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¿Cuánta
verdad necesita el hombre? | RÜDIGER
SAFRANSKI | | 192 págs. |
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| 16,95€ | |  |
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Metafísica
y crimen Hitler, Goebbels No me extenderé en un análisis
detallado de los condicionamientos políticos, sociales y psicológicos
de la toma del poder nacionalsocialista. Es indiscutible que Hitler llega al
poder y se mantiene en él hasta el final por haber logrado una amplia aprobación
entre el pueblo. Esta se debió a unas determinadas medidas políticas,
pero también a la concepción del mundo que subyace al nacionalsocialismo.
En Mi lucha, Hitler expuso con toda claridad esa concepción del
mundo y, en consecuencia, desarrolló una estrategia de acción política.
Ya se ha señalado en muchas ocasiones que su política siguió
a rajatabla ese plan de acción. Hitler, inspirado en su visión del
mundo, no hizo otra cosa más que realizar su programa de 1925. La concepción
del mundo desarrollada en Mi lucha es, aunque bárbara, una metafísica.
De manera metafísica Hitler puso de manifiesto el sentido profundo de la
realidad: construyó imágenes de la vida falsa y de la verdadera
e intentó transformar el mundo conforme a esas imágenes, propósito
que fue espantosamente logrado. Y sólo pudo hacerlo porque los hombres
bajo su mando estaban dispuestos a participar en esa sangrienta escenificación
de su metafísica. Se han barajado los más diversos motivos para
explicar este respaldo, lo cual no cambia en absoluto el insólito y angustioso
resultado: una sociedad al completo colaboró en trasladar a la realidad
un sistema metafísico ilusorio. Nietzsche, al final, en su caverna interior
inundada de fantasías violentas, pergeñó la destrucción
imaginaria de un mundo que no coincidía con el suyo. También
Hitler acabó en una especie de caverna: el búnker de la cancillería
del Reich. Si bien sus violentas fantasías estallaron hacia fuera: él
sí llevó a cabo la destrucción real de un mundo no
coincidente con el suyo. Una Europa destrozada, millones de muertos en la guerra,
millones de asesinados. Metafísica que cobra realidad convirtiéndose
en crimen monstruoso. El éxito de Hitler es un ejemplo extremo de
cómo la historia puede ser gobernada por ficciones, por delirios, por imaginaciones. Resumo
algunos condicionamientos biográficos: Hitler fracasa en los estudios posteriores
a la escuela. Rechaza la vida burguesa, oponiéndose a ella con su trabajo,
su perseverancia y su idea de la familia. Se siente artista. No es admitido
en la Academia de Arte de Viena. Pasa algunos años vegetando en la "Bohéme
social y moral" (Thomas Mann): asilos para mendigos y albergues. Vive a base
de sablazos. Pintor de estampas, trabajador temporal, soñador despierto,
emprendedor, quiere escribir una obra de teatro, inventar una bebida sin alcohol,
bosqueja los planos de una renovación de la ciudad, también del
Estado alemán ideal. Se identifica con Richard Wagner: la arrebatadora
ebriedad de la música, los grandes gestos, su efecto subyugante sobre las
masas, la estilización de sí mismo a través del mito, el
hechizante truco teatral... Todo ello muy de su gusto. Los escritos de Wagner,
los panfletos que en ese momento se distribuían y un sentimiento popular
latente en la Viena de preguerra señalaron al culpable de su propio
fracaso vital: los judíos. El resentimiento del burgués fracasado
busca una descarga: se siente un líder incomprendido, apartado de su misión
por un entorno intoxicado. El desarraigado de la vida burguesa encuentra, con
el estallido de la I Guerra Mundial, un hogar en el ejército alemán.
Con la derrota y la revolución pierde el soporte moral y social que le
quedaba. La disolución del orden social tradicional, la momentánea
anarquía política, la humillación nacional, la miseria material,
la desorientación tras el derrumbamiento de los antiguos valores de patria,
mando y obediencia, fidelidad y pueblo, hacen que lo invada el pánico.
Observa cómo por todas partes reina la "desmoralización".
En esa tesitura, recurre a los medios que siempre tiene a su disposición
para lograr el autodominio: encuentra una explicación a la aterradora y
degradante situación con ayuda de sistemas ilusorios en los que ensimismarse.
Sin embargo, ahora ya no está solo. Su don para la oratoria y el ánimo
general del momento le brindan la posibilidad de que sus fantasías personales
se conviertan en el exponente de una ilusión colectiva. Funda el NSDAP,
y tras el malogrado golpe de Estado del 9 de noviembre de 1923 escribe en Munich,
durante su encarcelamiento en Landsberg, Mi lucha. Es sabido que la
metafísica se esfuerza por penetrar en la realidad más inmediata,
casi siempre turbadora e inquietante, con el fin de descubrir la esencia que la
sustenta, su sentido orientador. Hitler procede del mismo modo. Quiere
penetrar en la apariencia de los acontecimientos -luchas políticas intestinas,
inflación, transformación de la moral, crecimiento de las ciudades,
sociedad de masas, destrucción del medioambiente, aislamiento, tecnificación,
etcétera- para desentrañar los verdaderos acontecimientos que se
ocultan detrás. Y, con ello, alcanza una dimensión cósmica:
otra de las especialidades de la metafísica. A partir de la "voluntad
de poder" de Nietzsche, de la "voluntad de vida" de Schopenhauer
y de la trivialización de la teoría de la "selección
natural" que el socialdarwinismo supone, Hitler elabora su ley metafísica
universal: La naturaleza... pone a los seres vivos en este
globo terráqueo y luego contempla el libre juego de fuerzas. El más
fuerte en valor y empeño adquiere, como el hijo más querido, el
derecho a ser señor de la existencia... Sólo el que nace enclenque
puede considerarlo cruel, por ser él mismo un hombre débil y limitado;
pues si esta ley no imperara, sería impensable cualquier ulterior evolución
orgánica de los seres vivos... Al final siempre triunfa la búsqueda
de la autoconservación. Bajo ella, la llamada humanidad se derrite en una
mezcla de estupidez, cobardía y culta pedantería, como la nieve
bajo el sol de marzo. En lucha permanente la humanidad se ha hecho grande; en
la paz perpetua, perece. Pero Hitler no se da por satisfecho
con esa imagen de la lucha por la existencia vacía de sentido. La evolución,
impulsada por la lucha por la vida, ha engendrado un ejemplar selecto: el ario.
Hitler:
Las manifestaciones de la cultura humana,
los logros del arte, la ciencia y la técnica que hoy día se erigen
ante nosotros, son casi en su totalidad productos creados por el ario. Este hecho
permite llegar a la nada infundada conclusión de que sólo él
pudo ser el fundador de la naturaleza humana por excelencia y que, por tanto,
representa el prototipo de lo que entendemos por hombre. Él es el
Prometeo de la humanidad de cuya frente luminosa brota el destello divino del
genio y se expande por todas partes, una y otra vez inflamada por ese fuego que,
transformado en conocimiento, ilumina la noche de los misterios silentes y permite
que el hombre ascienda por el camino hacia la dominación del resto de las
criaturas de esta tierra. Si esa luz llegara a extinguirse, y tras pocos siglos
la oscuridad insondable se cerniera sobre la tierra, la cultura humana se desvanecería
y el mundo quedaría devastado. El "ario" es el "portador
de la luz", da sentido a lo que no lo tenía. Hitler apela al pathos
cósmico: el planeta giraría de nuevo perdido y sin sentido en la
"noche del espacio" de no haberse producido el ennoblecimiento de lo
vivo gracias a la fundación aria de la cultura. Hitler evoca la gnóstica
y maniquea dualidad luz-oscuridad de una gigantomaquia cósmica: la figura
luminosa de lo ario tiene un opuesto luciferino. La encarnación de este
demiurgo maligno es el judío. Él es el principio desintegrador de
la vida, su negación por antonomasia. Hitler emplea frecuentemente metáforas
para referirse a los judíos; para él son bacilos, microbios perjudiciales,
una plaga cósmica. Si el ario, afirma Hitler, no logra protegerse de esa
"patología", tarde o temprano la "vida excelsa" perecerá.
Quien tolera esto, atenta contra "la ley divina de la existencia", y,
con ello, "colabora en la expulsión del paraíso". Los
sucesos del trasmundo cósmico-metafísico comportan, según
Hitler, un aspecto de máxima actualidad. La lucha "titánica"
entre las fuerzas de la luz y las de la oscuridad ha llegado en este momento de
la historia a su fase decisiva. Sobre Occidente se cierne la amenaza de la decadencia.
Hitler, en vista del empuje renovador que el periodo de Weimar supuso, confirma
sus más íntimos miedos al desclasamiento y sus muchas fobias en
una crítica conservadora de la cultura: el espíritu ya no cuenta
nada, sólo el dinero; el amor y la fidelidad han cedido ante la mera sexualidad
mecánica; el Moloc, el ogro de la ciudad y la industria desarraiga al individuo,
le arrebata todo nexo de unión y toda orientación; la religión
ha sido desplazada por intereses materiales. La enorme masa de tierra de Rusia
ha caído en manos de los bolcheviques; Norteamérica, bajo la violencia
del tecnicismo y el materialismo propios del capitalismo. Para Hitler, detrás
de todo esto se encuentra la conspiración judía contra el mundo. El
momento decisivo de la historia universal se dirime en el centro de Europa, en
Alemania. Allí está concentrada la "esencia del pueblo ario".
La "asunción incondicional... de las leyes divinas de la existencia"
exige que Alemania vuelva a ser fuerte, que reúna fuerzas para la misión
de gobernar el mundo. Es necesario nada menos que un nuevo "acto prometeico"
de salvación de la cultura, afirma Hitler. De ahí se infieren, a
juicio de Hitler, unos objetivos geopolíticos y de política interior
muy concretos. En la geopolítica: ganar terreno en Europa del Este
y Rusia. La "tierra rusa" debe ser "depurada" de todo bolchevismo
y judaísmo. La política exterior con respecto a las otras potencias
(Francia, Inglaterra, Estados Unidos) sólo sirve para flanquear esa política
de expansión. En la política interior: las ideas "judaicas"
de tolerancia, pacifismo, humanidad e internacionalismo entierran la voluntad
de autodeterminación del pueblo. Por ello, esas ideas han de ser combatidas
y erradicadas, y del mismo modo las formas de organización política
que le son propias: democracia, estado de derecho, sociedad de naciones. Que
toda esta estrategia conduce al exterminio de los judíos queda expuesto
con toda claridad en Mi lucha. La conquista del alma
del pueblo sólo puede lograrse si la consecución de las propias
metas va acompañada de la aniquilación de los que son contrarios
a ellas. El exterminio de los judíos posee un componente
de precepto metafísico. Por eso el asesinato de millones de personas puede
justificarse como acto "prometeico" al servicio del progreso de la vida
a la vez que como devoto acatamiento de un mandato divino. "Preservándome
de los judíos lucho a favor de la obra del Señor", escribe
Hitler, y casi veinte años después, cuando el sistema de aniquilación
de la "solución final" funciona a toda máquina, puede
asegurar: "Tengo la conciencia tranquila". Hitler puso en funcionamiento
una política basada en presupuestos metafísicos. Para él
consistió en dirigir una lucha a muerte contra aquello que consideraba
el mal por antonomasia. Construyó una máquina asesina de perfecto
funcionamiento para que oficiara esa lucha. Hannah Arendt habla de la "banalidad
del mal" refiriéndose al caso Eichmann, administrador de la "solución
final". Expresa su horror ante la manera rutinaria, objetiva, burocrática,
diligente, en la que hombres de una "normalidad" desconcertante pusieron
en marcha la máquina asesina. El carácter industrial y administrativo
de la empresa homicida junto con la "orden suprema" permitieron a esos
ciudadanos corrientes mantener "la conciencia tranquila". Si bien esa
"orden suprema" surgió de una metafísica del mal. El asesinato
fue promovido por una obsesión metafísica abismalmente maligna,
por lo que el término banal resulta del todo incorrecto. Hitler
escribe: "Quien entiende el nacionalsocialismo sólo como un movimiento
político no conoce apenas nada de él. Es incluso más que
una religión: se trata de la voluntad de crear un nuevo hombre", una
creación que pasa por la aniquilación del ser humano. El efecto
sugestivo que, especialmente tras su reclusión en Landsberg, emanaba de
Hitler también guarda relación con que emprendiera consigo mismo
la "creación del nuevo hombre". Toda su personalidad se consume
en lo que él llama su "misión". Lleva a cabo una interpretación
del mundo, luego ajusta los bastidores cósmicos a su momento histórico,
la hora decisiva, y en ese instante tan significativo escenifica su propia aparición.
Se caracteriza como el hasta entonces desconocido mártir de la verdad,
trae consigo la "fórmula salvadora"; aún no lo escuchan
muchos, todavía predica en el desierto, pero su hora está a punto
de llegar y esa certeza se propaga a su alrededor.
El 4 de julio de
1924 Joseph Goebbels escribe en su diario:
Alemania anhela
al único, al hombre, como la tierra en verano ansía la lluvia. Sólo
puede salvarnos la reunión definitiva de fuerzas, el entusiasmo y la entrega
total. Se trata, por supuesto, de milagros. Pero ¿por qué no va
a salvarnos un milagro? Señor, ¡haz un milagro ante el pueblo alemán!
¡Un milagro! ¡Un hombre! Bismark, stand up! Tengo el cerebro
y el corazón resecos de desesperación por mí y por mi patria...
¡Desesperación! ¡Ayúdame, Dios! ¡He llegado al
final de mis fuerzas! Un año después de ese brote de
desesperación Goebbels lee Mi lucha de Hitler. Entonces escribe en su diario: He
leído el libro de Hitler hasta el final. ¡Con tremenda impaciencia!
¿Quién es ese hombre? ¡Mitad plebeyo, mitad dios! ¿Se
trata realmente de Cristo o sólo de San Juan? Añoranza de paz y
tranquilidad. De un hogar. A principios de 1925, poco después
de la formación del NSDAP en Renania, Goebbles se hace nacionalsocialista
por desesperación. Enredado en amoríos insatisfactorios, busca el
"gran amor" que exija toda su implicación y entrega; pero sólo
encuentra indiferencia y egoísmo. "Desconsolador, mísero, lamentable
mundo", anota en su diario. Sus aspiraciones laborales se ven frustradas.
El estudiante de germanística quiere ser poeta. Ha escrito una novela y
algunas obras de teatro, pero no logra editor ni teatro donde estrenar. El joven
de veintiocho años sigue dependiendo de sus padres. Durante un breve lapso
de tiempo, en 1923, ocupa un puesto en el Dresdner Bank. Ese trabajo le resulta
humillante. La vida carece de sentido para él. La situación sociopolítica
también lo deprime. "Patria" y "pueblo" son para él
valores religiosos capaces de dar sentido a la vida. Mas a su alrededor sólo
ve "desmoralización" y "desmembramiento". Encuentra
un paralelismo entre su mísera situación personal y las míseras
condiciones en que vive el "pueblo", en su opinión sometido a
las fuerzas aliadas vencedoras y al capital. Tras la firma del tratado de Locarno
en 1925 escribe en su diario: El viejo truco. Alemania cede
y se vende al capitalismo occidental. Un panorama desolador: los hijos de Alemania
al servicio de ese capitalismo desangrándose en los campos de batalla de
Europa como lansquenetes... ¿Nos gobiernan idiotas o infames? ¡Pierdo
por momentos la fe en la humanidad! ¿Cuál fue el motivo para cristianizar
a estos pueblos? ¡Sólo para poder convertirlos en carroña!
¿Dónde está el hombre que expulse a latigazos del templo
de la nación a los mercaderes de almas? ¡El mundo entero está
avocado a su fin! ¡Ojalá no existiéramos! Desesperación... En
Hitler cree haber encontrado a ese hombre "que expulse a latigazos del templo
de la nación a los mercaderes de almas". En efecto, se trata de un
acto de fe. El nacionalsocialismo es para él "el catecismo de la nueva
religión política emergente en un mundo en descomposición
y desacralizado". El partido no puede guiarse conforme a los parámetros
de una "política real", no se trata del arte de las "posibilidades
dadas"; todo eso es, a juicio de Goebbels, "basura". La
cuestión nacional se me enreda con las cuestiones del espíritu y
de la religión... Ya no tiene nada que ver con la política. Es una
concepción del mundo. Se trata de la salvación. Goebbels
pretende salvarse de su desesperación, de sus turbios sentimientos de pérdida
del sentido, de su miseria social, de sus miedos al aislamiento. Desea poder volver
a amar y a ser amado. La "esperanza de un hogar" está llamada
por fin a cumplirse. De una sociedad desgarrada, sustentada en unas pocas ideas
comunes, debe surgir una comunidad en la que poder sentirse seguro. Pero la "salvación"
no podrá llegar si no se está listo para ser el "nuevo hombre".
Hay que experimentar una conversión. En el encuentro con Hitler, Goebbels
es tocado por la suerte. Usted -escribe en un homenaje público
a Hitler-, ha sabido mostrarnos en la más profunda desesperación
el camino de vuelta a la fe..., ha hecho realidad uno de nuestros más secretos
anhelos... [Usted] lleva a cabo el milagro de la libertad salvadora. Goebbels
lucha con esa "fe" contra el pesimismo, la pérdida del sentido
y la soledad, a los que llega a llamar, adoptando un estilo religioso, "tentaciones".
En uno de esos momentos en los que se deja vencer por la tentación escribe: Ojalá
pudiera estar un par de horas a solas con Hitler. Todo se aclararía...
Quiero saber por qué me vengo abajo. ¿En qué
consiste la "salvación"? ¿Cómo es el "nuevo
hombre", la "nueva era", la "nueva sociedad" que trae
consigo? Lo nuevo consiste en cimentar los valores en necesidades simbióticas.
El "desgarro íntimo" y las propias contradicciones han de ceder
ante una "armonía interior". Y fuera tiene que suceder lo mismo
que dentro: el pueblo debe formar una unidad, ha de estar alentado por una sola
voluntad, un espíritu, un sentimiento, regirse por un único pensamiento.
Pero esta unidad no puede llevarse a cabo sólo con que rija una ley abstracta
de cohesión; esa unidad ha de encarnarse en una forma viva: el Führer. El
círculo se cierra en torno a su persona, en él puede verse al portador
de la idea que nos une de manera definitiva e inefable en pensamiento y forma.
La legión del futuro aguarda dispuesta a llegar al final del terrible camino
a través de la desesperación y el tormento. Vendrá un día
en el que todo se derrumbe... Entonces del entumecimiento de las masas surgirá
el movimiento y ese movimiento nos guiará a nuestra meta. ¡El imperio
está al llegar! Esta política de la "salvación"
requiere estar preparado para el sacrificio. Es posible que la salvación
total no llegue a producirse, que de momento fracase; quizá por haber llegado
demasiado pronto, porque la frenen la "pereza" y la comodidad del pueblo,
o porque los enemigos, los de dentro y los de fuera, sean más fuertes.
Si bien, con estos contratiempos ha tenido que contar hasta el momento todo movimiento
religioso. El mismo Jesucristo fue crucificado. "El que pierde su vida, la
hallará", la frase del Nuevo Testamento debe ser también válida,
opina Goebbels, para los miembros del "movimiento". No hay conversión
sin superación del egoísta y empequeñecedor yo. Se impone
renunciar a los ideales pequeñoburgueses de la felicidad en el rinconcito
privado. En ese tipo de aislamiento ve irrumpir Goebbels el nihilismo que tanto
le aterra. La política nacionalsocialista, llamada a ser más que
una política, está sustentada según Goebbels en "la
fe, el amor y la esperanza".
El 9 de junio de 1925, Goebbels escribe
en su diario: Señor, dame fuerzas para resistir. Quiero
que se haga justicia. Con amor al nuevo día. "Ahora nos queda la fe,
la esperanza y el amor, ¡esas tres cosas! ¡Pero el amor es lo más
grande entre nosotros!". Así cierro este libro, ¡en señal
de fe y de amor! ¡Creo en el futuro! ¡Amo a mi pueblo y mi patria!
¡Trabajo! ¡Sacrificio! ¡No hay que desesperar! Incluso
en los monólogos íntimos del diario de Goebbels hay persuasión
y sugestión. Puede observarse en ellos cómo él mismo desea
convertirse en ese "nuevo hombre" al que debe pertenecer el futuro.
También deja clara constancia de los "éxitos" de dicha
transformación. Hay momentos en los que se ve rebasado por sus ínfulas
de omnipotencia. Protegido por la ficción, los describió en su novela
inédita Michael: Cuanto más me elevo
y más me acerco a Dios, más cerca estoy de mí mismo [...].
¡Echo fuego! ¡Despido luz! Ya no soy un hombre. Soy un titán.
Soy Dios. Es en las ocasiones de éxtasis donde el sueño
prometeico de la transformación en dios está próximo a hacerse
realidad: cuando aparece como orador ante las masas.
Cuando
pronuncio mis discursos en Essen, en Düsseldorf o en Elberfeld, es para mí
como una fiesta. Eso es vida, ritmo, la pasión se despierta en el amigo
y en el enemigo... Emerge de entre las masas agolpadas el poder humano, y el predicador,
el apóstol, el incitador llama a la lucha. Entonces se produce el milagro:
del gentío salvaje, enfervorizado y vociferante surgen hombres, hombres
de carne y hueso que piensan y sienten como nosotros, angustiados, con el ceño
fruncido, con un hambre gigantesca de luz y salvación. En ese momento tengo
en mis manos el alma del trabajador alemán, y puedo sentir que es moldeable
como la cera. Y entonces la amaso y le doy forma, un retoque aquí, un retoque
allá... Así cobran forma ante mí los hombres. Ya sólo
puedo ver puños y miradas. Ojos que despiden rayos. A pesar
de que los objetivos de la lucha aún no se han conseguido, estos momentos
de ebriedad oratoria suponen vivencias anticipatorias de la salvación.
La diferencia entre dentro y fuera queda suspendida. Se trata de un único
y colectivo sentimiento, la gran comunión. Goebbels, cuyo diario alude
constantemente a la añoranza de volver a casa, encuentra en esos instantes
un hogar. Ya no lo separan distancias, ni de sí mismo ni de los demás;
se ha fundido con el "ser verdadero". Pero el "ser verdadero"
sólo se alcanza cuando se eliminan las fuerzas de la negación, del
desgarro y del distanciamiento. Del mismo modo que el Führer encarna
el "ser verdadero", "los judíos" son para Goebbels
la encarnación de aquellas fuerzas. Por eso, al igual que Hitler, los perseguirá
con el odio del fanático: "Vaya un perro farsante es ese judío.
Canallas, miserables, traidores. Les chupan la sangre a los demás. ¡Vampiros!". En
el pensamiento de Joseph Goebbels todo se reduce al mundo de la gran unidad simbiótica
y, frente a este, el mundo de los enemigos. La pluralidad, la diferencia, la alteridad
de los otros, no son más que amenazas intolerables. Aquello que en su
diferencia se sustrae a esa unidad debe ser negado: primero de pensamiento
y luego de hecho. Goebbels busca su hogar en una comunidad simbiótica.
Está dispuesto a aniquilar todo lo que pueda atentar contra esa suerte
de seguridad. La violencia de las imágenes
Hitler
y Goebbels esbozaron imágenes metafísicas del mundo en las que creer. En
vista del crimen inconmensurable del nacionalsocialismo y de las catástrofes
históricas que motivó, el hecho de que los autores de las imágenes
en cuyo nombre se cometieron esos crímenes creyeran en ellas, puede llegar
a parecer insignificante. Sin embargo, este hecho está cargado de significado,
por la sencilla razón de que la energía requerida para hacerlas
realidad procede únicamente de la fe en dichas imágenes. El nacionalsocialismo
alcanzó poder y relevancia históricos porque logró mantener
la creencia de que su base y su objetivo era socializar. La situación de
crisis espiritual, social y económica promovió en las masas esa
predisposición a creer. Esto hizo posible que todo un pueblo colaborara
en la escenificación de una metafísica cruel y sangrienta. Hitler,
Goebbels, y con ellos la mayoría de los activistas nacionalsocialistas,
no sólo fueron unos cínicos en el poder, que también, ante
todo fueron creadores de opinión. Para poder hacer lo que finalmente hicieron
necesitaron la justificación y la orientación de una imagen del
mundo que hiciera parecer sus acciones necesarias e incluso -por escandaloso que
pueda sonar- morales. No se limitaron a pasar por encima de una moral comprometedora,
sino que inventaron una nueva moral en consonancia con su imagen del mundo, una
"hipermoral" (Gehlen) que les permitió actuar libres de contradicción
alguna, tanto interna como externa. Esa nueva moral estaba concebida por oposición
a la moral convencional o tradicional, identificable, grosso modo, con los derechos
humanos. Los nacionalsocialistas estaban tan fuertemente ligados a la moral elemental
de la Europa más reciente que sólo pudieron superarla con ayuda
de esa nueva moral. Si bien el nacionalsocialismo no se mostró ni hipócrita
ni cínico con respecto a la moral tradicional. El hipócrita alega
ceñirse a la moral y secretamente la infringe si sus intereses lo requieren.
El cínico es la figura complementaria del hipócrita. Aquel resuelve
la contradicción hipócrita entre el acatamiento público y
la violación secreta de la moral adoptando una posición más
allá de toda moral. La actitud de los nacionalsocialistas es bien distinta.
Cuando el 3 de octubre de 1943 Himmler se dirigió a la cúpula del
cuadro de las SS que había tomado parte en el exterminio judío,
no fue preciso emplear un tono propagandístico. La moral "superior"
a la que Himmler alude en ese discurso no fue concebida como fachada para el gran
público; Himmler se refiere a ella como una "instancia" necesaria
e indispensable para el autodominio moral de los verdugos. Himmler: La
mayoría de vosotros ya sabe lo que significa que yazcan cien, quinientos
o mil cadáveres... No cejar en el empeño y permanecer limpios...
[Se trata de] la página más gloriosa de nuestra historia que jamás
se escribió ni se escribirá. "Permanecer limpios":
expresión referida a una conducta que cruelmente infringe los más
elementales derechos del hombre sin engendrar mala conciencia, pues se sabe en
consonancia con una "moral superior" desarrollada a partir de una determinada
imagen del mundo, la "moral" de la "higiene racial", de la
"lucha de razas", del "bien común", etcétera. Es
evidente que el otro gran proyecto totalitario de nuestro siglo, el estalinismo,
supo de manera similar justificar moralmente la masacre humana. También
el estalinismo logró extraer una hipermoral de una imagen del mundo,
en última instancia, metafísica, que permitiera atentar contra los
principios morales más elementales de la vida en sociedad; y además
con la conciencia tranquila. El peligro de estos totalitarismos se minusvalora
si sólo observamos en ellos un abandono del sentimiento moral y una irrupción
paranoica de las pulsiones criminales del colectivo. En el crimen totalitario
-desde Auschwitz hasta el archipiélago Gulag o el genocidio de los jemeres
rojos- rige más bien una lógica de la autodeterminación moral
a su vez gobernada por la pretensión de verdad de una imagen del mundo
con la que el autor se identifica plenamente. Las imágenes del mundo de
los dos grandes totalitarismos de nuestro siglo se instalan en una tradición
metafísica que pervierten atrozmente. Son imágenes metafísicas
porque se arrogan la posibilidad de captar en su totalidad la verdadera
esencia de la naturaleza y de la historia. Son sistemas metafísicos porque
aspiran nada menos que a una comprensión de lo que el mundo guarda en lo
más profundo. Formulan leyes de la historia -lucha de clases o de
razas-, leyes que adquieren en la teoría un significado ambivalente: poseen
una naturaleza descriptiva a la par que normativa; se afirma que esas leyes de
hecho se dan y a la vez se postulan como leyes que deberían darse. La ley
de la historia que presuntamente se ha descubierto no se cumple de forma automática,
con independencia de las partes implicadas, sino que tiene que acatarse conscientemente.
El conocimiento de la ley histórica debe ir acompañado de su realización,
sólo así puede la realidad liberar su verdadera esencia:
así reza la promesa de la metafísica totalitaria. La metafísica
totalitaria pretende adaptar la realidad a sus terribles y maniqueas imágenes.
Cualquier posición contraria a esa adaptación no brinda la ocasión
de la duda -en la metafísica totalitaria no caben refutaciones-, se vuelve
más bien motivo de enconada enemistad: ha de ser destruido para que el
verdadero acontecer histórico pueda seguir su curso sin que lo molesten.
No fue pues una paranoia individual, sino un corolario de la metafísica
totalitaria, el hecho de que Hitler, durante sus últimos días en
el búnker bajo la cancillería, expresara el convencimiento de que
el pueblo alemán, al no demostrar su valía, merecía perecer. La
metafísica totalitaria no se limita a interpretar el mundo con ayuda del
esquema maniqueo amigo/enemigo; dicho esquema se aplica también a la posición
que pueda adoptarse ante ella como teoría: o te conviertes a la causa,
o eres su enemigo. La metafísica totalitaria también se arroga
la capacidad de explicar por qué determinadas personas no pueden creer
en ella: su juicio está ofuscado por motivos raciales o de pertenencia
a una clase social. Desde el fascismo biologista el remedio pasa por la "higiene
racial" o por la destrucción física de "la otra especie".
El pensamiento estalinista conoce en cambio el medio para lograr la reeducación
política y de clase: el pequeñoburgués puede llegar a
alcanzar el punto de vista del proletariado. Si bien, en el estalinismo también
hay una predisposición al exterminio físico de todo aquel que se
oponga al acontecer de la verdad. Valga como ejemplo el caso de los jemeres rojos
en Camboya, que ejecutaron a hombres estigmatizados como "intelectuales burgueses"
por llevar gafas y no tener callos en las manos. La metafísica totalitaria
atrapa a sus adeptos en las imágenes del mundo que despliega. No sólo
pretende captar el todo, también pretende captar a todos los hombres. La
metafísica totalitaria promete al hombre una totalidad compacta e indisoluble.
Le otorga la seguridad de una fortaleza, sin vanos ni aspilleras, erigida por
miedo al campo abierto de la vida, al riesgo de la libertad humana, que siempre
conlleva inseguridad, soledad, distanciamiento. Tomando como ejemplo al antisemita,
Sartre describió como sigue el prototipo del metafísico totalitario: Es
un hombre que tiene miedo. No de los judíos, [sino] de sí mismo,
de su libre voluntad, de sus instintos, de su responsabilidad, de la soledad y
de cada cambio, del mundo y del hombre... El antisemita quiere ser un peñasco
inamovible, un arroyo fluente, un rayo devastador; cualquier cosa excepto un hombre. La
metafísica totalitaria constituye la perversión de un pensamiento
universalista: ayuda al hombre a desembarazarse de su precaria unicidad y pone
a su disposición imágenes y representaciones en las que pueda sentirse
parte integrante de un todo; en reñida oposición a aquellos que
no pertenecen a este. El significado de esta oposición es evidente: el
sentimiento de la propia totalidad, bien observado, no es más que el resultado
del retroceso del ataque dirigido a los otros, a lo ajeno. El metafísico
totalitario tiene que destruir la morada ajena para poder sentirse como en casa.
La vida en libertad supone para él una exigencia que no puede afrontar.
Busca cobijo en la seguridad frente a lo abierto y lo extraño. Aunque la
estrategia que emplea para volver al hogar pasa por reducir a cenizas la tierra.
Su verdad consiste en la destrucción tanto del propio ser-otro como del
ser del otro. Cuando nos crearon hubo un error -proclama
Büchner en su Dantón-, algo se nos amputó, no se me ocurre
cómo podemos llamarlo, y tampoco vamos a arrancárselo al vecino
de las entrañas, ¿a qué andarse reventando cuerpos? El
metafísico totalitario sólo puede sentirse pleno si destruye en
los otros aquello que pueda hacerle recordar que algo le falta, que su vida nunca
podrá ser algo completo, que una parte de ella siempre está lejos,
en lo extraño. Una de las más complejas calidades del hombre
es aceptar esa extrañeza y hacer de ella una virtud. Kafka es un ejemplo
de ello. En vísperas de la hecatombe totalitaria en Europa, en 1922,
anota en su diario acerca del sentido de su escritura: "Zafarse de la fila
de asesinatos, observar los hechos".
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