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Páginas amarillas

Varios Autores

XXX + 466 págs.

ISBN 84-89618-15-1

2850 pts. 17,12 Eur.

Páginas amarillas (00017)


      
NO HACE MUCHO TIEMPO, UNA NOCHE Marcos Giralt Torrente


      AUN NO HACE UN AÑO de ello y si puedo contarlo es por casualidad, no porque tratara con anterioridad a las dos personas implicadas. En realidad, ni siquiera sé cuál de las dos fue veraz, cuál mintió y cuál actuó con sinceridad. Ella era joven y desenvuelta y, como en tantas mujeres seguras de sí, su atractivo se hallaba de tal modo confundido con la repetición de unos gestos y de unas maneras en él sustentadas que a la postre resultaba difícil dirimir si éste era de verdad real o se trataba, más bien, de una ilusión surgida del empeño por remarcarlo. El era mayor, aunque no mucho más, y parecía, por el contrario, el tipo de persona capaz de caer una vez tras otra en los mismos baches, en los mismos obstáculos y en los mismos estragos. Mi conocimiento de ambos se produjo en uno de esos momentos en los que sin querer nos vemos inmersos en las claves de una historia que no nos pertenece, instantes en los que alguien al que vemos por vez primera arranca a hablar y nos refiere los ángulos de un tormento encallado en el alma para luego sumergirse otra vez, y callar para siempre, en el mismo azar que lo llevó a coincidir con nosotros en aquél minuto en el que tenía ganas de hablar, o descargar peso, allí donde estábamos y él podía permitírselo: por lo general la barra de un bar o el asiento anónimo y accidental de un tren o de un avión.
      En el caso que refiero fue en uno de tantos santuarios efímeros que durante las noches del fin de semana se inundan de gente igualmente efímera y que durante las de entre semana, más vacíos, se convierten en el refugio de aquellos más regulares que necesitan apagar, con el espejismo agridulce de otros cuerpos moviéndose y hablando a su alrededor, esas largas horas de hastío en que la oscuridad cae como una pesadilla; locales nocturnos que durante una corta temporada se ponen de moda y, antes de ser sustituidos en las preferencias de sus fieles por otros mejor situados o más agradables o con mejor servicio, concitan el transitorio favor de todo tipo de gentes, desde el visitador casual al reincidente diario, desde el empresario y el actor y el periodista algo tarambanas hasta incontables camareros y relaciones públicas y dueños de otros bares que acuden para invertir por unos minutos su papel y que sean otros los que los atiendan en las barras, otros los que acudan a cederles el cebo de una copa regalada y otros los que les brinden sus confidencias satisfechas y eufóricas, permitiéndoles de paso sentirse pertenecientes a algo, socios de una fantasmal hermandad de la nada.
      El tiempo de esplendor de éste fue breve, como el de la mayoría bastó con que los ecos de su aparatosa inauguración comenzaran a apagarse para que se precipitara en esa tediosa caída que desemboca sin excepción en el laberinto de los cambios de clientela, de los cambios de dueños y de los cambios de nombre. No recuerdo que yo mismo lo hubiese frecuentado en exceso, tan sólo que ya lo conocía y que el día del que hablo había acudido, a la salida del cine, acompañado por mi mujer. Recuerdo que, tras una agria discusión en la que tuvo mucho que ver mi deseo de prolongar la noche algo más de lo recomendable, ella se fue sin despedirse de mí, y que yo me había quedado, viéndola salir, con el codo y la pierna derechas apoyados, uno en la encimera de la barra y el otro en su travesaño inferior. Acababa de ocurrir y aun dudaba si salir tras ella con la pretensión de calmar un enfrentamiento que probablemente se prolongaría hasta el amanecer, o resistir donde estaba hasta que, avanzada la noche, pudiera imaginarla en casa y ya dormida. Me había girado en la barra recuperando la vista frontal sobre el espejo de las bebidas. Esperaba la copa que, a una señal mía, el camarero había empezado a servirme y, pensando en la discusión, desplazaba los ojos por el espejo para observar en él a los grupos de gente que hablaban, se reían y se movían detrás de mí, buscando a algún conocido que me librara, aunque fuera momentáneamente, del remordimiento y la indecisión. Fue al estirar el brazo para coger el whisky cuando una voz masculina, surgida de un lado, a mi derecha, se dirigió a mí en un tono que me sorprendió por lo susurrante y apocado, un tono que solamente se emplearía ante personas de muy superior jerarquía en situaciones de necesaria subordinación.
      Perdone que le moleste, ¿le importaría darme fuego, por favor?
      Decididamente no era el tipo de interpelación que cabe esperar en lugares como en el que estábamos, donde la gente prescinde por lo común de hábitos que consideran antiguos y trasnochados. No sólo el tono y el empleo del usted me sorprendieron, sino que la frase entera, sin ninguno de los elementos protocolarios olvidado, me pareció fuera de lugar, educada hasta la exageración. Mientras trasladaba mi mirada al sitio del que provenía, pensé automáticamente en alguien mayor o muy joven. Como era previsible, el individuo que divisé a continuación, apoyado como yo en la barra y con un cigarrillo en la mano, no era, en cambio, ni lo uno ni lo otro. Tenía más o menos mi edad (menos de cuarenta años), y su manera de vestir no desentonaba con las pretensiones del lugar: pantalón vaquero y camisa a rayas, sin corbata y con chaqueta. Tan sólo una cosa llamó mi atención en el breve vistazo que le lancé al tiempo que comenzaba a hurgar en los bolsillos para buscar el fuego que me reclamaba: los pantalones vaqueros se aposentaban sobre sus piernas con esa caída rígida y como embutida que adquieren, sobre todo en los muslos, cuando deben adaptarse a una talla que no es la original para la que se compraron. Ejercían demasiada presión sobre la cintura, y la chaqueta abierta, que sí era de la talla requerida pero ancha de corte, se cernía a los costados del cuerpo, alto y espigado, con la contundencia de una coraza.
      He olvidado el mío y aquí no venden añadió el extraño en son de disculpa, al ver que yo sacaba con dificultad mi mechero del bolsillo y que se lo tendía, no demasiado atento, para que él mismo lo encendiera.
      Me limité a sonreír levemente mientras esperaba a que terminara de darse fuego, cosa que hizo con extraordinaria lentitud, llevándose a los labios el cigarrillo que portaba en la misma mano que el encendedor y, una vez en la boca, haciendo con las manos un cuenco como para proteger la llama azul, que ya salía, de una inexistente ráfaga de viento. Le lancé una segunda mirada, esta vez más atenta que la anterior, y reparé en que era, en efecto, extraordinariamente alto y desgarbado, con un cuerpo que no era difícil de imaginar deslavazado y escuálido en la adolescencia, pero que, ahora, entrado en la edad adulta, adquiría cierta apariencia fofa derivada de la desigualdad con la que la grasa hallaba acomodo en los numerosos recovecos de su irregular anatomía. Llevaba en la muñeca derecha una ridícula pulsera de cuero o de pelo de elefante y, en la contraria, uno de esos relojes llenos de minuteros y esferas superpuestas, que, tanto en su versión de acero macizo y de verdad cara, como en la barata de metales mucho más ligeros y brillantes, que él portaba, resultan excesivos y cargantes. Después de que el tabaco hubiera prendido, tendió hacia mí el mechero y ya no pude ver cómo ambos adornos quedaban nuevamente ocultos bajo los puños de la chaqueta (el reloj solamente asomando cada vez que volviera a llevarse el cigarrillo a los labios). Sonrió mientras expulsaba el humo de la primera calada y, cuando no le quedó nada en los pulmones, pronunció las palabras que esperaba.
      Muchas gracias.
      Le devolví su sonrisa y me dispuse a recuperar la postura que había mantenido hasta su interrupción. Antes, sin embargo, de que llegara a montar el pie sobre el travesaño de la barra estaba de nuevo hablándome.
      No he podido evitar darme cuenta de lo ocurrido dijo con no disimulada timidez Admiro sus agallas. Yo no hubiese sido capaz.
      ¿A qué se refiere? pregunté, retrocediendo y depositando la mirada en sus ojos, gris pálido y con una espesa retícula amarillenta que los cubría como si fuera esmalte de uñas trasparente.
      A quedarse aquí, tranquilamente, después de que ella se haya marchado. En serio que le admiro.
      Animado por mi pregunta, el desconocido hablaba más relajado, conservando el tono de exagerada cortesía pero sin dudar, pronunciando las frases de corrido. Yo, por mi parte, me di cuenta de que no había vuelto a pensar en mi mujer desde su interrupción y este pensamiento me dejó momentáneamente parado, víctima otra vez de las dudas y el remordimiento. Tardé en contestar y antes de que pudiera hacerlo, la voz del desconocido se hizo otra vez audible entre la música y el ruido.
      Discúlpeme si le molesta que me refiera a ello. No he podido evitar escuchar lo que decían. Estaba aquí al lado...
      No, no. No se preocupe contesté.
      Pese a que no estaba seguro de querer prolongar la conversación, había algo en él que me inspiraba curiosidad. La persistencia en las maneras educadas, el que no hubiera cometido ningún desliz ni ninguna alusión velada a la posibilidad del tuteo; su misma apariencia, informal pero no de una manera casual, sino premeditada, con todos los elementos que su portador consideraba necesarios en el orden exigido. Nada en él chirriaba ni resultaba vergonzante, pero al mismo tiempo todo indicaba un sentimiento oculto de inferioridad, como si no se encontrara cómodo y tuviera que hacer un esfuerzo para permanecer en la barra, hablando conmigo. A primera vista, hubiese sido fácil pensar en alguien con ganas de ascender, alguien que hubiera hecho una excursión ocasional a lo que él consideraba el gran mundo. De ser así es seguro, sin embargo, que hubiese tratado de compadrear, de establecer desde el principio una actitud cómplice, y la verdad es que no había en su modo de dirigirse a mí indicio alguno que denotara dicha intención. Se comportaba, en todo caso, como ciertos empleados de comercio antiguo que o bien son de la época en que las formas eran parte importante del patrimonio de cualquier negocio que pretendiera prosperar o bien tienen unos patronos que los obligan a seguir actuando (aun cuando los clientes hayan cambiado y ya no lo requieran) con el mismo servilismo y recato de entonces. Por supuesto, no quiero decir que fuera este su caso. Esas personas suelen tener tan acendrada, tan asimilada la etiqueta, que ni escondidos en el anonimato se atreverían a quebrantarla; serían incapaces de acudir en sus horas libres a los mismos lugares de recreo en los que se divierten aquellos que tratan a diario en una situación de pactada y atávica sumisión. Él no estaba intimidado ni avergonzado; se mostraba simplemente inseguro, como si fuera consciente de una diferencia entre él y el resto del bar, incluido yo, que nadie, salvo él, asumía. A decir verdad, ni siquiera podía adjudicársele una profesión concreta. Podía ser vendedor de un concesionario de coches, programador informático o contable o administrativo en cualquier oficina, y por lo mismo, podía trabajar, también, por cuenta propia, tener un discreto negocio o ser fotógrafo o comisionista. Todo era ambiguo en su actitud, aunque al mismo tiempo resultara fácil o muy fácil de apresar en su titubeo incesante, en sus modales desusados y recalcitrantemente prudentes. Me intrigaba y le dije que no me había molestado su comentario cuando en otro momento hubiese bastado una alusión la mitad de directa para que contestara con sequedad o tornara a mi quehacer anterior sin decir palabra. No sé (porque lo he olvidado) qué fue lo que respondió él a continuación, probablemente insistiría en la disculpa y luego daría un nuevo paso hacia la intimidad y la confidencia. Lo que sí es seguro es que cuando esa contestación se produjo yo ya sabía que no lograría despegarme de él hasta que todo lo que quisiera desvelarme hubiera sido contado. Continuaba sin descubrir en el bar a nadie conocido por el cual sustituir su compañía, y me parecía preferible escuchar el discurso de otro, acabara o no decepcionándome, que recluirme en el remordimiento estéril por una situación (la marcha de mi mujer) que no estaba entre mis planes rectificar. Le tomé la palabra y poco a poco, evitando darle información de mí que, por otra parte, tampoco reclamaba, me dejé arrastrar por su charla. Al principio no supe adivinar hacia dónde me llevaba, aunque es cierto que reparé en su insistencia en mencionar a mi mujer demostrándome su solidaridad, convirtiéndola en la metáfora velada de unas supuestas características del sexo femenino a las que con disimulo quería referirse. Eran vueltas alrededor de un círculo todavía no señalado, insinuaciones perdidas entre los balbuceos y los tópicos iniciales propios de una primera conversación. Dos o tres veces mencionó su soledad y, en todas, por la entonación de la voz, por una apostilla o por un parpadeo de ojos, me dio a entender que se trataba de una soledad antigua, hace tiempo asimilada. La última en que sucedió, habíamos pedido una nueva copa y la bebíamos, uno enfrente del otro, con el codo apoyado en la barra, junto al posavasos donde las dejábamos cuando no estábamos bebiendo. Yo le había contestado con una broma y, entonces, al empezar él a responderme demarcando un nuevo círculo en la diana a la que consciente o inconscientemente quería apuntar, hizo de súbito un movimiento brusco, y se puso de cara a la barra, como si se ocultara de algo. Enseguida enfoqué la mirada en dirección a la puerta, a mi espalda, pero nada que me pareciera revelador alcancé a ver: un grupo numeroso de gente entraba en ese momento y se dirigía, consultando entre ellos, a una de las mesas que colindaban con la pequeña pista de baile, no a las de la primera fila sino a una de las de atrás.
      ¿Qué le sucede? pregunté, al tiempo que imitaba su nueva postura y que observaba unas gafas de sol asomando del bolsillo superior de su chaqueta.
      No, nada, no me pasa nada. Es sólo que ha llegado lo que esperaba. Esa chica señalando con el mentón hacia un punto del espejo que teníamos enfrente, ¿la ve?
      A pesar de que era la primera noticia que me daba de que estuviera esperando algo, miré obediente y contemplé al grupo recién llegado, tres o cinco hombres y dos mujeres, con ropas caras y aspecto de venir de una cena o una fiesta privada, que tomaban asiento en la única mesa en la que figuraba un cartel de reservado.
      La del vestido dorado de tirantes añadió, con entusiasmo, cuando pensó que la había localizado. ¿No le suena? Sale mucho en televisión. Es muy conocida. Una verdadera monada.
      ¿Ha quedado con ella? pregunté, algo incómodo por la persistencia del usted, y pensando en la palabra monada, que a punto había estado de hacerme enrojecer.
      No, no podría titubeó, y por un momento su mirada se nubló, como si hubiera caído en un recuerdo especialmente doloroso. Antes sí, pero no ahora. Hace años que no. Ahora no me permite que le dirija la palabra.
      Encorvado al igual que él sobre la barra, guardé silencio en espera de que la niebla de sus ojos se despejara y eché un vistazo a la chica para la que me reclamaba atención, distorsionada por el ángulo en diagonal del espejo y por las botellas que lo cubrían precisamente en la zona a la que debía mirar.
      ¿Le importa que me coloque aquí? preguntó, como si no le hubieran pasado inadvertidas mis dificultades, incorporándose y dando un paso hacia atrás que lo situó a mi espalda. Usted sí puede darse la vuelta. No importa que lo vea.
      Le hice caso. Cogí el whisky y me deslicé de costado por la horizontal de la barra hasta que mi columna quedó perpendicular a ella. De ese modo podía mirar a los ojos de mi acompañante y a la vez entrever, a un lado de su hombro izquierdo, la mesa que le preocupaba, aquélla donde la mujer que había señalado (ahora sí: pelo caoba de jena o de un tinte más fuerte y brillante, bronceada pese a la época y con una espesa capa de maquillaje untada con maestría de profesional) gesticulaba y agitaba sus pulseras delante de un hombre algo mayor que ella, con el pelo engominado y con la mirada nerviosa y desparramada en todas direcciones de quienes quieren aparentar una vida sin descanso, en perpetua vigilancia, pendiente de mil preocupaciones. No miento si digo que no descubrí en la pareja nada que mereciera interés fuera de la misma artificialidad en la que se encontraban inmersos, conscientes ambos de que buena parte de las miradas furtivas del bar se posaba con reiteración en ellos, y actuando, en consecuencia, con la falsa indiferencia de quienes, lejos de considerar un engorro la continua repetición de tal tipo de acontecimientos, los asumen, si no como una bendición, sí por lo menos como un aliciente fundamental en sus vidas. La chica era bonita. Parecía alta y bien proporcionada, pero su belleza no impresionaba. Se tenía la sensación de haberla visto en otras pieles, formulada de mil maneras distintas. El resto de sus compañeros de mesa, a los que distinguía muy parcialmente, parecía cortado por el mismo patrón: la otra mujer, casi un calco de la primera, sólo que en rubio y algo menguada, de la que apenas divisaba medio cuerpo; un hombre, que tan pronto surgía ante mí como se ocultaba tras una columna, con la mandíbula ancha y el pelo negrísimo; una chaqueta de pata de gallo coronada por un cráneo rasurado prácticamente al cero para difuminar una calva prematura, de espaldas, a la derecha; y un par de piernas con zapatos de piel marrón y hebilla dorada, en la esquina más alejada y escondida del sofá.
      ¿Le gusta?
      La pregunta del desconocido me llegó con la nitidez suficiente para darme cuenta de la reprimida ansiedad con la que había sido formulada. Había permanecido en silencio durante todo el tiempo que duró mi observación y su voz sonaba ahora inquieta, deseosa de saber qué impresión causaba en mí su amiga. Estuve tentado de decirle lo que en realidad pensaba y, tras desecharlo, me disponía a darle una respuesta afirmativa, cuando él se adelantó.
      Es preciosa afirmó con un tono tan convencido que no admitía la réplica. Estaba sacando un cigarrillo del bolsillo de la chaqueta y se quedó callado mientras se lo encendía. Cuando hubo expulsado el humo de la primera calada, me dio las gracias y repitió: Es preciosa. No me diga que no.
      Sí que lo es admití, intrigado todavía por la situación pero algo impaciente por la infinita urbanidad de mi interlocutor. Pero, ¿cómo podía esperarla si no ha quedado con ella? Ha dicho que la esperaba.
      La esperaba porque la espero siempre. Podía venir como no venir. De hecho he estado cuatro días aguardándola aquí, a la misma hora, entre las doce y las dos.
      ¿Y ahora que la ha encontrado, qué piensa hacer? pregunté yo con repentino miedo a que se tratara de un perturbado, a que hubiese venido a montar pelea o a armar una escena. ¿No hará nada de lo que luego pueda arrepentirse, verdad?
      No, claro que no. ¿Pero qué está diciendo? pareció realmente sorprendido, como si de verdad le ofendiera que pudiese pensarse tal cosa de él. No soportaría que le sucediera nada.
      En este punto, el extraño se calló, presa de sus cavilaciones, y se quedó un rato inmóvil, cargando el peso de su cuerpo sobre una sola pierna mientras la otra permanecía estirada. Yo no dije nada, no sabía qué decir. De pronto me sentía cansado y todo me parecía ridículo. Ridícula mi permanencia en el bar mientras mi mujer, en casa, seguro que calentaba motores para un festival matinal, y ridícula la conversación con la que demoraba mi regreso. Me pregunté si mi acompañante no sería uno de esos locos que se obsesionan con una persona famosa y la atosigan con cartas y llamadas. Miré a sus ojos grises que ahora, por la diferente luz, habían adquirido un reflejo violáceo, y me parecieron mansos y sumisos.
      No soportaría que le sucediera nada repitió, saliendo de su mutismo, como si no hubiera transcurrido el tiempo desde su otra intervención idéntica. La quiero desde que la conozco.
      ¿ Y por qué no quiere que le vea?
      No. Se equivoca. No me importa. Es sólo que antes me gustaría hablar con usted. La conozco desde hace mucho, ¿sabe? Por eso no soportaría hablarle. Mi amor es incompatible con el tipo de relación que podríamos mantener. Prefiero disfrutar de ella a distancia, que ninguna palabra suya desdiga lo que imagino. Prefiero la imaginación a una realidad que no es la que yo quiero.
      ¿Entonces..?
      ¿Entonces qué? ¿Por qué la esperaba? cortó como quien se prepara para recitar algo de memoria. Pues sencillamente porque no puedo dejarla. Lo he intentado, no crea que no. Fue mi primera novia, ¿sabe?. Eso siempre marca...La primera y la última. Pero es que, además, nos conocemos desde pequeños. Nuestros padres eran amigos, vivían puerta con puerta en uno de esos bloques con varios pisos y un césped alrededor para que jueguen los niños. Como teníamos más o menos la misma edad (yo un poco mayor), las bromas eran constantes. Nos llamaban la parejita. Decían que de mayores nos casaríamos y viviríamos juntos.
      ¿Ese fue todo el noviazgo? pregunté, entre malicioso y para descargar peso, más relajado desde que le había oído decir que la conocía. Si bien seguía impacientándome su manera de hablar, prudente y lenta, en la que para decir cada palabra tenía que sopesarla antes con detenimiento, empezaba a agradecer que no nos tuteáramos.
      No, claro que no. La cantinela duró solamente hasta que entramos en la adolescencia. Más tarde, me mudé con mis padres de casa y perdí todo el contacto con ella. No volvimos a encontrarnos hasta pasados cuatro o cinco años, cuando ella tenía diecinueve y yo veintidós o veintitrés. Seguía viviendo con su familia en la misma casa. Le juro que era la criatura más encantadora e inocente que pueda usted imaginar. Aunque también algo soberbia. Le gustaba picarme, ¿sabe? En la calle, por ejemplo, con tal de conseguir que me disgustara, era capaz de tirarse una hora con cualquier desconocido mientras yo la esperaba asistiendo en silencio a la representación. A veces no contestaba a mis llamadas, a pesar de que las esperaba, y más tarde, cuando nos veíamos, me daba a propósito explicaciones contradictorias. Hacía todo lo que las chicas jóvenes planean para dar celos. A mí no me importaba. Se lo perdonaba porque sabía que la tenía. Era mía. Me admiraba. Yo trabajaba y conocía sitios de la noche que ella nunca hubiera conocido yendo con cualquiera de sus amigas o de los chicos del barrio; sitios como este, pero de la época, claro, y para gente de la edad que nosotros teníamos. Ella no sabía nada. Yo la hice. Le enseñé todo. Le enseñé a hablar y a caminar y a vestirse como una mujer; gracias a mí abandonó los jerséis de pico y las faldas plisadas y empezó a ponerse pantalones y faldas cortas, a sacar partido de una belleza sin pulir, demasiado aniñada y en bruto. No quiero decir que ella no hubiera llegado sin mi ayuda a lo mismo. A lo mejor lo hubiera hecho más despacio, pero sin duda hubiera llegado. Es lista, sabe lo que quiere. Lo que hice fue abrirle la puerta y darle el empujón. Fui yo, no otro. Por eso digo que fue mía. Durante año y medio fui su máxima aspiración, todas sus expectativas se cumplían en mí.
      ¿Y después..? Había percibido una creciente melancolía en su voz, como si le costara fijar en palabras su recuerdo y estuviera próximo a callarse, y traté, no sé por qué, de que siguiera hablando.
      Vino el final. Comenzó a no estar siempre disponible, a avergonzarse de mí, a corregirme ella en vez de dejarse corregir por mí. Los sitios a los que yo la llevaba no eran ya los mejores y, lo que es peor, no los visitaba siempre conmigo. Comenzó a conocer otros y a no querer llevarme con ella, a ver a gente distinta de la que veíamos juntos. En fin, lo que suele suceder. Un día en el que la llamé para quedar me anunció que no me vería más. Me quedé anonadado, sin habla. No lo admití y, naturalmente, hice lo posible por verla, por aspirar a una rectificación. La encontré al lado de su casa, junto a los columpios en los que jugaban los niños. Estuve horas acechando en el portal hasta que por fin salió. No fue dura ni cruel pero sí tremendamente fría. Habíamos terminado y no dejó abierta la más mínima esperanza, no tuvo un gesto, no hizo un comentario de consuelo. Nunca más volvimos a tratarnos.
      En el último trecho, su diálogo había fluido con inusitada soltura y sus párpados se habían movido, velando y desvelando los ojos grises (violetas ahora) con más frecuencia de la acostumbrada.
      ¿Está diciendo que no hablan desde ese día? pregunté alarmado.
      Sí, hemos cruzado algunas palabras sus ojos, así como el ritmo de su discurso, se calmaron y recuperaron la tónica pausada que era habitual. Pero yo no lo llamaría hablar. Como hoy, tuve que forzarla. Ella nunca ha venido a mí por sí misma. En alguna ocasión me ha regañado y se ha enfadado conmigo, pero la mayoría de las veces han sido las palabras neutras que cruzarían un par de desconocidos.
      Tal vez porque seguía sin comprender y pensé que la persona a la cual nos referíamos podía serme de ayuda, aparté los ojos de él y los desvié hacia la mesa. Se había sumado gente nueva al grupo y ella estaba ahora a la izquierda del sofá, casi enfrente de mí. Reía y, cada vez que reía, daba un golpe con la palma extendida a quien tenía al lado, no el del pelo engominado, que había desaparecido, sino una mujer vestida con traje de chaqueta y con unos enormes pendientes dorados en forma de corazón. Volví a mirar al desconocido y lo encontré igual que lo dejé, serio y expectante.
      Yo no puedo dejarla, ¿sabe? Necesito verla, necesito saber cómo lleva el pelo, si lo tiene largo o se lo ha vuelto a cortar, si lo lleva con su bonito color natural o se ha puesto uno de esos tintes... Me destroza que ya no me pertenezca pero aún peor sería encontrármela un día y no reconocerla. He tenido que hacer lo imposible pare seguir viéndola. Me he presentado allí donde creía que estaba, he tenido todo tipo de trabajos: desde repartidor de pizzas en la zona donde vive hasta camarero en los bares que frecuenta. Incluso he ido a los castings a los que sospechaba que acudiría. Llegaba a la oficina, guardaba la cola y esperaba a que apareciese dejando correr los turnos. Una vez me aceptaron como figurante en un programa en el que ella participaba de azafata. Tres semanas duré en él, viéndola de lunes a sábado. Otras, claro, no funcionaba y pasaba días enteros entregando pizzas sin recibir nunca la llamada deseada, resistiendo durante meses en la barra de un bar de moda o yendo al casting equivocado cuando ella estaba en otro o no necesitaba trabajo. He perdido tiempo y dinero con ello. En vez de dedicarme a mi verdadera ocupación, he trotado de un lado a otro.
      ¿Quiere decir que todos estos años ha estado persiguiéndola allí adonde iba? inquirí sin poder dar crédito.
      Haciéndome el encontradizo, mejor corrigió. Durante todos estos años, siempre he podido saber dónde vivía, ¿sabe? Pero he preferido ignorarlo. Prefiero dejar su intimidad aparte. No quiero estar al corriente de con quién duerme y con quién no. A veces, claro, no he tenido más remedio que enterarme. Pero, si puedo, prefiero no saber. Me causaría mucho dolor. Prefiero que todo parezca casual, ir a los bares de moda, aguardar durante semanas en el cine al que sé que no podrá dejar de acudir...La conozco bien, ¿sabe?
      ¿Pero y ella? corté yo. ¿No se da cuenta de que está usted en todas partes?
      Claro que se da cuenta sonrió-. Simplemente actúa como si no fuera yo el que tiene delante. Ella es así.
      Pero algo hará...
      sus ojos adoptaron una expresión ausente que los hizo cambiar otra vez de color, regresar al gris, aunque a un gris más apagado que el del principio-. Pero lo que hace, lo hace por detrás. Conmigo se comporta como si no existiera. Puede estar a centímetros de distancia que simula no verme, igual que si fuera un extraño. Peor que si lo fuera porque ni siquiera me mira.
      Escruté otra vez a la pelirroja y comprobé que permanecía tal y como la había dejado, ajena por completo a cuanto no sucediera alrededor de su mesa. Como en las otras ocasiones, mi interlocutor guardó silencio. Era un hombre extraño.
      Eso puede durar mucho o muy poco continuó cuando torné a mirarlo, depende del humor o de sus ganas de juego. En un principio se comporta como si no me conociera. Coge el paquete, firma el recibo, pide la copa o me contempla en la sala de espera como si nunca antes me hubiera visto. Cuando se cansa, no vuelve al bar o habla con quien sea para conseguir que me despidan. Hasta que la localizo y empezamos de nuevo.
       ¿Pero nunca le dice nada directamente?
       No, nunca. A ella le gusta, ¿sabe? Las primeras veces se enfadaba, llegó a pegarme. Pero hace mucho que disfruta. Le gusta tenerme aquí parado, vigilante. Estoy seguro de que me echa de menos cuando tardo en aparecer. Es un juego. En eso consiste precisamente, en no hablarme, en no dirigirme la palabra a no ser que sea para tratarme como a un desconocido. A mi no me importa. Por lo menos la veo.
      Durante unos segundos permaneció a la espera de que yo dijera algo, pero nada dije. Bajé la cabeza en busca de la copa que tenía entre las manos y me quedé pensativo. No sabía qué pensar de su relato. Por un lado lo creía y, por otro, lo consideraba un disparate.
      ¿Qué? preguntó. ¿Qué es lo que piensa? Dígame algo, no se quede callado.
      ¿Que qué pienso? repliqué, tratado de parecer irónico y no cortante. ¿Cómo sé que es cierto lo que me cuenta? ¿Cómo sé que no es un loco y que no se lo está inventando? ¿Cómo sé que de verdad la conoce?
      No, por favor, ¿qué está diciendo? como la primera vez, de nuevo se mostró sorprendido, ofendido casi. Además, usted mismo podrá comprobarlo.
      ¿Qué quiere decir? dudé.
      Pues que siempre inventa algo para que la representación sea completa y hoy no va a ser menos. Siempre busca el modo de acercarse y de decir algo. Una frase intrascendente, claro, una frase que cabría entre personas que no se conocen, pero algo. Me extraña que esta noche no lo haya hecho ya.
      Oh, vamos ¿No pretenderá que espere a que eso suceda miré el reloj. Sabe muy bien que queda más de una hora para que cierre el bar. Es una buena excusa pero no convincente. Además, ni siquiera ha podido verle.
      Ya me ha visto, estese tranquilo. Me conoce bien. Eso he logrado, que sepa si estoy en un lugar con sólo entrar y oler el ambiente. No va a tardar, se lo aseguro. Usted mismo podrá comprobarlo si espera. No será mucho. Ella no va a quedarse aquí hasta que cierren. Se irá antes.
      Había hablado muy serio, como si su honor dependiera de ello; quizá por eso se mostró firme y no dubitativo, pronunciando exactamente las palabras que quería pronunciar, desentendido de las convenciones y de lo que yo pudiera discurrir entre tanto. Se diría, incluso, que estuvo desafiante sino fuera porque advertía en él más ruego que verdadera demanda. Se notaba que había hecho un esfuerzo y que aun permanecía en tensión. Miré a la chica por el espacio libre que me dejaba su hombro y, después, detrás de mí y a los lados. El bar iniciaba la pendiente abajo: en la barra empezaban a formarse huecos, algunas de las mesas habían sido desocupadas y nadie, a excepción de una pareja abrazada y borracha, bailaba en la lejana pista de baile.
      De acuerdo dije. Me quedo.
      El desconocido sonrió, cargó el peso sobre la pierna contraria y, mientras desviaba la mirada hacia el espejo de las botellas, sacó un cigarrillo del bolsillo. Parecía aliviado aunque vacío, sin nada que decir. Su timidez había vuelto a aflorar. Saqué el mechero, lo encendí y aspiró manteniendo la vista apartada de mí.
      ¿Le apetece otra copa? pregunté. Si vamos a quedarnos será mejor que bebamos algo. Tenemos los vasos vacíos desde hace rato.
      Como quiera.
      Le di la espalda y pedí las bebidas al camarero. Cuando las tuve en la mano me puse de frente y le entregué la suya. Continuaba en la misma postura, pero esta vez me miró a los ojos y me sonrió, agradecido, cuando le entregué su vaso. Daba lentas caladas al cigarrillo y nada en apariencia había cambiado en la mesa.
      Si quiere nos acercamos... sugerí.
      No, no hace falta. Le digo que me ha visto.
      Entonces no supe que esas serían las ultimas palabras que le oiría pronunciar; pero lo cierto es que nos quedamos bebiendo de nuestros vasos y que ninguno de los dos volvió a dirigirse al otro. No sé cuánto tiempo pudo transcurrir. Recuerdo el embarazo de ambos conforme el silencio fue creciendo y recuerdo, también, que a partir de un momento llegué a desear con verdadera impaciencia que ocurriera lo que él había predicho. Lo mismo pudieron ser cinco minutos que quince o más. Recuerdo que ya había dejado de esperar y que, desalentado, buscaba el modo de irme, de hacer una broma que restara peso a mi marcha. Tal vez por eso no me di cuenta de que la chica se había levantado ni de que venía hacia la barra. Cuando la descubrí estaba parada junto a nosotros y pedía un cigarrillo a mí amigo. El no mostró el mínimo nerviosismo. No tembló. Extrajo, pausado, la cajetilla del bolsillo y la abrió delante de ella diciendo que lamentaba no poder darle fuego. Yo, que en un irreflexivo arranque de pudor me había alejado un paso para no atraer la atención sobre mí, llegué tarde en mi ofrecimiento y sólo alcancé a verla mientras se daba la vuelta y emprendía el camino de regreso a su mesa. Al seguirla con la mirada, me pareció que se movía bien y pensé que ganaba estando de pie. Volví en ese momento la cabeza en busca del desconocido pero ya no estaba.

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