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Cómo se ha escrito la Guerra Civil española |
| CARLOS JOSÉ MÁRQUEZ | |
336 págs. | | ISBN 84-96080-74-9
| | 21,80 € |
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Prólogo Fernando
Alonso Martínez Hace ya treinta años José
Martínez Guerricabeitia, fundador y director de Ruedo Ibérico, nos
avisaba de lo que estaba por venir: «una verdadera guerra civil histórica».
Este es el punto de partida del ensayo de Carlos José Márquez, la
constatación de que la Guerra Civil española fue, y sigue siendo,
un elemento clave en la conformación de las diferentes culturas políticas
contemporáneas, y como tal constituye un motivo de pugna permanente entre
los grupos políticos que hubo y hay en las escena pública española.
La Guerra Civil...: causa de discordia, arma arrojadiza, fuente inagotable de
reproches..., en definitiva, y esto es lo relevante, suceso histórico legitimador
de posiciones políticas. Ahí reside su vital importancia. El consenso
historiográfico que se había alcanzado durante los años de
la llamada Transición a la democracia ha comenzado a resquebrajarse. Aquella
idea simplificadora que hacía de la Guerra Civil un triste y desafortunado
enfrentamiento fraticida en el que los malos eran unos pocos (los fascistas muy
fascistas, y los rojos muy rojos) y los buenos una desconcertada mayoría
que pegaba los tiros sin saber muy bien por qué, ha dado ya de sí
todo lo que podía. El conflicto se recrudece, los bandos toman posiciones,
los cuarteles de invierno se vacían y, en el campo de batalla de las ideas,
las armas se desenfundan. Basta hojear los periódicos, desayunar escuchando
la radio o echar un vistazo a las mesas de novedades de las librerías:
el debate historiográfico sobre la Guerra Civil no es un mero problema
académico, la cosa ha ido siempre mucho más allá; como dice
Márquez: «La historiografía es un campo de lucha política
más [...], cada grupo político o social tiene una memoria colectiva
propia confrontada, e incluso enfrentada, a las de otros grupos políticos
y sociales». Cada cual desentierra su hacha de guerra, los expertos y
los tertulianos (o los expertos tertulianos, tanto da) disparan su verdad. Unos
escriben contra los otros, y los otros escriben contra los unos. Todos parten
de la seguridad de saberse en lo cierto, en eso se basan para vender su discurso.
La historia se convierte en un afán de propietarios; y la objetividad,
en el arma para que cada cual defienda su terreno. Las partes implicadas repiten
sus letanías una y otra vez, las narraciones se vuelven soflamas, los argumentos,
pataletas, y para el lector que no queda convencido o seducido, únicamente
resta un ruido tedioso y ensordecedor. «La idea de verdad pertenece a
la retórica del poder», decía Bauman; también es el
arma de los vencedores, digo yo. En nuestro caso, el arma de los que vencieron
a la Revolución de 1936, de aquellos que primero ganaron la guerra, y de
los otros que después ganaron la Transición. Hay un hilo que recorre
el camino de aquellos días hasta los nuestros, hay un decir las cosas que
va desde entonces hasta ahora. El poder y su narración. Este libro analiza
los tratamientos que las distintas tendencias historiográficas han dado
a la Guerra Civil, su manera de contarla y, a menudo, su manera de imponer ese
relato. He aquí una cartografía en la que pueden rastrearse los
orígenes y antecedentes de dichas tendencias, sus intersecciones, sus remakes,
sus lugares comunes y, sobre todo, sus deficiencias teóricas, los puntos
en los que proposiciones y argumentos fallan y la narración se desnuda,
dejando al descubierto la ideología, simple y llanamente. De hecho, una
de las tesis fundamentales del presente trabajo consiste en evidenciar cómo
las dos principales líneas interpretativas, por un lado la franquista (incluidas
todas sus posteriores versiones) y por otro la de la izquierda partidista, se
encuentran en un punto crucial: la negación de la existencia de una Revolución
en 1936. Desde ambas posiciones, representadas inicialmente por la «guerra
nacional revolucionaria» de los comunistas de partido y la «cruzada»
franquista, se procede a simplificar la complejidad inherente a aquella sacudida
histórica, reduciendo los contextos a un enfrentamiento entre fascismo
y antifascismo, o entre cristiandad y conspiración judeo-masónico-comunista.
Con todos sus matices y distintos devenires, ambas historiografías «oficiales»
se olvidan de la lucha entre reacción y revolución que fue el motor
de la guerra, el trasfondo cotidiano de la vida y la política en aquellos
años. Como se verá, este reduccionismo es una constante en las
historiografías estudiadas a largo de las páginas que siguen, y
se pone claramente en evidencia, por ejemplo, en cómo todas pasan de puntillas
y sin hacer ruido por acontecimientos tan transcendentales como la persecución
y aniquilación del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista)
o los sucesos de mayo del 37, en los que se puso de manifiesto una vez más
la existencia de un proceso revolucionario en la zona republicana: las barricadas
levantadas en Barcelona, el asalto al edificio de la Telefónica o los tiros
de las bases cenetistas a los altavoces por donde la voz de sus cuadros llamaba
a la calma, dan idea de que no todo era tan sencillo. Es verdad que una escasa
y frecuentemente olvidada historiografía libertaria (casi siempre anarcosindicalista)
sí dio cuenta de la experiencia revolucionaria y de la contrarrevolución
que llevó a cabo el orden republicano; sin embargo, esta es una historia
de derrotados y olvido (y de derrotados en el más profundo y dramático
sentido: se perdió la guerra y se perdió la Revolución),
y no una historia del poder, de ningún poder. Además, esta historiografía
adolece de serios problemas metodológicos, ya que en muchas ocasiones tiende
al personalismo (lógico, puesto que se vuelca principalmente en el formato
de las memorias) y a la mitificación, faltando por lo general unas bases
sólidas que posibiliten un debate historiográfico serio. Si las
deformaciones de la historia perpetradas por el franquismo y, después,
por sus herederos ideológicos constituyen un hecho incuestionable,
lo cierto es que la tergiversación es el signo bajo el que prospera también
la historiografía académica de la izquierda partidista durante la
Transición democrática. Allí, la interpretación que
el PCE hacía de la República como precursora de las «democracias
populares» da paso a la consideración de esta como una «democracia
liberal en lo político y reformista en lo socioeconómico».
Se niega, entonces, la voluntad revolucionaria de sindicatos, partidos y gran
parte de la población (salvo en las acciones de ciertas minorías
de «incontrolados»), y en su lugar se habla de la reacción
defensiva de un sistema liberal amenazado por el fascismo. Este es uno de los
puntos donde las tesis de nuestro autor se ilustran más fielmente: aún
hoy la Guerra Civil sigue siendo fuente de legitimación de movimientos
políticos. Los partidos constitucionalistas conformaron en la Transición
un régimen demoliberal y reformista, en el que quedaban reconocidos los
derechos sociales de sus ciudadanos y la autonomía de las regiones, y se
legitimaba la exclusión de las minorías extremistas y violentas...,
el perfecto correlato de su concepción de la Segunda República.
El hoy se proyecta en el ayer y, en apariencia, al juzgarse el pasado desde los
valores presentes, todo encaja. Pero no se puede pretender valorar y juzgar la
Guerra Civil desde la moral y la cultura del último cuarto del siglo xx,
no se puede a no ser que lo que se busque no sea entender lo que sucedió,
si no describirlo e interpretarlo de forma tal que justifique lo que hay. Quede
pues claro lo que el lector va a encontrar de aquí en adelante: un trabajo
riguroso, honesto y autónomo; ideas que toman partido sin comulgar con
la verdad de nadie; un estudio que, visto el panorama, era absolutamente necesario,
y cuya principal virtud es la de empezar la casa por los cimientos, fundamentando
conceptos y desarrollando argumentaciones que nos llevan hasta la trastienda de
las distintas historiografías analizadas. No habrá entonces cabida
para las estridencias y las burdas polémicas a las que nos hemos venido
acostumbrando. Este ensayo va un paso más atrás, apunta al preciso
lugar en el que se gestan las narraciones para que podamos entenderlas pieza a
pieza, y demolerlas si es preciso.
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