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El efecto devastador de la melancolía

MANUEL GARCÍA RUBIO

320 págs.

ISBN 84-89618-12-7

2400 pts. 14,42 Eur.

El efecto devastador de la melancolía (00014)


      
PRIMERA JORNADA


       La historia sucede en Madrid hace muchos años. Era un Madrid más pequeño y vacío, no sé si más humano. Recuerdo sus calles sin coches y la sensación de las distancias cortas y los tiempos breves. Recuerdo sus trolebuses. Recuerdo los tímidos escaparates de sus tiendas, la publicidad en pareados, sus domingos de ropa limpia, misa y vermú. Recuerdo las últimas voces de Antonio Machín y de Jorge Sepúlveda, como de gramola, y las primeras televisiones en los bares, y aquellas navidades de tristeza impuesta. Recién entonces, Madrid empezaba a salir de una modorra de décadas. Aún se decretaban los días hábiles para el júbilo y los acontecimientos de orgullo nacional. Pero algo se batía en el ambiente y, conscientemente o no, la gente se desperezaba. Era como si hubiéramos estado viviendo en un hospicio de disciplina castrense y de repente, un buen día, nos despertásemos con las puertas abiertas de par en par y sin noticias de nuestros preceptores. Avanzábamos, pues, con precaución, tanteando el suelo con la punta de los zapatos para no hacer ruido, oteando aquí y allá con ojo avizor, incrédulos, desalentados con la sospecha de que tanta libertad tenía truco.
      Madrid cambiaba de piel.
      A primera hora de la mañana del lunes 2 de junio de 1969, conforme a las instrucciones que llevaba en una carta de la Dirección General, me presenté en la jefatura del distrito Este ante el comisario Gabino Lapetra. Yo vestía un traje gris muy fresco, camisa blanca y corbata azul marino, de seda. Podría pensarse que el conjunto era elegante: eso mismo había vaticinado mi madre cuando lo compró. Sin embargo, los hombros resultaron anchos; las mangas, largas; la pretina del pantalón, holgada. Los ajustes de urgencia acometidos por tata Juana la tarde anterior sólo habían servido para concluir que mi caso no tenía remedio, de modo que se acabó despachándome con tres imperdibles a modo de sisas y una serie de buenos consejos acerca de cómo mantener la espalda erguida y la cabeza bien alta. Así, al menos, adquiriría el aire serio y grave que mi nueva circunstancia requería. Me di por vencido y por convencido. A la postre, lo importante para mí era que iniciaba una nueva vida, dueño ahora de mis destinos, con un sol que anunciaba el verano inminente dándome la bienvenida a un mañana esperanzador.
      Además, iba pertrechado de libretilla y dos bolígrafos para las observaciones de campo que, imaginaba, debería registrar no tardando mucho. Aquél no era, desde luego, el destino más apetitoso para un joven necesitado de retos importantes, pero yo acudía con el propósito de estrenarme como un hombre maduro, resuelto y sin complejos, y estaba dispuesto a no dejarme mancillar y a mostrar desde el primer momento las credenciales que suponía que me adornaban: inteligencia, perspicacia, imaginación y coraje. Añadiría, además, una cierta dosis de temeridad, porque tenía el convencimiento de que, sin ella, las demás virtudes carecerían de ocasiones para el relumbre.
      La comisaría, que daba trabajo a una decena de funcionarios, ocupaba los bajos de un vetusto edificio de la calle San Juan de Avila. Desde esa calle se accedía a un amplio vestíbulo dominado por un mostrador larguísimo, de meseta de granito, sobre el que colgaban unos letreros manuscritos con las leyendas «Pasaportes», «D.N.I.», «Penales» y «Otros». El público sabía arreglárselas. Tras el mostrador se disponían, alineados, seis escritorios metálicos con encimeras de plexiglás; algunos de ellos disponían de máquina de escribir y de archivadores próximos. Además, una centralita telefónica que parecía exhibir con obscenidad todos sus atributos de cordones, clavijas y señales luminosas. Por el fondo, junto al despacho acristalado del comisario muy pronto supe que lo llamaban «la pecera»; en cualquier caso, disponía de cortinillas para su aislamiento, se perdía un pasillo que conducía a los retretes y el sótano. El sótano se comprenderá era una pieza imprescindible en un recinto tan diáfano. Nunca llegué a conocerlo.
      Las paredes habían sido pintadas con un blanco mate, muy sucio. Un calendario del año 1966 y el retrato de Franco, el mismo de los sellos, constituían todo su ornamento. Ni una cortina, ni una planta, ni un jarrón. Sí, en cambio, ceniceros; ceniceros de mesa, ceniceros de pie. La comisaría olía a humo de tabaco, humedad y aburrimiento.
      Nuestra jurisdicción se extendía sobre un área periférica de la capital, residencial y selecta, apenas poblada. Las calles eran tranquilas, demasiado tranquilas. Aburridas. A ningún delincuente de los de hurto famélico para abajo se le habría ocurrido merodear por sus alrededores sabiendo que alguna de sus víctimas podía ser juez, jerarca del Movimiento o, incluso, funcionario de prisiones. Era vox populi entre la delincuencia local que un delito en la zona salía bastante más caro que en Vallecas o en Leganés, por poner dos ejemplos sencillos de entender. Alguna vez se producían incidentes de índole leve un altercado por borrachera con disparo al aire y el ¡a mí la Legión!, una colisión de vehículos con posterior riña tumultuaria pero los asuntos graves, de enjundia, o aquéllos que, aun siendo triviales, afectaban a individuos de cierta condición, solían ser reclamados por los servicios centrales. En estos supuestos no quedaba más opción que la del allanamiento. De modo que el grueso del trabajo de aquellos funcionarios con los que habría de entendérmelas en lo sucesivo era esencial y meramente administrativo. Adiestrados, sin embargo, para empresas de mayor rango, se comprende que su rutinario quehacer estuviera presidido por una mezcla de frustración, desencanto y pereza. Por algo aquella comisaría era más conocida como «El Balneario». Mis compañeros de la academia, por cierto, no dejaron de recordármelo la tarde en que, tras la entrega de las acreditaciones, nos convocamos para una cena conmemorativa un año más tarde. Pero esto no me desanimó. ¡Ya hablaríamos en su momento!
      El comisario Lapetra, por su parte, estaba hecho a las circunstancias y, quizá, modelado por ellas. Se hallaba a punto de jubilarse; no más de dos años para el adiós. Era gordo y desaliñado, y tenía los ojos como somnolientos, probablemente un efecto de sus párpados caídos. Me hizo pasar a su despacho cuando mantenía una bronca telefónica con su mujer. Mientras, jugaba inadvertidamente a la perinola con el tapón de un pequeño envase de plástico. Yo permanecí de pie, inmóvil y cohibido por la invasión de un reducto que aquella desabrida discusión me hacía sentir como irremediablemente ajeno. Intenté aislar mi mente: pura prudencia y educación. Reparé, entonces, en el aspecto físico del comisario. Llevaba la corbata desanudada. Sudaba copiosamente: de su frente manaban varias gotitas, una de las cuales resbaló por su nariz y se detuvo, temblona, en la punta, temerosa de vérselas con el abismo. Lapetra la rescató con un pañuelo arrugado y mugriento que sacó, no sin esfuerzo, del bolso trasero de su pantalón. Por fin, el comisario colgó con un golpe y dos blasfemias, y luego ordenó que me sentara. De repente posó sus ojos en los míos con descaro, como escudriñándome. Sin más me espetó:
      ¿Habrás visto mis gafas?
      Yo sonreí sin poder evitarlo porque vi en esa inocente pregunta una magnífica oportunidad para el lucimiento:
      No, señor. Me imagino que estarán en el servicio, sobre el lavabo, o en alguna repisa que pudiera haber cerca del espejo.
      Lapetra carraspeó, perplejo. Luego se levantó con desconfianza, hizo mutis por el fondo del despacho y, pocos segundos después, regresó con unas bifocales gruesas, de carey oscuro. Volví a ponerme en pie. Él preguntó:
      ¿Cómo lo supiste?
      ¡Me pedía un ejercicio de argumentación! No lo hice esperar:
      Jugaba usted con el tapón de un frasquito de colirio. Lo conozco muy bien. El colirio, quiero decir: es el que usa mi padre. Fue fácil suponer que usted estaba echando unas gotas en los ojos cuando sonó su teléfono. La precipitación hizo que dejara los lentes en el lugar donde se encontraba. Y, de no haber estado usted aquí, en su despacho, ¿dónde, si no en el servicio?
      Lapetra arqueó las cejas. Sonrió con sorna.
      El razonamiento está bien trabado pero has acertado por casualidad dijo restando mérito a mi deducción. Éste no es el tapón del colirio que yo usaba. En realidad, no sé ni qué coño hace encima de esta mesa.
      Y, con una sonrisa maliciosa, sacó de un bolsillo de su pantalón un frasquito de colirio con su tapón perfectamente enroscado. Intuí que había dado un mal paso al exhibir con precipitación el color de mis plumas.
      Lo supe más tarde: el comisario Lapetra era un resentido. Su vida no había resultado sencilla. Hijo de unos modestos campesinos de Aranda de Duero, pudo sacar adelante unos estudios elementales por el empeño de un jefecillo local de Falange, amigo de la familia y, especialmente, de la madre. «Especialmente», subrayó quien me lo contó. Gracias a una beca municipal inició la carrera de ingeniero de caminos, en Madrid, y compartió durante unos pocos meses colegio mayor con los hijos de algunas de las más acaudaladas familias del país. Pero dieron las doce para Cenicienta: su padre falleció prematuramente y Gabino Lapetra tuvo que abandonar sus estudios para hacerse cargo de la miserable hacienda heredada. Luego, la terquedad de una sequía acabó de arruinarlo. El amigo falangista resolvió la precariedad de la situación en la que Lapetra quedara como se resolvían estas cosas en aquellos años de vida en blanco y negro: a falta de un buen estanco, el muchacho sería policía. Así, Gabino Lapetra se hizo con un sueldo que le permitió sostener la vejez de su madre e incluso le alcanzó para casarse y cargar con dos hijos, que le nacieron antes de terminar de hacer los números. Poco a poco, gracias a su tesón y esfuerzo, se labró una carrera policial brillante, de la que él presumía acentuando las dificultades que debió sortear. Mas, con cuarenta años, le convencieron de manera cruel de que su origen y limitaciones le impedirían proseguir con su ascenso en la escala de mando: fue cuando se dejó arrastrar por el lastre del desengaño. Entonces compaginó la comisaría con la llevanza de contabilidades. Con el sobresueldo logró que sus hijos estudiaran carreras universitarias: cuando las concluyeron se fueron del país. Ahora, abandonado sin esperanza en medio de un escalafón inmóvil, sólo aguardaba el momento de su jubilación. Para entretener la espera, el comisario Lapetra se daba a los crucigramas, a los cubalibres, y al escarnio público de su esposa, a cuya falta de espíritu él imputaba la causa de todas sus desgracias y fracasos. Pero no sólo su mujer pagaba el pato de su rencor. También las generaciones jóvenes que, decía, vivían de la sopa boba y, encima, se quejaban del sistema dejando los pelos largos y rugiendo en inglés, eran víctimas de sus ironías e imprecaciones. Y, aunque resultara evidente que ya no simpatizaba con el régimen franquista acaso por despecho, este prejuicio antijuvenil hacía parecer a Gabino Lapetra un carca odioso e irrecuperable.
      De modo que yo, hijo de una acomodada familia, con veintitrés años y la carrera de Derecho concluida, no reunía ninguno de los requisitos que el comisario Lapetra exigía para prestarme gratuitamente su simpatía. Supuse que deseaba dejarlo claro cuando, sin más preámbulos, escupió:
      Bueno, muchacho, te lo diré muy pronto para acabar cuanto antes. Sé que tienes un magnífico expediente como abogado, pero no te hagas ilusiones: aquí te servirá de muy poco. En esta casa tendrás la oportunidad de enterarte rápidamente de lo que es la vida, de lo simple y jodida que es, y aprenderás a encarar los problemas sin necesidad de cascártela con elucubraciones de Agatha Christie. Me imagino que vienes con aspiraciones.
      Carraspeé. Todavía de pie, con la mirada posada en el retrato del general Franco, a las espaldas del comisario, respondí con convencimiento y temor rebosantes:
      Sí, señor. Vengo a servir a mi patria con todos los recursos de que dispongo, y aun con los que pueda desarrollar.
      Fue una respuesta ingenua, adolescente. El comisario Lapetra sonrió. Luego escarbó una oreja con la larguísima uña de su dedo meñique, vestigio inequívoco de su etapa de contable. (Los contables utilizan la uña del dedo meñique, a modo de puntero mínimo, para el seguimiento de las cuentas.)
      Eso está muy bien. Se necesita mucha imaginación e inteligencia para estampar tres sellos en un certificado de penales.
      Luego mudó su rostro divertido por otro seco y adusto:
      Siéntate y mira lo que te digo reinició su discurso y yo, disciplinadamente, me puse a leer en sus labios: conviene que sepas desde ya que en esta puñetera comisaría no ha ocurrido nada interesante desde que el perro del teniente de alcalde se atragantara con un hueso, allá por el año 64. Ignoro cuál es la razón por la que te destinaron aquí, si no es la de que te quieren joder la carrera antes de empezarla...
      En este punto interrumpió su discurso; paseó las palmas de sus manos por el pecho, hurgó en los bolsos de su chaqueta, colgada en el espaldar de la butaca, y en uno de los cajones de su mesa. Continuó:
      ... a no ser que quieran tenerte protegido y a salvo de cualquier peligro. En todo caso, me temo que te han hecho la puñeta.
      El comisario estaba examinándome, no cabía duda. Me atacaba por donde suponía mi flanco más débil: el de la consistencia de mis propósitos. Pero yo me mantuve firme, impertérrito. Respondí con temple castrense:
      Supongo que saben lo que hacen... me miró sorprendido. Es mi obligación suponerlo me expliqué ante la incomodidad que me supuso su extrañeza: yo acato órdenes y no me dejaré arrastrar por el desaliento. Estoy ilusionado con mi destino y espero poder demostrar mi utilidad.
      Confieso que hasta yo mismo me sorprendí del aplomo y mano izquierda con los que salí del trance; aplomo y mano izquierda que eran virtudes que no había podido aprender en ningún sitio, debo recalcar. Pero Lapetra me devolvió la bola con un revés:
      Te diré algo más: el subdirector general se ha interesado personalmente por ti. Veo que tienes buenos padrinos, a los que yo respeto. Pero no te hacía falta tanto despliegue de autoridad. Aquí no comemos a nadie.
      No supe contestar; me conformé, pues, con un sonrojo. El comisario bajó la presión de sus palabras, probablemente arrepentido de la severidad con la que estaba celebrando la ceremonia de mi bienvenida, es un decir.
      Tranquilo, muchacho, no tiene importancia. Yo, en tu lugar, habría hecho lo mismo si hubiera podido. En realidad, yo también me inicié en esto con un enchufe, pero de menor voltaje. ¡Ja, ja, ja!. por fin se había reído, pero cortó muy pronto la carcajada, en seco, y mudó su rostro por otro cargado de ternura y nostalgia. ¡Ah, maldito enchufe! ¡No hay bien que por mal no venga!
      Se le hizo un nudo en la garganta. Tosió. Ahora dejó escapar una sonrisa que encubría un pensamiento tierno. Volvió a echarse las manos al pecho, como buscando algo en los bolsillos de la camisa. Yo miré a mi alrededor y pude ver un puro abandonado sobre uno de los anaqueles de un pequeño armario cargado de legajos amarillentos, archivados en carpetas de cartón. Me levanté, cogí el puro y se lo entregué.
      Las cerillas han de estar en el cajón izquierdo de su mesa me la jugué a todo o nada.
      Lapetra me miró con desconfianza. Tuve que aclarar:
      Es el cajón que usted abrió hace un momento. En él deberían de estar también sus cigarrillos, pero se ha quedado sin ellos.
      El comisario, molesto con mi nuevo alarde deductivo, me puso a prueba:
      Yo no fumo más que habanos.
      Sonreí, un tanto sorprendido por la ingenuidad de aquella inocente trampa.
      ¡Oh, nooo! Eso no es cierto. Un fumador de habanos jamás habría abandonado un Partagás como ése en el estante de un archivador, expuesto a la humedad de los papeles. Además, su despacho olería de otra manera, como a madera seca.
      Conseguí que Lapetra recuperara su enfado.
      Bien, dejémoslo dijo encendiendo el habano con regodeo, tras cinco segundos de incertidumbre;durante las primeras semanas no tendrás una labor propia. Te limitarás a acompañar al inspector Fernando Torrente. Es una buena persona, aunque ahora no esté en su mejor momento. Se le pasará. Con paciencia por parte de ambos os llevaréis bien.
      El aviso me preocupó. Me atreví a preguntar:
      Se le pasará... ¿el qué, señor?
      Ahora, el comisario me miró con ternura.
      Algún día, cuando tengas su edad y la vida te haya enseñado lo suficiente como para saber que el tiempo que habrás perdido hasta entonces ya no tiene remedio, estarás en condiciones de comprenderlo. Mientras tanto, cualquier intento por mi parte de explicártelo sería baldío.
      El colirio, remansado en sus párpados, dio a la respuesta un toque de solemnidad y tristeza que me emocionó. Lapetra siguió:
      ¿Sabes? Yo también llegué al Cuerpo siendo poco más que un adolescente, cargado de ilusiones y de proyectos. Menos preparado que tú, sin duda, pero muy despabilado por la miseria y las dificultades. Estaba convencido de que me comería el mundo. Me sentía sobrado de fuerzas y de energía, y con toda una vida por delante. Y los días tardaban tanto en pasar que daba igual tener que derrocharlos en las cosas que parecían urgentes, a la espera de que llegaran las importantes. Pero un día descubrí que todo había sido un espejismo; que lo urgente pudo haber esperado y que lo importante no llegaría jamás, probablemente porque habría dejado de serlo si hubiera llegado alguna vez. Fue un hallazgo tardío e inútil y, por tanto, odioso. Me hizo sufrir mucho. Hoy sé que también fue inevitable, como las paperas, el acné o el adenoma de próstata. Esta última certeza ayuda bastante a sobrellevar el desconcierto. Pero para llegar hasta ella tiene que pasar mucho más tiempo. Más tiempo, todavía. El bueno de Torrente tardará en verlo de esta forma, de la misma manera que tú eres demasiado joven no ya para entender a Torrente, sino siquiera para adivinar de qué coño te estoy hablando.
      Y dicho esto dio un puñetazo en la mesa.
      ¡Y ya está bien de tocarnos los cojones! ¿Quieres decirme algo especial antes de iniciar el primero del resto de tus días?
      Tragué saliva, un tanto amilanado pero, al mismo tiempo, sorprendido gratamente por la sospecha de que, en el fondo, el comisario Gabino Lapetra era un hombre sentimental al que ganaría para mi causa.
      No, señor. Estoy a sus órdenes.
      A Lapetra se le encendió una sonrisa malévola.
      Bien; en ese caso, vete a un estanco y tráeme un cartón de Celtas sin emboquillar. No acabo de entender por qué les da ahora por esas mariconadas del filtro.
      Y me extendió un billete de cien pesetas. Me puse rígido y acepté el recado marcial y alegremente porque supe ver bajo aquel gesto de apariencia despótica el guiño amistoso de un colega que estaba predispuesto para el aprecio. En ese momento sonó el teléfono.
      Luego te presentaré a tus compañeros, y te daremos tus esposas y el arma. ¡Ja, ja, ja! ¿Podrás con ella? me gritó, cuando yo ya salía por la puerta, mientras tapaba con la mano el auricular del aparato.
      Entré en una cantina próxima a la comisaría. Era un establecimiento pequeño, con dos mesas de formica, mostrador de zinc y paredes celestes, azulejadas hasta el techo y recargadas con carteles de corridas de toros y fotografías del Real Madrid. A esas horas de la mañana permanecía casi vacío. Aun así, la mujer de la barra tardó en despacharme: mantenía una acaramelada plática con un parroquiano de elegancia dudosa que, de vez en cuando, le golpeaba la nariz con un toque de sus dedos suavecito y cariñoso. Todavía tuve que esperar a que la mujer atendiera una llamada telefónica, que resultó ser para su amigo. Sin duda arriesgué un vaticinio, el individuo tenía instalado un destacamento de su trabajo en aquel bar. Por cierto, salió corriendo sin abonar su carajillo y la camarera, una hembra corpulenta y tetuda pero de líneas bien dibujadas, al gusto de Rubens, no sólo no lo increpó sino que se limitó a susurrar con maternal desparpajo:
      ¡Qué jodido!
      Me irritó que no me pidiera disculpas por su tardanza en atenderme pero no tuve arrestos para la queja. Le pedí el cartón de Celtas y la walquiria me miró con recelo.
      Te vas a atragantar me dijo mientras ponía con desgana, sobre el mostrador, la caja de tabaco.
      No es para mí repliqué e, inmediatamente, me llamé a mí mismo imbécil, de repente irritado por la facilidad con la que, todavía, el automatismo ingenuo de la reciente infancia se adueñaba de mis respuestas como un reflejo condicionado: ¡no debí haber dado ninguna explicación!
      De vuelta hacia la comisaría me encontré con Gabino Lapetra, que me hacía señas desde el asiento posterior de un automóvil.
      ¡Venga! ¡Rápido!
      Atropelladamente, confuso, me subí al coche, un Gordini azul oscuro. Creo que pregunté algo a Lapetra, pero no más que con los ojos.
      Has tenido suerte. Va a resultar cierto eso de que los novatos venís con un crimen bajo el brazo. ¡Ja, ja, ja! rió el comisario y, con él, los hombres que lo acompañaban;por cierto, Fernando, aquí tienes a tu pupilo.
      Fernando Fernando Torrente, el inspector era el hombre del bar. Me saludó con pereza y, probablemente, sin reparar en que yo había sido testigo de las carantoñas con las que agasajara a la pechugona. Quizá sí lo advirtiera y no le diera importancia. Por fin me preguntó:
      ¿Cómo te llamas?
      Valentín Caballero, señor respondí raudamente.
      ¡Déjate de señor y de hostias! ¡Aquí todos somos compañeros! replicó el inspector con sequedad.
      Gabino Lapetra intervino:
      Por cierto, Valentín no suena bien, ¿no es cierto? Resulta poco... policial. Te llamaremos Valiente. Valiente Caballero. ¡Ja, ja, ja!

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