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Tentaciones mahometanas | |
STEFAN WEIDNER | | 224 págs.
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| 18,72€ | |  |
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Verano
de 1985: Túnez y Susa
El ejemplar del Corán al que le
había echado el ojo costaba cinco dinares tunecinos. Veinte marcos de entonces,
hablo de mediados de los ochenta, era mucho dinero para él. Una vez comprado
el billete para la travesía en barco a Génova desde La Goulette,
puerto de la capital de Túnez, aún le quedaban sesenta marcos. De
adquirir ese Corán, tendría que defenderse con veinte marcos los
cinco días que faltaban de viaje. En el barco, como la media pensión
de un hotel, ofrecían desayuno y merienda. No necesitaba más. Haría
autoestop de Génova a casa, se ahorraría la manutención en
el barco y, con un poco de suerte, encontraría en el transbordador a alguien
que lo llevara hasta la República Federal, o incluso hasta Colonia. Túnez
no era más caro que Argelia o Marruecos, donde había pasado las
últimas semanas. Una cama en una habitación de hotel compartida
se podía conseguir por dos o tres marcos; una individual con lavabo y ducha
fría en el pasillo, por cinco. Si compraba el Corán, aún
contaría con ocho marcos por día, dos dinares. Hay que admitir que
incluso para su situación era poco; había calculado unos quince
marcos por día contando con todo, incluido el transporte. Echó cuentas:
un té de menta bien dulce costaba al cambio veinte céntimos; un
kilo de naranjas, cincuenta; una torta de pan, diez. Su subsistencia no corría
peligro, ya hacía seis semanas que se alimentaba casi exclusivamente de
eso. A los diecisiete uno se conforma con cualquier cosa, a ese respecto esta
edad es superior a las posteriores. Podía comprarse el Corán, pero
tenía que confiar en que la suerte no lo abandonara, en seguir encontrando
gente con la que compartir habitación y en lograr que lo acercaran hasta
Susa, donde pretendía pasar los días que le restaban en Túnez.
Tras recorrer de cabo a rabo la ciudad de Túnez durante tres días
(había visitado incluso las excavaciones de Cartago), creyó conocerla
lo suficiente. Deseaba marcharse directamente junto al mar, donde van los turistas,
para ir así acercándose gradualmente a su cultura. Una vez resuelta
la cuestión del dinero, a pesar de haberla dejado de manera un tanto optimista
en manos de los giros propicios del destino, no pudo resistirse por más
tiempo a la tentación del Corán. Con ese libro creía adquirir
la suma de todo lo vivido en las últimas seis semanas. Él mismo
se había hecho musulmán; cabía incluso decir que lo era desde
hacía ya algún tiempo, si es que eso fuera posible no estando ni
siquiera seguro de lo que suponía. Al parecer, había llevado a cabo
toda la liturgia necesaria. Compartió habitación con un argelino
que había conocido en el tren de Constantina a Túnez. En esos encuentros,
frecuentes a lo largo del viaje, había tenido una confianza ciega en su
joven aunque, por instinto, misteriosamente certero conocimiento de lo humano,
y, de hecho, no se había llevado ninguna decepción: no le robaron
ni lo importunaron; más bien al contrario, todos se habían sentido
responsables de él y habían cumplido con esa responsabilidad. El
argelino se presentó como un antiguo imán que, según creyó
entender, había sido reemplazado por otro guía espiritual, más
islámico; una historia un tanto oscura. Sea como fuere, el antiguo imán
se dedicaba al pequeño comercio entre Túnez y Ánnaba, y el
joven europeo, ajeno, como es lógico, a las sutilezas de la formación
del musulmán, no sabía si los rituales con los que le había
alentado a cumplir -el recitado de versos del Corán, las abluciones, la
confesión de fe-, y que él había realizado en el fondo por
ciertas ganas de experimentar o por coquetería y sin esfuerzo alguno, hacían
de él un musulmán. Las escasas nociones de árabe que atesoraba,
limitadas al conocimiento de las letras y a las más sencillas reglas gramaticales,
con las que con autosuficiencia solía impresionar a la gente, habían
animado al argelino a intentar convertirlo. Ahora, una vez realizadas las formalidades
que el culto exige, el otro no deseaba echar a perder con más palabrería
su fulgurante éxito, así que lo que venía a decirle era:
"Excelente, ya eres musulmán". Y, sin embargo, el alemán
estaba seguro de que en principio sólo quería demostrarle lo fácil
que es llegar a serlo: haz esto, haz lo otro, repite esto, así, recita
esta sura, musita el credo, eso es, muy bien, igualito, y..., ¡zas!, de
buenas a primeras ya eres musulmán. Cierto que no le importaba en absoluto
ser musulmán -¿por qué no?-, aunque no estaba de más
informarse primero de las consecuencias que semejante conversión implica.
Por otra parte, consideraba necesario que se le diera algún papel de carácter
oficial, una acreditación de su nueva religión, por más que
su compañero de cuarto considerara que en cualquier mezquita su conversión
quedaría demostrada sólo con que repitiera los rituales aprendidos. No
obstante, si no entendió mal, tal y como había sucedido, o al menos
tal y como era posible que hubiera sucedido -y presuntamente así fue-,
si en aquel mismo momento decidía que ese había sido su deseo, sería
musulmán; de lo contrario, la conversión no tendría validez
("Si todo se reduce a querer -se preguntaba-, ¿qué me impide
dejar de hacerlo sin más?"). En consecuencia, de ahí en adelante
tendría que decidir a cada momento cuál era el sentido que quería
darle a su potencial conversión. A esta cuestión, que hacía
aconsejable la compra del Corán sin más demora, había que
añadir que no dejaba de impresionarle el entusiasmo y la exaltación
suscitados por su religión en todos aquellos con los que se encontraba
y que lo recibían con los brazos abiertos. Una religión totalmente
ajena a su cultura y enormemente viva y presente por doquier, y que despertaba
en él una fascinación que iba en aumento conforme iban multiplicándose
las cosas que no entendía. El camino hacia el origen de esa fascinación
no era otro que comprar el Corán. Barruntando una propensión que
nunca más volvería a sentir con esa intensidad, se preparó
para caer entusiasmado, subyugado ante el libro. Hasta ese momento apenas había
leído nada, pero ya se lo imaginaba como una suerte de poesía radical,
una extemporánea y arrebatadora obra de arte total, tanto en lo lingüístico
como en lo ético, siempre edificante para el lector, fuente de inspiración
y de ayuda en todo lo posible e incluso en lo que no lo es tanto. En aquel entonces
no hubiera podido expresar con claridad su imagen del Corán. Se lo imaginaba
de una manera un tanto difusa, como una enorme mano abierta presta a dar todo
lo que hasta entonces había echado en falta, otorgando con ese acto lo
que tan necesario se le antojaba. Su destino quedó sellado cuando topó
con el Corán bilingüe en la librería francesa, puesto allí
como esperándolo. ¿Cómo no iba a comprarlo por caro que fuera?
¿Cómo no? Apenas hubo entrado en la librería para ver si
había alguna traducción al francés del Corán, dio
con esa edición bilingüe francés-árabe. Aunque entonces
su conocimiento del árabe se reducía a unos pocos vocablos, dominaba
la escritura, lo que le permitiría descifrar las palabras y leerlas en
alto para sí. Asimismo, ese Corán incluía ya desde la primera
página innumerables notas, lo cual -al menos eso esperaba- lo hacía
aún más recomendable. Resumiendo: regresó al hotel, volvió
a contar su dinero y decidió que debía comprar ese libro a pesar
de que el precio sobrepasaba con mucho su presupuesto y de que dicha compra suponía
un auténtico sacrificio, lo cual aportaba su grano de arena a que la decisión
resultara tan atractiva. Como el formato del libro era demasiado grande para su
mochila, al día siguiente se plantó en la autovía dirección
a Susa con una bolsa de plástico bajo el brazo y haciendo señas
a la espera de que alguien lo recogiera. En los primeros días la suerte
lo acompañó. Rápidamente lo recogieron en la carretera, y,
en Susa, apenas hubo bajado del coche, conoció a tres chicos ingleses con
los que pudo compartir habitación. Juntos visitaron la ciudad e incluso
le pagaron la entrada del museo y de las catacumbas. Si era cierto lo que el guía
les contó, allí podían verse esparcidos los huesos de los
primeros cristianos africanos, enterrados en esos pasadizos subterráneos
en los siglos ii y iii. Costaba creer que tras tantos siglos no se hubieran pulverizado
en ese ambiente pútrido. Era como si a ellos, precisamente a ellos, por
razones que nadie alcanzaba a entender, se les hubiera negado la entrada al paraíso.
Por este motivo, sus huesos permanecerían allí hasta el fin de los
tiempos mientras que los de los admitidos quedarían reducidos a polvo con
el paso de los años y volverían a integrarse en una nueva y exuberante
vida. Pasados tres días, los ingleses reanudaron su viaje en dirección
a Qairawán y, como no podía pagar el hotel a pesar de su austeridad
y de estar pensado para mochileros de baja estofa, tuvo que buscar un sitio más
barato donde pasar la última noche en Susa antes de coger el tren de vuelta
a Túnez y tomar en La Goulette, a la mañana siguiente, el barco
a Génova. Sofocado por el calor ya picante de las horas próximas
al mediodía recorrió el paseo marítimo, dejó a un
lado los hoteles para turistas y se dirigió al albergue juvenil, situado
en la otra punta de la ciudad. No era un albergue al uso, sino un conjunto de
bungalós. El gerente, que tampoco era un gerente al uso, lo trató
con brusquedad; ni siquiera le interesó ver su carné de alberguista.
Una cama en un bungaló, para cuyo acceso se precisaba una llave, era casi
tan cara como una habitación de hotel. Sabía que bastantes bungalós
estaban vacíos. Era pleno verano, que allí no es precisamente temporada
alta, así que se dispuso a regatear. El tipo se mostró intransigente.
Sin embargo, no quería resignarse tan rápido, sobre todo porque
la descortesía de aquel hombre le resultó flagrante. Y ya que definitivamente
hacía demasiado calor como para volverse andando al pueblo con el equipaje
y sin un destino concreto, se sentó en una de las mesas que habían
sido dispuestas sin orden alguno en una explanada con aspecto de estar totalmente
abandonada y pidió un té. Se quedaría allí hasta pasado
el mediodía a ver qué sucedía. Quizá a la caída
de la tarde el tipo se mostrase más amigable. Depender sólo de esa
hipotética compasión mientras la noche se iba acercando le infundía
no obstante una sensación inconsciente de pánico. En ese estado,
primero sentado en la mesa, luego bajo uno de esos eucaliptos polvorientos y poco
frondosos, a la caza de una exigua sombra, abrió por primera vez su Corán
para sumergirse en una lectura detenida y profunda. Sólo entonces, cuando
no le quedaba más remedio que esperar, encontró tiempo para algo
más que maravillarse con la belleza de los trazos de la escritura árabe.
Hasta ese momento había portado el libro más bien como si de un
talismán se tratara. Al punto que empezaba a leer se decía a sí
mismo: "Este es el Corán, este es el libro, esta es la religión
de la que todos esos árabes amigables que me he encontrado me han hablado
con tanto entusiasmo". En una ocasión había leído
una exposición de la historia contemporánea de Argelia. Aparte de
eso no conocía nada del islam, salvo que su profeta se llama Mahoma. En
la primera página, que inmediatamente le llamó la atención
(a pesar de ser una edición bilingüe, el libro se abría a la
manera árabe, por donde los libros "normales" terminan), podía
leerse: "Avertissement -¿indicación, nota preliminar, advertencia?-.
Este libro es de manera indubitable palabra de Dios y exige de todo hombre de
bien el mayor de los respetos. Nadie debería coger este libro sin haberse
lavado todo el cuerpo con el firme propósito de alcanzar la pureza necesaria
para ser digno de recibir la palabra de Dios". Empezaba con mal pie. ¿Qué
podía hacer? No era sólo que no tuviera con qué lavarse,
sino que no era propio de él, por no decir que le hubiera resultado ridículo,
buscar dónde lavarse por semejante requerimiento. Para los viajeros que
no dispusieran de las comodidades necesarias para lavarse pero que quisieran sin
falta leer el Corán habría que hacer una excepción. Además,
acatar esa advertencia habría sido casi incompatible con el concepto que
de sí mismo tenía, concepto que le había llevado a adentrarse
en lo más profundo del Sahara argelino hasta Tamanraset pese a la prohibición
expresa de sus padres. A pesar de todo, se sentía como pillado in fraganti;
tras leer la advertencia, asomaba en él la vaga impresión de ciertos
remordimientos, y ahí residía algo que ya desde el principio oponía
resistencia a su receptividad, una sensación de tener que pagar un precio
demasiado alto o de no estar aún preparado. Siguió leyendo la
introducción que seguía a la advertencia: "En su infinita misericordia,
Dios nos ha hablado en un claro y perfectamente comprensible árabe".
Tanto mejor, pensó. Con una creciente y contradictoria mezcla de curiosidad
y escepticismo siguió leyendo las palabras del traductor: "Uno de
los prodigios de este libro dictado por un analfabeto conforme a las indicaciones
del arcángel Gabriel y no sometido a ulteriores correcciones consiste en
que, a pesar de la dificultad de los temas que trata, encontramos en él
una excepcional armonía, así como una ausencia total de contradicciones.
Nuestro asombro se ve aumentado por su total concordancia con las verdades descubiertas
por la ciencia moderna". A continuación venían más páginas
acerca de la ordenación y de las distintas variantes del Corán,
así como de la historia de sus traducciones, que se limitó a pasar.
Antes de llegar a la primera sura, volvió otra vez a la advertencia para
releer una frase que le había dejado un imborrable regusto apocalíptico
en perfecta consonancia con sus propios temores, sin duda triviales, ante la idea
de pasar la noche siguiente a la intemperie: "Queremos que esos hombres que,
como el que se ahoga, extraviados y aturdidos, bracean buscando una maroma a la
que asirse, fijen su atención en la mano que Dios tiende a todas sus criaturas
antes de que se acerque la inexorable hora en la que los inicuos estarán
dispuestos a darlo todo para salvarse de su duro aunque justo castigo; pues entonces
no les servirá de nada querer creer después de haber sido siempre
incrédulos". Así estaban las cosas. Pero lo cierto era que
aún no sabía si debía creer o no. El calor del mediodía
había alcanzado su cenit. Hubiera podido quedarse dormido de no ser porque
su curiosidad se había vuelto taladrante. La primera sura que ahora leía
le era conocida. A pesar de que no sabía el significado de muchas palabras,
podía leer en árabe: había estado practicando con el argelino
en el hotel de Túnez. Sonaba realmente bien, aunque no decía nada
demasiado espectacular. "Guíanos por el camino recto". La frase
le agradó, probablemente porque le era familiar y porque también
podría haber estado contenida en una oración cristiana. La siguiente
sentencia lo desconcertó por su clamorosa obviedad: "El camino de
aquellos sobre los que has derramado tus bendiciones, no el de los que han incurrido
en la ira, ni el de los extraviados". Que el camino recto es el que siguen
los que van por él y no el que toman los que van por el camino erróneo,
en lugar tan destacado, cerrando esa primera sura obligatoria en cada oración,
le resultaba una definición terriblemente insustancial y tautológica.
¿Se le escapaba algo o realmente era tan banal como parecía a simple
vista? El comentario aclaratorio, que ocupó la mayor parte de su lectura,
obra, al igual que la introducción, del doctor Salah ed-Din Keshrid, insistía
en que ("todos los exegetas coinciden en ello") con lo de extraviados
(¿no se centraba el discurso más en aquellos que no erraban?) se
aludía a los cristianos y a los judíos. La nota no era de gran ayuda,
pero daba lo mismo: la segunda sura ya había comenzado, y llevaba el asombrosamente
prosaico título de "La vaca". A pesar de sus buenas intenciones,
no podía dejar de encontrar ese título grotesco e inadecuado. "La
vaca". ¿Cómo podía titularse un texto tan insigne y
sagrado "La vaca"? Empezó a imaginarse vacas. Sin duda se trata
de un animal rentable y pacífico. En verdad no había nada que reprocharles
a las vacas. Pero ¿acaso hay algún ser vivo más aburrido
y vulgar? Al pensar en una vaca se la imaginaba pastando en un prado, y aun esa
era una imagen poética en comparación con la explotación
masiva que hoy en día se hace del ganado vacuno. Hasta un cerdo, teniendo
en cuenta la aversión que sienten los musulmanes por este animal, hubiera
tenido mucho más sentido. Al menos cerdo es un insulto bastante apañado,
lo cual no puede decirse de vaca. Para emplearse así, tendría que
ser vaca burra, e incluso esta expresión, aplicable sólo a las mujeres,
es con mucho el insulto más ñoño y pacato de cuantos hay
en alemán. Para colmo estaba el detalle chusco de que la sura se titulaba
en francés "La vache", y que a lo largo del viaje se había
alimentado casi exclusivamente de un queso llamado La Vache Qui Rit -'La vaca
que ríe'-, y que consiguientemente la vaca roja del envoltorio, una linda
ternerita, se había estado riendo en su cara día tras día.
De nuevo se encontraba ante una disyuntiva poco favorable para un novicio: o bien
se tomaba la cuestión de la vaca como un tremendo despropósito,
o bien como una muestra de su nula capacidad de comprensión, lo que en
cualquier caso, habida cuenta de los escasos medios a su alcance, lo obligaba
a admitir la clara imposibilidad de progresar a buen ritmo. Llegado este momento
y tal y como todo estaba discurriendo, había que admitir sin reparo una
cosa: en un sentido estrictamente didáctico, al menos para los bachilleres
alemanes bisoños aunque predispuestos con esmero y candor para la tarea,
el Corán es una obra un tanto desafortunada. A pesar de los pesares
empezó con la segunda sura. "Esta es la escritura exenta de dudas
que guía a los temerosos de Dios que creen en lo oculto". A continuación
venían más versos de ese estilo, lo que le hizo creer que no iba
a poder aguantar por mucho más tiempo. Quizá se debía al
cansancio, o a su torpe francés, o a los extensos comentarios; sobraban
las razones para estar decepcionado. Quería que esos versos lo guiaran
por el camino recto, pero daba la sensación de que esa posibilidad no estaba
a su alcance. El libro iba más bien dirigido a quienes ya lo conocían.
Los que aún no lo habían encontrado eran maldecidos, pero no se
les mostraba cómo dar con él. Tampoco se daba indicación
alguna de qué definía a aquellos que andaban por el buen camino,
salvo el hecho de que se encontraban en él. Judíos y cristianos,
según rezaba el comentario, que no el texto mismo, no lograban encontrarlo,
lo cual tampoco servía de gran ayuda a quien quisiera saber qué
es lo que distingue al creyente. Era como si entre creer y no creer no hubiera
una tercera posibilidad que recogiera la situación en la que él
se encontraba. De la mano tendida de Dios prometida en la adevertencia no había
ni rastro. No había indicador hacia el camino recto. Era preciso saltar
a él como desde la nada sin siquiera saber hacia dónde. No había
ni labor de convencimiento ni arte de la persuasión, o al menos él
no los había percibido. Tan sólo se lanzaba una amenaza: si no crees,
estás perdido. ¿Dónde estaba "el Compasivo, el Misericordioso"
al que constantemente se aludía? Ese Alá era más bien un
fanfarrón que sin dar razones exigía obediencia asegurando conocer
el camino a seguir. Estas fueron las conclusiones que extrajo de los seis primeros
versos de la segunda sura. El calor, el cansancio, la perspectiva de pasar
la noche a la intemperie y la impenetrabilidad de ese Corán, que en vez
de reconfortarlo alimentaba su desamparo, hicieron que lo invadiera cierta sensación
de tristeza; su desánimo no había sido tal ni siquiera en Tamanraset,
cuando le dijeron que su vuelo a Argelia había sido cancelado y que tenía
que tomar un autobús y recorrer tres mil kilómetros en dirección
norte atravesando el desierto. En ese instante, cerca ya de las dos y media, se
vio rodeado por un silencio absoluto. Daba la impresión de que ya no iban
a pasar más coches por la carretera que tenía enfrente. Emprendió
un último intento de acceder al libro releyendo a conciencia el comentario
a los pocos versos que había leído, y como se dejaba leer con mucha
más facilidad que el texto mismo, continuó con este apoyándose
sólo ocasionalmente en los versos siguientes. Comprobó que para
comprender los comentarios no era preciso conocer previamente el Corán,
y además le prestaban un servicio que esos extraños versos no habían
querido proporcionarle: llevarlo de la mano. Y algo mucho más importante:
le indicaban un camino ofreciéndole la oportunidad de adoptar una posición,
de decir sí o no. "El diablo nunca hace el mal en nombre del mal
-decía la nota aclaratoria al verso undécimo de la segunda sura-,
pues de ese modo nadie lo seguiría. Suele hacerse pasar por un honrado
reformador, aunque aquellos que sigan sus pasos serán conducidos a la condenación
eterna". Tampoco aquí quedaba claro a quién se hacía
referencia, ni se ofrecía criterio alguno para distinguir el bien del mal.
No obstante, de momento no tenía demasiada importancia. Para admitir las
afirmaciones ahí contenidas, bastaba con que aceptara que hay algo así
como un diablo y una condenación eterna. A pesar de que como cualquier
joven de diecisiete años creía distinguir con claridad meridiana
el bien del mal (más adelante ya no lo tendría tan claro) y de estar
convencido de que los buenos estaban abocados a pensar como él, no dejaba
de encontrar un tanto exagerada toda esa palabrería sobre el demonio y
la condenación. Además, no estaba seguro de si había que
tomársela en sentido metafórico o estrictamente literal. De ser
así, no pasaría de ser mera superstición. Había que
añadir que según su anterior imagen del mundo, esa que ahora se
cuestionaba, un reformador -¡y esto lo decía en calidad de católico
de nacimiento!- siempre era alguien bienintencionado llamado a desarrollar y perfeccionar
unas determinadas ideas, justo al contrario que en el texto: "Para preservarnos
de los embaucadores, Dios nos ha enseñado a los hombres que Mahoma es el
último de sus profetas y que su legado es el único válido".
Estaba dispuesto a admitir que Mahoma fuese el último profeta, pero la
equiparación de los reformadores a los falsos profetas no le resultaba
tan evidente, pues ¿qué reformador se ha arrogado la autoridad de
un profeta? Por otra parte, que las leyes de Mahoma fueran las únicas válidas
implicaba que no estaba prevista mejora alguna, y este, aun incluso admitiendo
la superioridad o excelencia de dichas leyes, era un pensamiento profundamente
ajeno y contrario a su mentalidad. En aquel entonces apenas hubiera podido expresar
con claridad estas reflexiones, y tampoco tenía una necesidad imperiosa
de hacerlo, pero indudablemente era esta cuestión la que estaba en el fondo
de su ira, decepción e insatisfacción crecientes. Continuó
leyendo una página más, aún tenía ganas de un último
comentario. Contaba con encontrarse con una explicación acerca de la existencia
real de Adán y Eva, así como con una aclaración de que las
estrellas no son estrellas, sino faroles colgados del cielo, tal y como le habían
explicado amparándose en el Corán dos profesores de primaria en
Marruecos, en las vacaciones de Semana Santa de ese mismo año, hacía
unos cuatro meses, en una zona rural alejada de la civilización donde pasó
unos días. Discutían acaloradamente, alzaban todo el tiempo las
manos señalando ese cielo tumultuoso y repleto de estrellas como si se
pudiera determinar a simple vista qué eran en realidad esos puntos luminosos.
Y el resultado fue que finalmente todos quedaron sumidos en el desconcierto. Los
dos profesores, porque su cosmología coránica quedaba radicalmente
puesta en entredicho por la ciencia occidental, ciencia que ellos mismos no dejaban
de apreciar. No porque pasaran a creer desde ese mismo instante que las estrellas
eran bolas de fuego cargadas de energía, como el jovencito alemán
pretendía hacerles entender, sino porque algo no acababa de funcionar bien
en este mundo cuando había dos opiniones tan encontradas, ambas respaldadas
por una autoridad reconocida y digna de crédito, sobre la misma cuestión;
cuanto más cuando es una opinión extendida que el Corán está
en "total concordancia con las verdades descubiertas por la ciencia moderna". Su
imagen del mundo se había resquebrajado, al igual que la del joven alemán,
quien jamás hubiera pensado que a estas alturas, a finales del siglo xx,
había personas, profesores para más señas, que mantenían
que las estrellas eran faroles que Dios había colgado en el cielo, y todo
por tomarse al pie de la letra lo que dice un antiguo libro de religión.
Pero quizá esto no fuera lo más grave. Bien mirado, bien pensado,
no podía negarse que incluso hoy en día, en plena modernidad, existía
la ignorancia. Lo grave, lo trágico, lo que le desesperaba y evidenciaba
su impotencia, era la imposibilidad de demostrar a esos dos pobres maestros las
verdades que él conocía. Tenía plena conciencia de que lo
que decía era cierto (es decir, hasta el punto en que pueden llegar a ser
ciertas las simples descripciones verbales de complicados fenómenos físicos;
aunque, bien mirado, ¿era realmente cierto? ¿Tan diferente era la
explicación coránica aducida por los profesores de la suya? ¿No
eran equivalentes, no estaban acaso al mismo nivel de no ser porque la coránica
era más hermosa, poética y humana, mientras que la suya era más
prosaica aunque igualmente imprecisa si se la consideraba con un rasero auténticamente
científico?), pero no era capaz de demostrarlo, ni lo habría sido
en ningún otro momento, pues para ello todos, tanto él como los
dos profesores, habrían tenido que estudiar astrofísica, y posiblemente
ni aun así habrían podido comprenderlo, por lo que en cualquier
caso habrían tenido que conformarse con una verdad a medias pobremente
demostrada. En pocas palabras, el bachiller alemán, tan consciente de su
condición de ilustrado, no era capaz de demostrar sus opiniones, que para
esos maestros, en ese preciso instante, en Marruecos, sin agua corriente, sin
teléfono (ni siquiera cabía la posibilidad de recurrir a un teléfono
móvil, corría el año 1985), no eran más válidas
ni más científicas que las del Corán; y esa, a su modo de
ver, incapacidad de la ciencia actual para imponerse a un falso conocimiento antiguo
y mítico suponía un duro golpe para su joven visión del mundo.
Igualmente doloroso resultaba llegar a comprender que, bien mirado, ciñéndose
estrictamente a lo que tenían a la vista durante esa acalorada discusión,
a lo que en ese momento constituía indiscutiblemente la realidad, la experiencia
inmediata de lo real era mucho más parecida a un número incontable
de faroles colgados en lo alto del cielo que a las bolas de fuego resplandecientes
que la ciencia postula, las cuales parecían, más bien, sacadas de
una historia de terror (creían que la llegada del hombre a la Luna, uno
de sus más sólidos argumentos, no era más que un montaje
hollywoodiense, e incluso se habían llegado a burlar de que se tomara en
serio semejantes cuentos de hadas: "Por Alá, ¿qué ha
sido de tu espíritu crítico?"). El comentario que estaba
leyendo en su Corán, cuatro meses después, en Túnez, ya entradas
las vacaciones de verano, le trajo nuevamente a la memoria la conversación
con los dos maestros. Explicaba la parábola del verso decimoséptimo
de la segunda sura, que reza: "Los incrédulos son como alguien que
enciende una hoguera. En cuanto esta ilumina lo que los rodea, Alá les
roba el fuego y los deja en tinieblas: no pueden ver". En algunas ocasiones,
venía a decir el comentario, los ingratos y negadores de los incontables
prodigios del Creador toman el camino de la ciencia. Si bien, en cuanto adquieren
algún tipo de conocimiento, su conciencia interior se desvanece ante el
superficial esplendor de esa ciencia y caen en el más profundo de los extravíos.
"¿Debemos pues tomar como ejemplo de ilustración a los vecinos
pueblos ateos, que imaginan haber llegado al culmen de la ciencia y de la técnica
cuando en realidad ni siquiera han alcanzado por un instante la felicidad y la
paz de espíritu que hasta las bestias conocen?". Cayó dormido
de pronto sin llegar a discernir si hubo una última palabra que lo indujo
al sueño o si este llegó de manos del mismísimo arcángel
san Gabriel. Pudo dormir un rato largo apoyado en ese árbol hasta que un
ruidoso grupo de jóvenes tunecinos de su edad o un poco menores puso una
grabación de la primera llamada del muecín al rezo del mediodía
que lo trajo de nuevo al presente. Para no llamar la atención y despertar
los recelos del gerente, decidió abandonar ese lugar y volver luego, con
la esperanza de que por la tarde se quedara algún bungaló abierto
donde meterse o bien donde poder birlar un colchón para pasar la noche
al aire libre en mejores condiciones. Sin que nadie lo viera, dejó su pequeña
mochila azul en un hueco entre dos bungalós donde un arbusto reseco pero
tupido la protegía de las miradas. Para explorar la playa y los hoteles
de turistas que estaban al norte de la ciudad, echó mano solamente del
dinero, el pasaporte, la Minox y el Corán. Quizá allí, en
una duna o en una tumbona, cupiera la posibilidad de pernoctar de una manera menos
inusual que la que deparaba la explanada del albergue. La playa no estaba llena.
El calor del mediodía había echado a los turistas y sólo
unos pocos habían vuelto al caer la tarde. Pasó lentamente junto
a ellos, casi como un cuerpo extraño, desaliñado, con la camiseta
polvorienta y con una mancha en forma de cruz que sin que se percatara le había
dejado impresa la corteza grisácea del eucalipto. Allí donde divisaba
mujeres jóvenes, solas o de dos en dos, podía también distinguir
a grupos de tunecinos a una distancia prudencial de veinte o treinta metros que
les proporcionaba buenas vistas a la par que los protegía eventualmente
de un contacto directo. Al acercarse al blanco de sus miradas, proferían
palabras de ánimo y comentarios alusivos, lo cual para su satisfacción
le hizo notar que lo consideraban más próximo a ellos que a los
turistas. Ante sí tenía una superficie interminable cubierta de
arena de playa que se extendía sin una delimitación visible junto
a los edificios principales de los distintos hoteles y bungalós anexos.
Si alguno captaba su interés, no tenía más que girarse para
topar con las terrazas de hormigón, las piscinas y las chozas que servían
de chiringuitos. Los huéspedes empezaban a cenar. Entre los pocos que estaban
fuera llamaba la atención menos de lo que se había temido. Pasaba
por miembro de una de esas familias ya no tan jóvenes con las que se había
encontrado en la ciudad, padres de la edad de sus padres y jóvenes de su
edad pero con una sensibilidad muy distinta de la suya. Como tenía hambre
y en ese momento, mientras el ocaso se cernía sobre el mar, se servía
el bufé en el hotel y los primeros comensales hacían cola con sus
platos, resolvió sacar partido de su estatus indeterminado entre vagabundo
e hijo y, tal cual iba, con el Corán metido en la bolsa de plástico,
como si acabara de llegar de bañarse, se dispuso a entrar en el comedor
para servirse. Nadie reparó en él, así que, plato en mano,
se puso a la cola y dejó que le sirvieran: pescado, un poco más
de pescado, una ración de cordero, salsa, arroz -ya no cabía nada
más- y, coronando el plato, un puñado de ensalada; bien, y ahora,
¿qué hacer con la comida? Indeciso miró a su alrededor. Los
demás se sentaban, por detrás venían otros; si seguía
allí titubeando llamaría la atención, pero si se sentaba
le preguntarían el número de habitación y qué deseaba
beber para luego traerle la cuenta, tal y como había visto que les sucedía
a los que ya se habían sentado. Se dirigió a la salida y preguntó
en francés al camarero que daba la bienvenida a los clientes si podía
comer fuera hasta que vinieran sus padres, había estado todo el tiempo
en la playa y tenía hambre, sus padres estaban al caer. Con un gesto de
indiferencia lo dejó salir. Ya fuera del comedor no permaneció por
más tiempo en el recinto, se sentó en la primera duna que encontró,
no visible desde el hotel pero con el comedor a la vista, y se puso a comer. Comer
mucho hizo que retornara la pereza, y también cierto estado contemplativo.
El viaje llegaba a su fin. Prefería reflexionar y echar la vista atrás
a descubrir algo totalmente nuevo, y así permaneció, sentado donde
estaba, unas veces fijando la mirada en el mar, cada vez más oscuro, y
otras, en el festivo y luminoso comedor, donde reinaba un constante ir y venir,
un ajetreo incomprensible. Aún había suficiente luz como para leer.
Sacó el Corán de la bolsa de plástico, se dispuso a abrirlo,
vaciló por un momento, dejó el libro en la arena sobre la bolsa
y caminó por la playa hasta el mar, donde se lavó las manos con
esa agua tibia y salada. Satisfecho con sus manos limpias y secas casi al instante
por el viento volvió a recostarse en su duna, y entonces tuvo la ocurrencia
de abrir el Corán a la alemana, es decir, empezando por el final. Le pareció
muy acertado que en la introducción ya le hubieran advertido de que las
primeras suras eran las que se encontraban al final, que las últimas eran,
por decirlo así, las primeras. Pasó por alto el índice y
el registro y se detuvo en la bibliografía. Sin asombro (pues no sabría
lo que es una bibliografía en condiciones hasta algo más tarde)
comprobó que estaba compuesta apenas por una docena de títulos sin
que se especificaran lugar ni fecha de publicación. Sólo figuraba
el nombre del autor en mayúsculas seguido de un comentario del tipo "Commentaire
du Coran". Únicamente un par de títulos se salían de
este esquema: una obra de título ambiguo, Dans les ombrages du Coran, 'En
las sombras del Corán', de un tal Sayid Qotb, y otra de Muhammad Abu-z-Zahra,
hermosamente titulada Le plus grand miracle, 'El gran milagro'. A continuación
venía la última sura, ¿o era la primera?, titulada "Les
humains", 'Los hombres'. La tradujo para sí como sigue: "Di:
"Me refugio en el Señor de los hombres, el Soberano de los hombres,
el Dios de los hombres, de ese que insinúa los malos pensamientos que habitan
en el corazón de los hombres, sea genio o sea hombre"". La sura
era tan corta que podía leerse en árabe, lo que intentó a
continuación: Qul: Aúdu bi-rabbi-n-nas, málik an-nasi, ilahi-n-nasi,
min sharri-l-wiswasi-sh-shanasi-l-ladi yuwaswiu fi suduri-n-nasi, min al-yintari
wa-n-nasi1. La encontraba hermosa, a pesar de que no hubiera podido decir por
qué. Ya estaba demasiado oscuro como para seguir leyendo. Tan sólo
la luz de la luna, la asombrosa claridad de una delgada media luna, le permitió
seguir descifrando la escritura arábiga.
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