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Cuentos
de X, Y y Z | F. M. | 128
págs. | ISBN 84-89618-13-5 | 1475
pts. 8,86 Eur. | |  |
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| IMPERFECCIONES
DEL ENCAJE |
Lo
único imperfecto en la vida de Y parece ser ese descosido en el escote.
Es mínimo, sólo un finísimo hilo que reposa sobre su pecho
lo delata. En cuanto a X, como la seda,
dice Y mientras comparte sofá con Z y hace tintinear los hielos en su copa.
Además, la casa es una preciosidad, y aquí Y realiza un garboso
círculo con la mano libre; los niños crecen como rosas y, encima,
son requetelistos. Para qué enumerar el resto, continúa Y: la chimenea
y el coche nuevo funcionan de maravilla y, dentro de nada, quedará instalada
la depuradora en la piscina del jardín. Es
curioso que sólo un hilo, un minúsculo descosido en el escote de
Y, sea el responsable de que la escena se desdibuje. Un hilo es el que hace que,
ahora, la casa sea pequeña y de tuberías oxidadas, por supuesto
sin piscina y, en ocasiones, ni siquiera agua corriente. Un hilo es el que hace
que los niños se queden con X, que los lleve de compras en el coche, que
nade con ellos en la piscina recién inaugurada, mientras les repite que
olviden a Y, esa ramera. Un hilo es el que hace que Y vuele cada noche en brazos
de Z con el deseo abrochado en la boca, recordando cómo la mano de Z se
acercaba a su escote al tiempo que pretextaba hilos, descosidos, imperfecciones
del encaje.
A Paloma Aunque
sea sólo por esta vez, piensa Z, voy a desbaratar la rutina, escaparé
de mis hábitos convencionales, aburridos, predecibles, sistematizados por
un temor social y congénito que me impone normas invisibles e idiotas.
En torno a esto discurre Z delante del
espejo mientras se ajusta la peluca platino. Los pantalones, de un amarillo plastificado
que fulge y que reluce, le quedan prietos. La camiseta lleva serigrafiado un mensaje
de grandes caracteres: Sé tú mismo. Con
un ágil movimiento de los brazos Z se enfunda la cazadora que ha comprado
para la ocasión. Cosidos al tejido gualdo hay cientos, miles de espejos
minúsculos que reflejan un mosaico cambiante del cuarto de baño
en el que se encuentra. Z se calza con diez centímetros de plataforma amarilla
y ríe para sí. Esta vez va a mandar a paseo a la mujer y a los niños,
las conversaciones sobre fútbol, las aburridas partidas de mus con los
compañeros de trabajo. Ya sólo restan los últimos detalles.
Se enmascara detrás de las gafas de espejo, se coloca la nariz de payaso
teñida de amarillo y coge la flor: un girasol de enormes dimensiones. Ya
está pertrechado para salir de nuevo al museo. Hoy domingo el Prado está
atestado de gente. Un rumor recorre las
salas en las que entra Z. La perplejidad de los vigilantes le hace sonreír,
los comentarios cuchicheados, mira ése, mira ése, lo estimulan y
alimentan su dicha. Ha dejado de ser ese hombre gris, encorbatado e invisible,
que vacía su vida junto a X e Y, un par de amigos cenicientos, tan aburridos
como él, con los que sólo habla de tasas escolares y letras del
banco. A pesar del maquillaje se percibe
el estupor de Z. Se ha quedado petrificado en la sala de las Meninas, el girasol
se le ha caído al suelo cuando han entrado, al mismo tiempo que él,
otras dos figuras amarillas en la sala: las mismas pelucas rubias, las narices
de payaso, los zapatos de plataforma, el girasol gigante. Debajo de esas dos impensables
figuras que han irrumpido al mismo tiempo que Z en la sala, X e Y se asombran
a su vez, desolados. X
tiene una cortadora de césped último modelo: tres velocidades, chasis
aerodinámico, cuchillas de doble hoja, barra de seguridad antirrobo. La
máquina es la envidia de su vecino Z. Mejor dicho, es la envidia de la
esposa de Z, que constantemente saca el tema en el desayuno y en la cena, en la
cama y en la mesa. Llega el día
en que Z compra una moto de gran cilindrada y la cuestión de la cortadora
se olvida como un chiste malo. La esposa de Z se ríe pensando en cómo
la esposa de X corta el césped mientras ella pasa cerca del jardín
a doscientos por hora. Los papeles se invierten. Mutatis mutandis es ahora la
esposa de X la que arremete contra su marido, se muerde las uñas y habla
de motos como una profesional: se sabe las cilindradas y los precios, los colores
de los cascos y sus marcas, despliega por la mesa del salón múltiples
catálogos. Cuando X llega con el
coche deportivo, a la mujer de Z se la llevan los demonios. Su marido se echa
a temblar. Son muchas las discusiones y los portazos, tendrá que pedir
un crédito para aplacar la tormenta. Al
final, tanto X como Z están hipotecados hasta las uñas. Eso no impide
que, mar adentro, sus respectivas esposas exijan el helicóptero o el jet
o el cohete, porque ni la lancha fuera borda de una ni el yate de la otra parecen
dejarlas satisfechas.
X es un ladrón contumaz, un impenitente
cleptómano, un desfalcador sin remedio. Como le resulta impensable conseguir
un empleo honrado, se las agencia como ratero en la estación de autobuses.
Y llega a la estación de autobuses
para viajar hacia el norte. X pasa cerca de ella y le roba la maleta. Al llegar
a la pensión en la que duerme, X inspecciona el contenido y encuentra,
entre champús y otros enseres sin importancia, un paquete de cartas firmadas
por un tal Z que, por lo visto, es dueño de una editorial en el norte.
Las cartas son extraordinarias: brillantes y apasionadas al mismo tiempo, con
un estilo desenfadado pero preciso, con un sentido del humor exquisito. X no puede
sobreponerse a la tentación de viajar al norte, a la dirección de
los remites, en busca de Z. Al día
siguiente, sin revelar los motivos ocultos de tal suceso, X conoce a Z y a Y.
Esta última ha llegado al norte sin maleta, alguien se la ha robado. Z
bromea sobre el asunto de tal modo, de forma tan fina y deliciosa, que los tres
se olvidan de ello. Al cabo del tiempo
X decide que la amistad de Z es un lujo, que cuánta maravilla hay en cada
palabra que dice, en cada línea que escribe. Incluso así, todo eso
es incomparable con Y, la mujer más estupenda de la tierra toda. Así
que X, que, no lo olvidemos, es un ladrón contumaz, le roba el estilo a
Z para enamorar a Y. X escribe a Y unas cartas casi mejores que las de Z. Son
tan magníficas que Y no tiene más remedio que enseñárselas
a Z que, como ya se dijo, es dueño de una editorial en el norte. Z piensa
que X es un escritor sobresaliente y le propone publicar un libro. Unos
años después X tiene un estilo inmejorable, varios libros publicados,
una editorial en el norte, una mujer llamada Y y una maleta, con la que hace frecuentes
viajes norte-sur, en avión; no vuelve a pisar una estación de autobuses.
Un
minuto antes de hacer el amor con Y, X habría estado dispuesto a hacer
prácticamente cualquier cosa: se habría arrastrado por el suelo
si ella lo hubiera pedido, habría hecho el pino en cueros, habría
salido en ropa interior al balcón (y sólo hay un miserable grado
en los termómetros, es invierno ahí afuera). Es más, un minuto
antes de hacer el amor, X habría sido capaz de ir a por flores (incluidas
las que crecen en mitad de la nieve), habría encargado cualquier vino que
ella hubiera elegido, habría cogido el coche hasta un bar abierto para
conseguir condones en la máquina del cuarto de baño, habría
recitado poemas de amor y habría cantado rancheras, habría reído
chistes malos y los habría hecho aún peores, habría pagado
copas y las habría bebido en los zapatos de ella. Nada
de eso ha hecho falta. Y es una mujer decidida, cuando quiere acostarse con alguien
va al grano. Ahora, un minuto después
de hacer el amor, Y le pide a X que le acerque la cajetilla del tabaco. X gruñe
que no, que si quiere fumar que la coja ella.
A María Ipiña Detrás
del escritorio el inspector analiza el jeroglífico de testimonios, las
notas apresuradas, las últimas declaraciones. Se abre la puerta y un funcionario
permite pasar a X que, inquieto, se acerca a la mesa y, sin mediar pregunta alguna,
suelta a bocajarro que él es un ciudadano modelo, que estaba allí,
que lo vio todo y está dispuesto a demostrarlo a cualquier precio. Un
rato después queda claro que el monje era el autor del robo del triciclo
y además, para tal fin, había soltado la iguana en la calzada. El
reptil había llamado la atención de los transeúntes y, mientras
éstos discutían sobre la procedencia y el nombre de tan extraño
animal, el monje sacó el berbiquí que ocultaba bajo el hábito
y saltó el candado que ataba el triciclo. Un instante después el
monje se daba a la fuga por una cuesta empinada y el niño lloraba a mares.
Nadie le hizo caso. El inspector, a la
vista de los insólitos sucesos, permanece más que pensativo hasta
que le toca el turno a Z, tímido y calmoso, que casi no se atreve a franquear
la puerta cuando se lo indican. Desde luego Z estaba en el lugar de los hechos.
Es más, después de dos horas de conversación enfermiza, de
preguntas descerrajadas sin cuartel, el inspector acaba arrancando una confesión
a Z. Ha logrado anotar, a duras penas, apurando el hilo de voz de Z, que el niño
se había lanzado a pleno pedal contra el monje, y que, por si fuera poco,
el niño llevaba el berbiquí en la mano, utensilio con el que pretendía
infligir el mayor daño posible a su víctima. Sólo la llegada
providencial de la iguana al centro de la calzada hizo que el niño desviara
bruscamente la trayectoria del velocípedo, por lo que sobrevino el accidente.
El monje aprovechó la confusión para subirse al triciclo y huir
por una cuesta empinada para poner a salvo su vida. El
inspector suda, el calor de la sala de interrogatorios es agobiante. Lleva más
de siete horas rodeado por un aire irrespirable, cuando atraviesa la puerta Y,
una periodista que logró incluso tomar alguna fotografía del suceso.
Son un par de instantáneas desenfocadas: en una se muestra algo que podría
ser la cola de la iguana, y en la otra, más esclarecedora, el monje sobre
el triciclo que baja una cuesta, efectivamente, empinada. Al relatar el episodio,
Y, poniendo por delante su profesionalidad, su objetividad y su buen hacer como
reportera de prestigiosos diarios, cuenta cómo el niño había
hundido el berbiquí en la cola de la iguana (y aquí, mientras el
inspector se enjuaga el abundante sudor con un pañuelo, señala un
punto borroso de la fotografía que bien pudiera ser una imperfección
del revelado). Debido a esto, apunta Y, la iguana, enfurecida, se había
revuelto contra los viandantes, entre los que se encontraba el monje, que viéndose
acosado por el animal aprovechó el triciclo para huir por una cuesta empinada.
Ya es de madrugada cuando el inspector
arruga el segundo paquete de cigarrillos y enciende el último. El cansancio
no logra borrar una mínima expresión de triunfo en su cara. Por
fin ha terminado el informe. La parte central de la comunicación oficial
expresa lo siguiente: ...Las causas
por las que la iguana portaba el berbiquí en la cola son desconocidas;
así como resulta complicado especificar a quién pertenecía
el triciclo o de qué padre era el niño. Sin embargo, se puede asegurar
que el monje desapareció de la escena pedaleando por una cuesta empinada.
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