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Bailar con un ángel

ÅKE EDWARSON

352 págs.

Traducción: Cristina Cerezo Silva y Martin Lexell

ISBN 84-89618-76-3

20,00 €.

Bailar con un ángel (00013)


   Ese movimiento que el chico ya no podía hacer. No recordaba desde cuándo. Ahora el movimiento parecía una sombra.
   El chico comprendió. Trató de caminar hacia la pared de enfrente, pero su intención era tan sólo un rumbo dentro de su cabeza, y cuando levantó la barbilla para ver desde dónde venía aquel sonido...
   Un escalofrío le recorrió la espalda. Desde los hombros hacia abajo sintió un frío intenso, y luego calor; se resbaló y se dio en la cadera al caer. Se deslizaba por el suelo. Nada le mantenía firme el cuerpo.
    Oyó una voz.
    Dentro de mí hay una voz que me está llamando, y soy yo mismo, pensaba. Ya entiendo. Ahora me acerco a rastras hasta la pared, y si lo hago con calma y con cuidado no me va a pasar nada.
    Mamá. ¡Mamá!
    Se oía un zumbido, como cuando se produce una interrupción y no ocurre nada visible. No podía escapar a ese sonido. Sabía lo que era.
    Vete.
    Aléjate de aquí.
    Ya entiendo. Ahora vuelvo a sentir frío y desvío la mirada hacia una pierna, pero no sé cuál. La veo. La luz es intensa aquí dentro. Antes no, pero cuando empezó a hacer frío se encendió la luz, y resulta tan fuerte que ya ha anochecido al otro lado de la ventana.
    Oigo un coche, pero se aleja. Nada se detiene ahí fuera.
    Apártate de mí. ¡Vete!
    Todavía podía cuidar de sí mismo, y si lo dejaban sólo sería capaz de moverse por la habitación y llegar hasta la puerta, por la que había entrado aquel hombre; luego había vuelto a salir a por las cosas, regresó, la cerró y se hizo de noche.
    Seguía oyendo música, aunque puede que viniera de él mismo, de su interior. Habían puesto a Morrissey, y sabía que el título del disco estaba relacionado con la parte de la ciudad de aquel lado del río.
    No se encontraba muy lejos. De eso él sabía mucho. Esa había sido una de las razones.
    Volvió a escuchar la música, aún más alta, y entonces dejó de oír aquel zumbido.
    Quedaba la luz. Probablemente le dolía todo el cuerpo.
    No siento dolor, pensaba. No estoy cansado. Si consigo levantarme, podré irme de aquí. Intento decir algo. Ya ha pasado un rato. Es como cuando estás a punto de dormirte y de repente te estremeces; como descender hasta el pozo profundo de uno mismo y recuperarse, y solamente eso significa algo. Después te quedas atemorizado y resulta difícil volver a dormirse. Cuando estás así, casi no puedes moverte y, en ese preciso instante, lo único que quieres es hacerlo, pero no hay manera.
    Después ya no pudo pensar mucho más. Fue como si hubiesen cortado los cables y conductos que guiaban los pensamientos, y estos se salieran por los cortes, expandiéndose sin control por la cabeza, y luego, casi enseguida, se diluyeran en la sangre.
    Sé que es sangre y que es mía. Ya entiendo. He dejado de sentir frío y quizá ya haya pasado todo. Pienso en lo que me espera.
    Sé que he conseguido incorporarme y que tengo una rodilla levantada y la otra apoyada en el suelo. Fijo la mirada en la luz, y así voy empujando mi cuerpo hacia la pared, hacia las sombras.
    Al hacerlo, algo entra desde un lado y me alejo. A lo mejor lo consigo.
    Intentó llegar a algún sitio donde protegerse con la música sonando cada vez más fuerte. Hubo varios movimientos a su alrededor, en distintas direcciones; se cayó y lo sujetaron, y sintió que lo levantaban y lo llevaban hacia un lado. Vio que el techo y las paredes se le venían encima, y no había manera de distinguir dónde terminaba el uno y dónde empezaban las otras. Después, dejó de oír la música.
    El último hilo que unía sus pensamientos se rompió y fue sustituido por sueños y por algunos recuerdos que se llevó consigo cuando todo acabó y se hizo el silencio. Luego, se oyeron unos pasos que se alejaban de donde él estaba sentado, con su delgado cuerpo apoyado contra una silla.

 

 
1

    
    Había sido un año de los que se niegan a soltar amarras. Se había torcido y había estado mordiéndose la cola como un maldito perro loco. Las semanas y los meses habían durado el doble.
    Desde donde estaba Winter, el ataúd parecía flotar en el aire. El sol penetraba por la ventana de la izquierda y la luz elevaba el féretro por encima del catafalco, sobre el suelo de piedra. Todo se convirtió en un rectángulo de sol; era lo único que divisaba.
    Oía los cantos fúnebres, pero no movía los labios. Había un círculo de silencio a su alrededor. No era extrañamiento, ni tampoco la tristeza del momento, por lo menos al principio. Era otro sentimiento, algo relacionado con la soledad y con ese vacío que surge cuando las manos se desenlazan.
    El calor que emana de la sangre ha desaparecido, pensó, es como si uno de los caminos de atrás se hubiese vuelto a cerrar.

    Erik Winter se puso en pie con los demás y abandonó la iglesia; salió a la luz y acompañó el féretro hasta la tumba. Cuando la madera tocó la tierra, todo había acabado; se quedó parado un instante y sintió el sol invernal sobre su rostro. Era como sumergir una mano en agua tibia.
    Caminó lentamente por las calles hacia el oeste, donde estaba el muelle de los ferrys. Ahora ha terminado la guerra dentro del cuerpo de una persona, que ha alcanzado la paz. Todo es historia, y empiezo a sentir una gran tristeza. Me gustaría no hacer absolutamente nada durante mucho tiempo, y luego dedicarme a arrancar las malas hierbas de los senderos del futuro, pensó, y en sus labios se esbozó una especie de sonrisa dirigida al cielo bajo.
    Embarcó por la escalerilla y se quedó en cubierta, junto a los coches. Subieron a bordo más coches con una capa de nieve negra. El ruido era infernal y se tapó el oído izquierdo. Todavía podía verse el sol sobre el mar, claro pero tenue. Se había quitado los guantes de cuero cuando el féretro tocó tierra, y ahora volvió a ponérselos. Hacía más frío que nunca.
    Estaba solo en cubierta. El ferry abandonaba lentamente la isla y, al pasar junto a un pequeño rompeolas, Winter pensó un instante en la muerte y en cómo la vida continúa mucho después de que haya perdido sentido. Los gestos son los mismos, pero el sentido propio de la vida queda atrás.
    Permaneció allí hasta que las casas se veían tan pequeñas desde popa que le cabían en una mano.

    La gente estaba en la pequeña cantina del barco. A su derecha, un grupo parecía a punto de entonar una canción sobre la libertad, pero en lugar de hacerlo todos se dirigieron hacia los grandes ventanales.
    Al principio, Winter no tomó nada y inclinó la cabeza sobre la mesa esperando a que los salmos dejaran de sonarle en la cabeza, luego pidió un café. Un hombre se sentó a su lado y Winter enderezó el cuerpo larguirucho.
    ¿Puedo invitarte a un café? le preguntó.
    Claro contestó el hombre.
    Winter hizo una seña a la barra.
    Creo que hay que ir a pedirlo --dijo el hombre.
    No. Ahora vienen.
    Una mujer le tomó nota a Winter sin decir nada. Su cara parecía transparente con esa luz de un sol tan bajo que venía de fuera. Winter no sabía si lo miraba a él o a la torre de la iglesia del pueblo que estaban dejando atrás. Se preguntaba si el sonido de las campanadas había llegado hasta el otro lado, o hasta el ferry, cuando iba en dirección a la isla.
    Me suena su cara le dijo al hombre girando la silla hacia él.
    La verdad es que a mí me pasa igual dijo el hombre.
    Está sentado con las piernas en una posición rara, pensó el viajero. No conviene ser tan alto para estas mesas de café; es como si le doliera algo, y no creo que tenga que ver con la luz que le da en la cara.
    Nuestros caminos se han cruzado más de una vez dijo Winter.
    Sí.
    No se acaba nunca.
    No.
    Ya está el café dijo Winter contemplando a la camarera, mientras esta servía al comisario Bertil Ringmar.
    El humo de la taza ascendió hasta la cara de Ringmar y se desplegó a la altura de la frente formando una corona alrededor de su cabeza. Parece un ángel, pensó Winter.
    ¿Qué haces aquí? preguntó.
    Viajando en ferry y tomando café.
    ¿Por qué reparamos tanto en las palabras cuando hablamos? dijo Winter.
    Bertil Ringmar tomó un poco de café.
    Creo que somos muy sensibles al valor de las palabras dijo dejando la taza sobre la mesa. Winter vio su cara reflejada en la mesa, pero al revés. Le favorece, pensó.
    ¿Vienes de ver a Mats? preguntó Ringmar.
    En cierto modo, sí.
    Ringmar no dijo nada.
    Ha muerto dijo Winter.
    Bertil Ringmar cogió la taza. Sintió una mezcla de frío y de calor, pero no la soltó.
    Ha sido una ceremonia muy bonita dijo Winter, no sabía que tuviera tantos amigos. Sólo tenía un familiar, pero muchos amigos.
    Ringmar no dijo nada.
    Pensé que iba a encontrarme sobre todo con hombres en la iglesia, pero también había muchas mujeres continuó. Creo que la mayoría eran mujeres.
    Ringmar miraba por la ventana algo que quedaba a espaldas de Winter; supuso que era la torre de la iglesia.
    Vaya mierda de enfermedad dijo Ringmar desviando la mirada, podrías haberme llamado.
    ¿En plenas vacaciones en Canarias? Mats era un buen amigo, pero para llorar su pérdida me las he arreglado yo solo. O igual no he empezado hasta ahora dijo Winter.
    Se quedaron en silencio escuchando el ruido de los motores.
    Eran varias enfermedades dijo Winter después de un rato. Al final fue una pulmonía lo que le quitó la vida a Mats.
    Ya me entiendes.
    Sí.
    Llevaba ya mucho tiempo con esa mierda.
    Sí.
    Joder.
    Hubo una época en que creí que él pensaba que lo superaría.
    ¿Te lo dijo?
    No, pero me di cuenta de que lo pensó durante un tiempo. A veces es suficiente con la voluntad cuando todo lo demás se ha perdido. Por un instante yo también lo creí.
    Sí.
    Luego asumió la culpa colectiva. Y después se acabó.
    ¿No me dijiste que había comentado que de joven quiso ser policía?
    ¿Yo he dicho eso?
    Creo que sí.
    Winter se retiró el pelo de la frente y se lo echó hacia atrás. Se quedó con la mano apoyada en la nuca, sujetando un grueso mechón de pelo.
    Quizá fuera cuando yo estaba empezando la Academia de Policía
dijo o cuando hablaba de solicitarlo.
    Quizá.
    Hace mucho tiempo.
    Sí.
    El casco del barco se sacudía como si se hubiera dormido en el estrecho y ahora le molestaran en su descanso. La gente recogía sus pertenencias para mantenerlas cerca y agarraba bien fuerte los abrigos preparándose para bajar.
    Pues habría sido bienvenido dijo Ringmar mirando el codo de    Winter. Winter se soltó el pelo y puso las manos sobre la mesa.
    He leído que en Inglaterra han convocado plazas para policías homosexuales dijo Ringmar.
    ¿Quieren trasladar a los policías homosexuales a otros puestos o buscar maricones para convertirlos en policías? preguntó Winter.
    ¿Y qué más da?
    Perdona.
    La cultura plural está más desarrollada en Inglaterra dijo     Ringmar. Es una sociedad racista y sexista, pero también se dan cuenta de que necesitan todo tipo de personas en la policía.
    Sí.
    A lo mejor nos mandan también a nosotros algún maricón.
    ¿No crees que ya lo tenemos?
    Uno que se atreva a reconocerlo.
    Si yo fuera maricón, lo habría aceptado con orgullo ahora mismo, después de lo de hoy dijo Winter.
    Mmm.
    O tal vez antes también. Sí, creo que sí.
    Sí.
    No me parece bien quedarse fuera, al margen; lo único que consigues es cargar con una maldita culpa común. Tú también cargas con una culpa dijo Winter mirando a su colega.
    dijo Ringmar, estoy lleno de culpas.
    El grupo de al lado de los grandes ventanales parecía otra vez a punto de entonar una breve canción sobre la libertad, pero la existencia les pesaba demasiado. El ferry dejó atrás un faro. Winter miraba por la ventana.
    ¿Qué te parece si salimos a cubierta para saludar a la ciudad? dijo.
    Hace frío ahí fuera dijo Ringmar.
    Creo que lo necesito.
    Te entiendo.
    ¿De verdad que me entiendes?
    No me pongas a prueba la paciencia, Erik.

    El día estaba gris y medio gastado. La cubierta, con los coches, relucía tenuemente, como el carbón. Las rocas que emergían alrededor del casco del barco eran del mismo color que el cielo. No resulta nada fácil decir dónde termina una cosa y dónde empieza la otra, pensaba Winter. Un buen día, de repente, subiremos al cielo sin darnos cuenta. Un salto desde una roca, y allí estaremos.
    Cuando pasaron por debajo del puente, ya había caído la noche y las luces de la ciudad brillaban por todas partes. La Navidad había acabado y se veían manchas sin nieve. El frío severo mantenía la fealdad congelada como en una fotografía.
    Si te pregunta alguien, dices que el final de enero es la época más jodida del año, pero cuando estás a finales de enero tampoco es que sea peor que otras épocas dijo Ringmar.
    No.
    Eso quiere decir que o se está igual de jodido el año entero o se vive como un rey todo el tiempo dijo Ringmar.
    Sí.
    A mí me gustaría ser rey.
    Tampoco te va tan mal, ¿no?
    Una vez, hace mucho tiempo, creí ser un príncipe heredero, pero resultó falso.
    Winter no dijo nada.
    El príncipe heredero eres tú dijo Ringmar.
    Winter calló.
    ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta y siete? Comisario con treinta y siete, treinta y cinco cuando te nombraron. No me lo puedo creer, joder.
    El bullicio de la ciudad se oía ya con más claridad.
    Está bien, Erik siguió Ringmar; está bien, vale, pero si había llegado a tener alguna esperanza, la he perdido con la breve charla que acaban de darnos en el cursillo.
    ¿Una charla de qué tipo?
    Una charla dirigida a todos aquellos que todavía quieren prosperar.
    Ah sí, claro dijo Winter.
    Te has librado.
    Sí.
    Winter observaba la caravana, abajo, en la carretera. El movimiento de los coches le hizo pensar en una luciérnaga serpenteante y ruidosa.
    Realmente no soy un trepa dijo Ringmar.
    ¿Entonces por qué hablas tanto de eso?
    Estoy asimilando mi decepción. Es normal hacerlo de vez en cuando, incluso para el que está contento con lo poco que le ha correspondido.
    Pero eres comisario, coño.
    Ringmar no contestó.
    Tienes un puesto de gran responsabilidad como representante de los ciudadanos dijo Winter. No eres un rey, pero eres un héroe
continuó, inspirando el aire nocturno por la nariz. El viento le daba en la cara como si fuera sal gorda. El ferry chocó contra el muelle.

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