Mira dibujé un mapa en la arena con un palito, esta cosa que parece una cara de viejo, eso es España. ¿Nunca habías oído hablar de España?
      ¿España? Sí. Allí hay mexicanos, ¿no?
      Algunos.
      Se quedó meditando en esto y luego dijo:
      ¿Y tú? ¿Tú eres mexicano?
      Acababa de conocer a Laure, aunque aún no sabía que se llamaba Laure. Sólo sabía que era preciosa, que era preciosa y que sus conocimientos sobre geografía dejaban mucho que desear, Laure. Estábamos frente al fuego y las llamas dibujaban sombras naranjas y azules en su piel blanquísima. Vestía un abrigo imitación leopardo, una falda negra corta, leotardos rojos y botas militares. Su pelo, lacio, fino y muy negro, lo tenía recogido en cuatro trencitas estilo afro: dos le caían a la altura de las sienes y dos detrás de las orejas.
      Tenía que hacer esfuerzos para no devorarla con la mirada algo que nunca resulta muy europeo, pero de todos modos la miraba: las tetas, las piernas, los labios, los ojos... Sus ojos eran dos antorchas amarillas y luego dos monedas de cobre y luego una nube verde apagaba su brillo metálico para caer en un lago de montañas azules... Sin razón alguna empecé a sentirme inquieto, temeroso, no sé de qué, y entonces busqué el pasaporte, le arranqué la fotografía, la guardé y luego lancé el documento al fuego. Me puse a mirar cómo ardía.
      ¿Por qué has hecho eso?
      Para quemarlo. ¿Tienes aquí tu pasaporte? También me gustaría quemarlo. ¿No quieres?
      Me parece que no.
      Pues entonces me gustaría quemarte a ti.
      Oye, tú no estás bien de la cabeza, ¿verdad?
      No me has dicho tu nombre.
      Laure.
      Laure dijo su nombre y me puse otra vez a mirarla, ahora sin ningún disimulo. Tuve ganas de golpearla y tuve ganas de lanzarme al fuego.
      Tal vez incómoda con mi presencia, hizo el gesto de levantarse.
      ¿Te vas?
      Asintió.
      No te vayas.
      Suéltame el abrigo, ¿quieres? me ordenó.
      No te vayas.
      Que me sueltes.
      ¿Cuándo podemos volvernos a ver, Laure?
      No sé.
      ¿Mañana?
      Estás un poco nervioso, ¿no? Cálmate.
      Di una profunda chupada a mi cigarrillo y acerqué la punta incandescente al dorso de mi mano hasta que empecé a sentir el calor del fuego.
      ¿Por qué haces eso? ¡Deja de hacerlo!
      Ni siquiera la miré: quería que aquel calor atravesara mi piel, mi carne, los huesos.
      ¡Basta! dijo dándome un manotazo que tiró la colilla al suelo.
      ¿Dónde vives? le pregunté frotándome la quemadura.
      ¿Vas a calmarte o no? me dijo.
      Sí.
      Entonces Laure borró mi dibujo de España, cogió el palito y empezó a dibujar otro mapa.
      Es muy sencillo. Sales de aquí y te vas hasta el Shopping Center. Aquí, ¿lo ves? Luego sigues por esta acera y en esta esquina encuentras un Wensminster Bank, casi en frente de la boca de metro. Tuerces la primera a la derecha y aquí está mi calle. ¿Ves?, Gladstone Avenue. El número 66 de Gladstone Avenue.
      Muy bien. Entonces nos vemos... ¿Mañana? ¿Puede ser? ¿Nos vemos mañana?
      Mañana no existe, idiota dijo levantándose.
      Laure se acercó a Mokhtar para despedirse. Los miré de reojo. No se abrazaron; se limitaron a estrecharse la mano. Muy correctos los dos. Luego, cuando ya estaba en la puerta, a punto de salir, se le acercó el mutante de pelo verde y le estuvo dando la tabarra durante un rato. Mientras le hablaba le cogía la mano. Pero yo notaba que ella no quería esa mano no la quería. Se despidieron después de unas risas. Ella no miró hacia mí antes de largarse no miró, o al menos yo no vi que me mirase. Sin ningún motivo aparente empecé de nuevo a sentirme inquieto, pero esta vez la inquietud se mezclaba con un malestar físico: vértigo y náuseas. Hundí la mirada en el fuego y me concentré con intensidad en los rescoldos. No sabía qué me estaba pasando. Me sentía mareado y temblaba por dentro, yo notaba que temblaba por dentro y decidí levantarme y dejar la fiesta de una vez por todas. Sin embargo no lo hice. La verdad es que tenía la sensación de que si me levantaba las piernas no me sostendrían. Otra vez reapareció en mi mente la imagen de mí mismo cayendo de un piso alto.
      ¿Qué te pasa, amigo? era Mokhtar, que se había sentado a mi lado, donde antes estaba Laure. ¿Estás bien, amigo? Pareces blanco la cara.
      No estoy seguro. Creo que algo me ha sentado mal.
      Espera dijo. Necesitas un té verde.
      Tiene que ser algo que he comido, no sé.
      Después del té volví a sentirme mejor y me quedé encogido al lado del fuego, temblando levemente y escuchando los tambores, envuelto en una manta gruesa que me había traído Mokhtar.
      Encendí un cigarrillo y repasé el último año de mi vida: me pareció carente de sentido.
      ¿Estás mejor, amigo? me preguntó Mokhtar acurrucándose a mi lado.
      Sí, mucho mejor. Nunca me había pasado esto.
      Es una intoxicación diagnosticó Mokhtar. ¿Bebes agua del grifo? No lo hagas. El agua de Londres es contaminada.
      Un poco más tarde me despedí de Mokhtar, salí de la fiesta y me encaminé hacia la parada del autobús. Cuando subía por High Road Green vi un Wensminster Bank aquel que Laure me había señalado en su mapa sobre la arena-y me quedé mirándolo como un estúpido. ¿Qué buscaba yo en Londres? ¿Qué buscaba? ¿Buscaba algo? Me embargó muy fuertemente la sensación de que el motivo por el cual yo estaba en esa ciudad era Laure debía de ser ella, e imaginé un futuro posible donde Laure y yo... Sin pensarlo dos veces torcí a la derecha y me adentré en Gladstone Avenue.
      No obstante, carecía de planes inmediatos. Era ya muy tarde, las tres o las cuatro de la madrugada. No cabía pensar en despertarla. Llegaría al número 66 de la calle, me fumaría el último cigarrillo de la noche mirando la fachada y regresaría a mi cuchitril con el primer metro de la mañana.

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