 |
 |
|
Espécimen macho | |
IEGOR GRAN | | 288 págs.
| | Traducción: María Teresa Gallego
Urrutia | | ISBN 84-89618-95-X |
| 19.50 €. |
|  |
|
|  |
 |
 |
 |
|  |
1. Las sabinas
Día de la Catástrofe
De mala
gana, el planeta Tierra ronronea en el inseguro eje; sin apresurarse los continentes
derivan como tendidos en una playa; el viento trae la lluvia y aguijonea con ella
el bidé de los océanos; la vida se mueve. Amanece
en la avenida; un amanecer con tez de desenterrado reluce apocadamente bajo los
faros de los coches al humedecerlo el calabobos, espera el canto del gallo en
la esquina del suburbio del Este, se acerca a la ciudad andando de espaldas. Querría
escabullirse, volverse por donde ha venido para tomarse un permiso, un día
sabático, digamos; no se siente nada motivado y no es para menos, nota
que está a punto de suceder un cambio, que lo están esperando para
que empiece la sesión. Ahogados en la mañana
gris, los edificios respiran con ese sosiego de quienes están concluyendo
una honrada noche de letargo. El terraplén florido les hace las veces de
corona. Podrían parecer eternos. Una iglesia
emerge del asfalto y monta guardia, soñolienta. Está senil esta
antigua iglesia, no ve el peligro que repta hacia la ciudad, la dulce tisana de
las vísperas le ha mermado la diligencia, la ha ido desgastando la rutina
de las fiestas apostólicas, se yergue como un raído espantapájaros.
A la izquierda del campanario, bajo el patio porticado
húmedo, una escuela vacía está esperando su hornada de niños.
Más allá, una cárcel. Enfundado en las paredes de una celda
que ha encogido con los lavados el asesino en serie sueña con una mujer
hecha pedazos. Todo está tranquilo. Un ruido no obstante: el viento raspa
los árboles. Golpean las contraventanas en
casa de la señora del quinto. En la planta baja el gato se sobresalta.
En su reloj interno es la hora de que llegue la lata de conservas, ese pastoso
paté de conejo que le traen las varices de los mil sedimentos. El gato
hace una pirueta muda. El cotidiano nacimiento de la lata, tan místico
como el nacimiento de Venus, es un renovado milagro que prueba la existencia de
Dios. Entorno al gato nadie se mueve. ¿Se habrán
olvidado de él? El gato calibra el cubo de la basura. Salen de él
efluvios de pescado, el olor juega a imitar una sirena, el gato tiene un ogro
en la tripa. Ten paciencia, le sugiere el Dios de
los gatos. Ya llegará el conejo. Te lo traerán las varices, como
todas las mañanas, vitaminas y calcio vermífugo. Las varices están
programadas para servirte. No son seres conscientes y su ego consiste sólo
en un parasitismo sistemático de tu capacidad para crear bienestar. Te
acarician para aliviar su tensión arterial. En ningún caso podrían
vivir sin ti. Ten paciencia, gatito, comerás a gusto sin tener que esforzarte,
¿cuándo se ha quedado abandonado un gato de portera? Mira por la
ventana para hacer tiempo, cuenta los árboles. Golpean
las contraventanas, se alza el viento, el gato se estira, nervioso. En su hambrienta
memoria la lata crece simétricamente. Se hincha hasta convertirse en un
pensamiento punzante, casi desagradable. ¿Por qué no alza su canto
matutino la esclava de las varices? ¿Dónde se ha metido? Cierto
es que el otro día la arañó someramente, para entretenerse.
¿Es acaso una razón para desertar así? No puede ser. ¿La
habrán irritado tanto esos pelos que deja él en el sofá que
ha preferido salir huyendo? ¿O será su olor de gato macho cuando
tiene sus necesidades?... Cuanto más lo piensa, más se le obnubila
la razón, el gato divaga. No te hagas preguntas
que sean demasiado complicadas para ti, se enfurece el Dios de los gatos. Escucha,
insolente. Las contraventanas golpean, los despertadores
suenan, la ciudad abre los ojos por sucesivas oleadas de asalariados. Bajo la
anestesia del sueño, vegetan estos, aún amparados en las mantas.
¡Las contraventanas golpean! Ha llegado la hora de levantarse en este maldito
y desventurado día. Debajo del radiador, un
hueso de pollo vigila al gato. Ni se te ocurra (advierte Dios), esas son las típicas
cosas que provocan una perforación intestinal. Golpean
arriba las contraventanas, qué molesto, a nadie se le ocurre sujetarlas,
la saliva se suma a los jugos gástricos, golpean las contraventanas, giran
las gotas, suenan los despertadores: no hay nadie. La
señora del quinto ha desaparecido. La portera ya no existe. Los gatos no
saben nada de abrelatas, ¡Malditos seáis, dioses sádicos,
que hacéis tan dependientes a vuestras criaturas! Un
gato persa se le afila las uñas en la garganta. El empleado Martin se alza
penosamente en soledad vertical. Menudo timo esto
de la evolución, maldición y escorbuto, piensa mientras enciende
la cafetera. ¡Qué evolución ni qué glándulas!
Nadie ha evolucionado nunca. Bacterias es lo que seguimos siendo, o casi. Con
esa misma psicología de parásito y esa misma programación
genética que nos anima a zampar dulces en las panaderías, la misma
malignidad a presión en un cuerpo fofo, la misma masa de poquísima
monta. Unas bacterias peludas feísimas, eso es lo que somos, y el empleado
Martin se ve a sí mismo en primera fila de la galería, se ve en
el papel de bacteria reina, se mortifica con refinada pasión, todo un encaje
de masoquismo, porque se nota la cabeza completamente macerada, debe de ser el
estrés, sí, el estrés. La pelea de ayer por la noche con
Sylvie. La pelea fue el remate de una semana pero
que muy penosa. En el ministerio venga a darle la lata con un trabajo que tenía
que entregar, el encargo llevaba seis meses de retraso, el jefe empezó
a aplicarle el soplete a Martin. El pescuezo del contribuyente no es una goma
elástica, decía el jefe, se estira como el de una jirafa, el día
menos pensado se romperá. ¿Y qué fusible es el que van a
cambiar en plena plaza mayor? A ver, Martin, soy todo oídos; pues tú,
empleado payaso, pobre mío, estás el primero para acabar en la batidora,
prepárate para la vivisección, no te hagas ilusiones. Demasiada
carga para el burro. Y él reaccionó como un radiador purgado, hizo
que esa presión repercutiera en Sylvie, sí, es triste decirlo, es
incluso lamentable; lo mismito que una correa de transmisión, le largó
al prójimo el mal humor como Moisés las tablas de la Ley, dejó
que la acritud se cebase con las sobras de su familia. De frase en frase los dos
se meten entre pecho y espalda esa marea negra, y ya no hay forma de dar marcha
atrás, los gritos y las lágrimas de regadera tenaz les oprimen a
ambos la garganta, y también las palabras hirientes. Egoísta impotente,
dijo ella, microbio. Esa fue la palabra de más. Microbio. Al
empleado Martin le sentó muy mal. Volvió a ver en un estroboscopio
mental los años que se había pasado chupando de las ubres de la
función pública, esos días en que come uno en el ministerio
hablando de las vacaciones en la nieve mientras mastica apio con mayonesa de mostaza,
esa máquina de café que se estropea cuando le pones el vaso de cartón,
ese cartel de Ibiza pegado en la pared con papel celo amarillento encima de la
fotocopiadora. Todas las mañanas lo llama la voz translúcida de
la directora para asegurarse de que está en su puesto. Buenos días,
Martin, ¡radiante día y que le cunda el trabajo! Que no se le olvide,
Martin, que el comité de empresa le proporciona entradas para el cine con
tarifa reducida. ¡Aprovéchelas! Lo
de los jefes no es para tanto, les sonríes y piensas: So piojo, no te creas
que vas a poder leerme los pensamientos; así que lo de los jefes no tiene
mayor importancia. Lo de los colegas es peor. Quieren participación. Pretenden
hacerlo caer a uno en el cenagal de su vulgaridad. Cuando va Martin por los pasillos,
a veces se cruza con algunos que se creen en la obligación de dirigirle
la palabra. «Ya falta poco para el fin de semana», gorjea la responsable
de los viernes. Y por el tono se le nota que está esperando una contestación.
Sólo que si comete él el error de entablar conversación,
ella empieza con el tema del hambre en el mundo, o con la boda de la princesa,
y entre unas cosas y otras ya se te han ido veinte minutos de vida. La insignificancia
de la charla recuerda un ping-pong de mediocridad que le resulta especialmente
doloroso al amor propio. Y pensar que un día soñó con ser
artista, fotógrafo quizá, y que ahora está atrapado en la
máquina de tirar la vida por la ventana. La
guinda del pastel es que cuando vuelve a casa se encuentra con la carucha redonda
de Sylvie, todas las noches la misma cara de hamburguesa, más o menos irritante,
que anda de un lado para otro por el salón, cansada también ella
tras un largo día asalariado; tanta costumbre tiene de verla que ya ni
se molesta en mirarla, con ese pelo de color de orines que se empeña en
teñirse de castaño. Los ojos ojerosos se le hunden cada día
un poco más en la cabeza. Cuando se desnuda, lleva una de esas bragas del
año de la polca que se ven en los catálogos de venta por correspondencia.
Con una braga así en la biografía, ¿adónde va a poder
uno llegar? El microbio le dio una bofetada a Sylvie.
No muy fuerte, una bofetadilla, por así decirlo, los restos de lucidez
frenaron el golpe in extremis, pero es un símbolo, la primera bofetada
de su matrimonio restalló en la ciudad. Y en el acto Martin se quedó
inmóvil como ante un precipicio. No por ello se esfumó la bofetada.
Le siguió sonando en los oídos, le pareció que se había
amplificado, su restallar se expandió en miles de microbofetadas. Por las
balaustradas, por las espantadas gárgolas de la catedral, por las tejas
del Palacio de Justicia, por doquier: la bofetada, como un vuelo de gorriones,
el chapoteo de esa bofetada volvía hacia él para darle en la cara.
Tras la bofetada, andan de morros, cada cual por su lado.
Sylvie llora bajito, parece una bañera vaciándose. Bah, se dice
él como si eructase, mañana ya ni se acordará, la noche apacigua
y cura, las lágrimas de mujer nunca son para tanto. Mientras espera que
se vaya despejando la tormenta, hojea Photo Amateur y, qué mala
suerte, se topa con unas chicas que le parecen repulsivas, demasiado deportivas
con esos trajes de baño tan escotados en las ingles, y les abultan bajo
la piel unos músculos que no pintan nada en una mujer, unos rosarios de
músculos como vagones de ganado. Decepcionado, busca refugio en una revista
femenina. Luego mira de reojo a Sylvie. Se ha calmado
y en el rostro se le lee ahora algo así como una espera teñida de
optimismo, como si estuviese en la cola de una película de risa; así
que Martin se siente aliviado, Sylvie ya no le guarda rencor. Con la conciencia
bien saneada, se duerme soñando con nalgas que se aprietan, una plenitud
como un ungüento, a ver si se hace pronto de día y por la mañana
todo se ha cicatrizado ya. ¡Por la mañana! Por
la mañana, Sylvie ha desaparecido; Martin se despierta y tiene al lado
una funda nórdica arrugada, un pijama y todo el vacío que uno pueda
imaginar, con el hueco de su mujer entre las almohadas; sin más despedida
y sin más nada, se ha largado como si se hubiese evaporado, a la oficina
seguramente, con tres cuartos de hora de adelanto. QUÉ RARO. No se ha llevado
ninguna de sus cosas, ni las llaves, ni el bolso. El portátil está
ahí tirado entre el contenido del neceser de maquillaje. No,
claro que no. Martin va recuperando la conciencia, no está en la oficina.
Durante la noche, se ha ofendido por la bofetada y se ha ido a casa de su madre
mientras él dormía. Es una reacción desmedida por una bofetada
que él lamenta, desmedida pero previsible. Ahora habrá que pegar
los pedazos, disculparse con la cabeza cubierta de ceniza y el espinazo doblado,
una penitencia severa que lo volverá aún más insignificante,
microscópico seguramente. ¡Como para hundirse del todo en el anonimato!
El empleado Martin no está ya para andarse con
matices. El bienestar familiar pasa por delante del orgullo. Y sobre todo no hay
que olvidarse de eso del divorcio, que siempre entra dentro de lo posible, un
divorcio al acecho, dispuesto a aprovecharse de la torpeza de Martin para destruir
su tranquilidad. ¿Que iba a ser de Martin si Sylvie pide el divorcio? A
los treinta y siete años ya no es fácil volver a encontrar otro
árbol donde ahorcarse, los rodajes están como desgastados, ya ha
pasado uno por el terremoto de la primera arruga. Menudo cisco para dar con otra
mujer. Las mujeres dispuestas a cohabitar la vida nunca se han apiñado
en sus agendas. Sin olvidarse de que Sylvie tiene buenos ingresos. Un trabajo
estable. La paga extraordinaria despliega su guirnalda navideña. Entre
el parpadeo de las bombillas mágicas, le guiña un ojo la espantosa
verdad: no le iba a ser nada fácil prescindir de Sylvie. ¡No,
no pedirá el divorcio! Martin hará lo que haya que hacer para quitarle
esa idea. ¡Tiene que llamarla ahora mismo y convencerla! Martin
juguetea con la memoria del aparato. La suegra está en primera línea
de fuego, en la tecla: «Llamada VIP». Marchando una de suegra. Deja
que suene el timbre diez veces. Allá, en provincias, nadie descuelga, vacío
total. Sale de escena la suegra. Se toma el café
pensando en qué querrá decir eso, las suegras están siempre
disponibles, como el agua corriente; a veces te inundan; pese al relativo alejamiento
las lleva uno siempre a cuestas; no hay pelea familiar en la que no se apresuren
a meter su trasero perfumado de gran señora. Probemos
con las amigas. Busca al azar en el cuadernito de los teléfonos. Clotilde.
Nada. Estelle. Nada de nada. Brigitte, contumaz. Ninguna responde. Bueno, pues
ya está claro, eso es que el teléfono no funciona. De
pronto ¡rinnnggg!, el trasto suena, ¡rinnnggg!, la vida
social entra a empellones en el aparato en un abrir y cerrar de ojos. Martin recobra
la altanería. Debe de ser Sylvie la del ¡rinnnggg!, irse sin
una palabra de disculpa, ¡rinnnggg! ¿Dónde se ha visto
nunca semejante frescura? Descuelga al quinto timbrazo, se esfuerza en poner una
voz de cuarzo, no, no está preocupado, no, no piensa hacerle ningún
reproche. ¿Sylvie?
Oye la respiración familiar y atascada de un ancianito
cansado: ¿Oye?
¿Eres tú, hijo? ¿No sabrás por casualidad dónde
se ha metido tu madre? Martin nota una decepción
acompañada de odio, porque el mono viejo ese le está robando unos
segundos valiosísimos. Es posible que Sylvie esté intentando hablar
con él; y el teléfono, comunicando. No,
papá contesta .
Voy con prisa, perdona. Te llamo luego. Espera,
no cuelgues dice
a sobresaltos la voz por el auricular .
¡Espera! ¡Espera! Mamá se ha esfu... A
Martin se le ocurre una idea. Se han ido las dos de rebajas, mamá y Sylvie,
a unas de esas rebajas a las que van las mujeres. Habría que mirar el periódico,
seguramente debe de haber algún acontecimiento, una tienda de liquidación,
eutanasia comercial. Busca el periódico, se
pone nervioso; ay, si fuese capaz de entender algo en el calendario de las rebajas,
las fechas, los descuentos. ¿Y a qué teléfono llamar? Prueba
con algunos al azar, todos están comunicando, como si una conjura planetaria
se hubiese propuesto fastidiarlo. Paralelamente, la razón va recuperando
terreno. Unas rebajas a las siete de la mañana, sin previo aviso, la cosa
podría tener un turbio pasar, pero sin llevarse el monedero... ABSURDO.
Una preocupación ebenácea. El empleado Martin
se niega a dejar que se adueñe de él. Quiere marcar otros dos o
tres números, la oficina de Sylvie, por supuesto, y su oficina de la seguridad
social, y el de la policía, al final. Y en estas su teléfono se
niega a obedecerle, debido a la gran afluencia de llamadas hay saturación
de líneas, vuelva a llamar dentro de unos días; le da un golpe rabioso
al auricular en la esquina de la mesa, con el mismo ademán amplio que usó
la víspera contra su mujer, pero más seco: con el teléfono
no tiene ningún lazo afectivo. El aparato electrónico
borbotea en el terrazo. Y parece que dice: «Sylvie, ¿dónde
estás, Sylvie? Sylvie, bonita, ¿te acuerdas de nuestros momentos
de dicha?». Por más que Martin aparta
los ojos del auricular, ya es demasiado tarde, ya se ha apoderado de él
la nostalgia. Subiendo por capilaridad por los recuerdos de juventud arriba, mil
fragmentos de Sylvie se toman la libertad de meterse en el piso y desafiar burlonamente
a Martin. Una merienda campestre y Sylvie con sombrero de ala ancha y bailarinas.
Una Sylvie de veinte años quitándose el sostén. Las manos
de Sylvie con la tostada del desayuno. Sylvie asomándose a la barandilla
del piso y enseñando candorosamente las nalgas. Sylvie acariciando las
largas pestañas de Martin al tiempo que se le enrosca en la cintura. Un
regimiento de Sylvies desfila por los bulevares a los compases de la guardia republicana.
Vamos, si es que nunca había pensado tanto en su mujer, es como si rompiera
una ola. Y entonces, como si quisiera hacerle burla,
ve el delantal de Sylvie colgado del asa de la puerta de la nevera, nunca hubo
delantal más hermoso, tiene estampadas unas recetas estupendas, unos platitos
hechos con mucho mimo con los que ella lo agasajaba. ¿Quién lo va
a cuidar ahora? Bajo su capa de bechamel, un pato a la naranja mira a Martin de
arriba abajo con mudo reproche. Una reliquia es el delantal este tal y como están
las cosas; cuelga con la melancolía del perro abandonado, lo mira con ojos
fieles, emana de él un aroma a chalotas. En este momento, vale muchísimo
más que una situación de asalariado. Martin
se lanza en picado debajo de la mesa: Auricular bonito, tienes que funcionar,
auricular querido, polla mía, tesoro mío, perdóname, dame
línea, por favor, lo necesito. Vuelve a montar el aparato con torpeza.
Los cables se conectan con una succión sibilante. ¿Oiga? ¿Oiga?...
¿Es el ministerio?... ¿No es el veintiocho sesenta y tres?... Perdone...
Hale, otra vez. ¿Oiga? ¿Me oye? Querría hablar con la directora...
De parte de Martin..., el empleado Martin... Martin, de la célula informática,
sí...,espero... ¿Que no está?... ¿Seguro?... Bueno,
pues dígale cuando llegue por la Pascua o por la Trinidad que hoy tengo
que ir más tarde. Un asunto de familia que tengo que solucionar. Lo siento
mucho. Recurran a un interino. Ante el tazón
de café con leche, que se ha quedado frío, el empleado Martin está
en plena rebelión. Va a pasarse la mañana llamando acá y
acullá; luego, cuando su razón haya asimilado el espantoso contratiempo
que ha caído sobre el universo, se desparramará sollozando en la
moqueta y se dará de bofetadas, ahora le toca a él, con mucho arranque,
como si golpease una pelota de voley.
|