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Las Meninas en el objetivo. Artes escénicas
y vida ordinaria en La Obra de Velázquez | |
J. IZQUIERDO ANTONIO | | 200 págs. |
| ISBN 84-96080-78-1 | |
17,50 € | |  |
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1. Resumen general del
argumento No está bien que
el hecho o dicho de risa sea tal que parezcas de risa tú mismo.
HERÁCLITO
DE ÉFESO Resulta al mismo tiempo comprensible
e insensato el hecho de que muchos narradores mayores se burlen de la llamada
"nueva generación" porque no tenemos suficiente conciencia crítica
de la televisión. [...] El empleo mimético de iconos de la cultura
pop [les] parece [a esta facción de nuestros mayores] en el mejor de los
casos un tic molesto y en el peor una muestra de peligrosa superficialidad que
compromete la seriedad de la narrativa poniéndole una fecha que la exilia
de la Eternidad Platónica donde tendría que residir [...] En uno
de los seminarios de posgrado a los que asistí, cierta eminencia gris siempre
intentaba convencernos de que un relato o una novela tenían que evitar
"cualesquiera elementos que sirvan para fecharlo" porque "la narrativa
seria ha de ser intemporal". Cuando le replicamos que en su obra los personajes
ocupaban habitaciones con iluminación eléctrica, iban en coche,
no hablaban anglosajón sino inglés de posguerra y habitaban una
América ya separada de África por la deriva continental, el profesor
corrigió con impaciencia su prohibición limitándola a aquellas
referencias explícitas que fecharan un relato en el "Ahora Frívolo".
Cuando le preguntamos de qué iba eso del Ahora Frívolo, dijo que
por supuesto aludía a las referencias a los "medios de comunicación
populares de moda". Y en ese momento se rompió la comunicación
transgeneracional. Nos quedamos mirándolo con cara inexpresiva. Nos rascamos
las cabecitas. No lo entendíamos. Aquel tipo y sus alumnos simplemente
no concebíamos del mismo modo el mundo serio. Su intemporalidad automovilística
y la nuestra emitida por la MTV no eran la misma.
"E
unibus pluram: televisión y narrativa americana" David Foster Wallace Del
enorme corpus de la crítica histórico-filosófica e histórico-estética
de Las Meninas, el famoso cuadro pintado por Velázquez, acumulado con posterioridad
a la publicación, en 1966, del influyente prefacio de Michel Foucault a
su libro Las palabras y las cosas, bien podría afirmarse, en general, aquello
mismo que el profesor Anthony Close ha escrito a propósito de la crítica
del Quijote posterior a la publicación, en 1925, de la obra El pensamiento
de Cervantes, de Américo Castro: que si bien
el nivel
general de la crítica [...] manifiesta un notable aumento de sutileza y
sofisticación metodológica en comparación con los estudios
anteriores [...], los críticos siguen guiados por premisas que van a contrapelo
de los supuestos culturales en que se fundamenta la obra maestra de Cervantes:
es decir, suelen hacer caso omiso del aspecto que para Cervantes era el esencial
-su comicidad- y presentar la visión del mundo cervantina en términos
que presuponen su antagonismo o independencia radical frente al ideario de sus
contemporáneos. Nada de lo explícitamente dicho por Cervantes justifica
semejante supuesto. [Close, 1995, 332-333; cursivas mías]. Pero
vayamos por partes. Primero de todo: aunque la gran mayoría de autores
ha formulado conjeturas parciales, bien sobre el qué (el contenido y significado),
bien sobre el cómo (las herramientas y técnicas) de Las Meninas
de Velázquez, sólo un pequeño subconjunto de estudios ha
intentado, sin éxito en mi opinión, casar una interpretación
simbólica sutilmente formulada sobre el significado del cuadro con algún
argumento praxeológico pergeñado de modo independiente sobre la
especial técnica artística empleada por el pintor para acometer
su trabajo. Hasta donde se me alcanza, Moffitt (1983) ofrece el mejor intento
de integración entre exégesis semiótica y análisis
técnico para el caso de Las Meninas. Ayudándose para su demostración
de una maqueta que reconstruye en tres dimensiones el marco arquitectónico
original donde transcurre la escena que se pinta en el cuadro, Moffitt sostiene
que Velázquez empleó la cámara oscura en esta obra y que
el tema de Las Meninas no es otro que la exploración protofotográfica
de la naturaleza objetiva del espacio exterior, real, acometida con el propósito
de zanjar la vieja disputa letrada entre la pintura entendida como oficio artesano
y la pintura entendida como arte inefable. Y, sin embargo, entiendo que el
significado real de la escena que retrató Velázquez no ha sido aún
desentrañado y permanece por completo indiferente a tan valiosas consideraciones
tanto tecnológicas como hermenéuticas. Pues, ¿qué
suerte de situación social natural, esto es, de situación ordinaria,
requeriría esa peculiar especie de pose espontánea que la Infanta
Margarita y toda su compañía parecen estar adoptando tal y como
se ha conservado en el lienzo? ¿Sería posible economizar de algún
modo las variables explicativas y formular una única conjetura válida
tanto para el sentido como para el método de Las Meninas? En este trabajo
trato de mostrar, ya que no de demostrar, que el famoso cuadro de Velázquez
muy literalmente es un making of, esto es, un documento que cuenta cómo
se hizo... el cuadro mismo. El pintor nos cuenta cómo se preparó
y cómo se desveló una forma antecedente de la clase de montaje pictórico-teatral
que, en la era de la televisión, hemos dado en denominar broma de cámara
oculta. Llamo "broma de camara oscura" a este venerable precursor del
"objetivo indiscreto" o "inocentada televisiva" (candid camera).
De modo que, exactamente, lo que Las Meninas es, es esto: el making of de una
broma de cámara oscura. Un making of que podría llevar por título
Cómo se pintó... Una broma de cámara oscura en la Corte de
Felipe IV. Mi tesis está inspirada, en primer lugar, en una serie de
investigaciones audiovisuales propias sobre los procedimientos de descubrimiento
que emplean los actores y las víctimas que intervienen en una broma de
cámara oculta para poner fin a la situación artificialmente creada.
Mientras mostraba, en mis clases a grupos de estudiantes universitarios de la
Escuela de Arquitectura y la Facultad de Sociología, los resultados de
estos estudios televisivos, me di súbitamente cuenta de la existencia de
una serie de curiosas similitudes entre ciertos fotogramas extraídos de
la "secuencia de revelación final" de una broma de cámara
oculta emitida en un programa de televisión y determinados detalles pictóricos
de la espectacular escena especular compuesta por Velázquez en Las Meninas. La
puesta en escena de burlas palaciegas y comedias de repente, elaboradas y a veces
costosísimas producciones teatrales que eran representadas de modo característico
en ocasiones especiales como fiestas de bienvenida, honores a invitados distinguidos,
aniversarios de batallas, etcétera, consta en los libros como uno de los
elementos distintivos de la vida cortesana en la España del Siglo de Oro
y más concretamente en el Madrid de entonces. Tal vez no por casualidad
(o sí, y esto también es muy interesante, véase más
adelante el capítulo 6), las descripciones más detalladas que han
llegado hasta nosotros de cómo se planeaban y acometían tales burlas
parateatrales pueden encontrarse en los capítulos del final de la segunda
parte del Quijote de Miguel de Cervantes, publicada originalmente en 1615. Como
forma suprema de burla o broma palaciega, las proyecciones de cámara oscura,
en tanto que hacían posible que la fijación pictórica de
un acontecimiento de la vida social quedase oculta a los ojos de sus participantes,
anticipan en más de trescientos años los placeres contemporáneos
del voyerismo catódico. Esta es justamente la razón por la que el
dibujo con cámara oculta ejecutado en el contexto de una burla palaciega
pueda entenderse como el más venerable ancestro de nuestros actuales programas
de televisión que emiten episodios de inocentadas videográficas. Afirmo,
entonces, que Las Meninas de Velázquez es y representa el registro visual
del proceso de preparación, ejecución y posterior revelación
de una broma de cámara oscura, especie de chiste práctico que contiene
en su esencia el mismo procedimiento autóctono de restitución situacional
que hacen patente los vídeos de bromas de cámara oculta que se emiten
por doquier en nuestro tiempo: el actor "despierta" a su víctima
apuntando con el dedo índice hacia "allí" donde "hay
una cámara" y "te están viendo en la televisión"
(Izquierdo Martín, 2004). En el capítulo final de esta pesquisa
encontré un día, al azar de búsquedas fílmicas desordenadas
y sólo genéricamente interesadas en el fenómeno de la cámara
oculta, un extraordinario, a fuer de ordinario, documento cinematográfico
que, en el contexto general de mi tesis, considero puede valer como el perfecto
clon o, más precisamente, alterno videográfico del cuadro de Velázquez.
Se trata del making of promocional de la película El Gran Marciano, una
producción española del año 2000 dirigida por el cineasta
salmantino Antonio Hernández. Esta obra videográfica, que lleva
por título ella misma El Gran Marciano: cómo puñetas lo hicimos,
muestra lo que ocurre tras las bambalinas, los entresijos de la muy costosa y
harto difícil producción (milagrosamente exitosa) de una broma de
cámara oculta de tres días de duración cuyas víctimas
fueron un grupo de concursantes de la primera entrega del formato de telerrealidad
El Gran Hermano. 2.
Del entretenimiento televisivo como invención cortesana Mucho
más allá de lo que los historiadores del arte han reconocido está
el hecho de que una proyección óptica (vista alrededor de 1420)
relaciona la pintura con la pantalla de televisión actual. Esto es nuevo.
Carta
a Martin Kemp David HOCKNEY En la literatura publicada, existen
muchas conjeturas parciales sobre el cómo y el qué del famoso cuadro
Las Meninas, pintado por Diego Velázquez en 1656. Muy pocos de estos trabajos
se atreven con la necesaria tarea empírico-analítica de elaborar
un modelo sistemático que genere descripciones detalladas tanto de la dimensión
práctica o tecnológica como de la dimensión simbólica
-comunicacional se diría también hoy- de tan magna obra de arte. El
problema de los ejemplares más logrados de este subconjunto del especializado
corpus velazqueño de estudios de historia del arte es, a mi entender, que
en ellos se trata de conjugar, de forma no del todo exitosa, una interpretación
inteligente o sofisticada del significado del cuadro -lo que el cuadro dice o
dice sobre-, con un argumento praxeológico independientemente formulado
y referido a las cosas, aparatos y técnicas que debió de usar el
pintor para producir materialmente su obra en tanto que pintura. He aquí
una pequeña lista de interpretaciones académicas sobre el tema del
cuadro para que el lector se haga una idea de la diversidad imperante: un retrato
del Rey y la Reina mientras son entretenidos por la Infanta Margarita y su séquito
(Justi, 1999, 645); una repentina interrupción, provocada por la entrada
del Rey y la Reina en el taller del pintor, ocurrida durante una sesión
de trabajo en el retrato de la Infanta (Harris, 1991, 172-173; Brown, 1995, 70-71);
la síntesis del largo combate vital que tuvo que mantener Velázquez
para hacer compatible su deseo de libertad artística con su deseo de reconocimiento
nobiliario (Brown, 1986, 256-259); una alegoría pedagógica sobre
los deberes y las virtudes que habrían de caracterizar a la nueva generación
real española (Emmens, 1995); una exitosa violación artística
de la prohibición de facto vigente relativa al retrato pictórico
del Rey Felipe IV (Marías, 2000, 175-177); el hiperrealismo científico
como la culminación de las artes liberales (Moffitt, 1983 y 1999, 163);
la filosofía cartesiana de la mente extendida a la esfera política
(Díez del Corral, 1999, 64-69); en fin, según De Moya (1961), el
tema de Las Meninas podría ser la posibilidad real de pintar el propio
cuadro de Las Meninas. Por su parte, la lista de presuntos dispositivos y técnicas
pictóricas empleados en la factura del cuadro es igualmente variada: un
gran espejo situado frente al pintor (esta hipótesis directa suele manejarse
en general de forma implícita, por ejemplo por Foucault, 1995); dos espejos
colocados en ángulo recto (De Moya, 1961); una camara oscura (Moffitt,
1983); un grupo de modelos posando que incluiría un doble del pintor (De
Moya, 1961); la más pura invención artística, exclusivamente,
sin ayudas de espejos, lentes ni modelos (Brown, 1995), etcétera. El
resultado final alcanzado por los más sutiles de estos estudios tan sutiles
adopta con frecuencia la forma de un modelo epicíclico, innecesariamente
complicado, que implica como mínimo la intervención de dos hipótesis
de partida obtenidas de manera independiente. El gusto académico por
el retrato literario abstracto en exceso, naturalmente no naturalista, de Las
Meninas se hace patente del modo más diáfano en la lectura del magnífico
trabajo de Moffitt (1983), que ofrece, en mi opinión, el modelo más
fino y arteramente integrado de la posible teoría práctica del cuadro
velazqueño de todos cuantos he llegado a tener noticia. El profesor
estadounidense de historia del arte John F. Moffitt, catedrático emérito
de la Universidad de Nuevo México y uno de los mayores expertos internacionales
en la pintura española del Siglo de Oro, y su dibujante y colaborador Terry
Fox fabricaron una maqueta tridimensional a escala de la escena cortesana original
tal y como pudo haber sido empíricamente observada in situ por el pintor
dispuesto ante su lienzo. Para esta tarea hubieron de proveerse previamente de
una serie de precisos dibujos de ingeniería inversa con los que, sobre
la base de la perspectiva geométrica plasmada dentro del cuadro, pretendían
reconstruir el marco arquitectónico real en el que tuvo efectivamente lugar
la producción pictórica de Las Meninas. Según se especifica
en Moffitt (1983), la primera parte de esta original investigación consistió
en recopilar mapas históricos del lugar, el palacio del Alcázar
Real, para construir una maqueta de cartulina de la estancia que todos los expertos
están de acuerdo en señalar como el espacio arquitectónico
real, no imaginario, donde tuvo lugar la escena que inspiró a Velázquez
su trabajo en Las Meninas. Se trata de una galería que era conocida como
el Cuarto bajo del Príncipe, sita en el piso inferior del Real Alcázar
de Madrid, edificio que sería completamente destruido por el fuego en el
año 1736. Después de este primer paso, y con la ayuda de fotografías
reducidas a escala, Moffitt construyó modelos a escala de todos los personajes
(personas y perro) y de los principales elementos arquitectónicos (puertas,
ventanas, escalera, lámpara, espejo, y las diferentes pinturas que cuelgan
de las paredes) que aparecen en el cuadro. Y también, por supuesto, un
modelo del gran caballete que aparece a la izquierda en el cuadro, sobre el cual
se estampó una fotografía reducida de Las Meninas. A continuación,
siguiendo las precisas instrucciones de geometría perspectiva que pueden
colegirse de la observación del cuadro de Velázquez, Moffitt y Fox
probaron con diferentes emplazamientos para diversos elementos (la Infanta, don
José Nieto, el pintor y su cuadro, el perro dormilón, etcétera),
desplazándolos a lo largo de una serie de líneas paralelas y perpendiculares
proyectadas en la maqueta arquitectónica desde la fotografía reducida
de Las Meninas impresa en el caballete de cartulina. Primero desplazaron las figuras
longitudinalmente sobre la línea del horizonte y también a lo largo
de otras cuatro líneas de proyección paralelas que tenían
su origen en las cuatro esquinas del muro este (las dos inferiores y las dos superiores)
de la habitación que aparecen pintadas al fondo en el cuadro. A continuación,
Moffitt tanteó también otras posibilidades moviendo las figuras
de manera lateral, hacia delante y hacia atrás a lo largo del eje ortogonal
de la visión perpendicular a la línea del horizonte. Mediante
este procedimiento de simulación y calibración de un modelo analógico
en tres dimensiones del cuadro, Moffitt pretendía varias cosas a la vez:
(a) hallar el punto geométrico originalmente ocupado en el aposento por
la fuente física de la visión, esto es, el lugar habitado por los
ojos del pintor; o bien, como parecía más bien ser el caso, por
la lente de la camara oscura; (b) determinar con precisión las coordenadas
espaciales tridimensionales (largo, ancho y alto medidos desde el punto de vista
de los muros, el suelo y el techo de la habitación) para cada uno de los
personajes, objetos y elementos presentes en la escena; y (c) recuperar al completo
la configuración espacial original que Velázquez debió de
ver proyectada sobre su lienzo por el ojo de la camara oscura. El objetivo
del trabajo de Moffitt era mostrar, probar científicamente que Velázquez
empleó para la ocasión un artefacto protofotográfico, una
versión tecnológicamente mejorada de un viejo instrumento de visión
e inscripción perspectiva denominado "velo de Alberti" (Moffitt,
1995, 180), bien conocido en su época entre los de su gremio y altura:
una camara oscura que trasladaba o proyectaba una imagen fotográfica natural
de una sección angular del entorno circundante sobre una pantalla de papel
previamente roturada con una cuadrícula de carboncillo. Otros estudiosos
de Las Meninas, notablemente Mestre Fiol (1977, 81-123) y Campo y Francés
(1992), emplearon métodos de ingeniería inversa similares a los
expuestos por Moffitt (1983) con la intención de recobrar los puntos y
las distancias focales originales de la pintura (aunque prescindiendo del supuesto
de la camara oscura y sustituyéndolo por una serie de conjeturas sobre
el empleo de sistemas de espejos de diferente parametrización angular).
Por su parte, Kemp (2000), aceptando la hipótesis de que Velázquez
pudo ahí haber aplicado una variante innovadora de los clásicos
principios de perspectiva lineal codificados por Alberti, calcula un conjunto
diferente de líneas perspectivas para las posiciones respectivas del pintor
real, el pintor pintado, el lienzo real y el lienzo pintado. En el trabajo
pionero que inaugura esta subespecialidad tecnocientífica de los estudios
meninenses, el arquitecto madrileño Ramiro de Moya (1964) computó
dos conjuntos diferentes de coordenadas geométricas para trazar los planos
de planta y alzado de la estancia original de Las Meninas. El primer conjunto
lo calcula De Moya sobre la base de una primera conjetura sustantiva (que lo que
Velázquez estaba en realidad pintando era un retrato del Rey y la Reina)
y una segunda conjetura independiente relativa a los medios técnicos empleados
por el pintor (que el pintor había colocado a uno de sus ayudantes o bien
un maniquí como doble suyo en el lugar que su figura ocupa en la pintura
final). El segundo conjunto de cifras lo obtiene De Moya a partir de un modelo
teórico más consistente, en el cual la conjetura tecnológica
sobre el uso de un procedimiento pictórico secreto u oculto al ojo del
espectador (dos espejos posicionados en ángulo recto) se deduce a partir
de una inteligente pero algo vacua consideración sobre el posible tema
del cuadro: que el contenido del cuadro que se oculta tras el enorme caballete
que aparece en el margen izquierdo de Las Meninas es el propio cuadro Las Meninas. El
problema con la hipótesis de una pura autorreferencia pictórica
es que la elección del tema particular del cuadro permanece como un hecho
puramente arbitrario e inexplicable. Por qué una escena palaciega y no
una escena campestre, por ejemplo. Un paisaje boscoso podría haber servido
para el caso en vez de la Infanta Margarita y su séquito: no se tiene nada
específico que decir sobre cuál sea el tema del cuadro excepto que
el cuadro es "autorreferente". Por lo que toca a la parte interpretativa
de su estudio, Moffitt, claramente sugestionado por la influyente interpretación
simbolista de Las Meninas como reivindicación suprema de la nobleza de
la pintura formulada por Jonathan Brown en la década de los setenta, parece
dar un salto en el vacío desde la prueba técnica relativa a la presencia
de la camara oscura a la afirmación de que Velázquez, en Las Meninas,
habría empleado dicho instrumento con la intención de: (a) producir
una demostración protofotográfica, científica, de la realidad
objetiva e independiente del espacio exterior al hombre que (b) sirviese para
zanjar de una vez por todas la controversia sobre la dominancia relativa de las
dimensiones artesana y artística en el trabajo del pintor; y (c) la demostración
científica así pintada ofrecería, como colofón, la
más hermosa defensa alegórica concebible de la nobleza inherente
al arte del pintor. El arte de Velázquez. Merece la pena citar el párrafo
íntegro del artículo original en el que el profesor Moffitt expone
estos tres puntos interconexos de su tesis:
Concluimos de
forma inapelable que para poder alcanzar ese orden tan rigurosamente consistente
de exactitud en la reproducción visual que venimos de documentar, el pintor
debió de emplear algún instrumento mecánico para ayudarse
en su tarea. Cualquiera que, como hemos hecho nosotros, haya intentado reproducir
de manera precisa la realidad visual con la ayuda de un pincel puede colegir que
este es un hecho demostrado. Más aún, los historiadores del arte
renacentista saben actualmente que un medio tal para la transferencia mecánica
de los hechos visuales acontecidos en 1656 en el Cuarto bajo del Príncipe
al lienzo donde Velázquez pintaba Las Meninas pudo muy probablemente haber
sido algo parecido al llamado "velo" de León Battista Alberti
-muy especialmente porque esta herramienta tan útil se describe en su libro
Della pittura, una obra que Velázquez poseía. [...] Sin embargo,
es más probable que Velázquez usase una versión más
moderna del velo, a saber: la camara oscura. Los hechos físicos del claroscuro
de Las Meninas y sus figuras progresivamente achatadas y pictóricas son
coherentes con esta suposición. Como lo es también la prueba documental,
especialmente la interesante entrada (la número 174) del inventario póstumo
del equipamiento profesional de Velázquez, donde se hace mención
de "un vidrio grueso, metido en una caja", lo que, leído en su
contexto, podría ser una lente convexa engarzada en una caja de visión
o cámara. En el caso de que esta sencilla caja abierta en una lente hubiese
estado cubierta originalmente con una lámina de cristal cuadriculada al
efecto para servir de pantalla, entonces este aparato habría funcionado
exactamente del mismo modo especificado por Alberti para su velo -solo que de
un modo más eficiente, cosa de la que ya sabía un contemporáneo
de Velázquez, el pintor Vermeer, de quien se sabe con certeza que empleó
este aparataje. [...] Pero la camara oscura debió haber sido sólo
una herramienta aplicada para un fin superior, un objetivo filosófico,
a saber: la demostración de que la pintura, a causa de su uso científico
de las reglas geométricas de la perspectiva, debía ser considerada
un arte liberal. [...] Y más allá de todo esto, nos parece que el
propósito general de Las Meninas debió de ser el de servir de escrupulosa
dimostrazione de la perspectiva científica; y, puesto que los pintores
españoles del Siglo de Oro anhelaban ante todo que su disciplina fuese
incluida entre las Artes Liberales y elevada así del pantano servil de
las Artes Mecánicas, sólo la más escrupulosa adherencia a
los principios de la geometría perspectiva podría llegar a demostrar
que La Pintura estaba firmemente asentada sobre axiomas matemáticos, y
que era por tanto tan válida como empresa científica como lo eran
las Artes Liberales reconocidas, la Aritmética, la Geometría, la
Astronomía y la Música. [Moffitt, 1983, 287-288 y 290.] La
primera y la segunda parte del argumento me resultan muy razonables; y, junto
con la tercera y última, que en realidad es un calco del argumento de Brown
(1995) al que se ha añadido el subtema de "la ciencia matemática",
conforman un ejercicio académico muy sutil e inteligente, tal vez demasiado. Si
fuese cierto, como postulan diferentes variedades de pensamiento filosófico
clásico y neoclásico, que procedimiento es igual a contenido, así
en el arte como en la vida, entonces, para el caso que nos ocupa, podría
ser posible economizar medios explicativos y formular una única conjetura
válida al mismo tiempo para el sentido y para el método del cuadro
de marras. Cumpliendo así, de paso, con los requisitos estándares
de consistencia, simplicidad y elegancia que son la marca de fábrica de
la escritura científica. (Como muestra de la manera más diáfana
la taquigrafía propia de los modelos matemáticos, tan elegantes
ellos, la ciencia es el más puro de los ejercicios de estilo literarios).
Expresado con otra terminología académica especializada, se podría
decir también que debería ser posible descubrir un alterno etnometodológico,
esto es, una versión ordinaria, encontrada extramuros de la academia y
producida como la cosa más normal del mundo por personas legas inmersas
en contextos mundanos, del modelo analítico-formal del cómo y el
qué de Las Meninas tan astutamente armado por Moffitt. Sobre la base
de conjuntos independientes de pruebas textuales y pictóricas, intento
mostrar en lo que sigue que el famoso cuadro de Velázquez era, es decir,
documentaba lo que hoy llamaríamos el making of, el cómo se hizo...
Las Meninas mismas; es decir: Las Meninas es el making of de las Las Meninas.
Pero no sólo eso: el cuadro cuenta al espectador cómo se montó,
cómo se ejecutó y cómo se reveló la más anciana
de todas las bromas de cámara oculta (BCOs): la "broma de camara oscura"
(BCOb). Inventada por Velázquez para deleite del Rey Felipe IV y su corte,
este novedoso capricho pictórico-teatral tuvo su primera y única
representación un mediodía de aquel año de gracia de 1656
en la estancia del Alcázar Real conocida como Cuarto bajo del Príncipe,
que era a la sazón el taller del pintor real. De este modo, a la vez que
se conserva el juego especular que el cuadro claramente propone, se logra sin
embargo salvar el fantástico obstáculo de la arbitrariedad autoreferencial,
el vacío representacional del cuadro en el cuadro contra el que se habían
estrellado análisis técnicos tan meritorios como el de De Moya (1964).
El cuadro de Las Meninas no representa "el cuadro de Las Meninas" sino
que documenta cómo se pintó el cuadro de Las Meninas en y como la
secuencia de revelación final de una BCOb.
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