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Haz el favor de no llamarme humano

WANG SHUO

320 págs.

Traducción: Gabriel García-Noblejas

ISBN 84-89618-81-X

17,50€.

Haz el favor de no llamarme humano (00014)

 

1


   Señores accionistas, permítanme comenzar recordándoles el orden del día. Punto primero, exposición del estado de la cuestión por parte del camarada director de la Secretaría General, Zhao. Punto segundo, con la intención de disipar ciertas críticas y desconfianzas que han surgido entre los señores accionistas hacia los miembros directivos de la Secretaría General, análisis de esas legítimas preocupaciones y prueba de que la competición en cuestión fue y será real; disponemos de una cinta de vídeo de los Juegos Olímpicos que tendremos el placer de emitir para los señores accionistas en el descanso. Punto tercero, cambio de nombre de la organización pugilística de boxeo libre. Y, cuarto y último, con la finalidad de mejorar en todo lo necesario la operatividad de las organizaciones colaterales con que llevar a buen puerto nuestros proyectos relativos al gran combate, tercera recogida de fondos, así que rogamos nadie abandone la sala hasta haber tratado este último asunto.
    Los asientos de aquel auditorio, con capacidad para más de mil personas, estaban todos vacíos. En el escenario, los miembros de la junta directiva se hallaban sentados codo con codo alrededor de una mesa ovalada. El foco que daba de lleno en la cara del hombre enormemente atractivo que actuaba en calidad de presidente se movió unos centímetros hasta detenerse en el rostro de otro hombre totalmente despeinado, con un cutis suavísimo y unas gafas cuyos cristales emitían unos reflejos que probablemente no permitían a los demás que le vieran bien los ojos mientras hablaba como una auténtica metralleta, vertiginosamente, escupiendo un chorro de palabras por una boca en constante tensión.
    Si me permiten intervino Zhao, el presidente de la Secretaría General del comité chino de competición con el foco dándole en la cara, quisiera ahora exponer el estado de la cuestión en cuatro apartados y comunicarles cuáles han sido los avances logrados por la Secretaría. Tengan la amabilidad de esperar a que dé fin a mi informe para empezar con sus ruegos y preguntas, preguntas que pueden hacerme en persona o por escrito y que responderé sin falta; si no entraran dentro de mis competencias, sería el compañero al cargo quien se ocupara de contestarlas. Bien. En primer lugar, quisiera mostrar públicamente mi más firme confianza en el grupo que forma la Secretaría; es un grupo excelente que ha tenido excelentes resultados. En segundo, quisiera recordarles que este grupo ha estado desempeñando un arduo trabajo y, como muestra de ello, es mi deseo leerles estas cifras que tengo aquí: desde los albores de sus fatigas, ni uno solo de los camaradas de la Secretaría ha podido comer una sola vez con tranquilidad y sobremesa; ni uno solo se ha podido echar una siesta a gusto; entre todos, sumando todas las distancias individuales, han recorrido en sus gestiones el equivalente a ir desde Pekín a San Francisco cruzando el Pacífico en línea recta, han consumido siete mil sopas de sobre con fideos, fumado más de catorce mil cigarrillos y bebido más de cien kilos de té, y las cuentas de todos estos gastos están claras como el agua, que ni un céntimo se nos ha metido a nadie en el bolsillo. Lo tercero que deseaba señalar es que hasta en aquellos casos en que alguno de los camaradas hubiese podido echar una yemita de huevo a la sopa o algo de ginseng al té para tonificarse en las largas noches de cansancio interminable, hasta en esos casos hemos tomado nota de ello, y a la vista de todos está en los libros de cuentas. Correcto. Hummm.
    »Dicho esto, pasemos al último y cuarto apartado referente al estado de la Secretaría. Recordarán que, en la última junta de accionistas, se tomó la resolución de buscar a un especialista en las artes marciales de la secta del Sueño Revelado. Pues bien, nada más acabada aquella junta despachamos en su busca ocho corceles con ocho jinetes hacia todos los puntos cardinales, y los resultados a las diez de la noche de ayer, hora local, eran estos:
    »Que, habiendo regresado siete de esos ocho mensajeros desde los puntos más remotos del mundo, y habiendo atravesado altas cordilleras y surcado turbulentos mares, arribaron todos con las manos vacías. Esto quiere decir que nuestra última esperanza está depositada en el octavo corcel, que aún está por llegar, pero cabe decir que se trata de la más eficiente de nuestros camaradas de la Secretaría, la más capaz, la más aguerrida; «¡Vuelve con él o no vuelvas!», le dije al partir, y bastaría con que la persona que estamos buscando aún tenga los pies sobre la tierra para que Bai la encuentre y nos la traiga. Mi confianza en ella es absoluta. No obstante, si queremos prever con seriedad lo que se nos avecina, deberíamos también considerar la posibilidad de que ese maestro en artes marciales de la secta del Sueño Revelado haya pasado ya a mejor vida. Sería posible, desde luego, porque, a fin de cuentas, la última vez que supimos algo de él, quiero decir, la última noticia que tuvimos de él data de hace noventa años y es una fotografía en la que se le puede ver, bastante bien, junto a otros héroes de la rebelión de los Bóxer camino del paredón.
    Zhao tomó de la mesa un portafolios negro de piel, lo abrió y sacó una fotografía ampliada en blanco y negro en la que se veía a una serie de soldados que, con las espadas desenvainadas al hombro, conducían a unos hombres en fila india camino de la muerte. Una diminuta flecha dibujada en negro señalaba a uno de estos; tenía la coleta sin cortar, larga y enroscada en un cuello grueso y fuerte como el de un buey, y estaba todo él ennegrecido por el sol.
    Esta foto nos la envió nuestro agente en París; es copia de una del Museo del Louvre. Esa flecha señala al que entonces era el maestro máximo en las artes marciales de la secta del Sueño Revelado. Pero desconocemos su nombre, sus apellidos, su lugar de nacimiento, todo.
    Zhao pasó la fotografía al que estaba a su lado y todos los demás se apresuraron a hacer corro para poder ver al hombre de aspecto brutal en ella retratado.
    ¿A que tiene pinta de jifero? preguntó Zhao al que tenía la foto en la mano, el gerente general, uno muy repeinado, con gafas doradas de montura Armani y trajeado a la occidental, al tiempo que se levantaba para retirarse un poco a encenderse un cigarrillo. Pues bien, mucho ojo: las apariencias engañan.
    ¿Y cómo podemos estar seguros de que es de verdad maestro en artes marciales? quiso saber un hombre muy delgado.
    Por cuatro fuentes de información contestó Zhao pausadamente, dejando caer la ceniza del pitillo en el cenicero. Lo primero que hicimos fue indagar en los archivos oficiales de la dinastía Qing, amén de consultar numerosas historias extraoficiales del período que abarca la rebelión de los Bóxer en las ciudades de Pekín y de Tianjin, y en todas ellas encontramos el dato siguiente: que el maestro en artes que buscamos se hallaba bajo el mando del gran revolucionario Cao Futian, y que era alguien con una fuerza sobrehumana, alguien a quien las balas de los enemigos occidentales no lograban siquiera rozar la piel. Sabemos que en Tianjin degolló gran número de extranjeros en el Parque del Bambú Purpúreo y en la iglesia que había en la parte este del barrio de Shiku, y también que, después de haber caído toda la parte que va desde Pekín a Tianjin en manos del enemigo, se le vio en la quinta columna por la villa de Gaojia. Pero aún hay más. Nos consta también que después fue capturado en compañía del Gran Maestro de las Cinco Espadas y fue decapitado en la plaza del mercado. Bien. Hasta aquí la primera fuente de información. Correcto. Ahora viene la segunda. Gracias a esta fotografía pudimos dar con el que está conduciendo a nuestros hermanos al paredón, bueno, no con él exactamente, que se suicidó por miedo durante la Revolución Cultural, sino con sus descendientes; lo importante es que gracias a ellos hemos encontrado el Manual de artes marciales de la secta del Sueño Revelado, lo tenía el señor Gui, un vecino de Tianjin, en su domicilio sito en... en... sí, aquí está, en el número ciento veinticinco de la Avenida de la Muralla, y había llegado a sus manos cuando se dedicaba a detener a los que se habrían sumado a la rebelión de los Bóxer, pero desgraciadamente no sabemos a través de quién lo consiguió, porque seguro que el que se lo dio jamás desveló su nombre al caer en manos enemigas sino que, como todos sus compañeros de armas, se limitó a gritar: «¡De aquí en veinte años nos las volveremos a ver!». Parece que nuestro hombre sólo participó en una matanza contra los Bóxer al verse forzado a vida o muerte por los extranjeros, y que fue justamente durante esa matanza cuando le sacaron la fotografía. Luego tenemos una tercera fuente de información en el autor de esta fotografía, un francés llamado Pierre Fromage al que también hemos podido localizar, o, mejor dicho, en su hijo, actualmente destinado en la embajada de Francia en Pekín, un joven llamado Petit Pierre Fromage. El hijo nos facilitó de mil amores una lista de todos los compañeros de armas de su padre, y he de decir que es un joven que realmente aprecia al pueblo chino con sincera amistad. En fin, así es cómo, tras haber dado muchas vueltas, terminamos en una ciudad del sur de Francia, que se llama Toulouse, con el señor Ladour, que es precisamente ese europeo que sale en la fotografía con uniforme de comandante al final de la fila de los condenados a muerte. Era un alto mando. Hoy día tiene más de cien años, pero está como un roble y recuerda la mayoría de los hitos históricos del siglo XX de China como si hubieran sucedido ayer, y es, por descontado, un sinófilo declarado que admira profundamente a nuestro pueblo. Así que, cuando supo detrás de lo que andábamos, ni que decir tiene que se mostró encantado de explicarnos que ese chino al que señala la flecha de la foto era, en efecto, «aquel hombre extraño capaz de cambiar el curso de las balas por el aire». El señor Ladour se acordaba perfectamente de haber luchado cuerpo a cuerpo con nuestro maestro en artes en una ocasión, de cómo un pelotón entero disparó a nuestro hombre, de cómo hizo este que las balas se volvieran hacia los soldados extranjeros que las acababan de disparar matándolos a todos, y de cómo después nuestro maestro tomó un fusil y disparó al tuntún apuntando al cielo sin haberse imaginado que la bala le iba a dar justamente en la cabeza al caer. Al parecer, fue esa coyuntura la que permitió a los enemigos abalanzarse sobre él cual manada de lobos y ponerle cangas y grilletes.
    ¡Qué mala suerte!
    ¡Vaya faena!
    Y, dicho sea de paso prosiguió el director Zhao cuando los comentarios hubieron cesado, el señor Ladour siente un profundo pesar por todo lo que hizo en sus años mozos y me ha rogado que transmita al pueblo chino sus más sinceras disculpas.
    Yo tenía cuatro preguntas que hacerle al camarada jefe de la Secretaría General intervino un hombre rapado a lo cateto y con pinta de nuevo rico, vamos a ver si me salen. Primera, como parece que no hay rastro del maestro en artes marciales ese, pues ¿para qué vamos a seguir gastando suela y cuartos en ir tras él?, ¿no es mejor dejarlo en paz?, ¿es que no hay nadie en todo el país, en ninguna de las asociaciones de artes marciales que tenemos desde hace dinastías y dinastías, que pueda comparársele? ¿No será que su excelencia tiene algún buen pellizco en el punto de mira a raíz de toda esta búsqueda? La segunda es: como las relaciones entre las potencias extranjeras y China van estupendamente hoy día, sin rastro de los encontronazos del pasado, y pensando en la paz en el mundo, yo pregunto si convendría desenterrar el hacha de guerra, si estamos seguros de que hay que hacerlo. La tercera va por lo de las más de siete mil sopas con fideos de sobre y los cien kilos de té que se han metido entre pecho y espalda los más de diez camaradas de la Secretaría General desde el principio hasta hoy, o sea, ¿no es un despilfarro en toda regla? Desde luego yo no he contratado a nadie para que se llene el buche de comida y de buen té, así que o la cosa cambia o yo no pienso cargar con esas facturas, o tal vez deberíamos reducir el número de adictos al tabaco y de tragaldabas en la Secretaría. Desde luego, lo que es por este camino, nanay. Y la cuarta es que, cuando el viaje a Francia, ¿por qué fue también cierto grupo «en representación» de los accionistas?
    Permítanme responder a las preguntas del señor accionista se apresuró a manifestar con serio rictus Zhao. Lo haré, igualmente, en cuatro estadios. Correcto. En cuanto a la primera cuestión, déjenme manifestar que jamás ha sido nuestro objetivo morir en el intento de dar con el maestro en artes marciales ni jugárnoslo todo a esa carta. En el proceso de búsqueda tuvimos la suerte de establecer una fluida relación con determinadas escuelas de artes marciales, como puedan ser la secta del Gran Cuervo o la del Mono Mágico, de modo que si se da la tesitura de tener que recurrir a ellas o a sus miembros, factible sería sacarles de sus retiros en apartadas montañas y ganarlos para la causa que nos mueve. Por otro lado, en lo tocante a si tengo yo a título privado ciertos emolumentos por percibir, la respuesta es que no, y lo digo bien alto, que mi única preocupación es la de encontrar a un contrincante que nos asegure la victoria sobre el enemigo. El maestro de la secta del Sueño Revelado es sin lugar a dudas la quintaesencia de una larga depuración y perfeccionamiento, que se ha dilatado durante más de mil años, de nuestras mejores técnicas marciales, y si tienen un poco de paciencia lo verán en el vídeo que les hemos preparado. Pero pensemos que, hoy día, nosotros los chinos no somos más que comedores de hierbas con una potencia física que se queda muy por debajo de la de los comedores de carne. Yo mismo vengo de una familia de mandarines que no se ha dedicado a labores manuales en más de diez generaciones, pero, en fin. Bien dijo cambiando de tono, pasemos a la segunda pregunta. Ocurre que con los extranjeros de antes se podía hacer buenas migas, mientras que con los jóvenes de hoy hay que andarse con mucho cuidado porque vienen avasallando. Basta con mirar cómo está el mundo para darse cuenta de lo impensable que sería competir con ellos, de que por mucho que nos empeñemos no nos llevaríamos ni un palmarés. Pero es precisamente ahí donde tenemos que luchar para que nuestros gloriosos antepasados puedan levantar cabeza, mirarnos a los ojos y decirnos: «Estamos orgullosos de vosotros».
    Pues anda que es fácil levantar todo un país, casi nada interrumpió el presidente de la junta, nada más y nada menos que mil millones de chinos. Pero lo que es cierto es que, entre tantos, sin duda uno habrá que...
    ¡Pero si aún no he terminado de hablar! le cortó Zhao lanzándole una mirada como un mandoble a la mandíbula. Luego, de cara a todos, siguió diciendo: Contra viento y marea, por mucho que cueste, vamos a conseguirlo, vamos a encontrar el modo y la persona óptimos para descargar toda esta rabia contenida durante los últimos cien años, porque, de lo contrario, nos la tendremos que seguir tragando. Por eso nada habrá que me detenga. Entregaré mi vida en la batalla si fuera necesario. ¿O es que no habéis oído eso que dicen los extranjeros de que «un chino a solas es todo un dragón, pero en cuanto se juntan varios no llegan ni a corral de gallinas»?
    Ya, pero eso no es más que una exageración como otra cualquiera.
    ¡¿Pero bueno?!, ¡¿es que te interrumpí yo cuando estabas tú hablando antes?!
    Perdona, hombre dijo el presidente de la junta con una media sonrisa en los labios, es que me hierve la sangre con lo que dices. Mira, ya me callo.
    ¿Y a qué conclusiones nos lleva una frase como esa? prosiguió un Zhao con voz cada vez más alta y más alterada, ¿a qué conclusiones? A esta: a que también ellos se dan cuenta de nuestro potencial. ¿Podría juzgarse de imprudencia, entonces, que busquemos a ese individuo?
    Si ya está todo más que entendido terciaron los presentes, así que vamos con la siguiente pregunta.
    Correcto. La siguiente pregunta. Dado lo importante que es este maestro en artes para nosotros, ¿es de verdad tan crucial el que nos hayamos tomado unas cuantas sopas de sobre extra?, ¿qué tiene esto de irregular? Y, por favor, por favor, que nadie me vuelva a hablar de las sopas de sobre, ¡porque me bastaría con decir a qué me estoy dedicando para poder irme de cena, invitado, cada noche, en los mejores...!
    Bueno, bueno le cortó el nuevo rico cateto, siento haber tocado ese tema y retiro lo dicho, así que tómate todas las sopas de sobre que se te antojen mientras estén bien empleadas en algo.
    ¡Pero si es justo lo que yo estoy diciendo! exclamó entre alegre y aliviado Zhao, lo que pasa es que a veces se me va la boca y digo cosas que no quería decir. Bueno, en resumidas cuentas: que no podemos echarnos atrás. ¿Cómo iba yo a permitir que se estruje al pueblo en mi propio provecho?, ¿crees que tendría estómago para aguantarlo?
    Que nos fiamos de ti.
    Todo está muy claro.
    No, no y no. No es eso. Lo que pasa no es más que..., que me entristece oír cosas así, no sé, me apena más allá de lo que nadie se puede imaginar le respondió Zhao al nuevo rico, mirándole con ojos humedecidos tras los cristales de las gafas. ¿Es que acaso os he ignorado cuando hemos tenido éxito en algo? Y encima me dices que cuando el viaje a Francia nadie os avisó para que vinierais. Eso raya la injusticia absoluta. Pero ¿es que fue alguien a Francia? ¡Nadie! ¡Y si alguien me preguntara de qué color es Francia desde el avión le tendría que responder que ignoro si es más marrón que verde, porque nunca la he visto! Lo del viaje no son más que habladurías. Lo que sé de Francia no va más allá de lo que los colegas franceses del subcomité de competición me han contado.
    Ya vale, ya vale. ¿Es que no basta con que haya retirado lo que he dicho? preguntó en tono suave el nuevo rico cateto dándole unas palmaditas amistosas en la espalda a Zhao. Venga, hombre, si nos conocemos desde hace años y sabes que soy incapaz de pensar mal de un hombre como tú, que no soy más que un bruto de pueblo.
    Sí, ya lo sé contestó Zhao devolviéndole las palmaditas    amistosas, no te preocupes tú tampoco, que no es que la tomase contigo, es más bien que me enojo conmigo mismo por haber echado esto a perder.
    Tampoco es para tanto intervino el presidente de la junta. En fin, habiendo todos los presentes expresado sus puntos de vista, creo que procede avanzar en el orden del día, porque aquí va a haber un concierto dentro de un rato y no nos va a dar tiempo a terminar.
    Fue entonces cuando se percataron todos de que, por la parte trasera del escenario, habían estado entrando unos cuantos tramoyistas y músicos que ahora estaban ya sentados afinando los instrumentos mientras los bailarines comenzaban a dar pasos de ballet por el proscenio y unos focos se encendían sobre el telón de fondo para mostrar una verde pradera repleta de corderos blancos que, de pronto, se convirtió en un grupo de torretas junto a una ciudad medieval amurallada. Tanto los bailarines como los de la junta se quedaron parados y se pusieron a mirarlas.
    Por favor, señores dijo el presidente dando unos golpecitos en la mesa, que el tiempo apremia, un poco de concentración, que los interesados en el concierto de después podrán quedarse a verlo si lo desean y aún nos queda un asunto en cartera. Como no nos queda mucho aquí prosiguió alargando la mano abierta en dirección a Zhao, tal vez deberíamos olvidarnos del descanso, así que abriremos la discusión del siguiente punto, que es el cambio de nombre de la Secretaría General, al tiempo que vemos el vídeo.
    Por mí, conforme accedió Zhao.
    A continuación, pidió a dos técnicos del anfiteatro que estaban junto a la entrada al escenario sin mucho que hacer que acercaran el televisor y el vídeo. Zhao esperó a que los operarios trajeran los aparatos, los enchufaran y comprobaran que los cables del vídeo estaban bien puestos, para continuar así:
    Gracias a dos de nuestros antiguos encargados hemos sabido que el nombre que usamos actualmente es proclive a los malentendidos y podría traernos complicaciones, así que se hace imperioso un cambio.
    ¿De qué? exclamó el cateto rico.
    De nada contestó alguien desde atrás.
    Pero ¿qué hay de malo en el de Comité Chino de Competición?        intervino un joven accionista con la típica pinta de joven accionista. Si suena a tope.
    A tope o no prosiguió Zhao, las complicaciones han surgido cuando fuimos a encargar sellos de caucho oficiales: los de las tiendas se negaron a hacérnoslos diciendo que no tienen conocimiento de ningún buró del Gobierno con este nombre, y que hay leyes que les prohíben terminantemente fabricar sellos con estos nombres al primero que se lo pida. No hubo forma humana de convencerlos. Que o se les lleva una aprobación oficial de un superior gubernamental o nada de nada. A raíz de esto, cavilando y cavilando, dimos en pensar que sí, que no les falta su parte de razón, que el nombre suena demasiado oficial y por lo tanto es proclive a causar malentendidos, lo cual no nos conviene en absoluto, porque ante todo debemos evitar cualquier tipo de enfrentamiento. Así que opino que una organización como la nuestra debería tener un nombre más popular. Los camaradas de la Secretaría han estado proponiendo algunos nuevos, pero los hemos ido descartando porque eran inapropiados, me estoy refiriendo a nombres del tipo «Club de los tigres acechantes» o «Salón de los dragones». Cierto es que son nombres majestuosos y biensonantes, pero no dan con el quid del mensaje que queremos transmitir y que, bueno, pues también hacen que se nos tome por una secta taoísta contrarrevolucionaria ilegal. Así que ruego a todos los presentes mediten unos instantes y propongan algún nombre conveniente, que sea elegante sin abandonar lo popular, que lo diga todo sobre nosotros en dos palabras.
    Todos guardaron un silencio ensimismado.
    No hay cosa más jorobada que esto de poner nombres a las cosas, digo yo admitió el cateto enriquecido.
    Se me ocurre medio nombre dijo el empresario.
    Pues adelante con él.
    A ver qué les parece esto: «Comité Nacional para la Movilización...
    ... en pro del Salvamento y el Honor de la Patria» terminó el cateto rico tan orondo.
    Tras unos instantes de seria consideración, Zhao sentenció:
    Imposible, porque, vamos a ver, la gente se preguntaría: si China va bien, y encima cada vez mejor, ¿a qué patria hay que salvar? Daría pie a lecturas esquinadas. Tenemos que tener siempre presente que somos una organización del pueblo para solaz y contento del pueblo, que China va bien, que todos tenemos cubiertas las necesidades básicas y que por eso hay sitio para el ocio. Si no fuera así, ¿te crees tú que ibas a tener capital suficiente para hacer inversiones como ésta?
    ¿Y qué tal «Hacia un nuevo milenio»? preguntó alguien, ¿algo del tipo «Comité Nacional Popular de Movilización hacia el Nuevo Milenio»?
    Tampoco valdría, es demasiado vago, además contestó el presidente de mesa mirando a Zhao, me suena que hay ya un Club Siglo XXI o algo por el estilo.
    Por lo que veo intervino Zhao con una sonrisa extrañamente alegre entre los labios y mirando de frente a todos, nos cuesta mucho encontrar la manera de expresar claramente lo que queremos decir, así que más vale que dejemos ese camino y nos metamos por otro, llamándonos simple y llanamente «Comité Nacional por la Movilización Popular», sin mencionar para nada de qué movilización se trata. Si es un nombre borroso, pues que lo sea. Lo borroso también tiene sus ventajas. Por lo pronto, que nadie acertará a la primera de qué hobby estamos hablando. Y, además, que su significado es tan complejo que abarcaría hasta el infinito, cualquier cosa que quisiéramos meter, lo cual, a su vez, constituye su tercera virtud: que es incluyente y cualquiera podría sumarse a nosotros, sin distinción alguna de clase ni de cuna.
    Y encima crea suspense comentó riendo el presidente de la    junta, la verdad es que me parece muy bueno. Yo estoy de acuerdo con este nombre.
    Uno a uno, los presentes fueron sumando sus aprobaciones y elogios a la idea de Zhao hasta que quedó aprobado por unanimidad el nuevo nombre, «Comité Nacional por la Movilización Popular», y derogado el precedente. Se convino igualmente en que las siglas serían C. N. M. P. y todos empezaron a llamarlo «el Conamop». Se resolvió a continuación que la creación del Conamop exigía la reorganización del organigrama directivo, de suerte que habría un presidente permanente y treinta vocales provisionales, quedando el presidente encargado de la designación de estos treinta vocales y obligado a rendir cuentas ante los accionistas, y resolviéndose que tal cargo sería ocupado por Zhao, nombramiento que fue acogido con efusivos aplausos por todos los presentes.
    Gracias, gracias a todos vocalizó Zhao pausadamente al tiempo que daba golpecitos de inclinación de la cabeza en dirección a los accionistas. Sólo unas palabras antes de ver el vídeo para anunciarles que mis esfuerzos en el nuevo cargo que me otorgan no conocerán la desgana, ni la fatiga, ni el abandono. Y ahora, si les parece, les dejo con las imágenes.
    Zhao cogió un cigarro de su cajetilla y se retiró de la mesa en compañía del presidente de la junta.
    ¿No vas a verlo? le preguntó alguien girando el cuello para hablarle.
    Ya lo he visto. Además, no lo soportaría una segunda vez.
    En la pantalla del televisor que habían dejado los operarios al lado de la mesa ovalada en que se estaba celebrando la junta aparecieron de súbito las imágenes de un rally, luego unos caballos a galope tendido montados por yóqueys con el culo en pompa, luego se cortó la transmisión, hubo un flash y la pantalla se llenó de puntitos blancos hasta que apareció un ring rodeado de un público totalmente enfebrecido, con hombres y mujeres desgañitándose y levantando y bajando los brazos sin parar, lleno hasta la bandera. Por encima de aquel mar de cabezas, en el ring, se veía a un gigantesco peso pesado de piel blanca y tupidísima barba rubia con los brazos extendidos y caminando como un elefante hacia un amarillo flacucho que corría de acá para allá intentando escapar. Muy ágilmente, el amarillo daba vueltas alrededor del blanco fingiendo dar potentes mandobles que se quedaban a medio camino, saltando cual mono de la jungla que chilla para ver si así puede asustar al león que, con majestuoso andar, se le viene encima. El amarillo no cesaba de lanzar mandobles al aire y de dar sorprendentes saltos que le permitían patear el cuello de su contrincante, pero saltos que no producían en este otra reacción que leves desequilibrios momentáneos. En la cámara apareció entonces un primer plano: sobre la tupida barba rubia, el blanco abrió una grandísima sonrisa, miró al amarillo y se relamió. Por muchas patadas con que lograba castigarle el amarillo, por muchas bofetadas que le diera en las mejillas a diestra y siniestra, el gigante no hacía más que tambalearse una centésima de segundo y seguir adelante. Inmutable la sonrisa del blanco, con esos dientes brillándole dentro de una boca como hambrienta. Y justo en el momento en que más puñetazos le estaba atestando el amarillo y más alto estaba gritando el público, todo el mundo enmudeció, enmudeció totalmente, y estalló a continuación el bramido más unánime y más fuerte de todos los que se habían oído hasta entonces al ver cómo caía el amarillo sobre la lona del ring, deslomado allí por la fuerza de un solo gancho del púgil blanco, quien se volvió de cara al público con los brazos en alto en cuanto vio al otro tumbado.
    Enseguida subió otro amarillo al ring, cuya altura y complexión corporal podían compararse con las del blanco, pero tan torpón de movimientos que, en cuanto se lanzó al combate, empezó a caerle una lluvia de puñetazos tan interminable que todos creyeron que el blanco lo iba a dejar tonto de por vida a pesar de que se estuviera protegiendo el rostro con ambas manos. El caso es que, a la mitad del asalto, el amarillo se desplomó en la lona, como una rama gruesa cortada a motosierra.
    El blanco siguió repartiendo mandobles a todos los amarillos que se le iban poniendo por delante, ya fueran grandes ya pequeños, ya fuertes ya delgados. Uno de ellos logró aferrarle por la muñeca e intentó hacerle una llave de judo, pero al no ser capaz de levantarle para voltearle por encima de su hombro de atrás adelante, se vio espachurrado inmisericordemente contra la dura lona por el peso del gigante blanco, quedando allí cual sello de correos.
    Y el púgil blanco volvió a levantar los brazos de cara a un público enloquecido. La pantalla se fue convirtiendo entonces en un círculo cuyo diámetro se fue reduciendo paulatinamente alrededor del gigante hasta que se hizo diminuto, así permaneció unos instantes, la pantalla se puso negra y alguien apagó el televisor.
    ¿Qué? preguntó Zhao a todos con cara compungida y en tono grave, ¿hierve o no hierve la sangre?
    Ya lo creo que hierve respondió uno entristecido.
    Inaguantable dijo uno.
    ¡Qué infamia! dijo el de más allá.
    Pero cómo es posible en los tiempos que corren que abusen aún de los chinos de ese modo exclamó con la cara roja como el hígado crudo el pueblerino enriquecido.
    Todos los que estaban en el escenario, incluidos músicos y tramoyistas, habían hecho corro frente al televisor y sus caras habían ido cambiando de la diversión a la desolación y, de ahí, a la vergüenza más amarga.
    Pues el gordo ese que nos aplasta una y otra vez informó Zhao muy serio forma parte de la troupe del Circo Alvin Keller y con la colaboración de ciertos organismos oficiales le hemos invitado a un viaje de placer por China, con la intención de atraparle en cuanto ponga el pie en este suelo amarillo y darle su merecido. Veremos entonces quién juega con quién a las peleas. Pero para lograr todo esto nos es totalmente indispensable conseguir un maestro en artes marciales, totalmente.
    No hay otra salida agregó el presidente de la junta, ya habéis visto que este gordo no es hueso fácil de roer, así que no nos queda más remedio que asegurar nuestra victoria con un auténtico maestro en artes marciales.
    Entonces, ¿sería él quien se encargase del gordo brutal? interrogó el economista. Quiero decir, ¿ese de la foto?
    Exactamente. Si no, no merecería la pena ni planteárnoslo.
    Yo estoy a favor intervino solemnemente el economista. Con un enemigo de tal calibre no podemos arriesgarnos a darnos de bruces contra un muro, tenemos que jugárnosla sabiendo que todo está de nuestro lado. Tenemos que jugar a diez contra uno y guardándonos siempre un as en la manga para sacarlo cuando más daño le haga que lo saquemos.
    Es exactamente lo que tenemos pensado dijo Zhao, ponerle un señuelo al lobo y apalearlo cuando haya caído en el cepo.
    Pero ¿estáis totalmente seguros de que va a caer en la trampa?        preguntó uno, según mi propia experiencia, engañar a la gente ya no es tan fácil como antaño.
    ¿Y qué motivo podría tener para rechazar la invitación? respondió Zhao, ¿cómo iba a imaginarse él que tan amable deferencia esconde lo que esconde? Sin duda pensará que es un honor para nosotros tenerlo aquí, que le vamos a tratar a cuerpo de rey. Dejad el asunto en mis manos, que no hay por qué preocuparse, salvo... por los fondos.
Con una cálida mirada, Zhao fue recorriendo los rostros de los accionistas presentes al mismo tiempo que todos ellos iban bajando sus ojos al suelo para evitar esa misma mirada.
    No estoy mendigando nada dijo Zhao. Lo único que estoy haciendo es pedir que cada cual reflexione unos instantes sobre esto que voy a decir. La organización de semejante evento, que además comporta la invitación de un extranjero, no es algo que se pueda llevar a cabo escatimando. Además, hay que buscar y seleccionar al maestro chino, los directivos son humanos y tienen que comer y que beber..., en fin, hay toda una serie de gastos inevitables. En las dos recogidas de fondos precedentes logramos reunir más de cuarenta mil yuanes, de los que ya no queda ni rastro. A día de ayer no quedaba ni para la factura de la luz en la oficina.
    No es que nos neguemos intervino el economista, y máxime tratándose de un asunto que revierte en todo el pueblo chino como es este y en el que nadie se arriesgaría a que le tachasen de traidor por no haber colaborado. El meollo está en que, precisamente porque el alcance del asunto abarca a todo el pueblo chino, no somos solamente nosotros los que deberíamos hacer el esfuerzo económico. Poco importaría que nos quedásemos sin blanca los que aquí estamos hoy, lo que importa es si con lo que nosotros podríamos aportar hay suficiente para tal empresa, una empresa que va a absorber capital como agua un perro sediento. Ni aunque nos vendierais asados a la pekinesa ganaríais para ir tirando un par de días.
    A decir verdad abundó el pueblerino enriquecido, a mí es que me importa un pepino soltar un poco más o menos, que si lo pierdo la cosa no pasa de haberlo ganado en balde, ni tampoco me importaría dejaros que traficaseis con mi cuerpo si le pusieran un buen precio, pero eso con una condición: que de verdad cumplierais vuestras promesas.
    De eso puedes estar seguro.
    ¿Seguros de qué, si ni siquiera habéis encontrado al maestro en artes marciales? ¿De qué iba a servir traer al extranjero engañado si no tenemos al maestro? Os lo advierto: no empecéis a tirar piedras contra vuestro propio tejado, porque entonces la cosa se puede poner fea de verdad. Seríais responsables de haber avergonzado ante el mundo entero a más de mil millones de chinos, y eso no es ninguna broma.
    Pues ya que dependemos totalmente de él terció alguien muy en serio, lo mejor sería cerrar el quiosco antes del descalabro. Porque si no lo encontramos, todo va a ser en balde: tiempo, dinero, todo.
    Yo doy fe de que pasado mañana a más tardar lo tenemos aquí        zanjó Zhao. Les aseguro que sus preocupaciones son inmotivadas...
    Entonces vamos a hacerlo así propuso otro: Cuando traigáis al maestro, os entregamos el dinero. Al fin y al cabo estamos hablando de un par de días, así que no veo que sea tan grave la cosa, seguro que podéis comer de vuestro bolsillo hasta esa fecha, ¿verdad?
    Pero ¿cómo es posible que aún no lo hayáis entendido? suspiró Zhao llevándose la palma de la mano contra la frente cansada.
    Un hombre de mediana edad y correctísimos modales se acercó de puntillas al presidente de la junta para susurrarle algo brevemente. El presidente alzó la cabeza cuando hubo terminado de escuchar el recado y anunció:
    Señor director, se nos echa el tiempo encima. El personal del teatro nos apremia, la actuación está a punto de comenzar.
    Si ya está, ya hemos terminado contestó Zhao mirándose el reloj de pulsera, ¿cómo nos hemos podido entretener tanto? En cuanto termine de decir lo que tenía a medias nos vamos. Bien. Pues no veo cómo no lo entienden. Nada más lejos de mi intención que desembolsen ustedes todo el coste de la competición. Mi intención no iba más allá de sugerirles que colaboren en este arranque de motores. Ya ven que no solicitamos por vicio, sino porque tenemos la seguridad de que recuperarán sus inversiones en cuanto despegue el negocio y de que, encima, percibirán sus correspondientes beneficios. Piensen también que a partir de ahora hasta el verano no hay prevista ninguna competición importante de ámbito nacional, así que seguro que lo nuestro va a ser portada en todas partes, vamos a convertirnos en el foco de la atención social. El foco. Y a las entradas y otras pequeñeces no merece la pena ni mencionarlas en comparación con las ganancias que nos van a reportar los anuncios o, sin ir más lejos, las organizaciones que ya están listas para levantar una infraestructura desde la que vender lotería. Todo eso, que, en resumidas cuentas, es la sociedad china entera, va a estar de nuestro lado e invirtiendo en nosotros. Entonces las pequeñas contribuciones que les pedimos hoy volverán quintuplicadas a sus cuentas bancarias y les dejarán estupefactos. Señores, tengan visión de futuro. Y recuerden sólo esto: Quien no se arriesga a nada nada grande cosecha.
    Sonó entonces la primera llamada al público del concierto y unas cuantas personas que entraron al patio de butacas se quedaron mirando intrigadas a los que estaban en el escenario, algunos salieron corriendo a llamar a los del vestíbulo para quejarse de que la función había empezado antes de tiempo y otros se sentaron en la primera butaca libre que vieron.
    Nos tenemos que ir. ¿Alguna sugerencia?
    Que no soltaremos el galgo hasta que no veamos la presa.
    Un poquito para arrancar, sólo un poquito para arrancar motores. Con cien por cabeza nos las arreglamos. Aunque sólo sea para ir tirando.
Uno que entraba en el patio de butacas apresuradamente arrastrado por su novia exclamó en voz demasiado alta:
    ¿Ya te has vuelto a confundir? Yo quería ver ballet, no teatro.


    Entre las bambalinas, Zhao contó los pocos billetes que tenía en la mano al tiempo que maldecía a los accionistas:
    Panda de mezquinos. Nos lo han dado como si dieran limosna a un par de mendigos.
    El problema está en que no hemos planeado bien la junta de hoy    contestó riéndose el que había oficiado de presidente de junta, porque, de haberles puesto el vídeo antes, a todos les habría parecido estupendo soltarnos la pasta después. Además, no se puede ser tan honrado, mira que decirles que aún no habíamos encontrado al maestro en artes marciales...
    ¡Si es que me sacaron de mis casillas! respondió Zhao apresuradamente. Venga, vamos a ver si Bai ya ha vuelto o no. Ahora todo depende de ella.
    Espera, que yo no puedo irme de aquí. Dentro de un rato hago de presentador del concierto. Que falte un trompeta o un bailarín da lo mismo, pero si hay alguien que no puede faltar, ese soy yo.
    Oye, dime un momento dijo Zhao bajando la voz y mirándole a los ojos arteramente, después de pasarte día tras día en este auditorio haciendo de presentador, ¿qué te dan al mes?
    Ya, pero eso no impide que tenga que quedarme, me guste o no. ¿En serio que vas a cruzarte medio Pekín con el calor que hace? Ven a darle un telefonazo, que al fin y al cabo te enteras igual, ¿no?
    Si no es que esté nervioso, es que estamos a un paso de un gran momento.
    Dicho lo cual, fueron ambos hasta una cabina de teléfonos que había en la parte de atrás del edificio.

 

 

Ese movimiento que el chico ya no podía hacer. No recordaba desde cuándo. Ahora el movimiento parecía una sombra.
   El chico comprendió. Trató de caminar hacia la pared de enfrente, pero su intención era tan sólo un rumbo dentro de su cabeza, y cuando levantó la barbilla para ver desde dónde venía aquel sonido...
   Un escalofrío le recorrió la espalda. Desde los hombros hacia abajo sintió un frío intenso, y luego calor; se resbaló y se dio en la cadera al caer. Se deslizaba por el suelo. Nada le mantenía firme el cuerpo.
    Oyó una voz.
    Dentro de mí hay una voz que me está llamando, y soy yo mismo, pensaba. Ya entiendo. Ahora me acerco a rastras hasta la pared, y si lo hago con calma y con cuidado no me va a pasar nada.
    Mamá. ¡Mamá!
    Se oía un zumbido, como cuando se produce una interrupción y no ocurre nada visible. No podía escapar a ese sonido. Sabía lo que era.
    Vete.
    Aléjate de aquí.
    Ya entiendo. Ahora vuelvo a sentir frío y desvío la mirada hacia una pierna, pero no sé cuál. La veo. La luz es intensa aquí dentro. Antes no, pero cuando empezó a hacer frío se encendió la luz, y resulta tan fuerte que ya ha anochecido al otro lado de la ventana.
    Oigo un coche, pero se aleja. Nada se detiene ahí fuera.
    Apártate de mí. ¡Vete!
    Todavía podía cuidar de sí mismo, y si lo dejaban sólo sería capaz de moverse por la habitación y llegar hasta la puerta, por la que había entrado aquel hombre; luego había vuelto a salir a por las cosas, regresó, la cerró y se hizo de noche.
    Seguía oyendo música, aunque puede que viniera de él mismo, de su interior. Habían puesto a Morrissey, y sabía que el título del disco estaba relacionado con la parte de la ciudad de aquel lado del río.
    No se encontraba muy lejos. De eso él sabía mucho. Esa había sido una de las razones.
    Volvió a escuchar la música, aún más alta, y entonces dejó de oír aquel zumbido.
    Quedaba la luz. Probablemente le dolía todo el cuerpo.
    No siento dolor, pensaba. No estoy cansado. Si consigo levantarme, podré irme de aquí. Intento decir algo. Ya ha pasado un rato. Es como cuando estás a punto de dormirte y de repente te estremeces; como descender hasta el pozo profundo de uno mismo y recuperarse, y solamente eso significa algo. Después te quedas atemorizado y resulta difícil volver a dormirse. Cuando estás así, casi no puedes moverte y, en ese preciso instante, lo único que quieres es hacerlo, pero no hay manera.
    Después ya no pudo pensar mucho más. Fue como si hubiesen cortado los cables y conductos que guiaban los pensamientos, y estos se salieran por los cortes, expandiéndose sin control por la cabeza, y luego, casi enseguida, se diluyeran en la sangre.
    Sé que es sangre y que es mía. Ya entiendo. He dejado de sentir frío y quizá ya haya pasado todo. Pienso en lo que me espera.
    Sé que he conseguido incorporarme y que tengo una rodilla levantada y la otra apoyada en el suelo. Fijo la mirada en la luz, y así voy empujando mi cuerpo hacia la pared, hacia las sombras.
    Al hacerlo, algo entra desde un lado y me alejo. A lo mejor lo consigo.
    Intentó llegar a algún sitio donde protegerse con la música sonando cada vez más fuerte. Hubo varios movimientos a su alrededor, en distintas direcciones; se cayó y lo sujetaron, y sintió que lo levantaban y lo llevaban hacia un lado. Vio que el techo y las paredes se le venían encima, y no había manera de distinguir dónde terminaba el uno y dónde empezaban las otras. Después, dejó de oír la música.
    El último hilo que unía sus pensamientos se rompió y fue sustituido por sueños y por algunos recuerdos que se llevó consigo cuando todo acabó y se hizo el silencio. Luego, se oyeron unos pasos que se alejaban de donde él estaba sentado, con su delgado cuerpo apoyado contra una silla.

 

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