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¡ONG!

IEGOR GRAN

160 págs.

Traducción: María Teresa Gallego Urrutia

ISBN 84-96080-17-X

14.00 €

¡ONG! (00022)

 

 


    «¡Pista Verde! ¡Pista Verde!». Es que ya no se oye hablar de otra cosa. En todos los periódicos: «Pista Verde esto. Pista Verde lo otro». Palabras duras muchas veces. Calumnias. Y preguntas para mí, claro, igual que una lluvia ácida. «Dinos qué pasó, Julien, tú que pertenecías a la elite. ¡Cuéntanos de qué iba, qué caramba! ¿Qué demonios es la Pista Verde esa que metió tanto jaleo en nuestra pequeña ciudad?».
    Noto en esas palabras algo así como un ataque injusto. La gente solo se fija en los aspectos negativos de la guerra. Así que intento explicar con calma y sin tartamudear que Pista Verde se merece nuestro respeto.
    Porque Pista Verde no es ecología corriente y moliente, de esas que se contentan con recoger botellas de plástico en las playas. No es una ecología que viva de las rentas de las dejadeces del consumidor. No se pasa la vida ayudando a los viejos en el autobús. Pista Verde no se reduce a leerse la composición de los paquetes de cereales antes de comprarlos, o por lo menos no solo a eso.
    «Entonces, ¿qué es, Julien?».
    Pista Verde es una lucha contra uno mismo. Es expulsar los demonios de las alcantarillas de nuestras almas. Superarse. Demostrar que todas y cada una de las células del cuerpo, que todos y cada uno de los pensamientos de la mente se merecen el espacio tiempo oportuno. Eso es Pista Verde, nada menos. Una exigencia permanente que hace jirones los hábitos miniburgueses.
    «Vale. Pero ¿es posible alcanzar ese ideal tuyo de Pista Verde recurriendo a la violencia? Tú, que estuviste en primera fila durante el conflicto..., ¿no ves cierta contradicción con vuestra ideología pacifista?».
    Mi respuesta los deja asombrados. Por mucho que les moleste a los hipócritas, la guerra, como otras muchas actividades humanas, puede llegar a ser un catalizador de realización personal. Quien la utilice con conocimiento de causa, en el momento adecuado, sin perder la capacidad autocrítica, quien sepa en plena guerra seguir teniendo corazón de niño, ese se está acercando al absoluto. Nuestro mayúsculo duelo con Infancia y Vacunación, pese a sus lamentables excesos —como en todas las guerras, por desgracia—, es todo un ejemplo de integridad.
    «¡Pruebas, Julien, pruebas! ¡Ya está bien de ese parloteo teórico que te mueres! ¡Cosas tangibles! ¡Cosas sólidas!».
    Pues precisamente de eso tengo toneladas. Mis compañeros, sin ir más lejos. Josas, Celsa, etcétera, sin ir más lejos. La guerra les abrió nuevos horizontes. Unos pocos días de lucha bastaron para que su vida diera ese giro místico con el que todos soñamos. Antes vivían la rutina cotidiana, desmontaban fábricas contaminantes y acosaban al cazador furtivo, pedían explicaciones a los políticos e inspeccionaban los barcos cisterna, estaban al servicio de la noble causa de Pista Verde, que no es poco, pero su exaltación juvenil se había convertido en un profesionalismo mortecino. Si no hubiera sido por el aguijón de Infancia y Vacunación, ¿no corrían acaso el riesgo de descarriarse por el camino de un militantismo de tufo burocrático?
    Ulis, sin ir más lejos, un mes antes de que saltase la chispa. El gran Ulis, el hombre que estuvo en la campaña del Exxon Valdez. El timonel del arco iris. El camarada de las mil medallas. Firme, cordial, altruista y... ¿De qué valen las palabras cuando hay que describir a una persona notable? Las palabras son mariposas. Su danza no cambia el paisaje majestuoso. Las escribes, te esfuerzas, y salen volando, ingratas, en alas de una ráfaga poderosa. Bastaría un estornudo de Ulis para pulverizar estas palabras mías.
    Solo queda la inmensidad. Y mi incapacidad para describirla.
    Dicho lo cual, he hecho muchos progresos. En Pista Verde maduró mi estilo. A fuerza de poner por escrito las reuniones de trabajo, fui cogiendo oficio. Machacando, machacando, el escritor va afinando.
    El caso es que no pedí que me cogieran para andar escribiendo nada que me mandasen; vamos, que no tenía un interés especial en eso. Andaba buscando unas prácticas que dieran lustre a una vida la mar de sosa, la verdad, y que, al mismo tiempo, realzasen mis muchas virtudes desaprovechadas, a saber: mi afición al trabajo en equipo; mis preocupaciones éticas; mi respeto por los hombres, pues de ellos viene la opulencia del cuerpo social; mi deseo de superar la división trabajo-ocio, y muchas otras que resultaría pesado enumerar aquí, pero que no olvidé poner en la carta de presentación que acompañaba mi solicitud. Dije en ella cuánto despreciaba el tejido económico en el que se asienta mi familia: mi viejo, ingeniero, apalancado en la zona industrial, coleccionista de postales de Clamart, la tierra de nuestros antepasados; mi vieja, sus labores, un ama de casa buenaza que se va deteriorando sin más ambición en la vida que tener bonito el chalet y una nevera aparente.
    Tenía veinticinco años. Y, claro, a los veinticinco años ya me preocupaba el medio ambiente, dentro de mis modestas capacidades. Separaba la basura. Señalaba con el dedo los tubos de escape expectorantes. Intentaba no comer cosas con colorantes, fuesen o no de procedencia animal. Para lavarme la cabeza compraba Timotei de plantas medicinales. Miraba con desprecio los comportamientos consumistas y desconfiaba de la publicidad. Intentaba dejar de fumar; ya estaba en solo cuatro pitillos diarios.
    Puse en el currículum esas diminutas luchas del día a día. Sin mejorarlas para nada. Fui de honrado. Me esmeré en construir frases sencillas, de tono ágil, que me hicieran parecer simpático. Y lo mandé a Pista Verde, Delegación Regional, avenida Général-Leclerc, 101, ese edificio grande, ya sabéis a cuál me refiero, con la bandera de Pista Verde en lo alto y el letrero de neón «Pista Verde».
    Me citaron para una entrevista. Una carta sobria, casi espartana. «Le comunicamos que tomamos en cuenta su candidatura». Me quedé impresionado. Era la primera vez que me cogían en un sitio así por las buenas, con tanta facilidad. Me dio muchísimas esperanzas.
    Ulis me pasó a su despacho. Y nada más entrar me di cuenta de que no estaba en una empresa como las demás. Encima del ordenador, en ese sitio en el que los directores generales vulgares cuelgan un cuadro sin caer en la cuenta de que así están recalcando su sometimiento al orden miniburgués compuesto de estereotipos tanto sociales como estéticos, Ulis había colocado una foto grande del estrecho Príncipe Guillermo —lo ponía debajo— en que las espléndidas playas recién nevadas resaltaban sobre un largo rastro negro betún.
    Se lamentó, con los brazos en cruz:
    —El golfo de Alaska. 24 de marzo de 1989. Un día maldito. Se pararon los péndulos. Doscientos cincuenta mil barriles de bruto. Un Hiroshima ecológico. Doscientas cincuenta mil aves marinas, dos mil ochocientos leones marinos, veintidós ballenas... Me duele el karma...
    Luego cuchicheó el nombre aborrecido:
    —Exxon Valdez.
    Me quedé sin voz ante aquella belleza que había mancillado la negligencia humana.
    Tras un minuto de silencio, cogió mi estudio grafológico y los resultados del test de Rochard, que leyó atentamente; luego me dijo con su apacible voz:
    —Me gusta tu currículum... Noto... como si llevases dentro el tigre en la montaña. Una fogosidad, una impaciencia que pega fuerte... Pero... deberías dejar de fumar... Todavía tienes mogollón de cosas por descubrir, chaval. ¿Qué te gustaría hacer en Pista Verde?
    Me di cuenta de que era una de esas preguntas clásicas que sirven para comprobar si hay motivación, y declamé con tono entusiasta:
    —Contra castigar puaj nuclear, locura planeta salvar humanidad. Contaminación pilila basura cubo.
    En realidad no era tan tartamudo. Y, además, me entendían muy bío en la panadería, o en el bar, o en mi casa. Pero estaba nervioso, me jugaba el porvenir, farfullaba más que de costumbre; y cuanto más farfullaba, más nervioso me ponía, es lo clásico en los tartamudos; así que para las palabras que no conseguía pronunciar en absoluto busqué equivalentes, debo admitir que con altibajos.
    Ulis torció el gesto.
    —Tranquilo, chaval. Déjate de nervios que aquí no estamos en el cuartel —curioso que me dijera eso en vista de lo que pasó más adelante—. Di con calma lo que tengas que decir; nadie te va a morder.
    Entonces repetí:
    —¿Posible es industriales del mundo unos cuantos en manos dejar? Contaminator, contaminostia, contamileches, wigwam.
Movió la cabeza.
    —¡Celsa, ven a ver!
    Entró Celsa desde el despacho de al lado. Llevaba una... Tenía la boca... Los ojos, la nariz, la forma de andar... El pelo recogido con una cinta elástica rosa, ancha como una liga, igual que un ramo que... Se me secó la garganta y me di cuenta de que me estaba mordiendo la lengua. Me apetecía un pitillo ya mismo, en plena entrevista.
    —Oye, Celsa..., el tío este, el Julien... es tartamudo.
    —¿Qué me dices? Pues no salía en la grafología.
    —¿No pretenderás que se quede? Será incapaz de hablar en los contextos hostiles, frente a los grandes industriales, ante la prensa.
    Celsa asintió con la barbilla.
    —Pues la carta de presentación estaba bío escrita.
Ya iba yo a contestar con una parrafada con la que pretendía explicar que nunca había sido orador, desde luego, y menos con lo de la tartamudez, pero que escribiendo me las apañaba bío, porque lo que quería ser más adelante era escritor, cuando ya hubiera defendido bastantes causas nobles y hubiera progresado socialmente, a ver por qué no, todo el mundo publicaba cosas, por qué iba a ser yo diferente si estaba atormentado por dentro, si la miseria del mundo, si..., si... Eso es lo que quería decir, pero tenía la lengua atravesada en la garganta y no sabía cómo empezar la frase. Así que me conformé con hacer unos cuantos gestos.
    No se enteraron de nada. Diálogo de mudos.
    Ulis estaba ya a punto de tirar mi currículum al cesto del papel para reciclar cuando a Celsa se le ocurrió la idea que solucionó la situación.
    —Con esa tara que tiene para hablar, podemos colarlo en el cupo de «minusválidos» si nos enrollamos un poco. Y, punto primero, el ministerio de Solidaridad nos sacará subvenciones de la nevera. Dos, nos pondrán por las nubes en el comité central. Tú sonarás más y... Que una delegación regional como la nuestra se preocupe tanto por los anormales le cerrará el pico a más de uno de las alturas.
    Ulis protestó.
    —Los tarados rinden poco.
    Entonces Celsa se puso como una fiera. Dijo todo lo mal que le parecían los tipos a quienes no les gustaban los minusválidos, los puso a caldo, a ellos y a sus prejuicios medievales. Ulis agachaba las orejas. Menuda azotaina para el baranda que había hecho la campaña del Exxon Valdez. Una mujer enfadada siempre es terrible, y si encima es Celsa... Ulis se encogió en el sillón de jefe de unidad. Las chapas de Pista Verde que lucía en el pecho no lo salvaban de nada, igual que los taparrabos indios no protegían de las balas USA. ¡Milagrosa Celsa! Lo había dejado de lo más contrito.
    Remató la operación diciendo:
    —¿Tú no estabas necesitando un secretario?
Y así fue como conseguí que me cogieran en prácticas.
   

 

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