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Elogio de la mentira. En torno a una sociología de la mendacidad

IGNACIO MENDIOLA

176 págs.

ISBN 84-96080-87-0

17,50 €

Elogio de la mentira  (DE21)

Prólogo
Gonzalo Abril


Cita Fernando Pessoa a su heterónimo Ricardo Reis: "Se
hablaba de la mentira, y él dijo: "Abomino la mentira, porque
es una inexactitud"" (Pessoa, 1931). Desde un punto de vista
aparentemente opuesto al del apolíneo Reis, es exactamente la
inexactitud el efecto de sentido que atrae a Mendiola y le induce
al elogio. Más, me parece, la inexactitud que la mendacidad,
aun cuando la loa de la mentira, así, con tan rotunda y evidente
provocación retórica, pretende ser una invitación heurística
y hasta sapiencial. Al saber de la mentira/inexactitud como
creación, desde la intuición implícita de que el "yo no soy el
que soy" del Yago shakespereano, reiteradamente mencionado
en el texto, anticipa el "yo soy otro" de la modernidad enunciada
por Rimbaud. No es preciso avanzar mucho en la lectura
para percatarse de la agudeza y del calado de esa invitación,
de la rica galería de saberes sociológicos, de lecturas literarias
y fílmicas, de experiencias intelectuales de todas clases que el
ensayo nos hará recorrer. Radiante al fondo de esa amena
galería puede reconocerse la hornacina del santo del gran mostacho,
Federico el Anticristo, quien presentó como preferible al
proyecto tradicional de la búsqueda de la verdad, el de la sospecha
sobre ella, el mismo proyecto que se prolongará en
nuestra más reciente (pos)modernidad filosófica como teoría
de las políticas y de los regímenes de verdad. Pero más que
nietzscheano, este breve y refinado ensayo es politeísta (así
que de todas formas nietzscheano).

El haber puesto a la mentira, tal cual, en el título y en el
núcleo temático del texto constituye, en mi opinión, lo más
acertado y lo más inseguro de este ensayo. Lo más acertado,
porque el título de Elogio de la mentira es ya de algún modo
una mentira (en la amplísima acepción del autor), una media
verdad, como descriptor del contenido del ensayo, y en tal sentido
anuncia y enmarca autorreferencialmente algunos de sus
contenidos. Y lo más inseguro, puesto que, hallándose el sentido
habitual de mentira, en el habla común, tan próximo al de
engaño intencionado, Mendiola ha de esforzarse con el rigor
científico que caracteriza a los verdaderos y buenos mentirosos,
y quizá por ello innecesariamente, para tomar distancias
de un elogio cínico de la mala fe que está muy lejos no sólo de
sus intenciones, sino sobre todo de su teoría y de su escritura.
Lo cierto es que en el sentido de la tradición cristiana, y conforme
a la clásica definición agustiniana y catequística del
pecado correspondiente, "decir lo contrario de lo que se piensa
con intención de engañar", la mentira se cierra a un ámbito
muy restringido. El decir lo contrario de lo que uno piensa sin
propósito protervo no sólo queda fuera de la mentira sino que
coincide con la antífrasis, que es condición de la expresión irónica,
y se avecina a otras figuras nobles y bienquistas del discurso
como la paradoja o el oxímoron (una figura, esta última,
que a mi entender subyace siempre bajo la metáfora y la cualificación
poéticas). Incluso a la litotes y el eufemismo. Y en el
terreno de los modos veridictorios del discurso, y en el de los
géneros narrativos, a la ficción. Quizá Mendiola ha interpuesto
a su propio pensamiento una dificultad innecesaria, pues su
amplísima noción de mentira, que por lo demás justifica con
sobrado talento argumentativo, vale para esas y aun muchas
otras figuras. Podría haberle bastado, acaso, con proponer una
categoría como la de lo deceptivo... o, según señalé al principio,
la de lo inexacto. O también la que Jesús Ibáñez llamaba lo
anexacto, intermedio entre la exactitud de lo verdadero y la
inexactitud de lo falso, que es la categoría propia de los esquemas
mediadores, en el conocimiento o en la representación
artística: las imágenes, las metáforas, las tramas narrativas,
las alegorías, los bocetos y los ejemplos. Y hasta la categoría
misma de traducción, de toda forma de traducción. Pues en
alguna medida todas esas figuras son facetas de la hipercategoría
de mentira que Mendiola trabaja, modulándola, desarrollándola
en movimientos y progresiones, como un compositor
clásico con la materia de un buen motivo musical que finalmente
alcanza su valor modificándose, alterándose en el proceso
mismo de adoptar variaciones, sonando como variación.
Es desde este sentido abierto, multimodulado, incluso proteico
de la mentira desde el que cabe "celebrar el carácter
mendaz de lo social", propósito central del ensayo. Y en efecto,
ya mucho antes de Simmel -otro de los grandes santos laicos
de la modernidad invocados en el libro-, a ese carácter mendaz,
anexacto, dúplice y paradójico se refirieron los sofistas y
los cínicos en la antigüedad, y los grandes teóricos políticos
posrenacentistas, y toda la inmejorable tradición de pensamiento
a la que alguna vez Rosset subsumió bajo el rótulo de
la "lógica de lo peor". Y por supuesto, el pensamiento y la escritura
de los místicos de todos los tiempos y regiones ¿Qué sería
de la iluminación cristiana, de la cábala hebrea, del sufismo o
del budismo zen sin esa palanca discursiva y sobre todo gnoseológica
de la mentira/inexactitud/paradoja? Una poderosa
matriz de pensamiento alienta en expresiones como la de Ibn
Arabí de Murcia cuando escribe en Las contemplaciones de los
misterios:


Luego me dijo: "Quien te encuentra Me encuentra y quien te pierde
Me pierde". Luego me dijo: "Quien te encuentra Me pierde y quien te
pierde Me encuentra". Luego me dijo: "Quien me pierde Me encuentra y
quien Me haya encontrado [ya] no Me pierde. [Ibn Arabí de Murcia,
1994.]

Aquí, conforme a los principios sufíes, la comprensión brota
del mismo manantial que la idrâk, es decir, de la incapacidad
para comprender.

En todas esas tradiciones intelectuales lo deceptivo no
representa el momento negativo de una verdad previa, bien al
contrario, es la verdad la que se ha de constituir, la que aparece
mediada por un sinnúmero de determinaciones y entre ellas
la propia neutralización o invisibilización del momento deceptivo
sobre el que se contruye el edificio de la verdad. La verdad
ingenua, escribe Mendiola, "es la mentira que ha olvidado que
es mentira", como la palabra designativa directa y propia es la
catacresis que ha olvidado que es metáfora, o la denotación
que ha olvidado que es connotación. Ni metáfora, ni connotación
ni mentira (siempre en la extensa acepción del autor de
este ensayo) son resultados de un desvío (tropos), de la divergencia,
la desviación o el decir secundario. Es en la arbitrariedad
(si no queremos denominarla mentira) radical e irreductible
del nombrar y no en la manejable convencionalidad de las
inflexiones léxicas y categoriales de la palabra donde halla su
fundamento ese vigor fundante de lo deceptivo.
La relación entre mentira (o doble o media verdad, contradicción,
paradojismo, etcétera) y vínculo social está implícita
en la teoría misma del intercambio simbólico, esa matriz ontológica
y moral del saber sociológico tal como fue explicitada
por los clásicos de la antropología, y sobre todo por Marcel
Mauss. Hace bastantes años, en un breve ensayo sobre las
relaciones entre el acto lingüístico, según la filosofía del lenguaje
contemporánea, y la teoría del don maussiana, escribí
sobre la yuxtaposición de dos "líneas de acción" paralelas,
enteramente inconmensurables, mutuamente intraducibles,
una oficial y otra extraoficial, sin las cuales no cabe concebir
la constitución del intercambio social. Es por esto por lo que la
obligación de restitución, fundamental para Mauss, no ha de
explicitarse en el acto del regalo, y sí en cambio una disposición
subjetiva plenamente unilateral y desinteresada (plenamente
mendaz, en el sentido de Mendiola), para que el ciclo del
intercambio se consuma, es decir, se prorrogue y satisfaga sus
supuestas funciones vinculantes. Igual acaece con los actos de
discurso en tanto que formas del don: el elogio, sea sincero o
insincero desde el punto de vista de un supuesto estado interior
del sujeto, ha de actuarse siempre como sincero y desinteresado.
Y esa misma obligación lo tiñe de mendacidad. Todas las fórmulas
del performativo a las que Austin denomina "comportativas
", por más que ajenas al valor veritativo según los criterios
lógicos tradicionales, no son ajenas a la mentira, a lo deceptivo,
en tanto que mantienen una reconocida falta de correspondencia
con los sentimientos subjetivos que expresa el contenido proposicional
de los enunciados: "me alegro mucho" puede ser una
felicitación performativamente eficaz aun a sabiendas de que en
tanto que descripción de un estado subjetivo del hablante puede
(incluso suele) ser una solemne mentira.
La loa, no menos que la bienvenida o el pésame, son en ese
mismo sentido mendaces incluso siendo (y hasta para poder
llegar a ser) adecuadas. O por decirlo con Denise Riley, que
analiza el caso particular de la excusa: se trata de expresiones
"con estructura de mentira" (Riley, 2005). Todo el mundo conoce
la inevitable y desasosegante sensación de estar mintiendo
que experimenta quien expresa la más veraz de las excusas,
incluso en grado de intensidad proporcional a tal veracidad.
Por no hablar de los rituales, que en un sentido amplio engloban
todas estas formas recién mencionadas y aun otras
muchas, de acción/práctica de discurso. Aunque Mendiola retoma
la idea de la "sociedad del espectáculo" de Debord para ilustrar
la mentira social contemporánea, la idea de ritual (por
ejemplo, aplicada a los rituales políticos y mediáticos) le habría
proporcionado no menor rendimiento. Pues el espectáculo
puede aún reclamar al menos alguna capacidad de representación
verosímil, mientras el ritual es mendaz constitutivamente,
y de pe a pa: si algo sabe el feligrés que no sabe casi
nada de los misterios eucarísticos, es que "comed de este pan"
no significa "comed de este pan". Si algo sabe el oyente de la
radio que escucha "y ahora nos trasladamos al hemiciclo", es
que "no nos trasladamos al hemiciclo", y así sucesivamente.
Se trata siempre de esa "ficción simbólica" fundamental a la
que sirven las imágenes, las fórmulas, las metáforas políticas y
morales: la de sostener la trama misma de la relación social,
de la "realidad" como un espacio de referencias y acciones
colectivamente compartibles y de manifestación/negación del
deseo. Aun en su cinismo, no le falta razón a Manganelli cuando
define la realidad como "una coartada moral del lenguaje".
En el caso de las representación artística, desde la emblemática
muchacha de Corinto que en la Historia Natural de Plinio
sustituye a su amante ausente por una imagen de barro modelada
por su padre, el primer alfarero, tanto como en el de las
imágenes institucionales de la política "representativa", la
apariencia es esencial: las costumbres, las subrogaciones, las
atribuciones de valor pueden ser "meras apariencias", y en esa
medida mendaces, pero si las perturbamos se desintegra la
realidad social, escribe Zizek. Las instituciones son, por definición,
de mentira.
Así que no se trata, como afirma Mendiola, de que en el país
de los Houyhnhms, los veraces indefectibles de Swift, "nos
asustaría vivir". Se trata más bien de que tal país es rigurosamente
imposible e impensable. No me refiero a ninguna clase
de cinismo colectivo, sino de nuevo a la paradoja constitutiva
del vínculo social. Según la cual, el compartir un secreto (como
el compartir una lengua, un sistema de creencias o de comportamientos)
une mucho, pero une mucho más la ignorancia
compartida del misterio. El compartir negativo de la deuda, el
don, la culpa, la creencia en lo imposible, inversosimil y contrafáctico,
que sólo es posible cuando se quiere, colectivamente,
creer. Los místicos como Ibn Arabí quizá no hacen otra cosa
que reelaborar respecto a la relación con un Otro trascendente
la sustancia inconsistente, paradójica, del vínculo social
inmanente. En sentido inverso, en la encrucijada insoportable
entre dos creencias y cultos religiosos, los marranos europeos
tradujeron sus ricas tradiciones de saber cabalístico a la "ascesis
intramundana, laica y racional" que los encaminó hacia
"una hermenéutica constitutiva y una ética de la liberación",
según interpreta Toni Negri la tradición crítica e ilustrada de
los judíos centroeuropeos. Mendiola nos permite entender que
el aserto de Gracián: "Las verdades que más nos importan
vienen siempre a medio decir" (Gracián, 2003) puede ser
apostillado así: "No hay sino verdades a medias, es decir, compartidas
". Pues este ensayo sobre la mentira es al final, sobre
todo, un ensayo sobre la verdad. Escrupulosamente ajeno al
cinismo, Ignacio Mendiola no elogia verdaderamente la mentira,
sino lo "verdaderamente falso", según él mismo cita de
José Luis Pardo. La verdad de la mendacidad.


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