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La
garrapata | MANUEL GARCÍA RUBIO |
272 págs. | ISBN
84-89618-18-6 | 2250 pts. 13,52 Eur. |
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LA HEROICA
CIUDAD dormía la siesta. Mientras, Miguel García Jove para
sus amigos y familiares Míguel, con el acento prosódico ocupando
anglosajonamente la penúltima sílaba
terminaba de afeitarse. Como casi todos los días, lo hacía con la
maquinilla de su compañero de piso, Monchu Iglesias, quien a esa hora de
la tarde solía encontrarse en clase. Esta vez, Monchu tampoco se hallaba
en la casa: el curso había terminado para él felizmente y celebraba
por ello, con algunos colegas, una comida de despedida que, sin duda, alargaría
los postres hasta muy entrada la noche. De modo que, hoy, Míguel se acicalaba
con especial parsimonia: amo y señor del retrete pero, sobre todo, atenazado
por la inmediatez del desenlace que, pese a su empeño por trabarlo con
múltiples y, en ocasiones, disparatados pretextos, habría de producirse
inevitablemente. No tenía escapatoria. Meses y meses alimentando ante sus
padres la mentira no tan piadosa como interesada de unas magníficas calificaciones
en su primer curso de Derecho acabarían de súbito con una indigestión
atroz de castigos inimaginables: suspensión cautelar del gaje semanal por
período no inferior a seis meses, privación de viaje vacacional
a Italia previsto
junto a su primo Enrique, el empollón, tan sobrecargado de matrículas
de honor que no dejaba de comprometer los principios de la buena fe estudiantil
entre consanguíneos
y, lo que es peor, revocación unilateral de la promesa paterna de adquisición
de un FU-1430, la estruendosa sorpresa de los últimos rallyes disputados
en España. Claro que quién podía imaginar que una exigencia
extemporánea de sus padres, a estas alturas del curso, le obligaría
a acreditar con documento oficial, suscrito por el mismísimo Señor
Secretario de la Universidad, los resultados supuestamente brillantes de su imperceptible
trabajo como estudiante. Y es que el escepticismo que por aquel entonces anegaba
al país no perdonaba ni a las buenas relaciones paternofiliales. De
modo que, mientras paseaba la maquinilla de Monchu por su tez humedecida, Míguel
maquinaba el modo de salir de la enojosa encerrona en la que él mismo se
había metido, bien que impensadamente. Contemplándose en el espejo
la foto de Ursula
Andrews prendida en el tremol ,
mezclaba en la batidora atormentada de su pensamiento promesas vanas de enmienda
«debería
afeitarme a las ocho de la mañana, como todo el mundo»
con fórmulas descabelladas de falsificación documental: raspado
sutil con hoja Gillette y posterior reescritura con máquina de tipos gruesos
y tinta fresca; borrado con ácido cítrico; simple acuchillado del
papel con recomposición química sin sutura... Cualquiera de estos
métodos le habría podido servir para modificar el implacable veredicto
de la certificación administrativa que se disponía a recoger. Mas
ni un solo texto pudo encontrar Míguel en las librerías de Oviedo
que recogiera con cierto detalle explicativo la antiquísima técnica
sobre la que se apoyaba el palimpsesto. Y ello lo enervó sobremanera: una
vez más quedaba de manifiesto la inutilidad práctica de los conocimientos
universitarios, por los cuales sus padres ingenuos
financiadores de la mecánica estudiantil
lo colocaban, ahora, en la antesala de la desdicha... Pero era demasiado tarde
para reconsiderar la estrategia educativa de sus progenitores quienes,
a falta de mayor imaginación, habían apostado por la cosa jurídica
para el futuro de su vástago .
Y las mentiras, que hasta ese momento le habían servido para llevar una
vida regalada en la capital, estaban ya dichas y redichas, y nada ni
un milagro podría
ya colocar al mundo en el lugar que ocupaba cinco minutos antes de que Míguel
hubiera emprendido esta idiota carrera hacia el callejón sin salida de
un fraude ingenuo, necio y tan fácilmente desmontable. Todo
esto pensaba Míguel, consternado, mientras se vestía con la cachaza
del torero que se prepara, oro y paño, para enfrentarse ante el destino.
Escogió para la ocasión un polo verde y sus tejanos favoritos, y
se roció de lo que él llamaba aftershéi sin haber
sabido nunca si se trataba de perfume, agua de colonia o permanganato potásico;
no tenía importancia: le gustaba su olor y, además, el gasto era
de Monchu. Luego ajustó la raya de su peinado ni
muy alta, ni muy baja, como casi todo lo que Míguel ajustaba ,
cepilló sus mocasines de piel y anudó las mangas de un jersey que
le abrazaban la cintura. Nuevamente se miró en el espejo y encontróse
atractivo. Entonces se concedió una sonrisa que quedó fotogénica.
Una auténtica pena lo de sus calificaciones, pero aquello no tenía
remedio. Se colocó el reloj en la muñeca derecha y en este punto
comprendió que se le habían agotado los pretextos para dejar de
acudir a la Secretaría de la Universidad y recoger el certificado que días
antes había solicitado. Pese a
todo, aquella tarde de julio era hermosa. El sol, ajeno sin duda a la amenaza
que se cernía sobre Míguel, calentaba una brisa suave y tierna que
barría las desiertas calles de la ciudad. Una paloma fugaz trajo consigo,
inopinadamente, la imagen de Monchu, que en aquellas horas de sopor estaría
al acecho de la última compañera de curso de la que se había
enamorado semanas atrás. (Monchu se enamoraba con frecuencia y de manera
irremediable.) En estos instantes, embriagado él, embriagada ella, ambos
felices por el resultado de su primer curso de Ciencias Económicas, estarían
ya preparados para el asalto final de la carne, ahora que el apetito de la mente
se hallaba satisfecho. Bien es cierto que también Míguel habría
podido encontrarse en trance de celebraciones a poco que hubiera alargado un par
de noches decisivas entre el Arias Ramos y el Biscaretti di Ruffia. Pero una maldita
jaqueca, quizás aquella película de Landa, o quién sabe si
el esfuerzo de haber ganado a los de Minas en el campeonato de rugby, resultaron
ya lo podemos
saber imponderables
de muy difícil superación. Si a ellos se unen, además, una
pizca de mala suerte y la presión psicológica de una responsabilidad
excesiva, resulta inevitable pensar en una confabulación celestial de elementos
frente a la cual escasa resistencia cabe oponer. Sin
duda, Míguel manejaba argumentos de peso que, para sus condiscípulos,
no precisarían de mejores apoyos. El problema estribaba en el desconocimiento
supino y rampante que sus padres tenían del mundo estudiantil. Alejados
como estaban y
estuvieron siempre
del complicado entramado psicológico, social, técnico, económico
e, incluso, político en el que se despliega y mueve la vida universitaria,
su visión del estudio se constreñía a una torpe reducción
conductista según la cual los buenos resultados académicos resultaban
directamente proporcionales al número de horas dedicadas a los libros.
Frente a esta arraigada creencia de orden fanático, Míguel se sabía
incapaz de imponer dialécticamente su propio discurso menos
tosco, más sutil y ponderado, capaz de integrar en el análisis variables
tales como las manías del profesor o los cupos de aprobados por razón
de sexo, religión e ideología .
Así pues, el buen muchacho abandonaba su última esperanza de mantener
intacta la armonía familiar y, de paso, su principal fuente de recursos.
Alea iacta est. Por si existían
dudas acerca del carácter nefasto de aquella tarde, Marina Fresno vino
a interceptar a Míguel en la misma plaza de la Escandalera, ágora
diáfana y, por tanto, prohibida para quienes en Oviedo pretendan pasar
inadvertidos. Marina Fresno no era un ave de mal agüero pero, a juicio de
algunos maldicientes, tenía cara de cacatúa. Vestía indefectiblemente
de negro; y, aunque intentaba suplir su escasa imaginación para la elección
de ropas y perifollos con amplios escotes y un acendrado empeño por resultar
amable, no había conseguido todavía que nadie la tomara en serio.
Los más la consideraban una perfectísima cargante. Alguien dijo
que al pelmazo lo caracteriza su capacidad para quitar la soledad sin dar la compañía:
Marina Fresno frecuentaba esa banda limítrofe entre el yo y el otro, y
por eso se la veía a menudo rodeada de gente por todas partes menos por
una: el alma. De aquí ese aire de permanente melancolía que, bendecido
por unos pechos grandes y firmes, avalaba la tesis generalizada
entre la población masculina de la facultad
de que a Marina Fresno se la engatusaba con suma sencillez. Con todo, Marina parecía
ser feliz y no abandonaba su idea de incorporarse al mundo a través del
grupo y, por qué no, de la pareja. Desde hacía unos meses era notorio
que sus objetivos apuntaban precisamente hacia Míguel. El acoso resultaba
discreto pero persistente y se manifestaba en petición de intercambio de
apuntes, sondeo de opinión sobre la calidad didáctica del profesor
de Derecho Político, vaga sugerencia para asistir al estreno de una película
de arte y ensayo, petición de firma en demanda de adelanto del inicio de
las clases vespertinas, etcétera. Alguna vez consideró Míguel
la posibilidad de acceder a algún requiebro de la muchacha. Aunque ante
el círculo de sus amistades se viera obligado a sostener comentarios de
repudio para no desentonar con la opinión común, era lo cierto que
Míguel encontraba en su compañera un cierto atractivo animal, acaso
alimentado por la urgencia de perder el estado de doncellez que, en la clandestinidad,
arrastraba penosamente. Además, le tenía reconocida su inteligencia
y nobleza, de forma que, respecto de Marina, Míguel se hallaba confuso
y desconcertado. La ambigüedad de sus sentimientos hacia ella había
convertido la eventualidad del fracaso iniciático en un temor atenazante;
y ello lo había colocado hasta la fecha en la tesitura de interpretar cualquier
caída de ojos de la joven como un incordio de sus lentillas. Restaurada
de esta forma la paz consigo mismo y con sus cómplices de golfería,
el alma le quedaba desocupada de reparos y libre para sostener los juicios más
arbitrarios e injustos. Así que, efectivamente, Marina Fresno era una perfectísima
cargante y su aparición no hacía más que augurar el inminente
desastre. Una vez más, Marina lo
saludó efusiva. A continuación se felicitó por el inesperado
encuentro. También ella se dirigía a la secretaría de la
universidad y podría, por tanto, compartir con su compañero las
impresiones que aquel emocionante primer curso de Derecho, ya concluso, le había
provocado. Un balance y puesta al día general. El resultado fue que Míguel
tuvo que recorrer el trecho que aún le restaba para encontrarse con su
destino encerrado en una impenetrable campana mental que lo aislara de comentarios
vanos y sin interés sobre el futuro político que se avecinaba, ahora
que el General estaba a punto de diñarla y que la crisis del sistema inorgánico
coincidía con el imparable crecimiento de los precios del petróleo
y del dólar. Habría de ser la suya, inevitablemente, la verdadera
generación perdida, ríete tú de Hemingway, sin pasado cultural
por detrás y sin referentes históricos por delante; sin fuerza ni
capacidad, así, para asumir con garantías el reto de la reconducción
del país hacia un sistema de libertades, aunque fueran formales. Sí:
un tema interesante de discusión, sin duda, si no fuera porque a Míguel
le importaba un comino la cosa pública, convencido como estaba bien
que le venía al caso
de que la política era una disciplina de alta tecnología para la
que la mayor parte de los mortales carecía de capacidad intelectual y de
licencia administrativa. Un algo de pudor y un mucho de pereza lo inhabilitaban,
por tanto, para entrar en el fondo del asunto, como habría querido Marina
con más temeridad e impertinencia que sensatez. Así,
con los tímpanos inflamados y las neuronas desembragadas, Míguel
alcanzó la ventanilla de la secretaría y pudo reclamar la
voz trémula
el certificado de calificaciones que días antes había solicitado.
La desmaña de la funcionaria para bucear entre los mil papeles que se acumulaban
sobre su escritorio en un perfecto desorden de estética impresionista permitió
a Míguel recuperar por un instante el hilo de su meditación, bruscamente
interrumpido por el bombardeo verbal de la muchacha que, a sus espaldas, se alzaba
de puntillas para conocer sin intermediarios las notas del compañero. Como
desconocía el formato del certificado, un último estertor de esperanza
permitió a Míguel abrigar la idea de que, quizás, el hecho
de que no se hubiera presentado a los exámenes finales de dos asignaturas
fuera recogido en el texto oficial con un precioso espacio en blanco, en cuyo
caso él podría incorporar, sin mayores dificultades, un par de notables,
por ejemplo; algo discreto, que no despertara las sospechas de sus padres pero
que permitiera, al fin, hacer realidad su deseo más perseguido: el FU-1430
con barra antivuelco. Claro que, bien pensado, resultaba inimaginable que la torpeza
administrativa de la universidad hubiera llegado a extremos tales de emitir certificados
del tipo «sírvase usted mismo», de modo que muy pronto Míguel
se restableció en la realidad más cruel, no sin cierto cosquilleo
en el alma. Cinco eternos minutos tardó
la, por otra parte, bienintencionada funcionaria en hallar el certificado. Cuando
lo hizo, lanzó un eureka que olía a alcanfor, exclamación
muy ajustada al espacio noble y adusto de la oficina. Míguel divisó
a lo lejos un texto apretado y sin vanos, cargado de sellos y de rúbricas
que remataban el cuerpo apelmazado de la certificación e impedían
ya definitivamente
recurrir a la técnica de la adenda subsanatoria, una última estratagema
que, en su desesperación, el muchacho llegó a concebir como posible.
«Sus padres pueden estar contentos», comentó la funcionaria
mientras extendía el papel; y Míguel no quiso responder, porque
la única réplica lógica a la insolencia de aquella mujer
diminuta y arisca habría sido la bofetada de doble recorrido, como sólo
el maestro Bogart sabía hacer. Lo curioso fue que Marina se abalanzó
sobre su pecho y le dio dos sonoros besos en sus mejillas, al tiempo que le recriminaba
cariñosamente su modestia tan extrema. Parecía
imposible, pero el milagro se había producido: un increíble e inexplicable
error burocrático le había atribuido dos matrículas de honor,
un sobresaliente y un notable, este último en Filosofía del Derecho
disciplina, como
se sabe, de importancia menor por no decir despreciable. Miguel
García Jove se sabía un hombre de suerte, agraciado físicamente,
de economía familiar boyante, buen deportista..., pero aquella casualidad
que aún le temblaba en las manos era un beneficio especial que sólo
podía ser imputado a la directísima intervención divina,
cuyo interés por su modesta persona no comprendía, pero a la que
saludó con euforia: rodeó con sus brazos a Marina y le estampó
un inocente beso en los labios. En mitad del trance advirtió la gravedad
del mismo y lo truncó antes de que la lengua de la muchacha hubiera cambiado
el contenido semántico de aquel gesto que nunca debió ser más
que una manifestación espontánea de alegría y agradecimiento.
Se separó de la muchacha, la miró fijamente a los ojos y, por fin,
ruborizado, dio media vuelta para salir corriendo de aquel sórdido vestíbulo.
El sol ovetense, por lo general tacaño, le acarició las mejillas.
Así, en una sola brisa de aire, Miguel García Jove pudo adivinar
que aquel verano habría de ser maravilloso.
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