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Tres cuadrados rojos sobre fondo negro

TONINO BENACQUISTA

192 págs.

Traducción: José Lius Sánchez-Silva

ISBN 84-96080-06-4

19.50 €.

Tres cuadrados rojos sobre fondo negro (00019)

 

 


    Últimamente me cuesta descansar, quizás sea cosa del colchón. Con la paga de hoy voy a poder comprarme uno nuevo. La galería acaba de abrir, Liliane está como una rosa. Aunque es cierto que ya son las once de la mañana.
    Jacques ha pasado a las nueve. Te manda un abrazo.
Medio dormido, me siento cerca de la mesa de recepción, donde todavía queda una copa de champán vacía.
    ¿Acabasteis tarde?
    A medianoche dice ella. Había cantidad de gente. Y tú, ¿a qué hora acabaste? Por la cara que traes, estuviste de juerga...
    Por toda respuesta, bostezo.
    Te he preparado la nómina, sólo tienes que comprobar las horas y voy a que la firme Coste. Y luego, hop, Antoine se mete la pasta en el bolsillo y desaparece y no volvemos a verlo hasta la clausura, ¿no?
    Es verdad que nunca pongo los pies por aquí entre la inauguración y la clausura de una exposición. Es Jacques quien se ocupa del mantenimiento, una vez a la semana.
     ¿A quién pertenecen las obras? pregunto.
    Son patrimonio nacional. Morand hizo una donación al Estado.
    Patrimonio nacional... A todo el mundo, entonces. Incluso un poco a mí. La Coste nos explicó que había conocido a Morand a su regreso de Estados Unidos, y que su trabajo le gustó mucho. Estaba muy interesada en esta retrospectiva.
    El Ministerio de Cultura nos ha prestado las obras durante un mes dice Liliane. Después de la clausura vuelven todas al depósito. A ti te gusta mucho el depósito, ¿eh, Antoine?
    Claro que me gusta. Es una gigantesca reserva de obras donde se almacena parte del patrimonio. Trabajo allí en verano, durante las vacas flacas, cuando cierra la galería. Fue Coste quien me enchufó para conseguir el curro.
    ¿Y cuándo es la próxima exposición?
    El 22 de marzo. Tendréis cuatro días para montarla. Y, viendo las obras, vais a sudar lo vuestro.
    ¿Cómo son?
    Instalaciones, objetos sobre pedestales.
    Mala noticia... Me temo lo peor. Es lo que más odio, los objetos, las estatuillas africanas con walkmans, los cepillos de dientes sobre perpiaños, los balones de baloncesto en un acuario y cosas por el estilo. Es la tendencia post-Emaús. El arte contemporáneo lleva tres años haciéndole la competencia a los traperos. Es el culto a lo práctico-inerte. Uno ve un abrelatas en un pedestal y se hace todo tipo de preguntas que no se le ocurrirían en su propia cocina. Estamos buenos... A Jacques y a mí aún nos queda risa para rato. Cuántas veces habré respondido a los visitantes que el cenicero y el paragüero no forman parte de la exposición.
    Vigílame el tinglado un cuarto de hora. Vuelvo con tu cheque.
    Es el procedimiento habitual. Me gusta jugar a los guardas de museo, así puedo despertarme tranquilamente. Pero es un trabajo de titán. Requiere un verdadero arte de la inercia. Los guardas de museo siempre son motivo de cachondeo, uno se pregunta en qué pensarán; se dice que todos están enamorados de una obra, que se pasan el día soñando despiertos, sentados, durante treinta años, con la mirada a la vez extraviada y fija en la misma naturaleza muerta. Casi siempre un faisán desplumado y dos manzanas maduras sobre una cesta de mimbre. Aunque aquí se trataría más bien de un faisán de mimbre y una cesta madura sobre dos manzanas desplumadas.
    Por curiosidad, paso la vista por el libro de firmas para leer la lista de elogios, insultos y pintadas que dejaron anoche los visitantes. Si uno le echa un vistazo el día siguiente de la inauguración, ya sabe si la exposición va a funcionar o no. Y la retrospectiva Morand va por mal camino. «Impresentable, y paga el contribuyente» o «Excelente exposición. Bravo» o «Yo lo hago mejor. Aquí tienen mi dirección»o incluso «30 años de retraso. ¡El arte contemporáneo no se acaba en los sesenta!».
    Me gusta ese enorme libro blanco, es el único medio que tiene el público para dar su opinión, anónima o no, sobre lo que acaba de ver. La exposición Morand no llegará a los diez visitantes al día. Y eso que normalmente todo el mundo sabe que, al entrar en una galería de arte moderno, asume un riesgo; la gente no viene necesariamente para ver cosas bellas y armoniosas. Si no, irían al Louvre. Y los que, como yo, no entienden una palabra y se atreven a dar tres pasitos tímidos hacia lo más difícil de comprender que hay, esos tienen derecho a garabatear una notita en el libro de firmas.
    Un tipo entra y sonríe.
    ¿Se puede visitar la exposición?
    Sí.
    ¿Es gratuita?
    Sí. Adelante.
    Ni siquiera echa un vistazo a la escultura de la entrada, desaparece en una de las salas. Rápido, el tío. Lleva toda la panoplia del gentleman-farmer. Si tuviese pasta, yo también me vestiría así, traje de espiguilla, seguramente Harris tweed, camisa beis, corbata de un marrón reluciente, zapatones ingleses y una Burberry's arrugada al hombro. A ver si con la próxima paga...

    Si a Liliane se le ocurriese la buena idea de volver con un café... Me marcharía en plena forma con el cheque y toda una tarde de dolce farniente por delante. Cojo un catálogo para pasar el rato y lo hojeo buscando la biografía del pintor.

    Etienne Morand nace en Paray-le-Monial (Borgoña) en 1940. Tras cursar estudios en la escuela de Bellas Artes, parte hacia Nueva York en 1964, atraído por el movimiento expresionista abstracto. Se interesa especialmente por las técnicas de...

    Dejo de leer de golpe.
    Un ruido...
    Ha sido un chasquido.
    Y Liliane que no vuelve.
    Tal vez no sea nada, un foco chamuscado o una cuerda que se afloja bajo el peso del cuadro, pero no me queda más remedio que levantarme. A no ser que sea ese visitante que, como tantos otros, esté intentando corregir la inclinación de un cuadro con un golpecito del pulgar. Si es eso, me tocará ir detrás de él con el nivel.
    Voy a tener que dar una vueltecita rápida por la sala del fondo, como quien no quiere la cosa, pese a que me horroriza pasarme de suspicaz. A medida que avanzo, aumenta el ruido. Desemboco en una sala y el tipo se vuelve. Lanzo un grito...
    ¡Pero...! ¿Qué hace? Es un...
    Busco una palabra, un insulto tal vez, pero no sé lo que se dice en estos casos.
    Da un último golpe de cúter para separar la tela del marco. La tela amarilla.
    Farfullo algo, susurro palabras que se me quedan bloqueadas en la garganta.
    Él termina tranquilamente su trabajo.
    Quisiera reducir la distancia entre nosotros, pero no puedo dar un paso, un muro invisible e infranqueable me lo impide.
    El canguelo.
    Me inclino hacia adelante en dos ocasiones sin poder mover las piernas, tendría que echar el muro abajo, pero mis suelas siguen clavadas al suelo. Él también se lía, arruga la tela y no consigue otra cosa que enrollarla precipitadamente bajo su Burberry's. Si quiere salir, no le queda más remedio que pasar por delante de mí, esquivarme o arremeter contra mí. Duda, el mismo muro le impide tomar la iniciativa, sacude la cabeza blandiendo el cúter.
    Apártese... ¡No se meta en esto! grita.
    No sé pelear, debería saltarle a la garganta o..., o correr hacia la salida y bloquear las puertas..., encerrarlo...
    Tendría que avanzar, evitar demostrarle que me he quedado pasmado, desarmado... Me ha entrado flojera, no puedo levantar los brazos por encima de ese muro de miedo.
    Apártese... Carajo..., ¡apártese!
    Cierro los puños antes de coger impulso y me lanzo sobre él, le agarro por el cuello con las dos manos y tiro como un loco para echarlo al suelo, caemos juntos; él se revuelve; de rodillas, le estrello el puño izquierdo en la cara, vuelvo a pegar, giro la cabeza y me clava la hoja del cúter en la mejilla. Grito, aflojo la presa, él hunde más la hoja en la carne y siento que me desgarra la mejilla hasta la mandíbula.
    Permanezco un segundo sin moverme. Un mar de sangre me resbala por el cuello.
    Grito.
    Una lluvia de perdigones me sale disparada de la boca. Es sangre. Después, una verdadera cascada me impide el más mínimo estertor.
    Por el rabillo del ojo lo veo levantarse y recoger su gabardina.
    Despacio.
    Olvido el dolor, un subidón de rabia me hace levantarme de un salto. Él empieza a correr. Lo sigo, caótico, con una mano en la mejilla, intentando contener no sé muy bien qué, la sangre que me chorrea sobre la manga, jirones de carne, no sé, él es lo único que veo, su espalda, corro más deprisa y me lanzo hacia adelante para hacerle un placaje. Se vuelve y después se desploma al pie de la escultura de la entrada, me patea la cara, algo cruje cerca de la mordedura de la mejilla y el ojo derecho se me cierra solo.
    Con el otro puedo ver cómo recupera el equilibrio de rodillas y se aferra al zócalo de la escultura. Su mano agarra una de las ramas metálicas, tira de ella para hacer oscilar todo el bloque de chatarra y la mantiene en equilibrio. Me da una última patada en la cara; grito como un animal, intento protegerme con el brazo y todo se vuelve negro.
    Me esfuerzo en levantar la cabeza.
    Siento que me voy, lentamente, de espaldas. Siento cómo el desvanecimiento sube como un hipo. Uno sólo.
    Pero antes, una segunda parte en cámara lenta.
    Lo percibo todo al mismo tiempo, el silencio, el calor, el río de sangre sobre el pecho.
    Y esa avalancha plateada que empieza a oscilar hacia mí lentamente cuando me sumerjo en las sombras.

 

 

 

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