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Un
cubo lleno de cangrejos | JAIME ROMO |
496 págs. | ISBN
84-89618-20-8 | 2850 pts. 17,12 Eur. |
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Jon
Lope de Aguirre, hijo de su padre, nieto de su abuelo, presunto descendiente de
tal palo tal astilla, de quien se contaba que durante su lactancia era tal su
furor succionante que mordía y secaba los pechos de las fellinianas matronas
contratadas por su asustada madre, escogió un traje azul Vergara para su
toma de posesión como nuevo director general de Asuntos Internos. Una
estupidez pensó
tener que ocultar un cuerpo como el suyo digno de ser admirado desnudo en Belvedere,
la habitación del palacio del papa en Roma, junto a la estatua de Apolo.
Frente al gran espejo del dormitorio,
que le devolvía sus trabajados abdominales, Jon terminó de ponerse
el slip Lord Jim que apenas podía mantener sujeta a la fiera latente, siempre
necesitada de acción, que desde hacía casi cuatro décadas
se agazapaba entre sus piernas. Después se puso la camisa de hilo y la
corbata rosácea que armonizaba con el celeste de la camisa y resaltaba
la piel dorada y perfumada por el exquisito Match Play, su after shave preferido.
La fragancia del olor actuaba de estímulo inverso que le hacia recordar
otros olores, olores de adolescencia como el de la hierba recién cortada
en el caserón familiar de Ondárraga, o el olor de las cocinas donde
las criadas se afanaban con los pucheros, o el olor de la pequeña moto
de trial al quemar, en los acelerones, la mezcla de aceite y gasolina. Y
el olor de las primeras veces en las que pudo comprobar que el placer puede vivirse
con otras personas, aunque siempre sea algo muy personal. Dios, qué sensación
tan extraña, qué torpeza adolescente la de la que ahora era su mujer,
Sisita, y le estaba ayudando a centrarse el nudo de la corbata sin valorar que
él, Apolo triunfante que acababa de destruir al monstruo Pitón,
todavía no se había puesto los pantalones. Si su mujer pensó
mientras olía la leche hidratante con la que ella acababa de embadurnarse
fuese una hembra no podría resistir la súplica de la fiera constreñida
bajo el elástico de Lord Jim y la liberaría, entre suspiros, ofreciéndole
una morada húmeda y cariñosa para que fuese descargada y tranquila,
con su inseparable amo y señor, a la toma de posesión. Pero no,
su mujer era su mujer y no una hembra. Date
prisa, cariño, que el coche ya te está esperando, te veremos en
la tele, las niñas y yo. Mamá estará también con nosotras.
Qué torpeza en asuntos de la carne
siguió
elucubrando la
de su hembra de cuerpo perfecto pero anestesiado por las consignas de las franciscanas
de Montpellier, «Hago esto porque te quiero, cariño, pero ya veo
que todos los hombres vais a lo mismo». Qué rigidez de armario empotrado,
qué pasividad quejumbrosa, «no seas cerdo, cariño»,
y qué contraste con la activa sabiduría (manual, francés,
completo) de las profesionales del placer, como la hetaira vieja y gorda, que
en años de universidad, le recibía en el Gato Negro, tugurio del
barrio dudoso en el que, paradójicamente, todo era verdad. Pero
no se sentía, ni mucho menos, colmado por su nuevo cargo. Sabía
que el Ministro era aquel perfecto imbécil que, de adolescentes, se sentaba
delante en el colegio de El Pilar; un empolloncete que reaccionaba nerviosamente
con sólo tocarle el hombro y que siempre se duchaba mirando a la pared,
como si temiera que alguno de los otros chicos de la hilera de duchas le mirara
comparando el tamaño de algo que a esa edad es muy importante para un adolescente,
aunque estudie en el colegio del Pilar. Mientras
Lord Jim cumplía, a duras penas, su función de evitar la eclosión
de la bestia, Jon Lope de Aguirre, absorto en sus pensamientos, escuchó
de nuevo la voz de la madre de sus hijas. Han
llegado tus nuevas tarjetas, cariño, son preciosas. Llévate algunas,
y recuerda que te estaremos viendo. Ah, y no olvides ponerte los pantalones, ji,
ji, qué coche más feo te está esperando. «Ji,
Ji. Encima con risitas», pensó Jon mientras añadía
un nuevo obstáculo, los pantalones, entre la fiera y el mundo exterior.
El coche oficial era un Supermirafiori
1430, sedán negro. Lo que no es que estuviera mal, pero contrastaba con
los Mercedes 300 de los ministros, que marcaban la diferencia; quedaba algo anticuado
a pesar del doble faro de la calandra, aunque los asientos eran cómodos.
Circularon lamiendo en silencio la neblina que envolvía la ciudad. La toma
de posesión era a mediodía, acto seguido vendrían los canapés,
la copa de vino español y los múltiples golpecitos en la espalda,
a modo de felicitación, de las trajeadas hienas que todavía esperaban
poder hincar el colmillo en el presupuesto del gabinete. Al día siguiente
llegaría la hora de las decisiones. La primera sería quitarse de
encima a la antigua secretaria, una especie de mesa camilla con gafas de mariposa
que hacía de guardasecretos del anterior director, un calzonazos al que
sólo le gustaban la zarzuela, las películas de Fernando Esteso y
las piernas de Norma Duval. «Las
mujeres desean al hombre que aman y el hombre ama a la mujer que desea.»
Jon había leído esta frase en alguna parte, tal vez en su nebuloso
pasado de bachiller, cuando su esqueleto empezaba a configurarse en los ciento
cuatro centímetros de su tórax, ochenta de cintura y ochenta y nueve
de caderas; todo ello en una estatura muy por encima de la media, uno ochenta
y ocho, y en un peso de ochenta y cuatro kilos. Frente al espejo, desnudo, Jon
se sentía como una reencarnación de los bellos ejemplos del atleta
arcaico, un kóuros Anavissos de vientre plano, escroto rotundo y elástico
prepucio. Cuando todavía era bachiller le bastaba observarse unos minutos
para notar que el volcán prostático exigía una erupción,
un desahogo rápido de su torrente de lava gelatinosa. De ahí que
el joven Onán Lope de Aguirre se entregara, casi cotidianamente, motivado
por los espejos del baño del caserón familiar, a ejercicios manuales
tras los que el volcán se liberaba del exceso de magma y se calmaba hasta
la mañana siguiente. «¿Amar
o desear?» En este dilema se debatía Jon, a pesar de los años,
cuando todo indicaba que después de las elecciones podía ser nombrado
Ministro o, al menos, otro cargo importante. No en vano su padre, Aita Aguirre,
había afiliado a toda la familia al partido ganador cuando sus dirigentes
no eran más que cuatro locos que segaban la hierba por debajo de los líderes
anteriores. Y Aita era mucho Aita, aunque estuviera rozando los setenta; a las
ocho de cada mañana ya estaba dando órdenes desde su mesa de roble
de Guernica, con su camisa de cuadros y sus hombros de pelotari. Aita supo volver
de Chile cuando la política le hizo perder sus privilegios y tuvo que levantar
otra vez su imperio del bricolaje y de la ferretería. Aita lo tuvo siempre
muy claro: «La única forma de que no te cambien la vida desde un
despacho es ocuparlo tú, hijo. Aplícate el cuento, yo ya estoy mayor,
hijo». Mayor sí, pero con sus cuentas bunkerizadas y un objetivo
básico: su primogénito, Jon, llegaría donde no había
llegado él; su hijo tenía que conseguirlo: instalarse en el despacho
más alto y dejarse de hostias. «Cariño,
por favor. Estáte quieto. Las niñas están a punto de llegar.»
La frase, en labios de Sisita, significaba que había que ser rápido,
pero no tanto: siempre se escuchaba el movimiento de los perros en el jardín
y el gozneo de la cancela; también las voces de las pequeñas mellizas,
tres añitos, y el parloteo de la tata guineana con su permanente anacoluto:
«Ahora buenas las niñas y arriba la tata lleva para dar a papá
y a mamá un beso». «Cariño,
baja la persiana. Nos pueden ver.» ¿Quién? Jon
nunca encontraba respuesta a sus preguntas .
¿Los gorriones de las ramas del árbol que lame la ventana? ¿Por qué
siempre la misma obsesión? Pero
había que hacerlo. Había que hacer tantas cosas antes de conseguir
el placer legal (bajar la persiana, dejar los calcetines en el baño, los
zapatos en la terraza, la americana en la percha) que cuando llegaba el instante
de la verdad, entonces, la verdad no estaba para jueguecitos y se limitaba a entrar,
descargar y volver a su tensión habitual. «Lávate,
cariño. Estás sudado. Raspas. Hueles a tabaco. ¿Por qué no
te duchas? Apaga la luz. Espera que me cojo una coleta. No me hagas cosquillas
que me descentro. Espera, espera, que me estás haciendo daño.»
Pero a pesar de todo la deseaba. Deseaba el satinado de su cuerpo con la pringosa
mezcla de body milk, leche de almendras, hidratantes, mascarillas y quién
sabe cuántas cosas más. Deseaba tirar despacito, con los dientes,
del cordón blanco que periódicamente colgaba de su sexo inocuo.
Deseaba cogerla entera de las axilas, levantar en volandas sus cincuenta kilos,
anudarse sus piernas de antílope a la cintura, entrar en ella en el aire
y romperla sin perder la verticalidad. Deseaba hacer con ella todo lo que sabía
que podía hacer. Pero no soportaba
escuchar, después, siempre lo mismo. «Estás loco, cariño.
Tienes que ir a que te vea alguien.» O
sea que, tal vez, Jon quería que ella fuera lo que ella no era, pero que
siguiera siendo ella porque si se transformase, por ejemplo, en la Catherine Deneuve
de Belle de Jour, de hecho Sisita tenía cierto parecido físico,
entonces, tendría que partirle la boca. «Tengo
una jaqueca horrible, cariño. Estoy de los nervios. En el taller dicen
que no me terminan el coche hasta el viernes y he tenido que esperar un taxi más
de media hora, con este calor.» Tal
vez cuando las mujeres normales pensó
Jon tienen hijos
ya no les interesa el medio que tuvieron que aceptar para conseguir el fin. Puede
que ése sea el origen de la infidelidad: al hombre hormonalmente sano lo
que le interesa, realmente, es el medio. El fin permanece en una nebulosa hasta
que los llantos, los pañales y las caquitas aparecen inundando el horizonte
familiar. Así las cosas, Jon, alto
cargo in péctore, había adoptado una doble vida discreta que le
permitía aplacar su imperativo testicular. Todo consistía en hacer
lo mismo que en su época de estudiante, pero en versión alto standing.
Un íntimo del partido le pasó un número de teléfono:
una voz femenina, señorial, respondía a las llamadas y entendía
con exquisitez cualquier sugerencia, cualquier capricho, siguiendo un código
cinematográfico, un interminable catálogo pactado: rubias nutricias
y explosivas a lo Jane Mansfield, morenas enérgicas estilo Ava, lánguidas
insinuantes a lo Veronica Lake, nínfulas acuosas estilo la Rampling o raciales
Lolas, recién llegadas de cualquier puerto sureño. El sistema, para
un hombre público emergente, era mucho más discreto que estar desplegando
en cada fiesta Jon
podía hacerlo
estrategias de seducción para llevarse al catre a alguna de las múltiples
tartitas de limón que estaban a la caza del poderoso. Además las
tartitas se vuelven peligrosas cuando empiezan a reclamar más espacio,
o cuando llaman por teléfono, o cuando se hacen expertas en el trueque
y sólo se aplican a la faena si el regalo es un bolso de Loewe. El
chalet del placer estaba situado en una urbanización residencial, rodeado
de sauces y apartado de las miradas indiscretas por una alta pared de ladrillo
cara vista. Se entraba directamente al garaje merced a un mando a distancia que
los clientes recibían a través de un mensajero; a la amplia suite
se llegaba ascendiendo por el interior, atravesando un pasillo con las paredes
llenas de fotos de brumosas bellezas hamiltonianas; nunca se veía a nadie
en la casa salvo, ya dentro de la habitación, a la respecteuse de tan exclusivo
club. Y, junto a la cama, siempre estaba la cubitera con hielo reciente y una
botella de Glycot envuelta en una servilleta. El baño, burbujeante, los
anaqueles de cristal sobre el lavabo con variedad de estímulos (bálsamo
del tigre, aceite de almendras, Eternity de Calvin Klein) y la amplitud del tálamo
o el saxo babeante de Fausto Papetti en el hilo musical, todo invitaba a algo
más que a un rápido intercambio de mucosas. El
dinero, allí, no existía. Esa prosaica operación, capaz de
bajar la libido hasta a un legionario berraco, se resolvía con la señorial
voz del teléfono unos días antes. El intercambio de detalles sobre
los ingredientes del banquete o sobre alguna futura delicatessen resultaba tan
excitante para Jon que, en ocasiones, pensaba en citar a la dueña de aquella
voz y corporeizarla junto a la cubitera de hielo aunque sólo fuera para
saciar su curiosidad de hurón. Algo había en ese silabeo dulzón
de mujer adulta, una tonalidad remota, o la aspiración de algunas eses
finales, que le inquietaba sin saber muy bien por qué. Jon
Lope de Aguirre Director General de Asuntos
Internos Secretario de Estado Ministerio
del Interior |
Leer
su nombre escrito, en una tarjeta, en un periódico, o verse a sí
mismo en cualquier imagen, o escuchar su voz en la radio, le proporcionaba una
sensación especial. Era como si estuviese vivo no sólo dentro de
su cuerpo con sus digestiones y el bronco palpitar de su corazón, sino
que también estaba vivo en cada una de las tarjetas y en el alma mediocre
de los que siendo seres anónimos nunca llegarían a ser lo que él.
Por eso guardaba en un archivo los recortes de todo lo que le citaba en prensa,
o fotos, «En vaqueros estás ordinario cariño, pareces el guardaespaldas»,
grabaciones de la radio, imágenes en vídeo y lo que fuera, siempre
que él actuase de protagonista. Tenía derecho a estar orgulloso
de sí mismo, sabía de las horas, las noches y las semanas enteras
de encierro voluntario, con los veinte años latiendo rabiosamente en la
fiera ahora oculta por Lord Jim, que necesitó para terminar Derecho en
Deusto. Y en éstas, casi rozando
los cuarenta, mordiendo la manzana del éxito, se acordaba del padre Gárate,
su tutor, y un borbotón de sangre golpeaba su memoria. Aquel jesuita asténico,
pionero del clergyman, siempre ridiculizándole en público, «Aguirre
es usted un cantamañanas, Aguirre va usted a terminar de chupatintas en
la Renfe, Aguirre, el que vale vale y el que no al cortinglés o a la política».
Un estrangulamiento rápido, simulando
luego un suicidio, y dejando colgada la menuda figura del tutor de la lámpara
del despacho, con el orín mojando el pantalón gris y los zapatos
austeros, eso es lo que tenía que haber hecho, con un par. A veces, Jon
Lope de Aguirre, abogado del estado con el número dos de su promoción,
se daba miedo a sí mismo con esos pensamientos más propios de un
Raskolnikov que de un cargo público adicto a las adolescentes y al after
shave de Match Play. Llegaron hasta el
Ministerio. El conductor del Supermirafiori, matrícula PMM, se había
comportado como una nuca eficaz, con unas manos que revelaban un pasado agrario
pero que parecían hechas para sujetar un volante, para cambiar una rueda
pinchada en cinco minutos o buscar una avería entre los amasijos de cables
del motor. Pensó que como tenía derecho, por su cargo, a pedir un
conductor mecánico,
diría su mujer
exclusivo para su departamento, este hombre silencioso y de nuca cuadrada, aunque
con uñas de dudosa limpieza, podría ser el ideal. Antes
de bajarse del auto, Jon decidió preguntar. ¿De
dónde es usted? De
un pueblo de la provincia de Burgos, señor. A
pesar de su robustez, el chófer de la nuca, que al semivolverse servilmente
mostró una nariz mínima como de payaso rural sin éxito, tenía
una vocecita cansina y temerosa. La voz de quien sólo está acostumbrado
a responder si le preguntan. Perfecto. Pero quedaban algunos detalles. ¿Está
ya usted asignado como fijo al servicio de alguien? La
nuca entrecana se torció aún más mostrando sus arrugas y
las huellas de soles de vendimia, ese saludable color que resulta difícil
observar entre los oficinistas de la gran ciudad. No.
No, señor. Contestó la boca del propietario de la nuca. ¿Le
gusta a usted la caza? Sí.
Claro, señor. Un servidor en el pueblo... Jon
Lope de Aguirre cortó en seco la respuesta del subordinado al observar
que del Mercedes que acababa de parar delante había salido la rechoncha
figura del Ministro. Una buena oportunidad para andar de pie a su lado, subir
los siete escalones hasta la gran puerta en la que dos tricornios congelados saludaban
con aire marcial. Y luego, por el largo pasillo que llevaba hasta el Salón
Solemne, tendrían que ir juntos rozándose casi los brazos, y se
harían evidentes los quince centímetros que les separaban de estatura,
y la barriga del Ministro, y las abultadas gafas ocultando la mirada porcina bajo
las trece dioptrías. El Ministro siempre titubeaba ante Jon cuando éste
le mostraba su estatura, o cuando recordaba que se duchaba despreocupadamente,
dándose la vuelta y encarando la mirada de la hilera de chicos que, al
bajar sus ojos por el liso vientre, se quedaban sin ganas de comparar sus colgajitos
y deseaban volver al igualitarismo del pantalón de tergal gris y la chaqueta
Blazier azul marino. Si algo latía en el cuerpecito trémulo y fondón
del Ministro era el deseo de venganza contra aquel hortera de bolera, contra este
chulo bronceado que, en los vestuarios, se paseaba impunemente sin taparse como
todo Dios con la toallita.
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