Desde el otro lado del espejo, el incendio humano parecía una película
antigua en blanco y negro; las sacudidas de luz del estroboscopio desglosaban
la escena en dieciséis imágenes por segundo; y ninguno de los extras se imaginaba
siquiera que lo estaban mirando, y menos aún que sólo gesticulaban para que los
viera yo. Se me apareció, muy de cerca, un rostro de mujer, repleto de tics y
de tirones. La mujer se retocó con el lápiz de ojos y la barra de labios, haciendo
todas las muecas de un animal que ve su reflejo por primera vez. Bertrand, tirado
en el suelo, intentaba volver en sí. Tan absorto estaba yo en lo que sucedía en
el ballroom visto a través del espejo sin azogue que, en vez de ayudarlo a despertarse,
dejé que se quejase sin moverse, como en una mañana de resaca. Una espléndida
lámina de cristal de un metro por dos, totalmente irreal, una ventana que da a
un becerro de oro siempre en pie, una vista panorámica teñida de obscenidad cuya
perspectiva penetra hasta lo más hondo del prójimo. Como si Dios le hubiera prestado
a uno sus gafas de cristales ahumados para que compartiera su desesperado desconcierto
ante el decadente espectáculo de sus criaturas. Llegado el caso, diría, nada ufano:
«¡Bueno! ¡Vale! Yo inventé el baile y ellos lo han convertido en esta cosa convulsiva
y pagana. Inventé la música, y ellos la convirtieron en rock'n roll. Inventé las
anchoas y ellos las convirtieron en mantequilla para untar tostadas y, encima,
se la comen de noche y tirando la mitad al suelo». Y a mí, pelele de ojos de cristal,
me entran ganas de decirle que cada cual intenta no aburrirse como puede, porque
¿qué otra cosa va a hacer uno con las manos atadas a la espalda? Se les está
poniendo dura la vida a los parásitos. Los hay que andan tomando medidas draconianas
para librarse de los engorros. Bien pensado ¿qué daño hemos hecho? Somos animalitos
incordiantes, pero inofensivos. Ratas que se cuelan por todas partes, pero que
saben salir por pies cuando se huelen el embolado. Me están entrando ganas de
protestar por este error judicial, de dar marcha atrás, de decir: «¡Vale! No lo
haremos más; mañana mismo empezamos a trabajar; les fregaremos los platos, colocaremos
en su sitio las cajas de champán sin abrir ni una, lavaremos los manteles, cargaremos
con las borriquetas y nos acostaremos temprano sin dar la lata. Así aprenderemos
a hacernos pasar por auténticos ricos de mentira, a regodearnos en la fiesta y
a comportarnos como si todo fuera nuestro». Pero es que también hay que hacerse
cargo... Si nos hubieran visto ustedes a Bertrand y a mí en la oficina de empleo
de la Puerta de Clichy, la mañana en que nos apuntamos. El show que nos tocó vivir,
a nosotros y a más gente, solicitantes de todas las edades, licenciados, pobres
desgraciados, sentados en sillas, sin decir ni media durante la charlita del entrevistador,
que nos decía que, grosso modo, para salir del atolladero no puede uno contar
más que consigo mismo. Habíamos rellenado el cuestionario. Formación: ninguna.
Aspiraciones: ninguna. Bueno, sí. Bertrand tenía una, llegar a embajador. O a
agregado cultural, en cualquiera de esos sitios en que siempre hace calor. Pero
seguro que el de la oficina de empleo no habría sabido apreciar su sentido del
humor. No faltaba de nada: la llovizna del amanecer de noviembre, los ruidos de
la carretera de circunvalación, el edificio prefabricado, el diaporama con oficinistas
sonrientes y soldadores que sueltan chispas con una careta puesta. Nos desearon
suerte, porque, en vista de la edad que teníamos, aún quedaba esperanza aunque
no supiéramos hacer la o con un canuto. Nos encontramos en plena calle, con nuestro
papel de color de rosa en el bolsillo, ese que nos iba a permitir cobrar las pelas
del paro. Mister Laurence dijo, dándose aires imperiales: «Todo esto me parece
a mí muy compartimentado». Así, de momento, no entendí bien lo que quería decir,
pero me pareció que tenía razón. Era la mañana del balance, del que iba a convertirse
en el comienzo del después. El después. Qué raro resulta darse cuenta de que algo
se está terminando cuando nada ha empezado todavía. Ese día supe que bastaba con
un lunes por la mañana, uno sólo, para dar un repaso completo a todas las preguntas
que deja uno en el aire durante su saludable juventud. Una única certidumbre,
pese a todo: éramos dos, la cantidad mínima para esbozar una dialéctica y un método;
podíamos decir «nosotros». Pero, salvo unas cuantas ideas de curros de lo más
idiota y las cuentas del paro que nos correspondía, calculado en el bordillo de
una acera, nuestro después estaba empezando ya a patinar. Fuimos a buscar refugio
en los jardines de la plaza de Le Palais-Royal, desiertos y húmedos. Y, dando
las siete de la tarde, mientras íbamos errantes hacia la calle Mazarine, vimos
a gente brindando detrás del escaparte empañado de una galería de pintura. Fue
en ese momento cuando nos dimos cuenta de que vivíamos ni más ni menos que en
París. Y de que en vez de ir cayendo poco a poco en el vagabundeo y comprar cartones
de tintorro, podíamos echar otras cuentas desesperadas: invertir en un esmoquin.
-¿Qué, disfrutando del espectáculo? No los había oído entrar. Dos blasiers
y un tipo con barba de collar, más bien bajo, con los puños atornillados a las
caderas. En la penumbra, he podido verle algunos rasgos característicos, nada
que me sonase: sesenta años cumplidos, y autoritarios, ojos cansados. Se quedó
plantado un buen rato delante del espejo, asistiendo a la agonía de la fiesta.
El momento negro, detestable, la hora de los remolones impenitentes, esa hora
perdida en que las mentes se derriten y la primera luz del alba es la peor sentencia.
Me pareció que me valía más mirar la alfombra, en la que Bertrand me hacía preguntas
con la mirada. ¿Qué iba a decirle yo, a no ser que estaba saliendo de una pesadilla
para meterse en otra? Que habíamos tenido despertares terribles, pero que este
era de los que no se olvidan. -Desatadlos - dijo el individuo, sin darse la
vuelta. Me froté las muñecas. Bertrand intentó ponerse de pie. Me di cuenta
de que debía tomar la palabra, aunque no tenía ni zorra de qué podía decir uno
en semejante situación. El de la barba no me dio esa oportunidad. -Si alquilé
este sitio, fue sólo por este espejo sin azogue. Estáis en lo que fue un burdel,
un burdel para ricos. El espejo les era de tanta utilidad a los mirones como a
los dueños. Encendió la luz, riéndose con sorna, como si se sintiera tan feliz
con lo que acababa de decir; repitió «espejo sin azogue» varias veces. Yo me froté
los ojos. Un buró Luis XV, un techo con molduras, dorados por todas partes.
-Mi colega y yo sentimos haber pretendido colarnos aquí para divertirnos un poco
en la fiesta que daban ustedes. Sólo queríamos pasar un buen rato, no nos gusta
la bronca. Podemos pedir disculpas e intentar reparar los daños. No andamos muy
allá de pasta. -Lo que son usted y sus esbirros de azul es una panda de cretinos
degenerados. No pensamos pedir disculpas. Bertrand. Bertrand que todavía no
está del todo despierto y lo va a joder todo. Lo aparté con denodada violencia.
-No le haga caso, oiga... Está sonado... Claro que se pedirán disculpas. El
individuo se dio la vuelta con brutal brusquedad. -¿Viven ustedes de noche?
Le contesté que sí en el acto, entre acojonado y sorprendido. -¿Por qué?
Mi colega y yo nos miramos, sin saber qué responder. -Alguna razón debe
de haber. Nadie vive de noche porque sí. ¿Qué les hace echarse a la calle cuando
cae la noche? Y esos de ahí ¿qué hacen levantados a estas horas? -dice, señalando
el espejo. -Pues... es que... Ahí es donde está todo... -¿Qué es exactamente
eso a lo que llaman «todo»? ¿Las pastitas y el champán? -Bueno... eso es parte
de... El individuo le dijo algo, por lo bajo, al oído a su esbirro, que salió
de la habitación, seguramente para dejarnos a solas con él. -Yo me limito a
informarme, ¿saben? Curiosidad profesional. ¿Y todas las noches andan rodando
por ahí? -Bueno... algunas noches no tenemos así como mucho interés. Nos gustaría
más tumbarnos delante de la tele con una tacita de algo caliente. Pero son cosas
que no siempre se nos ponen a tiro. -Tiene que haber algo más... A ver, hagan
un esfuerzo y piensen... ¿Se sienten a veces asqueados? ¿Tienen la sensación de
estar robando algo? -¿Quiere también mi número de la Seguridad Social? Nos
gustaría saber qué coño estamos haciendo aquí, después de la agresión de sus matones.
Todo esto vamos a solucionarlo delante de un comisario de policía. Quiero que
me vea un médico; igual tengo un traumatismo craneal. No me he metido aquí en
plan robo con fractura, hay leyes que me protegen -vocifera Bertrand. -De noche,
no. De noche, no les protege nada. De noche, salen de la trinchera y se quedan
al descubierto. Seguramente por eso la han elegido. La noche es dual: es, a un
tiempo, lo de fuera y el refugio. Miré de reojo el reloj de pared: las 5:30.
A mí también estaba empezando a cargarme el tipo este. -Ya lo creo que resulta
peligrosa la noche cuando se topa uno con personas como ustedes. Pero no es lo
normal. Lo peor que suele pasar es que nos ponga de patitas en la calle el dueño
de un bar si se le atraviesan nuestras jetas. -¿Cómo se conocieron? La pregunta
era tan inesperada que contesté con toda mi santa paciencia. Debí de pensar que
si no le daba todos los caprichos no nos soltaría. La cosa resultó un poco larga,
anduvimos hurgando en nuestros recuerdos. El viejo lo escuchó todo con un interés
pasmoso. En más de una ocasión nos pidió que repitiéramos algunas frases y que
insistiéramos en detalles que nos parecían anodinos. Luego, le preguntó a Bertrand:
-¿Qué sintió, hace un rato, cuando se metieron con su amigo? Vi la escena,
pero lo que me gustaría saber sobre todo es qué le pasó por la cabeza en ese momento.
Bertrand no supo qué contestar. El viejo no intentó ayudarlo, sino todo lo
contrario. Parecía que ese silencio apurado era la respuesta que estaba esperando.
-Dijeron en la entrada que venían de parte de Jordan... Y que iba a venir él.
Estuve esperando, y luego... -¡Pues todo lo que dijimos era verdad, coño! Y
si Jordan prefirió acabar la noche en otro lado, no es motivo para partirnos la
cara y secuestrarnos. -Descríbanmelo. -¿Es que no se cree que lo conocemos,
joder? Es un tío bastante especial, Jordan. Hace mucho que andamos juntos por
ahí. Al principio, nos parecía raro, pero ya nos hemos acostumbrado. A primera
hora de la noche, lo hemos visto en el Centro Cultural Suizo, trasegándose los
Bloody Mary a litros. -Por lo que sé de él, es capaz de presentarse ahora,
a las cinco de la mañana, le encantan los finales de fiesta, es un barroco. Si
supiera usted todas las madrugadas turbias que hemos pasado juntos... -digo, haciendo
por dar con el tono adecuado. Entró una chica con blasier empujando
una mesa de ruedas con una sonrisa de oreja a oreja, y se largó enseguida. El
tipo sacó una botella de champán de la champañera y nos sirvió dos copas. Canapés
salados, rebanadas de tarta, café y bollería fina. -Acérquense, caballeros,
ya que tanto les gustan estas cositas. Inmediatamente después, vuelve a mirar
por el espejo. -Espejo sin azogue... Cuando pienso que ha sido para mí una
profesión durante treinta años... Me agradan, muchachos. Me parece que voy a añadir
un capítulo a mis memorias. Bertrand me miró disimuladamente, haciendo un discreto
ademán con la mano para indicarme hasta qué punto era grave la situación. No nos
habíamos topado con un anfitrión quisquilloso. Qué va. Nos habíamos topado con
un zumbado. Zumbado total. Con medios y con ayudantes. Me pregunté en qué estado
íbamos a salir de aquí. El individuo volvió en sí poco a poco. -¡Bueno! ¡Pues
muy bien! Si supieran lo que me agrada eso que me acaban de decir... Porque yo,
al Jordan ese, no lo he visto en la vida. Noté algo raro, allá abajo, en las
tripas, algo así como un acojone mezclado con curiosidad. Bertrand pestañea. El
viejo dijo: -Ese Jordan me la tiene jurada. Sé que lleva buscándome varios
meses. Jugueteó con una copa de champán sin llevársela a los labios. Y dijo:
-A él todavía no lo he cogido. Pero a ustedes dos, sí. Me di un masaje en
las sienes, como para poder pensar mejor. Me repetí mentalmente las últimas palabras
que habían cruzado por el aire y no oí más que algo parecido a un chisporroteo
que me electrificó las neuronas entre las orejas. Cerré los ojos unos segundos.
Al volverlos a abrir, vi una sonrisa tímida en los labios de Bertrand. -Un
momento... un momento... Vamos a dejar las cosas claras... Si hasta está teniendo
gracia la cosa... Voy a explicarle quiénes somos exactamente. La verdad es que
en todo lo que le hemos contado hace un rato, había bastante rollo, pero es que
eso forma parte de nuestro sistema. La verdad, en realidad, es la mar de sencilla:
al Jordan ese casi ni lo conocemos, sólo vimos que andaba rodando por el Centro
Cultural Suizo a última hora de la tarde... Nadie lo conoce de verdad, es una
silueta de la noche... Va de paso... Sólo hemos utilizado su nombre como pretexto,
es una de nuestras técnicas... Un día nos colamos en el Salón del Erotismo diciendo
que éramos los sobrinos nietos de Michel Simon, que ya tiene mérito. Decimos que
tenemos algo que ver con personas a las que no hemos visto en la vida, y luego
intentamos que nadie se fije en nosotros... Si supiera la cantidad de enemigos
que tenemos por cosas de esas... Ya ve que somos unos desastres... El tipo
se echó a reír. -Créanos, por favor, no lo conocemos... Sólo sabemos que bebe
Bloody Mary. No podemos ni decirle el apellido... Los chiflados salen de noche,
tiene usted razón... De día, no se les ve el pelo. Silencio. Unos camareros
color sepia están barriendo el salón y echando con elegantes escobazos a los últimos
juerguistas. -¿Y qué hace por el día? -¡No tenemos ni idea! ¡Y nos importa
una mierda! ¡Si nada más lo hemos visto una vez, joder! -¿Es de los drogados,
los curdas, los marginales, los pervertidos, o de qué otra cosa? ¿Es un... freak?
¿Cómo se dice aquí freak? ¿Un monstruo? ¿Un tipo raro? -Nos importa
un carajo el Jordan ese. Lo que queremos es largarnos de aquí y buscarnos un rincón
para dormir. -No se preocupen, que lo van a encontrar. Una cama muy hermosa,
y con derecho a desayuno mañana por la mañana. Al menos, para uno de los dos.
Nos pasó con esto como con lo demás: no entendimos qué quería decir. Nos bastó
una mirada para ponernos de acuerdo, y nos levantamos, por dejar claro que ya
estaba bien de bromas y que era hora de marcharse. -Ya comprenderán que, con
las intenciones que lleva, no me voy a quedar tan tranquilo esperando su visita.
Quiero a Jordan, ¿me oyen? Y, como lo conocen, como van a los mismos sitios, como
no tienen nada mejor que hacer que andar dando tumbos por ahí de noche, le van
a echar el guante. -¿Qué? -Cuando dieron su nombre para colarse aquí, no
sabían qué tontería estaban haciendo. Menudo chollo... -Pero si ya le hemos
dicho que... -Llevo meses buscándolo, y lo he intentado todo. Él y yo no conocemos
a las mismas personas, no nos movemos en el mismo ambiente. No sé nada de la noche.
-¿Y organiza usted fiestas como esta? No se dignó responder. -Pero ustedes
son unos profesionales, se dedican a esto, a vivir a contra corriente. -¿Está
de broma o qué? ¿Primero, nos parten la cara y luego tenemos que currar para usted?
Llame a la pasma, contrate detectives privados, pasta no le falta. Se echó
a reír otra vez. -¿La policía?... Les ahorraré una larga lista de razones que
me obligan a dejarla al margen de este asunto; si entrase en detalles, no me creerían.
En cambio sí que he probado con detectives privados. He tenido a tres tras su
pista. Al mismo tiempo. Durante cuatro meses. Cuatro. Consiguieron perderse la
pista entre sí. Lo cual es lógico, por cierto... Me di cuenta casi enseguida de
que para dominar la noche parisiense se necesitan contactos, conexiones, accesos.
En los Estados Unidos, la cosa es muy diferente. Se lanza una invitación y se
deja que funcione durante un mes largo el boca a boca; con lo que al anfitrión
le queda claro qué surtido de relaciones se merece. Es algo bastante perverso.
Pero en París no hay nada peor que el anonimato. Qué les voy a contar que no sepan.
¿Cómo no va a despistarse un trabajador de la investigación discreta? Eso mismo.
Primer argumento sensato que le oigo. Es la dura ley de la movida: aunque se tenga
pasta, si no se cuenta con una red adecuada, nunca tiene uno la seguridad de estar
donde hay que estar y cuando hay que estar. El mundo de la juerga tiene demasiadas
cosas que salvaguardar para abrirles las puertas de par en par a los quieren meter
las narices en todo. Paradoja: un esmoquin es más discreto que una gabardina de
color crema. Paradoja: cuantos más soplos busca uno, menos le dan. Paradoja: al
que no tiene etiqueta, lo catalogan. -Necesito a alguien del mundillo. No podía
encontrar a nadie mejor. Y cuentan con una baza de primer orden: son amigos de
Jordan. -¡Qué va! No somos nada comparados con ese tío. Él sí que es un auténtico
profesional. Va a sitios que no están a nuestro alcance. Somos unos desastres;
en cuanto se nos pone a tiro una copa de champán malo, ya nos están brillando
los ojos; conseguimos que nos inviten a un restaurante y nos parece que nos ha
tocado el gordo; nunca dejamos ni un céntimo de propina. ¿Y quiere que le cuente
lo peor? Todos los meses, nos falsificamos demandas de empleo para estafar a los
del paro. ¿No le basta con eso? Jordan es un señor, un primer espada. Tiene esa
clase que nosotros no tendremos nunca. No sé si eso lo ha dicho Bertrand o
lo he dicho yo. Los tres nos quedamos callados un momento. -Pues aunque así
sea. Me han dicho más cosas de él que los tres imbéciles que me han hecho perder
tanto tiempo. Se sirve un café; nos quedamos mirándolo, resignados. A fuerza
de hacernos pasar por ratas, alguien ha acabado por creérselo. Y por pillarnos
en la trampa. Bertrand saca a relucir de repente esa sonrisa falsa que les pone
a los camareros para pedir menos hielo y más whisky. -¡Vale! ¡Vamos a llegar
a un arreglo! -dice-. Vamos a encontrar un modus vivendi. No decimos nada de que
aquí nos han agredido y le prometemos que, si nos cruzamos en alguna ocasión con
el tío ese, le damos a usted un telefonazo. -Y hasta andaremos fisgoneando
un poco por ahí y buscando pistas - añado yo. Antes de contestar, el individuo
se sacó una moneda de cinco francos del bolsillo y empezó a darle vueltas en la
mano. -Y le saldrá más barato que un batallón de investigadores privados -dice
Bertrand con risa sarcástica-. Guárdese el dinero que ya nos apañaremos. -Estaba
seguro que nos apañaríamos... esto... se me ha olvidado su nombre. -Bertrand.
-¿Prefiere cara o cruz, Bertrand? -¿Qué quiere decir? -Tendremos que
decidir a quién de los dos le toca primero. Lo mejor es echarlo a suertes, me
parece más equitativo. Venga, ¿cara o cruz? - ¿...? -No se habrán creído
que los iba a soltar a los dos, para que se esfumasen por ahí. ¿Por quién me toman?
Ha llamado a dos blasiers que estaban esperando detrás de la puerta.
Uno de ellos lleva la cara vendada. -Me quedo con uno de los dos durante cuarenta
y ocho horas. Lo trataré como a un invitado, por supuesto. El otro puede irse
ahora mismo. Le doy dinero y un número en el que puede dejar un recado si consigue
algún resultado antes de lo previsto. En caso contrario, llama el viernes por
la mañana, a las 10, para fijar una cita. Un sorbo de café. -Y entonces
hacen ustedes un cambio. Uno le pasa el testigo al otro para las siguientes cuarenta
y ocho horas. Y así estaremos alternando el tiempo que haga falta. Añado, para
que todo quede claro, que Euro-sytem no existe, que no me conoce nadie, que es
imposible localizarme, ni llamando al número de teléfono que les voy a dar ni
tampoco viniendo a este espléndido palacete en el que estamos. Que avisar a la
policía sería inútil y no parece aconsejable. Pero que nada, a priori, les impide
hacerlo. Que cuanto antes consiga neutralizar a Jordan, antes estarán los dos
al aire libre. Que todo lo que les he dicho es verdad, pero que no se lo he dicho
todo. Y, para terminar, que estoy dispuesto a lo que sea para localizar a ese
muchacho. A lo que sea. Llevo recorrido un camino demasiado largo para pararme
ahora. ¿Así que qué me dicen? ¿Cara o cruz?
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