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Últimas notas de Thomas F. para la humanidad
| | KJELL ASKILDSEN | |
128 págs. | | Traducción:
Kirsti Baggethum y Asunción Lorenzo | |
ISBN 84-96080-13-7 | | 12.50 €
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Ajedrez El
mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo
ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para
estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene
nada por qué vivir, tampoco tiene nada por qué morir. Tal vez sea
ese el motivo. Un día hace mucho, antes de
que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi hermano. No
lo había visto desde hacía más de tres años, pero
seguía viviendo donde fui a visitarlo la última vez. «Sigues
vivo», dijo, aunque él era mayor que yo. Me había llevado
un bocadillo y él me ofreció un vaso de agua. «La vida es
dura dijo, no hay quien la aguante». Yo estaba comiendo y no
contesté. No había ido allí a discutir. Acabé el bocadillo
y me bebí el agua. Mi hermano miraba fijamente hacia algún punto
situado por encima de mi cabeza. Si me hubiera levantado y él no hubiese
desviado la mirada antes, se habría quedado mirándome directamente,
pero sin duda la habría desviado. Mi hermano no se encontraba a gusto conmigo.
O dicho de otro modo, no se encontraba a gusto consigo mismo cuando estaba conmigo.
Creo que tenía mala conciencia o, al menos, no buena. Escribió una
veintena de novelas muy largas, y yo sólo unas cuantas, y además
breves. Está considerado como un escritor bastante bueno, aunque un poco
guarro. Escribe mucho sobre el amor, sobre todo el amor físico, me pregunto
dónde lo habrá aprendido. Mi hermano
seguía con la mirada clavada en algún punto situado por encima de
mi cabeza, supongo que se sentía en su derecho por las veinte novelas que
tenía en el fofo trasero. Me estaban entrando ganas de largarme sin decirle
el motivo de mi visita, pero pensé que después de la caminata que
me había dado sería de tontos, así que le pregunté
si le apetecía jugar una partida de ajedrez. «Eso lleva mucho tiempo
dijo, y yo ya no tengo mucho tiempo que perder. Podrías haber
venido antes». Debí levantarme y largarme en ese momento, se lo hubiera
merecido, pero soy demasiado cortés y considerado, esa es mi gran debilidad,
o una de ellas. «No lleva más de una hora», dije. «La
partida sí contestó, pero a eso habría que añadir
la excitación posterior o el cabreo si la perdiera. Mi corazón,
sabes, ya no es lo que era. Y el tuyo tampoco, supongo». No contesté,
no tenía ganas de discutir con él sobre mi corazón, así
que dije: «De modo que tienes miedo a morir. Vaya, vaya». «Tonterías.
Lo que pasa es que mi obra aún no está concluida». Así
de pretencioso estuvo, me entraron ganas de vomitar. Yo había dejado el
bastón en el suelo, y me agaché a recogerlo, quería que dejara
de presumir. «Cuando morimos, al menos dejamos de contradecirnos»,
dije, aunque no esperaba que entendiera el sentido de mis palabras. Pero él
era demasiado soberbio para preguntar. «No ha sido mi intención herirte»,
dijo. «¿Herirme?», contesté levantando la voz. Era razonable
que me irritara. «Me importa un bledo lo poco que he escrito y lo poco que
no he escrito». Me puse de pie y le solté un discurso: «Cada
hora que pasa, el mundo se libra de miles de tontos. Piénsalo. ¿Te
has parado alguna vez a pensar en la cantidad de estupidez almacenada que desaparece
en el transcurso de un día? Imagínate todos los cerebros que dejan
de funcionar, pues es ahí donde se almacena la estupidez. Y sin embargo,
todavía queda mucha estupidez, porque algunos la han perpetuado en libros,
y así se mantiene viva. Mientras la gente siga leyendo novelas, ciertas
novelas de las que tanto abundan, la estupidez seguirá existiendo».
Y añadí, un poco vagamente, lo confieso: «Por eso he venido
a jugar una partida de ajedrez». Permaneció callado un buen rato,
hasta que hice ademán de marcharme, entonces dijo: «Demasiadas palabras
para tan poca cosa. Pero les sacaré partido, las pondré en boca
de algún ignorante». Exactamente así
era mi hermano. Por cierto, se murió ese mismo día, y no es improbable
que me llevara sus últimas palabras, pues me marché sin contestarle,
y eso no debió de gustarle nada. Quería tener la última palabra
y la tuvo, aunque supongo que hubiera querido decir algo más. Cuando recuerdo
lo que se irritó, me viene a la memoria que los chinos tienen un símbolo
en su grafía que representa la muerte por agotamiento en el acto sexual.
Al fin y al cabo éramos hermanos. Carl
Cuando
mi mujer todavía vivía, creía que cuando ella muriera yo
tendría más espacio para mí. Sólo su ropa interior
ocupa tres cajones de la cómoda, pensaba. Cuando muriera, podría
ocuparlos yo, uno con mis monedas de cobre, otro con las cajas de cerillas, y
el tercero con los corchos. Tal y como está ahora, pensaba, es un caos
total. Mi mujer murió hace ya mucho. Era una
mujer exigente, que descanse en paz, por fin me la concedió a mí.
Vacié los cajones, las estanterías y los armarios. Retiré
todo lo que había sido suyo y gané mucho espacio libre, más
de lo que necesitaba. Pero lo vacío, vacío está. Me deshice
de un par de armarios, pero sólo conseguí una habitación
más vacía, en lugar de dos armarios vacíos. Fue una imprudencia
por mi parte, pero ocurrió, como ya he dicho, hace mucho tiempo, y yo era
mucho más joven entonces. Pues bien, semanas
o tal vez meses después de haber cometido esa imprudente ampliación
del vacío de mi cuarto, recibí la sorprendente visita de mi segundo
hijo, Carl. Venía a por un chal de su madre, un chal que por lo visto tenía
pensado regalarle a su mujer como recuerdo de su infancia. Cuando supo que me
había deshecho de él, montó en cólera. «¿Para
ti no hay nada sagrado?», me gritó. Y eso lo decía él,
que es un hombre de negocios y vive de la compraventa. Me entraron ganas de interrumpirle,
pero me contuve, al fin y al cabo soy en parte responsable de su existencia. «¿Qué
tenía de especial ese chal?», pregunté en tono conciliador.
«Mamá lo hizo a ganchillo mientras me estaba esperando. Le tenía
un cariño especial». «Comprendo, el chal nació contigo.
¿Eras acaso su hijo preferido?». «Da la casualidad de que sí».
«Ah, no, de casualidad nada», contesté, estaba empezando a
perder la paciencia. Es su vivo retrato, y, como ella, incapaz de descubrir las
leyes naturales de la existencia. «Bueno, el chal se ha perdido y no se
puede recuperar dije, tendrás que consolarte pensando que sólo
lo perdido se posee eternamente, como dice el poeta». Desde luego, es una
afirmación bastante tonta, pero pensé que le gustaría. Me
equivoqué, me había olvidado por un instante de que él es
un hombre de negocios. Dio un paso amenazador hacia mí, soltó una
furiosa pero aburrida retahíla sobre mi insensibilidad, y concluyó
diciendo que algunas veces no entendía que yo fuera su padre. «Tu
madre era una mujer honrada», contesté, pero él no captó
el sentido de mis palabras. ¿Cómo he podido tener unos hijos tan
duros de mollera? «No necesitas recordármelo», me dijo. Se
había ido poniendo cada vez más rojo, de pronto se me ocurrió
que tal vez padeciera del corazón, al fin y al cabo había cumplido
ya sesenta años, y con el fin de evitar una desgracia, le dije que sentía
lo del chal y que si hubiera venido antes, habría podido llevarse todo
lo que había pertenecido a su madre. Sigo pensando que lo dije en un tono
muy conciliador, pero él se puso aún más rojo. «¿No
querrás decir que lo has tirado todo?», gritó. «Todo»,
respondí. «Pero ¿por qué?». No quise contestarle,
así que dije: «Tú nunca lo entenderías». «Pero
qué falta de humanidad». «Al contrario. Lo hice como resultado
de una decisión bien meditada, y esa manera de actuar, por así decirlo,
es lo único que nos hace específicamente humanos». Fue por
mi parte un puro sofisma, claro, pero él no pareció escuchar mis
palabras. «Entonces no tengo nada que hacer en esta casa», gritó.
Había adquirido la costumbre de gritar, lo que tal vez indicara que su
mujer se estaba quedando sorda. Yo, por mi parte, oigo muy bien, lo cual a veces
resulta molesto. Algunos sonidos son mucho más fuertes de lo que eran;
además, han aparecido otros nuevos, tales como el martillo neumático
y cosas semejantes. Así que no me importaría estar un poco sordo.
«Oigo lo que dices dije, pero no veo que tenga solución».
Entonces se marchó por fin, ya era hora, porque si no yo podría
haber perdido la paciencia. Lo cierto es que tengo más paciencia ahora
que antes, supongo que se debe a la edad, pues los viejos tenemos que soportar
mucho. |