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El
orador cautivo | CARLOS EUGENIO LÓPEZ |
200 págs. | ISBN
84-89618-14-3 | 1975 pts. 11,86 Eur. |
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USTED SABRÁ PERDONAR esta posible
intromisión. Usted, me hago perfectamente cargo, podría disponerse
ahora mismo a leer un libro o resolver un enrevesado crucigrama. Nada más
habitual, según parece, cuando se viaja en tren. Pero yo, por desgracia,
soy ciego y carezco de medios más discretos para determinar la pertinencia
o inoportunidad de la conversación. No dude, pues, se lo suplico, en hacerme
saber con la mayor franqueza si molesto. ¿Que
no debo preocuparme en absoluto? ¿Que no incurro en intrusión alguna? ¿Que
usted jamás lee en el tren? ¿Que le aburre a morir todo tipo de acertijos?
Me alegro infinito. No se imagina lo angustioso que un largo viaje en silencio
puede acabar resultándole a un ciego. «¿Y si, en vez de con un simple
misántropo, viajáramos con cualquier desaprensivo?», da uno
en pensar tarde o temprano. Al fin y al cabo, ¿quién nos asegura que nuestro
compañero de viaje efectivamente lee, contempla el paisaje o se devana
los sesos sobre un cuadernillo de desquiciantes pasatiempos? Mientras nosotros
lo suponemos cándidamente abstraído en preocupaciones de esa índole,
él puede muy bien aprestarse a estrangularnos. No sería el primer
caso. ¡Es tan sencillo asesinar a un ciego! Por
supuesto, a usted tales recelos habrán de antojársele poco menos
que insultantes. «Sin despegar los labios consumen los días de su
vida los monjes trapenses se
dirá ,
y está por probar que se entreguen a mayores excesos que la elaboración
artesanal de exquisitos licores y suculentos chocolates». Nada más
natural que su protesta. Proviniendo de usted, cualquier otra reacción
me hubiera desconcertado. Se lo digo con toda sinceridad. Cuando a los pocos años
que se infieren del vigor y la limpieza de su voz, se une el noble talante que
me ha demostrado con su cordial acogida, la sangre tiene que rebelarse ante todo
lo que parezca poner gratuitamente en entredicho las buenas intenciones del prójimo.
Triste sería si sucediese de otro modo. Evidentemente,
ni la oportunidad, por sí sola, determina el crimen, ni del mero carácter
taciturno de nuestros semejantes es lícito colegir designios retorcidos
y siniestros. En eso tiene usted toda la razón. Y no seré yo quien
se la cicatee. Que aún haya quien se soliviante cuando se atenta, aunque
sea tan sesgadamente como yo lo he hecho, contra el principio de la presunción
de inocencia, me congratula sobremanera. Empero,
y ahí quería ir yo a parar, el mundo se compone de algo más
que de inofensivos monjes trapenses y jóvenes de tan recta disposición
como la suya. Los ciegos no somos esos seres patológicamente desconfiados
en que quiere convertirnos una abyecta leyenda negra. Si no siempre conseguimos
reprimir un sentimiento de aprensión y de zozobra cuando las circunstancias
nos encierran a solas con un desconocido, es por algo. Subrayarlo de ningún
modo cuestiona las muchas cualidades que, en abstracto, adornan la naturaleza
humana; las sitúa, simplemente, en un lugar subordinado a las harto más
numerosas, y sutiles, de la naturaleza divina. Pues ha de tenerse muy presente
que si la omnímoda perfección divina permite proponer que Dios ha
de crear sólo lo mejor, su absoluta omnipotencia prácticamente exige
que, con el bien, haya creado también el mal. De ello, nos guste o no,
se deriva que, junto a cumplidos epítomes de civilidad, pueblen asimismo
el mundo verdaderos desalmados. Hasta
el momento (toco madera), yo no he tenido aún el infortunio de sufrir en
mi propia carne las consecuencias más negativas de esa obligada diversidad
moral de los mortales. Sería deshonesto con usted si, por omisión,
le dejase pensar lo contrario. Desagradables experiencias de inhospitalidad, malas
maneras y dudosa higiene corporal he padecido ya en abundancia; hurtos, atracos
o agresiones, todavía no. Conozco, sin embargo, casos no tan afortunados
como el mío. Sin remontarme a los tiempos en que se libraba la guerra con
lanza, le podría referir incidentes que ponen los pelos de punta. La
semana pasada, sin ir más lejos, me contaba el peluquero que a un cuñado
suyo le comieron un dedo en la estación de Atocha. ¿...? Como lo oye. El
dedo corazón de la mano izquierda, para serle del todo preciso. Perdía
el buen hombre el Talgo de Córdoba, y no tuvo la prudencia de reprimir
su contrariedad cuando un mendigo le interceptó el paso solicitándole
quinientas pesetas para un bocadillo. «¡Peste!», fue lo único
que dijo el desventurado. Tampoco le dio tiempo a más. «Visto y no
visto», me aseguraba mi peluquero. El mendigo se le tiró a la mano
y le acertó con una dentellada feroz. Dos dedos le quedaron colgando, el
índice y el meñique; el anular lo recogió una limpiadora
del suelo y se lo han vuelto a colocar en su sitio; el corazón, simple
y llanamente, desapareció en las fauces del agresor. Y no es que se lo
tragara en el arrebato del momento, no; todos los testigos coincidieron en señalar
que, antes de engullirlo, lo masticó cuatro o cinco veces. A
usted le cabe argumentar aún, lo reconozco, que el caso que le cito no
es del todo asimilable al que primeramente nos ocupara. Ni se trata ahora de una
agresión por completo inmotivada, ni el sujeto paciente de la misma es
un ciego, ni tiene lugar en un compartimento de primera clase, en donde es de
suponer que la selección por el precio dificulta la presencia de indigentes.
Muy cierto. Pero, a mi entender, la relativa disimilitud de los casos que confrontamos
antes refuerza que debilita mi tesis. Si el dedo corazón del cuñado
de mi peluquero puede servirle de cena a un mendigo en la concurridísima
estación de Atocha, ¿qué no es factible que suceda en la impunidad
de un compartimento vacío? Fiar en que un degenerado capaz de recurrir
a la antropofagia por cien duros de más o de menos va a plantearse problemas
de conciencia antes de estrangular a un ciego es demasiado fiar. Un sujeto de
tal catadura moral sólo entiende el lenguaje de la fuerza bruta. «En
lugar de echar tantas pestes, lo que tendría que haber hecho mi cuñado
es haberle pegado una patada en los cojones al cabronazo ése», me
decía sublevado mi peluquero. Y yo, sin avalar tal destemplanza expresiva,
que siempre está de más, no dejo de adherirme a la filosofía
que subyace en tan acaloradas palabras. Aunque, como regla general, y por temperamento,
más me inclino por la zanahoria que por el palo; en circunstancias límite,
es manifiesto que de nada sirven los paños calientes. Lamentable, sin duda;
pero el mundo es como es, y a ello hay que atenerse a la hora de desenvolvernos
en él. El optimismo desmedido en
materias de armonía social no está del todo justificado. Por más
altas que sean las cotas de prosperidad que se alcancen, nunca han de faltar indeseables
que prefieran el merodeo en las estaciones de ferrocarril al honesto quehacer
en una estafeta de correos o un taller mecánico. A la postre, de lo que
se trata siempre para algunos es de vivir del momio. Y mientras exista quien así
piense, las muchas oportunidades que ofrece una sociedad próspera a lo
único que contribuirán será a multiplicar el número
de forajidos. Relajar las medidas de vigilancia y temperar las penas con que se
reprime el atentado a las normas de la pacífica y organizada convivencia
equivale a dar rienda suelta a la depredación y el atropello. Hay que huir
del aberrante tópico romántico que confunde la rebeldía con
la razón moral. Comerle un dedo a un inofensivo viajante de comercio no
tiene nada de poético. Eso es una canallada, y punto. Y ante una canallada
cualquier bien nacido ha de exigir que se actúe sin contemplaciones. Si
los poderes públicos, sea por pusilanimidad, error de juicio o complicidad
dolosa, no lo hacen así, legitimado queda el ciudadano para, al amparo
del derecho natural, adoptar las medidas que mejor garanticen su seguridad personal,
la de los suyos y la de los bienes lícitamente adquirido por ambos. Por
lo que a mí respecta, le confesaré que hasta se me ha pasado por
la mente la idea de contratar a un guardaespaldas. Si todavía no me he
decidido a dar ese paso, no ha sido por cuestión de principios o repugnancia
ética. A nadie se le puede exigir que se tome las cosas con la resignación
del cuñado de mi peluquero. «Al menos, no tenía el sida»,
parece que fue lo primero que dijo el muy bendito al salir de los efectos de la
anestesia. Mi reticencia a ponerme en contacto con alguna de las muchas agencias
de seguridad que a diario me ofrecen sus servicios tiene raíces menos beatíficas.
Antes de darle las espaldas a guardar a nadie hay que pensárselo mucho.
A veces es peor el remedio que la enfermedad. Conocidos tengo que nunca lamentarán
cuanto debieran el haber metido a uno de esos gorilas en casa sin haberse preguntado
primero: «¿Y quién vigila al vigilante?». Por
otra parte, la verdad es que yo tampoco llevo una vida particularmente expuesta.
Todos los últimos jueves de mes, y por razones profesionales, he de tomar
este tren. Con tal excepción, mi existencia discurre en ambientes donde
las probabilidades de tropezarse con un facineroso quedan, de hecho, reducidas
a su mínima magnitud matemática. Yo no soy de esos ciegos a los
que da la impresión de hechizar morbosamente la calle. Para mí,
constituye un completo misterio qué placer puede extraer nadie consumiendo
las avaras horas de asueto que nos dispensa el día pegado a la barra de
un bar o paseando el perro. Como en casa, entiendo yo, no se está en ningún
sitio; y para sacarme de ella han de concurrir circunstancias ciertamente extraordinarias.
De otro modo, entre la casa y el trabajo, el trabajo y la casa, se cierran los
trescientos sesenta grados del ciclo cotidiano de mi vida social. Cuestión
de formas de ser, supongo. Y nada más que eso. Ni por un momento pretendo
subirme a un podio aprovechando el estribo de mi acendrada vocación hogareña.
El hábito de tomarse el café en casa o tomárselo en el bar
de la esquina, por sí solo, ni enaltece ni denigra a nadie. Claro está
que no. Defender otra cosa sería caer en un puritanismo desaforado. Ahora
bien, qué duda cabe que cada día resulta más ingenua la pretensión
de ir a un bar y sólo tomarse el café. Aun dejando al margen el
riesgo, siempre presente, de un mal encuentro, a la calle se sabe cómo
se sale pero no cómo se va a volver de ella. ¿Intoxicado por un exceso
de monóxido de carbono? ¿Con el tímpano roto por el estampido de
un claxon? ¿Arrollado por una turbamulta de amas de casa a la puerta de unos grandes
almacenes? ¿Vejado por cualquier histérico que irreflexivamente vincule
nuestro andar vacilante con la taimada intención de saltarnos la cola del
cine? El panorama, me concederá
usted, no resulta alentador. Entre los grandes logros de la vida moderna (que
son muchos e innegables), no se cuenta el de la seguridad en los lugares públicos.
Así las cosas, ¿qué de extraño tiene que, sin censurar la
forma de ser de nadie, a uno le asombre la afición al ágora que
manifiestan muchos mortales? Bien está, por descontado, resistirse con
uñas y dientes al recorte de cualquier parcela de nuestra libertad civil.
Y la de tomarse el café donde a uno le venga en gana es tan defendible
como la que más. Quién lo duda. Pero muy fanático hay que
ser para no darse cuenta de que, en ocasiones, la mejor forma de salvaguardar
nuestros derechos es no ejercerlos de manera temeraria. ¿O le parece a usted que
se es más libre espachurrado por un autobús o apagando en el cogote
las colillas impolíticamente arrojadas desde los andamios? Pero,
en fin...; probablemente le estoy aburriendo. Permítame
que me presente: Arcadio Jiménez Paz. Mi nombre ha de resultarle familiar.
Piense un poco. Raticidas Jiménez Paz. Nos anunciamos desde hace varios
años en televisión. Haga memoria, se lo ruego; es un anuncio que
por fuerza tiene que haberle llamado la atención. Un bebé duerme
dulcemente en su cunita. Bajo ésta, aparece una rata que comienza a roer
el cable de una lámpara próxima. Cuando salta la previsible chispa
del cortocircuito, la pantalla se oscurece y una solemne voz en off proclama:
«MIENTRAS LOS SUYOS DUERMEN, ELLAS NO DESCANSAN. RATICIDAS JIMÉNEZ
PAZ, CIENTO DIEZ AÑOS VELANDO POR LA SEGURIDAD DE LOS SUYOS». (...)
¿Que ahora cae? Me quita usted un peso de encima. Se trata de una campaña
que no calificaría yo precisamente de barata. Pero, ahí lo tiene,
da sus frutos. Que es lo que importa. En el mundo en que vivimos la calidad del
producto, sin más, sirve ya de bien poco. Hay que hacer circular el nombre.
Eso es lo esencial. Es a partir de ese instante cuando todo comienza. Sobre
tal particular tuve yo no pocos enfrentamientos con mi difunto padre, que en paz
descanse. Enfrentamientos respetuosos, entiéndaseme bien. Mi padre era
un hombre de su época; es decir, de la de su juventud, como suele ser el
caso en la mayoría de los hombres. Para él no existía otra
política comercial que las intensas relaciones personales. Terreno este
que, por descontado, no debe descuidarse de ningún modo; pero sobre el
cual ya no es viable trabajar en agraz, como acontecía hasta no hace tanto.
Hoy ha de llegarse a la mesa de las negociaciones con el respaldo de un nombre
que infunda respeto. Hemos de poder presentarnos no como el que pide, ni siquiera
como el que da, sino como el que, veladamente, amenaza. Ésa es la clave
del éxito. Cierto que la promoción
televisiva de un raticida suscita objeciones de fondo muy difíciles de
soslayar. En eso hay que darle toda la razón a mi padre. Y no piense usted
en las dificultades estéticas, pues, en última instancia, no se
trataría de hacer un anuncio bello, sino de todo lo contrario. Las mayores
dificultades dimanan de la peculiar naturaleza de nuestros clientes. Un raticida
no se vende directamente al ama de casa, colectivo pío y manipulable donde
los haya; un raticida se vende a las grandes corporaciones municipales, huesos
mucho más duros de roer. Ésa ha constituido desde hace más
de cien años la principal cartera de Jiménez Paz. Si hacemos números,
nuestra firma depende de las decisiones que se tomen en un centenar de casas consistoriales.
Está en manos, resumiendo un poco, de doscientos o trescientos hombres
claves. ¿Cuántas cenas, cuántos regalos, cuántas «seductoras
comisiones» como
decía mi padre
no se pueden ofrecer a un número tan reducido de interlocutores con un
décimo del gasto que supone la campaña televisiva más modesta?
Incalculables, se sentirá usted
tentado a responder. Completamente de acuerdo. El problema, y eso fue lo que nunca
llegó a comprender mi padre, es que esas cenas, esos regalos, esas comisiones,
que tanto hicieron en su día por Jiménez Paz, hoy ya no son suficientes.
Las corporaciones han cambiado. Aquí y allá han aparecido nuevos
alcaldes, nuevos concejales. No digo yo que menos corruptos que sus predecesores
(la condición humana es la condición humana); pero sí mucho
más precavidos y exigentes. Hoy ya no se compra una firma debajo de un
contrato por un plato de lentejas. La oposición, los sindicatos, la prensa,
un compañero de partido malquisto o celoso pueden dar al traste con una
brillante carrera política por el desliz más insignificante. Y ése
es un riesgo que no todo el mundo está dispuesto a correr. O, al menos,
no por cuatro gordas. La era del soborno, en su más burda expresión,
está tocando a su fin. Quien no
pueda comprender eso no tiene sitio en el mercado actual del raticida. Sus esfuerzos
están condenados de antemano al fracaso. A corto plazo, acaso le infle
la vela un pasajero soplo de buena fortuna; pero a largo plazo (y a largo plazo
ha de pensarse siempre en términos comerciales), sus días están
contados. Hoy ha de hilarse mucho más fino. Un raticida, aunque no directamente,
indirectamente sí se vende a las amas de casa. Un raticida ha de venderse,
pues, como un lavavajillas, como un sujetador, como una crema hidratante. Porque
un raticida, aunque lo compren muy pocos, se vende a todos. «Su vida es
la idea a transmitir
está en peligro. Exija a su alcalde que proteja su vida». Y ésa
es la idea que transmite nuestro spot. Hay
quien insinúa, me consta, que me he excedido en el tratamiento del mensaje
sonoro, como no podía, según parece, dejar de ser el caso en un
ciego. No voy a entrar en polémicas. Los resultados, y los resultados son
lo único que cuenta, están ahí; no me los invento yo. En
las últimas elecciones municipales, el 73,2 por ciento de los grupos políticos
incluyeron en sus programas generosas promesas de desratización. De éstos,
un 37,5 por ciento se ha puesto ya en contacto con nosotros. Sin comentarios.
Las cifras hablan por sí solas. Nada resulta más sencillo que criticar
por criticar, que el chiste fácil y el chascarrillo grosero. Pero las cifras
son las cifras. Y su veredicto no admite apelación. Si con todo y con eso
aún hay quien se niega a rendirse a la evidencia, pues qué quiere
usted que yo le haga. Ya conoce el dicho: no hay peor ciego que el que no quiere
ver. Mi única desazón, se
lo digo como sinceramente lo siento, es que mi pobre padre ya no se encuentre
aquí para disfrutar conmigo del éxito. Imagínese usted lo
que hubiera supuesto para él ver a Jiménez Paz en el lugar de preeminencia
en que hoy se sitúa. Me queda aún mi madre, una mujer, por tantas
razones, excepcional. Muy cierto. Pero no es lo mismo. Para mi madre vendemos
simplemente matarratas. A ella Jiménez Paz no le dice nada. Si de ella
hubiera dependido, hace ya mucho que todo habría ido a parar a las manos
de algún banco. Mi madre es un carácter práctico. Mi padre,
en ese sentido, era muy diferente. En su escala de valores, el buen nombre comercial
de Jiménez Paz ocupaba un lugar muy alto. Irse de este mundo con la errada
convicción de que se llevaba con él a la tumba un siglo de esfuerzo
familiar tuvo que causarle una inmensa pesadumbre. Y eso sí que me duele.
Lo que piensen unos cuantos resentidos y envidiosos, no voy a decir que me traiga
completamente sin cuidado (nadie es de piedra), pero tengo ya los suficientes
años como para que me resbale un poco. Porque,
vamos a ser claros, ¿en qué es menos ético nuestro spot que
los miles de anuncios de papel higiénico, tampones, crecepelos o lacas
para las uñas que diariamente nos martillean los oídos sin que nadie
pestañee? Seamos serios. ¿Qué tiene de tan imperdonable nuestra
traída y llevada voz en off? ¿Constituye acaso proceder más
elevado decirle a uno que si le huele el aliento le va a dejar su mujer que decirle
que si se le quema la casa se va a quedar sin niño? ¿Es nuestro mensaje
menos verdadero? ¿Es nuestro producto menos necesario?
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