 |
 |
La
Cámara de las Maravillas | LUIS M.ª CARRERO |
336 págs. | ISBN
84-89618-10-0 | 2400 pts. 14,42 Eur. |
|  |
|
|  |
 |
 |
 |
|  |
AL FIN Y AL CABO, son tantos los que
mueren sin podérselo creer; tantos a quienes la muerte llega de la forma
más inesperada, o incluso estúpida, como a í... Porque ya
lo he visto antes, lo conozco bien, el gesto incrédulo del que se va envuelto
en algún maldito accidente. Y sé que esa misma mueca vestirá
mi cara esta noche, o tal vez mañana, lo sé, no resistiré
mucho más. No, no hay esperanza que sobreviva horas tan largas, eternas,
tres días ya, tres días y tres noches de lengua agrietada y vientre
encogido y llagas abriendo lentamente la piel de mi espalda. Moriré así,
de esta manera sucia, casi a traición, maldiciendo el cuerpo inútil
al que estoy atado, clavado sobre el lecho, vacía la casa, hastiado de
resistir, sin confianza en que los bastardos que me abandonaron vuelvan a tiempo.
Seré un despojo cuando me encuentren, un charco de carne, envuelto en mis
propias heces. Y mi gesto de asombro en el centro, saludándoles. Cómo
estáis. Me habéis matado, hijos de puta. Me habéis matado,
y no habrá quien pueda perdonaros por ello... Se
harán todo tipo de reproches. Se insultarán, puedo verlo, culpándose
de la desgracia, mientras la noticia empieza a correr y mi nombre se convierte
en aviso mortuorio, en anuncio de duelo y sucia esquela. Escuchen todos, maravíllense,
porque murió Sullinger, el viejo Caspar Sullinger, ministro y consejero,
genio de la época, padre de las letras alemanas, con la nueva primavera
de este año 1832,
maldito sea siempre, el año de mi muerte... ;así,
abandonado como un perro en su quinta de Turingia, mientras en vano intentaba
concluir una última obra, las memorias, el relato de su vida. Y se conocerán
todos los detalles, eso gusta mucho, ver cómo alguien grande o célebre
o poderoso termina sus días de forma tan miserable. Algunos se indignarán,
los amigos, los que así quieran llamarse, amigos de Sullinger, aquellos
que tanto deseaban o necesitaban serlo. Y harán preguntas, muchas, entre
pausas de asombro y silencios dolidos, en las cortes, en los salones, en las cátedras,
muchas preguntas, un buen tema de conversación durante al menos algunas
veladas. Vaya, el pobre Sullinger, ¿y cómo pudo sucederle algo así?
¿Qué hacía su secretario, por qué marchó de viaje,
precisamente entonces? ¿Y por qué no regresó en la fecha acordada?
¿Y cómo el criado no esperó a que llegara, por qué se fue
él también, su único criado, dejándole solo en la
casa? Quién puede entenderlo, Dios mío, quién... Pero
sí, ellos sí lo entenderán, hallarán respuestas y
se las repetirán unos a otros, una desgracia, simplemente una condenada
desgracia, porque al fin y al cabo no era más que un anciano, un estúpido
inválido, orgulloso y testarudo, hosco, soberbio, reservado, despreciando
siempre nuestra ayuda, negándose a recibirnos en su guarida, a nosotros,
sus amigos...Y suyas serán las elegías y los homenajes, mientras
Ecker, maldito sea, se atreverá a finalizar el libro por su cuenta, sé
muy bien que lo hará, que le convencerán, vamos, Ecker, tú
fuiste su secretario, su último discípulo, tú le conociste
bien, dinos cómo era, termina esas memorias, vamos, todo el mundo las querrá
leer... ¿De qué habrá valido
entonces tanto esfuerzo? Semanas y meses encerrado en este agujero, renunciando
a los cuidados y las visitas, con los restos del pasado rodeando la cama, dispuesto
a librar la última batalla: a dejar escrita mi verdad, la mía, no
la de Ecker ni la de ningún otro, la verdad de mi época, la de mis
días y mis obras, ochenta años de un tiempo de revolución
sin igual; y a demostrar y explicar cómo fui capaz de conseguirlo, convertirme
en testimonio, en ejemplo de vida y creación, fiel y constante a las mismas
ideas, luchando por ellas a cada hora, animando a los que me seguían, sin
desviar nunca el rumbo, convenciéndoles de que lo estábamos consiguiendo,
que el mundo cambiaba sin remedio y éramos nosotros los que señalábamos
el camino... ¿Cómo puede perderse
algo así? Se fueron marchando lentamente, uno detrás de otro, el
tiempo se los llevaba y yo no lo advertía, no quería verlo, hasta
que de pronto levanté la vista y me vi solo, rodeado de extraños,
a cuestas con los recuerdos, y ya nadie comprendía nuestras palabras, lo
que habíamos conseguido, nada, y eso es lo que me desespera, Dios mío,
hasta hacerme enloquecer, pensar que todo habrá sido inútil, y que
para esto había resistido la enfermedad, sobreviviendo a los dolores, a
la frustración de este cuerpo inútil, con la obligación de
explicarlo todo y la esperanza de que alguien lo pudiera entender... Porque sabrán
lo que hice, pero nunca el porqué. Entrarán en mi cuarto como en
la tumba de un antiguo, abrirán cajones y baúles, husmearán
en mis cartas, siguiendo el rastro ciego de lo que fui, deseando conservarme,
escogiendo este bulto de huesos que ya no seré yo, para esparcir luego
mi memoria a los cuatro vientos. Como si jamás hubiese existido. Otro Caspar
Sullinger habrá ocupado mi lugar. Qué
ceguera, delegar así en un pequeño burócrata a quien apenas
conocía, y abandonarme a él, engañado por su fría
eficacia... Porque confiar en Ecker fue un error, trabajábamos en la dirección
equivocada, desde un principio. Él marcó el rumbo y yo le dejé
hacer. Mía es la culpa por no advertirlo antes. No, nunca tuvo dudas de
cuál era su misión: recoger recuerdos, ordenarlos, apilarlos cuidadosamente
en torno a la cama, y luego decidir, hacerme ver su criterio, imponerlo con suavidad,
esto es importante, esto no lo es, esto demasiado personal... Pero lo personal
es lo que cuenta, Ecker, protestaba yo, vamos, déjame que eche un vistazo
a esa carpeta... Y él asentía con la cabeza, pero callaba; miraba
de reojo cómo yo me iba perdiendo ahí, en algún hueco oscuro
de la memoria, mientras él seguía redactando por su cuenta, páginas
y páginas, infatigable, ordenando mi pasado con la precisión de
un personaje de novela. Su personaje, maldita sea; verme convertido en la creación
de Ecker, y no haberlo descubierto hasta hoy, hasta que por fin estiré
el brazo y abrí las cartas... Déjalas
aquí, le insistí; junto a la cabecera, donde pueda alcanzarlas.
Las leeré mientras haces ese viaje. Y él remoloneaba: no debéis
fatigaros, aprovechad para descansar, no son más que cartas viejas, de
adolescente, cartas de universidad, las acabo de revisar y os aseguro que no tienen
mayor importancia. Pero no, tal vez ni tan siquiera las leyera, ahora estoy seguro
de que nunca lo hizo. Vería las fechas, 1772, y 1773, y esta última
por fin, 1769... Porque esa parte de la historia ya no le interesaba, estaba escrita
desde hacía semanas, de su puño y letra, su pulcra letra de secretario,
y con sus palabras, no con las mías; palabras limpias y correctas, justas,
precisas, unas pocas frases fáciles, simples líneas de transición.
Será todo lo que quede de aquel
año oscuro, las malditas palabras de Ecker, recordando apenas que hacia
1770 Caspar Sullinger deja su casa de Frankfurt, el comercio de su padre, telas
y paños, un negocio próspero, dirá Ecker, y todo por marcharse
a Jena, a la universidad, para reunirse con un amigo de juventud... ¿Hablará
de Guillermo? Sí, claro que sí, o tal vez... ¿Y de mi padre? ¿Y
del odio, y de la angustia, y de cómo salí de Frankfurt, y de por
qué no regresé jamás, de por qué nunca nos volvimos
a ver...? ¿Cómo podrá explicarlo, si ni tan siquiera ha querido
leerlas? Pero no, a él no le importaba nada de todo esto, y lo repetía,
no importan los detalles en fechas tan tempranas, mientras a disgusto dejaba el
fajo sobre la mesilla. ¿Qué más da que yo huyera de mi casa en abril
de 1769, que no llegara a Jena hasta casi once meses después? ¿Qué
son para Ecker once meses de juventud en una vida de ochenta y tres años,
por qué recordarlos, por qué dar luz sobre ellos, una aventura perdida
que a muy pocos relaté, que en realidad sólo Guillermo conoció
a través de estas cartas? ¿Cómo podrá saber nunca que ahí...,
maldita sea, que ahí descansa toda la verdad, todo lo que tenía
que decir, ahí, en esos once meses, el ejemplo, el sentido, la razón
de mi gloria, de mi felicidad, de cuanto he hecho o dicho en un camino cuajado
de triunfos? Mi última lección de vida, la última historia
que contar. ¡Y no haberlo descubierto antes, Dios mío, después de
tanta búsqueda...! Porque yo nací
entonces, Ecker, escúchame; 1769, apenas veinte años, un amanecer
de abril, tomando en secreto la posta, la casa aún en sombras, huyendo
al fin de Frankfurt, de los reproches, de las órdenes, los castigos, rompiendo
las cadenas... Tendrías que entenderlo, condenado bastardo, estar ahora
aquí, encender más velas, sentarte a mi lado y acompañarme
en esta noche que acaba de caer, y conocer lo que entonces ocurrió, tomar
buena nota, cazar con pluma los recuerdos, porque ellos sí han regresado,
Ecker, los once meses están aquí, acaban de aparecer cuando nadie
los esperaba, ni tú ni yo, despertando y bostezando y estirándose
entre las cuartillas de estas cartas, las que no quisiste leer, guardadas y perdidas
entre mil papeles desde hace más de... Cuarenta años tal vez, cuando
Guillermo rompió las reglas y se fue, tan... tan antes de tiempo... Cuando
mi Guillermo murió, y yo recuperé sus papeles, su biblioteca, y
entre los libros estas cartas, Ecker, nunca lo supe, también eso lo he
descubierto hoy: mis propias cartas, las que yo le escribiera en aquellos meses,
desde el corazón de esa aventura que tú tendrías que conocer,
estar escuchando en estos momentos, porque la memoria se ha desatado y ya nada,
ni siquiera tu ausencia, la va a poder detener. Y
tú y todos habríais sabido que esta historia empezó así,
con un milagro, como empiezan siempre las vidas de los grandes, la irrupción
de lo maravilloso, del azar calculado, las casualidades, eso mismo, lo que necios
e ilusos llaman casualidades, simples coincidencias, y que no es sino el plan
de nuestra vida saliendo adelante como... vaya, como buenamente puede, a duras
penas, echando mano de los milagros. Porque así el trabajo de Ecker no
habría existido jamás, ni los recuerdos, ni las obras, ni los estúpidos
honores que tanto le entusiasmaban; me habría quedado en Frankfurt, en
la tienda, pudriéndome en vida, soñando con Jena, con Guillermo,
la universidad, soñando, simplemente eso. Pero entonces me llegó
el milagro, y yo nací. Algo así no se aguarda, ni tan siquiera se
reconoce cuando llega, yo al menos no lo reconocí, incluso cuando ya había
llegado y lo tenía delante, cuando podía leerlo, en la letra pequeña
y nerviosa de mi abuelo, en su carta, esta... esta misma, envuelta aún
en su sobre, apenas una nota, exacta y precisa... Otra
carta, una más. La carta de mi abuelo, el milagro, abriendo de pronto una
puerta radiante en medio de la peor oscuridad. Quién hubiera podido imaginarlo.
Llegó tarde a mis manos, casi un mes después de su muerte, o tal
vez más, creo que hacia el final del invierno, sí, así fue,
comienzos de febrero de 1769. Me la entregó un amigo suyo, junto a una
bolsa negra de cuero, de casi tres palmos de alta, nunca lo podría olvidar...
A Caspar Para
cuando recibas estas líneas yo ya estaré disfrutando del descanso
que afortunadamente sigue a la vida. A ti, por contra, te quedará aún
toda la lucha por delante, así que he creído conveniente servirte
de ayuda en este primer trecho del camino, al menos para que puedas decidir por
ti mismo hacia dónde quieres dirigir tus pasos. Es una oportunidad que
yo no tuve, y que tal vez llegues a agradecer, si sigues en todo los consejos
y avisos que a continuación te detallo. La
pieza que te han entregado perteneció a mi colección de antigüedades.
No está incluida en ningún inventario, así que nadie la echará
en falta; evita en cualquier caso que alguien más sepa de ella. Bajo ningún
concepto deberás abrir la bolsa; de hacerlo, perdería en el acto
todo su valor. Es de la máxima importancia que refrenes tu curiosidad,
si es que quieres sacar algún provecho de todo esto. Hay
un hombre, un coleccionista, que a buen seguro estará deseoso de comprártela,
pues de hecho le perteneció en su día. Se hace llamar von Schutz,
barón Ferdinand von Schutz. A él y a nadie más deberás
acudir; no intentes en modo alguno encontrar otro comprador, pues te aseguro que
no lo conseguirás, y al tiempo arruinarías el negocio. La última
vez que supe de von Schutz vivía retirado en una casona en los bosques
de Bohemia, unas quince leguas al sur de Dresden, cerca de una aldea llamada Jäggerhoff.
Allí habrás de presentarte en mi nombre, somos viejos conocidos.
En la bolsa hay un sobre lacrado dirigido a él. Asegúrate de que
se lo entregas en mano, y siempre antes de ofrecerle la pieza. Por ella pedirás
trece mil táleros, exactamente eso. No admitas tratos o discusiones en
torno a esta cantidad. Procura hacerte con el dinero lo antes posible, y evita
prolongar tu estancia con von Schutz más allá de lo meramente imprescindible.
No necesitas saber más detalles.
Todo saldrá bien si llevas este asunto de la manera que te he indicado.
Trece mil táleros es una auténtica fortuna para un joven; te permitirá
elegir la vida que desees, siempre que los administres sabiamente y con prudencia.
Lo único que hago es brindarte la ocasión de conseguirlos, y librarme
al tiempo de una pieza que nadie más debería conservar. Prométeme
en cualquier caso que te ocuparás de destruirla si finalmente decides no
seguir adelante. En tus manos queda la decisión, porque a mí, donde
yo estaré, ya no me será de ninguna importancia. Te
deseo la mejor de las fortunas. Tu abuelo,
Augustus A. Augustus Ackermann, padre
de mi madre, pasando por mi vida con la suavidad y distancia de un ángel,
y sin embargo cambiándola en un soplo: apenas una carta, una bolsa negra
y una extraña historia de coleccionistas. No, nunca llegamos realmente
a conocernos, siempre pudo más la enemistad con mi padre, que le odiaba,
sí, claro que le odiaba, por eso nunca me perdonó; y también
por eso tal vez se decidiera mi abuelo a ayudarme... Apenas quedaron recuerdos
de las visitas a su casa, de niño, siempre los domingos por la tarde. Recorriendo
juntos su colección, su querida Wunderkammer, siete u ocho gabinetes,
no más, repletos de pequeñas maravillas y delicadas piezas de arte,
procedentes la mayoría de Italia, la bendita Italia, hablaba de ella con
tanto amor... Pero eso había sido todo, visitas de familia que luego languidecieron
con la adolescencia. Largos silencios, y de pronto su muerte. Y la carta en mi
manos. Y mi vida con ella, virando de pronto su rumbo con la escurridiza lógica
de los milagros. Pasarían entonces
unos dos meses entre que recibí la carta con la bolsa y ese amanecer, bendito
sea, cuando por fin marché de Frankfurt, en busca de Ferdinand von Schutz.
Recuerdo haber escrito una nota a Guillermo, debería estar por aquí,
pidiéndole consejo, y su respuesta celosa, recomendándome prudencia,
sé prudente, Caspar, averigua antes algo de ese coleccionista, en Jena
nadie lo conoce, ten cuidado, me preocupa este asunto, decía el bueno de
Guillermo... Pero al final fue inútil, nadie pudo darme noticia alguna
sobre el barón; ni tan siquiera llegué a mandarle una nota de aviso,
porque estaba decidido, espoleado por la desesperación, por la promesa
de una fortuna que veía fácilmente a mi alcance. Tenía que
intentarlo, terminaba la espera, era el momento de tomar las riendas y no pensar
ya más... Mi querido Guillermo
Te escribo desde una sucia posada en el
camino que va del Winterberg a Tetschen, a menos de seis horas de Jäggerhoff,
mi destino final. Habría podido apresurar la marcha tomando otras postas,
pero quería intentar hacerme con alguna referencia cierta de von Schutz,
cosa que las gentes por aquí no son muy propicias a dar; así que
ahora me arrepiento de tanta cautela, pues me habría ahorrado esta noche
de angustias que va a ser difícil de superar. Tendrías que ver este
cuarto, una ratonera, el peor escenario para calmar mi excitación. Creo
que pasaré la noche en vela, escribiéndote, pensando en ti, confortándome
con tu recuerdo, que es lo único que en algo alivia tantas dudas e inquietudes.
Tú, al fin y al cabo, eres mi único compañero en esta descabellada
empresa; de sonreírnos la fortuna, me tendrás a tu lado en apenas
unas semanas, lo que me lleve disponer del dinero en la forma adecuada y cruzar
el país hacia Jena. Un sueño, el nuestro, es lo que de verdad me
empuja hacia delante en mitad de esta noche cobarde. El
encuentro me aterra, lo confieso; no dejo de pensar en posibilidades en las que
antes ni tan siquiera reparaba. ¿Y si von Schutz no se encuentra en la casa; si
se ha ausentado por un largo tiempo o, incluso, si ha cambiado de residencia...?
Santo cielo, hasta podría estar muerto, quién sabe la última
vez que mi abuelo tuvo noticias de él. El silencio que le rodea parece,
cuando menos, impropio de un coleccionista, y yo empiezo a temerme lo peor, sabiendo
además que la apuesta está echada, que las puertas de mi casa se
han cerrado para mí, que ya no existe siquiera la posibilidad de un retorno,
por humillante que fuera... Siento la
comezón del arrepentimiento en la boca del estómago. No tengo sueño.
¡Son tantas cosas, y tan importantes, dependiendo simplemente de la fortuna! Es
extraño, Guillermo, saberse solo en el mundo por vez primera, y comprender
que esta libertad tiene su precio, el de la soledad, y que hasta la soledad se
paga, en dudas y temores, en el miedo cerval a jugarse la vida a una carta, y
no saber todavía la mano del rival... Hace
cinco días pude al fin escribirte la nota que había imaginado cientos
de veces durante el último año. Tenía aún fresca la
emoción de la huida, y era tanta mi dicha, y tan grande mi orgullo, que
no fui ni siquiera capaz de hablarte de los detalles. Lo dejaremos para mejor
ocasión, cuando estemos de nuevo juntos, los dos, como siempre tuvo que
ser; como siempre será. Daría
años de vida por poder escuchar ahora tu voz y tu consejo; por beber juntos
una jarra de vino, emborracharnos otra vez, ya hace tanto de eso, y darnos así
la vida el uno al otro en medio de la embriaguez, alegría y coraje, razonando
nuestros deseos, convencidos como siempre de nosotros mismos, de nuestra fuerza
soberbia frente a la mezquindad de quienes nos rodean. Beber hasta estallar, escupir
el suelo que pisamos, saber que lo vamos a conseguir. Júrame, amigo, que
será eso mismo lo primero que hagamos cuando llegue a Jena: visitar cada
una de las tabernas donde los estudiantes cantan y se pelean, insultando con cada
copa nueva a cuantos viven sin gritar; amar a la misma mujer, sólo por
querernos los dos un poco más; salir de la ciudad con la amanecida y quedarnos
mirándola desde el campo, ya tranquilos, sabiendo que lo estamos haciendo
bien, muy bien, porque nuestra hora ha llegado y es ya tiempo de echar a andar.
Nos odiaremos un poco al despertar, y luego correremos hacia la primera clase,
sucios los cuerpos y limpias las mentes, ligeros de espíritu, como nadie
lo haya estado jamás... Y tendremos
razón. Sé que la tendremos. Porque sólo algo grande y bueno
puede salir de tanto deseo. No me importa
hundirme en el empeño. Desde hace horas es lo único que me repito.
Es tu voz la que me lo dice. No importa hundirse en el empeño. Buenas
noches, Guillermo. Pronto habrá pasado todo. No te olvides de mí.
Caspar Y
así llega ese día, el final de la huida, aquí está,
abriéndose entre las sombras que cubren la habitación; resucitándose
a sí mismo entre cartas y recuerdos, reventando en una bocanada de presente
que me arrastra consigo, hacia allá, a donde empezó mi vida, al
inicio de mi historia, de todo cuanto he sido, allí mismo, ante la Casa
Grande, igual que la primera vez que la vi, grisácea e inmensa, con la
última luz de la tarde rebotando en sus cristaleras, agazapada entre los
bosques, silenciosa y ceñuda, y aún así invitadora, como
una bestia astuta que aguardara mi llamada para abrir lentamente sus brazos, ya
los abre, y llevarme consigo, igual que entonces, al paisaje secreto y al tiempo
sin horas de aquel mundo dormido...
|