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La
escondida senda | LUIS PÉREZ ORTIZ |
200 págs. | ISBN
84-89618-17-8 | 1950 pts. 11,71 Eur. |
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AQUELLA MAÑANA, EN EL NÚCLEO
de un invierno crudo, Armando Cuaresma no se reconoció ante el espejo:
miró a los ojos de la imagen reflejada, en busca de certeza, y le parecieron
los de un extraño, como si se viera por primera vez. Quizá
influyera una circunstancia insólita: el efecto nieve. Tejados y calles
habían amanecido cubiertos por una gruesa capa blanca, algo que no ocurría
todos los inviernos. Mas no era sino una circunstancia, y el estupor de Armando,
en cambio, afectaba a su identidad. Llevaba tiempo sintiendo unas ráfagas
de vértigo, momentos aislados en que la realidad amagaba desvanecerse.
Tumbado en la cama, la incesante palabrería de su mente se detenía
y entonces todo lo encontraba distinto y nuevo; no cada cosa (la cama, el libro
abierto ante los ojos, las cifras luminosas del despertador, el alegre canturreo
de Adela en el otro cuarto de baño) sino todo: la atmósfera, el
instante. Pero enseguida continuaba rumiando sus historias, y el extraño
fulgor recién experimentado se extinguía. También le ocurría
a Armando en el autobús, o frente a los noticiarios televisivos. Eran segundos
fugaces, quizá asomos ocasionales a un momento crucial que le aguardara
en otra parte, pero aquella mañana el estupor le tenía paralizado.
¿Es que se había transformado en otro durante la noche?, se preguntó.
Cada pieza de la casa, cada objeto contenido
en ella se presentaba familiar a su mirada, desde luego, pero al mismo tiempo
chocante, como si nunca hasta entonces hubiera reparado en ellos. E igual le ocurría
consigo: notó que afeitaba a otro, que distribuía loción
en mejillas ajenas. Ya antes de levantarse,
en la ardiente cópula con Adela, había sentido algo distinto. La
novedad no consistía en lo temprano de la unión (las consumaban
a menudo, incluso en la hora perezosa del amanecer), sino en las sensaciones experimentadas
durante el orgasmo. Hasta aquella mañana, al alcanzarlo culminaba en una
larga serie de espasmos y convulsiones, acompañados de gemidos y estertores
que alguna vez sería más propio llamar bramidos. Una corriente desencadenada
de pronto le recorría la espina dorsal y se expandía por cada articulación.
Después quedaba inerme, en exhausta placidez. Y así era para Armando
la forma del placer sexual desde que en la adolescencia lo descubriera, con independencia
de posturas y variantes. Aquella mañana, sin embargo, había sentido
una bola de fuego estallar en la cabeza, tras ascender como bengala en trayectoria
serpenteante. Una irradiación de calor había brotado enseguida,
abrasándole las mejillas y sumiéndole en una temperatura que parecía
febril. Estoy estremecido, había susurrado a continuación, atenuando
el habitual laconismo de sus expresiones en la cama. Y lo había susurrado
de modo exclamativo, sorprendido por la novedad. Adela sonreía con los
ojos cerrados, flotando aún entre oleadas de placer. Ante
el espejo, tan gozoso inicio de la jornada le parecía un síntoma
más de lo que ahora se presentaba ineludible: no lograba reconocerse. Como
sintomática era también la casualidad de la víspera, la grabación
en el contestador telefónico. Alguien se había confundido de número
y dejado un mensaje para otra persona, un tal Joaquín. El mensaje era del
todo trivial pero, según Armando, el hecho de la confusión estaba
lejos de serlo. Los actos corrientes,
los que se realizan a diario de manera automática mientras la mente se
concentra en los objetivos programados para la jornada, aquella mañana
acaparaban la atención de Armando Cuaresma. Abotonar la camisa, por ejemplo,
o apretar con el índice el interruptor de la luz al abandonar el cuarto
de baño: actos insignificantes que ejecutaba sin pensar, por hábito,
pero que entonces percibía con claridad inusitada, sin ser distintos. Trató
de comentárselo a Adela. ¿Cómo explicárselo? En realidad,
por así decir, nada había cambiado; ni el color de los ojos había
mudado, ni había engordado espectacularmente, ni alterado cualquiera de
sus facciones. Adela haraganeaba con los
ojos abiertos, envuelta en la música activada por el radiodespertador.
Armando la observó por si en su mirada se reflejaba algo de la extrañeza
que a él le embargaba; por si lo que le tenía perplejo, fuese lo
que fuese, también a ella chocaba, pero su mirada despedía una complicidad
cálida, habitante del amanecer. Qué tal, dijo tan sólo Armando,
suponiendo que de notar alguna anomalía importante ella aprovecharía
la ocasión para comentarla. De maravilla, contestó Adela mientras
estiraba su cuerpo un par de veces a lo largo de la cama. En
la cocina llenó de café molido el depósito de la cafetera
italiana y enroscó la parte superior. Recordó sus recientes lecturas
espiritualistas. ¿Y si era una incidencia normal en la evolución del ego
hacia su extinción definitiva, más o menos? De un proceso parecido
hablaban los libros. Pero el cambio, si lo había, ¿pertenecía al
proceso? En la parada del autobús
le asaltó un vértigo breve, como un golpe de viento que le soplara
sólo a él, empujándole a trastabillar. Coincidió con
la repentina conciencia del torbellino de movimientos alrededor: coches, furgonetas,
motos, transeúntes apresurados, ciclistas enmascarillados y una sinfonía
de rumores broncos. Incómodo, miró de reojo. ¿Había testigos
de su excéntrico paso de baile? Aguardaban indiferentes, enfrascados en
sus periódicos. Aliviado, los imitó. Pero su mirada no resbaló,
como de costumbre, desganada sobre los titulares mientras se sumía inconsciente
en el plan personal del día, sino que se detuvo en la lectura de los textos.
Examinó su significado con una atención que nunca les dedicaba,
pendiente de lo que proponían. A las pocas páginas ya lo sabía:
una ración de pesimismo. El conjunto de las noticias destilaba una visión
sombría del mundo. Cada frase contribuía a una panorámica
desazonante. Niños de ojos hambrientos, edificios bombardeados, disidentes
apaleados, cadáveres esparcidos, políticos de adocenada sonrisa,
rostros oficiales de presidentes variados... Muy bien, se dijo, pero todo esto
es una versión parcial y surte un subterráneo efecto desalentador.
Las informaciones son rutinarias, no reflejan acontecimientos excepcionales y,
sin embargo, en la parada la gente está cabizbaja, se dijo. Con desgana
empezó una columna repleta de improperios y la llegada del autobús
le libró de proseguir la lectura. Subió entre empujones de hombros.
El conductor arrancó bruscamente, soltando una patada al pedal, y los viajeros
quedaron comprimidos en el pasillo, no sin proferir sonoras imprecaciones. Armando
reparó en el malhumor reinante, a punto de estallar colérico. La
grisácea atmósfera, seria y grave, era la de todos los días,
pero aquella mañana le asfixiaba. ¡Él quería estar de buen
humor! A Armando le parecía que
se había transformado algo sustancial; apostaría a que era él
mismo, pero no podía encontrar ninguna huella perceptible de ese cambio.
Incluso había comparado su imagen del espejo, en minucioso examen, con
una fotografía reciente (la más reciente del álbum de viajes
que compartía con Adela, ambos en plano medio con la plaza de San Marcos
al fondo y una nube de palomas envolviendo el brillo de ambas dentaduras), y había
reproducido la sonrisa como un experimentado actor, pero los rostros, las cabezas,
eran rasgo por rasgo idénticos. Y como el cambio, de haber ocurrido realmente
(y no sólo en la subjetividad exacerbada de Armando) no era de carácter
físico, es del todo innecesario describir la apariencia del personaje,
por mucho que el lector clásico casi lo pudiera exigir llegada esta ocasión
tan propicia. El cambio debía de
haber ocurrido, pues, en una dimensión imperceptible, no manifiesta; espiritual,
por así decir, y no en el mundo visible, pues no cabe imaginar una estampa
urbana más calcada de las precedentes que la ofrecida por las ventanillas
del autobús, compuesta de atascos, torpe caudal de automóviles innumerables.
¿Y en qué se traducía la aparición de ese espíritu
nuevo? ¿En un cambio de actitud, una nueva forma de ver? ¿Una nueva forma de ser,
en general? El autobús dejó
a Armando en la parada correspondiente a su trabajo y puso fin a la cadena de
meditabundas preguntas. Ya era de noche
cuando Armando volvió a casa, aturdido por el exceso laboral, y se conectó
a la televisión. Se sentó ante la pantalla con una cerveza en la
mano y los pies sobre la mesa de cristal. Mantuvo mudo el aparato mientras escuchaba
la sucesión de mensajes grabados en el contestador. Uno era de Adela, ya
desde su casa. Lo había pasado muy bien el fin de semana, en el último
momento sobre todo. Igual yo, pensó Armando, y recordó el amanecer,
su denso sabor carnal. Otros mensajes, de la familia, recordatorio de aniversarios,
protocolario interés por la salud y los asuntos generales; y de amigos,
comentando el sábado o anunciando planes de diversión y viaje. Después
dio voz al televisor y cambió diez veces de canal. Anheló uno en
el que quedarse pero odiaba los anuncios. Durante media hora contempló
las imágenes más peregrinas y consumió la cerveza. Se lavó
los dientes y se acostó. Armando
soñó que aplastaba gusanos al sentarse en una silla, y que comía
puré dulce. No son gusanos sino orugas, sugería una voz cuando se
despertaba antes de tiempo, bañado en sudor. Su reacción: correr
al espejo del cuarto de baño. El sudor de tu frente, se dijo mientras su
imagen volvía a parecerle la de un extraño.
Siguió nevando, y la asistencia
al trabajo se complicó en toda la ciudad. En algunas zonas el asfalto aparecía
intransitable, cubierto por una capa de hielo cristalina y deslizante; también
amplias superficies de las aceras. Mientras
aguardaba en la parada del autobús, Armando se preguntó por las
razones de su presencia allí. Qué hago yo aquí, fue lo que
se dijo. Ya no miraba el periódico; miraba cómo los demás
mantenían ante sus narices un ejemplar repleto de noticias desmoralizantes
y comentarios devastadores. ¿Acaso nunca se había fijado en el cuadro que
componían los diversos grupos de individuos ensimismados en cada rincón
de la ciudad en los días laborables? No, porque él solía
estar en el interior de tales grupos. Ahora parecía haber salido de la
realidad habitual y cobrado distancia para contemplarla desde fuera. Algunas personas
se ensimismaban con la ayuda de diminutos auriculares conectados a la radio o
a música de discoteca. Armando
vio que a unos cincuenta metros caminaban con enorme dificultad una mujer joven
y un niño de dos años, seguramente su hijo. Ambos calzaban katiuskas
de color celeste. La madre resbaló sobre el hielo y cayó sentada,
con peligro de fracturarse el coxis. Como el niño caminaba agarrado a su
mano y no tuvo tiempo de soltarse, fue arrastrado a la caída y sufrió
un violento golpe en la cabeza. Madre e hijo permanecían en el suelo, llorando
doloridos. No podían incorporarse. Armando se acercó, aupó
en brazos al niño y ayudó a la madre a ponerse en pie. A la mujer
le avergonzaba llorar y explicó que sentía un dolor insoportable.
Iban a la guardería, primero, y luego al trabajo, ella. Armando les acompañó
durante unos cien metros, hasta salir de la zona helada. Luego regresó
a la parada y permaneció apenado hasta la llegada del autobús.
¿Y si la sensación de estar transformándose
fuera un síntoma patológico?, dudaba Armando. No le parecía
así: físicamente nada anómalo percibía en su organismo,
cuyas funciones eran ejercidas con regularidad silenciosa y confortante; ni deposiciones
poco sólidas, ni ventosidades malolientes, ni lengua blancuzca, arritmias
cardíacas, córneas amarillentas, palidez excesiva, ojeras violáceas,
aliento disimulable, articulaciones resentidas, jaquecas lacerantes, insomnio
agotador, fatiga inexplicable o tristeza genital; casi se sintió culpable
por desconfiar de un organismo tan modesto y probo en su intachable eficiencia:
ni tan siquiera un apunte de caries o una común gripe en el último
lustro. Una tarde visitó a su médico
de cabecera en el Centro de Salud y tras presentarse a él, pues el galeno
sólo llevaba cuatro años ocupando la plaza y Armando no le había
visto nunca, pidió someterse a las pruebas más parecidas a un chequeo
integral. El doctor no conseguía entenderlo. ¿Pero es que acaso se encuentra
usted mal?, insistía en preguntar. En modo alguno mal, pero quiero ir descartando
explicaciones. En los días siguientes
Armando fue objeto de una docena de análisis, cada uno distinto. Le extrajeron
fluidos de todos los tipos existentes en un cuerpo humano. El médico estudió
en denso silencio los resultados y los describió como envidiables. Ojalá
tuviera yo una salud como la suya, suspiró mientras encendía un
cigarrillo. En la consulta del psiquiatra (¿o era un psicólogo?) rellenó
un centenar de tests. Posee usted un sólido equilibrio, le comunicó
el facultativo una semana después. La psicometría no detecta la
menor dolencia; ni siquiera una leve neurosis. Tan sólo, si acaso (y Armando,
todo atención, se adelantó en su asiento), cierta fobia a las multitudes,
pero hoy por hoy es más bien una reacción razonable.
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