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Los mordiscos del alba
Tonino Benacquista
224 págs.
ISBN 84-89618-83-6
15,60 Eur.

Los mordiscos del alba(00012)

Desde el otro lado del espejo, el incendio humano parecía una película antigua en blanco y negro; las sacudidas de luz del estroboscopio desglosaban la escena en dieciséis imágenes por segundo; y ninguno de los extras se imaginaba siquiera que lo estaban mirando, y menos aún que sólo gesticulaban para que los viera yo. Se me apareció, muy de cerca, un rostro de mujer, repleto de tics y de tirones. La mujer se retocó con el lápiz de ojos y la barra de labios, haciendo todas las muecas de un animal que ve su reflejo por primera vez. Bertrand, tirado en el suelo, intentaba volver en sí. Tan absorto estaba yo en lo que sucedía en el ballroom visto a través del espejo sin azogue que, en vez de ayudarlo a despertarse, dejé que se quejase sin moverse, como en una mañana de resaca. Una espléndida lámina de cristal de un metro por dos, totalmente irreal, una ventana que da a un becerro de oro siempre en pie, una vista panorámica teñida de obscenidad cuya perspectiva penetra hasta lo más hondo del prójimo. Como si Dios le hubiera prestado a uno sus gafas de cristales ahumados para que compartiera su desesperado desconcierto ante el decadente espectáculo de sus criaturas. Llegado el caso, diría, nada ufano: «¡Bueno! ¡Vale! Yo inventé el baile y ellos lo han convertido en esta cosa convulsiva y pagana. Inventé la música, y ellos la convirtieron en rock'n roll. Inventé las anchoas y ellos las convirtieron en mantequilla para untar tostadas y, encima, se la comen de noche y tirando la mitad al suelo». Y a mí, pelele de ojos de cristal, me entran ganas de decirle que cada cual intenta no aburrirse como puede, porque ¿qué otra cosa va a hacer uno con las manos atadas a la espalda?

Se les está poniendo dura la vida a los parásitos. Los hay que andan tomando medidas draconianas para librarse de los engorros. Bien pensado ¿qué daño hemos hecho? Somos animalitos incordiantes, pero inofensivos. Ratas que se cuelan por todas partes, pero que saben salir por pies cuando se huelen el embolado. Me están entrando ganas de protestar por este error judicial, de dar marcha atrás, de decir: «¡Vale! No lo haremos más; mañana mismo empezamos a trabajar; les fregaremos los platos, colocaremos en su sitio las cajas de champán sin abrir ni una, lavaremos los manteles, cargaremos con las borriquetas y nos acostaremos temprano sin dar la lata. Así aprenderemos a hacernos pasar por auténticos ricos de mentira, a regodearnos en la fiesta y a comportarnos como si todo fuera nuestro». Pero es que también hay que hacerse cargo...

Si nos hubieran visto ustedes a Bertrand y a mí en la oficina de empleo de la Puerta de Clichy, la mañana en que nos apuntamos. El show que nos tocó vivir, a nosotros y a más gente, solicitantes de todas las edades, licenciados, pobres desgraciados, sentados en sillas, sin decir ni media durante la charlita del entrevistador, que nos decía que, grosso modo, para salir del atolladero no puede uno contar más que consigo mismo. Habíamos rellenado el cuestionario. Formación: ninguna. Aspiraciones: ninguna. Bueno, sí. Bertrand tenía una, llegar a embajador. O a agregado cultural, en cualquiera de esos sitios en que siempre hace calor. Pero seguro que el de la oficina de empleo no habría sabido apreciar su sentido del humor. No faltaba de nada: la llovizna del amanecer de noviembre, los ruidos de la carretera de circunvalación, el edificio prefabricado, el diaporama con oficinistas sonrientes y soldadores que sueltan chispas con una careta puesta. Nos desearon suerte, porque, en vista de la edad que teníamos, aún quedaba esperanza aunque no supiéramos hacer la o con un canuto. Nos encontramos en plena calle, con nuestro papel de color de rosa en el bolsillo, ese que nos iba a permitir cobrar las pelas del paro. Mister Laurence dijo, dándose aires imperiales: «Todo esto me parece a mí muy compartimentado». Así, de momento, no entendí bien lo que quería decir, pero me pareció que tenía razón. Era la mañana del balance, del que iba a convertirse en el comienzo del después. El después. Qué raro resulta darse cuenta de que algo se está terminando cuando nada ha empezado todavía. Ese día supe que bastaba con un lunes por la mañana, uno sólo, para dar un repaso completo a todas las preguntas que deja uno en el aire durante su saludable juventud. Una única certidumbre, pese a todo: éramos dos, la cantidad mínima para esbozar una dialéctica y un método; podíamos decir «nosotros». Pero, salvo unas cuantas ideas de curros de lo más idiota y las cuentas del paro que nos correspondía, calculado en el bordillo de una acera, nuestro después estaba empezando ya a patinar.

Fuimos a buscar refugio en los jardines de la plaza de Le Palais-Royal, desiertos y húmedos. Y, dando las siete de la tarde, mientras íbamos errantes hacia la calle Mazarine, vimos a gente brindando detrás del escaparte empañado de una galería de pintura. Fue en ese momento cuando nos dimos cuenta de que vivíamos ni más ni menos que en París. Y de que en vez de ir cayendo poco a poco en el vagabundeo y comprar cartones de tintorro, podíamos echar otras cuentas desesperadas: invertir en un esmoquin.

-¿Qué, disfrutando del espectáculo?

No los había oído entrar. Dos blasiers y un tipo con barba de collar, más bien bajo, con los puños atornillados a las caderas. En la penumbra, he podido verle algunos rasgos característicos, nada que me sonase: sesenta años cumplidos, y autoritarios, ojos cansados. Se quedó plantado un buen rato delante del espejo, asistiendo a la agonía de la fiesta. El momento negro, detestable, la hora de los remolones impenitentes, esa hora perdida en que las mentes se derriten y la primera luz del alba es la peor sentencia. Me pareció que me valía más mirar la alfombra, en la que Bertrand me hacía preguntas con la mirada. ¿Qué iba a decirle yo, a no ser que estaba saliendo de una pesadilla para meterse en otra? Que habíamos tenido despertares terribles, pero que este era de los que no se olvidan.

-Desatadlos - dijo el individuo, sin darse la vuelta.

Me froté las muñecas. Bertrand intentó ponerse de pie. Me di cuenta de que debía tomar la palabra, aunque no tenía ni zorra de qué podía decir uno en semejante situación. El de la barba no me dio esa oportunidad.

-Si alquilé este sitio, fue sólo por este espejo sin azogue. Estáis en lo que fue un burdel, un burdel para ricos. El espejo les era de tanta utilidad a los mirones como a los dueños.

Encendió la luz, riéndose con sorna, como si se sintiera tan feliz con lo que acababa de decir; repitió «espejo sin azogue» varias veces. Yo me froté los ojos. Un buró Luis XV, un techo con molduras, dorados por todas partes.

-Mi colega y yo sentimos haber pretendido colarnos aquí para divertirnos un poco en la fiesta que daban ustedes. Sólo queríamos pasar un buen rato, no nos gusta la bronca. Podemos pedir disculpas e intentar reparar los daños. No andamos muy allá de pasta.

-Lo que son usted y sus esbirros de azul es una panda de cretinos degenerados. No pensamos pedir disculpas.

Bertrand. Bertrand que todavía no está del todo despierto y lo va a joder todo. Lo aparté con denodada violencia.

-No le haga caso, oiga... Está sonado... Claro que se pedirán disculpas.

El individuo se dio la vuelta con brutal brusquedad.

-¿Viven ustedes de noche?

Le contesté que sí en el acto, entre acojonado y sorprendido.

-¿Por qué?

Mi colega y yo nos miramos, sin saber qué responder.

-Alguna razón debe de haber. Nadie vive de noche porque sí. ¿Qué les hace echarse a la calle cuando cae la noche? Y esos de ahí ¿qué hacen levantados a estas horas? -dice, señalando el espejo.

-Pues... es que... Ahí es donde está todo...

-¿Qué es exactamente eso a lo que llaman «todo»? ¿Las pastitas y el champán?

-Bueno... eso es parte de...

El individuo le dijo algo, por lo bajo, al oído a su esbirro, que salió de la habitación, seguramente para dejarnos a solas con él.

-Yo me limito a informarme, ¿saben? Curiosidad profesional. ¿Y todas las noches andan rodando por ahí?

-Bueno... algunas noches no tenemos así como mucho interés. Nos gustaría más tumbarnos delante de la tele con una tacita de algo caliente. Pero son cosas que no siempre se nos ponen a tiro.

-Tiene que haber algo más... A ver, hagan un esfuerzo y piensen... ¿Se sienten a veces asqueados? ¿Tienen la sensación de estar robando algo?

-¿Quiere también mi número de la Seguridad Social? Nos gustaría saber qué coño estamos haciendo aquí, después de la agresión de sus matones. Todo esto vamos a solucionarlo delante de un comisario de policía. Quiero que me vea un médico; igual tengo un traumatismo craneal. No me he metido aquí en plan robo con fractura, hay leyes que me protegen -vocifera Bertrand.

-De noche, no. De noche, no les protege nada. De noche, salen de la trinchera y se quedan al descubierto. Seguramente por eso la han elegido. La noche es dual: es, a un tiempo, lo de fuera y el refugio.

Miré de reojo el reloj de pared: las 5:30. A mí también estaba empezando a cargarme el tipo este.

-Ya lo creo que resulta peligrosa la noche cuando se topa uno con personas como ustedes. Pero no es lo normal. Lo peor que suele pasar es que nos ponga de patitas en la calle el dueño de un bar si se le atraviesan nuestras jetas.

-¿Cómo se conocieron?

La pregunta era tan inesperada que contesté con toda mi santa paciencia. Debí de pensar que si no le daba todos los caprichos no nos soltaría. La cosa resultó un poco larga, anduvimos hurgando en nuestros recuerdos. El viejo lo escuchó todo con un interés pasmoso. En más de una ocasión nos pidió que repitiéramos algunas frases y que insistiéramos en detalles que nos parecían anodinos. Luego, le preguntó a Bertrand:

-¿Qué sintió, hace un rato, cuando se metieron con su amigo? Vi la escena, pero lo que me gustaría saber sobre todo es qué le pasó por la cabeza en ese momento.

Bertrand no supo qué contestar. El viejo no intentó ayudarlo, sino todo lo contrario. Parecía que ese silencio apurado era la respuesta que estaba esperando.

-Dijeron en la entrada que venían de parte de Jordan... Y que iba a venir él. Estuve esperando, y luego...

-¡Pues todo lo que dijimos era verdad, coño! Y si Jordan prefirió acabar la noche en otro lado, no es motivo para partirnos la cara y secuestrarnos.

-Descríbanmelo.

-¿Es que no se cree que lo conocemos, joder? Es un tío bastante especial, Jordan. Hace mucho que andamos juntos por ahí. Al principio, nos parecía raro, pero ya nos hemos acostumbrado. A primera hora de la noche, lo hemos visto en el Centro Cultural Suizo, trasegándose los Bloody Mary a litros.

-Por lo que sé de él, es capaz de presentarse ahora, a las cinco de la mañana, le encantan los finales de fiesta, es un barroco. Si supiera usted todas las madrugadas turbias que hemos pasado juntos... -digo, haciendo por dar con el tono adecuado.

Entró una chica con blasier empujando una mesa de ruedas con una sonrisa de oreja a oreja, y se largó enseguida. El tipo sacó una botella de champán de la champañera y nos sirvió dos copas. Canapés salados, rebanadas de tarta, café y bollería fina.

-Acérquense, caballeros, ya que tanto les gustan estas cositas.

Inmediatamente después, vuelve a mirar por el espejo.

-Espejo sin azogue... Cuando pienso que ha sido para mí una profesión durante treinta años... Me agradan, muchachos. Me parece que voy a añadir un capítulo a mis memorias.

Bertrand me miró disimuladamente, haciendo un discreto ademán con la mano para indicarme hasta qué punto era grave la situación. No nos habíamos topado con un anfitrión quisquilloso. Qué va. Nos habíamos topado con un zumbado. Zumbado total. Con medios y con ayudantes. Me pregunté en qué estado íbamos a salir de aquí. El individuo volvió en sí poco a poco.

-¡Bueno! ¡Pues muy bien! Si supieran lo que me agrada eso que me acaban de decir... Porque yo, al Jordan ese, no lo he visto en la vida.

Noté algo raro, allá abajo, en las tripas, algo así como un acojone mezclado con curiosidad. Bertrand pestañea. El viejo dijo:

-Ese Jordan me la tiene jurada. Sé que lleva buscándome varios meses.

Jugueteó con una copa de champán sin llevársela a los labios. Y dijo:

-A él todavía no lo he cogido. Pero a ustedes dos, sí.

Me di un masaje en las sienes, como para poder pensar mejor. Me repetí mentalmente las últimas palabras que habían cruzado por el aire y no oí más que algo parecido a un chisporroteo que me electrificó las neuronas entre las orejas. Cerré los ojos unos segundos. Al volverlos a abrir, vi una sonrisa tímida en los labios de Bertrand.

-Un momento... un momento... Vamos a dejar las cosas claras... Si hasta está teniendo gracia la cosa... Voy a explicarle quiénes somos exactamente. La verdad es que en todo lo que le hemos contado hace un rato, había bastante rollo, pero es que eso forma parte de nuestro sistema. La verdad, en realidad, es la mar de sencilla: al Jordan ese casi ni lo conocemos, sólo vimos que andaba rodando por el Centro Cultural Suizo a última hora de la tarde... Nadie lo conoce de verdad, es una silueta de la noche... Va de paso... Sólo hemos utilizado su nombre como pretexto, es una de nuestras técnicas... Un día nos colamos en el Salón del Erotismo diciendo que éramos los sobrinos nietos de Michel Simon, que ya tiene mérito. Decimos que tenemos algo que ver con personas a las que no hemos visto en la vida, y luego intentamos que nadie se fije en nosotros... Si supiera la cantidad de enemigos que tenemos por cosas de esas... Ya ve que somos unos desastres...

El tipo se echó a reír.

-Créanos, por favor, no lo conocemos... Sólo sabemos que bebe Bloody Mary. No podemos ni decirle el apellido... Los chiflados salen de noche, tiene usted razón... De día, no se les ve el pelo.

Silencio.

Unos camareros color sepia están barriendo el salón y echando con elegantes escobazos a los últimos juerguistas.

-¿Y qué hace por el día?

-¡No tenemos ni idea! ¡Y nos importa una mierda! ¡Si nada más lo hemos visto una vez, joder!

-¿Es de los drogados, los curdas, los marginales, los pervertidos, o de qué otra cosa? ¿Es un... freak? ¿Cómo se dice aquí freak? ¿Un monstruo? ¿Un tipo raro?

-Nos importa un carajo el Jordan ese. Lo que queremos es largarnos de aquí y buscarnos un rincón para dormir.

-No se preocupen, que lo van a encontrar. Una cama muy hermosa, y con derecho a desayuno mañana por la mañana. Al menos, para uno de los dos.

Nos pasó con esto como con lo demás: no entendimos qué quería decir. Nos bastó una mirada para ponernos de acuerdo, y nos levantamos, por dejar claro que ya estaba bien de bromas y que era hora de marcharse.

-Ya comprenderán que, con las intenciones que lleva, no me voy a quedar tan tranquilo esperando su visita. Quiero a Jordan, ¿me oyen? Y, como lo conocen, como van a los mismos sitios, como no tienen nada mejor que hacer que andar dando tumbos por ahí de noche, le van a echar el guante.

-¿Qué?

-Cuando dieron su nombre para colarse aquí, no sabían qué tontería estaban haciendo. Menudo chollo...

-Pero si ya le hemos dicho que...

-Llevo meses buscándolo, y lo he intentado todo. Él y yo no conocemos a las mismas personas, no nos movemos en el mismo ambiente. No sé nada de la noche.

-¿Y organiza usted fiestas como esta?

No se dignó responder.

-Pero ustedes son unos profesionales, se dedican a esto, a vivir a contra corriente.

-¿Está de broma o qué? ¿Primero, nos parten la cara y luego tenemos que currar para usted? Llame a la pasma, contrate detectives privados, pasta no le falta.

Se echó a reír otra vez.

-¿La policía?... Les ahorraré una larga lista de razones que me obligan a dejarla al margen de este asunto; si entrase en detalles, no me creerían. En cambio sí que he probado con detectives privados. He tenido a tres tras su pista. Al mismo tiempo. Durante cuatro meses. Cuatro. Consiguieron perderse la pista entre sí. Lo cual es lógico, por cierto... Me di cuenta casi enseguida de que para dominar la noche parisiense se necesitan contactos, conexiones, accesos. En los Estados Unidos, la cosa es muy diferente. Se lanza una invitación y se deja que funcione durante un mes largo el boca a boca; con lo que al anfitrión le queda claro qué surtido de relaciones se merece. Es algo bastante perverso. Pero en París no hay nada peor que el anonimato. Qué les voy a contar que no sepan. ¿Cómo no va a despistarse un trabajador de la investigación discreta?

Eso mismo. Primer argumento sensato que le oigo. Es la dura ley de la movida: aunque se tenga pasta, si no se cuenta con una red adecuada, nunca tiene uno la seguridad de estar donde hay que estar y cuando hay que estar. El mundo de la juerga tiene demasiadas cosas que salvaguardar para abrirles las puertas de par en par a los quieren meter las narices en todo. Paradoja: un esmoquin es más discreto que una gabardina de color crema. Paradoja: cuantos más soplos busca uno, menos le dan. Paradoja: al que no tiene etiqueta, lo catalogan.

-Necesito a alguien del mundillo. No podía encontrar a nadie mejor. Y cuentan con una baza de primer orden: son amigos de Jordan.

-¡Qué va! No somos nada comparados con ese tío. Él sí que es un auténtico profesional. Va a sitios que no están a nuestro alcance. Somos unos desastres; en cuanto se nos pone a tiro una copa de champán malo, ya nos están brillando los ojos; conseguimos que nos inviten a un restaurante y nos parece que nos ha tocado el gordo; nunca dejamos ni un céntimo de propina. ¿Y quiere que le cuente lo peor? Todos los meses, nos falsificamos demandas de empleo para estafar a los del paro. ¿No le basta con eso? Jordan es un señor, un primer espada. Tiene esa clase que nosotros no tendremos nunca.

No sé si eso lo ha dicho Bertrand o lo he dicho yo. Los tres nos quedamos callados un momento.

-Pues aunque así sea. Me han dicho más cosas de él que los tres imbéciles que me han hecho perder tanto tiempo.

Se sirve un café; nos quedamos mirándolo, resignados. A fuerza de hacernos pasar por ratas, alguien ha acabado por creérselo. Y por pillarnos en la trampa. Bertrand saca a relucir de repente esa sonrisa falsa que les pone a los camareros para pedir menos hielo y más whisky.

-¡Vale! ¡Vamos a llegar a un arreglo! -dice-. Vamos a encontrar un modus vivendi. No decimos nada de que aquí nos han agredido y le prometemos que, si nos cruzamos en alguna ocasión con el tío ese, le damos a usted un telefonazo.

-Y hasta andaremos fisgoneando un poco por ahí y buscando pistas - añado yo.

Antes de contestar, el individuo se sacó una moneda de cinco francos del bolsillo y empezó a darle vueltas en la mano.

-Y le saldrá más barato que un batallón de investigadores privados -dice Bertrand con risa sarcástica-. Guárdese el dinero que ya nos apañaremos.

-Estaba seguro que nos apañaríamos... esto... se me ha olvidado su nombre.

-Bertrand.

-¿Prefiere cara o cruz, Bertrand?

-¿Qué quiere decir?

-Tendremos que decidir a quién de los dos le toca primero. Lo mejor es echarlo a suertes, me parece más equitativo. Venga, ¿cara o cruz?

- ¿...?

-No se habrán creído que los iba a soltar a los dos, para que se esfumasen por ahí. ¿Por quién me toman?

Ha llamado a dos blasiers que estaban esperando detrás de la puerta. Uno de ellos lleva la cara vendada.

-Me quedo con uno de los dos durante cuarenta y ocho horas. Lo trataré como a un invitado, por supuesto. El otro puede irse ahora mismo. Le doy dinero y un número en el que puede dejar un recado si consigue algún resultado antes de lo previsto. En caso contrario, llama el viernes por la mañana, a las 10, para fijar una cita.

Un sorbo de café.

-Y entonces hacen ustedes un cambio. Uno le pasa el testigo al otro para las siguientes cuarenta y ocho horas. Y así estaremos alternando el tiempo que haga falta. Añado, para que todo quede claro, que Euro-sytem no existe, que no me conoce nadie, que es imposible localizarme, ni llamando al número de teléfono que les voy a dar ni tampoco viniendo a este espléndido palacete en el que estamos. Que avisar a la policía sería inútil y no parece aconsejable. Pero que nada, a priori, les impide hacerlo. Que cuanto antes consiga neutralizar a Jordan, antes estarán los dos al aire libre. Que todo lo que les he dicho es verdad, pero que no se lo he dicho todo. Y, para terminar, que estoy dispuesto a lo que sea para localizar a ese muchacho. A lo que sea. Llevo recorrido un camino demasiado largo para pararme ahora. ¿Así que qué me dicen? ¿Cara o cruz?

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