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Un vasto y desierto paisaje | |
KJELL ASKILDSEN | | 112 págs.
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Lorenzo | | ISBN 84-89618-80-1 | |
9,59 €. | |  |
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El
comodín Un sábado por la noche, hacia finales de
noviembre, me hallaba solo en casa con Lucy. Yo estaba sentado en el sillón
junto a la ventana, ella junto a la mesa del comedor haciendo un solitario, últimamente
no paraba de hacer solitarios, yo no sabía por qué, pensaba que
quizá tenía miedo de algo. Hace mucho calor, dijo Lucy, podrías
abrir un poco la ventana. Estaba de acuerdo en que hacía algo de calor,
y como fuera no hacía demasiado frío, abrí la ventana. Daba
al jardín de atrás y a un bosquecillo, y me quedé de pie
un rato escuchando el suave rumor de la lluvia. Tal vez fuera esa la razón,
la suave lluvia y el silencio, lo cierto es que ocurrió lo que ocurre de
vez en cuando: se te viene encima un gran vacío, es como si la misma falta
de sentido de la existencia se te metiera dentro y se extendiera como un inmenso
y desnudo paisaje. Ya puedes volver a cerrar, dijo Lucy, aunque yo seguía
mirando por la ventana. Voy a dar una vuelta, dije. ¿Ahora? preguntó
ella. Cerré la ventana. Sólo un paseíto, contesté.
Ella seguía con su solitario, sin levantar la cabeza. En la entrada, me
puse el impermeable y el gorro de lluvia que sólo utilizo para trabajar
en el jardín cuando hace mal tiempo. Tal vez por eso fui al jardín
en lugar de salir a la carretera. Llegué hasta el final, donde cultivábamos
la col y había un pequeño banco sin respaldo que databa de antes
de que Lucy heredara la casa. Me senté bajo la lluvia en la oscuridad y
miré hacia las ventanas iluminadas, pero como el jardín formaba
una suave pendiente hacia abajo, no podía ver a Lucy, sólo el techo
y la parte superior de las paredes. Al cabo de un rato hacía demasiado
frío para permanecer sentado; me levanté con la intención
de trepar la valla y cruzar el bosquecillo hasta la carretera, junto a la oficina
de correos. Pero al llegar a la valla, me volví y vi la sombra de Lucy
en la pared de dentro y un trozo de techo, y no entendía cómo podía
ser, no entendía cuál podía ser la fuente de luz que hacía
que la sombra cayera justo ahí. Trepé la valla por el lugar donde
podía agarrarme a la rama inferior de un gran roble; desde allí
podía ver a Lucy sentada junto a la mesa. Delante de ella ardía
una vela, y en una mano llevaba algo que también ardía, pero me
resultaba imposible ver de qué se trataba. Luego la llama desapareció,
y Lucy se levantó; en ese instante fue como si toda la habitación
quedara en penumbra. Un momento después, Lucy había desaparecido
de mi campo visual. Esperé un rato, pero no volvió. Bajé
de un salto hacia la parte exterior de la valla y me adentré en el bosquecillo.
Me preguntaba qué había quemado, y de alguna manera me sentía
engañado, por no decir encandilado, sé que fue justo eso lo que
sentía, porque la idea me dejó algo perplejo, incluso me pregunté
de dónde procedía el verbo «encandilar». Seguí
andando por el sendero hasta llegar al aparcamiento de gravilla que había
detrás de la oficina de correos, allí me paré a sopesar los
pros y los contras, luego volví por el mismo camino, no era muy largo,
sólo unos doscientos metros, y enseguida me encontraba otra vez junto a
la valla. Permanecí un buen rato en la entrada, y cuando llegué
al cuarto de estar, Lucy estaba haciendo un solitario. Levantó la vista
de las cartas y me dirigió una sonrisa. No había ninguna vela en
la mesa, ni restos de papel quemado en el cenicero. ¿Y bien? preguntó.
Llueve, contesté. Ya lo sabías, ¿no? preguntó ella.
Sí, contesté. Me senté junto a la ventana. Miré hacia
el jardín, pero sólo me encontré con el reflejo de la habitación
y el de Lucy. Al cabo de un rato, sin levantar la vista de las cartas y con una
voz completamente cotidiana, dijo: No tengo más que pellizcarme el brazo
para saber que existo. Incluso tratándose de Lucy era una afirmación
muy contundente, y si la interpreté como una acusación, lo atribuyo
a esa sensación de haber sido engañado, una sensación que
no se había esfumado al volver a casa y encontrar borradas todas las huellas
de lo que había visto desde la valla. Estuve a punto de darle una respuesta
irónica, pero me controlé. No dije nada, ni siquiera me volví
hacia ella, sino que continué observando su reflejo en el cristal de la
ventana. Se puso a recoger las cartas, todavía sin levantar la vista. Me
sentí como si tuviera la cara rígida. Lucy guardó la baraja
en el estuche y se levantó lentamente. Me miró. Fui incapaz de volverme,
estaba completamente recluido en la sensación de haber sido agraviado.
Dijo: Pobre Joachim. Y se fue. La oí abrir el grifo de la cocina, luego
se oyó la puerta del dormitorio, y finalmente se hizo el silencio. No sé
cuánto tiempo permanecí sentado, desmenuzando con amargura sus últimas
palabras, tal vez varios minutos, pero por fin mis pensamientos tomaron otro rumbo.
Me levanté y me acerqué a la chimenea. Estaba tan limpia de cenizas
como antes. Quería ir a la cocina y mirar en el cubo de la basura, pero
dudé ante la posibilidad de que Lucy me sorprendiera. ¿Y qué?
me dije, no sabe que la he visto. Abrí la puerta de debajo del fregadero,
y sobre la basura podía verse la esquina de una carta quemada. La cogí
y empecé a darle vueltas, perplejo y confuso. Las preguntas se enmarañaban
en mi interior. ¿Había ido a buscar una vela con el fin de quemar
una carta? ¿Una de esas cartas con las que hacía solitarios? ¿Por
qué una vela? ¿Por qué quemar una carta? ¿Por qué
había vuelto a guardar la vela? ¿Qué carta? A la última
pregunta tal vez pudiera encontrar la respuesta; dejé caer la carta quemada
al cubo de la basura y volví al cuarto de estar. La baraja seguía
sobre la mesa, saqué las cartas y las conté, cincuenta y tres. Sólo
había un comodín. Lucy había quemado un comodín. Miré
el que quedaba: Un bufón guiñando un ojo al sacarse un as de corazones
de la manga. Me metí la carta en el bolsillo con una confusa sensación
de venganza, luego volví a meter la baraja en el estuche. Cuando una
hora más tarde fui a acostarme, Lucy ya estaba dormida. Permanecí
mucho tiempo despierto y a la mañana siguiente me acordaba de todo. Llovía.
Intenté imaginarme que era una mañana de domingo cualquiera, pero
no lo conseguí. Desayunamos en silencio, es decir, Lucy mencionó
un par de asuntos triviales, pero yo no contesté. Luego añadió:
No hace falta que estés tan callado por mí. En ese instante todo
se me volvió negro por dentro. Tenía el cuchillo en la mano y golpeé
el mango con tanta fuerza contra el plato, que estalló. Luego me levanté
y salí de la habitación gritando: ¡Pobre Joachim, pobre Joachim!
Unas horas más tarde, volví a casa. Había pensado decirle
que lamentaba no haber sido capaz de controlarme. La casa estaba a oscuras. Encendí
las luces. En la mesa de la cocina había una nota en la que ponía:
«Sí. Te llamaré mañana u otro día. Lucy».
Así salió de mi vida. Después de ocho años. Al principio
me negué a creerlo, estaba seguro de que al cabo de un tiempo se daría
cuenta de que me necesitaba tanto como yo a ella. Pero no se dio cuenta, ahora
lo sé, he de aceptarlo, no era la que yo creía que era.
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