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Callejero
de Judas | FERNANDO ROYUELA |
168 págs. | ISBN
84-89618-11-9 | 1800 pts. 10,81 Eur. |
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FALSO EXORDIO A MODO DE PREÁMBULO
EN DONDE SE CUENTA COMO LLEGO A MIS MANOS EL INSÓLITO MANUSCRITO DEL CALLEJERO
QUE ESCRIBIERA EL MALHADADO IBRAHIM PÉREZ JUDAS POR EL MERO PLACER DE SUBVERTIR
No viene a cuento ni el como ni el porqué,
pero el caso es que por esas extrañas circunstancias que a veces depara
el destino, tuve ocasión de cometer un acto de caridad con una mujer a
la que para preservar el anonimato de su memoria llamaré en adelante con
el seudónimo de Valvanera Bustos. Acababa de enviudarle la gloria a un
militar de carrera, y a lo mejor por ello tenía un desparpajo funerario
que la dotaba de cierto atractivo desconcertante, como de mausoleo. Cuarentona
aunque todavía de buen palpar, austera de envergadura si bien provista
de ese punto de sazón que instala la madurez en algunas personas para eximirlas
de la putrefacción anticipada de la carne, Valvanera Bustos parecía
germinar cuando la conocí, lo mismo que esos bulbos insólitos de
verdor que empiezan a asomarle a los bosques entre las cenizas tras haber sido
devastados por un incendio intencionado. Al cabo de prestarle a título
lucrativo mis servicios (ella deshecha en agradecimientos exagerados por mi buen
hacer profesional en lo farragoso de su herencia, que no eran más que fruto
del gran desconsuelo y padecimiento nervioso que acumulaba como consecuencia de
la pérdida reciente de su marido) la insólita insistencia en que
admitiera como pago el testimonio de su amistad se me hizo insoportable. Me llamaba
constantemente por teléfono, me perseguía por las calles, me atosigaba
la paciencia a base de faxes y misivas enviadas por mensajero, me asfixiaba la
intimidad aporreando sin ningún comedimiento la puerta de mi casa a horas
intempestivas, hasta el punto de llegar a pensar que en verdad se trataba de una
desequilibrada mental desmesurada de histeria emocional y de inclinaciones neuróticas
muy acusadas y tal vez peligrosas. Una
tarde que tomábamos juntos una taza de menta-poleo en el salón comedor
de su vivienda, en la travesera de Esperaendiós, Valva Bustos, sin que
viniera a cuento, comenzó alborotadamente a desvestirse entre un estrépito
de procacidades, lascivias y contorsiones que yo jamás hubiese pensado
que pudieran practicarse más allá de los mojones que delimitan el
infierno. Decía entre alaridos que se me daba en pago a mi bondad y no
sé cuántas sandeces más que pudieron salir en diez minutos
de su boca, aliñadas con la espuma exagerada de la demencia. No tuve más
remedio que frenarla en su desvarío con un par de tortas bien dadas que
le cruzaron la cara al modo expeditivo de las películas de gángsters
protagonizadas por el insigne enano Edward G. Robinson (no en vano soy un cinéfilo
complacido) y que le provocaron un llanto histérico que enseguida le dejó
sedada y con una pizca de mansedumbre asomada al brillo de sus ojos ofidios cobalto.
Cuando iba a irme de aquella casa con la intención del para siempre alumbrándome
la voluntad no
puede perderse el tiempo con los que apenas sí balbucean el lenguaje del
respeto mutuo ,
una foto en un marco de plata, que reposaba sobre una consola con finísimas
incrustaciones de marquetería, llamó mi atención. Había
sido disparada en la plaza de la Armería del Palacio Real, siempre vacía
y protocolaria. En ella se abrazaban tres personas. Una era Valva Bustos, otra
su marido que en paz descanse, que aparecía vestido con el uniforme de
gala del ejercito de Tierra, bigote plano y delgado a la antigua usanza militar,
boca seria y gafas de sol ahumadas en marrón, y el tercero un hombrecillo
enjuto, de edad indefinible y estatura corriente que lucía una expresión
burlesca que le delineaba en la cara una tensión tremenda, realmente difícil
de ser bosquejada con palabras; digamos para entendernos que parecía reírse
del mundo que contemplaba y que esa carcajada silenciosa semejaba escapársele
por la boca con una mueca de escepticismo antiguo o de rancio desengaño.
Su rostro, familiar y al mismo tiempo incógnito, me llamó poderosamente
la atención, parecía que fuese un ser querido regresado del pasado
o tal vez un amigo de toda la vida, aún por descubrir. Mordiéndome
en la lengua las ganas que tenía de marcharme le pregunté a Valva
que quién era aquel hombre, y no exagero si digo que las cosas que comenzó
a relatarme han transformado mi relación con la realidad en los últimos
casi seis meses que llevo enfrascado en el proyecto de este libro, tamizando fantasías,
constatando realidades, adivinando propósitos, matizando verbos, perfeccionando
adjetivos, apuntalando frases e hilvanando páginas; seleccionando en definitiva
aquellas verdades que poder hacer públicas bajo forma impresa, con el insano
objeto de facilitar su asombroso conocimiento y promover despiadadamente su divulgación
hasta el límite imprevisible de lo estrictamente inconfesable, para que
al fin se sepa la conjura de malignidad que por el mero capricho de la historia
se cierne sobre nosotros mismos y sin duda alguna sobre el por venir de la memoria
colectiva de nuestros descendientes. Aquel
hombre se llamaba Ibrahim Pérez Judas, y según me dijo Valva había
nacido en Jaffa, al norte de Israel, en el seno de una familia de descendientes
de sefardíes. Su carrera diplomática era
por lo visto experto en negociación de conflictos multilaterales amén
de doctor en historia islámica por la universidad egipcia de Tell El Amarna
le había llevado hasta Madrid como asesor cualificado de la legación
Judía, que junto a la Palestina, habría de intervenir en el mes
de mayo de 1992 y en sede del Palacio Real, en la celebración de la Conferencia
Mundial de Paz, acontecimiento que jamás hubiera sido posible, todo hay
que decirlo, sin la labor integradora del estado español, siempre interesado
en romper una lanza por la convivencia pacífica de los pueblos. Dada
la destacable cualidad de anfitrión de culturas, razas y civilizaciones
que de antiguo ha caracterizado al pueblo de Madrid, su Ayuntamiento tuvo a bien
ofrecer la ciudad a unos y a otros para reunirles en la comunión del entendimiento,
por vez primera más allá de las armas y de los fanatismos verbales;
y ambos pueblos, tributarios al fin y al cabo del mismo dios, aceptaron sentarse
en una única mesa engalanada ex profeso para la paz en la tierra que alguna
vez en la historia hubiera de tolerar la convivencia pacífica de sus dos
culturas al alimón de la cristiana. A título de mera anécdota
y sin que sirva el dato de elemento de distorsión del relato, cabe señalar
que la mesa de la conferencia fue instalada en el salón de columnas de
palacio, en el mismo lugar en el que el 20 de noviembre de 1975, festividad de
San Félix Valois, confesor, se erigiera la capilla ardiente de Francisco
Franco Bahamonde, ese precursor de la democracia orgánica. La
Puerta del Sol se engalanó de madroños, sin osos, pero embutidos
en enormes macetas cuadrangulares que a diestro y siniestro desparramó
el área de medio ambiente del Ayuntamiento; el tráfico se complicó
sobremanera y los atascos se constituyeron en norma. Los cuerpos especiales de
seguridad hurgaron desde el cielo maloliente de las alcantarillas hasta el infierno
canicular de las azoteas, siempre en busca de bombas y demás artefactos
explosivos susceptibles de promulgar el caos a través de la muerte de las
personas y de la destrucción violenta de las cosas. Las legaciones de los
países participantes comenzaron a llegar envueltas en el recelo del enfrentamiento,
si bien tiznadas por la tierna ilusión del entendimiento, y los madrileños,
acostumbrados a disfrutar de los espectáculos de postín y escaparate
desde la distancia del palco de la ironía, viéndolas venir por anticipado,
no hicieron el menor caso a la pretendida demostración de tolerancia que
se les intentaba vender desde los cenáculos del poder establecido, ávido
siempre por apuntarse los tantos de dos en dos, como en el baloncesto. El
Ministerio de Defensa en previsión de la importancia del papel que militares
del foro podrían representar en la aproximación de las posturas
de las partes, hizo un esfuerzo por adjudicar a sus mejores expertos a cada una
de las legaciones participantes a los efectos de que les pudieran servir desde
de guías preferentes de la ciudad, hasta de correveidiles de sus minucias
geoestratégicas cara al mando unificado de la OTAN, organización
en la que España disfruta de la posición que en verdad merece. Fue
de esta manera como el cónyuge de Valva entró en contacto con la
legación judía y trabó una estrecha aunque extraña
amistad con uno de sus más peculiares integrantes. Estimulado por volver
a pisar la tierra de la que fueron expulsados sus ancestros, gran conocedor de
su tradición religiosa y devoto practicante de su antigua lengua, Ibrahim
Pérez Judas, falsario contumaz, debió disfrutar de la perversidad
de la maledicencia y de la ponzoña de la mala intención con las
que dotó a sus execrables propósitos de subversión durante
los cuatro meses que pasó en Madrid a cargo de la hospitalidad del marido
de Valvanera y de la suya propia, dicho sea con toda la carga de promiscuidad
que pudiera destilar tal puntualización. Los
tres juntos sé que visitaron el Valle de los Caídos, con su cripta
horadada de pesadumbre y su par de tumbas principales bien aderezadas de crisantemos;
el Monasterio del Escorial, símbolo en clave de piedra de un talante; los
reales sitios de la Granja de San Ildefonso y de Río Frío, el Monasterio
de Santa María del Paular, con la alta escolta del Guadarrama flanqueándole
el recogimiento, y los pueblos de la sierra pobre, Miraflores, Bustarviejo, La
Cabrera, trascendidos de cabrito asado y aliñados de vómito alcohólico
de adolescente. También emprendieron excursiones más mundanas si
cabe, como la del Casino de Torrelodones, en donde en una sola noche llegaron
a ganar tres millones de pesetas jugando al Black Jack, o la de la alcoholera
de Chinchón, por no citar una nutrida colección de lugares de esparcimiento
de los alrededores, no todos honestos, desde luego, que sin duda le debieron servir
al judío para reconciliarse con lo más rastrero de la canalla de
por aquí, como paso previo a la redacción de su manuscrito. Lo
mismo que la etimología de la palabra "cultura" denota un origen agrario
terriblemente vinculado a la reverencia tribal a los cultivos, el concepto más
amplio y evolucionado de "civilización" se enraíza en la "cives"
mediterránea, punto de encuentro de ideas y creencias, foro de debates
e intercambios, síntesis de posturas y antítesis de dogmas, que
ha albergado tradicionalmente el saber vivir de los pueblos meridionales. "El
viento de la ciudad os hará libres" fue la consigna que mejor contrapuso
el refinamiento atemperado de lo mediterráneo frente al barbarismo norteño,
rural e ignorante por principio, de ese magma magnífico de diversidad y
fantasía que desde el neolítico viene cuajándose en las múltiples
manifestaciones en las que se sustancia lo urbano. En este sentido, Ibrahim Pérez
Judas, hombre enfebrecido por la venganza y el resentimiento, enseguida pudo comprender
el alcance que una ciudad como Madrid, gran encrucijada de modos y maneras, podía
tener de cara a erigirse en la célula huésped en la que poder inocular
el virus imperceptible de la calumnia de la que hacía apologética,
contribuyendo así con su maledicencia a la humillación y al descrédito
de la herencia judeocristiana que tanto le repugnaba. Ibrahim
Pérez Judas, más allá del mero entramado de sus calles, descubrió
en Madrid el bocado magnífico en el que poder impunemente hincar el colmillo
podrido de la simulación. Eligió sin duda esta ciudad por lo variado
y peligroso de sus múltiples seducciones; la socavó con las trampas
placenteras de la razón; la dotó de rincones discretos en los que
poder disfrutar de los misterios gozosos que conducen irremisiblemente al mal,
y la nutrió con los códigos falsos que aparejan los vicios, nada
más que por el maldito propósito de divulgar con ellos lo placentero
de la perversidad que evidencia la naturaleza humana. Cogió a Madrid y
la revistió a su antojo de un pasado herrumbroso, cárdeno de conductas,
la dotó de historias inverosímiles y sin embargo ciertas, susceptibles
de captar la atención inocente de las personas, para acto seguido envenenar
el tejido de sus calles con la falsa apariencia de lo cotidiano tras la que en
verdad se enmascaraba un maremágnum enfermizo de fantasías, como
fantasmagorías devastadoras de la realidad. En tal estado de hervor mental
y mala fe, exento por capricho de las obligaciones de una misión diplomática
que nada le importaba, Ibrahim Pérez Judas se puso frenéticamente
a redactar su callejero con esa insidia insólita con la que se les rubrica
la voluntad a los fanáticos de corazón. Tal
me consta porque así me lo quiso hacer ver Valva, aunque lo haya comprobado
yo ya luego, escudriñando de narices lo apestante del rastro que él
dejó. Me confesó igualmente que anduvieron los tres de juerga muchas
noches por los antros y garitos del Madrid desparramado, sacándole a la
vida su médula de desperdicio y a la ciudad su pizca de desmesura. Empezaban
con un aperitivo antes de la cena, que por lo común hacían en alguna
de las dos Cavas, preferentemente en la baja y en Casa Lucio, por gustarle a Ibrahim
especialmente del establecimiento sus "huevos estrellaos", y después acudían
bien a decadentes salas de fiesta, de esas en las que el deseo se sublima con
lo etílico del güisqui, o bien a los sitios de moda, deslumbrantes
de drag queens y muy nutridos de transexuales peluconas siempre dispuestos
a pasar buenos ratos con cualquiera que se los pague, en donde apuraban copas
hasta el ecuador de la madrugada. Algunas veces acababan en las carreras nocturnas
del hipódromo apostando por caballos con nombres de meretrices, y otras
vomitando alcohol a los patos en el estanque del Retiro. El divertimento y el
desenfreno trenzaron entre los tres complicados vínculos de promiscuidad
que cada vez más y más los engarzaban en un estado pasional cercano
a la tragedia griega. Así y todo, en cada algarada nocturna Ibrahim Pérez
Judas, fiel a su cometido y sin perder detalle, dice Valva que iba tomando notas
sobre lugares, modales y conductas en una libreta de piel suave, como de nalga
fresca, que atesoraba en un bolsillo de la chaqueta, y que veces había
en las que su marido también intervenía para contarle alguna anécdota
o sucedido referente al lugar que a lo mejor hubiera suscitado su interés,
y que el judío inmediatamente apuntaba, no fuera a escapársele con
la ingravidez de la trompa. Así
estuvieron los tres meses largos que para preparar supuestamente la conferencia
anduvo de anticipado Pérez Judas por Madrid, y en todo ese tiempo la información
que este pudo obtener, relativa al callejero que se había empeñado
en escribir, para mayor gloria de sus propósitos, resultó prolija
pero no del todo suficiente. Por ello, acabada la conferencia con el éxito
internacional de todos sabido, paz por territorios, tierras por vidas, decidió
permanecer en Madrid durante todo el tiempo que resultase preciso para poder culminar
su obra. Se mudó del hotel en el que había estado alojado con el
resto de la legación, el Princesa Plaza, al domicilio de Valva, en el número
7 de la travesera de Esperaendiós, en plena judería, en donde poder
estar más cómodamente y a su gusto. Lo hizo con ese talante imperioso
del que están provistos los descarriados. Al abrigo de las sábanas,
expandido en el confort de las alcobas, con todos sus caprichos plácidamente
aliviados, Ibrahim Pérez Judas se afanó en la redacción de
su callejero. Se levantaba temprano por la mañana y después de desayunarse
con el pan ácimo de su insomnio salía de casa y erraba por las calles
mientras hilaba de cabeza la malintención de sus propósitos. Al
mediodía solía comer por ahí con Valva y su marido, y después
de lo engolfado de una siesta a la que siempre se aplicaba, escribía sus
perjurios hasta las diez o las once de la noche, momento en el que a lo mejor
paraba para cenar un poco de jabugo o unas angulas antes de volverse a ir de juerga
por los tinglados nocturnos más escabrosos que apetecía. Durante
un mes entero acudí todas las tardes a casa de Valvanera Bustos para escuchar
de su boca las vivencias y las connivencias que tramó junto a Pérez
Judas. Cada día me revelaba un dato más, una nueva tesela del mosaico
inacabado de su personalidad torticera y contradictoria, unas veces repleta de
inusitada poesía, otras rellena de maldad lo mismo que los corazones altivos
de las adolescentes, pero ni en un solo momento me mostró un rastro de
su escritura, una página garabateada de su manuscrito, una mínima
prueba de la veracidad de su relato que pudiera testimoniar la realidad de ese
callejero que a mí se me empezaba ya a antojar como una obra que evidenciaba
lo sobrenatural de su autor. Valva no soltaba prenda, no quería hacerlo
ahora ya comprendo
el motivo , hasta
el punto de llegar burdamente a retractarse de la veracidad de lo que me había
contado y negar en tres ocasiones la existencia del manuscrito, como el que niega
a Cristo antes del alba. La historia de Ibrahim Pérez Judas empezó
entonces a obsesionarme. ¿Quién era aquel judío?, me preguntaba
constantemente. No había circunstancia cotidiana, asunto que tratase o
incluso alimento que ingiriese que de una u otra forma no me hicieran pensar en
él y en su manuscrito alucinante. No podía concentrarme para otra
actividad que no fuese el mero especular sobre el propósito intelectual
con el que el judío habría confeccionado su libro. No hacía
más que intentar imaginarme cuál sería la expresión
del lenguaje empleado, o el pálpito acelerado de su caligrafía al
construir la perfidia de las historias que supuestamente narraba con pulcritud
sacerdotal.
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