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Penumbra

VV AA
Edición y prólogo: Lola López Martín

312 págs.

ISBN 84-96080-84-6

19,90 €

Penumbra (RE11)

Raro ejemplo de un sonámbulo (1790)
Anónimo


Todavía a finales del siglo XVIII el cuento no era un género que la sociedad occidental, solo a medias secularizada, viera con buenos ojos. Esto explica la falta de firma en muchos de los primeros textos publicados en prensa; más aún cuando, como en este caso, se trata de objetivar en la escritura elementos extraordinarios. No obstante lo anterior, también es cierto que el interés por el género se advierte con rotundidad desde los orígenes mismos del periodismo.
En Cuba —donde la imprenta se había introducido en 1720—, la llegada al gobierno en 1790 de Luis de las Casas marca el inicio de la popularización de las publicaciones periódicas. Fue él quien, junto al doctor Tomás Romay Chacón y Diego de la Barrera, manda editar el primer periódico de divulgación de noticias oficiales, el Papel Periódico de La Havana, en cuyo primer número, del 24 de octubre de 1790, apareció este Raro ejemplo de un sonámbulo.
Gracias al dinero recaudado con las suscripciones al periódico durante sus tres primeros años de vida pudieron comprarse en España los volúmenes inaugurales de la Biblioteca Pública de La Habana, actual Sociedad Económica de Amigos del País. A partir de 1805, el Papel Periódico se convirtió en diario (hasta entonces solamente salía jueves y domingo), y en los años sucesivos fue cambiando de nombre (El Aviso, Diario de La Habana, Diario del Gobierno Constitucional) hasta que, en febrero de 1848, acuñó definitivamente el de Gaceta de La Habana.
Los artículos del Papel Periódico participaban de la perspectiva pedagógica del neoclasicismo, lo que puede explicar la presencia del término ejemplo en el título de este texto. El ejemplo es un género de narrativa breve, al estilo de la conseja y la fábula, que esbozaba una historia ilustrativa con una escueta moraleja final. Sin embargo, Raro ejemplo supone una ruptura con la doctrina del racionalismo: la noticia final apunta más al valor del conocimiento (desde la observación directa de la realidad) que a una conducta moral.
En Raro ejemplo de un sonámbulo se encuentra ya uno de los resortes claves de la narrativa fantástica: la dicotomía entre realidad e ilusión que tantas veces después se resolverá con la afirmación de que la vida es sueño, de que no todo es vigilia la de los ojos abiertos.



EN NUEVA YORK soñó una persona que estaba cogiendo pájaros. Por
la mañana al levantarse halló en su cama un nido entero de golondrinas.
Las había cogido la noche pasada en las vigas de su casa, adonde
subió por una escala muy alta. Los que estudian la historia del hombre
pueden apuntar esta noticia para ayudarse en sus meditaciones.

 

***

La mulata de Córdoba
José Bernardo Couto
(Orizaba, 1803 - Ciudad de México, 1862)

José Bernardo Couto nació en la villa de Orizaba el 29 de diciembre de 1803. A los catorce años se trasladó a México para estudiar en el Colegio de San Ildefonso, en el que se licenció como abogado en 1827. Fue pasante del doctor Mora, su maestro y amigo, impulsador del liberalismo avanzado. En 1828, muy joven aún, figuró como diputado en la legislatura de Veracruz. Apenas había acabado la carrera cuando ocupaba ya la cátedra de Derecho Público y se contaba entre los miembros de la Academia de Legislación y Economía Política. En 1845 fue nombrado ministro de Justicia del gobierno federal, y en febrero de 1848 se contaba entre los negociadores del Tratado de Paz, Amistad y Límite firmado en Guadalupe Hidalgo entre el gobierno de México y Estados Unidos, tras la ocupación norteamericana ocurrida en 1846. En un proceso arduo de entrevistas con los invasores, del que Roa Bárcena dejó constancia en Recuerdos de la invasión norteamericana, Couto supo defender los intereses de su país con prudencia, entereza y buen juicio.
Por lo que se refiere a su actividad en el ámbito de las artes, sabemos que en 1852 desempeñó un papel importante en la restauración de la Academia de Nobles Artes de San Carlos. Miembro de la Real Academia Española, ejerció como presidente de la Junta Directiva de la Academia de Bellas Artes. Fue, además, traductor en México de las obras clásicas de Horacio.
José Bernardo Couto fue un insigne jurisconsulto, un hombre de palabra elocuente, personalidad introvertida, sencilla modestia y lógica severa. Murió el 11 de noviembre de 1862, en la casa familiar.
La obra de José Bernardo Couto, que versa mayormente sobre asuntos jurídicos, es de muy difícil acceso en la actualidad. A él debemos también una Colección de poesías mexicanas, poemas de juventud publicados en París en 1836, y, sobre todo, el Diálogo sobre la historia de la pintura en México, su trabajo más notorio, que estuvo corrigiendo hasta tres días antes de su muerte. El Diálogo es un estudio sin precedentes de los principales pintores mexicanos durante la dominación española. Colaboró en la creación del Diccionario Universal de Historia y Geografía (publicado de 1853 a 1856), y en 1860 escribió una Biografía de don Manuel Carpio, obra cuidada sobre la vida y la personalidad del poeta.
La mulata de Córdoba vio la luz durante la primera temporada de El Mosaico Mexicano. De ahí se extrajo junto a otro cuento maravilloso, Historia de un peso, para la publicación en 1882 del Calendario Antiguo, de Munguía; finalmente, fue recogido en el primer volumen de las Obras del doctor D. José Bernardo Couto (1891). En todo caso, la fecha de composición debe ser anterior a 1862.
En este texto se aprecia un salto sustancial con respecto a Raro ejemplo y Carta verídica: el título adopta el apodo del personaje; el elemento dramático se concentra ahora en su justa brevedad; la estructura interna incorpora diálogos, y la formulación didáctica se subvierte en cómplice ironía. En este proceso pueden atisbarse los pasos
hacia la forma madura del género moderno que conocemos como cuento.

 

HALLÁBASE PRESA HARÁ muchos años en cárceles del Santo Oficio, según cuenta el vulgo, una famosa hechicera (llamada la mulata de Córdoba) traída a buen recaudo desde la villa de este nombre a México. Seguramente aquel sitio no debió parecer un albergue de delicias a la nueva Medea*, pues a poco de estar en él determinó trasponerse. Mas como de suyo era persona comedida y atenta (los que conocen de trato a los brujos aseguran que no todos tienen estas buenas partidas), quiso, antes de salir del hospedaje, dar aviso a los señores de casa. Para esto resolvió aprovechar la primera ocasión en que viniese alguno de ellos a su calabozo.
—Señor alcaide, ¿qué le falta a ese navío? —dijo un día la bruja al honrado cancerbero de aquellas cárceles, señalándole un buquecillo que con carbón había dibujado en la pared.
—Mala mujer —contestó el gravedoso guardián—, si supieras cuidar tu pobre alma como sabes hacer otras cosas, no darías en qué entender al Santo Oficio. A ese barco sólo le falta que ande.
—Pues si usted lo quiere —dijo la encantadora—, él andará.
—¡Cómo! —replicó sorprendido el alcaide.
—Así —dijo la hechicera; y diciendo y haciendo, de un salto entrose en el navío, el cual, ¡oh portentos de la brujería!, tan presto y fugaz como una visión, desapareció con la pasajera de los ojos del atónito ministril.
Nada volvió a saberse de ella por algún tiempo en México; mas al fin hubo noticia de que en su buque lineal había atravesado todo el Pacífico, y a pocas horas de su salida de México estaba en Manila: cierto que la mujer caminaba aprisa**.


________________________________________

* Medea es el arquetipo de la hechicera en la literatura romana. Después de cometer parricidio, Medea se escapa volando por los aires en un carro encantado.

** Aquí termina el cuento de José Bernardo Couto en la versión que Luis Leal recoge con alguna variante en El cuento mexicano. De los orígenes al modernismo. Sin embargo, en la edición de las Obras completas de José Bernardo Couto, que es la que he tomado para esta antología, La mulata de Córdoba continúa con el cuento Historia de un peso. Como enlace entre ambas historias, Couto escribió el fragmento más o menos extenso que a continuación reproduzco.

Los demonógrafos mexicanos no habían logrado después de esa época rastrear el paradero de la bruja: su expedición a las Filipinas era lo último que de ella se sabía, y esta fiel y peregrina historia había quedado incompleta. Afortunadamente podemos ahora ministrarles materia para agregar un capítulo a su biografía, y quizá no será el menos curioso que en ella se lea.
Es, pues, el caso, que la hechicera de Córdoba vivía hace pocos años, y sin duda vive aún al presente. No se espeluce alguno de nuestros lectores al saber esto, temiendo vaya a aparecérsele la noche menos esperada alguna espantable visión de bruja con ojos encendidos como fuego, aletas rugosas de murciélago, a horcajadas en una sierpe, y que se entre por la chimenea de la cocina para hacer en casa malignos desaguisados. No, la maga de Córdoba no es de esa perversa ralea de estantiguas, ni hay noticia histórica o tradicional de que haya causado espanto a ningún cristiano, salvo el alcaide de la Inquisición. Procura hacer siempre sus prodigios sin daño ni menoscabo de tercero.
Lo que acerca de ella hemos podido adelantar ahora, se reduce a una breve conversación que tuvo hace poco en cierto lugar de la República, y a una descomunal aunque inocente brujería que despachó allí en un santiamén delante de una persona con quien hablaba. Tenía esta un peso fuerte en la mano, y se dejó decir:
—¿Por cuántos dueños habrá pasado este peso?
—No me costaría trabajo adivinarlo —dijo la cordobesa—, y aun hacer que el mismo peso nos lo dijera. ¿Quieres que ponga manos a la obra?


   
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