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Delirios
de grandeza | CARLOS EUGENIO LÓPEZ |
224 págs. | ISBN
84-89618-19-4 | 2100 pts. 12,62 Eur. |
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A MÍ, EN EL FONDO, me
da igual; yo, si lo siento, es por Jorgito. Y no es que a mí las locas
no me hicieran ni fu ni fa. No. Pero tampoco soy ningún obseso. Mientras
que lo de Jorgito, de verdad, me llega al alma. Hay
que darse cuenta..., ahora..., aquí..., todo el santo día mano sobre
mano... Cómo diría yo, sin ofender a nadie... Porque yo lo último
que quiero es ofender o echar a nadie la culpa de lo que ha pasado. Todo el mundo
sabe que las cosas suceden porque sí, y si se tuercen, se tuercen, y no
hay que darle más vueltas: se torcieron, y ya está. Y aquí,
en el manicomio, pues llega la noche... y..., eso, que primero uno, luego otro...
Y hay locos que yo creo que a Jorgito
no le disgustan, las cosas como son. Pero los hay también que por fuerza
tienen que revolverle el estómago, todos llenos de pupas, mocos y mataduras.
Y todavía si fuese sólo uno o dos, o si hubiese un turno, o un orden,
o cualquier cosa... Pero es que en el cuarto somos doce, y entre locos es imposible
organizarse, por más que insista el noventa y nueve. Así
que luego, por la mañana, Jorgito se queda dormido en el comedor y acaba
dando de narices en el café con leche. Y eso a mí me duele. Yo aún
lo recuerdo cuando anunciaba potitos en la televisión (Borreguito, se llamaban),
y no puedo evitar hacer mis comparaciones. «Si lo viese ahora mamá...»,
me digo. ¡Ella que me lavaba la cabeza con manzanilla alemana para aclararme el
pelo y hacérmelo más parecido al suyo! No
podría creérselo. Su encanto sigue teniendo, si no que se lo pregunten
al sesenta, que no se le despega; pero lleno de cardenales y pringado hasta las
pestañas de café con leche, queda por fuerza muy lejos de aquel
Jorgito primoroso que veíamos en televisión, con un potito de carne
en la mano derecha y otro de legumbres en la izquierda, diciendo: «¡Humm!
¡Qué bueno!». Entonces sí
que parecía un querubín. Incluso yo, que nunca he sido envidioso
(dijera lo que dijera el doctor), confieso haberlo contemplado muchas veces con
un poco de pelusa. Sobre todo cuando salía en los cromos del chocolate.
Porque en televisión aparecía solo; pero en los cromos lo retrataban
con Lassie. Y a mí siempre me han gustado horrores los perros esos. Cosas
de niños, de las que ahora hasta me avergüenzo un poco. Si en los
cromos salía con Lassie, no era por culpa suya. A él a lo mejor
hasta le hubiera gustado más salir con Rintintín. Lo que pasa es
que Jorgito tenía un contrato con los del chocolate, y esas cosas, por
lo visto, son así: si se tiene un contrato, hay que hacer lo que quieran
los del chocolate; de lo contrario, luego, todo son problemas. Jorgito
me lo ha explicado muchas veces. Entre su agente y los del chocolate se lo guisaban
todo. Y yo le creo y no le guardo rencor ninguno. De verdad. No lo digo porque
me coma las galletas de su desayuno. Las galletas me las comería igual
le creyese o no. Como él se duerme, el desayuno lo deja intacto. Aparte
del café, claro, que lo desparrama por toda la mesa. ¡Jorgito,
el café! le
grito yo cuando quiero darme cuenta. Pero
antes de que pueda echarle la mano al cuello de la camisa, ¡plaff!, ya ha dado
de narices en la taza. Y yo, entonces, pues, eso, que me como las galletas. A
lo mejor no está del todo bien. Entre el no dormir y el no desayunar, el
pobre se está quedando en los huesos. Pero si no me comiera yo las galletas,
se las comería otro. Desde que matamos al doctor, las cenas son muy flojas,
y a todo el mundo se le van los ojos por las galletas, aunque no lo quieran reconocer.
Aquí nadie quiere reconocer nada.
Eso es lo peor. Cuando se reconocen las cosas... No sé... A lo mejor tampoco
se arreglan... Porque las cosas, si se han estropeado, se han estropeado... Pero,
en fin, eso, que, por lo menos, se reconocen. Y algo es algo, ¿no? Me parece a
mí. No sé si me explico.
A mí explicarme siempre me ha costado
mucho. Desde niño. Por eso estoy aquí, y no por lo que decía
el doctor. Si yo no hubiera matado al chino, yo no estaría aquí.
Y si maté al chino, no fue por lo que le dijo Arnaldina al juez. Yo al
chino lo maté por la bonificación. De modo que si estoy aquí
es porque no me explico. De haberme explicado, aunque hubiese matado al chino,
no estaría aquí. Eso es
lo que quiero decir. Que cuando las cosas se lían, se lían. Y cuanto
más vueltas les das, más se lían. Y cuanto más se
lían, más vueltas les das. Y al final, te acabas preguntando: «¿Qué
fue antes, el huevo o la gallina?». Y te das cuenta de que no hay forma
de saberlo. Antes del huevo siempre está la gallina. Y antes de la gallina,
el huevo. Por eso yo he perdonado ya a
Jorgito. Porque probablemente tampoco es culpa suya. Y no me refiero a lo del
chocolate. Lo del chocolate no tengo que perdonárselo. Eso ya lo he dicho.
Me refiero a todo lo demás. Yo
quiero ser libre decía.
Ya ves tú. Como si querer bastara
para ser libre y ser libre sirviera para algo. Pero
hay que hacerse cargo. Jorgito fue un prodigio. Jorgito fue una gloria nacional.
Eso lo explicaba muy bien el álbum del chocolate. Lo demás son chismorreos
de los otros locos, de quienes ningunos cromos dijeron palabra jamás. Celos,
y nada más que celos. Jorgito,
a los dos meses, no a los cinco o a los seis (lo que a lo mejor sólo hubiera
sido excepcional, pero no absolutamente prodigioso); a los dos meses, ya dijo:
«¡Jaque!». Y con eso saben que no pueden competir. Matar al Papa,
como asegura el fantoche del setenta y tres que ha hecho, pues, hombre, sí,
es algo que no pasa todos los días; pero, en realidad, es más una
burrada que un prodigio. Criticar es muy
sencillo: para eso todo el mundo vale. Para eso valgo también yo. Me pongo
a criticar y critico como cualquiera. Pero la verdad es que los de los potitos
no se caían de un guindo. Cuando ellos dijeron que Jorgito era patrocinable,
es que lo era. Si no, hubiesen dicho lo contrario, o no hubiesen dicho nada. A
mí me da una lástima... Al
año, cuando lo devolvió una fábrica de pañales que
lo tuvo cedido ocho meses, Jorgito ya dominaba catorce variantes de la Defensa
Siciliana. Y a los dos años ya ganaba a su padre. Y a los cuatro años
ya era maestro internacional. Y a los seis, gran maestro. Y a los ocho, campeón
de España. Y a los nueve y medio, candidato al título mundial. Y...
¿Dónde estaría ahora de
no haber pasado lo que pasó? Que no tenía que haber pasado. Porque
los técnicos le daban favorito, y si no ganó el título, fue
por todo lo que fue, que si no lo hubiera ganado. Carrera llevaba para ello y
más. Pero, claro, pasó lo que pasó. Y entonces todo fue volverle
la espalda y hacerle ascos y ponerle pegas y acabar echándosele encima
la gente como buitres. Lo de siempre. Yo
eso lo sé por mi madre, que siguió con mucha atención todo
el asunto, por aquello de ver si merecía o no la pena continuar con la
manzanilla alemana. Los del chocolate, en cuanto Jorgito patinó, se callaron
como muertos. Primero mucho Jorgito esto y Jorgito lo otro, y mucho venga Lassie
por aquí y vaya Lassie por allá; pero, después, lo quitaron
a toda prisa de los cromos, y lo cambiaron por Tarzán. Cada
vez que me acuerdo, aún hoy, después de casi treinta años,
me sube la fiebre. No puedo remediarlo: «Mira que me dio cólicos
y estropeó los dientes el maldito chocolate aquél», pienso.
Una tableta entera me comía todas las tardes. «Para completar el
primero la colección», decía yo. Y, luego, van y la cortan
de repente, sin avisar a nadie. Una cerdada. A mí no me gusta ofender;
pero es que, míresele por donde se le mire, eso no se hace. ¿Que
Jorgito les falló de improviso? ¿Que había que cuidar la imagen
de marca? ¿Que la gente es muy rara, y quién te asegura que, de no haber
andado listos, no hubiese terminado por echarle la culpa de todo al chocolate?
Pues, de acuerdo; las cosas, claro, no son nunca tan sencillas como a primera
vista parecen. Pero, con todo y con eso, para mí que por lo menos pudieron
despedirse, dar disculpas, algo, digo yo. Ahora
vete tú y explícale a esa gente que Jorgito ha terminado aquí,
con los locos, y que el azul de la mirada se le cerca de un nublado de legañas
y se duerme en la mesa y llora arrebujado en los rincones, discreta y silenciosamente,
como llorarían las mimosas o las margaritas, si a las mimosas o las margaritas
fuera y les diera un día por ponerse a llorar. Éstas son cosas que
ni viviéndolas. Porque ves a Jorgito con la nariz en el café con
leche, y lo recuerdas en televisión, todo limpio, todo lleno de ricitos,
y vas y te preguntas: «¿Pero cómo es posible?». Y te respondas
lo que te respondas, no hay forma de convencerte del todo. Por
eso yo, pestes, lo que se dice pestes, no echaré nunca ni de mamá
ni de los curas. Al menos, ahora sé a qué atenerme. Y eso se lo
debo a mi madre y a los curas. Sobre todo a los curas. Lo de mi madre, dale que
te dale con la manzanilla alemana, para qué engañarnos, era un poco
como los del chocolate con los cromos, más bien conveniencia suya, que
le gustaban los rubios. Mientras que lo de los curas es aparte; los curas yo creo
que obraban únicamente a impulsos de la mejor intención. Los hombres
lo vivían. Aún recuerdo muy bien con qué fervor hablaban
todos de Jorgito. ¡Como
Jesús entre los doctores! se
les escapaba en cuanto se descuidaban un poco. Fuera
o no fuera (yo ahí ya no entro); pero eso decían. Y para mí
que lo decían de todo corazón, sin resabios ni segundas intenciones.
De forma que, claro, en cuanto se enteraron
de que la partida final del Campeonato del Mundo iba a retransmitirse por televisión,
no lo dudaron un instante: agarraron un televisor, lo bajaron a la capilla, lo
plantaron sobre el altar y, hala, allí que nos juntan a todos, a animar
a Jorgito, que el otro era ruso. Y eso,
lo dicho, yo se lo agradezco. Probablemente no estuvo nada bien lo de poner la
televisión encima mismo de las reliquias de san Froilán, que tanto
había hecho por la orden en la antigüedad, cuando aún no era
nada. Lo admito. Lo mismo que admito que, a lo mejor, en vez de aplaudir, debimos
haber rezado el Rosario. Seguramente. Pero la verdad es que, en principio, por
el ruso nadie daba un pimiento, y no parecía hacer al caso andar con tiquismiquis
ni matarse a pedir por Jorgito. En eso
todos estuvimos de acuerdo. Que no venga ahora nadie diciendo que si no sé
qué o no sé cuántos. Reproches pueden hacerse siempre. Pero
hay que hacerlos antes. Luego todos somos muy listos. Y lo cierto es que, antes,
a nadie se le pasó por la imaginación el tomar precauciones. Venir
a estas alturas con monsergas no son más que ganas de incordiar. Los curas
tendrán sus cosas, que las tienen, y yo no lo niego; pero en lo de ver
la televisión, si hubieran hecho un referéndum, se lo habría
llevado de calle. Bien que nos desgañitamos todos, pero todos, insultando
al pobre ruso en cuanto asomó por la pantalla. ¡Frigorífico!
¡Cacho
tundra! ¡Bicho
rojo! ¡Bestiakov!
Lo habido y por haber le llamamos al camarada.
Y eso sí que estuvo mal. Yo no
he visto en mi vida la tundra, pero si alguna vez he visto un hombre con cara
de pan bendito, ése era el ruso. Ni pío que dijo nunca. Entró,
se sentó, y del resto se encargaron dos señores de traje oscuro,
que, se le preguntase lo que se le preguntase al pobre, respondían como
rayos. Y él (encogido, la cabeza gacha), ni respirar siquiera. Vamos
que, con ser lo mismo, todo lo contrario que Jorgito, que no sólo la lió
al final, sino que, para empezar, ya llegó armando follón. De
entrada, nada de salir así, sin más. No: doscientas majorettes
que traía por delante, cantando el himno de los potitos, aquello tan célebre
de:
Si
Borreguito no fuera el más bueno, si
Borreguito no fuese el mejor, no tendrías
aquí hoy a Jorgito sonrosado que
es un primor. |
(Y
tatachín y tatachán. Y ahora te levanto una pierna. Y ahora la otra.
Y ahora te doy vueltas al bastoncito. Y ahora te lo tiro al aire. Y ahora te lo
recojo. Y tatachín y tatachán-tachán. Como en el circo.)
Luego, ¿acompañantes?: hasta cansarse
de verlos. Que si su padre. Que si su manager. Que si su relaciones públicas.
Que si su cuidador físico. Que si sus asesores técnicos. Que si
el presidente de la casa de potitos. Que si el director general de la casa de
chocolates... La Biblia, vamos, para ser exactos. ...Y
dos parasicólogos americanos. Que,
la verdad, ya podían haberse quedado en casa. Porque mucha profesionalidad
y mucho doctorado por ese instituto tan famoso de Massachusetts, pero, al final,
unos mataos. Unos mataos que si no se ve no se cree. Venga
a hacerle gestos al ruso, venga a echarle guiños, venga a ponerle morritos...
Y el ruso, nada. Es que nada de nada. Ni un suspiro. Impasible, el tío.
Hasta que van, pierden los nervios, lo agarran por un brazo y empiezan a gritar
como descosidos: ¡Ha
pedido asilo político! ¡Ha pedido asilo político! Y
entonces, claro, se armó el bochinche. El ruso siguió sin decir
ni un ay, pero los dos de oscuro, que, sin tanto título ni tanta garambaina,
también debían ser parapsicólogos, se revolvieron como tigres
del Turquestán, y al vuelo alcanzaron a sujetar al pobre hombre de la corbata.
Y los unos que tira para aquí.
Y los otros que tira para allá. Y el pobre que saca y saca la lengua. Y
las majorettes que se olvidan del himno y se enzarzan a jalear. Y el presidente
de la casa de potitos que grita no sé qué. Y el director de la casa
de chocolate que grita no sé cuánto. Y el manager que grita
de todo. Y tatachín y tatachán. Como en el circo. Hasta
que va Jorgito, se infla, arruga el entrecejo, aprieta el morro, se pone más
rojo que el mandil de un matarife y salta: ¡Mierda!
El pasmo en la capilla. Ni que hubiesen
levitado los restos de san Froilán. Todos con la boca abierta. Y entonces,
sí; entonces: Un Padre Nuestro, un Ave María, un Padre Nuestro,
un Ave María, un Padre Nuestro, un Ave María... Pero ¡a buenas horas
mangas verdes! Por más que rogamos, por más que las majorettes
le hicieron carantoñas, por más que se le ofrecieron siete clases
de potitos de espinacas, no hubo ya modo de hacerle sentarse ante el tablero.
Descompuesto que estaba y que no salía de repetir: Mierda
pa' to'os, mierda pa' to'os cada
vez más bajo, ahogado por el hipo. Era
el fin. Los de oscuro exigieron que se diese por iniciada la partida. Los de Massachusetts
les llamaron ateos. Al presidente de la casa de potitos le dio un ataque de histeria.
Los asesores técnicos pidieron un aplazamiento. El locutor habló
aún de una «inminente recuperación» y del «irreductible
espíritu de lucha que nos caracteriza». Y
tatachín y tatachán... Por
un momento pareció... («Si Borreguito no fuera el más bueno...
/ si Borreguito no fuera...») Por un momento dio la impresión...
Pero no, ya no era lo de antes. Aquello
ya no tenía arreglo. Aquello se había acabado. ¡Chorizo!
se alzó
rabiosa la voz de Cerezales desde el fondo de la capilla. ¡Manta!
añadió
Martín Navas con parecida saña. Y
el nombre de Jorgito no se volvió a pronunciar en el colegio. Del
resto ya sólo me fui enterando por mi madre. A trozos. Sin demasiadas precisiones.
Un día, de que lo había visto no sé qué gran psiquiatra
noruego. Otro día, de que lo habían examinado en no sé qué
centro especializado de Kansas. Todo fue
inútil. Nadie consiguió volver a sentarlo ante un tablero. Y así
llegó aquí. Y el doctor lo llenó de cables y se hartó
de darle calambrazos y, al final, dijo lo que decía siempre, que eso sí
que era cargante: Delirio
de grandeza. Y lo dijo así, como
se dice «asunto concluido», sin dar más explicaciones, porque
tampoco nadie se molestó en venir a pedírselas. «Irrecuperable»,
escribió alguien más tarde en un periódico. Y mi madre lo
leyó. Y el sábado siguiente, al lavarme la cabeza, apartó
con desdén la botella de la manzanilla alemana. Tú
dijo ,
con el pelo como tu padre; no vaya a pensarse alguien lo que no es.
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